CAPÍTULO XXXIV

Sukuna tardó un par de segundos en volver a sus sentidos tras el golpe en la sien. Todo a su alrededor se movía con normalidad, pero se percibió a sí mismo en cámara lenta.

«¿Qué demonios…?» dijo para sus adentros.

Vio a Fushiguro encerrarse en el baño. No tardó en ir tras él. Mínimo debía regresarle el trancazo.

Giró el picaporte en ambos sentidos, forzándolo un poco.

«Genial. La trabó por dentro.» Hizo puño la mano y estuvo a segundos de impactar la madera con violencia, cuando escuchó el sonido distintivo de quien vomita.

De manera repentina, recordó el grito de Fushiguro, seguido de su rostro deformado entre un particular odio mezclado con pánico. Sukuna había tenido de frente la mirada fiera de su pareja en algunas ocasiones, nunca la de hacía unos momentos.

Agitó la cabeza. La naciente punzada de una jaqueca no se hizo de esperar. Frunció el entrecejo al continuar con el molesto abultamiento en la entrepierna que no le permitía pensar con claridad y que parecía no entender la situación.

«Dile que ya no vamos a coger» comentó para sus adentros, como si su cerebro fuese una entidad separada que pudiese entablar conversación con su pene.

Apretó los dientes, centrando su oído en lo que pasaba al otro lado de la puerta. Una tos ahogada y dolida hizo que la excitación empezara a disminuir.

A grandes rasgos no podría importarle menos el otro. Quería satisfacerse. Tenía tiempo que no echaba un buen polvo; inclusive pensó que Uraume habría accedido a follar casualmente sin compromisos en lo que el novio oficial aflojaba; no obstante, en poco tiempo se vio a sí mismo buscando regalos, gastando dinero y ayudando con los estudios a alguien ajeno a sí. Ni siquiera a Yūji le prestaba tanta atención como a Fushiguro, sin mencionar que esa guerra indirecta con Gojō también lo tenía ocupado.

No era imbécil. Conocía el tipo de interés que despertaba Fushiguro en él y aunque quiso sentirse indiferente ante el enamoramiento, lo mejor era aceptarlo de una buena vez y dejar que avanzara o lo hartara. Lo que ocurriera primero.

Una extraña y angustiosa presión sobre los pulmones hizo que se apartara de la puerta. La subsecuente incomodidad sobre los intestinos le ordenó que regresara y que no se moviera de ese lugar hasta asegurarse de que Fushiguro estuviera bien. Lo ignoró.

«Debe ser hambre» concluyó mientras se colocaba la ropa.

Se cercioró de tener la billetera en los pantalones y que la tarjeta de entrada para la habitación estuviera allí. De lo contrario, ¿cómo volvería?

Salió del hotel sin mirar atrás.

Preocupación no era algo que hubiese experimentado antes ni formaba parte de su vocablo. Lo que sintió en algún momento por su abuelo y su gemelo fue la imperiosa necesidad de mantener las cosas bajo control; que otros cumplieran sus predicciones para regodearse de que era capaz de ver diez pasos al frente en comparación de todo aquel que le rodeaba.

Fushiguro era una especie de virus informático de reciente creación que no había sido detectado por el antivirus. Se instaló como si nada y comenzó a convivir con el resto de funciones que mantenían ocupado a Sukuna, como comer, dormir, hacer ejercicio, patear traseros de mafiosos de menor rango en disputas de territorio. Lo usual.

En cuestión de semanas, el chico se volvió parte de lo que etiquetaba como «su propiedad», con la diferencia de que este tenía libre albedrío. Lo dejaba ir contra sus deseos si le apetecía, lo dejaba estar por encima de él si se lo pedía, lo dejaba hacer con él lo que quisiera. Estaba a sus pies y lo reconocía, pero eso no era todo. Era consciente de lo que producía Fushiguro en él y la importancia de este en su vida.

Le generaba cierto asco tener que relacionar aquello de una forma sentimental, así que lo resumía en: Fushiguro era suyo y él era de Fushiguro. Nada más. No había más explicaciones. Eso era todo.


Fushiguro se tomó su tiempo para recuperar fuerza en las piernas y descansar su estómago. Cerró los ojos unos instantes y los abrió cuando la alarma del celular se activó al cuarto para las cuatro. La desactivó y se encaminó hacia la salida.

Se le heló la sangre cuando la puerta se abrió pasos antes de llegar a ella. Su corazón se saltó un latido. Si se mantuvo más o menos tranquilo fue porque Sukuna tenía esa mirada seria, casi aburrida, que le caracterizaba, además de las manos ocupadas con una gran bolsa adornada con el logo de un restaurante que conocía bien.

—Traje comida.

Le dijo sin más.

Fushiguro volvió sobre sus pasos para permitir el ingreso, manteniendo una distancia prudente en todo momento.

Por curioso que pareciese, Sukuna era expresivo. Pese a que no era sencillo ni predecible saber en qué estaba pensando, su estado de ánimo sí que era fácil de interpretar. Todo lo contrario a Fushiguro, que podía no ser muy expresivo en ocasiones, pero era fácil saber lo que acontecía por su cabeza.

En fin, así Sukuna viera a Fushiguro algo incómodo, no había nada que la comida no solucionara. Lo interrogaría más tarde.


Terminaron sentados sobre la cama, cada uno en un extremo opuesto, mirando hacia la misma pared. La bolsa, al medio de ambos, abierta para que pudieran tomar las distintas cajas de su interior. Contenía diversos platillos de sushi que Sukuna había escogido al azar y en lo que invirtió la paga de medio día de peleas clandestinas. Ambos comían demasiado para su propio bien.

Sukuna intuyó que algo seguía mal con Fushiguro porque por su boca no habían pasado ni la mitad de los alimentos que había ingerido él, siendo que solían comer a un ritmo similar.

Dejó de lado los palillos dentro de un recipiente vacío y analizó a detalle la forma en la que su mortificado novio se debatía sobre si debería llevarse a la boca otra porción.

Durante su trayecto al restaurante, sucesos puntuales se ordenaron en su banco de ideas. El primero fue lo acontecido hacía unos momentos, aunado al desagrado de Fushiguro por el contacto físico; el estar siempre a la defensiva, la forma en que reaccionaba al ser acorralado por otro cuerpo —algo que Sukuna consideraba sexy y que jamás le había fallado para hacer que las piernas de alguien temblaran—; su inusual comportamiento frente a temas sexuales, el día en el que se encerraron en el locker de las duchas y el atisbo de pánico bien disimulado que esos ojos verdes buscaban esconder de manera desesperada. Restaban algunos cabos sueltos como el trato propuesto por Gojō y lo que Fushiguro hizo en el cine.

Con el hincapié de que de Sukuna no tenía un sólo pelo de estúpido, su mente ágil y las maravillas de tener un dispositivo con Internet, dedujo lo único que su pareja jamás esperó que le soltaran de frente.

—Fuiste violado, ¿cierto?

Fushiguro no respondió. Fue como recibir un balde de agua fría sin previo aviso y que, acto seguido, lo golpearan en la nuca con ese mismo balde.

Parecía como si todas las funciones de su cuerpo hubiesen cesado al instante y lo único que lograba hacer era forzarse a respirar. Tampoco podía mover un solo dedo, todas sus articulaciones se tornaron metálicas y parecían llevar siglos acumulando óxido, amenazando con romperse ante la mínima actividad.

Sukuna exhaló con un cansancio que no fue interpretado de manera favorable.

—Bien, me debes varias explicaciones. Empieza a hablar.

Se paró frente a su novio, le tomó del mentón y lo obligó a ver hacia arriba.

Fushiguro le dio un manotazo para soltarse, al tiempo en que se ponía de pie.

—Yo no te debo explicaciones. Ni a ti, ni a nadie. —Su actitud cambió a una claramente hostil.

Sukuna soltó una risa lacónica, gutural. De todas las situaciones posibles, esa era la más… la más… ¡Ridícula!

—Creo que no estás entendiendo. Me sedujiste hasta aquí por esto. —Sostuvo entre el dedo medio y el índice el preservativo que le fue dado en el cine y que mantenía en el bolsillo. Lo lanzó a la cama sin importancia—. Casi me causas una conmoción cerebral por el golpe y luego… ¡Esto! Ponte en mis zapatos por un rato, ¿quieres?

Quizá fue el tono de voz con el que habló. Quizá fue la elección de palabras. Quizá fue la maldita mirada que parecía tomar todo como una broma. Quizá fue la presión de la situación que más evadía en su vida, pero para Fushiguro fue la gota que derramó el vaso.

—Ponerme en tus zapatos, dices… —habló con monotonía y la mirada perdida, antes de que su expresión se deformara a una de la más pura rabia. Sus cuerdas vocales se tensaron, listas para bramar—. ¡¿Quién demonios te crees?! ¡¿Piensas que sólo por ser el grandioso Sukuna, la gente tiene que hacer todo lo que digas y mandes?!

Si ese ataque de ira hubiera provenido de Yūji o alguien aún menos importante en su vida, Sukuna no habría dudado en romperle la boca para que le bajara al tonito con el que se dirigía.

Fushiguro estaba en su límite, rozando casi la histeria. Más que molestarse por eso, le generó cierta lástima, en especial por confirmar que había tocado una fibra sensible.

Llevó una mano hacia ese bonito rostro de porcelana para intentar calmarlo, lento, como si quisiera acercarse a un cachorro asustado.

—Oye, Megumi…

—¡Deja de tocarme con tanta confianza! —interrumpió—. ¡No soy…! ¡Lo detesto!

Interpuso el brazo para que la acción no se llevara a cabo.

Fue tan exhaustivo como liberador soltar aquello de golpe. Era la primera vez que explotaba con alguien que no fuera Gojō.

Desvió la mirada y se alejó de Sukuna unos cuantos pasos. Se cubrió los ojos con la palma de la mano y apretó los dientes. No sabía por qué se sentía tan mal, tan tenso, tan presionado. Incluso tenía ganas de llorar por la impotencia.

Sukuna retomó el tema inicial, colocándose a espaldas de su pareja, sin tocarlo.

—No lo negaste.

De la garganta de Fushiguro apenas y se escuchó un quejido confuso, así que prosiguió.

—Cuando te pregunté si te violaron. No lo negaste.

—Ah. —Se encogió de hombros, intentando recuperar la compostura—. Qué importa. Después de todo esto, ¿me creerías si te digo que no? Harás lo que te venga en gana (como siempre), y me atosigarías hasta obtener lo que quieres. —Pudo mentir, aunque eso lo dejaría a merced de la molesta insistencia ajena.

—O podría decidir creerte y dejar todo ahí.

Fushiguro se giró un poco para verlo de reojo. Una parte de sí quería asegurarse de que no se trataba de una de sus tantas bromas de mal gusto.

Sukuna se colocó una mano en la cintura.

—Claro que, entonces, te preguntaría si en verdad quieres seguir con esto —suspiró, cansado—. Tu rechazo constante, el hecho de que detestas que te toque… ¿Qué sigue? ¿Prohibir que te bese? ¿Que deje de verte? Si quieres terminar dilo de una buena vez. Aunque te advierto que te saldrá caro haber jugado conmigo. —Pasó de mostrar una expresión neutra a despreciar con la mirada

Fushiguro tensó los hombros cuando analizó que las últimas palabras eran una evidente amenaza.

Negó con la cabeza.

—No, ¿qué? —preguntó Sukuna, fastidiado.

—No quiero terminar.

—Bien. —Su expresión se suavizó, mas no dejó de lucir severo—. Entonces, querido —pronunció en un tono extraño, entre la rudeza y el sarcasmo—, tenemos mucho en qué trabajar. —Cortó la distancia entre ambos y se acercó a su oído—. Imagino que ya soltaste todo lo que tenías guardado, así que ahora es mi turno. No pienso seguir aguantando tu actitud evasiva. Puedes hacerte del rogar todo lo que quieras, pero vas a tener que acostumbrarte a tenerme cerca, te guste o no.

Cada uno tenía sus condiciones ahora. Era lo justo.

Fushiguro permaneció en silencio. De alguna manera, tener a Sukuna así de cerca resultaba tan tranquilizador como inquietante.

—Entonces —tomó valor para decirle la verdad—. ¿Qué habrías hecho si eso fuera verdad? Si hubieran abusado de mí…

No recibió una respuesta inmediata. Sukuna cortó el contacto físico. Algo en el interior de Fushiguro se desmoronó.

«Era de esperarse.» Por más que quisiera negarlo, Gojō tenía razón, que Sukuna se hubiese alejado sólo se lo confirmaba.

No obstante, al dar media vuelta se topó con la sonrisa arrogante que tanto lo sacaba de sus casillas.

—¿En verdad creíste que con todas las señales que dabas y tu teatrito de antes, yo iba a tragarme eso de que no tenías ningún tipo de trauma? Por favor, Megumi. ¿Piensas que soy idiota?

La mente de Fushiguro quedó en blanco. No entendía qué demonios estaba sucediendo. ¿No era ese el momento en que Sukuna le decía que le daba asco y que era mejor terminar? ¿Por qué tenía esa mueca de orgullo?

—Oye, Megumi. —Le dio unas palmaditas sobre la mejilla—. No es momento de quedarse callado. O es que… ¡¿En verdad piensas que soy idiota?!

Fushiguro se tocó la frente y se acercó de nuevo a la cama.

—Creo que necesito sentarme un momento.

Dentro de su cabeza se repetía una frase: «Con todas las señales que dabas...»

¿O sea que Sukuna ya lo sabía? ¿Desde cuándo? ¿Acaso Gojō le contó algo? No, ya no podía seguir sacando conclusiones por su cuenta. Mejor dicho, no podía inferir nada en lo que el delincuente que tenía por novio estuviera involucrado.

—¿Cómo es que lo sabes?

—Ah. No lo sabía. —Se frotó la parte trasera del cuello—. No del todo.

—Explícate.

—Verás —una vez más, iba a cumplir las órdenes de la belleza caprichosa que tenía delante—, al inicio creí que eras como un animal huraño; por cómo vivías antes de toparte con ese despojo humano al que llamamos Gojō. Pero, ¿recuerdas cuando nos encerramos en el locker? Estabas temblando y no por el frío. También aquella vez en tu habitación, y cuando nos besuqueamos en la cabina de fotos.

—Ya. —No recordaba ser tan evidente.

—Y lo de hace rato…

—Suficiente.

—Es como si te aterrara estar cerca mío, aunque tus ojos siempre están a punto de morder.

Al inicio pensó que Fushiguro podría tenerle miedo. Lo descartó de inmediato sólo de recordar el día que pelearon y todas las veces que se retaban en cualquier ámbito escolar o deportivo antes de volverse pareja.

Después de horas de investigación llegó a la conclusión de que podría tener problemas relativos a una familia disfuncional o a alguna clase de abuso y, por lo que sabía, Gojō le daba todo a manos llenas, inclusive le había enseñado a defenderse.

Fushiguro no tuvo más opción que aclarar dudas, resignado. No es como si pudiera hacer borrón y cuenta nueva a esas alturas.

—Tú… ¿En verdad estás bien con alguien así?

—¿Así como?

Fushiguro torció un poco la boca, con disgusto y cierto hartazgo en tener que repetirlo.

—¿Alto? —prosiguió Sukuna—. ¿Esbelto? ¿Inteligente? ¿De carácter fuerte? ¿De piernas largas? ¿Con un magnífico y redondo trasero?

Fushiguro desvió el rostro ligeramente ruborizado. No era la primera vez que escuchaba cumplidos, en especial de chicas que murmuraban lo apuesto que era y que lo sería aún más si no tuviera un rostro tan serio. Sin embargo, Sukuna estaba en un nivel que resultaba molesto. Quería ahorcarlo.

—Gojō-sensei dijo que… —Ni siquiera sabía cómo explicar el tema sin sentirse igual o más incómodo.

Sukuna le tomó el rostro y se agachó, casi juntando sus frentes. Sus facciones daban un aire oscuro, tétrico.

—Ese idiota nunca ha salido en una conversación para nada bueno, así que suelta ya de una vez todo lo que debamos aclarar hoy. Comienzo a ponerme de mal humor. —Sin contar con lo mucho que detestaba perder el tiempo con sentimentalismos.

—Dijo que no sería nada grato descubrir que vas a estar con una persona violada. —No fueron las palabras exactas, pero eso le dio a entender.

Sukuna chasqueó la lengua. Ahora entendía por dónde iba todo eso. El imbécil ese había estado manipulando a Fushiguro, pero ¿por qué razón su chico se había dejado influenciar con tanta facilidad? Y, ¿cuál habría sido el objetivo de Gojō con todo eso? Le faltaban algunas piezas para terminar el rompecabezas.

Se sentó a un lado de su novio, juntando sus rodillas y parte de la pierna.

—¿Qué hay de ti?

Fushiguro se giró para verlo.

—¿Quieres tener sexo conmigo? —preguntó Sukuna.

—No realmente —declaró, desviando la mirada al piso.

—Entonces, ¿por qué hiciste todo esto?

Fushiguro decidió responder por el simple hecho de que no lo notó molesto. Tenía sus inseguridades respecto a Sukuna, por lo que la mayor parte del tiempo olvidaba que era una persona madura y racional; sus actitudes siempre le hacían dudar.

—Gojō-sensei dijo que no estaba listo para afrontar este tipo de relaciones. —Entrelazó las manos e hizo un poco de presión—. Yo… quería demostrarle lo equivocado que estaba y… —Una mezcla de frustración y coraje le impidió seguir hablando. No fue hasta que percibió un beso sobre el cuello, que se apartó casi con brusquedad. Cubriéndose la zona con una mano.

—Pero, ¿que…?

—Mira, si es por sacarle canas verdes a ese tipo, yo te apoyo. —Puso un poco de fuerza en uso para descubrir a Fushiguro y continuar dejando marcas en toda la piel visible—. Di que tuvimos sexo salvaje.

Le pegó una mordida que le sacó una lagrimita dolorosa a Fushiguro.

—¡Quítate, bestia!


Al terminar la sesión de forcejeo, Fushiguro estaba molesto —nada fuera de lo normal—. Se miraba en el espejo del baño la cantidad de mordidas y chupetones que le quedaron en las clavículas y el cuello.

Cuando salió, Sukuna dejó de lado su celular y lo miró muy divertido.

—Si te quitas la playera y los pantalones también puedo darle realismo a tu espalda y tus piernas.

—No, gracias —respondió entre dientes.

Por si fuera poco, claro que planeaba usar eso para que Gojō dejara de molestar y hacer que se tragara sus palabras.

Como Sukuna se había acostado, aprovechó para tirarse sobre su pecho. Ese tipo de momentos en los que podía relajarse, sí que le gustaban. Quizá sí comenzaba a acostumbrarse a estar cerca de él...

—¿Quieres ir a terapia? —habló Sukuna después de un rato—. Te la pago.

Fushiguro quedó en blanco.

—¿Hah?

—No me malentiendas —aclaró, pues igual y se interpretaba como una broma y, por extraño que resultase, de eso sí era consciente—. Puede que no tengas interés, pero en verdad puedo hacerte sentir bien y, quién sabe, de repente le agarras el gusto.

Mientras hablaba, recorrió con una mano la cadera ajena. Incluso se atrevió a meter mano bajo la ropa para sentir mejor la cintura.

Fushiguro lo pellizcó en el acto y mandó lejos a esa mano metiche.

—Casi olvido que eres un calenturiento de categoría especial.

Ahí murió la conversación. No por mucho tiempo, ya que Sukuna en verdad quería saber si jamás tendría oportunidad de intimar más con su pareja. Le hacía falta.

—¿En verdad fue muy traumático? ¿Cuántos años tenías?

—Siete.

—Oh. —No sabía qué más decir, pero podría investigar o asesorarse en la semana para saber qué opciones tenía. Estaba dispuesto a todo; se disfrazaría de libro en caso de ser necesario.

No lo puso en palabras porque incluso pensarlo le resultaba incómodo, pero quería borrar la mala experiencia de Fushiguro con una completamente nueva y que ambos disfrutaran.

También sonaría estúpido, pero estaba cómodo con él. Ya tenía decidido que si no pasaba a su lado el resto de sus días, se volvería un soltero codiciado saltando de cama en cama. Quería algo de estabilidad en la vida y qué mejor que obtenerla con su novio, pero si éste se negaba… Bueno, siempre podía hacer del mundo su patio de juegos y nunca más volver a comprometerse. No estaba dispuesto a tener un desgaste emocional por nadie más.

—Siete años —repitió en voz baja—. Y recuerdo cada maldito segundo.

A saber si fue por el tono con el que habló, o porque le percibió tensarse y apretar un extremo de su ropa, pero Sukuna se vio en la necesidad de ponerle una mano sobre la cabeza, como si eso fuera suficiente para hacerle sentir mejor. Era lo único que podía hacer. Las palabras no eran lo suyo.

Fushiguro jamás le había comentado eso a nadie. No se sentía cómodo y presentía que cualquiera lo miraría hacia abajo, con lástima, como si fuera un animal inútil y herido. No obstante, algo producía Sukuna en él que, por primera vez, tuvo el coraje de contar lo sucedido.


Sinceramente no sé cómo le hice para terminar este capítulo a tiempo, pero lo logré. o(≧▽≦)o

Por desgracia, la siguiente semana la tengo atascada de segundos parciales, así que no habrá capítulo hasta que acabe mis exámenes. (╥﹏╥) Lo siento mucho.

El lado positivo es que en Diciembre ya soy libre. ¡Libre! ✧◝(⁰▿⁰)◜✧ Así que no habrá más interrupciones porque estaré de vacaciones~

De ante mano, muchas gracias por la paciencia. El mes de Noviembre fue caótico. Espero que ustedes lo hayan pasado mejor que yo. Recuerden dedicar un tiempo para ustedes y mantenerse sanos~ Nos estamos leyendo. (。•̀ᴗ-)✧

PD: Ah, cierto, spoiler pequeñito. El próximo capítulo tratará temas delicados acerca el pasado de Megumi.