CAPÍTULO XXXVII

Al siguiente sábado por la mañana, Sukuna se presentó frente a la casa de Fushiguro. Para sorpresa de nadie, Gojō fue quien abrió la puerta. Ambos se miraron con indiferencia.

—Megumi —dijo Sukuna, sin sacar las manos de los bolsillos—. Llámalo.

Gojō estuvo a una fracción de segundo de cruzar los brazos y soltar un «O si no, ¿qué?». Por suerte, no hubo necesidad de eso.

Fushiguro salió de la cocina con una taza de té y miró a la entrada de reojo. Dejó lo que tenía en manos sobre la barra y se apresuró hacia donde estaban esos dos.

—¿Pasa algo?

Gojō dio media vuelta y desapareció al subir las escaleras.

—Mírate —dijo Sukuna con un tono que ponía de manifiesto sus malas intenciones—. Lindas piernas.

Fushiguro vestía un short bastante corto que llegaba a medio muslo, junto a una playera holgada casi transparente. No combinaba. Era ropa para estar en casa sin hacer nada.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con desazón, no porque la presencia de su novio no fuera bienvenida, sino que aún le costaba procesar esa clase de comentarios—. No avisaste que vendrías.

—¿Hah? ¿Debo informar todo lo que hago ahora? ¿O es que esperas ver a alguien más? —La sola idea hizo que sus facciones se tornaran severas—. ¿Me engañas?

—Qué tonterías dices. —Se tocó el puente de la nariz. Últimamente lo hacía mucho para calmarse—. ¿Qué necesitas?

—Que te cambies. Vamos a salir.

—¿Eh?

—Como oyes. Aunque yo no tendría problema llevándote así por la calle.

Fushiguro sintió escalofríos al recibir una mirada que buscaba desnudarlo.

En cualquier otra ocasión le habría azotado la puerta en la cara. Quería descansar. Leer durante horas y no pensar en nada más, aunque eso significaba ver a Gojō durante las comidas. Si lo comparaba con eso, ir por ahí con Sukuna no sonaba tan mal.

—Tienes suerte de que no tenga nada pendiente. Espera aquí. No tardo —indicó, emparejando antes de regresar a la habitación para cambiarse.


Sukuna no comentó cuál sería su destino. No necesitó hacerlo. Fushiguro intuyó todo al estar a pocos pasos del hospital. Uno terapéutico. Al leer todos los letreros de la entrada, giró sobre sus talones, pero Sukuna le pasó un brazo por la cintura y lo arrastró puertas adentro.

Los empleados del lugar no supieron cómo reaccionar al ver a dos adolescentes, uno aferrado a la manija metálica de las puertas de cristal y otro jalando con fuerza hacia el interior.

El personal de recepción no sería experto en el tema, pero podría asegurar que el apoyo psicológico no debía iniciar de esa manera.

Tras un rato de lucha y forcejeo, ambos se vieron sentados en una sala de espera.

—¿Paciente con la ficha verde? —preguntó una señorita.

Por protección a la privacidad se les asignaban tarjetas de colores para evitar decir nombres.

Sukuna tomó la muñeca de Fushiguro y la levantó.

—Puede pasar —dijo ella.

Él se levantó, pensando en cómo mataría a Sukuna al salir de ese lugar. Entonces, una brillante idea le cruzó por la cabeza.

«¡Tortura doble!»

—Disculpe —agregó en voz baja—, ¿debo entrar solo? Vengo con una persona que ha sido un gran apoyo para mí y me gustaría que me acompañara.

—Por supuesto. Si siente que eso podría ayudar a fomentar su confianza, es más que bienvenido.

Sukuna no escuchó lo que hablaban. Llevaba audífonos para hacer más ameno el rato. Cabe mencionar que le sorprendió a sobremanera ver a su astuto novio acercándose con una mirada triunfal. Lo sostuvo por la muñeca.

—Vamos a pasarla mal juntos, querido —habló con sarcasmo, ladino, imitando aquella ocasión en que Sukuna le mencionó la misma palabra.

No era un apodo cariñoso. Nunca lo sería. No para ellos. A partir de ese día se convertiría en una amenaza.


Yūji sabía que su hermano detestaba a Gojō con pasión y furia, por lo que tomó la sabia decisión de no comentarle que tenía sesiones de entrenamiento pendientes con él. En su lugar, se colocó un conjunto deportivo y salió a correr. Le serviría para calentar y hacer tiempo.

Con el dinero que ahorró al no tomar el metro, compró algunas cosas en una tienda de conveniencia. Gojō había hecho demasiado sin pedir nada a cambio, lo de menos era tener algunos detalles con él, aunque fueran pequeños.

Tocó el timbre al llegar y los primeros en alegrarse por su visita fueron los perros. Gracias a los ladridos, Gojō pensó que Fushiguro había olvidado algo. No tenía mucho de haber salido.

Al abrir, el chico le saltó encima.

—¡Gojō-sensei!

Dio un paso hacia atrás, buscando estabilizarse. Cosa que logró mientras atrapaba al otro por los muslos.

—Estoy en casa —dijo por inercia, inconsciente del efecto que tenía en Gojō cada palabra que salía de su boca.

—Bienvenido.

—Vaya. —Cortó el abrazo, pero mantuvo las piernas enroscadas en el torso ajeno—. Era cierto. Sensei es bastante fuerte —explicó—. Peso exactamente ochenta kilos, sabe.

Antes de que el profesor pudiera agregar algo, Yūji abrió la riñonera que solía cargar y extrajo unos dulces de su interior.

—Por cierto, compré unos dulces en el camino. Estos le gustan, ¿no? Seguido los compra en las máquinas expendedoras de la escuela.

Más de fuerza que de ganas, Gojō bajó a Yūji. Tomó un paquete de gomitas con sabor a mandarina y el resto de chucherías entre las manos.

Entonces, volvió a atrapar al muchacho y comenzó a restregar su mejilla contra la ajena, en una señal dramática y exagerada de agradecimiento.

—¡Yūji es tan bueno! Me pregunto por qué Megumi no salió tan lindo como tú. Sólo habla poco, me grita y me gruñe.

—Es la adolescencia —respondió, siguiéndole el juego—. Ya se le pasará, papá Gojō. Tenga paciencia. A mí también me gruñe (y me pega) a veces. —Finalizó al darle unas cuantas palmaditas en la espalda.


Después de jugar a la casita, se dirigieron a la habitación destinada para entrenar. Se trataba de un espacio amplio con un clóset en el que se almacenaban protectores, un botiquín y poco más.

—¿Sabes golpear con las manos desnudas?

—¡Sí! —respondió, levantando una de ellas como si estuviera en clase.

—Muy bien. —Tomó un pao* de boxeo de cubierta roja y lo sostuvo a la altura del pecho—. Entonces golpea aquí tan fuerte como puedas.

Yūji tragó saliva.

—¿Está seguro?

—Yup. Es para medir tu fuerza y saber cómo vamos a trabajar.

—Oh, ya veo. —Jamás había tenido un entrenador profesional, así que todo eso era nuevo para él—. Aquí voy.

Puso una mano al frente para defender e hizo puño la contraria, que se hallaba más abajo y por detrás de la primera. Tomó un poco de aire y lo exhaló con lentitud.

A Gojō se le erizaron los vellos del cuerpo al presenciar una mirada tan seria. Nunca lo había visto con esa cara. Tenía un potencial increíble como depredador.

«Esto es malo.» Un leve cosquilleo hizo acto de presencia en su entrepierna. Por fortuna, se había preparado para algo así; vestía ropa interior ajustada, lo suficiente para disimular una erección y no ser incómoda, además de una playera más larga de lo usual.

El otro avanzó rápido. En un abrir y cerrar de ojos, recibió el puñetazo. Tensó los músculos para mantenerse en su sitio; se vio obligado a dar un paso amplio hacia atrás para no perder el equilibrio.

—¿Se encuentra bien, sensei? —preguntó, recuperando su calma habitual.

—¡Wah! ¡Ese fue un buen golpe!

—Qué va. Seguro sensei es mejor. —Un leve carmín le coloreó las mejillas. No estaba acostumbrado a recibir halagos, así que se avergonzaba y enorgullecía al mismo tiempo cuando le dedicaban alguno—. ¿Puedo hacer lo mismo?

—¿Hm?

—Medir la fuerza de Gojō-sensei.

El nombrado miró lo que tenía entre manos y después a Yūji. Repitió, dubitativo.

—¿Estás seguro?

—¡Por supuesto!

—Eh… Bueno, supongo que puedes.

En los ojos de Yūji apareció un brillo peculiar.

¿Por qué quería ser golpeado también? Gojō creía conocer al muchacho y al mismo tiempo le hacía ponerse a pensar de más. ¡¿No era maravilloso?! ¿Cuánto tiempo deseó encontrar alguien que le hiciera olvidar el significado del aburrimiento?

Le indicó cómo sostenerlo y corrigió su postura, aprovechando para sentir algo de ese joven cuerpo, como la espalda y los bíceps.

«Está muy bien trabajado.»

Ambos retomaron sus puestos y al nunca reparar en la fuerza que poseía —ni siquiera cuando entrenó a Fushiguro de niño lo hizo—, Gojō arremetió contra el pao. Yūji dio un paso hacia atrás, seguido de otro más, y otro. Fueron continuos, rápidos. Habría tropezado y caído de espaldas al suelo, de no ser porque una pared lo frenó.

Gojō vio pasar todo en cámara lenta. Era la primera vez en la vida que algo en él se retorcía; gritos internos y sonido blanco alternaban entre sí.

Se apresuró al chico para tenderle una mano.

—¡¿Te encuentras bien?!

Esperaba un reclamo, una mala mirada, una corrección; no obstante, se ganó que Yūji entreabriera la boca de sorpresa y que un par de brillantes ojos miel admiraran la silueta que se alzaba frente a él.

—¡Eso fue asombroso! Es mucho más fuerte que Sukuna. Me va a entrenar para ser así, ¿verdad? —Se señaló a sí mismo, aceptando la mano para incorporarse.

Algo hizo click en Gojō. Dejó de pensar en segundo plano y cambió por completo su actitud preocupada por una más lisonjera.

—¡Por supuesto! Ahora, una lección de física. —Levantó el dedo en acción de enseñanza—. Cuando dos cuerpos colisionan, el más pesado se mantendrá en su sitio y el más liviano se desplazará en dirección opuesta con la misma magnitud. Aunque esto puede variar por factores como la velocidad y la superficie de impacto. Ese es el principio por el que las balas pueden perforar la piel aun siendo tan pequeñas.

A Yūji le faltó poco para derretirse con una mueca de fastidio.

—¿Por qué tiene que quitarle lo divertido a las cosas?

—¿No te gustó? ¡Es un ejemplo práctico!

—Hmmm. —Cerró los ojos e inclinó la cabeza. En cierto sentido, sería difícil que olvidara eso ahora que lo había experimentado—. Bueno…, creo que tiene razón.

—Entonces… —Le retiró el pao de las manos y lo arrojó hacia atrás—, muéstrame de lo que estás hecho, Yūji.


Las horas de entrenamiento se transformaron en efímeros minutos. Yūji puso en práctica todo lo que había aprendido del abuelo, de Sukuna, de Tōdō y de ocasionales peleas callejeras junto a éstos últimos.

En cada ocasión, Gojō fue capaz de hallar una abertura y derribarlo al instante. Inmediato a eso, le remarcaba sus errores y lo hacía corregir postura para disminuir la brecha que la experiencia hacía entre ambos.

Yūji cargó directo contra el rostro de Gojō. Éste, al encontrarse cerca de la pared, se cubrió para recibir el impacto. Aprovecharía la inercia del chico para darle la vuelta y acorralarlo contra la pared.

—¡Já! ¡Cayó! —exclamó Yūji, cambiando de dirección a los pocos segundos.

«¡¿Todo este tiempo fue por mis pies?!» pensó Gojō, al ver que se agachaba.

Sin duda alguna, lo más problemático de su muchacho era que aprendía rápido con todo el cuerpo en uso; aparte poseía la espontaneidad suficiente para sacarlo de balance. De no ser por todos esos años enfrentándose a mafiosos cara a cara, lidiar con él lo colocaría en apuros momentáneos.

Saltó para esquivar una patada baja. Al volver al suelo, decidió lanzar una pierna para golpear el trasero de Yūji con el empeine.

Así lo hizo y Yūji giró el brazo hacia atrás, en una posición que le causaría un claro desgarre de no ser por lo flexible que era.

Interceptó el pie por el tobillo y Gojō sonrió de medio lado al descubrir que, en todo ese tiempo, el chico se había comenzado a acostumbrar a su juego. Lo que no vio venir, fue que tirara de él hacia adelante y empujara hacia arriba, lo que desembocó en su caída sobre el cuerpo ajeno.

Apenas metió a tiempo las manos para no aplastar por completo al otro. De lo contrario, les habría dolido mucho a los dos. Sus narices se rozaron y una mezcla de alientos agitados rellenaron los espacios que no se tocaban.

—¡Lo logré! —Yūji fue el primero en destruir el mutismo, cansado, satisfecho, victorioso—. Lo derribé.

La cara de Gojō estaba parcialmente aclarada ahora que no llevaba encima los lentes —salieron disparados de su sitio en el transcurso de la caída—. Yūji pensó que se vería aún mejor sin todo el cabello cayendo hacia adelante, por lo que llevó los dedos hacia donde nacían aquellas hebras blanquecinas, sintiendo la humedad característica producida por el desgaste físico y dejó libre el lado izquierdo de ese níveo rostro.

Gojō recargó parte de su peso sobre aquella mano cálida. Bajó los párpados y los levantó cuando Yūji retomó la palabra.

—¿Qué le pasó aquí?

Por encima del ojo izquierdo de Gojō, donde empezaba el cuero cabelludo, tenía una curiosa cicatriz; deforme, intentando seguir un rastro oval, que se hundía de forma casi imperceptible por el centro. De manera habitual el flequillo la cubría, pero en ese instante Yūji pasó el pulgar por la superficie.

—Ah, eso… Fue un accidente.

—¿Qué clase de accidente?

Los ojos de Gojō parecieron oscurecerse durante breves instantes en los que recordó lo que pasó aquel día, mucho antes de conocer a Fushiguro.


Hace quince años

Nanami entró agitado, con Gojo a cuestas, inconsciente. En su desesperación, no pudo ver con claridad a Shōko, quien se acercó tan rápido como los tacones se lo permitían.

—Nanami —levantó la voz para captar su atención.

Le preocupó que también estuviera herido, ya que la manga izquierda la tenía empapada en sangre. Al seguir el posible origen de esta, descubrió que venía de la cabeza de Gojō y un alivio momentáneo le regresó el pulso a la normalidad al saber que estaba bien.

El padre de Shōko sólo podía atender a una persona a la vez y ya se le había notificado que Gojō seguía vivo. Con una bala impactada en el cráneo, pero vivo.

Ella apenas tenía quince años, había asistido a muchas cirugías para su corta edad, pero no sería capaz de realizar una por su cuenta. No aún. Necesitaba más práctica y debía esforzarse más de la cuenta si quería ser de ayuda para ellos.

—Están terminando de preparar el quirófano. Sígueme —ordenó.

Nanami obedeció por instinto. La vida de su amigo peligraba. Quería darle un buen golpe por haber sido lo suficientemente estúpido como para encarar a Tōji. No tenían asuntos pendientes con él. Sólo fue casualidad encontrarlo en el mercado negro y, bueno, una cosa llevó a la otra… Salieron bien parados de milagro.

El padre de Shōko era un médico clandestino. Terminó sus estudios de licenciatura e hizo la especialidad en medicina interna; sin embargo, el quiebre de su carrera fue alejar de la muerte a un hombre: Naobito Zen'in, el líder de una problemática familia yakuza.

Fue enjuiciado poco tiempo después. El juramento hipocrático lo salvó de ir a prisión, aunque se le revocó su cédula profesional bajo el cargo de interferir en una operación policial. Su nombre llegó hasta los tugurios más inhóspitos de la ciudad y varias personas del bajo mundo comenzaron a recurrir a él por sus servicios.

Por temor a que le hicieran algo a su hija, no se negaba, pero trabajar con el cañón de un arma apuntando a su sien no era su trabajo soñado.

Gracias a alguna deidad médica, tal vez el Yakushi Nyorai**, un Capo le ofreció apoyo y protección a cambio de atender a sus hombres. Así fue como él y Shōko comenzaron a formar parte de la misma familia que Gojō y Nanami.

Nanami perdió de vista a Gojō cuando lo colocó sobre una camilla y Shōko lo ingresó al área de trabajo de su padre. Ahora todo dependía de ellos.

No estaban dentro de un hospital, sino en la Casa Central. Un lugar protegido que sería la fortaleza paradisiaca de cualquier mafioso.

Pasaron horas en las que Nanami se debatió en saber qué cara pondría a su jefe si Gojō no la libraba. Se suponía que era su responsabilidad. ¿Cómo dejó que se le saliera de las manos?

Por fortuna, la incesante angustia que comenzaba a derivar en un terrible dolor de estómago, cesó. Shōko salió a darle la buena noticia de que Gojō se encontraba fuera de peligro, mientras el doctor terminaba de estabilizarlo.

Nanami llevó una mano al abdomen.

«Aún no es tiempo…» De adquirir gastritis, colitis nerviosa o una úlcera.

Shōko se sentó a un lado de él. Se retiró la mascarilla del rostro y dio un profundo suspiro. Acto seguido, recargó la cabeza en el hombro opuesto.

Nanami era como un hermano para ella. Cuando se mudó junto a su padre a esa nueva residencia, tenía cinco años; Nanami, de doce años, era el único niño con el que tenía contacto, así que no pasó mucho para que se volvieran cercanos. Ambos vivieron situaciones únicas que los obligaron a madurar a pasos agigantados.


—¡Yo! Nanamín. Shōko —saludó Gojō al verlos entrar a su propia habitación. Su blanca y limpia habitación.

Nanami odiaba ser llamado así.

—Estás pidiendo a gritos que te golpeé.

—Velo de este modo —agregó Shōko—, cualquier estupidez que salga de su boca, puedes decir que es resultado del disparo en la cabeza.

—¡¿No se supone que me extrañaban y vienen a traerme regalos y decirme palabras bonitas?! —exclamó Gojō.

—Te dijimos palabras bonitas.

—Agradece.

Gojō elaboró un mohín digno de un crío de cinco años. Cruzó los brazos y dirigió la mirada a la ventana.

Shōko se acostó a los pies de la cama. A diferencia de los otros dos, ella no era tan enorme y había dormido fatal, así que aprovecharía para echar la siesta. Nanami tomó asiento en un sofá cercano y se dispuso a leer el libro que cargaba.

Gojō estaba tranquilo y a gusto con lo que veían sus ojos. Faltaba una persona, pero que se encontrara ausente era inevitable. Los tres lo sabían.

No obstante, eso no era todo. Desde que despertó, un extraño susurro, suave y tenebroso, le recorría de un oído al otro, sin salir de su cabeza. Le daba jaqueca, mas no era insoportable. ¿Qué sería? ¿Por qué sentía que algo no estaba bien ahí? Algo faltaba.

—Color —dijo el extraño susurro. Sus amigos no parecían oírlo con la misma claridad que él.

«¿Color?»

Color.

«¿Qué color?»


Con el paso de las semanas, Nanami advirtió comportamientos extraños en Gojō: miraba detenidamente las cosas, a veces abría los ojos más de la cuenta, parecían estar a punto de salirse de sus cuencas; se quedaba sin expresión durante minutos enteros, horas inclusive; comenzó a tener sexo, cosa normal en un adolescente de casi diecisiete, que gozaba de cierto renombre y libertades, el problema era que lo hacía con una frecuencia excesiva, casi rozando en la satiriasis.

Algo raro sucedía con él y lo sabía. Lo comentó con su superior inmediato, quien le dijo que hablaría con él; sin embargo, previo a eso, Nanami fue testigo de una escena que confirmó que aquella bala había dañado algo en el cerebro de Gojō. Algo que probablemente no tendría remedio jamás.

Al girar por uno de los pasillos interiores de la gran casa tradicional japonesa, divisó a Gojō hablando con una chica de piel pálida, cabello oscuro y lacio que llegaba hasta la cintura, un poco baja de estatura. Por su vestimenta supo que debía pertenecer al harén.

No lo vieron. Reaccionó rápido y se ocultó de inmediato, a la vuelta de la pared.

—Estoy embarazada —dijo ella.

Nanami recargó la cabeza contra el muro de madera.

«¿Qué harás?» se preguntó. ¿Gojō daría por finalizada su vida de excesos? ¿Al fin sentaría cabeza? ¿Podría lidiar con un bebé?

La verdad es que a Nanami no le importaría ayudar con el asunto. Siempre había querido tener niños, aunque sabía que no podía. En primer lugar, por el trabajo que realizaba; en segundo, porque estaba enamorado de otro nombre y era evidente que no podían procrear.

—Ya veo. Felicidades —dijo Gojō con una voz melódica.

—Es… Es suyo… —agregó, apretándose las manos—, el…

—Yo sé que es mío —respondió con serenidad, no precisamente con alegría.

—E-Entonces…

El brillo de alegría en los ojos de la mujer se esfumó en un parpadeo al recibir un puñetazo de lleno en la cara. Con el labio superior partido y un hilo de sangre bajando por la nariz, cayó al piso.

—¡Gojō! —Nanami salió de su escondite.

—Ah, Nanamín. ¿Estabas escuchando?

—Sí. —¿Qué sentido tenía negarlo?

Gojō extrajo una navaja militar del bolsillo de su pantalón. Al momento de desplegarla, miró a la mujer y sonrió.

—Bueno, aquí es donde nos despedimos.

La chica negó con la cabeza, al borde de estallar en llanto.

La intención fue más que obvia. Nanami detuvo a Gojō por el brazo mucho antes de que pudiera hacer algo.

—Tranquilízate. Podemos hablar con el padre de Shōko para arreglar el aborto.

—No se trata de eso. ¿No te das cuenta de quién es el afectado aquí?

Nanami guardó silencio, dejándolo proceder.

—Las mujeres del harén están operadas, ¿no es verdad? Esta perra me engañó. —La miró por el rabillo del ojo—. Debo darle una lección.

—La mayor parte de ellas lo están —explicó—, con excepción de las que el jefe considere. Si no se casa con la hija de algún líder, siempre puede optar por usar a alguna de ellas para tener descendientes (deberías saberlo).

—¿Ellas lo saben?

—Sí.

Otro de los objetivos del harén era hacer que los hombres de confianza del oyabun encontraran placer sin necesidad de inyectar su capital en ello, por lo que no faltaba la ingenua que esperaba mejorar su situación al hacer algo similar a lo que la joven que yacía en el piso intentó con Gojō. Se sabía de algunos casos donde un ejecutivo tomaba a la que más le gustaba por esposa y eso daba un giro completo a su vida. Por desgracia, eran pocas las veces en que eso ocurría.

—Con mayor razón —dijo Gojō—, debo usarla de ejemplo para que el resto de las niñas no piensen en hacer más estupideces como esta.

De un brusco tirón se soltó del agarre de Nanami, pero este último se interpuso una vez más, lo cual, comenzó a tocar los nervios de Gojō.

—De verdad… —La molestia se exhibiría más en su rostro de no llevar lentes oscuros—. ¿Sabes cuál es tu posición aquí?

Las frases: «Sabes cuál es tu posición», «Conoce tu lugar», «Obedecer a quienes están por encima de ti es tu único trabajo», «No debes desafiar a ningún alto mando si quieres continuar con la cabeza pegada al cuello», «Debes velar por tus superiores, por nadie más», «Los actos de caridad están prohibidos», y más, eran un peso fuerte sobre Nanami. Fue criado con eso en mente y no solía desafiar a nadie que tuviera más voz y voto que él.

—Entre nosotros, ¿sabes quién tiene mayor jerarquía? —Gojō se levantó, manteniendo a la chica por los cabellos, quien lloraba en silencio con la esperanza de ser perdonada.

Nanami apretó los dientes.

—Responde. Na-na-mín —canturreó, más como un cuervo que anuncia la muerte, que como un ave del paraíso.

—Tú.

—¿Tú? —Enarcó una ceja.

—Usted, señor. —Tuvo que morderse el labio al agachar la cabeza.

¿Qué demonios estaba pasando? ¿No se supone que él y Gojō eran amigos? No. No estaban en una situación donde tuvieran que demostrarlo. Era como pasaba con su jefe inmediato. Eran cercanos, sí; demasiado cercanos. Sin embargo, frente al resto de miembros de la familia aparentaba ser un sirviente más —uno de clase—, y lo trataba con cortesía.

Frente a esa chica Gojō podría intentar demostrar lo mismo.

«Lo siento» dijo para sus adentros, mas no era una disculpa para Gojō.

—Bien. Me alegra que lo sepas —habló, previo a poner un pie sobre la cabeza de la mujer, obligándola a estampar la cara contra el piso—. A diferencia de esta basura, tú conoces tu lugar. Así que no diré nada y lo dejaré pasar por esta vez.

—Es muy amable de su parte. —Por alguna razón, le sentaba fatal dirigirse así a alguien como él.

—Puedes retirarte.

Al regresar por donde vino, escuchó gritos desgarradores, femeninos, llenos de pánico.

—¡Espera! ¡A-Ayúdame! ¡Por favor!

Gojō usó la navaja para cortarle la boca. En un tajo preciso, ambas mejillas terminaron abiertas.

—Haces demasiado escándalo.

Hundió el filo sobre la garganta, esperando que de ese modo se callara, pero lo único que obtuvo fue a una mujer retorciéndose bajo su cuerpo, berreando y desgañitándose. Al saber que moriría y en un intento desesperado e inútil por aferrarse a la vida, terminó arañando la barbilla del hombre.

Gojō primero la dejó ciega con varias puñaladas. Le habría gustado tener cerca una cuchara, ya que las cuencas terminaron hechas un desastre y no planeaba sacar esa papilla blanca, ahora sanguinolenta, con las manos.

En su lugar, arrancó la falda, dejando a la vista las pequeñas bragas rosadas.

Hundió la navaja hasta el mango en el vientre de la chica, abriendo hacia abajo en un corte vertical. Si el arma hubiera sido más grande, no habría dudado en abrirle el canal como a los cerdos en el matadero. Después de todo, ella no era nada más especial que eso.

Por esa ocasión sí metió la mano para arrancar los órganos de su cuerpo. Lo primero que sacó fue una bolsita blanda de aspecto entre anaranjado y rojizo, de forma más o menos triangular, sin bordes.

—Esto no es.

La lanzó por detrás de sí. No sería un experto en anatomía como el padre de Shōko, pero seguro era la vejiga.

Después, arrancó una masa pequeña, más similar a lo que los libros de biología pintaban como el aparato reproductor femenino.

—¡Bingo!

Lo puso frente a la cara de la chica, chorreando sobre la boca abierta del cadáver sus fluidos.

—Mira, mira. ¡Lo encontré!

La mujer no respondió. Tenía el rostro desfigurado de horror.

—¿Oye? ¿Ya te moriste?

No respiraba ni se movía y un par de minutos atrás había dejado de gritar.

Gojō se preguntó cuál habría sido la razón exacta. ¿Dolor excesivo? ¿Pérdida de sangre? ¿Extirpación de órganos sin anestesia? ¿Eso último iba de la mano con la primera pregunta?

Se levantó, estirando la espalda. No le gustaba agacharse mucho tiempo.

—Bien, es hora de que vengas conmigo. Daremos un último paseo.

Agarró uno de los tobillos y comenzó a arrastrar a la chica por el pasillo, dejando un rastro de sangre que sería difícil de quitar si los de limpieza esperaban a que secara.

Le pareció que era como llevar una brocha con forma humana. Se vio a sí mismo como un artista al llegar al final del pasillo y volver la mirada. Sería un verdadero espectáculo dantesco si también coloreaba las paredes y el techo.

Es un lindo color. —El extraño susurro apareció.

«En verdad —pensó—, es lo más hermoso que he visto...»

Con la chica y la matriz en distintas manos, se puso en marcha hacia el harén. Esperaba que de ese modo las otras aprendieran a dejar de hacer tonterías.


—¿Sensei? —preguntó Yūji, regresándolo a la realidad.

—Ah, esto… —Aquel extraño recuerdo fluyó por su memoria en cuestión de segundos—. Sí, me pasó cuando tenía unos quince o dieciséis años. Me golpeé con una viga y fui a dar al hospital.

Mientras hablaba, se separó, quedando de rodillas. Ayudó al chico a incorporarse, sentado frente a él.

Por costumbre, llevó la mano a la cabeza ajena. Los lugares donde el sudor pegaba los cabellos de esa corta melena lucían más rojizos que rosados.

«Es un lindo color.»

—Yūji.

El nombrado lo miró, expectante.

—Me gusta tu cabello. —Casi al tiempo, comenzó a despeinarlo con ambas manos, como si diera mimos a un cachorro.

—¡Gracias! Aunque no sabe cuántos problemas me ha dado —suspiró—. En secundaria me obligaron a teñirlo de negro porque creían que no era natural (Sukuna no lo hizo). El abuelo se fue a pelear con la escuela y, al final, nos terminó sacando para meternos en una particular donde sí permitían esto. Debo tener alguna fot…

Un gran rugido estomacal interrumpió la plática. El rostro de Yūji comenzó a adquirir distintas tonalidades de carmín, cada vez más intensas.

—Bueno, creo que ya va siendo hora de comer —dijo, intentando contener una pequeña burla—. ¿Qué te parece si subes a ducharte en lo que preparo algo?

—¡Ok! —No era la primera vez que se aseaba en esa casa. Usaba el baño de Fushiguro, también tenía un par de cambios de ropa guardados en el vestidor.

Se levantó y, antes de salir, notó que Gojō no se había puesto en pie. Mantuvo las piernas en escuadra; una, con la rodilla en el piso y la otra, sobre la que recargaba un brazo, tenía el pie plantado en el suelo, el resto de la pierna flexionada. Le recordaba a la posición en la que ilustraban a los caballeros.

—¿No viene?

—Ah, no, no. Esperaré un poco más para recomponerme. Ya sabes, cosas de la edad —se excusó, fingiendo sentirse más anciano de lo que en verdad era.

Yūji entonces salió, asegurando que no tardaría para ayudarlo en la cocina. Gojō caminó a gatas hacia la puerta una vez que se cerró y se recargó contra esta.

Estiró las piernas, separadas. Metió la mano bajo sus pantalones para extraer una molesta erección, evidente e incontenible.

«¡Eres más persistente de lo que deberías!» Comenzó a masturbarse de forma apresurada, pues debía preparar la comida.

Cerró los ojos, fantaseando con la escena de minutos atrás. En la caída, casi se besaban. Sus alientos, calientes y agitados, bien hicieron la ilusión de tenerse uno contra el otro.

Gojō dejó pasar su oportunidad y lo sabía. En su desesperación, por irónico que pareciese, deseaba que Yūji le pasara los brazos sobre el cuello y que fuera él quien iniciara un beso.

De haber sido así, ¿qué estarían haciendo ahora?

Levantó los párpados y dirigió la mirada hacia donde habían caído.

Pudo ver a Yūji con los pantalones bajo las rodillas, en cuatro, recibiéndolo a él por detrás mientras pronunciaba entre gemidos la forma en que siempre lo llamaba: «Gojō-sensei.»

Él le respondería: «Me hiciste esperar mucho, Yūji. Justo ahora…, puedes sentir cuánto, ¿no es verdad?»

Lo sostendría fuerte por la cintura y se hundiría en su cuerpo una y otra vez, diciéndole en juego que entrenarían la resistencia, empezando por ver cuántas rondas aguantaban.

El rápido bombeo sobre su miembro y la erótica alucinación le sirvieron para venirse rápido. Jadeó, cansado y agitado. Centró su atención en el semen sobre la duela. La idea de poner su esperma sobre la comida de Yūji hizo que le cosquilleara la base de la nuca.

Negó con la cabeza.

«No puedo hacer eso.» Si era consciente de lo que Yūji se metía a la boca, terminaría con una lujuria bestial. Le haría difícil mantenerse quieto y terminaría atacando a su estudiante.

Lo suyo debía darse de forma más natural, como momentos atrás. Eso estaría bien. Sería lo correcto.

A Yūji no podía devorarlo. No sin prepararlo antes. Lo necesitaba a su lado de manera incondicional, no como a los amantes fugaces que había tenido hasta ahora. Porque él era especial. Era único. No podía dejarlo escapar. No quería. No se lo permitiría.

Como a un animal salvaje, debía acercarse lento, con cuidado y sin actitudes sospechosas. Cuando estuviera lo suficientemente cerca sería momento de actuar; rápido, certero. En un preciso movimiento le pondría la cadena al cuello y entonces, sólo entonces, se aseguraría de enjaularlo y retenerlo para cuidarlo y protegerlo.

«No serás de nadie más, Yūji. Eres…, mi querido Yūji.»


*Pao: Es una almohadilla de golpeo (hay de distintos tamaños) utilizada como equipo de entrenamiento para algunos deportes de combate.

**Yakushi Nyorai: Es el buda de la medicina y la sanación.

Como no aseguro poder actualizar mañana o pasado, mejor lo hice de una vez. xD

Espero que lo hayan pasado bien en navidad. Disfruten del fin de año. Descansen y coman mucho. (*´▽`*)