Capítulo 4: Cooperación
Observó su imagen reflejada en el espejo una vez más, prestando toda su atención a la corbata que se resistía a sus intentos de hacerle un nudo. Tenía tanto tiempo sin usar corbata que parece que ya el conocimiento se le había ido del cerebro de alguna manera. Aunque pensándolo bien, ¿alguna vez se había hecho el nudo de la corbata por su cuenta? Le parecía recordar que…
Sus manos se detuvieron y cayeron a sus costados cuando aquel pensamiento lo condujo de nuevo a su difunta esposa. El constante sentimiento de perdida y desazón volvió a asaltarlo con fuerza, seguido pronto de los pensamientos negativos que le gritaban lo culpable que era de lo que sucedió, y de cómo sus manos estarían manchadas por siempre con la sangre de su esposa e hija.
El impulso de golpear su cabeza contra la pared para callar aquellas voces se hizo presente otra vez, y por un instante sus ojos enloquecidos trataron de buscar algún objeto que pudiera usar para darle fin al dolor.
—¿Yoh, todavía no estás listo? —La repentina entrada de su amigo lo devolvió a la realidad—. ¿Estás bien, Yoh?
Inhaló profundamente durante unos minutos, tratando de anclar su mente al presente y alejar esos sentimientos que tanto lo oprimían. La imagen de una promesa con un niño de cortos cabellos rubios sonriéndole llegó a su mente y su corazón empezó a calmarse lentamente.
—Estoy bien, Manta —aseguró con una sonrisa débil.
—Yoh, si no te sientes preparado…
—No es eso —respondió rápidamente para evitar que su amigo pudiera completar la oración—. Es esta corbata que me tiene frustrado, nada más.
Manta lo miró poco convencido de sus palabras, pero afortunadamente no siguió presionando el asunto, decidiendo mejor acercarse a donde estaba parado, tomar un pequeño taburete para subirse y ponerse a la altura de su amigo.
—Siempre fuiste pésimo con las corbatas —mencionó con una pequeña negación de la cabeza mientras lo ayudaba a arreglarse aquel accesorio de ropa.
—Es que son tan incómodas, ¿por qué debemos usarlas?
—La cliente que nos espera es alguien especial —explicó con paciencia—. Su carácter es muy fuerte, y con la cancelación de última hora de Ren, debemos ir con la mejor presentación posible para dar una buena impresión.
—No entiendo por qué ambos están tan preocupados por ella —comentó Yoh con un gesto de confusión notable—. Leí el caso anoche. Es un asunto de cambio de custodia y luego un divorcio, ¿no es así?
—Es que aún no la conoces, Yoh —respondió Manta bajándose del taburete y encaminándose a la puerta—. La legendaria Reina del Hielo es alguien de temer, te darás cuenta cuando hables con ella de dónde sale esa reputación.
Yoh no dijo más nada, todavía dubitativo por la descripción de la tal Anna Kyouyama, la persona con la que se supone se reunirían en cuestión de minutos para aclarar el inesperado retiro de Ren del caso. Sus dos amigos lucían preocupados por cómo tomaría las noticias, y según pudo recordar, la expresión en el rostro de Ren la noche anterior, cuando llamó para informarle, lucía bien agria, lo cual no auguraba nada bueno. Por suerte, Kyouyama accedió a encontrarse con ellos para conocer al nuevo abogado que tomaría el caso y evaluarlo ella misma, más que nada por la insistencia de su amigo de lo bueno que era en el trabajo.
Dirigiendo una última mirada al interior del cuarto donde se quedó la noche anterior, la habitación en la que solía quedarse cuando pasaba la noche en casa de Manta, Yoh cerró la puerta tras de sí y siguió a su amigo hasta el auto.
A pesar de solicitar el alta del hospital, aún no se sentía preparado para regresar a su propio apartamento, por eso le pidió de favor a Manta permitirle quedarse en el suyo mientras tanto. Aparte de que así se le hacía más fácil trasladarse a la oficina, ya que le retiraron su licencia de conducir luego de haberle encontrado ebrio al volante.
Sacudiendo esos pensamientos de su mente, Yoh se montó en el asiento del copiloto en el auto de Manta y ambos emprendieron el camino al restaurante donde verían a la cliente especial de la firma, Anna Kyouyama.
Aquel día se despertó de muy mal humor. La inesperada llamada de Ren Tao la noche anterior para informarle que había surgido un imprevisto que le impedía continuar trabajando en el caso agrió inmediatamente el buen ánimo que la acompañó la mayor parte del día anterior. Molesta por las noticias, Anna no tardó en tildarlo de irresponsable e incompetente por haber aceptado el caso para horas después venir con la excusa de que no podía seguir trabajando con ella. Ni siquiera se molestó en preguntar cuál había sido el imprevisto tan importante que lo obligó a romper sus propias reglas, y luego de una tensa conversación, finalmente aceptó a regañadientes encontrarse con el abogado suplente que Ren afirmaba era el número uno de la firma.
La única razón por la que accedió fue por las palabras del Tao de que este abogado era mucho mejor que él, pero que por cuestiones personales había estado fuera de la firma durante un tiempo. Decir que no le causaba curiosidad que el orgulloso Ren Tao admitiera que alguien era mejor que él sería una gran mentira. Por eso acordó reunirse esa mañana con el jefe de la firma y el nuevo abogado que tomaría su caso, cuyo nombre olvidó preguntar por la irritación que le causó aquella conversación.
Llegando al mismo restaurante del día anterior, el único lugar que confiaba para hacer reuniones privadas, donde sabía que los molestos espías de su madre no podrían ingresar libremente por las estrictas regulaciones del lugar, Anna se desmontó del vehículo y revisó su imagen en uno de los espejos retrovisores, verificando que no hubiera nada fuera de lugar en su apariencia. Satisfecha con lo que vio, se dirigió al conductor del auto.
—Te llamo cuando acabe la reunión —avisó con un tono autoritario a pesar de que el chofer tenía años trabajando con ella, demasiado acostumbrada a dar órdenes y mantener cierta apariencia en público—. Aprovecharé para desayunar aquí.
—Como usted mande, doña Anna.
Anna asintió y se encaminó al interior del restaurante, sintiendo la atenta mirada del chófer siguiéndola, cuidando que no haya moros en la costa que pudieran perturbarla. Sólo cuando entró al restaurante, Anna pudo escuchar el motor del vehículo arrancando y desapareciendo en la distancia.
Al igual que en ocasiones anteriores, Anna fue recibida con gran acogida y respeto. Por lo general llamaba antes de ir para que tuvieran todo preparado a su llegada, de esta manera sólo necesitaba dirigirse a su sala privada sin necesidad de detenerse más tiempo del necesario en las partes más concurridas del restaurante.
Dando un vistazo rápido a su reloj de pulsera, verificando que estaba diez minutos antes de la hora acordada, Anna abrió la puerta del salón esperando encontrarla vacía. Para su sorpresa, Manta Oyamada ya se encontraba en el interior leyendo unos papeles y haciendo unas anotaciones en un cuadernillo.
—Oyamada —saludó escuetamente.
El aludido la miró con algo de nerviosismo, sus ojos negros dirigiéndose a su reloj y a la puerta que acababa de cerrar tras de sí.
—Señora Kyou… —Oyamada se detuvo cuando se percató de la mirada de advertencia que le dirigía—. Señora Anna.
Anna se adelantó para tomar asiento, satisfecha de que Oyamada estuviera al tanto de su desagrado de ser llamada señora Kyouyama. Por lo menos el irresponsable de Ren se tomó las molestias de compartir con su equipo información relevante sobre sus gustos y disgustos para que pudieran llevar un encuentro tranquilo.
Sin decir palabra, Anna observó al Oyamada, sintiendo la intimidación que su presencia estaba provocando en su invitado. Esta no era la primera vez que se encontraban, coincidiendo en varios eventos sociales a lo largo de los años por las relaciones que había entre sus familias, pero Oyamada siempre procuraba mantener cierta distancia de ella, y Anna tampoco se molestó mucho en acercarse a él. Se movían en los mismos círculos, pero eso no significaba que debían ser inmediatamente amigos.
—Primero quisiera disculparme con usted, señora Anna —comenzó a decir Oyamada después de reunir algo de coraje—. Lo de Ren fue algo completamente inesperado, pero le aseguro que su reemplazo es el mejor abogado que tenemos en la firma. Su caso está en buenas manos.
Anna lo miró con algo de interés, escuchando nuevamente lo increíble que era este abogado de boca del director de la firma, como para darle mayor credibilidad a las palabras de Ren. Si ambos coincidían en sus estimaciones sobre esta persona, es que realmente debía tratarse de alguien bueno.
Todo el mundo sabía de la reputación de la firma de abogados Yomare, la mejor en todo el país, con el mayor récord de casos resueltos en el menor tiempo establecido. Su fama había llegado hasta sus oídos, de parte de la prensa y de parte de Pirika, que mantenía cierta comunicación con Ren a pesar de la ruptura años atrás. Aparte de eso, lo único que sabía de la firma era que había sido fundada por tres herederos de tres poderosas familias, que decidieron independizarse y forjar su propio camino.
Nunca se molestó en buscar información sobre ellos, al tener una firma de abogados creada específicamente para manejar los asuntos legales de la familia, que no podía utilizar en esta ocasión para no alertar a su madre de la situación, pero conocía a su director, Manta Oyamada, y a Ren Tao. El tercer miembro le era completamente desconocido, y en aquel momento se reprochó no haber buscado información sobre esta persona antes de la reunión.
Miró nuevamente su reloj en ese momento, restándole importancia a su pensamiento anterior. Ya los diez minutos que faltaban para la hora acordada pasaron, y todavía no había rastros del susodicho abogado estrella. ¿Acaso pensaba llegar tarde? ¿No le dijo Ren lo estricta que era sobre la puntualidad?
—No es lo que cree, señora Anna —intercedió Manta, seguramente notando su ceño fruncido—. Tenemos un rato aquí, pero…
Antes de poder terminar su oración, el sonido de apertura y cierre de la puerta se escuchó en el pequeño salón, seguido de unos pasos.
—Este lugar es más grande de lo que pensé —se excusó el recién llegado al acercarse a la mesa—. Por alguna razón hay mucho hermetismo sobre este salón, nadie quería decirme dónde estaba, menos cuando les dije que estaba aquí para ver a Anna Kyouyama.
La voz le sonó increíblemente familiar, como si la hubiera escuchado de algún sitio recientemente, pero su orgullo le impidió voltear el rostro para ver quién había entrado, decidiendo esperar que tomara el asiento contiguo al Oyamada para verle la cara.
—¡Recuerda que no debes decir su nombre! —Le reprochó el Oyamada, haciendo un esfuerzo extraordinario por no palmearse la cara en frustración—. Debes decirles que vienes por el especial de manzana.
—Por suerte me acordé al final, o no me habrían guiado hasta aquí, jejejeje.
Anna entrecerró los ojos en concentración, tratando de ubicar al dueño de la voz en sus memorias. El hombre pasó a su lado en ese momento, y sus ojos captaron el color castaño de sus mechones de cabello. De inmediato la imagen se volvió nítida en su mente, llenándola de perplejidad e incertidumbre.
—¡Tú! —Exclamó, justo en el instante en que Yoh Asakura tomaba asiento delante de ella.
—¡¿Tú eres Anna Kyouyama?! —El tono de sorpresa en su voz fue bastante evidente, como si él tampoco esperara encontrarla ahí.
Ahora que lo pensaba, en ninguno momento se presentó cuando lo conoció en el hospital el día anterior…Pero de todas formas…
¿Este era el famoso tercer miembro de la firma Yomare? ¿El abogado que Ren considera mejor que él y que Oyamada afirmaba manejaría bien su caso? ¿Acaso no había estado tirado en una cama de hospital justo el día de ayer intentando quitarse la vida?
¿Acaso estaban intentando jugarle una broma?
—Esperen, ¿ustedes se conocen? —Intervino Manta cuando se repuso de la impresión de aquel intercambio de palabras.
—¿Se podría decir que sí? —Yoh respondió con otra pregunta, inseguro con el inesperado rumbo que tomó la reunión.
—¡¿Intentas tomarme el pelo, Oyamada?! —Cuestionó airada, apenas conteniéndose de liberar el enojo que estaba creciendo en su interior por la fortuita aparición de Yoh Asakura.
—Espere, señora Anna, esto no es lo…
Anna enfocó la mirada sobre el Oyamada, viéndolo retorcerse en su asiento y sudar a mares por los nervios. Parecía que el director genuinamente no estaba al tanto de la situación que vivió con Yoh Asakura el día anterior. Pero igual tenía una reputación que mantener, mostrar perplejidad no era algo que se podía permitir. Por eso era mejor canalizar la cólera, era más seguro. Pese a esto, volver a ver a Yoh Asakura después de creer que sus caminos no se cruzarían fue algo completamente chocante.
¿Realmente podía existir tanta coincidencia en esta vida?
Unas inesperadas risas rompieron el tenso silencio que se había instaurado en la sala, rompiendo brevemente con su máscara de enfado. Al darse cuenta, inmediatamente controló sus facciones para adoptar una expresión de neutralidad y observar al autor de esas carcajadas tan estruendosas.
Al sentirse observado, Yoh Asakura se fue calmando, frotándose los ojos donde unas lágrimas se le habían escapado de tanto reír.
—Lo siento, lo siento —se disculpó al recuperar la compostura—. Es que no pensé que nos volveríamos a ver tan pronto.
—Yoh, ¿me podrías explicar qué está pasando? —Preguntó Oyamada con el susto todavía atorado en la garganta.
—¿Recuerdas que te mencioné que alguien me detuvo de hacer algo impensable?
—No me digas que… —el rostro del Oyamada cambió de uno pensativo a uno de incredulidad total en menos de un segundo—. Esa persona fue Anna Kyouyama…
—Y ahora resulta que yo seré tu abogado —Asakura soltó una pequeña risilla al mencionar esto, mirándola con una extraña sonrisa—. Es increíble las vueltas que da la vida.
—¿Quién dijo que serás mi abogado? —Preguntó Anna bruscamente, intentando recuperar el control después de haber sido momentáneamente deslumbrada por la risa y la sonrisa del Asakura.
—¿No me quieres como tu abogado?
—¿Cómo puedo confiar mi futuro en tus manos después de lo que pasó?
Otro silencio siguió a esas palabras, pero esta vez Anna mantuvo su mirada sobre el Asakura, quien la observó con un rostro serio. Oyamada empezó a moverse ansioso en su asiento otra vez, debatiéndose entre intervenir o quedarse callado.
—Ahora que lo pienso, no me he disculpado por lo de ayer —el que rompió el contacto visual fue Asakura, bajando la mirada con una expresión compungida—. Lo siento, las palabras que te dije estuvieron fuera de lugar.
—No me interesan tus disculpas, Asakura —le amonestó Anna seriamente, ganándose una mirada incrédula—. Necesito un abogado en el que pueda confiar, y tú no has hecho nada para ganarte esa confianza.
—Señora Anna, le aseguro que Yoh…
—¿Y cuándo aparezca muerto mi abogado sin explicación, entonces qué? —Interrumpió sin mirarlo, manteniendo toda su atención en el Asakura.
El mensaje era claro, y por la tensión que observó en la mandíbula del Asakura, Anna supo de inmediato que él lo había captado totalmente.
Cual fuera la situación que estaba atravesando, aquel dolor que seguía estrujando su alma, debía ser puesto a un lado si él deseaba trabajar en su caso. Podría ser desconsiderado de su parte, sabiendo que recuperarse de ese tipo de trauma no era algo que una persona normal podía lograr en uno o dos días, pero Anna tenía bastante problemas sobre su plato como para preocuparse por alguien más.
Si no fuera por la situación tan precaria en la que se encontraba, donde no podía confiar en ninguna otra firma de abogados en todo el país para manejar su caso, por la tremenda influencia que tenía su madre, Anna ni siquiera lo consideraría. Le costaba admitirlo, pero Anna necesitaba de Yoh Asakura.
—Hice una promesa que pienso cumplir —declaró Asakura con convicción cuando se decidió a hablar—, y si tú me das la oportunidad, te prometo que no te defraudaré.
—Esas son palabras muy grandes, Asakura —comentó con una mirada crítica.
La mención de aquella promesa le recordó al pequeño Hana, que se estaba quedando por el momento con Horohoro. Más temprano le había dejado un mensaje para que trajera a Hana y los tres juntos desayunar en aquel restaurante. Así aprovechaba para organizar algunas cosas con su hermano, ya que por mucha confianza que le tuviera, dejarlo a cargo de un niño de seis años sin un plan a mano era algo impensable.
—Estoy consciente —respondió Asakura con resolución.
Sus ojos realmente se veían diferentes. Había un brillo en ellos que no estuvo el día interior. ¿Realmente la intervención de Horohoro había logrado este resultado?
Tan pronto como aquella pregunta pasó por su mente, la respuesta se hizo obvia.
No habían sido ni Horohoro ni ella los que lograron que Yoh Asakura recuperara una chispa del deseo de vivir. Todo había sido obra de un niño milagro que parecía ser capaz de cambiar la vida de las personas con las que entraba en contacto.
—Muy bien, Asakura —empezó a decir, batallando para evitar que una sonrisa aflojara en su rostro por el recuerdo de lo especial que era Hana—. Pero te advierto algo, si me defraudas, o si no logras estar a la altura de mis expectativas, me la pagarás muy caro.
—Trato hecho —sin dudarlo un segundo, Yoh Asakura accedió.
Después de aquel conflicto inicial, y de aceptar a Yoh Asakura como su abogado en reemplazo de Ren, empezaron a hablar del caso, haciendo mención del gran detective del cual Ren le había contado antes, amigo de los tres herederos que formaban la firma, y que ya había sido contactado para participar en el caso.
—Llegará mañana —le informó Oyamada, que se notaba más tranquilo luego de que las cosas se calmaran y se diera cuenta de que su pellejo estaba a salvo de su ira.
—Hasta no tener evidencia irrefutable para quitarle la patria potestad de tu hermano menor a tu madre, es mejor mantener nuestras investigaciones lo más discretas posibles —observó Asakura con una mirada de concentración sobre unos papeles—. Sin embargo, tu hermano mayor tiene derecho a solicitar la custodia de tu hermano en caso de que el juez falle a nuestro favor.
—Él no puede ni cuidarse a sí mismo, menos podrá con un niño que requiere cuidados especiales —bufó Anna ante aquella posibilidad, y guardando en su interior la sorpresa que le estaba generando la profesionalidad con la que Asakura estaba manejando el caso—. Y sobre la discreción, eso es algo que yo debería de decirle a ustedes.
—De nuestros labios ni una palabra —le aseguró Oyamada.
—Bien, creo que todos estamos en la misma página —comentó Asakura, guardando los documentos—. Cuando llegue el detective te llamaremos para que lo conozcas.
Anna asintió en silencio, más tranquila ahora que aquella piedra que parecía obstruirle el camino había sido retirada satisfactoriamente.
Con un último intercambio de despedidas, Yoh Asakura y Manta Oyamada salieron del salón, dejándola solo en aquella pequeña habitación para ponderar tranquilamente el extraño giro que tomaron los acontecimientos, donde aquel desconocido hombre que intentó suicidarse delante de ella, algo que ella logró evitar que sucediera, siendo particípese más delante de una especie de terapia grupal para animarlo a vivir, se había vuelto su única luz en aquel túnel oscuro por el cual necesitaba transitar.
Dejando escapar un suspiro cansado, Anna sacó su celular para revisar los mensajes que le enviaron durante aquella pequeña reunión, aprovechando para fijarse en la hora y calcular mentalmente cuándo llegarían Horohoro y Hana.
Estimando al menos una media hora para la llegada de aquel par, Anna respondió unos mensajes e hizo unas cuantas llamadas mientras esperaba. En la tarde tenía una reunión programada para discutir la adquisición de una pequeña empresa con tecnología bien innovadora que podría ser de gran beneficio para su compañía.
El sonido de la puerta abriéndose la sorprendió en medio de una llamada a su secretaria. Al verificar en su reloj se dio cuenta de que apenas pasaron veinte minutos desde que revisó la última vez, y que ni siquiera había tenido oportunidad de cambiarse de asiento para tener la puerta de frente, algo que intentaba procurar siempre para no ser sorprendida por la entrada de algún desconocido, como sucedió ese mismo día con Yoh Asakura debido a su descuido.
—¡Señora Anna!
Al escuchar aquel familiar entusiasmo, Anna se despidió de su secretaria y colgó el teléfono, dándose la vuelta para saludar al pequeño, sólo para quedarse atónita ante lo que vio.
—Mire a quién me encontré, señora Anna.
Al lado de Hana estaba parado Yoh Asakura nuevamente, con un dedo frotándose una mejilla y una expresión avergonzada en el rostro.
—Hola de nuevo —saludó con algo de nerviosismo, como si él tampoco esperara verla tan pronto después del encuentro anterior—. Me quedé a desayunar con Manta, y Hana me vio…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pero Anna entendió inmediatamente. ¿Cómo decirlo no a Hana?
Ahogando un suspiro de resignación, por tener que compartir otro momento con Yoh Asakura, Anna miró a Horohoro, quien simplemente se encogió de hombros y terminó de cerrar la puerta para guiar a los demás dentro del salón.
—Su amigo es pequeño, jijijiji —comentó Hana con unas risas, seguramente refiriéndose al Oyamada.
Anna intentó reprimir la sonrisa que amenazaba con mostrarse en su cara antes las palabras de Hana, su presencia era suficiente para llenarla de una inusual calidez, y pronto sus labios se curvaron de manera casi imperceptible.
—Hola, Hana. ¿Cómo pasaste la noche? —Preguntó suavemente, enterrando cualquier desagrado que tuviera por tener al Asakura en su presencia tan pronto.
No es que el Asakura le cayera mal, o algo por el estilo, simplemente deseaba separar su vida privada del resto de los asuntos que irremediablemente rodeaban su vida. Lamentablemente, parecía que ambos estaban unidos por medio de aquel niño.
Tras su pregunta, el pequeño se acercó a ella para contarle todo lo que vivió desde que se despidieron el día anterior con un ánimo que era contagioso, acompañado de uno que otro comentario de Horohoro.
Durante todo el encuentro, incluso después de que llegó el desayuno, no le pasó desapercibida la mirada llena de asombro y admiración de Yoh Asakura.
Fin del Capítulo 4.
1) Firma Yomare...Me pregunto si alguien se habrá percatado del origen de este nombre...Una pista, la firma fue creada por Yoh, Manta y Ren.
2) Patria Potestad es el conjunto de deberes y derechos que le reconoce la ley de modo igualitario, a ambos padres sobre sus hijos e hijas que no hayan alcanzado la mayoría de edad.
3) Fallo Judicial es una orden de un tribunal que constituye la sentencia con respecto a una demanda.
4) Pido excusas por cualquier error en la terminología legal/jurídica/judicial que puedan encontrar en este fic.
Creo que es todo por el momento, muchas gracias por leer.
