Capítulo 6: Vale la pena vivir.

Bostezó por enésima vez en el día, ocultando su boca detrás de la palma de su mano. Inconscientemente su brazo se movió para buscar aquel jugo de naranja que tenía en la mesa, cuidando de no permitir que cayera alguna gota de líquido sobre los papeles que estaba leyendo. Tomado un pequeño sorbo, devolvió al vaso a su lugar y se talló los ojos, esperando de esa manera espantar un poco el sueño que le arropaba.

Tenía toda la mañana redactando y leyendo unos documentos, buscando errores y corrigiéndolos de encontrarlos. Como si esa tarea no fuera bastante aburrida por sí sola, la noche anterior no pudo dormir bien debido a las pesadillas. Al recordarlas, suspiró y colocó el papel que leía de nuevo en la mesa.

Usualmente tenían personas, a veces internos de la firma y otras veces abogados principiantes que se habían unido hace poco, para la redacción de los documentos legales, pero siempre era necesario que uno de los tres, ya sea Manta, Ren, o él mismo, le dieran una leída de prueba para detectar cualquier error. Por lo general, conociendo lo vago y desordenado que podía llegar a ser, Ren y Manta se encargaban de las correcciones. La eficiencia con la que lo hacían era sorprendente, terminando en pocas horas lo que a él le estaba llevando más de la mitad del día.

Ese día le tocó la redacción de esos documentos porque no tenían suficientes manos libres, por la salida de Ren del país, y por su poca participación en la firma por su condición. Era bastante obvio que no estaba recuperado del todo. Manta lo conocía mejor que nadie, así que ocultarle cosas era demasiado difícil, muchos menos considerando que se estaba quedando en el apartamento de su amigo por el momento.

A pesar de que tenía dos semanas fuera del hospital, y de que había llegado a una cierta paz con la muerte de su esposa y de su hija, todavía quedaban vestigios de aquel sentimiento de culpa y desolación, que cobraban más fuerza cuando estaba solo. Distraerse lo ayudaba un poco, pero durante las noches, a la hora de dormir, se hacía realmente difícil. Pero debía seguir intentando, para no seguir lastimando a aquellas personas que tanto se preocupaban por él, pero principalmente por aquel niño que le recordaba tanto a sí mismo. Aquel pequeño al que no quería decepcionar.

Ahogando otro bostezo, volvió a tomar el documento. Manta tuvo que salir aquella mañana para una reunión con algunos de los clientes, dejándolo solo con aquel pequeño trabajo, pero si su memoria no le fallaba, debería estar de vuelta pronto.

Unos minutos después la puerta de su oficina se abrió, revelando a Manta con una mirada de cansancio notable.

—Tengo el presentimiento de que las cosas no fueron tan bien como esperabas —saludó Yoh, tomando ventaja de la distracción para volver a poner el tedioso documento en la mesa. Esa era siempre la parte que más le aburría. Prefería encontrarse con los clientes o ir a juicio que ser sometido al calvario de leer documentos legales.

—Mr. Oknox es bastante pesado y demandante —explicó aflojándose la corbata para sentarse en una silla disponible frente a su escritorio—. Quiere que le ayudemos a ponerle una demanda a Anna Kyouyana por quitarle la custodia de un niño, pero no quiere que se sepa que es él.

—¿Demandar a Anna por quitarle la custodia de un niño?

—Te he dicho que dejes de llamarla de forma tan casual, no quieres ser víctima de una de sus famosas cachetadas.

—¿Sus famosas cachetadas? —Cuando esas palabras salieron de sus labios, su mente inevitablemente lo llevó a su primer encuentro con Anna, específicamente a aquella inesperada cachetada que dejó una fuerte impresión en él—. No fue tan malo…

—¿Qué andas murmurando ahí, Yoh?

—No, nada. ¿Qué decías de este Oknox? —Preguntó rápidamente, sacudiendo la cabeza para despejar esos recuerdos de su mente.

—Al parecer, Oknox adoptó a un niño de un orfanato hace unas semanas, pero la señora Anna lo amenazó para que le entregara los papeles de adopción.

—¿Es el nombre de este niño, Hana?

—Así es, ¿cómo lo sabes?

—Lo conocí en el hospital, me dijo que había huido porque un señor muy malo quería hacerle daño —respondió algo pensativo, tratando de recordar los detalles de aquella conversación que tuvo con el pequeño aquel día en el hospital.

—¿Crees que haya sido Oknox?

—Estoy seguro de que sí —respondió con certeza—. Creo que Anna hizo lo correcto al quitarle la custodia.

—No podemos ser subjetivos, Yoh —le reprochó su amigo—. Además, obligarle a ceder los papeles de adopción no es la forma correcta de proceder.

—Pero Hana es feliz con ella —le explicó con una mirada perdida—. Y ella es feliz con Hana.

Sus recuerdos lo llevaron de nuevo al segundo encuentro con Anna, cuando se quedó con Manta a desayunar, aprovechando que estaban en un restaurante. Inesperadamente se encontró con Hana y con Horohoro Usui. Verlos fue una sorpresa, más aún cuando ellos se percataron de su presencia y el pequeño prácticamente lo arrastró con ellos hacia el salón privado de Anna nuevamente.

Ahí pudo ver una faceta completamente diferente de Anna, y su admiración por ella creció aún más, de ser posible. Ya después de leer sobre el caso, y sobre las condiciones en las que se encontraba Anna, además de todo lo que estaba soportando y sufriendo en silencio, empezó a tenerlo un tremendo respeto. La segunda vez que la vio pudo entender que aquella mirada indiferente y fría era sólo una máscara para despistar a los demás, algo en lo que él también había caído porque pensaba que nadie más tenía una vida llena de tanto sufrimiento como él. Pero a pesar de las dificultades en sus vidas, ambos, Anna y Hana, podían disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y sonreír

Conocer a Hana, y conocer a Anna, lo despertó de aquella perpetua pesadilla, y le recordó la razón por la que decidió estudiar Derecho. Había mucha gente sufriendo en el mundo, demasiadas injusticias que quedaban impunes porque mucha gente desviaba la mirada a otro lado, ajenos al mal del otro. Por eso decidió unirse a Manta y a Ren, para ayudar a los demás y hacer del mundo un lugar mejor.

—Declina la solicitud.

—No tienes que decírmelo. Ya lo hice —le explicó Manta. Yoh sonrío complacido. A pesar de la fama que habían ganado después de establecer la firma, los tres seguía firmes en sus convicciones. Sólo trabajar con aquellos que tuvieran buenas intenciones y ayudar a todos los que necesitaban una mano—. Pero alguien más tomara su solicitud.

—¿Realmente planea ir contra Anna Kyouyama? —Preguntó Yoh con un pequeño rastro de sorpresa—. Ella lo aplastará cuando se entere.

—Yoh, sé lo que estás pensando —le dijo Manta con una mirada de advertencia—. Pero no puedes ir por ahí divulgando secretos de nuestros clientes.

—Pero él no es cliente nuestro.

—Yoh…

—Te preocupas demasiado, Manta —tras esas palabras, soltó una pequeña risa en un intento por relajar un poco la preocupación de su amigo—. Pero si ella se entera de una fuente diferente a nuestra firma, ya eso no será mi culpa.

—Realmente no puedo contigo, Yoh —suspiró su pequeño amigo con algo de resignación—. Sólo asegúrate de que no te atrapen.

Yoh asintió, tomando esa oportunidad para levantarse y estirar los músculos. Manta se veía bastante cansado, así que seguramente no podría ponerse a leer los documentos faltantes. Pero tenían que enviarlos mañana, o caer en retraso, algo que dañaría la reputación de la firma.

—Por cierto, Yoh. ¿No se supone que tienes una cita médica hoy? —Preguntó Manta de la nada.

—¿Cita médica? —Yoh detuvo sus movimientos para mirar a su amigo.

—No me digas que lo olvidaste —la cara de exasperación de Manta, más aquel tono resignado, le confirmaron que su amigo seguramente le leyó el pensamiento—. Andando, nos vamos al hospital.

—¿En este momento? —Preguntó Yoh con unas risas nerviosas, mirando el papeleo pendiente.

—Terminamos eso al regreso —le respondió su amigo levantándose de la silla—. Tu salud es lo más importante.

—Pero…

—Yoh, entiendo que tengas miedo de volver al hospital —la mirada seria de Manta acalló cualquier protesta que pensaba darle—, pero esto es por tu bien.

Con esas últimas palabras, Yoh cedió. Sabía que Manta lo decía por su bien, pero no quería que se diera cuenta de que no estaba tomando los medicamentos que le prescribieron el día que le dieron el alta a petición.

No le gustaban, sentía que perdía cierto control de su mente. Pero todos le aseguraban que esos medicamentos le ayudarían. Él quería creer que no los necesitaba para ponerse bien, que podría hacer las cosas por sí sólo, pero la falta de sueño y los continuos ataques decían a gritos que no.

—Todo saldrá bien, ¿no es eso lo que siempre me decías?

Yoh miró a Manta, a su mejor amigo, y a su mente llegaron los recuerdos de todas las veces que le dijo precisamente eso a Manta y a Ren.

—Tienes razón, todo saldrá bien.

Tenía el leve presentimiento de que Manta sabía que no estaba tomando los medicamentos, pero no decía nada, quizá esperando que fuera él mismo quien decidiera decirle, o quizá tuviera la esperanza de que empezara a tomarlos pronto.

Yoh no podía quebrar la confianza que le estaba depositando su amigo otra vez.


Se fueron en el auto de Manta, acompañados por la música de Soul Bob sonando en el reproductor. Ambos no decían mucho, limitándose a intercambiar algunas palabras de algunos de los casos en los que estaban trabajando. Antes de salir, Manta llamó a Fausto, para confirmar la cita y dejar todo preparado a su llegada. Desafortunadamente, el psiquiatra que llevaba su caso ya se había marchado después de ver a su último paciente, pero Fausto les aseguró que alguien más podía verlo.

Manta no estuvo muy convencido de que viera a un médico diferente, pero Fausto le aseguro que quizá este cambio sería lo mejor, porque aparte de psiquiatra, también tenía estudios en psicología.

—Debe ser el destino —comentó Yoh cuando Manta le informó.

—¿El destino? ¿Tú crees en eso?

—A veces.

Después de llegar al hospital, ambos fueron a saludar a Fausto, que se encontraba terminando de escribir unas evoluciones a unos pacientes ingresados antes de retirarse por aquel día.

Manta conocía a Fausto desde hace algunos años, desde que el buen doctor salvó la vida de Mannoko, la hermana menor de Manta. En ese entonces ningún otro se había atrevido debido a las bajas probabilidades de éxito que acarreaba la cirugía, sólo Fausto. Esa acción le ganó el eterno agradecimiento de Keiko, la madre de Manta, y el respeto de Mansumi, el padre de Manta. De ahí comenzó la relación entre la familia Oyamada y el Dr. Johann Fausto.

—Disculpa que te llamara tan tarde, Fausto —empezó a decir Manta al llegar junto a él.

—No te preocupes por eso, Manta —explicó el doctor con una sonrisa—. Estoy convencido de que ustedes también verán que fue lo mejor.

—¿Lo mejor? —Intervino Yoh.

Yoh conocía a Fausto gracias a Manta, pero con lo poco que habían interactuado, sabía que se trataba de una buena persona, con gran conocimiento y destreza. A pesar de que su área de especialidad era la pediatría quirúrgica, Fausto era capaz de intervenir en cualquier situación médica sin problemas.

—La psiquiatra que te evaluará hoy es algo diferente a los demás. Dicen que tiene métodos poco ortodoxos, pero bastante efectivos.

—¿Métodos poco ortodoxos? —Preguntó Manta algo extrañado—. ¿Si es tan buena, por qué no le asignaste a Yoh antes?

—Sólo está aquí haciendo una rotación —le respondió Fausto—. Luego regresará a Estados Unidos.

—¿Una rotación aquí, por qué? —Continuó preguntando Manta.

—Dice que esto la ayudará a mejorar más sus habilidades y destrezas.

—Parece muy comprometida con su trabajo.

—Esperen y verán —comentó Fausto enigmáticamente—. Ella está actualmente en el consultorio 01 en el tercer piso, ala Este.

—¿Cuál es el nombre de esta psiquiatra? —Cuestionó Manta, deteniéndose un momento al recordar que Fausto no les dijo el nombre de la psiquiatra.

—Casi lo olvido —se río Fausto—. Su nombre es Lilirara.

Tras escuchar el nombre, Yoh y Manta se dirigieron al ala Este del tercer piso, uno de ellos preguntándose quién sería la tan Lilirara que hasta el mismo Fausto se escuchaba algo impresionado al hablar de ella, algo que para ninguno de los dos pasó desapercibido.

—Debe ser realmente buena —dijo Manta—, para ganarse la admiración de Fausto.

Yoh asintió, no dándole tanta importancia a la identidad de aquella psiquiatra. Había sido forzado a acudir a varios psiquiatras durante aquel terrible año, pero ninguno había logrado hacer nada por él. Aunque claro, debía recordar que en ese tiempo tampoco había estado muy cooperativo. Quizá esa era la gran diferencia.

—No tienes que entrar conmigo, Manta —detuvo a su amigo cuando llegaron al área de consultas y le informaron a la enfermera que tenían una cita con la Dra. Lilirara.

—Quiero estar ahí para darte apoyo moral, Yoh.

—Has hecho mucho por mí ya, pero no puedo seguir caminando tomado de la mano de otros —le dijo con una mirada determinada—. Tengo que volver a aprender a caminar por mi cuenta.

—¿Estás seguro de esto?

—Además, te debes estar muriendo del hambre —comentó, desviándose un poco de la pregunta—. Estoy seguro de que no comiste después de las reuniones, yendo directo a la oficina para ver cómo estaba, ¿no es así?

—Parece que sigues igual de perceptivo que siempre.

—Ve, aprovecha para comer algo. Seguiré aquí cuando vuelvas.

Manta parecía poco convencido de dejarlo, así que le dirigió una de sus típicas sonrisas, de la misma manera que solía hacer antes para que dejara de preocuparse tanto.

—¿Señor Asakura? —Escucharon que llamaba la enfermera, regresando con ellos luego de confirmar con la psiquiatra sobre este paciente que no estaba en su lista de espera de ese día—. La Dra. Lilirara lo recibirá ahora.

—Espero que me llames si pasa cualquier cosa —le dijo Manta tras tomar su decisión.

Yoh asintió, viendo la figura de su amigo desaparecer por el pasillo. Al perderlo de vista, se dirigió al consultorio 01. Antes de pasar por la puerta, se detuvo un momento para tomar aire en buscar de calmar sus emociones.

Sabía que entrar allí significaba tener que hablar de sus demonios en voz alta y enfrentarlos. Sería la primera vez desde que salió del hospital.

Luego de un minuto completo, Yoh abrió la puerta y entró al consultorio.

—Yoh Asakura, presumo.

El consultorio, de un color blanco al igual que todos los demás, contaba con una camilla pegada a una de las paredes detrás de una mampara, unos gabinetes que parecían contener medicina, algunos equipos médicos, y justo frente a la puerta, el escritorio detrás del cual estaba sentada la Dra. Lilirara.

Al escuchar sus palabras, Yoh asintió y cerró la puerta detrás de sí antes de dirigirse a una de las sillas que se encontraban frente al escritorio. Con un pequeño gesto, Lilirara le indicó que tomara asiento.

—Lo veo tenso, señor Asakura —observó Lilirara, estudiándolo con la mirada—. Parece que tampoco ha podido dormir bien en estos días.

Sus palabras lo tomaron por sorpresa. No estaba esperando que la nueva doctora fuera tan observadora.

—Así es —decidió confirmar al no verle ningún sentido mentir en esa situación. Esto era por su bien, debía ser sincero.

—Leí su historial clínico, señor Asakura, y debo decirle que su repentina decisión es algo bastante llamativo —comentó Lilirara, todavía mirándolo fijamente—. Ha estado siendo tratado por depresión mayor secundario a trastorno por estrés post traumático desde hace un año, sin ningún tipo de mejoría.

—¿Qué dice?

—Pero un día repentinamente decide que ya basta. No cualquier es capaz de afrontar esta enfermedad de esa manera. Dígame, ¿cómo lo hizo?

—Alguien me abrió los ojos —respondió sinceramente. Al decir esas palabras, la imagen de un niño rubio apareció en su mente. Extrañamente, la imagen del niño estuvo acompañada de la imagen de una mujer con un color de cabello igual al del pequeño.

—Parece que encontró un ancla.

Yoh no lo había pensado de esa manera, pero las palabras de Lilirara tenían mucho de razón. La pregunta era qué significaría eso para él.

La consulta continuó de esa manera, ambos conversando casualmente. Con cada palabra de Lilirara, Yoh se sentía cada más dispuesto a compartir información, algo que nunca le había pasado con los otros médicos. No sabía qué era lo que le impulsaba, quizá era la voz comprensiva de la doctora, o quizá aquella mirada tan familiar que podía observar en los ojos de Lilirara, la misma que le recibía todas las mañanas cuando se veía en el espejo.

Sin importar qué fuera, Yoh recibió su prescripción al final, acompañado de algunos consejos y algunas evaluaciones. También se pautó la próxima cita para el siguiente mes.

Con una pequeña despedida, salió del consultorio. Extrañamente se sentía más ligero, como si un peso se hubiera desprendido de su alma. Parecía que Fausto tenía mucha razón, el cambio fue para mejor.

Al llegar hasta la sala de espera, se dio cuenta de que Manta no estaba por ningún lado. Extrañado, miró el reloj de pared en busca de la hora. Al parecer estuvo una hora dentro de la consulta.

—Disculpe, ¿ha visto a mi amigo? —Le preguntó a la enfermera que estaba sentada en uno de los escritorios.

—Su amigo estuvo aquí sentado hace unos minutos —respondió la enfermera al reconocerlo. Manta tenía una estatura baja para su edad, por lo que era fácil identificarlo—, luego recibió una llamada y me indicó que le informara que estaría en el área de recursos humanos en el quinto piso.

—Entiendo, gracias.

La enfermera le asintió antes de regresar su atención a los papeles que tenía en el escritorio.

Yoh se pasó la mano por la cabeza, tratando de decidir entre quedarse a esperar a Manta o ir a buscarlo a recursos humanos. Sabía donde quedaba, ya que había acompañado varias veces a su amigo cuando tenía asuntos en el hospital, después de todo, su firma era el principal representante legal del centro médico.

No quería quedarse más tiempo del necesario en el lugar. El hospital ahora estaba atado a recuerdos muy dolorosos, que podían desencadenar una ola de imágenes angustiantes y provocarle otra crisis. Eso fue lo que le terminó de convencer de salir del área de consultas del ala este y buscar a su amigo.

Recursos humanos estaba en uno de los pisos superiores, así que lo mejor era tomar un ascensor para facilitarle la subida. Por eso sus pies lo encaminaron al elevador más cercano. Vio que estaba en el piso uno e iba subiendo, así que oprimió el botón rápidamente para detenerlo en el piso tres.

Cuando las puertas se abrieron al llegar a su piso, Yoh no esperó encontrarse con una figura muy familiar dentro del elevador.

—¿Anna? —Soltó sin querer, otra vez olvidando el reproche de su amigo de no llamarla simplemente por su nombre de pila.

Anna Kyouyama lo miró sin decir nada, portando aquella máscara de indiferencia que tanto la caracterizaba. Sin embargo, Yoh pudo notar la sorpresa que le generó verlo reflejado en sus ojos.

El cierre automático de las puertas lo sacaron de aquel momento de ensoñación. Actuando rápidamente, usó ambas manos para evitar que se terminaran de cerrar y entró. El elevador retomó su marcha poco después, subiendo al cuarto piso sin problemas. Al no haber nadie esperando en ese piso, el ascensor siguió su marcha, todo en silencio. Al pasar el quinto piso, las luces repentinamente se apagaron y el movimiento del elevador cesó.

—¿Qué pasó? —Preguntó en voz alta en medio de una penetrante oscuridad.

Unas luces más tenues se encendieron, iluminando un poco aquel angosto espacio. Inmediatamente, su mirada se dirigió a Anna por inercia, como si quisiera asegurarse de que estuviera bien.

—¿An…? —Empezó a preguntar, sólo para detenerse abruptamente al verla agachada en el suelo con ambas manos en la cabeza.

Por instinto, o quizá por algo más, Yoh se agachó frente a ella y puso sus manos sobre sus hombros. Un casi imperceptible tremor la sacudió cuando entró en contacto con ella, algo que Yoh anotó en su mente para más tarde.

—¿Anna, te encuentras bien?

Al terminar su pregunta, Yoh notó cómo Anna se tensaba bajo sus manos. Seguidamente sus ojos se abrieron. No le pasó desapercibido cómo Anna dio un breve escaneó alrededor antes de detener su mirada sobre él y empezar a relajarse.

—Estoy bien, Asakura, puedes soltarme —ordenó Anna, su tono indiferente un contraste notorio a su estado anterior.

—¿Estás segura de que estás bien? —Insistió en preguntar, mirándola fijamente a los ojos para encontrar una respuesta sincera en ellos.

—Estoy bien —repitió entre dientes con una mirada de advertencia en su rostro.

Con algo de reluctancia, Yoh la soltó. No estaba totalmente convencido de sus palabras, pero sabía que presionar demasiado sólo la haría retraerse más en su coraza. Por eso optó por levantarse y ofrecerle su mano, guardando aquel momento de vulnerabilidad inusual que pudo presenciar para investigarlo más adelante.

Anna alternó la mirada entre sus ojos y la mano que le ofrecía, como debatiéndose entre tomarla o no. Yoh le sonrío, mostrándole aquella expresión inocente y acogedora que siempre lograba debilitar las defensas de sus clientes más endurecidos. Anna suspiró entonces y tomó su mano, poniéndose de pie con su ayuda.

—¿Qué crees que haya pasado? —Preguntó Yoh, inspeccionando el ascensor como si pudiera darle todas las respuestas que buscaba.

—Seguramente una falla eléctrica —respondió Anna, ya más tranquila y en completo dominio de sí misma—. Por lo menos tienen un sistema de energía de respaldo, o seguiríamos a oscuras.

El ligero temblor en su voz al decir la última frase le llamó la atención. ¿Acaso Anna Kyouyama le temía a la oscuridad?

—¿En cuánto tiempo crees que arreglarán esto?

—Espero que pronto.

Un pequeño silencio siguió a sus palabras ya que Yoh estaba tratando de pensar en qué preguntarle para no dejar morir la conversación. Sólo entonces se percató de que seguía sosteniendo la mano de Anna. Al darse cuenta enrojeció al instante y la soltó, dándole la espalda para que no notara el sonrojo en sus mejillas.

¿Qué fue eso? —Se preguntó mentalmente, sintiendo su corazón latir con más fuerza de lo normal—. ¿Qué te pasa, Yoh Asakura? Tú no eres así.

Anna no dijo nada. Tampoco le dio una bofetada, para su desgracia. Quizá eso le habría ayudado a poner sus pies sobre la tierra de nuevo. Nada que ver con anhelar otro contacto suyo, no señor.

—Y Hana, ¿cómo está? —Preguntó, decidiendo que ese sería un tema de conversación seguro.

—Hana está bien —respondió Anna sin ningún cambió en la voz, como si descubrir que seguían tomados de la mano sin darse cuenta no le hubiera afectado en nada—, me pregunta mucho por ti.

Yoh la miró sorprendido al escuchar esas palabras. El pequeño había dejado una gran impresión sobre él, no esperaba que lo mismo ocurriera a la inversa.

—Hana es un buen chico.

—Lo es —concordó Anna, suavizando su mirada.

—Tuvo suerte de encontrarte —comentó sonriendo otra vez—. Estoy seguro de que serás una excelente madre.

Sus palabras le ganaron una mirada de sorpresa, pero eso sólo le hizo sonreír más.

—Has cambiado, Yoh Asakura —le dijo Anna con calma—. Esa sonrisa te luce mejor.

—Creo que parte de ese cambio es gracias a ti.

—¿Gracias a mí?

—Si no nos hubiéramos encontrado ese día, estoy seguro de que seguiría en aquella cama de hospital, o peor.

—Yo no hice nada. Hana fue el que realmente te ayudó.

—Hiciste más de lo que crees, Anna.

Anna lo miró pensativamente, seguramente evaluando sus palabras.

Justo en ese momento, las luces se restablecieron y el ascensor empezó a moverse nuevamente, siguiendo su trayecto ininterrumpido hasta el séptimo piso, donde se encontraba el área administrativa del hospital. Al abrirse las puertas, Yoh se encontró cara a cara con Manta, que venía caminando en su dirección.

—¡YOH! —Gritó Manta al verlo, acelerando el paso—. No me digas que quedaste atrapado en el ascensor cuando ocurrió el accidente.

—¿Accidente? —Preguntó saliendo del ascensor.

Anna pasó a su lado sin decir otra palabra, ni siquiera deteniéndose para saludar a Manta.

—¿Anna Kyouyama? —Cuestionó Manta con incredulidad—. ¿Estuviste atrapado en el ascensor con Anna Kyouyama?

Para fortuna de ambos, no había nadie en los pasillos cercanos, o todo el mundo se habría enterado de aquel incidente. A veces su amigo podía tener reacciones bastante explosivas.

—¿Me cuentas qué fue lo que pasó? —Preguntó a su vez Yoh, desviando la atención de Manta.

—Un camión fuera de control se estrelló contra el poste eléctrico que le da energía al hospital —explicó su amigo—. Por suerte el hospital tiene una planta de energía de emergencia para estas situaciones. Lo que no entiendo es por qué les tomó tanto tiempo encenderlo.

—Entiendo.

—Será mejor que me cuentes todo cuando regresemos, Yoh —le advirtió Manta—, no creas que no me doy cuenta de que me cambias el tema.

Yoh sólo atinó a reírse por las palabras de su amigo. Antes de que ambos se subieran en el ascensor de nuevo para bajar, sus ojos se desviaron involuntariamente al pasillo por donde Anna se fue.

Sin entender por qué, empezó a extrañar su presencia.

Fin del Capítulo 6.

Finalmente un capítulo completo de Yoh para ver cómo va lidiando con su enfermedad mental, con la participación especial de Lilirara.

Espero que hayan disfrutado el capítulo, ¡hasta la próxima!