Capítulo 7: Un extraño sentimiento
Alguien la sacudía insistente, repitiendo su nombre una y otra vez con urgencia. Sus ojos se sentían algo pesados, y su memoria era un torbellino de nieblas que le impedían recordar que ocurrió.
—¡Anna! ¡Anna! —Dos voces muy familiares se seguían escuchando. Por instinto se removió inquieta en su sitio.
—Se está moviendo, ¿ven que no le pasó nada? —Una tercera voz se unió a las otras dos, una que conocía muy bien.
Escuchó un movimiento a su lado, sintiendo como uno de los pares de manos que antes la sujetaba se alejaban.
—¿Crees que esto es gracioso, Kumo?
—¿Quién te crees que eres para andar dándome reproches, Usui? —Preguntó la tercera voz, que ahora podía reconocer como la de su hermano mayor, Kumo—. No olvides tu lugar, sólo eres el hijo de la mucama.
—¿Crees que por ser el hijo del señor Kyouyama eso te da derecho a jugarle este tipo de bromas a Anna? —Aquella voz se escuchaba indignada.
—Fue una broma inocua, nadie salió lastimado —se defendió Kumo—. Deja de hacer una tormenta de un vaso de agua.
—¿Te escuchas a ti mismo? —Preguntó con exasperación—. ¿Viste cómo está Anna? ¿Cómo crees que se pondrá el señor Kyouyama si se entera?
—No te atrevas, Usui —amenazó Kumo—. Si le dices algo a mi padre, mi madre lo sabrá, y te advierto que la vida de tu mamá se volverá un calvario.
—Maldito m…
—¡Hermano! —Interrumpió la primera voz, antes de que la otra pudiera terminar su insulto—. Mejor llevemos a Anna con mamá para que vea cómo esta.
—Pero Pirika…
—Eso es más importante que estar peleando con Kumo.
—Escucha a tu hermana, Usui. Mejor huye antes de que lo lamentes —tras esas palabras se escucharon un coro de risas.
Escuchó unos gruñidos y resoplidos, como si alguien quisiera hacer notar su desagrado con la situación. Poco después estaba siendo cargada en la espalda de una persona que pronto empezó a caminar, alejándose de aquel coro de risas que se burlaban de los tres.
—Estarás bien, Anna. Mamá te ayudará.
Anna Kyouyama parpadeó en confusión, su mente emergiendo del aquel sueño lejano. Incorporándose sobre su cama, puso una mano sobre su frente y cerró los ojos de nuevo.
Tenía muchos años sin pensar en aquel incidente. Que se presentara ahora ante ella como un sueño sólo podía tener una razón. Aquel pequeño momento de vulnerabilidad que la tomó por sorpresa cuando se apagaron las luces del ascensor de forma repentina. Para colmo de males, el incidente fue presenciado por nada más ni nada menos que Yoh Asakura.
Nadie sabía de ese pequeño secreto suyo, ese miedo a la oscuridad que la dejaba en un estado de terror paralítico, a excepción de dos personas, Horohoro y Pirika. Su madre no lo sabía, y eso era lo mejor, no podía permitir que tuviera en sus manos más armas que pudiera usar en su contra. A pesar de los años, aún no lograba superar aquel incidente del pasado provocado por su querido hermano mayor. Por suerte él tampoco sabía lo que su pequeña broma le provocó en ese momento.
Dejando caer su mano a su regazo, Anna miró su reloj de mesa para comprobar la hora. Apenas las cuatro de la mañana, lo que significaba que el Sol todavía no se alzaba en el horizonte. A pesar de eso, no creía que podría volver a dormir, así que decidió hacer algo productivo y tomó su agenda de la mesita de noche para comprobar los compromisos del día, guiada por la luz de su pequeña lámpara que siempre se mantenía encendida para no permitir que la habitación cayera en completa oscuridad.
Parecía que ese día le tocaba una tarde demandante en el trabajo. Dejando escapar un suspiro, pasó las páginas para ver qué tenía para los próximos días. Sin quererlo, su mano se detuvo cuando vio escrito el nombre de Yoh Asakura en sus páginas, marcando una reunión que tenían pautada para dentro de dos semanas con fines de discutir los hallazgos que Diethel pudo encontrar en sus investigaciones.
Volverlo a encontrar en el hospital fue extraño, quedarse atrapada en el elevador precisamente con él lo fue aún más. Pero el momento que la persiguió durante todo el día de ayer mientras estuvo en la reunión con Fausto antes de regresar a la compañía fue cuando sus manos se quedaron unidas. Por alguna razón que desconocía no lo soltó, demasiado prendada por aquella calidez tan atrayente que el Asakura emanaba y que amenazaba con envolverla por completo.
No sabía qué le estaba pasando, pero sus pensamientos últimamente estaban girando mucho alrededor de Yoh Asakura y eso no le estaba gustando para nada. Se suponía que él sólo era su abogado, cuya misión era ayudarla a obtener la custodia de su hermano y conseguir el divorcio. Nada más. ¿Entonces, por qué su corazón parecía encaprichado con volverlo a ver? ¿Por qué parecía dar un brinco cada vez que se encontraban? ¿Por qué no podía mantenerlo alejado de sus pensamientos?
No entendía esos extraños sentimientos, y eso la asustaba.
Los siguientes días pasaron como en una ensoñación, manteniéndose ocupada cada día con los asuntos de la compañía. A pesar de que tenía personas que bien podrían encargarse de dirigir algunos de los departamentos, Anna siempre prefirió tomar las riendas de forma personal. Eso le ganó la admiración y el respeto de muchos de los empleados y directores.
En su casa tenía una especie de tregua con su esposo. Desde aquella pelea que tuvieron el día de su aniversario de bodas, donde Anna terminó chocando con el gabinete de la sala y algunos pedazos de cristal se incrustaron en su piel, las cosas parecieron calmarse un poco. Boris sabía que no podía excederse en su manejo, procurando evitar su cara cuando entraba en uno de sus arranques dramáticos de cólera porque sería demasiado notable.
Anna había aprendido a leerlo durante aquel año. Ya conocía sus principales detonantes y cómo evitarlos. También sabía cómo manipularlo hasta cierto punto y hacerle pensar que era su idea. De no ser por la vulnerabilidad que le provocó la muerte repentina de su padre, el desenmascaramiento de la verdadera naturaleza de su madre, la amenaza a la vida de Kibou, y su propio enojo por todo lo sucedido, quizá habría tenido la cabeza más fría para pensar mejor las cosas cuando todo inició, pudiendo evitarse muchas amarguras.
Pero a pesar de aquel error del pasado, Anna confiaba que era posible enmendarlo. Ahora que podía pensar más claramente y se daba cuenta de que su esposo era demasiado devoto a su querida madre, dejó de seguir creyendo que podía tener una buena relación con él. Que no la culpe después cuando su carrera termine en el suelo por no aceptar su mano de ofrecimiento tiempo atrás.
Al mismo tiempo, Anna seguía visitando a Hana, dándose cuenta de lo mucho que le gustaban los libros al pequeño, y llegándole a prometer que tendría su propia biblioteca en casa pronto. Las pequeñas vacaciones de Horohoro terminaron, justo a tiempo para el inicio del segundo período escolar, tal como lo tenía planeado. Moviendo algunas influencias, logró inscribir a Hana en el instituto privado Shinra.
El propio Hana contribuyó a que esto fuera posible, y no se viera simplemente como un capricho de su parte, demostrando lo inteligente que era a pesar de su corta edad. Lo que más le costó fue ir al instituto sin que nadie se diera cuenta. Si alguno de los paparazzi que su madre había contratado para seguirle los pasos lograba tomarle una foto con Hana, un niño con un parecido increíble a ella, se podría desatar un escándalo de grandes proporciones.
—Siempre puedes hacerles creer que se trata de Kibou, nadie nunca ha visto a tu hermano menor —sugirió su hermano cuando estaban discutiendo la mejor forma de inscribirlo en el instituto.
Lo más fácil sería dejar que Horohoro se encargara de todo, ya que él no atraería tanto la atención por andar con un niño como ella. Pero ella quería estar ahí y asegurarse de que todo saliera bien.
—Horohoro, debes aprender a usar la cabeza —le amonestó levemente—. Mi madre no se quedaría callada con eso.
—Cierto, lo olvidaba —Horohoro comentó, pasándose la mano por la cabeza tratando de ver si eso lo ayudaba a encontrar una buena idea.
Al final Anna pensó que lo mejor era ir sola, enmascararlo como una visita de cortesía para planificar alguna actividad en el instituto. Mientras tanto, Horohoro iría con Hana, quien usaría una sudadera azul para ocultar un poco su cara. El pequeño no entendía bien lo que pasaba, aunque algo debía intuir porque no dijo nada al respecto.
Ambos se encontrarían en la oficina del director, quien habría sido informado de antemano, y allí completarían los trámites de la inscripción. Luego Horohoro se iría con Hana primero, y Anna esperaría una hora antes de retirarse ella también. De esta forma quizá podían evitar que alguien la vinculara de forma directa con el pequeño. La desventaja era que todos sabían que Horohoro y Anna eran hermanos, aunque quizá podrían pensar que el repentino interés de Anna en el instituto podría tener algo que ver con la inscripción de aquel niño que guardaba alguna relación con Horohoro.
Independientemente de las cosas, ambos se mantuvieron atentos a las diferentes noticias que circulaban, por si acaso algo salía mal. Al final no apareció nada y Anna pudo respirar un poco, aliviada de que las cosas salieran bien. Lo que bueno era que, al Horohoro firma los papeles de adopción, Hana pasó a tener su apellido. Así que siempre podían usar esa carta en caso de ser necesario.
No sabía cuánto tiempo podría mantener oculto la identidad de Hana y su relación con ella, pero pretendía alargarlo lo más que pudiera. Por lo menos, hasta que pudiera arreglar las cosas en su vida.
También visitaba a Kibou, que tenía un tiempo sin recaídas y seguía quedándose en casa. Para su lamentación, sólo podía verlo una vez a la semana, por órdenes de su madre, que seguía intentando controlarle la vida utilizando a su pequeño hermano.
Sumado a eso, la última vez tuvo la desdicha de encontrarse con Kumo, que también andaba de visita. Ambos solían tener una relación cordial. No muy afectuosa, pero por lo menos se saludaban y actuaban civilizadamente cuando se encontraban. Luego de la muerte de su padre, Kumo se puso del lado de su mamá, y ambos arremetieron contra ella. Ahora todo el ambiente se volvía tenso cuando se veían. En público ni se dirigían la palabra, pero en privado Anna le mandaba una de sus famosas miradas glaciares que provocaban que sudara frío de los nervios.
Luego de su pequeña broma, Anna aprendió a no ser tan ingenua. A pesar de que era su hermano mayor, ella entendió desde ese momento que él no la consideraba como su hermana. A lo mejor eso fue debido a que Anna se llevaba mejor con Horohoro y Pirika, que en ese entonces sólo pensaba que eran los hijos de una de las mucamas de la casona que tenían en Aomori.
Kumo era un arrogante que siempre quería ser el centro de atención. Anna lo veía como un inútil que no era capaz de hacer nada por su cuenta. Esas diferencias llevaron a fricciones, pero en aquel momento ella creyó con ingenuidad que él en verdad quería hacer las paces. Luego de eso no volvió a confiar, y aprendió a defenderse de él, hasta el punto de que Kumo sabía que no podía contra ella y prefería retirarse antes que enfrentarla.
Uno tras otro, primero Kumo, luego su padre y finalmente su madre, todos le mintieron de una manera u otra, y le hicieron daño de forma irremediable con su traición. De todos, el único que intentó enmendar las cosas fue su padre, que después del escándalo intentó disculparse con ella por no decirle la verdad antes. Incluso trató de compensarla. Pero Anna se mantuvo distante con él.
Los únicos que nunca le mintieron ni lastimaron fueron Horohoro y Pirika, que fueron víctimas como ella de la situación que se produjo con su padre. Por esa razón, eran las dos únicas personas que consideraba su familia.
Sin esperarlo, las dos semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Ese día tenía pautada una reunión con Yoh Asakura en el restaurante de siempre. Por mutuo acuerdo, decidieron no encontrarse tan seguido después de que Lyserg Diethel fuera presentado, para evitar los chismes que eso pudiera ocasionar, ya que alguien se daría cuenta y ataría cabos. Además de eso, Asakura, Oyamada y Diethel empezaron a frecuentar el lugar, para despistar a cualquiera que haya empezado a sospechar.
¿Para qué tantas molestias?
Ser la heredera de una de las familias más poderosas de Japón traía sus desventajas. La dejaba en el ojo de la palestra pública. Casarse con un actor de cine tampoco le ayudó mucho a mantener un bajo perfil. Los medios, siempre hambrientos de cualquier escándalo, mantenían un ojo sobre ella en busca de cualquier información que pudieran publicar. Como si eso no fuera suficiente, Anna tenía su club de fans obsesionados, de los cuales su querida madre controlaba a par, usándolos como títeres para espiarla.
Por eso debía ser cuidadosa de con quien se encontraba y a dónde iba. Si su madre o los medios se enteraban de que estaba viendo a Yoh Asakura, estaba segura de que celebrarían con júbilo haberle encontrado un talón de Aquiles.
Debía evitar a toda costa cualquier cosa que pudiera ser usado en su contra por su madre.
—¿Cómo está Hana? —Preguntó Yoh Asakura, sacándola de sus pensamientos.
Ambos se encontraban sentados en la sala privada del restaurante, esperando que Diethel apareciera. Momentos atrás el joven inglés les había mandado un mensaje diciendo que estaría un poco tarde porque estaba recolectando unas evidencias. Eso la dejaba en compañía de Yoh Asakura, el hombre que se mantuvo circulando alrededor de sus pensamientos las últimas dos semanas.
—Lo inscribimos en la Escuela Primaria hace dos semanas. Los profesores están encantados con él.
Al principio no planeaba hacer conversación con Asakura, y por un tiempo él pareció tener el mismo pensamiento, quedándose callando en su asiento luego de saludarla, jugando con el sorbete de su bebida.
—Tiene un encanto innato. Creo que es difícil encontrar a alguien que no le afecte.
—Lo mismo pienso, pero Fausto me dijo que Hana no tenía amigos en el orfanato donde estaba, y que nadie quería adoptarlo.
—Quizá estaba esperando por ti —comentó el Asakura con una sonrisa que iluminaba sus ojos—, quizá el destino así lo quiso.
—¿El destino? —Preguntó escéptica, mirándolo a los ojos buscando algún indicio de broma—. ¿Crees en eso?
—¿El que todo sucede por una razón? —Yoh Asakura bajó la mirada, distrayéndose moviendo los bloques de hielo en su bebida—. ¿No te parece una coincidencia muy grande todo esto?
—Me sorprende escuchar eso viniendo de ti —respondió Anna sin dejar de mirarlo—, después de lo que te pasó.
Anna pudo notar el momento en el que los ojos del Asakura se opacaron y su sonrisa adquirió un matiz de tristeza. No supo por qué trajo ese tema a colación, sabiendo que ese tipo de heridas no sanaban tan rápido ni tan fácil.
—De todas formas, me alegra que hayas adoptado a Hana.
Anna no se sorprendió de la evasión a su comentario anterior. De hecho, pensaba que era lo más sensato para Yoh Asakura no entrar en temas demasiado personales con ella. Después de todo, no eran amigos para hablar con esa confianza de temas tan sensibles. Asakura era sólo su abogado y así debía tratarlo.
—No creas que no sé que fuiste tú el que le dijo a Horohoro sobre Oknox —dijo sin saber bien por qué.
Cuando se hermano fue a contarle lo que planeaba el arrogante de Oknox tuvo que controlarse para no llamarle y decirle unas cuantas cosas. Oknox podía ser intimidante, pero una mirada suya era suficiente para tenerlo en el suelo suplicando misericordia. El hecho de que se sintiera tan afectado por haberle quitado la custodia de Hana hacía sonar alarmas en su mente.
Sabía que Oknox no tenía hijos propios, así que llenaba aquel vacío adoptando a diversos niños sin hogar. Perder la custodia de Hana no debería afectarle tanto, más cuando el propio niño huyó mientras lo llevaban a su nuevo hogar, que fue la principal carta que jugó a su favor para arrebatarle los papeles de adopción.
Cuando le preguntó a Hana el motivo de aquello, su respuesta fue que Oknox era una mala persona. Anna sabía que Oknox estaba involucrado en ciertos juegos sucios, pero ¿cómo pudo Hana deducir el tipo de carácter de Oknox si nunca lo conoció en persona antes?
Debía admitir que eso la preocupaba un poco, pero le prometió a su padre que dejaría a Oknox tranquilo. Por suerte su madre lo odiaba a muerte, así que él no se atrevería a contactarla para nada.
—¿Eh? ¿Oknox? —Asakura preguntó nervioso, desviando su mirada a otro lado para no verle a los ojos—. No sé de qué estás hablando.
Anna sonrió al verlo intentar desligarse de la situación, pero al darse cuenta de lo que hacía tomó su taza de té y pretendió tomar un sorbo para ocultar la expresión de su rostro. Por suerte el Asakura estaba muy ocupado aparentando inocencia que no se percató de esto.
—No estaba enterada de que tú y Horohoro se estaban llevando tan bien—decidió cambiar el tema para ayudarlo un poco.
—Horohoro es una buena persona —respondió más aliviado, volteando a verla con una sonrisa—. No me di cuenta antes porque estaba molesto con su constante supervisión, pero luego de que me encontré con él en la calle el otro día, me di cuenta de que Horohoro es el tipo de persona con el que mejor me llevo.
—Horohoro puede no ser la perla más brillante del montón, pero su corazón es más grande que el de cualquier otro.
—Parece que tienen una buena relación de hermanos.
—Aparte de Kibou, Horohoro y Pirika son mi verdadera familia.
Se sorprendió un poco cuando se vio diciendo eso. De hecho, toda la conversación la tenía bastante asombrado de su propio comportamiento. No era de hablar mucho, salvo que fuera algo relacionado con la compañía o el trabajo, pero ahí estaba, conversando amenamente con Yoh Asakura, revelando cosas que no le diría a nadie más, salvo a sus personas más allegadas.
—Deberías tener cuidado con ese Oknox, Manta me dicho que es una persona difícil de tratar.
Al escucharlo mencionar aquel nombre otra vez, Anna lo miró con una ceja alzada. Parecía que Asakura estaba en un ánimo de hablar mucho ese día.
—¿Te preocupas por mí? —Preguntó con una extraña mezcla de diversión e intriga.
—Por supuesto que me preocupo por ti —la respuesta del Asakura vino cargada de una certeza tal que la dejó sin palabras unos minutos.
Era raro que alguien se preocupara por ella. Muchos la llamaban la reina del hielo a sus espaldas porque decían que ella no tenía sentimientos. A Anna eso nunca le importó, era mejor mantener esa reputación que mostrarse vulnerable ante los demás porque en su posición eso era un lujo que no se podía permitir. Por eso debía aparentar que nada le importaba ni le preocupaba.
A pesar de eso, Yoh Asakura la sorprendía una y otra vez al ver a través de su máscara de frialdad. Pensar que la primera vez que la vio la catalogó igual que el resto, pero ahora que estaba en el camino de la recuperación mostraba una percepción increíble. A lo mejor era ese mismo atributo, poder leer a los demás con facilidad, lo que le ganó aquella fama de ser el mejor abogado de la firma Yomare.
—Puedo manejar a Oknox, no tienes que preocuparte —respondió al recuperarse de la impresión que aquel comentario inocente generó en su mente y corazón—. Hay una razón por la que él no se atreve a enfrentarse directamente a mí. Sabe que puedo acabarlo si decide cruzarse en mi camino.
—¿Fue así como le quitaste la custodia de Hana? —Preguntó Asakura con cierta curiosidad—. ¿No temes que le diga a tu madre y ella pueda usarlo en tu contra como hace con tu hermano?
—No lo hará. Mi madre lo odia a muerte y él lo sabe muy bien.
—Entiendo, pero no puedo evitar tener un mal presentimiento sobre ese hombre.
—¿A qué te refieres?
—El sueño de todo niño es tener una familia —contestó Asakura con su mirada clavada en la de ella—. Hana es un niño muy astuto, algo debió suceder para provocar que huyera de su nueva familia, y estoy seguro de que tiene que ver con ese Oknox.
Las palabras de Yoh Asakura eran un eco de sus propios pensamientos, y Anna tuvo que hacer un esfuerzo para no delatar la miríada de sentimientos que la invadían en ese momento al escucharlo hablar.
—Oknox está involucrado en actividades ilegales, ¿no es así? —Cuestionó Asakura—. ¿Por qué no lo has delatado?
—Le prometí a mi padre que no me involucraría con él —respondió casi por inercia, sorprendiéndose otra vez de la facilidad con que Yoh Asakura lograba sacarle una respuesta.
—Pero eso no te impidió que lo hiciera cuando te enteraste de que él fue el que adoptó a Hana.
—Eso es diferente.
—Si algo está mal, hay que decirlo. No podemos voltear la cabeza a otro lado e ignorar las cosas sólo porque no nos afectan directamente.
—¿Qué es lo que intentas, Asakura?
—¿Cómo te sentirás cuando Oknox sea atrapado y descubras que pudiste hacer algo para evitar sus fechorías más temprano? —Preguntó él a su vez—. Estoy seguro de que te sentirás muy mal si resulta que está involucrado en actividades que dañan a otros.
—¿Por qué debería importarme lo que les pase a otros?
—Porque eres una buena persona, Anna.
Se quedaron mirando unos segundos, ninguno queriendo romper contacto visual y ceder en aquel pequeño debate.
—¿Es este el verdadero Yoh Asakura?
—¿El verdadero Yoh Asakura? —Cuestionó Asakura en confusión.
—Ya estoy empezando a entender por qué Ren te tiene en tan alta estima.
—¿Por qué a Ren lo llamas por su nombre?
—Porque nos conocemos desde hace años.
—¿Me puedes llamar Yoh?
Anna parpadeó en desconcierto por aquella solicitud tan inesperada, pero antes de poder organizar sus ideas y darle una respuesta, la puerta se abrió y sus ojos de inmediato saltaron hacia esa dirección, observando cómo Lyserg Diethel entraba en compañía de…
—Horohoro, ¿qué haces aquí?
Su hermano la miró con una expresión de seriedad bastante inusual en su rostro. Tenía mucho tiempo sin verlo con aquella cara tan sombría por lo que de inmediato empezó a pensar lo peor.
—Disculpen el retraso —empezó a decir Diethel con su sonrisa cortés, tomando asiento en la mesa junto a Horohoro—. Después de recolectar lo que estaba buscando, pasé a buscar a Horohoro porque su testimonio nos será de mucha ayuda en el proceso.
—Es cierto que Horohoro sabe todo lo que ha pasado, pero su relación conmigo podría ser usado en nuestra contra.
—Creo que me malinterpreta, señora Anna —respondió Diethel con calma, procediendo a revisar su maletín para sacar una carpeta color marrón—. Resulta que la señora Kyouyama está involucrada en asuntos más turbios de lo que imaginábamos, además de que existe una fuerte posibilidad de que su esposo sea cómplice de esos crímenes.
—¿A qué asuntos te refieres? —Preguntó Anna con curiosidad. Sabía que su madre no podía estar tan libre de escándalos como quería hacer creer, pero la forma en la que Diethel se comportaba era como si fuera algo mucho más severo de lo que imaginaba.
—Existe una muy fuerte posibilidad de que la señora Kyouyama haya cometido o esté involucrada en asesinato en primer grado.
—¿Asesi…nato? —Cuestionó Yoh Asakura con perplejidad.
—Estoy seguro de que la señora Kyouyama estuvo involucrada en la muerte de mi madre —intervino Horohoro con seriedad.
Fin del capítulo 7.
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