Luego de un mes lleno de estrés, ya por fin el siguiente capítulo.

TW: ideación suicida.

Capítulo 8: Secretos que salen a la luz

Un silencio pesado cubría a los ocupantes de aquel salón privado. El único que no parecía perturbado por la reciente revelación era Lyserg Diethel, quien aprovechó para servirse algo de té y tomar tranquilamente algunos sorbos en lo que la información terminaba de ser asimilada.

Mientras tanto, Horohoro y Anna se miraban con seriedad, como si estuvieran teniendo una conversación sin palabras entre ellos.

Yoh Asakura los observaba con un gesto de concentración, analizando los nuevos datos y pensando cómo esto podría afectar la demanda que estaban montando en contra de la Señora Kyouyama.

—¿Por qué nunca me dijiste nada sobre esto? —Preguntó Anna con una expresión inescrutable.

Yoh la miró, notando una casi imperceptible nota de dolor ante aquel secreto que su hermano no compartió con ella. Cualquier otro sólo habría visto la indiferencia que Anna quería proyectar, pero Yoh siempre había sido bueno para leer a los demás cuando se lo proponía, y ya después de varios encuentros, había aprendido a ver través de la máscara que Anna usaba para ocultar sus verdaderos sentimientos.

—Yo quería decirte, Anna, te juro que sí —respondió Horohoro con cierta culpabilidad en sus ojos—, pero el señor Kyouyama me hizo prometer que no le diría a nadie porque no había pruebas suficientes.

A Yoh se le hizo curioso que Horohoro llamara al señor Kyouyama de esa forma, si hasta donde tenía entendido, se trataba de su padre biológico, el cual compartía con Anna y era la causa de su vínculo de hermandad.

—¿Quieres decir que papá sabía sobre esto?

—Fue la única persona a la que le dije lo que vi.

—¿Qué fue lo que viste, Horohoro? —Intervino Yoh Asakura.

Por un breve segundo Anna volteó a verlo con sorpresa, como si hubiera olvidado que él se encontraba en aquel lugar. El momento pasó rápido y Anna volvió a mirar a Horohoro esperando una respuesta.

—Aquel día tenía práctica de soccer en la tarde, pero olvidé algo en casa, así que me devolví a buscarlo —empezó a relatar Horohoro, mirando a un lado en remembranza—. Cuando estaba fuera de la casa me encontré con la sorpresa de que la señora Kyouyama estaba de visita. Eso me pareció muy raro porque desde que se enteró de la relación de mi mamá con el señor Kyouyama, ella se comporta como si no existiéramos.

En ese punto del relato, Horohoro cerró con fuerza las manos y bajó la mirada a la mesa. Un destello de impotencia se coló en sus ojos, e Yoh pudo ver con claridad cómo intentaba reprimir las lágrimas.

—Me pareció extraño, pero no le di mucha importancia. Pensaba que finalmente la señora Kyouyama haría las paces con mi mamá y eso sería todo —continuó Horohoro luego de tomar una breve pausa—, pero luego de unos días mamá empezó a sentirse mal. Nadie pudo encontrar la causa de la enfermedad hasta que…se hizo demasiado tarde.

—¿Crees que la señora Kyouyama tuvo algo que ver con esa repentina enfermedad? —Inquirió Yoh seriamente.

—¿Por qué otra razón visitaría a mi mamá? —Preguntó Horohoro a su vez—. En ese momento no le di mucha importancia, pero si lo piensas, ¿no te parece demasiada coincidencia?

—Horohoro tiene razón, mi madre no es el tipo de persona que suelta los agravios tan fácilmente —opinó Anna con una expresión que mostraba su conflicto interior abiertamente—. Pensar que su maldad corre tan profundo para rebajarse a asesinar a alguien. ¿Cómo no me di cuenta antes de su vileza?

—La señora Kyouyama es una experta fingiendo inocencia —dijo Horohoro al notar cómo Anna cerraba los puños con fuerza y una sombra de culpabilidad oscurecía sus facciones.

—Pero no podemos simplemente demandarla por asesinato basado sólo en palabras, necesitamos pruebas si queremos llevarla a juicio —comentó Yoh, mirando a ambos hermanos—. Tengo entendido que la señora Usui murió hace años, dudo que un análisis toxicológico post mortem sea posible en este caso, ni hablar de conseguir el permiso para la exhumación del cadáver.

—Eso no será necesario, Yoh —interrumpió Lyserg, tomando la palabra después de mantenerse al margen por largo rato—. El señor Kyouyama investigó el caso secretamente cuando murió la señora Usui. Estoy convencido de que encontró las pruebas que necesitaba.

—¿Por qué no me dijo nada entonces? —Preguntó Horohoro con enfado—. Pensé que nunca tomó ninguna acción porque no logró encontrar evidencia, y siempre que le preguntaba me desviaba el tema.

—Porque el señor Kyouyama estaba intentando proteger a la señora Kyouyama —respondió Lyserg con calma.

—¡¿Después de lo que ella hizo?! —Horohoro golpeó la mesa en frustración en un intento por canalizar la ira que estaba sintiendo al enterarse de que se podía hacer justicia por su madre, pero aquel hombre que se hacía llamar su padre truncó la posibilidad.

—¿Quieres decir que mi padre encubrió el asesinato? —Cuestionó Anna en apenas un hilo de voz.

—Luego de mis investigaciones, he encontrado que los secretos de la familia Kyouyama son más turbios de lo que pensaba al inicio —continuó explicando Lyserg, sin mostrarse perturbado en ningún momento—. ¿Tienen alguna idea de que cómo el señor y la señora Kyouyama se conocieron y terminaron juntos?

El silencio de ambos hermanos fue respuesta suficiente. Yoh intuía que ninguno se había puesto a pensar en eso.

—¿Qué tiene eso que ver? —Preguntó Horohoro.

—Me imagino que están conscientes de la diferencia de edad que había entre ambos, así como la edad que ella tenía cuando nació Kumo —en ese punto Lyserg adoptó una mirada de lástima, como si lo estuviera a punto de decir fuera a ocasionar dolor—. Lo cierto es que el señor Kyouyama quedó obsesionado con ella cuando la vio la primera vez, y recurrió a medios ilegales para obligarla a casarse con él.

—¿Qué dices? —Cuestionó Anna estupefacta.

Lyserg negó con la cabeza y miró a ambos hermanos con gesto conciliador. Horohoro no parecía sorprendido en lo absoluto, pero Anna no parecía estar tomando bien la información.

—Todavía no tengo información concluyente en esa parte, pero sí tengo una pista sobre dónde el señor Kyouyama pudo esconder la evidencia del asesinato de la señora Usui.

—¿Dónde? —Intervino Yoh al ver que ninguno de los hermanos estaba en condiciones de preguntar.

—Todas las pistas me llevan a Alemania —respondió Lyserg—, tengo la sospecha de que pensaba usar esa información para controlar a la señora Kyouyama.

—Alemania… —Susurró Anna.

—Como la heredera de todos los bienes del señor Kyouyama, creo que sólo tú tendrás acceso a la evidencia —le informó Lyserg—, y con eso en nuestras manos, el juicio estará prácticamente ganado.

—Eso significa que ella irá a la cárcel…

—¿Estás dudando ahora, Anna? —la interrumpió Horohoro—. ¿Olvidas todo lo que ha hecho? ¡Ella no merece tu compasión!

—La decisión es suya, señora Anna.

—Piensa en Kibou —siguió diciendo Horohoro—, ella no tiene reparos en usar su vida para manipularte, y si todavía lo dudas, ella es muy capaz de matar para conseguir lo que quiere.

—Entiendo que estés molesto, Horohoro —Yoh tomó la palabra en un intento por calmar los ánimos—, pero no es una decisión que se puede tomar así a la ligera. Deja que Anna lo piense.

La mirada de agradecimiento de Anna ante su apoyo llenó su ser de un cálido sentimiento. Como respuesta, Yoh le sonrió.


Cuando regresó a su apartamento aquella noche, Horohoro tenía un humor de perros. Después de tanto tiempo reprimiendo aquel rencor y viendo impotente como la señora Kyouyama andaba por ahí sin ninguna preocupación, recibiendo las condolencias de los demás porque todo el mundo creía que ella era la víctima en todo el asunto, Horohoro estaba a nada de estallar.

—DEMONIOS —gritó en cólera, golpeando la pared.

Nunca debió confiar en el señor Kyouyama, el hombre que nunca estuvo presente en su vida ni lo trató como un hijo. Hasta Lycan, su padre adoptivo, le había tenido más consideración a él y a Pirika antes de desaparecer de su vida.

Pensar que llegó a casi perdonarlo cuando le dio un puesto importante en la empresa y se encargó de velar porque Pirika recibiera la mejor educación luego de la muerte de su madre le daba repulsión. Ahora sabía que lo hizo para aliviar la culpabilidad que sentía ya que no pensaba denunciar a su esposa, ocultando la verdadera razón por la que su madre murió.

Quizá Anna podía ver más allá de todos los errores que ese hombre cometió, pero ahora que sabía la verdad, estaba resoluto en que nunca lo perdonaría. Demasiados secretos, demasiadas mentiras, ¿y todo para qué?

—Parece que alguien está molesto… —aquella voz infantil lo sacó de su ensimismamiento. Por poco olvidaba que ya no vivía solo.

Pasándose la mano por los cabellos, exhaló con cansancio y miró en la dirección de donde provenía la voz, encontrándose con Hana parando frente a la puerta del baño vistiendo unos pijamas con bordados de naranjas.

—¿Hiciste la tarea? —Fue lo primero que se le ocurrió preguntar.

Hana alzó una ceja, como si le estuviera cuestionando su inteligencia al hacer una pregunta tan obvia. Horohoro negó con la cabeza, sorprendiéndose una vez más de lo parecido que eran algunos de los comportamientos de Hana con los de Anna.

—¿Mal día? —Preguntó el pequeño, dirigiéndose a la nevera a buscar algo. Después de rebuscar un poco, Hana sacó una lata de cerveza y se la ofreció a Horohoro—. Ten, seguro lo necesitas.

—¿Estás seguro de que sólo tienes seis años? —Cuestionó Horohoro con sospecha, tomando la lata para destaparla y tomarse un largo sorbo—. Tu astucia me da miedo.

Hana sólo atinó a reír como respuesta, dirigiéndose esta vez al sofá para tomar asiento y encender la televisión.

—La señora Anna llamó hace un rato —le informó sin mirarlo—. Se escuchaba algo distraída.

—Cosas de adultos, Hana —contestó Horohoro al terminarse la lata de cerveza—. ¿Ya cenaste?

A pesar de sus preocupaciones iniciales sobre la adopción de Hana, Horohoro pronto descubrió que el pequeño era más que autosuficiente. No sólo era demasiado responsable para alguien de su edad, más incluso que él, lo que había llevado a Anna a bromear que los papeles estaban invertidos, siendo Hana el niñero y él el niño, también había descubierto que Hana sabía cocinar.

Cuando le preguntó al respecto, la única respuesta que Hana le dio fue que aprendió en el orfanato. A Horohoro eso le extrañó mucho, ¿acaso eran tan irresponsables para dejar a un niño en la cocina?

—Era eso o morirme de hambre —le había dicho Hana aquella vez, con una cara de tristeza que le estrujó el corazón.

No le dijo nada a Anna sobre eso ya que sabía que ella tenía demasiadas preocupaciones sobre su plato, pero después de escuchar esa respuesta decidió investigar por su cuenta al dichoso orfanato. Ahí fue cuando se cruzó con Yoh Asakura, que parecía estar en una misión similar.

El Asakura lucía cambiado, muy distinto a cómo lo recordaba en el hospital. Ahora entendía mejor las palabras de Pirika cuando le contó que se encontró con Yoh Asakura tirado en un callejón y ella le pidió de favor que le echara un ojo encima ya que el pobre estaba pasando por un momento difícil. Pirika le había dicho que Yoh Asakura era una gran persona, siempre dispuesto a ayudar a los demás sin recibir nada a cambio, además de que su sonrisa era capaz de iluminar hasta el rincón más oscuro.

Cuando se encontraron ese día, decidieron investigar juntos el orfanato. En el transcurso Yoh le contó sobre Oknox y lo que intentaba hacer, ahí fue cuando Horohoro le dijo que era él quien tenía los papeles de adopción de Hana, y que, además, el pequeño se estaba quedando con él. Fue así como después de pasar por el orfanato y hacer unas cuentas preguntas, Horohoro invitó a Yoh a su apartamento para ver a Hana.

Hana estuvo feliz de ver a Yoh, y viceversa. Desde ese momento Horohoro le pasó el número de la casa y su número personal para comunicarse en caso de cualquier cosa, además de que esto le permitía estar más en contacto con Hana, algo que ambos parecían anhelar mucho. Viendo el efecto positivo que esto tenía sobre el Asakura, encima de que representaba una buena oportunidad para seguir manteniendo el ojo sobre Yoh como Pirika le había pedido, Horohoro pensó que era la idea más brillante que se le ocurrió y se enorgullecía mucho por eso.

Además, estaba todo el asunto de Anna. Hasta donde su hermana le contó, por casualidad del destino, al solicitar los servicios de la firma Yomare para obtener la custodia de Kibou, el único que pudo tomar su caso fue Yoh Asakura. Para fines del caso decidieron contratar los servicios de un famoso detective inglés, Lyserg Diethel, quien investigaría a la señora Kyouyama para obtener información que facilitara la obtención de la custodia.

De alguna manera Lyserg descubrió el vínculo entre la muerte de su madre y la señora Kyouyama y lo contactó para hacerle algunas preguntas.

Una de las cosas que más le llamó la atención de esa afiliación fue el contraste tan notorio entre la forma en cómo Anna trató al Asakura la primera vez que los vio juntos, y la forma en cómo lo trataba ahora.

Entendía que fuera su abogado y todo, pero incluso con su equipo en la compañía, o con Amidamaru, Horohoro no notaba ese tipo de confianza.

—Tierra llamando a Horohoro, Tierra llamando a Horohoro.

Horohoro sacudió la cabeza y miró a Hana encaramado sobre el sofá pasando una mano frente a su cara.

—¿Qué crees que haces, Hana?

—Me hiciste una pregunta, te respondí y luego comenzaste al mirar al vacío con cara de idiota.

—¡Oye, mocoso, ten más respeto con tus mayores! —Como respuesta, Hana le sacó la lengua y se bajó del sofá para mandarse a correr—. ¡Hey, vuelve aquí!

Las risas de Hana se escucharon en el apartamento mientras Horohoro le caía atrás al pequeño para darle un coscorrón de lección.


Era muy tarde en la noche ya, pero a pesar de la hora, Anna Kyouyama se encontraba todavía en su oficina en el edificio corporativo de la empresa que heredó de su padre. Frente a ella, enmarcado en un cuadro de oro, se encontraba la fotografía de su padre con una mirada imponente. A su lado había otro cuadro, esta vez de su abuelo, con la misma pose y expresión en su rostro.

Para cualquier que los viera no había duda de que eran padre e hijo, con sus cabellos rubios, ojos grises que parecían dos motas de acero y su imponente postura capaz de someter a otros. Anna había heredado muchas cosas de él, hasta su actitud fría y casi indiferente. Precisamente esa había sido una de las causas por las que su madre siempre prefirió a Kumo, porque él se comportaba más como ella. Lo único que Anna había heredado de su madre habían sido los ojos, nada más.

Con un suspiro, Anna desvió la mirada a su escritorio, a la carpeta que Lyserg Diethel había dejado en sus manos sobre la localización de la evidencia que pondría a su madre tras las rejas.

Siempre supo que su familia tenía sus complicaciones, pero hasta ese momento nunca vio hasta cuánto. Quizá lo mejor era decir que nunca lo quiso ver.

A pesar de los errores de ambos, Anna siempre respetó a su padre por su fortaleza, además de que ella siempre fue tratada como una princesa por él. Por otro lado, su madre al inicio fue cálida con ella, aunque siempre sintió una distancia con ella que la desconcertaba. Con el pasar de los años, esa distancia se hizo más evidente, hasta que se hizo obvia la parcialidad de su madre con Kumo, y su indiferencia con Anna.

Luego vino la muerte de su padre y Anna descubrió hasta qué punto era capaz de ir su madre por obtener lo que quería. No obstante, Anna mantuvo la esperanza de que fuera simple palabrería, pensaba que su madre realmente no sería capaz de sacrificar a Kibou de esa manera.

Cuán equivocada estaba.

Hasta ese día, nunca sospechó que su madre fuera capaz de recurrir al asesinato para obtener lo que quería.

Por último, estaban las sospechas de Diethel sobre el matrimonio de sus padres. Sabía que no habían sido una pareja convencional. Desde niña sintió una brecha entre sus padres que no llegó a entender hasta que creció. Ahora entendía un poco mejor las cosas, si su madre había sido forzada a casarse con él en contra de su voluntad, comprendía parte de su desprecio por él, pero la forma en la que Diethel mencionó las cosas, era como si hubiera algo más profunda en la historia.

Sacudiendo esos pensamientos de su cabeza, Anna tomó la carpeta en sus manos y echó una ojeada a la primera página, que detallaba una empresa en la Alemania con la que su familia tenía algunos tratos para salvaguardar algunas pertenencias de gran valor.

Después de pensarlo todo el día llegó a una decisión. La respuesta debió ser obvia desde el comienzo, pero su sentimentalismo se interpuso en su camino por algo que su padre le dijo una vez.

No culpes a tu madre, Anna, ella tienes sus razones —le susurró su padre una vez cuando fue castigada por su madre al llegar a la casa con el vestido manchado.

Por esa razón Anna nunca resintió mucho a su madre a pesar de su evidente favoritismo. Pero en retrospectiva, quizá su padre se había referido a algo más cuando le dijo eso.

Con otro suspiro, marcó un número en su teléfono móvil y comenzó a hacer planes para liberar de su agenda la semana más cercana donde tuviera menos pendientes. La fecha más próxima resultó ser dentro de un mes, así que rápidamente reservó un vuelo privado hacia Alemania en esas fechas.


Yoh Asakura se quedó mirando el celular unos minutos luego de que la conversación terminó. Había pasado más de un mes desde que Ren regresó a China e Yoh tomó el caso Kyouyama sin saber bien en lo que se estaba metiendo. Desde ese momento, Ren se la pasaba llamando constantemente para mantenerse al tanto sobre los pormenores del caso y dar sus propias ideas.

Ese día, cuando Ren le llamó, e Yoh le explicó sobre los descubrimientos de Lyserg, Ren se escuchaba complacido con el giro que tomaron las cosas. Cómo no estarlo si eso significa una gran ventaja para ellos. Pero lejos de pensar así, a Yoh le preocupaba más cómo podría estar Anna con la reciente revelación.

Comparado con la situación familiar de Anna, su propia situación familiar parecía un paseo en el parque, ni hablar de la familia de Ren. ¿Por qué parecía tan difícil encontrar una familia normal en sus círculos?

Liberando un suspiro, Yoh guardó el móvil y paseó un momento por la habitación para ordenar sus ideas. Hasta ese momento no se había percatado de lo mucho que Anna Kyouyama parecía circular en sus pensamientos, pero desde que se separaron no había podido dejar de pensar en ella.

Un familiar sentimiento de culpabilidad se coló en su pecho y unas voces empezaron a gritar en su cerebro lo ingrato que era, reprochándole que se hubiera olvidado de su difunta esposa e hija tan rápido, fijándose en otra mujer, que para colmo era su cliente y por quien no debería tener sentimientos que se salieran de lo profesional.

Otras voces le decían que se alejara, que sólo le traería sufrimiento si se acercaba demasiado, o peor aún, provocaría su muerte, como hizo con su esposa e hija.

No mereces ser feliz.

Sólo arruinarás su vida.

¿Así te olvidas de la memoria de tu esposa e hija?

Ni siquiera has tenido el valor de volver a tu apartamento o visitar sus tumbas.

Yoh intentó taparse los oídos en un vano intento por callar las voces. Sus piernas, que habían empezado a dar vueltas alrededor de la habitación, parecieron perder fuerza, dejándolo caer de rodillas al suelo.

No vales nada, Yoh Asakura

Es mejor que dejes de existir

Todos estarán mejor sin ti

Con lentitud, fue cayendo de lado hasta quedar completamente en el suelo hecho un ovillo con lágrimas surcando sus ojos sin interrupción.

¿Para qué seguir viviendo?

¿No sería mejor reunirte con tu esposa e hija en el otro mundo?

Yoh abrió los ojos tras ese último pensamiento. Con su vista nublada por las lágrimas, intentó buscar algo en la habitación para darle fin a ese martirio.

Arrastrándose por el suelo, se topó con un lapicero que se había caído por algún descuido y su mente enloquecida empezó a imaginar cómo podría usarlo para su cometido. Con brazos temblorosos, fue extendiendo la mano hacia el bolígrafo, las voces animándolo para que lo hiciera.

Justo cuando su mano tocó el lapicero, una extraña melodía empezó a sonar e Yoh soltó el bolígrafo de forma abrupta. Le tomó otro segundo entender que el sonido provenía de su celular y que alguien parecía estarlo llamando. De manera casi automática, sacó el móvil de su pantalón y miró la pantalla.

Anna Kyouyama

Fue tal la sorpresa que le generó ese nombre que casi suelta el celular ahí mismo, pero sus reflejos cobraron vida y lo atraparon a tiempo, dándole a la tecla para responder de inmediato.

—¿Hola? —Su voz salió más ronca y rasposa de lo que esperaba, por lo que tuvo que carraspear para aclararla.

Por algunos segundos no hubo respuesta, e Yoh se preocupó de que la llamada fuera alguna equivocación.

—¿Estás bien? —Escuchó la voz de Anna preguntarle. Al detectar un ligero toque de preocupación, Yoh sonrió de manera casi involuntaria.

—Lo usual, ya sabes —respondió vagamente.

Mientras Anna se tomaba su tiempo para responder, seguramente haciendo la conexión de sus palabras con lo que ya ella sabía, Yoh se fue incorporando. Extrañamente, las voces estaban calladas, su respiración más tranquila y su corazón más calmado.

—Tomé mi decisión —le informó Anna finalmente—, me iré a Alemania en un mes.

Esa respuesta no le sorprendía. A pesar del aprecio que Anna aún conservaba por su madre, el amor que ella sentía por sus hermanos era mucho más grande. Lo único que ella necesitaba era tiempo para prepararse mentalmente.

—Eso imaginé.

—Sólo llamaba para informarte, es todo.

—Espera —Yoh se sorprendió al pronunciar esas palabras, pero al sentir la despedida en la voz de Anna, su cuerpo actuó antes de que tuviera tiempo de pensarlo.

—¿Sí?

—Yo… —empezó, sin saber bien qué decir, pero no queriendo terminar la conversación—. ¿Irás sola?

—Por supuesto —respondió Anna tras unos segundos que a Yoh se le hicieron una eternidad.

Pudo notar la extrañeza en su voz por aquella extraña pregunta, pero el hecho de que respondiera le decía muchas cosas.

—¿Qué hay de Hana y Horohoro?

—Hana tiene que ir a la escuela y Horohoro tiene que trabajar.

—Entiendo.

—Estás más extraño de lo normal, Asakura.

—Pensé que habíamos quedado en que me llamarías por mi nombre.

—No quedamos en nada de eso.

—¿Por qué no?

—Eres mi abogado, hay que mantener cierto formalismo.

—Ren también era tu abogado.

—Ren es diferente.

Una punzada de un sentimiento desagradable lo abordó tras esas palabras. Sabía que Ren y Anna compartían cierta historia, pero que ella lo dijera tan abiertamente le dejaba un mal sabor de boca.

—No te costará nada, Anna —intentó persuadirla, enterrando la amargura que sentía—, en cambio, me ayudaría mucho.

—¿Tanto significa para ti?

—No sabes cuánto —respondió sinceramente.

Se hizo otro silencio, esta vez más prolongado que los anteriores. Yoh esperaba con la respiración contenida y el corazón palpitando en sus oídos.

—Supongo que tienes razón —contestó luego de un minuto—. Se hace tarde, es mejor seguir conversando otro día sobre el viaje.

—Entiendo —una pequeña nota de decepción se coló en su voz al escuchar eso, pero al menos había conseguido algo bueno aquella noche.

—Buenas noches…Yoh.

La sorpresa que le generó escuchar su nombre de parte de Anna lo dejó anonadado por varios segundos, pero de inmediato se recuperó y dejó que una sonrisa de oreja a oreja se estampara en su cara.

—Buenas noches, Anna.

Aún después de escuchar el momento el que Anna colgó y el silencio extenderse en la habitación, Yoh siguió sosteniendo el celular con una sonrisa.

Esa noche no tuvo pesadillas.

Fin del capítulo 8.

Esto se está pareciendo cada vez más y más a una telenovela de las que tanto le gustan a Anna, jajajaja.