Ahora, un descanso del drama entre Yoh y Anna para enfocarnos un momento en Hana y todo el lío con Oknox.
¡Espero lo disfruten!
Capítulo 9: El comienzo de la tempestad.
Se escuchó un timbre resonar por todo el edificio, señalando el final de aquella jornada educativa en el instituto privado Shinra. Los estudiantes, al escucharlo, empezaron a guardar sus cosas con prisa para proceder a salir del salón en grupos, conversando animadamente en todo el camino.
Entre ellos se encontraba un pequeño niño de cabellos rubios, que a diferencia de los demás, guardaba sus cosas en la mochila con más parsimonia y cuidado que el resto, demorando más tiempo.
—Hey, Hana, ¿quieres ir a patinar con nosotros? —preguntó alguien.
Hana levantó el rostro para ver a la persona que le había hablado, encontrándose con un niño de cabellos castaños mirándolo con curiosidad.
—Hoy no puedo, tengo que llegar temprano a casa para ayudar a mi guardián —respondió Hana con una mirada de disculpa.
Su compañero se encogió de hombros y salió sin decir más nada, siendo seguido por un grupo de niños más. No era una ocurrencia rara el que Hana declinara ese tipo de invitación a jugar, así que ya nadie hacía mucho revuelo por eso. Para los demás resultaba extraño que un niño de su edad tuviera tantas responsabilidades en casa, e incluso se difundió cierto rumor sobre su adopción, donde decían que realmente no lo querían y por eso lo ponían a trabajar con su corta edad de seis años.
La mente de los niños podía ser bastante macabra. Así como algunos podían ser inocentes ángeles, otros podían ser los peores verdugos.
Hana había aprendido esto en el orfanato. Sólo se necesitaba una voz, un matón de esos que se sentían por encima del resto, para que todos los demás se pusieran en tu contra. Muchos niños no piensan por sí mismos, sólo siguen lo que hace el resto, para encajar y ser parte del colectivo. Nadie quiere ser un excluido, aunque las cosas que haga el grupo estén mal.
Eso él lo sabía más que nadie.
Le tocó ser el excluido en el orfanato, el niño raro al que nadie se quería acercar porque podía traerles mala suerte. Hasta los propios adultos, que se supone tenían la responsabilidad de cuidar a todos equitativamente, cayeron en el mismo comportamiento de los niños que no sabían nada mejor.
La razón de esto era su capacidad para ver cosas que los demás no podían. Al principio no se dio cuenta de que esto lo hacía diferente a los demás, ¿qué puede saber un bebé sobre estas cosas?
Cuando fue capaz de razonar se dio cuenta de cómo los demás lo veían con temor, y cómo pronto ese temor era enmascarado detrás de una cara de bravata. La gente teme lo que no entiende, y pronto ese temor lleva al desprecio.
Ser un niño blanco de ese desprecio por otros niños es horrible, pero cuando son los mismos adultos la causa de ese comportamiento es aún peor. De no ser por sus amigos, aquellos que nadie más él podía ver, aquellos que lo protegían, Hana no tendría ninguna razón para sonreír.
Hana tenía la capacidad de ver fantasmas, y durante mucho tiempo estos fueron su única compañía. Ellos le enseñaron a leer, a cocinar y a soñar.
También fueron ellos lo que le advirtieron de aquel señor panzón que quiso adoptarlo. Le dijeron que no era un buen hombre y que los niños que eran adoptados por él no tenían un buen destino. Por eso Hana huyó a la primera oportunidad que vio, y eso desencadeno todo el hilo de eventos que lo llevaron a ser adoptado finalmente por una familia a quien de verdad les importaba.
A pesar de que esta familia estaba llena de problemas, la sinceridad en su corazón era real. Hana sabía que había encontrado un lugar al que podía llamar hogar.
El problema era su don, que aprendió a callar y a disimular. Sus compañeros de clase no lo sabían, pero Hana estaba reacio a acercarse demasiado a ellos a pesar de que no se mostraban abiertamente hostiles con él. Tampoco les había dicho a Horohoro, Anna e Yoh, porque temía el tipo de reacción que podrían tener.
No quería volver a estar solo.
Por eso intentaba ser el niño perfecto. Siempre obediente y ayudador. No quería ser una carga más sobre sus hombros, con todo lo que ya de por sí eran obligados a lidiar en sus vidas Anna y los demás.
Ese día, sin embargo, no tenía nada qué hacer en la casa. La verdadera razón por la que declinó la invitación era porque uno de los viejos fantasma del instituto le había señalado que un extraño grupo de hombres se encontraban alrededor del edificio y que exhibían un interés sobre sus movimientos que iba más allá de lo normal. Hana no sabía qué querían, pero no podía ser nada bueno, por eso era mejor no involucrar a los demás en caso de que algo malo sucediera.
Realmente no tenía ningún plan en mente para lidiar con esa situación. Sabía que podía llamar a Horohoro y él vendría a recogerlo al instituto, incluso a Yoh o a Anna, pero no quería preocuparlos, o peor aún, que terminaran lastimados por su culpa. Además, eso le ganaría un día más, pero no resolvería el problema.
Uno de los fantasmas le había dicho que esos hombres venían de parte del gordiflón que quiso adoptarlo aquella vez y del cual escapó. No sabía por qué lo perseguía, pero sabía que los hombres que había mandado eran peligrosos.
Frunciendo el ceño, molesto de que aquel hombre no lo dejara en paz con su nueva vida, Hana salió del instituto en una dirección diferente a la cual tomaba usualmente, cubriéndose lo más que podía con la gorra naranja que le regaló Yoh. Al pasar por un camión, pudo ver reflejado en el espejo retrovisor la camioneta negra que le seguía.
Caminó unas cuadras más, tratando de mantenerse donde hubiera más gente y llegar al destino que tenía en mente, la estación de policía, pero se concentró tanto en la camioneta que no se percató de cuando alguien lo agarró del brazo y se lo llevó arrastrando. Quiso gritar, pero alguien le cubrió la boca.
—¿Acaso nadie vio lo que pasó? —Pensó furioso por lo ocurrido.
A veces era bastante fácil no ver lo que ocurre justo delante de tus narices. En su caso, Hana notó cómo era rodeado por varios hombres para ocultarlo de la vista de los ajetreados transeúntes de la ciudad. A menos que alguien observara con atención, nadie podría ver lo que estaba pasando. Después estaba el asunto de cuán dispuestos estarían a intervenir en la situación de percatarse de lo que estaba sucediendo.
Tal era la naturaleza humana.
Impotente, con lágrimas acumulándose en sus ojos, Hana fue arrastrado fuera de las calles más transitadas. Al pasar por un pequeño callejón oscuro, Hana sintió cómo los brazos que lo aprisionaban se aflojaban y cómo pronto alguien tomaba su mano para empezar a correr.
Confundido por lo que ocurrió, Hana miró atrás, a las figuras de los tres hombres que lo tenían sujeto hasta hace poco tendidos en el suelo tratando de levantarse. Un segundo después su vista se desvió a la persona que sujetaba su mano, encontrándose con una familiar cabellera castaña y unos ojos marrones que miraban preocupados los alrededores.
—¿Yoh? —Preguntó, sorprendido de verlo.
Al aludido lo miró un momento con una sonrisa. Parecía que iba a decirle algo cuando se escuchó el chirriar de unas llantas y el motor de un vehículo acercándose a ellos.
—Parece que llamaron refuerzos.
Al escuchar eso, Hana volteó a ver a sus espaldas, observando cómo la camioneta que antes le seguía venía hacia ellos, igual que los tres matones que ya se habían levantado para darles persecución.
Yoh decidió doblar en un callejón, esperando que eso evitara que la camioneta pudiera seguirles el rastro.
Hana no quería involucrarlo en esto. No quería que tuvieran motivos para abandonarlo, pero fue demasiado ingenuo al pensar que podría manejar la situación por si solo. Sabía que los fantasmas podían ofrecerle algo de asistencia, como lo hicieron cuando algunos de los niños más grandes querían molestarlo, pero lo que podían hacer era muy limitado, enfocados especialmente en crear confusión y miedo para darle chance a escapar. Funcionaba mejor en los niños, que ante cualquier actividad paranormal que estuviera fuera de su comprensión, huían sin mirar atrás. Pero con un adulto era más difícil, muchos no creían en los fantasmas y eso les daba cierta inmunidad contra ellos.
A pesar de eso, debía hacer algo. No podía dejar que Yoh saliera lastimado por su culpa. No cuando el castaño finalmente estaba empezando a caminar por su cuenta, dejando atrás las cadenas del pasado que lo atormentaban.
Hana sabía, claro que lo sabía. Todo por lo que pasaron Yoh, Anna, Horohoro. Pero prefería callar y hacerse el desentendido, porque era lo normal y esperado de él.
—Parece que están muy decididos esta vez —dijo Yoh de la nada, atrayendo su atención de nuevo.
—¿Esta vez?
—Tienen un tiempo vigilándote en la escuela, ¿no? —Preguntó Yoh, encontrando una pequeña apertura en uno de los callejones que quizá podrían usar para despistar a sus perseguidores.
—¿Cómo sabes eso?
—Horohoro me comentó que estudias en el instituto Shinra. Yo estudié ahí también —empezó a explicar Yoh señalándole a Hana para que entrara.
El espacio era muy estrecho, por lo que era necesario deslizarse de lado para poder avanzar.
—Hace unos días estaba acompañado a Manta, que todavía mantiene cierta conexión con el instituto, ahí fue cuando me percaté de la extraña camioneta que acechaba en las cercanías —continuó diciendo, casi llegando al otro extremo—. Volví otro día solo para verificar, y me topé con la misma camioneta de nuevo.
Hana lo miró sorprendido de esta revelación. Ninguno de los fantasmas le había dicho que Yoh había visitado el edificio, muchos menos que se había dado cuenta de la camioneta.
—Digamos que he estado algo preocupado por la extraña obsesión que ese Oknox tiene contigo —comentó Yoh cuando Hana no dijo nada—, aunque no pensé que se rebajaría tanto como mandar gente a secuestrarte.
—Oknox no es un buen hombre.
—Ya me lo imaginaba. Además, cuando fui al orfanato a investigar algo, me enteré de que Oknox adopta muchos niños de ahí.
—¿Fuiste al orfanato? —Hana preguntó, deteniéndose una vez que salieron del estrecho pasadizo.
Su corazón dio un vuelco, preocupado por las cosas que podrían haberle dicho las personas en el orfanato.
Yoh observó sus alrededores para verificar que no hubiera ninguno de los matones cerca, antes de mirarlo.
—Fui con Horohoro —contestó Yoh—, ¿te sorprende?
Hana no dijo nada, no queriendo revelar más información de la necesaria. En estos casos era mejor hacerse el ignorante y esperar que fuera el propio Yoh que hablara.
Por su parte, Yoh empezó a correr luego de dar un vistazo rápido alrededor y elegir una dirección. Los extraños hombres no se veían por ningún lado, pero no debían confiarse, era posible que estuvieran ocultos esperando el mejor momento para actuar.
Hana no sabía en qué calle se encontraban, ya que nunca había transitado por esos lados, pero había pocas personas por los alrededores. Lo que era peor, un terreno abierto se extendía delante de ellos, señalando un área bastante rural. No entendía por qué Yoh decidió tomar ese camino, si eso haría más difícil esconderse en caso de que los matones le dieran alcance. Además, estaba empezando a cansarse.
La última vez que huyó, aprovechó su pequeño tamaño para esconderse en un bote de basura de un callejón durante toda la noche. En la mañana salió y se mantuvo de callejón en callejón, tratando de pasar desapercibido de ojos curiosos. El fantasma de una joven de cabellera rubia, con una trenza a un lado, usando una bandana con unos símbolos blancos en su cabeza le guiaba en ese entonces, manteniendo un ojo avizor por si alguien le estaba siguiendo el rastro.
La había conocido en el orfanato, y ella había sido la que le enseñó a leer y a cocinar. Luego cuando le informaron de su adopción, ella fue la que se puso a investigar a Oknox cuando los otros fantasmas comentaron que ese hombre adoptaba muchos niños.
Nunca le dijo su nombre, pero le había ayudado mucho. Sin embargo, después de que terminó en el hospital, no la había vuelto a ver por alguna razón.
—Ya casi… —murmuró Yoh con la respiración algo entrecortada.
Justo en ese momento, se escuchó el sonido de unas llantas chocando bruscamente contra el pavimento, seguidamente de varios proyectiles ser lanzados por el aire.
Yoh soltó una exclamación de dolor y casi trastabilla sobre sus propios pies, pero recuperó el equilibrio a tiempo. Hana le lanzó una mirada preocupada, a la vez que daba un vistazo rápido a la camioneta que se aproximaba a gran velocidad.
Se escucharon entonces más proyectiles, y pronto Hana identificó que se trataban de disparos. Yoh entonces lo cargó en sus brazos en un movimiento rápido, tomando impulso para correr hacia una edificación algo antigua con fachada señorial.
No había lugar donde cubrirse, así que no quedaba más remedio que seguir corriendo. Antes de poder llegar a su destino, sin embargo, una de las balas le alcanzó una pierna e Yoh perdió el equilibrio, cayendo con Hana al suelo y rodando varios metros. Ambos escucharon el sonido de la camioneta deteniéndose cerca de ellos, con las puertas siendo abiertas con prontitud.
—Los tenemos.
—¡¿Qué es lo que está pasando aquí?! —Exclamaron varias voces.
Hana escuchó unas pisadas moviéndose a su alrededor en dirección a la camioneta. Se le ocurrió tratar de levantar la cabeza para ver lo que estaba sucediendo, pero justo se escucharon más disparos y Hana instintivamente apretó el cuerpo contra el suelo, cerrando fuertemente los parpados mientras se cubría con los brazos la cabeza.
Pronto se escucharon varios forcejeos y golpes, más el impacto de cuerpos cayendo al suelo. Siguieron más disparos.
Alguien entonces lo levantó y se lo llevó corriendo. Hana chanceó una mirada, distinguiendo a un lado a un hombre corpulento cargando a un inconsciente Yoh en su espalda. Volviendo la vista para ver quién lo llevaba en brazos, Hana se encontró con otro hombre de tez más oscura y labios carnosos que parecía usar un sombrero de lana rojo.
—Resiste niño, ya están a salvo —le aseguró el hombre desconocido al sentir su mirada.
—¡YOH! —Escuchó una voz femenina gritar en la lejanía.
Para ese momento Hana ya no podía mantener los ojos abiertos, sintiendo un peso increíble en su cuerpo y un agotamiento extremo, así que se dejó caer en los brazos de la inconsciencia.
Cuando abrió los ojos, Hana se encontró en una habitación desconocida, pero a la vez familiar. Le tomó unos minutos a su adormilada mente reconocer que el lugar donde estaba era una habitación de hospital.
—¡Hana! —Alguien exclamó con un tono de alivio.
Al escuchar esa voz, Hana volteó la vista a un lado, topándose con la mirada preocupada de Horohoro.
—…Oro… —intentó decir, pero su voz salió más ronca de lo que esperaba, así que carraspeó varias veces. Por alguna razón sentía la boca seca.
Al ver las dificultades que presentaba, Horohoro se puso de pie de un salto y tomó el jarrón de agua que había en una mesita. Vertió un poco de su contenido en un vaso y lo ayudó a tomarse unos sorbos.
Al sentirse un poco mejor, alejó el vaso y Horohoro se lo llevó de nuevo a la mesita. Con un gesto de concentración, Hana vio sus alrededores tratando de recordar qué había pasado y por qué estaba de nuevo en el hospital.
—¿Qué pasó? —Preguntó, centrando su atención en su guardián.
—¡Eso me gustaría saber a mí! —Exclamó Horohoro tomando asiento de nuevo y mirándolo con cara de pocos amigos—. ¿Sabes el susto que me diste cuando Fausto me llamó para decirme que estabas ingresado en el hospital?
Hana bajó la mirada, sintiéndose culpable de haber preocupado a Horohoro de esa manera.
—¡Encima Fausto me dijo que Yoh también está ingresado! —Siguió su diatriba Horohoro, ajeno al tumulto de emociones que se aglomeraban en su pecho al escucharlo tan molesto—. ¡¿En qué líos fue que se metió ese Yoh para recibir dos disparos?!
—¿Qué dices? —Preguntó Hana al escuchar aquello.
De repente, las imágenes volvieron a su mente. Los extraños hombres que vigilaban su escuela, el intento de secuestro, el rescate de Yoh, el escape por aquel camino abierto, los disparos…
—Y entonces arrastrarte a todo eso —Horohoro continuó hablando, como si no le hubiera escuchado—, pensé que había pasado página a un nuevo capítulo en su vida, pero parece que era demasiado esperar que…
—¡Te equivocas, Horohoro! —Gritó entonces Hana, callándolo al instante.
—Que me equivoco, ¿dices?
—Esos hombres estaban detrás de mí, Yoh se involucró para ayudarme.
—¿Detrás de ti? —Cuestionó Horohoro desconcertado. Parecía confundido ahora que descubrió que el motivo de su ira no estaba bien fundado—. ¿A qué te refieres con eso?
—Es Oknox —reveló el pequeño.
—¡¿El panzón?!
—Así es —reveló una voz desconocida.
Ambos voltearon la mirada a la entrada de la habitación, donde un hombre alto de cabellos verdes se encontraba parado.
—¡Lyserg!
—Lamento presentarme sin anunciar, Horohoro —se disculpó entrando a la habitación y cerrando la puerta.
—¿Lyserg? —Preguntó Hana, que no recordaba haber visto a ese señor antes.
—Lyserg es un detective amigo de Yoh —presentó Horohoro cuando se dio cuenta de que no lo conocía—, Lyserg, este es Hana.
—¿Un verdadero detective? —Cuestionó con un tono de emoción que tuvo a los dos adultos soltando unas risitas a pesar de las circunstancias—, ¿cómo las historias de Sherlock Holmes?
—Parece que eres un niño muy inteligente, Hana —observó Lyserg acercándose a la cama—, pero no creo que esté a la altura de esa comparación.
Hana lo miraba con fascinación. Había leído varios libros, además de ver en televisión algunas series de detectives, y siempre había sentido curiosidad por ellos.
—¿Sabes algo de todo el asunto, Lyserg? —Preguntó entonces Horohoro, rompiendo su pequeña ensoñación y aterrizándolo de nuevo a la realidad.
—Yoh me pidió que investigara a Oknox después de que él y tú fueron al orfanato a investigar.
Al escuchar esa declaración, Hana abrió los ojos al sentir un pico de temor atravesarle la espina dorsal. Casi olvidaba las palabras de Yoh de que fue con Horohoro al orfanato. Todavía en ese momento, Hana no sabía qué tanto habían descubierto.
—Y cuando se dio cuenta de que unos hombres extraños vigilaban la escuela, me llamó para ver si había alguna conexión con Oknox —siguió relatando Lyserg.
—¿Hombres extraños vigilando la escuela? —Preguntó Horohoro incrédulo.
—Resulta que sí estaban conectados con Oknox y su objetivo parecía ser secuestrar a Hana —comentó el detective mirando a Hana—. Se supone que Yoh iba a esperarme antes de hacer algo, pero parece que los hombres se Oknox actuaron más pronto de lo pensé y se vio obligado a tomar acción antes de lo planeado. Pero igual, no debió tomar el camino a la pensión, el terreno es demasiado abierto y no tiene lugares donde uno se pueda esconder. Tuvo suerte de que los hombres no estaban disparando a matar, sólo a inmovilizar, porque de lo contrario las cosas serían muy diferentes.
—¿Y a ninguno de ustedes se le ocurrió decirme algo? —Estalló Horohoro en ira, molesto de que tantas cosas estuvieran pasando sin que él tuviera conocimiento—. Por si lo olvidan, yo soy el guardián de Hana, su bienestar es mi responsabilidad.
—Calma, Horohoro —le dijo Lyserg con tono conciliador—, Yoh estaba preocupado de que con todo el asunto de tu madre estuvieras bajo mucho estrés, y él no quería agregar más peso sobre tus hombros.
—¡Eso no importa!
—Además, tú estás haciendo lo mismo, ¿no?
—¿Qué dices?
—No le has dicho a la señora Anna por la misma razón, ¿no es así?
Horohoro calló con una mirada de estupefacción al verse acusado por lo mismo que momentos antes les estaba reprochando. Avergonzado al ser atrapado, bajó la mirada y no dijo más nada sobre ese asunto.
—¿Cómo está, Yoh, señor Lyserg? —Preguntó Hana para mantener el flujo de la conversación y que no cayera en un silencio incómodo.
—Yoh tuvo suerte de que unos amigos de Tamao la estuvieran visitando en esos momentos, y que estos formaran parte de una pandilla que sabe cómo lidiara con ese tipo de situaciones. Fueron ellos los que evitaron que los hombres de Oknox terminaran de matar a Yoh y te secuestraran.
—Mira, Lyserg, ya sé que eres un detective y eso, pero sé un poco más sensible, estás hablando con un niño de seis años —intervino Horohoro al escuchar la explicación.
—Hana tiene derecho a saber lo que está pasando.
—No creo que…
—Horohoro, esto es mi culpa, mi responsabilidad —interrumpió Hana lo que iba a decir Horohoro.
—¡Sólo tienes seis años! Ningún niño debería cargar con este tipo de cosas —le dijo Horohoro airado.
—Horohoro, entiendo que estés preocupado, pero ser directos es la única forma de que no haya malentendidos —comentó Lyserg—, hay que poner las cosas claras y planificar nuestros movimientos. Es obvio que Oknox no soltará el asunto tan fácilmente. Algo oculta, algo lo suficientemente fuerte para que se tome las molestias de mandar a sus secuaces a secuestrar a Hana y estar dispuestos a matar a sangre fría a quien se interponga en su camino.
—¿Qué recomiendas, Lyserg?
—Ahora que Yoh está involucrado en esto, es cuestión de tiempo para que Oknox mande a alguien a terminar el trabajo. Es mejor que él y Hana se escondan por un tiempo, hasta que termine mi investigación y pueda derribar a Oknox.
—¿Esconderse, dices?
—Tenemos que proceder con precaución. Ya hablé con Manta y Ren sobre la situación, ambos están de acuerdo en que Yoh mantenga un bajo perfil por algunos días en lo que se calman las cosas.
—No entiendo. Sé que Oknox es un hombre influyente, pero no pensé que fuera tan poderoso.
—Oknox proviene originalmente de Inglaterra, pero con sus actividades ilegales hizo conexiones con los Yakuza en Japón. Cuando llegó aquí se adentró bastante en sus círculos, convirtiéndose en una figura importante en poco tiempo.
—Pero Oknox siempre le ha tenido miedo a Anna —dijo Horohoro confundido.
—Los Kyouyama son más complicado de lo que sabemos —comentó enigmáticamente Lyserg—, por eso él no se atreve a ir contra la señora Anna o su madre.
—Entonces podemos dejar que Yoh y Hana se queden con Anna.
—No creo que sea prudente —negó Lyserg—, recuerda que su situación en casa no es la mejor.
—Casi me olvido de su "querido marido" —se lamentó Horohoro—. Espera, Anna se irá a Alemania en una semana, ¿y si se van con ella?
—Esa puede ser una opción —concedió Lyserg—. Podemos hablar con Fausto para que les dé el alta a ambos en una semana. Mientras estén aquí, dudo que Oknox se atreva a hacer eso.
—Entonces, está decidido.
—¿No deberías hablarlo con la señora Anna, primero?
Ante esa pregunta, el entusiasmo que Horohoro estaba presentando por haber aportado una buena idea, se desvaneció inmediatamente. Decirle a Anna significaba que debía contarle lo que había pasado y, conociendo su personalidad, era muy posible que no se lo tomara para nada bien. Peor aún, que arremetiera directamente contra Oknox, lo cual podría atraer la atención de personas indeseadas.
—Tienes razón, hablaré con ella después.
Hana los miró conversar. Se había mantenido silencioso durante el intercambio, ya que sabía que con su edad no podía aportar mucho, a pesar de que estaba seguro de que sabía más que nadie de la situación.
A veces conversar con los fantasmas tenía sus ventajas. Desde que ellos se daban cuenta de que podía verlos, le hablaban, a veces pidiéndole favores, otras veces sólo buscando a alguien que los escuchara. Con el paso del tiempo se acostumbró a su presencia, e incluso aprendió a cómo tomar ventaja de su situación.
Lástima que no pudieran ayudarlo a defenderse de Oknox. Justo cuando tuvo ese pensamiento, su mirada se desvió hacia la figura de Lyserg y una idea centelleó en su mente.
—Quizá sí pueda hacer algo, después de todo.
Fin del capítulo 9.
No había escrito un capítulo desde el punto de vista de Hana porque no quería que se revelara su don antes.
Esta es la razón por la que en los primeros capítulos se relata que Hana fue abandonado por sus padres en el orfanato, que nadie lo quería adoptar, y que permanecía sin amigos a pesar de ser un encanto de niño. Este secreto, este poder de ver a los fantasmas, lo aislaba de los demás.
Quería integrar este aspecto de la serie original al fic. ¿Qué tal el plotwist?
Además, está todo el asunto de Oknox. Se le ha hecho mención en varios capítulos, siempre haciendo alusión a sus actividades ilegales. Si han leído el manga sabrán a qué tipo de actividades se refiere, y por qué adopta tantos niños. En fin, creo que es todo por ahora.
Muchas gracias por leer, tengan bonito día.
