Otro mes lleno de estrés, pero ya está listo el siguiente capítulo. ¡Espero lo disfruten!
Capítulo 10: Encontrando la orilla.
—¡Montón de incompetentes!
Un hombre regordete, vestido finamente con un traje de diseñador importado de color negro y unos pantalones a juego, vociferó con enojo. Como si con las palabras no fuera suficiente, deslizó su brazo por la mesa que estaba delante de él y dejó caer todo el contenido al suelo, entre ellos, una taza de porcelana que contenía café y un juego de papeles que se mancharon con el líquido.
—No pueden ni siquiera traerme un niño… ¡UN NIÑO! —Esta vez, sus palabras fueron acompañadas por un golpe contra la mesa con la palma abierta de su mano—. Denme una buena razón para no fusilarlos a todos por inútiles.
Un grupo de hombres con diversas expresiones de temor y oprobio estaba parado frente a él. Ninguno se atrevía a decir palabra, habiendo gastado sus excusas momentos atrás cuando le informaron que no pudieron recuperar el objeto de su interés.
—Señor Oknox —se atrevió a decir uno con apenas un hilo de voz. Cuando la mirada de su interlocutor se clavó en él tuvo que tragar saliva por los nervios—, ese niño no es normal.
—¡¿Otra vez con esa excusa?! —Reclamó con molestia—. Eso mismo dijeron cuando se les escapó de las manos mientras lo traían desde el orfanato.
—Es verdad, señor Oknox. Pasan cosas extrañas alrededor de ese niño —intentó decir otro.
—¡Lo único que pasa alrededor de ese niño es que tiene mucha suerte de que ustedes sean un grupo de ineptos!
—Señor Oknox, debe calmarse, recuerde sus problemas de presión —intervino una nueva voz con tono conciliador.
En la puerta de aquella pequeña habitación se encontraba parado un joven de largo pelo rubio y sonrisa afable que llevaba puestos unas gafas. Con su presencia, los ocupantes dejaron salir un suspiro de alivio, con excepción de Oknox, que sólo le lanzó una mirada recriminatoria.
—Hudson, deja de ser tan considerado con estos idiotas.
El aludido no dijo nada, sólo se acercó a recoger los papeles del suelo que estuvieran intactos, mientras el grupo de hombres miraba nervioso al gran jefe.
—Por culpa de este montón de incompetentes, Yoh Asakura está en el hospital por herida de bala —soltó Oknox, sacando un habano del interior de su saco—. La noticia pronto llegará a oídos de Oyamada y Tao, estoy seguro.
Uno de los hombres se acercó inmediatamente para encenderle el cigarro cuando se lo puso en la boca.
—¿Cree que saben que fuimos nosotros?
—No seas ingenuo, Hudson. Ese niño sabe más de lo que crees.
—Pero ya Hana tiene unos meses viviendo con Usui y no ha pasado nada. A lo mejor no es tan grave como usted cree.
Al escuchar esas palabras, Oknox le clavó una mirada llena de hostilidad. Los demás guardaron un respingo al verlo en ese estado.
—Ese es el problema —comentó Oknox sombríamente—. Cuando estuve en el orfanato fui el epítome de la calidez y cariño que todo niño sin hogar busca, pero por alguna razón ese mocoso se escapó cuando lo iban a traer para acá. ¿Por qué no lo hizo antes, por qué después de formalizar la adopción?
En ese punto se detuvo para tomar una calada de su cigarro y exhalar una nube de humo alrededor. A su vez, Hudson había terminado de recoger los papeles y se había desecho de aquello que ya no servía.
—¡PORQUE EL MOCOSO SABE ALGO! —respondió a su propia pregunta en cólera, golpeando la mesa, esta vez con su puño—. Y ahora está con los Kyouyama, la única familia que tiene el poder de destruirme.
—Quizá no sea tan malo como piensa —le dijo Hudson en un intento por calmarlo—, me parece haber escuchado que hay problemas internos dentro de la familia Kyouyama, quizá pueda usar eso a su favor.
—Prefiero darme un tiro en un pie que volver a involucrarme con esa familia.
—¿Tan malos son?
—Escucha, Hudson —le dijo Oknox con una seriedad escalofriante—, esa Anna no es nada comparada con la arpía de su madre, y mientras más lejos estemos de los dramas de esa familia, mejor.
—¿Qué piensa hacer, en ese caso?
—Con estos inútiles no lograré nada —declaró Oknox exhalando otra bocanada de humo—. Contacta a los Shaft, no quiero más errores.
En otra parte de la ciudad, una mujer elegantemente vestida se encontraba sentada en un mueble frente a una ventana abierta observando el movimiento de unos pájaros revoloteando en el cielo.
Poseía una larga cabellera negra que le caía en ondas por la espalda y un aire de aristócrata o de realeza contemporánea que podía dejar embobados a quien la mirase. Pero lo más llamativo de aquella mujer eran sus ojos, de un penetrante color ambarino capaz de ver hasta la misma alma de quien osase posar los ojos sobre ella.
—¿Alguna novedad? —Preguntó sin mover la mirada de su objeto de contemplación.
—Nada nuevo, señora Kyouyama —contestó una persona a sus espaldas.
—¿Están seguros?
Unas cinco personas estaban paradas detrás de ella mirándola con expresiones variadas que fluctuaban desde el nerviosismo hasta la aparente calma. Una de ellas miró a sus compañeros tratando de encontrar alguna opinión diferente a la suya, pero sólo recibió encogimiento de hombros como respuesta.
—La señora Anna ha estado actuando de lo más normal las últimas semanas —volvió a comentar el que parecía el portavoz del grupo.
—Ya veo —declaró después de varios minutos de silencio—, pueden retirarse.
—Estoy seguro de que Anna ha aprendido a evadir a los paparazis que tienes contratados para seguirla —comentó una persona sentada en otro mueble ubicado frente al de ella.
—Y tú, ¿no tienes nada que decirme, Boris? —Preguntó ella a su vez, prestándole toda su atención.
—Sabes bien que Anna usa la excusa del trabajo para quedarse en la oficina la mayor parte del tiempo —contestó el aludido sin ápice de temor—, y las pocas veces que nos vemos mantiene su distancia.
—Lo único que escucho son excusas, Boris —sentenció la señora Kyouyama con un gesto reprobatorio—. Espero que no olvides quién te ayudó a llegar al lugar donde estás ahora.
—Nunca podría olvidar eso —respondió en un intento por preservar la paz y evitar que el encuentro se convirtiera en una zona de ejecución—, pero Anna es demasiado astuta y resiliente. A pesar de que intenté hacerle la vida un inferno durante nuestro primer año de matrimonio ella no cedió, en cambio, parece que se adaptó y ahora es más escurridiza que antes.
—Tengo el presentimiento de que está planeando algo —sentenció endureciendo la mirada—. Anna nunca fue del tipo de quedarse de brazos cruzados esperando que las cosas ocurran. Hay mucho del señor Kyouyama en ella y por eso sé que debe estar planeando algo.
—¿Aun cuando la vida de su hermano está en juego?
—Los Kyouyama son más despiadados de lo que te imaginas, Boris.
—Pero ella accedió a casarse conmigo porque usaste la vida de Kibou para chantajearla.
La señora Kyouyama le lanzó una mirada de advertencia que Boris captó inmediatamente, decidiendo no volver a tocar aquel tema e irse a aguas más tranquilas.
—¿Qué crees que Anna esté planeando? —Preguntó para tranquilizarla.
—Tú asegúrate de que pida los papeles de divorcio para quitarle la herencia Kyouyama —respondió la señora Kyouyama—, de lo demás me encargo yo.
—Está bien, está bien.
—Espero escuchar buenas noticias, Boris.
Aquellas palabras eran una clara despedida, así que Boris se puso de pie para marcharse de aquel lugar, dejando a la señora Kyouyama en su mueble observando aquellos pájaros revoloteando en el cielo.
—¿Y tú, no tienes nada que decirme? —Preguntó a la aparente nada.
De entre las sombras emergió un joven de cortos cabellos negros y ojos ambarinos, tomando el asiento que previamente había estado ocupado por Boris.
—No entiendo por qué no puedes simplemente soltar a Anna, mamá —soltó el joven, para nada intimidado por haber sido descubierto escuchando aquella conversación privada a la cual no fue invitado—. Todo este drama me parece tan innecesario.
—Si no fueras tan inútil no estaríamos en esta situación —le reprochó la señora Kyouyama, clavando sus ojos sobre los de él.
—Es demasiado trabajo, mamá —respondió a la defensiva—. Además, seguimos recibiendo la parte que nos corresponde todos los meses, no es como si Anna se pueda atrever a cortarnos de la fortuna de papá.
—¿Y por qué crees que es eso? —Preguntó retóricamente—. Si no es por el contrato, hace mucho que estarías en la calle pidiendo limosna.
—Anna no se atrevería…
—¿Estás seguro de eso?
El joven, Kuma Kyouyama, guardó silencio, sabiendo que las palabras de su madre eran ciertas. Sin embargo, seguía considerando que montar todo aquel teatro había sido innecesario, más aún utilizar a Kibou como la ficha de ganga para que todo fuera posible. No es que le tuviera mucho afecto a su pequeño hermano, pero la idea de usarlo de esa forma le retorcía el estómago. Por esa razón se mantenía al margen de las cosas, dejando que su madre actuara según quisiera. Pese a esto, no podía evitar sentir curiosidad por las cosas que pasaban en su familia, por esa razón se escabulló dentro de la habitación cuando se dio cuenta de que Boris estaba en la mansión.
—Eres el legítimo heredero de la familia Kyouyama, toda la fortuna debería estar en tus manos, no en las de Anna —empezó a decir la señora Kyouyama, un discurso que ya Kuma se sabía bien porque lo había escuchado más veces de las que podía contar—. Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti.
—Ya lo sé, mamá…
—Si lo sabes entonces deja de estar desperdiciando tu tiempo y el mío, y ponte a hacer algo productivo.
Kuma bajó la mirada algo cohibido. No sabía si su madre se daba cuenta de que ella y Anna eran demasiado parecidas en ciertas cosas, como provocar pasmó y terror sobre todos aquellos incautos que tuvieran la desdicha de estar en su zona de atención. Sin embargo, prefería no comentar ese tipo de cosas y obedecer a su madre, nunca llevándole la contraria y tratando de mantenerse lo más alejado posible de la línea de fuego cruzado.
Al no escuchar replica a su aseveración, la señora Kyouyama volvió a mirar a aquel cielo sin nubes, donde aquellos pájaros volaban libres y contentos, como si no tuvieran preocupación de ningún tipo. Ante aquel pensamiento alzó una de sus manos. De inmediato, ambas aves se dirigieron hacia su posición, perchándose en sus dedos y mirándola con curiosidad.
—Dales lo que quieren y ellos caerá en tus manos sin pensarlo dos veces —pensó viendo los pájaros, y recordando todas las personas que tenía trabajando para ella para lograr sus objetivos, especialmente Boris.
Si tan sólo su hijo pudiera ser la mitad de ambicioso y astuto de lo que ella esperaba, hace mucho tiempo que Anna habría caído y ellos podrían tener control de la fortuna Kyouyama. Pero le tocó un débil mental que sólo sabe cómo tirar dinero a dos manos sin preocuparse por cómo este llegó a sus manos.
Por eso no podía permitirle involucrarse mucho en sus planes. Anna sabía la debilidad de Kuma y podría utilizarlo contra ella. Por eso lo mejor era mantenerlo ignorante, aunque él buscara la manera de entrometerse.
Sólo así podría obtener lo que anhelaba, y cumplir con aquella venganza que tanto le carcomía el corazón.
Intentó verse contrito para apaciguar la furia de la persona que le reclamaba con ahínco a un lado de su cama, e incluso trató de sonreír de forma conciliadora para ver si eso ayudaba a su situación, pero nada surtía efecto.
—¡Primera vez que te veo en meses y es sólo para mirar cómo te desangras en el suelo!
—Son cosas que pasan —se le escapó decir sin pensar, lo cual fue una mala movida de su parte.
Contrario a lo que esperaba, sin embargo, la joven suspiró con tristeza y se dejó caer en el sillón que estaba al lado de la cama con pesar.
—Pensé que estabas mejor, Yoh —murmuró con una voz que parecía al borde del llanto.
Yoh se asustó de inmediato por el tono que utilizó. Si ya era malo que le estuviera llamando la atención como niño de primaria, peor era cuando empezaba a llorar por su culpa. El reclamo lo podía tomar sin perturbarse, pero no el llanto.
—Estoy mejor, Tamao, de verdad que sí —dijo rápidamente y haciendo gesticulaciones con la mano a fin de llamar su atención—. No he faltado a ninguna de las citas con la psiquiatra y he estado tomando todos mis medicamentos a tiempo.
Quiso decirle que tampoco había tenido otro de sus acostumbrados ataques que siempre terminaban con él lastimado, pero su mente le recordó vívidamente el episodio de unos días atrás, cuando una vez más las voces empezaron a inundar su mente de remordimiento y culpa, torturando su mente y corazón con palabras llenas de veneno.
Tuvo que sacudir la cabeza para sacar esos pensamientos de su mente, a pesar de que podía sentir el inicio de otro ataque al borde de su consciencia.
—Piensa en otra cosa —susurró para sí como una forma de anclarse al presente y no dejarse consumir por los recuerdos—, piensa en…
Justo cuando aquella última palabra salió de sus labios, la imagen de una mujer de largos cabellos rubios e intensos ojos ambarinos llenaron su mente. Todo lo demás dejó de tener significado y sus ojos sólo la vieron a ella. Ni siquiera se dio cuenta cuando su corazón empezó a latir con más fuerza y velocidad que de costumbre, ni de cómo su visitante lo llamaba con insistencia al verlo mirando la pared con una expresión ida.
Todo su ser estaba prendado de ella. Aunque algo en su interior gritara que estuviera mal e intentara arrastrarlo de nuevo al precipicio, la imagen de aquella mujer era más fuerte, y sin notarlo, una sonrisa de bobo adolescente enamorado aflojó en sus labios sin que pudiera controlarlo.
—¡YOH!
Un pellizco en su mejilla lo devolvió al presente de un sopetón, y por reflejo movió su mano para sobarse la parte adolorida mientras miraba a Tamao con un puchero.
—¿En qué estabas pensando? —Preguntó su amiga de la infancia con una expresión curiosa, muy diferente a cómo estaba anteriormente.
—Eh…nada, nada —negó rápidamente, no queriendo revelar el objeto de sus pensamientos.
—No mientas, Yoh, tenías toda la cara roja.
—Seguro viste mal, Tamao, jejejeje… —contestó, riendo nerviosamente.
—Pero me alegro, ¿sabes?
En ese momento, una sonrisa melancólica afloró en la cara de la joven de cabellos rosados, e Yoh sintió una punzada en su corazón al saber que era culpa suya.
—Tamao, yo…
—Mírame, han pasado tantos años, pero me sigo comportando como aquella tímida niña que fue adoptado por los Asakura y que estaba asustada de su propia sombra —comentó antes de que pudiera decir algo.
Yoh la miró con algo de tristeza, conocedor de los sentimientos que aquella joven guardaba en su interior y que él jamás quiso confrontar, pensando que las cosas pasarían y todo quedaría atrás como un sueño lejano.
Ahora que lo pensaba, le debía demasiado, incluso en su año de oscuridad ella intentó ayudarlo a pesar de sus palabras hirientes. Pero estaba tan ido en su dolor que no se dio cuenta de cómo la lastimaba y le rompía el corazón con desdén cuando ella sólo buscaba sacarlo de aquel infierno en el que se encerró después del accidente.
Indiferente a sus lágrimas y a su dolor, Yoh la empujó lejos de su vida, igual que hizo con los demás.
Se daba cuenta que desde que salió del hospital aquella vez, no se había armado de valor para enfrentar a todos aquellos a los que lastimó durante aquel año, ni tampoco hizo esfuerzos por enmendar las cosas con ellos, dejando que todo fluyera sin intervención de su parte.
Su excusa era que no se sentía listo para enfrentarse a aquello, pero la realidad es que nunca se puede estar preparado para ese tipo de cosas. Si no daba el primer paso para arreglar los huecos que dejó antes, nunca arreglaría las cosas y el dolor sólo perpetuaría.
—Lo siento, Tamao —le dijo con pesar.
—No tienes que disculparte, Yoh. No es culpa tuya.
—Lo es y lo sabes —insistió con ojos llenos de seriedad—, te mereces algo mucho mejor.
—No me arrepiento de las experiencias que viví, soy lo que soy ahora gracias a eso —declaró Tamao con una sonrisa sincera que lo dejó en un leve estado de estupefacción—. Todo saldrá bien, ¿no era lo que solías decir?
—Todo saldrá bien —repitió, todavía sorprendido de la fortaleza que Tamao mostraba.
En ese momento, la imagen de un pequeño niño rubio con una enorme sonrisa se coló en sus pensamientos, recordándole aquellas mismas palabras cuyo significado olvidó, pero que gracias a su presencia logró recordar.
Al mismo tiempo, sin embargo, su cerebro le jugó una mala pasada, combinando la imagen del pequeño Hana con la de Anna y creando un cuadro familiar que hizo que su corazón palpitara con anhelo y emoción. Lo podía ver en su mente, a los tres parados uno al lado del otro, con Hana en el medio tomado de la mano de ambos y sonriendo sin ninguna preocupación en el mundo, mientras él y Anna se miraban cómplices.
Fue en ese momento que Yoh se dio cuenta de algo, y aquel descubrimiento lo dejó sin aire. Casi por instinto, su mano fue a parar a su pecho para comprobar como su corazón latía desbocado cada vez que sus pensamientos se desviaban hacia ella.
No había dudas, Yoh Asakura se había enamorado total e irrevocablemente de Anna Kyouyama.
—Pero no debo… —murmuró, bajando la mirada.
¿Por qué tenía que ser Anna Kyouyama?
Ella era su cliente, encima de que estaba casada…
—No por mucho —su mente susurró en tentación.
Anna Kyouyama era una mujer de temple de acero, con una fuerza formidable, capaz de poner de rodillas hasta al más valeroso de los hombres. Sin mencionar su gran belleza, su porte inmaculado y sus ojos tan intensos que podían atrapar a cualquiera en sus redes.
Pero también era una mujer inalcanzable, con quien no debía ni podía iniciar una relación, no sólo por las circunstancias en las que ambos estaban metidos, sino también porque sentía que estaría traicionando la memoria de su difunta esposa.
—¿Qué debería hacer? —Pensó mirando al techo, esperando encontrar una señal que le indicara cómo proceder.
—Estás actuando demasiado raro hoy, Yoh —observó Tamao, sacándolo otra vez de su pequeña burbuja.
—¿Raro? —Inquirió confundido—. ¿Por qué dices eso?
—Pero repito, esto es mucho mejor a cómo estabas antes.
—Cualquier cosa es mejor a como estaba antes —comentó con una sonrisa triste—, pero no sé si tenga derecho a sentirme así.
—Lo que siempre admiré de ti fue tu optimismo y tu fe en los demás —le dijo Tamao con una convicción que lo dejó deslumbrado—, pero eso también lo puedes aplicar a ti mismo, ¿sabes? No tienes que cargar con el peso de todo tú solo, aquí estamos sin importar lo que pase, y si quieres hablar, aquí estoy para lo que necesites.
—Eres increíble Tamao, muchas gracias —le agradeció con sinceridad, soltando una pequeña risita cuando vio las mejillas de su amiga de la infancia teñirse de rojo—. La persona que te espera tendrá mucha suerte de tenerte a su lado.
Tamao le sonrió, con aquel gesto lleno de timidez que los transportó de nuevo a momentos más simples, cuando su única preocupación en la vida era cuándo saldría el próximo disco de Soul Bob y cómo lo compraría.
—Lo que tiene que pasar, pasará —pensó, mirando a través de la ventana cómo el Sol brillaba con su resplandor acostumbrado en aquel cielo azul lleno de esperanzas—. Todo saldrá bien.
Cuando el silencio se prolongó más tiempo de lo esperado, Horohoro comenzó a sudar frío bajo la camisa de mangas largas que llevaba puesto. Por suerte se había deshecho del saco y la corbata momentos atrás porque de lo contrario el sentimiento de incomodidad sería el triple o el cuádruple de lo que estaba sintiendo en esos momentos.
Si no fuera política de la empresa, Horohoro no se pondría esa ropa tan formal ni loco, pero ya suficientes críticas recibía por estar ahí como para agregarle más al asunto. Además, sólo tenía que mostrarse algunas veces así para callarles la boca y dejarlos en estado de pasmó por verlo en esas oficinas. Debía confesar que la expresión en sus rostros le ponía de buen ánimo, y casi, casi, hacía que valiera la pena todas las molestias de vestirse tan formal.
—Y esperarte hasta hoy para decirme —aquellas palabras lo sacaron de su pequeña ensoñación y Horohoro volcó toda su atención de nuevo en la imponente figura que se encontraba sentada en el otro lado del escritorio de donde él estaba—, aunque tengo la sospecha de que no pensabas decirme nada y pretendías meterlos en el avión sin mi conocimiento si no te hubiera llamado.
Horohoro quiso sonreír con inocencia ante aquella acusación, pero la mirada de Anna lo congeló en su lugar y apenas pudo concebir una mueca de incomodidad que casi bordeaba en la culpabilidad.
—Vamos Anna, no te pongas así —empezó a decir con un nerviosismo que intentó ocultar sin mucho éxito—, sabes que no lo hice con mala intención.
—Todos sabemos que no tienes la cabeza bien puesta, querido hermano —respondió mordaz, poniendo énfasis en la última parte.
—Hasta el mismo Lyserg está de acuerdo en que lo mejor es que Yoh y Hana se vayan contigo a Alemania hasta que él pueda terminar su investigación sobre Oknox.
—Sabes muy bien que no estoy molesta por eso.
—Ya sé —contestó con un suspiro de resignación.
La verdad es que no quería decirle a Anna lo ocurrido, sabiendo lo sobreprotectora que era con Hana, pero después de postergarlo por casi una semana, poniendo excusas para evitar que Anna visitara al pequeño en su apartamento, para luego ceder cuando sus sospechas amenazaron su bienestar físico, y terminar diciéndole que Hana estaba en el hospital, Horohoro no vio manera de seguir tapando todo el asunto.
Así que cuando ella lo citó a la oficina, Horohoro supo que no tenía escapatoria. Podía no haber ido, por supuesto, pero Anna siempre lo encontraba donde sea que se metiera. Por eso decidió que lo mejor era enfrentarla y contarle todo.
—Aparte de algunos rasguños y del susto por lo que pasó, Hana está bien —comentó sin atreverse a mirarla a los ojos—. El que salió peor parado fue Yoh, pero Fausto dice que no fue nada serio.
—Ya me encargaré de Oknox cuando regrese —sentenció Anna con dureza.
—Debes tener cuidado, Anna —señaló Horohoro mirándola de reojo, notando cómo su ceño se fruncía por sus palabras—, yo no sabía que Oknox fuera tan peligroso.
—Seguro son exageraciones.
—Mandó a secuestrar a un niño a plena luz del día —le recordó con expresión seria—, y le disparó a un hombre que está conectado con los Oyamada. Esas no son cosas que una persona haría a no ser que estuviera seguro de que se saldría con la suya.
—¿Qué quieres insinuar con eso, Horohoro?
Esta vez, Horohoro no le rehuyó la mirada y clavó sus ojos en los de ella.
—Deja que Lyserg se haga cargo de Oknox y concéntrate en el caso.
—Le tienes demasiada confianza a ese Lyserg Diethel.
—Ren y Manta confían en él.
Horohoro le sostuvo la mirada, esperando que esa demostración fuera suficiente para convencerla de confiar en sus palabras.
—Tú ganas —declaró Anna con los ojos entrecerrados—. Voy a dejar que Diethel se ocupe de Oknox mientras estoy en Alemania, pero una vez que regrese pondré a ese idiota en su sitio por atreverse a cometer semejante locura contra un niño que él sabe muy bien que está bajo mi protección.
—Supongo que es lo que mejor que puedo obtener de ti, dadas las circunstancias.
—Espero que no sigas ocultándome cosas —replicó Anna con un tono de advertencia que lo puso a sudar frío de nuevo—. Ahora anda a preparar las cosas de Hana para el viaje.
—Sí, Anna —respondió Horohoro arrastrando los pies al levantarse.
—Confío en que le sacaste el pasaporte a Hana.
—¿Por quién me tocas? —Preguntó en un tono de ofensa fingido—. Eso fue lo primero que hice.
—Déjame adivinar, Diethel te mandó a hacerlo.
—Eh… —Horohoro trató de buscar una excusa al verse descubierto—, mira la hora, que tarde es…Mejor seguimos hablando en otro momento.
Dicho esto, salió con pasos apresurados de la oficina, tomando su saco y corbata en el camino.
A pesar de sus reservas iniciales, debía admitir que la conversación con Anna salió mejor de lo que esperaba. Ahora sólo podía esperar que fuera igual para todo lo demás.
Fin del capítulo 10.
En este capítulo finalmente tuvimos un pequeño acercamiento a la perspectiva de Oknox y la señora Kyouyama.
Pero además...¡YOH SE HA DADO CUENTA DE QUE ESTÁ ENAMORADO DE ANNA!
Debo confesar que eso no estaba planeado en este capítulo, simplemente se dio y dije...¡A buena hora xD! Ahora sólo falta Anna.
En fin, muchas gracias por su paciencia. Hasta la próxima.
