Capítulo 6: Truco o trato

Aquella mañana de Halloween, la habitación de los merodeadores amaneció completamente patas arriba, casi parecía que hubiera sido agitada por un huracán en pleno apogeo, que había sacudido con fuerza el desorden habitual de la estancia, transformándolo en el caos más absoluto.

Restos de botellas de vidrio descansaban sobre el suelo de la estancia, desperdigadas y entremezcladas con cientos de prendas sin propietario aparente, que despedían un fuerte olor a licor añejo y aliento de dragón. Algunas de ellas incluso, habían terminado hechas añicos y sus cristales esparcidos por el suelo, conformando una trampa mortal involuntaria, para los pies descalzos de cualquier incauto despistado.

Y a esa singular estampa, había que añadir, la de una de las camas de los muchachos, cuya base se encontraba completamente hundida, con la tabla central partida por la mitad y coronada por millones de plumas, algunas de ellas ligeramente chamuscadas, que se habían escapado del desvencijado edredón que había sobre ella, en cuyos actuales agujeros hubiera podido introducirse a la perfección, la cabeza de una persona, e incluso la de un hipogrifo.

Peter Pettigrew dormía plácida y profundamente en una cama que no era ni de lejos la suya, dejando escapar de vez en cuando, alegres y rítmicos ronquidos, que no tardaron demasiado en despertar a su compañero provisional de cama. Y es que a Remus Lupin, le había tocado compartir su lecho con el rubio, después de que tras la agitada celebración de la noche anterior, la cama de su amigo hubiera quedado accidentalmente destruida por el encantamiento explosivo bombarda.

No obstante, a pesar de que habría podido ser arreglada con un sencillo conjuro reparo, aquella noche ninguno de los muchachos estaba en plenas facultades físicas o mentales para realizar el hechizo con éxito, por lo que decidieron que lo más inteligente era esperar al día siguiente para repararla.

El origen de la improvisada reunión no había sido otro que el agitado estado anímico de Sirius Black. El moreno había llegado aquella noche a la habitación tan enfadado y destruido, después de ver a Alison y Regulus salir juntos de aquel cuarto, que a su amigo James no se le había ocurrido nada mejor para reconfortarlo, que recurrir a su alijo privado de aquel licor que él mismo había fabricado hacía ya dos cursos, y que nunca antes se había atrevido a probar, por miedo a quedarse ciego como poco.

No obstante, no tenían nada más a mano. Por lo que era eso o chupar un sapo marino de esos que campaban a sus anchas en la orilla del Lago Negro, y cuya piel provocaba intensas alucinaciones.

—¿Qué mierda nos hiciste beber ayer, Prongs? — aulló Sirius levantándose a duras penas de la cama, sujetando con una mano su frente para tratar de controlar los intensos pinchazos de dolor que le taladraba el cráneo.

Automáticamente, James abrió un ojo alertado por la voz ronca de su amigo, y enterró la cabeza bajo la almohada en respuesta.

—Recordadme no volver a probar nunca ni una gota más de nada que haya preparado James — gimió Remus incorporándose rápidamente de la cama, para a continuación salir corriendo en dirección al cuarto de baño para vomitar, esquivando para ello los cristales esparcidos por el suelo.

—Si cada vez que tengas un drama con mi prima vamos a acabar así, casi que prefiero ir a Azkaban por matarla, para ahorrarnos a todos el sufrimiento — bromeó James en tono de lamento, mientras trataba a toda costa de evitar el impacto de los rayos de sol, que se filtraban a través de las rendijas de la cortina, como si de un vampiro se tratara.

—Pues yo no me siento tan mal — comentó Peter dejando escapar un largo bostezo, mientras se levantaba todavía algo adormilado de la cama de Remus.

—Claro animal, porque en lugar de beberte la mierda que preparó James, la derramaste por todo el suelo — exclamó Sirius mientras se quitaba la camiseta del día anterior y la lanzaba sobre la cabeza del rubio, que rápidamente la apartó de un manotazo, con una involuntaria mueca de asco dibujada en el rostro.

Sirius volvió a tomar asiento sobre su cama y soltó un largo suspiro, mientras se desordenaba nerviosamente el cabello con las manos.

—Lo peor es que aunque me siento como si me hubiera tomado una marmita del filtro muertos en vida, no he conseguido solucionar nada. Aún no sé cómo nargles debería reaccionar, ni que decir o hacer después de lo que pasó ayer. ¿Se supone que debería hablar con ella? ¿con Regulus? ¿con ninguno? — preguntó al aire, sin esperar en ningún momento una respuesta clara por parte de sus amigos.

—Sé que posiblemente me odies por decir esto, pero sigo sin creer que vieras lo que dices que viste — comentó James apretando con fuerza los ojos, completamente cegado por la hipersensibilidad a la luz que le había provocado el dichoso alcohol.

—Aún sé sumar dos y dos, Prongs — bufó el moreno molesto, porque a pesar de las circunstancias, su amigo siguiera confiando en la honestidad de su prima.

—No volveré a beber nunca en la vida — anunció Remus saliendo a trompicones del baño, con la mano sobre el estómago y el rostro completamente pálido, tanto que parecía que el castaño hubiera sido víctima del maleficio tragababosas.

—¿Estás seguro de que hablaras con Sarah llevando esa pinta? — preguntó Peter observando con detenimiento el paso errante y descoordinado del merodeador.

—Tengo que hacerlo, ya os dije que hace unos días que las cosas se han vuelto raras entre nosotros y no quiero que sigan así por más tiempo. Además, estoy seguro de que le pasa algo. No deja de huir o evitarme cada vez que me acerco — suspiró Remus, volviéndose a dejar caer sobre la mullida cama.

—Pues si no quieres que vuelva a huir, es mejor que te laves los dientes a conciencia — bromeó James haciendo una cómica mueca de asco.

Remus por su parte, cogió la almohada de la cama y se levantó para golpear repetidamente con ella en la cara a su amigo, mientras repetía una y otra vez '¿Y de quién es la culpa?', acompañado por las sonoras carcajadas de Peter y Sirius animándolo, y las ahogadas súplicas de James, instándolo a que se detuviera.


Regulus Black y Alison Potter caminaban aquella mañana uno junto al otro por uno de los despejados pasillos de las mazmorras, en dirección al aula de Pociones.

El slytherin se había comprometido a ayudar a la rubia con las pociones alisadoras para la fiesta de Halloween de esa noche, al sentirse en deuda con la muchacha por la ayuda y apoyo que le había brindado desinteresadamente el día anterior, y la chica había aceptado sin dudarlo ni un momento, enormemente agradecida.

A decir verdad, gracias a los remedios de la señora Pomfrey, las lesiones del moreno se habían curado en su mayoría, y a penas eran ya apreciables. Sobre todo teniendo en cuenta, que para su suerte, finalmente Nott y sus matones, no habían conseguido romperle ninguna costilla ni ningún otro hueso.

—Ahora que tenemos más confianza, ¿puedo preguntarte algo, Ali? — se atrevió a decir Regulus observándola de reojo, mientras incorporaba el Cabello de Dragón Asiático al caldero.

La chica salió de su ensimismamiento y levantó rápidamente la cabeza para dirigir su mirada al moreno, divertida por la pregunta.

—¿Va a ser una de esas preguntas por las que me vea obligada a matarte después de responder? — bromeó enarcando una ceja.

—Es muy probable — admitió algo cohibido, rascándose con nerviosismo la nuca.

—Está bien, dispara. Es mejor despegar las tiritas de golpe — suspiró, completamente convencida de que la pregunta de su amigo no sería ni mucho menos fácil de responder.

—¿Por qué dejaste a Sirius? — soltó de sopetón, consiguiendo que sorprendida por su pregunta, la chica abriera mucho los ojos y le observara confusa.

Alison reflexionó unos segundos antes de atreverse a contestar, tratando de deducir el porqué de la pregunta de Regulus.

Pero finalmente optó por mentir una vez más. Pues tal y como dicen, a veces una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Y quizás para su suerte, también sería así en esta ocasión.

—Porque hizo una apuesta sobre si conseguiría conquistarme — contestó con obviedad, volviendo a centrar la atención en su caldero.

—Ya pero yo me refería a la razón real, no a esa que te has esforzado en repetirle a todo el mundo, para tratar de convencerte a ti misma de que es así — aclaró Regulus con valentía.

Alison levantó nuevamente la vista y le observó con incredulidad.

Regulus tenía el don de calar a las personas, quizás fuera por la característica audacia de los slytherin o porque era algo innato en él, pero casi sentía que el muchacho podía ver a través de ella con sus hipnotizantes ojos verdes.

—Está bien — concedió dejando escapar un largo suspiro — Reconozco que al principio hasta yo me creí lo de la apuesta, mi inseguridad se encargó diligentemente de que lo hiciera. Pero, tras un par de días, acabé por darme cuenta de que nada de eso tenía ningún sentido — confesó por primera vez en voz alta.

No se lo había contado a nadie, ni siquiera a sus amigas. Regulus era la primera persona con la que se había atrevido a sincerarse al respecto.

—¿Entonces? — preguntó el muchacho notablemente confundido por las palabras de la rubia.

—Entonces, acababa de recibir una carta de mis padres en la que me informaban de que cada vez estaban más cerca de cerrar el trato de mi futuro matrimonio — explicó sintiendo una punzada de dolor en el corazón, al rememorar aquel doloroso recuerdo — Y en ese momento, en lo único que podía pensar era en que era la oportunidad perfecta para acabar con algo que de todas formas tendría que acabar tarde o temprano, y seguramente lo haría con mucho más dolor y sufrimiento — suspiró avergonzada, volviendo la mirada de nuevo hacia el moreno.

Y por primera vez Regulus lo entendió.

No era que Alison no hubiera confiado en la palabra de Sirius, simplemente había preferido quitar la tirita de golpe cuando aún no estaba lo suficientemente pegada, para evitar el intenso dolor que sentirían ambos, cuando finalmente tuvieran que alejarse para que ella pudiera casarse con otra persona.

Pero aunque entendía a la perfección sus razones, no podía estar ni mucho menos de acuerdo, porque indirectamente había hecho sentir culpable a su hermano por algo, que el muchacho ni tan siquiera había hecho.

—Pero, ahora es tu prometido — volvió a intervenir Regulus pensativo.

—Si, pero ahora es demasiado tarde, Reg. Le he hecho daño, le he roto el corazón sin ningún motivo. No puedo pedirle simplemente que me perdone y que todo vuelva a ser como antes, por no hablar de las cosas horribles que le dije el día de nuestro compromiso — se lamentó, sentándose sobre una de las banquetas de la sala mientras se cubría el rostro con las manos, completamente derrotada.

—Nunca es tarde para pedir perdón — insistió Regulus, acercándose hacia donde se encontraba la muchacha y tomándole las manos con delicadeza para apartarlas de su rostro.

La chica le observó dubitativa.

Regulus tenía razón.

No había sido ni mucho menos justa con Sirius, y desde luego ese no era ni mucho menos el tipo de cosas que haces a alguien a quien amas, pero se había metido en un laberinto sin salida por su propio pie, y no parecía haber solución posible al respecto, ni siquiera con unas elaboradas y extensas disculpas.

—Es mejor así — trató de convencerse a sí misma.

—¿Mejor? ¿Mejor para quién? Porque no creo que sea mejor para ti, ni mucho menos mejor para él — soltó con sinceridad Regulus enarcando una ceja.

No sabía si le molestaría lo que acababa de decir, pero de ninguna forma pensaba mentirle, estaba seguro que la rubia no esperaba eso de la amistad entre ambos.

—Ya — volvió a suspirar — Pero Reg, incluso piensa que tengo algo contigo, ¿cómo se supone que voy a arreglar eso? — preguntó con frustración, recordando el inconveniente incidente del cuartucho del día anterior.

Regulus sonrió por un momento.

Probablemente no era el momento para hacerlo, después de todo ella no era la única preocupada por lo que pudiera pensar su hermano respecto a su relación, pero la rubia le inspiraba tanta ternura que no pudo evitarlo y cambió un poco el tono de la conversación.

—Si, a Sirius nunca se le dio bien eso de compartir, no lleva demasiado bien lo de no ser el centro de atención — bromeó Regulus, tratando de quitarle hierro al asunto.

—¿Perdona? — preguntó Alison sorprendida por las palabras de su amigo —¿No es a ti a quien vuestros padres tienen en un altar y con quién comparan a Sirius constantemente? — reclamó, defendiendo involuntariamente al merodeador.

Regulus dejó escapar una carcajada ante el repentino arrojo y empeño de la muchacha por defender a su hermano.

—Sé que probablemente te cueste creer esto Ali, pero yo soy el premio de consolación — sonrió con tristeza — Sirius es el hijo que siempre desearon. Apuesto, fuerte, valiente, con carácter, decidido. Pero el karma puso todas esas cualidades que tanto deseaban en sus hijos, en contra de ellos y sus ideas — explicó visiblemente afectado, tratando de contener el temblor que se había apoderado de su voz.

No lloraría. Al menos no delante de ella.

Alison no pudo evitar rodear al moreno con sus brazos al escuchar sus palabras, casi como si de un acto reflejo se tratara.

Su vida no había sido fácil ni mucho menos, pero la de los hermanos Black había sido un completo infierno en comparación, y si de ella dependía, estaba decidida a hacer lo imposible por tratar de cambiar el ritmo de las vidas de ambos muchachos hacia algo mucho mejor.

—Entonces, ¿hablarás con él? — preguntó Regulus en tono de súplica.

—Sí — prometió Alison, con la mirada fija en los ojos de su amigo.

Estaba decidido.

A más tardar esa noche, se sinceraría con Sirius y le contaría toda la verdad.

Le había hecho falta que llegara Regulus a tirarle de las orejas para hacerlo, pero ya no había vuelta atrás, de una vez por todas afrontaría las consecuencias de todas las decisiones erróneas que había tomado hasta ese momento.


Sarah y Lily caminaban en dirección al Gran Comedor, dispuestas a disfrutar de un nutritivo desayuno que les proporcionara la energía suficiente para afrontar lo que restaba de día, cuando un sonriente James Potter, irrumpió su paso adelantándoles por la izquierda, para inmediatamente después, situarse frente a ellas mientras caminaba de espaldas.

—Evans, necesito hablar urgentemente contigo, es una cuestión de vida o muerte — anunció el castaño, consiguiendo que ambas muchachas detuvieran abruptamente su paso y lo observaran con confusión.

La pelirroja asintió algo dubitativa y siguió al castaño en dirección a uno de los patios de la escuela sin rechistar, no sin antes disculparse con la pobre Sarah, a la que ambos habían dejado como se suele decir, compuesta y sin novio.

El chico parecía algo nervioso, por lo que Lily pensó que quizás se trataba de algo importante y no una de las tonterías habituales del merodeador. No obstante, ese no era ni de lejos el caso, pues aunque James había alejado a Lily con una razón legítima y verdadera, en realidad todo había sido una estratagema de los merodeadores para que Sarah se quedara a solas durante unos minutos.

—Hola — pronunció una voz grave a espaldas de la castaña.

La muchacha reconoció instantáneamente a su propietario y rápidamente se dio la vuelta.

—Ho...hola — balbuceó, inevitablemente sorprendida por la inesperada cercanía del chico.

—Yo... quería hablar contigo — informó el muchacho algo cortado, mientras desviaba la mirada.

—Si, a decir verdad, yo también quería hablar contigo — reconoció la muchacha con la vista fija en el suelo.

Claramente las palabras no eran lo suyo, y no parecían ser lo del muchacho tampoco. Quizás fueran muy diestros en lo que a estudios se refería, pero en tema de sentimientos y comunicación, claramente tenían ambos una o varias materias pendientes.

—Lo siento — pronunciaron ambos al unísono, levantando rápidamente la mirada confundidos.

Y tras mirarse mutuamente durante unos segundos en silencio, ambos rieron.

—Empieza tú — ofreció Remus, haciendo un gesto con la mano para invitar a hablar a la muchacha.

—¿Lo sientes?, ¿por qué? que yo sepa no has hecho nada... — preguntó aún más confundida, escudriñando al castaño con la mirada.

—Yo pensé que quizás te había molestado algo que hubiera dicho o hecho, pero si te soy sincero no he sido capaz de adivinar que era — explicó el chico, algo cohibido por su torpeza.

Sarah dejó escapar un largo suspiro.

—No has hecho nada, Remus — explicó enlazando sus manos con las del muchacho — Sé que he estado rara, pero me sentía insegura y avergonzada y no sabía bien cómo decírtelo — reconoció algo apurada, desviando sus grandes ojos marrones nuevamente en dirección al suelo.

—¿Avergonzada por qué? — interrogó perplejo, elevando la barbilla de la chica con delicadeza para obligarla a mirarlo.

—Porque tú tienes mucha experiencia y no quiero meter la pata y que pienses que soy una completa inútil y no valgo para esto — confesó finalmente elevando el tono de voz, a la vez que gesticulaba con las manos, liberando gran parte de la frustración que había sentido hasta ese momento.

En un principio, Remus se quedó totalmente mudo, sin entender ni una palabra de lo que estaba tratando de decirle la castaña. No obstante, casi como si hubiera sido golpeado por una bludger loca en la cabeza, rápidamente cayó en la cuenta de a qué se refería la muchacha exactamente.

—Escúchame Sarah, he confiado en ti para contarte mi mayor secreto y nunca antes lo había hecho con nadie. Creo que eso demuestra lo mucho que significas para mí. Siento si he ido más rápido de lo que esperabas, pero a pesar de lo que haya podido parecer, lo cierto es que no tengo ninguna prisa. Es la primera vez que me siento así respecto a alguien, y quizás me he dejado llevar un poco por la pasión — rió entrecerrando los ojos ligeramente avergonzado, haciendo sonreír involuntariamente a la muchacha, que gracias a sus palabras estaba visiblemente menos tensa.

Gargolas Galopantes, de nuevo esa preciosa sonrisa que conseguía acelerarle el corazón.

—Yo... no creo que vayas demasiado rápido, es solo que necesito que me enseñes, porque no tengo mucha experiencia. Bueno decir que no tengo mucha sería mentir, no tengo ninguna experiencia en absoluto — reconoció siendo invadida nuevamente por una creciente inseguridad, mientras se rodeaba a sí misma con los brazos.

—Amor, nadie nace sabiendo — suspiró Remus, frotando con cariño los hombros de la chica — Me da exactamente igual que tengas o no tengas experiencia, vamos a nuestro ritmo, sin acelerar nada. Hagamos cada cosa a su debido tiempo, cuando llegue el momento y ambos estemos preparados. Pero entre tanto, háblame, por favor, si te pasa algo o te molesto en algún momento quiero saberlo. Sé que probablemente no sea el más indicado para decirlo, pero creo que ambos deberíamos tratar de ser sinceros el uno con el otro en lugar de huir — riñó ligeramente el merodeador, sin disminuir ni un ápice su sonrisa.

Amor, era la primera vez que Remus se dirigía a ella con esa palabra y por un momento pensó que había sido la palabra más bonita que había escuchado escapar de entre los labios del castaño.

—Tienes razón — reconoció Sarah algo arrepentida, aunque sumamente aliviada por haberse atrevido a sincerarse finalmente con Remus respecto a cómo se sentía.

—¿Eso significa que ya puedo volver a besarte? — preguntó el muchacho con picardía.

Sarah simplemente asintió con timidez, recibiendo con gusto los suaves labios del castaño sobre los suyos, mientras envolvía con cariño el cuello del chico con sus brazos.


—¿Aún tenemos que alejarnos más, Potter? — cuestionó Lily en tono de queja, arrastrando los pies por el césped del patio.

—No, creo que ya es suficiente — sonrió el muchacho, deteniéndose en seco y girándose para observarla, a la vez que escondía las manos en los bolsillos traseros de su pantalón.

La muchacha le observó con desconfianza.

—¿Y bien? — preguntó, elevando las palmas de las manos con impaciencia.

Su estómago ya había empezado a rugir con fuerza, clamando por unas deliciosas y crujientes tostadas con mermelada, y una taza rebosante de chocolate caliente en el que ahogarlas. Probablemente fuera una guarrería, pero a la pelirroja le encantaba esa extraña combinación.

—Verás, resulta que ha llegado a mis oídos que el director Dumbledore convenientemente ha mandado remodelar el suelo de la Casa de los Gritos esta semana, para nuestra próxima excursión con Remus — explicó el merodeador.

—Y eso es de nuestra incumbencia porque...— intervino la chica, sin entender el objetivo de contarle un dato tan irrelevante como ese.

—Pues porque como sabrás, era el sitio perfecto para celebrar la fiesta clandestina de Halloween, y bueno he pensado que ya que la organizaron los hufflepuff el año pasado, este año podríamos proponer al resto de casas celebrarla en nuestra sala común — propuso James entrecerrando los ojos, preparado para que la pelirroja comenzara a soltar sapos y culebras por la boca, como consecuencia de su sugerencia.

—¡¿Te has vuelto loco?!. Si nos pilla la profesora McGonagall nos va a hacer limpiar una por una cada aula del castillo — exclamó Lily, escandalizada por la descabellada e increíblemente arriesgada proposición del merodeador.

—Si es bastante probable — admitió el castaño — Pero no podemos quedarnos sin fiesta, y créeme, tengo claro que tú no romperías una norma aunque te fuera la vida en ello — comentó James, consiguiendo que Lily rodara los ojos en respuesta.

—¿Entonces qué me estás pidiendo exactamente? — cuestionó en tono serio, impaciente porque el chico hablara de una vez por todas con claridad.

—Sólo que por un día hagas la vista gorda, prometo tomar todas las medidas necesarias para que ningún profesor se entere, hechizos silenciadores incluidos. Y por supuesto, si nos pillan seré yo quien cargue con todas las culpas, diré que tú no tuviste absolutamente nada que ver — prometió el muchacho arrodillándose frente a ella, a la vez que juntaba las palmas de las manos.

A decir verdad, la fiesta de Halloween era prácticamente una tradición a esas alturas, y para ser sinceros a ella también le apetecía mucho celebrarla. Desde su llegada a Hogwarts había tenido drama para dar y tomar, aderezado con una buena dosis de deberes e interminables clases, por lo que incluso ella necesitaba descansar y desconectar un poco.

—Está bien — concedió, tomando de una mano al chico para instarlo a levantarse, y evitar así convertirse en el centro de las miradas.

—¿De verdad? — preguntó el muchacho emocionado — Les dije a todos que eras la mejor y que no nos decepcionarías — añadió tomándola por las mejillas, para a continuación desperdigar una decena de besos de agradecimiento en ellas.

El contacto de los labios del chico contra su piel se sentía tan extraño y sorprendentemente agradable, que se obligó a sí misma a separarlo de ella.

Y allí estaba frente a ella un alegre y agradecido James Potter, que la observaba con una amplia sonrisa dibujada en el rostro.

—Vale Potter, ya he dicho que sí, ¿puedo ir a desayunar? — inquirió, impaciente por dejar atrás esa incómoda situación cuanto antes.

James pareció dudarlo por un instante, pero tras mirar en dirección a la espalda de la joven, finalmente asintió.


James Potter había organizado finalmente la tan esperada fiesta de Halloween clandestina, con el sorprendente beneplácito de Lily Evans, por lo que alumnos de todas las casas a partir de cuarto curso, habían invadido por completo la sala común de Gryffindor por esa noche, incluso alguno que otro slytherin despistado.

La decoración temática invadía la estancia, inundando de guirnaldas negras y naranjas cada recoveco de la sala, en compañía de terroríficas calabazas talladas, desperdigadas por el suelo, y deliciosos y azucarados dulces, esparcidos por todas y cada una de las superficies de la habitación.

El castaño había conseguido incluso que los alumnos más aplicados de Pociones de cuarto curso, prepararan una humeante marmita de terrorífico y sangriento ponche, aderezado con una gran cantidad de alcohol, y alguna que otra poción no autorizada de efectos desconocidos, pero ni mucho menos mortal.

La canción que daba inicio a la serie muggle Dr. Zitbag's Transylvania Pet Shop sonaba a todo volumen taladrando los oídos de los asistentes, oportunamente acallada tras las paredes de piedra con hechizos silenciadores, por lo que los profesores debían acercarse mucho a la puerta de la sala, para llegar a escuchar el sutil ruido que se filtraba a través de la misma, lo que hacía casi imposible que los pillaran.

Pero aquella noche, Sirius Black no estaba de humor para ninguna fiesta, y mucho menos para una multitudinaria. Por lo que se había apoderado de uno de los sillones de la sala, mientras bebía sin control, tratando de apagar ligeramente su dolor y amargura.

El moreno permaneció estático durante aproximadamente una hora, hasta que movido por un repentino impulso levantó de golpe la vista. No lo pensó demasiado. Para ser sincero, no lo pensó en absoluto, sólo miró a la muchacha a la que hasta entonces había amado, y le dio un largo trago a su bebida antes de levantarse de su asiento con decisión.

Podía echar la culpa al alcohol, pero eso sería engañarse a sí mismo, pues lo que realmente le movía era la ira. Bueno, la ira y que por su causa tenía el corazón roto en mil pedazos.

El muchacho se dirigió hacia la improvisada pista de baile, donde se divertía despreocupadamente, la persona que como consecuencia de sus irracionales celos, le había arruinado la vida sin miramientos. Y sin hacer alarde de demasiada delicadeza, la obligó a darse la vuelta tomándola por el hombro.

La morena se volteó y le observó notablemente confundida, por su voluntaria cercanía y su indescifrable gesto.

Desde que su elaborado plan había surtido el efecto esperado, Sirius apenas había reparado en su existencia, casi parecía haberse convertido a ojos del muchacho, en uno más de los fantasmas que acostumbraban a deambular por el castillo.

El merodeador miró una vez más hacia donde se encontraba parada Alison, y cuando su mirada se cruzó con la de ella, tomó a la morena de las mejillas y chocó sus labios contra los de ella, sin despegar en ningún momento la mirada de los ojos zafiro de la rubia.

La morena se sorprendió al principio, pero no tardó en entregarse a las atenciones del muchacho, besándole apasionadamente. Llevaba tanto tiempo esperando ese momento que a duras penas podía controlar el temblor de sus manos, ahora instaladas sobre el cálido y fornido pecho del merodeador.

Las manos del chico recorrían sin ninguna delicadeza cada recoveco del cuerpo de Liss por encima de la escasa tela de su vestido de lentejuelas azules, recreándose en la curva de su espalda desnuda.

Parecía desatado. ¿Debía ponerle freno?. Después de todo estaban en medio de la sala común de Gryffindor rodeados de gente. Probablemente debiera hacerlo, pero su contacto se sentía tan bien...

Y mientras la morena permanecía con los ojos cerrados disfrutando de su toque, Sirius por su parte, continuaba con la mirada fija en la de la rubia. Era más que consciente de que le estaba haciendo mucho daño, pero en ese preciso momento, el orgullo era más grande que la compasión que podía llegar a sentir por ella.

Nunca antes se había sentido tan traicionado y pensó que eso sumado a su notable intoxicación, justificaba todos y cada uno de sus actos.

No obstante, cuando observó como la rubia, claramente superada por la situación, se daba la vuelta e iba en dirección a la puerta de salida de la sala común, se separó de golpe de Liss, y la dejó allí plantada sin darle ningún tipo de explicación, para seguir los apresurados pasos de Alison.

La rubia al escuchar pasos tras ella en el pasillo, se dio la vuelta y se quedó parada observando al muchacho con incredulidad.

Le escudriñaba con la mirada, pero no decía ni una sola palabra.

—Creí que eras diferente — confesó finalmente en tono de derrota.

—Todo el mundo dice que te revuelcas con mi propio hermano, ¿y se supone que debo yo ser quien se porte bien y te guarde fidelidad? — inquirió, cargando su pregunta de veneno, celos y decepción.

Alison río sin gracia.

Iba a sincerarse con él esa misma noche siguiendo el consejo de Regulus, estaba esperando a que la fiesta acabara para acercarse y que ambos pudieran charlar tranquilamente.

Pero no. Estaba claro que no sería esa noche tampoco.

Y muy probablemente, ninguna otra noche.

—Lo has hecho para dañarme, Sirius. Ella fue la que trató de cargarse nuestra relación y el único motivo para besarla, ha sido hacerlo delante de mí para hacerme daño. Me das lástima — reconoció pensativa sin dejar de mirarle.

—Es posible, pero ya que te enfadaste sin motivo la primera vez, pensé que igual lo mejor era darte un motivo real para hacerlo — contraatacó el moreno, dejándose llevar por la rabia que lo invadía.

Alison volvió a reír por sus palabras, pero no había ni una pizca de diversión en su rostro. Todo lo contrario, sus ojos luchaban con todas sus fuerzas para tratar de contener las lágrimas.

—A tu hermano le dieron una paliza, Sirius. Eso es lo que hacía con él en ese cuarto, curarle. Y sabes, no hay nada más que amistad entre nosotros, pero ni tú ni nadie me puede prohibir ser amiga de Regulus. Siento mucho que te joda tanto, pero va a seguir siendo así. Y si tan buen hermano te crees que eres, igual deberías preocuparte un poco más por Regulus, en lugar de tener celos por algo que ni siquiera existe —replicó tajante antes de marcharse, dejando a Sirius plantado en mitad del pasillo.

No obstante, antes de que el moreno pudiera siquiera verla desaparecer al final del mismo, de improviso la rubia comenzó a correr en sentido opuesto.

—McGonagall — trató de avisar en un susurro, antes de que la severa profesora se aproximara hasta quedar parada frente a ambos.

—Señorita Potter, Señor Black, ¿qué hacen en medio del pasillo a esta hora de la noche? — preguntó con seriedad, apretando involuntariamente los labios hasta formar una fina línea con ellos.

Pero antes de que ninguno de los muchachos pudiera emitir una explicación congruente entre cientos de inconsistentes balbuceos, la profesora decidida, y alertada por el sutil sonido de la música que salía de la sala común, le exigió a la Señora Gorda que abriera la puerta y accedió al interior, descubriendo para su estupefacción, la multitudinaria fiesta que habían organizado los gryffindor por Halloween.

La maestra abrió mucho los ojos horrorizada y accedió al interior seguida de cerca por Sirius y Alison, que en ese momento no podían dejar de pensar en que habían metido la pata hasta el fondo.

—Alumnos — avisó poniendo la punta de su varita sobre su cuello, para que la sirviera de amplificador y su voz se escuchara por encima de la música y el tumulto de voces de los asistentes a la fiesta — Tienen cinco minutos para volver todos a sus respectivos dormitorios si no quieren pasar cada tarde de la próxima semana cortando el césped del campo de quidditch. Pero antes quiero que el responsable de la fiesta dé un paso adelante — exigió tajante.

La música se detuvo abruptamente y los estudiantes se quedaron completamente mudos.

Les habían pillado infraganti

—Fui yo, profesora — se adelantó James, dando unos pasos en su dirección.

—¿Quién si no? — espetó la profesora, poniendo los ojos en blanco.

—También es mi culpa, profesora — intervino para sorpresa de todos Lily, con las manos guardadas en los bolsillos de sus vaqueros.

—¿Señorita Evans?. No esperaba algo así de usted. Mañana a primera hora de la tarde los quiero a ambos en mi despacho, ordenarán los expedientes de faltas y sanciones de los últimos doscientos años — informó mirando con desaprobación a ambos muchachos, que a esas alturas permanecían con la cabeza gacha.

Tras lo cual abandonó la sala, seguida del resto de alumnos de otras casas que habían acudido a la fiesta.