Capítulo 11: Una atracción casi magnética (Parte 2)

Cuando la fiesta se encontraba en su máximo apogeo, y Alison Potter ya iba por la tercera copa de ponche de frutas con la que tratar de combatir el aburrimiento, notó como alguien daba ligeros toquecitos en su hombro tratando de llamar su atención.

Hacía casi una hora que había perdido completamente de vista a sus amigas, y aunque dio varias vueltas a lo largo de la estancia intentando localizarlas entre las decenas de invitados del profesor Slughorn, al final tras varios intentos del todo infructuosos, había acabado rindiéndose y parando junto a una de las pequeñas mesas de caoba circulares con aperitivos, de las muchas que había distribuidas a lo largo de la estancia.

Con un poco de suerte, Lily o Caroline acabarían pasando por delante de ella en algún momento. Y en tanto que lo hacían, al menos podría beber tranquila alejada de las decenas de conversaciones tediosas y aburridas que se desarrollaban a su alrededor.

Le gustaban las fiestas, solo que no ese tipo de fiestas en las que primaban las apariencias, que tanto le recordaban a aquellas a las que había acudido tantas otras veces obligada por sus padres. Y menos aún cuando cada fiesta que celebraba el profesor Slughorn, siempre acababa convirtiéndose en una competición de alumnos esforzándose en demostrar que eran lo suficientemente interesantes o talentosos, como para que el docente considerara volver a invitarlos en próximas ocasiones.

Tras unos segundos de indecisión, finalmente Alison se decidió a darse la vuelta.

No obstante, lo hizo a cámara lenta, dando cada paso con sumo cuidado para evitar a toda costa enredar sus pies con la alfombra, y acabar cayendo de bruces contra el suelo delante de todos los invitados, con el correspondiente ridículo que ello le supondría. No había bebido ni una gota de alcohol aquella noche, pero las altísimas sandalias de color plateado que adornaban sus pies, le obligaban a que inevitablemente tuviera que dar cada paso con cautela.

A su espalda se encontraba parado un sonriente profesor Slughorn, ataviado de los pies a la cabeza con una túnica de gala en tono anaranjado algo estrafalaria, decorada con llamativas borlas de color dorado, y una pajarita negra anudada al cuello.

No obstante, el docente no estaba solo en aquella ocasión, un atractivo muchacho de cabello azabache e hipnotizantes ojos color celeste, vestido de negro de los pies a la cabeza, se encontraba parado junto a él.

—Señorita Potter, ¡Cuánto me alegra encontrarla aquí!, por un momento me entristeció pensar que quizás no había podido venir — saludó con entusiasmo.

El profesor Slughorn tenía una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro, los ojos ligeramente achinados y las mejillas algo enrojecidas, de lo que muy probablemente sería culpable la famosa receta de licor de hidromiel caliente con especias elaborada por la regente de la taberna de las Tres Escobas, Madame Rosmerta, que al profesor tanto le gustaba y que, en consecuencia, acostumbraba a encargar a menudo para las fiestas y reuniones que organizaba.

—Sabe que no me lo perdería por nada del mundo profesor — dijo la rubia en tono cortés, sonriendo con amabilidad.

Alison posó entonces sus ojos color zafiro sobre el joven que acompañaba al profesor, a la espera de la oportuna presentación. Sin embargo, para su sorpresa, ésta nunca llegó, pues el chico se mantuvo en completo silencio mientras la observaba impasible, sin ninguna intención aparente de cruzar una sola palabra con ella.

No le hacía falta presentación alguna, sabía de sobra quién era. Es decir, no lo conocía en profundidad ni recordaba haber cruzado más de dos palabras seguidas con él, pero no era ni de lejos la primera vez que sus caminos se cruzaban, tanto dentro de los terrenos de Hogwarts como fuera de ellos.

La muchacha desvió la mirada hacia el profesor interrogante, en busca de una respuesta a la extraña presencia del azabache en aquella conversación, consiguiendo que el docente inevitablemente se percatara de su despiste.

—Oh, por Merlín, disculpen mi mala cabeza, queridos alumnos — exclamó el maestro dándose a sí mismo un suave golpecito en la frente — Él es Evan Rosier, uno de mis estudiantes predilectos de séptimo año. Y ella, señor Rosier, es Alison Potter, una de mis alumnas más sobresalientes de sexto año y prácticamente un genio de las pociones — halagó el profesor, sin disminuir ni un ápice su amplia sonrisa, haciendo notable el orgullo y admiración que sentía por tenerles a ambos como alumnos.

El chico tendió entonces la mano hacia Alison y la rubia le correspondió con desconfianza, tratando de que el contacto entre ambos fuera tan breve como le fuera humanamente posible.

—Les he reunido a ambos para pedirles que sean ustedes quienes abran el vals este año, es una de las tradiciones más antiguas y especiales de la fiesta anual de Navidad, y no imagino nadie mejor para hacerlo en esta ocasión, que mis dos mejores alumnos de sexto y séptimo respectivamente — explicó notablemente ilusionado, a la vez que ponía cada una de las palmas de sus manos sobre los hombros de los muchachos.

Alison le observó con pánico y tragó saliva.

No obstante, cuando se disponía a negarse en rotundo a la petición del docente, fue oportunamente interrumpida por su potencial pareja de baile.

—Por supuesto profesor, será todo un honor para nosotros — aceptó el moreno con seguridad.

La rubia le fulminó instantáneamente con la mirada.

Ni siquiera se había molestado en preguntarle qué le parecía a ella la idea antes de contestar, y ahora por su culpa tendría que ceder para no quedar mal con su profesor favorito.

El profesor Slughorn agitó los brazos emocionado, a la par que complacido.

—Estupendo muchachos, le pediré a la orquesta que lo disponga todo — anunció emocionado, a la vez que se marchaba a toda prisa en dirección a dónde se encontraba la banda de música.

Ambos jóvenes se dirigieron hacia el centro de la pista de baile, que empezaba a despejarse tras el anuncio del profesor de que en pocos minutos comenzaría el tradicional vals.

—En ningún momento he dicho que sí — reclamó la rubia entre dientes, cuando ambos se encontraban al fin en el centro de la pista de baile, parados uno frente al otro esperando a que la música comenzara a sonar.

—Tampoco es como si hubiera oído un no salir de tus labios — replicó el muchacho elevando una ceja, sin despegar ni un ápice sus ojos celestes de los de la chica.

Alison bufó en respuesta y negó con la cabeza visiblemente molesta.

—Modera un poco tu entusiasmo, Potter. Al final voy a acabar pensando que no te hace demasiada ilusión bailar conmigo — susurró el moreno divertido, acortando ligeramente la distancia entre ambos para que solo ella pudiera escucharle.

—Oh, por Merlin, ¿no se ha notado lo feliz que me hace tener que compartir mi tiempo con alguien como tú? — exclamó Alison con fingida sorpresa, llevándose las manos a la boca.

Evan sonrió para sí.

—¿Y cómo es alguien como yo según tú? — preguntó divertido a la vez que se cruzaba de brazos, volviendo a enfocar su mirada en los ojos de la muchacha desafiante.

No obstante, su conversación, o más bien, su intercambio de afiladas dagas, se vio interrumpido cuando de un momento a otro, los asistentes comenzaron a formar un amplio círculo a su alrededor, desde donde poder visionar el espectáculo.

El profesor les hizo una señal con la cabeza, y Evan posó elegantemente su mano derecha en la parte inferior de la espalda desnuda de Alison, que dejaba al descubierto el escotado vestido de satén de color negro antracita que había elegido la chica para la fiesta.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal al notar el contacto de la fría mano del moreno contra la delicada piel de su espalda y fijó su mirada en la de él en señal de advertencia, consiguiendo que el muchacho sonriera divertido, a la vez que continuaba su camino, acortando aún más la distancia entre ellos, y envolviendo con delicadeza la pequeña mano de la muchacha con la suya.

A regañadientes, y no sin antes dejar escapar un gruñido que solo él pudo escuchar, Alison posó finalmente su mano sobre el hombro derecho del chico.

A los pocos segundos de hacerlo, las primeras notas del vals de las flores, inundaron por completo la estancia, y ambos muchachos comenzaron a danzar por la pista con una precisión casi milimétrica.

Cualquier habría jurado que llevaban años siendo pareja de baile, pero a decir verdad, la maestría de ambos para el baile, era consecuencia de las interminables y aburridas lecciones que acostumbraban a obligar a tomar a los sangrelimpia desde pequeños para estar preparados para ese tipo de eventos.

—Bailas de maravilla, Potter, casi parece que lo estuvieras disfrutando — volvió a picarla Evan, dejando entrever el impoluto blanco de su dentadura.

—Esto te divierte, ¿verdad, Rosier? — preguntó Alison incrédula mirándole fijamente.

—Reconozco que tiene su punto lo de bailar con alguien que me tiene tan poca simpatía...ahora que lo pienso, aún no me has dicho por qué, y que yo recuerde nunca hemos cruzado más de dos palabras seguidas — apuntó el muchacho.

La rubia le observó con curiosidad durante unos segundos antes de volver a hablar.

—No me tomes por tonta, Rosier, sé muy bien que eres uno de los amiguitos de Nott, ¿tú también tienes algún tatuaje interesante sobre el que quieras hablar? — preguntó con valentía Alison, sin despegar los ojos de los de él.

Un reflejo fugaz de sorpresa se hizo patente en la mirada celeste del chico, no obstante antes de que ella pudiera percatarse de ello, el moreno se recompuso y una enigmática sonrisa se dibujó en su rostro.

—Aún no tengo claro si eres irracionalmente valiente o tremendamente inconsciente, pero como consejo, deberías andar con cautela y cuidar tus palabras antes de estar segura de con quien hablas exactamente — susurró el muchacho en tono apenas audible, a pocos centímetros del oído de la chica.

—¿Eso es una amenaza? — preguntó la rubia escéptica alzando las cejas.

—Más bien una advertencia — apuntó el muchacho, divertido e intrigado a partes iguales por la actitud de la chica — ¿Sabes? No te imaginaba así — comentó pensativo.

—¿Y cómo me imaginabas exactamente, Rosier? — retó Alison en tono desafiante, siguiendo el juego al slytherin.

Una sonrisa ladeada se dibujó en el rostro del moreno.

—Aburrida, lo cual es más que evidente que no eres — respondió el muchacho con simpleza.

Alison meditó unos segundos antes de contestar nuevamente al moreno.

—Pensé que a los sangrelimpia os encantaban las mujeres dóciles, apocadas y complacientes — atacó nuevamente la rubia, haciendo énfasis en las tres últimas palabras intencionadamente.

—Dices sangrelimpia casi como si tú no formaras parte de ese mismo grupo, y no estuvieras prometida a otro sangrelimpia por un matrimonio de conveniencia — se burló Evan, dejando escapar una sonora carcajada — Eres muy interesante, Alison Potter — añadió pensativo observándola con intensidad.

—Supongo que tienes razón, aunque siento informarte que tú por el contrario no suscitas demasiado interés. No eres más que una burda copia de algo que ya daba demasiada lástima en origen, Evan Rosier — replicó con acidez la muchacha.

—Sé que crees que insultándome me ofendes, pero nada más lejos de la realidad. Yo no soy Nott, Potter, así que harías bien en no subestimarme — advirtió el chico, en un tono más serio del que la rubia esperaba como respuesta.

—Me muero de miedo — volvió a burlarse Alison, restándole importancia a la tácita amenaza que acababa de hacerle el moreno.

—Eres tan insensatamente osada que incluso me despiertas ternura — confesó el muchacho, abandonando la seriedad para volver a dibujar una amplia sonrisa en su rostro.

—Y dime, ¿eso acostumbra a funcionarte para ligar? — preguntó Alison rodando los ojos, algo molesta por el comentario del chico.

Podían amenazarla mil y una veces, pero si algo había que la rubia odiara más que ninguna otra cosa en el mundo, es que se dirigieran a ella con condescendencia, por considerarla un rival débil fácilmente abatible.

—No lo sé, dímelo tú — susurró tan cerca del cuello de la chica, que su aliento rozó su delicada piel como si de una caricia se tratara.

La piel de la rubia se erizó ante el ligero contacto, y su corazón comenzó a latir con fuerza como consecuencia de los nervios.

Por un momento, el moreno había conseguido ponerla más nerviosa de lo que nunca llegaría a admitir, pero no había sido más que un impulso humano, que de ninguna forma dejaría que él notara.

—Antes de acercarme a ti voluntariamente, me bebería una marmita entera del filtro de muertos en vida — replicó Alison a su oído.

Evan sonrió.

—¿Si? Pues tu cuerpo dice todo lo contrario, cosa que es tremendamente inconveniente dado que eres una mujer prometida — se burló con sorna, notablemente divertido por la reacción de la rubia ante su cercanía.

—Más te gustaría — replicó Alison, fulminándolo con la mirada.

—Eso vuelve a no ser un no — insistió Evan, recordándole convenientemente el inicio de la conversación entre ambos.

—Vete a la mierda — escupió la rubia, antes de separarse bruscamente de él cuando, para su alivio, la canción llegó a su fin y quedó liberada de la obligación de bailar con el chico.


—¿Me puedes explicar lo que acaba de suceder? — preguntó Lily confundida, a la vez que apoyaba las manos sobre sus rodillas tratando de recuperar el aliento, cuando ella y James hubieron detenido al fin su precipitada huida.

El castaño la había guiado durante un rato sin dirección aparente, hasta acabar ambos en el pasillo que estaba justo en frente de la puerta que daba paso al despacho del profesor Slughorn.

—Es una larga historia — titubeó James algo inseguro — Pero la versión corta es que Diggory lleva siendo el amor platónico de Carol casi desde que la conozco, lo que pasa es que ella nunca se ha atrevido siquiera a hablar con él, se limita a observarle desde la distancia porque no cree ser lo suficientemente interesante o atractiva como para que alguien como Diggory se fije en ella. Y bueno, además tú salías con él, por eso la pregunta, pero como has dicho que ya no te interesaba...— explicó fijando fugazmente la mirada en los orbes esmeralda de la chica para, inmediatamente después, apartarla a los pocos segundos y seguir hablando — Pensé que quizás podríamos darles un pequeño empujón para ayudarla — sonrió inocentemente, a la vez que se rascaba con nerviosismo la nuca.

—¿A Caroline le gusta Amos? — preguntó con estupefacción la pelirroja, que a pesar de acostumbrar a ser muy observadora, no había sido capaz de ver ningún indicio por pequeño que fuera de lo que había relatado el castaño.

—Si bueno, no sé si gustar sería exactamente la palabra dado que prácticamente no le conoce, pero quería que al menos tuviera la oportunidad de descubrirlo — explicó James encogiéndose de hombros.

—Yo nunca me he enamorado de alguien con quien salía una persona de este grupo y no me he atrevido a decírselo — citó Lily pensativa, cuando el recuerdo del juego de aquella noche en la Torre de Astronomía, volvió de pronto con total nitidez a su memoria.

James asintió.

—Ahora mismo me siento la peor persona del mundo por no haberme dado cuenta — se lamentó la muchacha con notable culpabilidad, cubriéndose el rostro con ambas manos avergonzada.

—¿Por qué? — preguntó James tomando una de las manos de la chica para apartarla de su cara — A tí también te gustaba, no hay nada malo en eso, Lils — aseguró, con una sonrisa sincera dibujada en el rostro.

—Ya pero si lo hubiera sabido quizás… — trató de decir la pelirroja.

—¿Quizás qué? ¿No habrías salido con él?. Tanto tú como yo sabemos que esa no habría sido la solución, por no hablar de que estoy bastante seguro de que a Caroline no le habría gustado que lo hicieras. A veces las cosas simplemente suceden de esa forma porque así debe ser, quizás debías pasar por eso para conocerte a ti misma y darte cuenta de que es lo que quieres realmente — opinó el muchacho, sorprendiéndose a sí mismo de su facilidad para sincerarse con esa pelirroja de grandes ojos verdes parada frente a él.

Lily analizó al castaño con detenimiento, había cambiado tanto que incluso le costaba identificar en él a ese chico inmaduro, arrogante e impertinente al que recordaba haber odiado tanto durante años, contra todo pronóstico James Potter había empezado a madurar, dejando atrás al niño engreído y molesto que había sido hasta ese entonces, para convertirse en un hombre honesto, amigo de sus amigos, amable, considerado y empático.

¿Cómo podía cambiar tanto alguien en tan poco tiempo?.

—¿Quién eres y qué has hecho con James Potter? — preguntó la pelirroja divertida en fingido tono acusador, observando al muchacho con curiosidad.

El chico dejó escapar una carcajada, que no tardó en ser acompañada por la suave risa de la gryffindor.

James tenía razón, le podía dar mil vueltas a las cosas, pero eso no cambiaría el hecho de que no podía volver el tiempo atrás, y tampoco estaba demasiado segura de haber querido hacerlo de haber podido.

—¿Y qué es lo que quieres tú? — preguntó de pronto la muchacha, fijando sus ojos verdes en los ojos color avellana de él.

El castaño dejó por un momento de reír y la observó con detenimiento antes de contestar a su pregunta.

—Creo que aún estoy tratando de descubrirlo — respondió el chico enigmáticamente con una sonrisa tímida dibujada en los labios, desviando un segundo la mirada antes de volver a fijarla en la de la chica.

Lily asintió pensativa.

—¿Alguna vez pensaste que estaríamos así, hablando tranquilamente sin arrojarnos nada y sin insultos de por medio? — preguntó la pelirroja divertida.

James rió.

—Si te soy sincero, en ocasiones pensé que no llegaría vivo a séptimo curso — bromeó, tratando por todos los medios de contener la risa.

—Mira que eres exagerado — replicó la muchacha entre carcajadas.

James elevó las cejas en respuesta.

—¿Perdona? He perdido la cuenta de las maldiciones con que me has embrujado desde que nos conocemos, por no hablar de la de veces que me envenenaste con alguna poción defectuosa elaborada malintencionadamente por mi prima — bromeó acusadoramente, a la vez que sonreía al recordar todos y cada uno de los encontronazos que habían tenido la muchacha y él a lo largo de los cursos.

—En mi defensa diré que te lo merecías un poco, y que casi nunca estuvo en riesgo tu vida — bromeó Lily, golpeando juguetonamente su hombro contra el de James — No, pero hablando en serio, es posible que Carol te odie después de esto y muy probablemente trate de matarte, pero eres un buen amigo, James — reconoció la pelirroja con sinceridad, volviendo a fijar su mirada en la del chico.

El castaño la observó durante unos segundos antes de volver a hablar.

Esas palabras viniendo de ella significaban mucho más para él de lo que pudiera parecer a simple vista.

Y…¿qué pasó con Diggory? — dijo de pronto James, sin pararse a pensar demasiado en lo que acababa de preguntar.

Lily parpadeó un par de veces, inevitablemente sorprendida por la pregunta del chico.

—No hace falta que respondas si no quieres — puntualizó rápidamente, a la vez que se aclaraba la garganta algo incómodo.

—No, no me importa contestar —respondió la chica algo confundida — Es solo que no hay mucho que contar, no pasó nada, simplemente me di cuenta de que no era la persona para mí — explicó con simpleza, encogiéndose de hombros.

James asintió.

—Igual suena un poco cliché, pero para ser sincero siempre he pensado que cuando esa persona aparece, simplemente lo sabes. Pero no se lo digas a los chicos, pensarían que soy un cursi y se reirían de mí por toda la eternidad — bromeó el castaño, consiguiendo que una sonrisa dulce se dibujara en el rostro de la chica.

—¿No crees que si realmente fuera como dices no nos equivocaríamos tanto como lo hacemos? — preguntó la pelirroja divertida en respuesta.

—Somos humanos, nos gusta complicar las cosas para hacerlas más interesantes, Alison y Sirius son buena prueba de ello — opinó el muchacho.

Lily asintió.

—Si, aunque me cueste admitirlo está claro que esos dos cabezotas están hechos el uno para el otro. Pero, bueno en el caso de Diggory, simplemente me besó y lo supe, no sentí esa conexión, ni esa electricidad que se supone que debes sentir al besar a alguien especial — se atrevió a decir la muchacha, desviando la mirada hacia el suelo algo avergonzada por su confesión.

No acababa de entender por qué le había dicho algo como eso a James, y aunque en otra situación él se habría burlado de ella y se lo habría recordado durante días, pero no había ni pizca de diversión en el rostro del castaño, más bien comprensión.

James por su parte, sintió una punzada en el corazón como consecuencia de las palabras de la chica. No obstante, ésta dio paso rápidamente a una repentina curiosidad, que obligó al muchacho a formular una pregunta para la que hacía mucho tiempo que buscaba una respuesta.

—¿Y cuando me besaste a mí? — se atrevió a preguntar con valentía.

Lily abrió mucho los ojos sorprendida por la pregunta, y las miradas de ambos se encontraron.

—Yo...yo no lo sé — tartamudeó la pelirroja con nerviosismo.

Ninguno de los dos muchachos entendía cómo habían llegado a ese punto ni mucho menos cuál debía ser su siguiente paso, todo eso era nuevo para ellos.

—¿Puedo? — murmuró James con inseguridad, haciendo acopio de la última pizca de coraje de que disponía en ese momento.

Lily sabía con certeza qué era lo que le estaba pidiendo el muchacho, por lo que su corazón empezó a latir con fuerza como consecuencia de los nervios, y tras observarle durante unos segundos con indecisión, finalmente se armó de valentía y asintió.

James reaccionó al instante acortando la escasa distancia que los separaba, y tragó saliva antes de alargar la mano en su dirección, y acariciar con las yemas de los dedos los mechones nacientes tras su oreja, lanzando un escalofrío directo a la espina dorsal de la chica.

Su cercanía era tal que podía sentir el aliento cálido del muchacho sobre sus labios rosados, que a esas alturas ya casi se rozaban con los de él.

La pelirroja cerró los ojos en acto reflejo, esperando impaciente su suave contacto.

No sabía por qué deseaba tanto rememorar la sensación de los labios del castaño sobre los de ella, pero si algo tenía claro es que necesitaba tanto o más que él, dar respuesta a las preguntas que desde aquella tarde en el despacho de la profesora McGonagall, habían martilleado incansablemente su cabeza. Además, si él había sido lo suficientemente valiente como para pedírselo, no sería ella la que se quedara atrás. No huiría a ninguna parte, no esta vez.

No obstante, cuando el muchacho cerró los ojos e inclinó la cabeza, completamente dispuesto a besarla, el íntimo momento fue malintencionadamente interrumpido por unas sonoras palmadas cuyo eco retumbó contra los muros del castillo.

James se separó rápidamente de Lily para girarse, y tras hacerlo y descubrir la identidad de los intrusos, se adelantó un par de pasos por delante de ella en actitud protectora.

—Pensaba que no podías caer más bajo, Lily, pero de nuevo me sorprendes siendo ridículamente predecible. Pensaba que eras especial pero me equivocaba, solo eres una más de las niñatas que suspiran por este idiota unineuronal — escupió Snape, haciendo notable la rabia que impregnaba cada una de sus palabras.

Aunque la pelirroja y él ya no fueran amigos, aún guardaba la esperanza de que ella no se hubiera acercado al idiota de James Potter por voluntad propia, sino como consecuencia de la relación de sus amigas con los pánfilos de Black y Lupin. No obstante, tras descubrirla en ese momento tan íntimo con el gryffindor, se había decepcionado al darse cuenta de que la muchacha, a la que había considerado durante tanto tiempo demasiado buena e inteligente como para mezclarse con alguien como Potter, había acabado cayendo finalmente en sus redes al igual que todas las demás.

Nott y Mulciber dejaron escapar una carcajada que resonó entre los muros de piedra del pasillo vacío.

—Mide tus palabras, Snivellus, este idiota unineuronal no tiene problema alguno en enseñarte modales si es necesario — espetó James en tono de amenaza, apretando con fuerza los puños.

Normalmente Lily Evans no necesitaba que nadie la defendiera, pero con él era diferente. Habían sido mejores amigos durante mucho tiempo y el distanciamiento entre ambos inevitablemente le destrozaba el corazón dejándola completamente fuera de combate, por lo que agradeció enormemente que James hubiera intervenido. Podía entender que Severus estuviese dolido y enfadado, pero eso no justificaba en ningún caso que se dirigiera a ella con ese nivel de desprecio y esas palabras tan hirientes.

No obstante, por primera vez en mucho tiempo, el moreno ignoró por completo las palabras del merodeador, pues en ese preciso momento no podía importarle menos lo que tuviera que decir el gryffindor al respecto.

La mirada de Lily y la del slytherin se cruzaron un segundo y pudo distinguir claramente la decepción que inundaba sus profundos ojos negros. No obstante, el muchacho la desvió rápidamente antes de darse la vuelta y emprender nuevamente el camino por el que había venido sin decir ni una palabra más, dejando allí a sus compañeros de casa.

—Potter, Potter, ¿no te cansas de ser siempre el caballero de brillante armadura protector de sangresucias? — intervino Mulciber en tono de burla.

Nott soltó una risa estridente como consecuencia del comentario de su amigo.

—Debe de escocerte mucho que una sangre sucia te de mil vueltas en todas y cada una de las artes mágicas, Mulciber — contraatacó James, borrando de un plumazo la sonrisa burlona del rostro del slytherin.

No obstante cuando Mulciber parecía dispuesto a abalanzarse sobre el castaño, su compañero de casa se interpuso frenándole con su brazo, antes de aproximarse unos pasos en dirección a donde se encontraba parada Lily.

—¿Y tú no dices nada, sangresucia? ¿Piensas quedarte callada una vez más mientras el príncipe de sangre azul te defiende? — se burló Nott, notablemente divertido por la situación, haciendo referencia a propósito al status de sangre pura que tenía James.

Lily le fulminó con la mirada antes de adelantarse unos pasos en su dirección con valentía, quedando cara a cara frente a él.

—No necesito que nadie me defienda, Nott, sangresucia o no, en un duelo podría darte una lección con los ojos cerrados — escupió desafiante, sin despegar ni un ápice la mirada de la del slytherin.

No volvería a acobardarse, hacerlo sería dejarles ganar una vez más.

—Me encantaría ver cómo lo intentas, asquerosa sangresucia — retó Nott, más molesto por las palabras de la chica de lo que le habría gustado admitir.

Viniendo de cualquier otra persona quizás hubiera ignorado su comentario o puede que incluso se hubiera reído pero, ¿cómo se atrevía una sangresucia a dirigirse a él de esa forma?, debía estar besando el suelo por dónde pisaba en lugar de desafiarlo. No estaba a su altura y nunca podría estarlo por mucho que estudiara o practicara, simplemente era algo biológico, él venía de una ancestral familia de magos sangrelimpia, mientras que ella no era bruja más que por casualidad.

Lily sacó su varita dejándose llevar por la ira y apuntó con ella a los slytherin, que para su sorpresa sonrieron divertidos, sin tomar en ningún momento en serio la amenaza de la chica.

—Ten cuidado con eso, no vayas a hacerte daño — se burló Nott, haciendo reír a Mulciber, cruzado de brazos tras él.

—Eres tú quien debería estar asustado — aseguró ella, sin un ápice de broma en su tono de voz.

—Es divertido porque no tenéis ni la menor idea de lo que se os viene encima, estoy impaciente por descubrir si para entonces seguís siendo ambos tan valientes — canturreó divertido el slytherin, en un tono escalofriante como poco.

James que hasta ese entonces se había mantenido al margen, acabó de perder la paciencia y les apuntó con su varita, haciendo que los slytherin también sacaran las suyas de entre los pliegues de sus túnicas.

—¿Qué está sucediendo aquí? —interrumpió la profesora McGonagall en tono autoritario, irrumpiendo en el pasillo, alumbrada por la tenue luz de un candil que portaba en su mano derecha.

La docente llevaba el cabello recogido en un moño algo deshecho y una gruesa bata de franela anudada en la cintura.

—Nada profesora, nosotros estábamos a punto de marcharnos — contestó rápidamente Nott, regalándole una amplia sonrisa a la pelirroja, antes de darse la vuelta y marcharse, seguido muy de cerca por Mulciber.


Tras el accidentado vals, Alison Potter había aprovechado para escabullirse fuera de la sala donde se celebraba la fiesta, en busca de un poco de aire fresco y algo de tranquilidad, con los que tomarse un pequeño descanso del barullo que inundaba el interior de la estancia.

—No lo soporto es tan... — bufó la muchacha al aire.

—¿Encantador, guapo, inteligente y virtuoso? — preguntó en tono divertido una voz masculina a su espalda.

La rubia se dio rápidamente la vuelta, y el propietario de la voz le regaló una tímida sonrisa en respuesta.

—Reeeeeeg, ¡has venido! — exclamó emocionada corriendo para abrazar al muchacho.

Sus delgados brazos envolvieron con fuerza la cintura del slytherin, apoyando cariñosamente la cabeza sobre el pecho del chico, que no tardó en corresponder su abrazo.

Muy probablemente en opinión de más de uno, se estaba tomando demasiadas confianzas con Regulus, pero estaba tan cómoda cuando se trataba de él, que no podía importarle menos la opinión de los demás. Además, estaba segura de que si en algún momento el muchacho se sentía mínimamente incómodo con su cercanía, no tendría problema para decírselo.

Esa era precisamente una de las cosas que diferenciaba a Sirius y a Regulus, en lo que a contacto físico se refería ambos muchachos eran como el agua y el aceite. Sirius por su parte, acostumbraba a ser muy cariñoso y efusivo, mientras que Regulus por el contrario, era mucho más reservado y selectivo, de ese tipo de personas cuyos gestos de cariño has de apreciar mucho más por la escasez con la que suelen otorgarlos.

Y desde su acercamiento, Regulus había tenido muchos de esos gestos con ella, por lo que a menudo se tomaba la confianza de abrazarlo o tener cualquier otro gesto de cariño con él, aunque durante los primeros segundos, el muchacho pareciera algo confundido sin saber muy bien cómo reaccionar.

Cuando se separaron, casi como si se hubieran leído mutuamente la mente, ambos se dejaron caer sobre las losas del pasillo con la espalda apoyada en la pared, hombro contra hombro.

—¿Con quién estabas tan enfadada? — preguntó de improviso Regulus.

Alison suspiró con la mirada fija en el muro frente a ellos.

—Con Evan Rosier — respondió devolviendo una fugaz mirada de reojo al moreno.

Regulus la miró confuso sin entender ni una palabra.

—El encantador profesor Slughorn nos ha pedido que abriéramos el vals y he tenido que bailar con él — explicó enfadada, incrementando el volumen a medida que el recuerdo de la conversación con el impertinente slytherin volvía a su memoria.

—Entiendo — comentó Regulus pensativo, entrelazando las manos por encima de sus rodillas — Para serte sincero, no lo conozco demasiado, es decir, él está en séptimo y yo en quinto así que no hemos hablado mucho, ¿te dijo algo malo? — preguntó el muchacho con notable preocupación.

—Nada fuera de lo normal para los amigos de Nott — explicó la rubia, dejando escapar un largo suspiro, a la vez que trataba de disipar un poco la ira que sentía en ese momento.

Regulus había hecho el esfuerzo de ir a la fiesta porque ella se lo había pedido, así que no era justo que pagara con él el encontronazo que había tenido con Rosier, especialmente teniendo en cuenta que su camino y el del slytherin muy probablemente nunca volvieran a cruzarse.

—De igual forma, si vuelve a decirte algo solo dímelo, ¿vale? — pidió el chico en un tono inusualmente serio, consiguiendo que la rubia girara nuevamente la cabeza para observarle.

—¿Por qué? ¿Saldrás en defensa de mi honor? — preguntó la muchacha en tono divertido, tratando de quitarle hierro y seriedad al asunto.

Regulus bajo la cabeza a la vez que sonreía para sí.

—Siempre — prometió el muchacho, echando la cabeza hacia atrás sin dejar de sonreír.

Alison le observó durante unos segundos y tras hacerlo ambos se quedaron en silencio, siendo invadidos momentáneamente por un aura de placentera incomodidad.

—Bueno y en otro orden de cosas, vendrás a cenar en navidad, ¿no? — preguntó de pronto Regulus, poniendo fin al sepulcral silencio.

—No tengo mucha más opción, mis padres no preguntan, solo informan y ordenan, y según ellos es la ocasión perfecta para conocer un poco a mí futura familia política. Pero claro, ellos por supuesto no pueden venir, se van a Francia a una importantísima cena de negocios — relató en tono de queja la rubia poniendo los ojos en blanco.

—Bueno, si te consuela yo también estaré allí, y estoy seguro de que si vienes Sirius también lo hará…— suspiró Regulus, sintiendo algo de lástima por el hecho de que Alison tuviera que pasar una fecha tan importante como la cena de Navidad rodeada de su familia de locos.

—¿No acostumbra ir? — preguntó notablemente confundida.

Sabía que la relación de Sirius y su familia no era la mejor del mundo, pero aún así siempre había pensado que el moreno no solía faltar en las fechas más señaladas, aunque el resto del tiempo fuera del castillo huyera a casa de James como alma que lleva el diablo.

—¿A la cena de Navidad a la que vienen nuestros tíos y nuestras primas? — preguntó Regulus con incredulidad, cómo si la pregunta que acababa de hacer la rubia fuera la más absurda que hubiera escuchado nunca — Hace años que mi hermano huye de ese tipo de celebraciones — explicó el muchacho algo molesto, haciendo patente la envidia que sentía porque a diferencia de él, a Sirius no le importara lo más mínimo escabullirse de ese tipo de compromisos familiares.

—¿Y por qué tú no? — preguntó Alison con curiosidad.

—Para bien o para mal son mi familia Ali, y este tipo de compromisos no son algo que te puedas saltar a la ligera en la familia Black, al menos no sin consecuencias — explicó el muchacho entrecerrando los ojos, mientras masajeaba con fuerza sus sienes, tratando de olvidar por un momento los inconvenientes que llevaba ligado su apellido.

Alison asintió y apoyó la cabeza en el hombro del slytherin en señal de comprensión, quedando ambos en esa posición durante unos minutos, antes de animarse a regresar dentro de la sala donde se celebraba la fiesta.


—¿A dónde vamos, Remus? — preguntó Sarah tratando de seguir el apresurado paso del muchacho, que tiraba incansablemente de su mano, guiándola a lo largo de los desiertos pasillos del castillo.

Ambos se habían escabullido en mitad de la noche aprovechando el trajín que suponía la celebración de la fiesta anual de Navidad del profesor Slughorn, y en especial, la prácticamente nula vigilancia por parte de profesores y prefectos que acostumbraba a haber esa noche en concreto, debido al continuo movimiento por los pasillos de alumnos de las distintas casas que habían sido invitados a la fiesta.

—Shhhhh ahora lo verás, no seas impaciente — susurró el merodeador en voz baja.

Los muchachos habían conseguido llegar al piso inferior sin ser descubiertos gracias a la capa de invisibilidad de James, y permanecían parados bajo el tejadillo que daba paso al patio del viaducto, observando como una gruesa cortina de lluvia inundaba el suelo empedrado frente a ellos.

—Pero está lloviendo a cántaros — murmuró Sarah en tono de queja, mientras observaba con indecisión el para nada agradable clima que azotaba el patio a escasos metros de ellos.

—¿Y qué importa?. No es más que agua, tampoco es como si fuera a matarnos — bromeó Remus en tono divertido, a la vez que daba un par de pasos de espaldas en dirección a la parte descubierta, bajo la atenta mirada de la incrédula gryffindor.

Las gruesas gotas de lluvia comenzaron a mojar su alborotado cabello castaño y a discurrir a gran velocidad a lo largo de su rostro, oscureciendo inevitablemente en su caída como consecuencia de la creciente humedad, el confortable jersey de color gris jaspeado que portaba el muchacho.

No obstante, a pesar de las bajas temperaturas presentes aquella noche, y de que su ropa había comenzado a chorrear en apenas unos segundos, el castaño continuaba impasible, parado bajo la cascada de lluvia, esperando a que la muchacha se terminara de decidir a seguirlo en su delirio.

—Hay gente que muere ahogada en agua — insistió Sarah reticente, observando al chico desde la distancia, sin terminar de decidirse a salir fuera con él.

—Vale, pues no te la bebas toda — bromeó Remus con una sonrisa tierna dibujada en el rostro, a la vez que tendía una mano en dirección a la castaña para animarla a seguirlo.

—Estás loco de remate, Remus Lupin — declaró la gryffindor, observando incrédula como el muchacho levantaba el rostro en dirección al cielo estrellado, cerrando los ojos para disfrutar de la sensación del agua fresca de lluvia salpicando su rostro.

El merodeador sacudió la cabeza antes de volver a posar su mirada sobre la chica con una amplia sonrisa dibujada en los labios.

—Y aún así me quieres. Entonces, ¿quién es el loco de los dos realmente? — preguntó con picardía, elevando inocentemente las palmas de las manos.

—Ese sería un buen punto si no fuera porque no recuerdo haberte dicho nunca que te quería — le recordó la castaña negando con la cabeza, a la vez que avanzaba en su dirección con una sonrisa divertida dibujada en el rostro.

Remus se llevó una mano al corazón, como si las palabras de la muchacha hubieran sido una afilada y dolorosa flecha que se había clavado en lo más profundo de su pecho.

Sarah por su parte, sonrió para sí y continuó su camino sin tomar demasiado en cuenta su teatral gesto, hasta detenerse justo frente a donde se encontraba parado el muchacho, quedando ambos en completo silencio cuando sus ojos al fin se encontraron.

Seguía lloviendo a cántaros pero la lluvia no parecía importarles lo más mínimo en ese momento. Solo estaban ellos dos y el sonido de las gotas de lluvia inundando el paisaje bajo sus pies y a ellos mismos.

Remus acarició con suavidad el rostro de la chica, recorriendo meticulosamente cada una de sus dulces y redondeadas facciones, a la vez que apartaba un mechón de cabello mojado que se había deslizado juguetonamente sobre los ojos de la muchacha.

—Pues yo sí que te quiero, Sarah Fawley — confesó con una voz más ronca de lo habitual, sin una pizca de broma o titubeo.

Sarah abrió los ojos sorprendida por su inesperada declaración, y cuando al fin pudo reaccionar, rodeó impulsivamente con sus brazos el cuello del muchacho para acercarlo a ella.

El castaño en respuesta, envolvió su cintura y pegó su cuerpo al de él, antes de posar sus labios sobre los de la muchacha y enredar las manos en su cabello mojado.

Había olvidado por completo la razón que les había llevado a ambos a estar allí en ese preciso momento, pero para ser completamente sincero tampoco le preocupaba en exceso. No podía imaginar un lugar mejor donde estar que allí con Sarah, intercambiando besos y caricias bajo la incesante lluvia invernal, sobre todo después de haber sido lo suficientemente valiente como para confesarle el secreto que su corazón había estado guardando durante tanto tiempo. Se sentía completamente imbatible y con la necesidad de gritar a los cuatro vientos lo que sentía por ella. Ahora que al fin había conseguido sincerarse, no volvería a ocultar sus sentimientos nunca más.


—¿Ya estás mejor? — preguntó James en tono preocupado.

El muchacho y la pelirroja, caminaban uno junto al otro en dirección a la sala común, pues tras la discusión del pasillo a ninguno le quedaban ganas de continuar en la fiesta como si nada, y menos aún tras la tonelada de explicaciones que habían tenido que dar a la profesora McGonagall, cuando la docente los había descubierto a punto de iniciar un duelo con Nott y Mulciber.

—Sí, no te preocupes, estoy más que acostumbrada a los ataques de los slytherin — suspiró Lily en tono cansado, arrastrando los pies por el suelo.

Claramente no estaba bien. Era fuerte, o al menos eso le gustaba pensar, pero eso no significaba ni mucho menos que fuera inmune a las palabras hirientes con que acostumbraban a obsequiarle algunos slytherin por ser una nacida de muggles, por no hablar del ataque de Severus. Odiaba que fueran capaces de hacerle dudar aunque fuera mínimamente de sus dotes mágicas, porque aunque quería estar convencida de que no tenían razón, en ocasiones conseguían hacerla sentir inferior, e incluso culpable por haber sido bendecida con el don de la magia.

—Sí, lo sé. Pero también sé que es diferente cuando él participa — tanteó James, observando a la muchacha de reojo.

La pelirroja detuvo su paso y el muchacho no tardó en imitarla.

—Tienes razón, pero tarde o temprano tengo que hacerme a la idea de que ya no somos amigos. Él no quiere ser mi amigo y es bastante evidente que me odia, así que llegados a este punto no creo que tenga mucha solución — replicó fijando sus ojos en los del chico, a la vez que notaba una fuerte punzada en el corazón al pronunciar esas palabras.

Tenía ganas de llorar, pero no lo haría, Severus no merecía sus lágrimas, debía sobreponerse y continuar sola, aunque eso significara dejar su amistad por el camino.

—Él se lo pierde, Lils — opinó James con tristeza, observando a la muchacha con detenimiento.

—De igual forma, gracias por dar la cara por mí, no tenías por qué hacerlo — contestó la chica, cambiando radicalmente de actitud y regalándole una sonrisa amable al muchacho parado frente a ella.

—Eres mi amiga y yo siempre defiendo a mis amigos — declaró James no demasiado convencido de sus palabras, despeinando su pelo en un acto reflejo.

La palabra amigos había sonado extremadamente extraña al salir de sus labios para referirse a ella.

¿Amigos? ¿Eso eran? No, claro que no lo eran, y a Lily empezaba a cansarle jugar con el gryffindor al ratón y al gato. Había llegado el momento de ser lo suficientemente valiente como para dar un salto al vacío, arriesgando en el camino todo lo que había creído saber sobre sí misma hasta ese momento

—James…

—Mmmmm — murmuró el chico en respuesta.

—Creo que no quiero ser tu amiga — se atrevió a decir Lily, a la vez que se mordía el labio con fuerza, insegura de sus propias palabras.

¿En serio acababa de decir eso? ¿Habían salido esas palabras de sus labios?

James abrió mucho los ojos completamente descolocado.

—¿Qué...e? — tartamudeó incrédulo, levantando la mirada de golpe.

—¿En serio me vas a hacer repetirlo? — preguntó la muchacha algo apurada, con las mejillas completamente teñidas de rojo como consecuencia de la vergüenza que sentía.

El chico la observó con seriedad unos segundos antes de volver a hablar.

—Lo siento mucho, pero después de lo que acabas de decir no voy a pedirte permiso para besarte — informó con seriedad, antes de acercarse impulsivamente a la muchacha.

James colocó la mano en la nuca de la pelirroja y la atrajo hacia él, uniendo sin esperar ni un segundo más sus labios a los de ella.

El contacto entre ambos no se hizo esperar, abrasando cada centímetro de la piel de los muchachos a su paso, reduciendo la distancia que los separaba a milímetros prácticamente inapreciables.

Los labios de James acariciaron los de la pelirroja con suavidad, a la vez que tomaba el rostro de la chica con delicadeza entre sus manos, acariciando sus mejillas con las yemas de los pulgares.

Lily gimió contra los labios del chico, liberando la tensión que había sentido hasta ese momento, y por un instante cualquiera podría haber jurado que de la unión entre ambos no sólo saltaban chispas, sino más bien coloridos y ruidosos fuegos artificiales.

Un extraño hormigueo recorrió con intensidad los cuerpos de ambos muchachos como si de una corriente eléctrica se tratara, como si una ráfaga de magia hubiera sacudido el pasillo y a los muchachos a su paso.

Lily se dejó llevar acariciando los labios del castaño tímidamente con su lengua, mientras apoyaba los antebrazos sobre sus hombros, entrelazando las manos tras su nuca y acariciando su indomable cabello en el camino.

Los latidos acompasados de ambos bombeaban con fuerza contra sus pechos enfrentados.

Y mientras recorría cada centímetro de la boca de James, el nivel de intensidad entre ambos era tal que la muchacha sintió que acabaría por desmayarse.

Nunca había experimentado algo como eso, una sed que te consume, que se apodera de cada partícula de tu cuerpo haciendo saltar por los aires cualquier pensamiento mínimamente racional.

Poco a poco ambos se separaron y se observaron durante unos segundos jadeantes.

La respiración del muchacho contra sus labios abrasaba sus pulmones quemando todo a su paso, y en ese momento con los ojos fijos en él y sintiéndose completamente liberada, pensó que quizás después de todo James Potter tenía razón, cuando experimentas ese nivel de conexión con alguien, simplemente lo sabes.