Capítulo 12: El banquete del terror
Alison Potter caminaba sobre el grueso manto blanco que cubría la desgastada acera situada frente a las escaleras del número 12 de Grimmauld Place. La nieve crujía al contacto con sus botas, rompiendo sutilmente el silencio que reinaba en el ambiente.
La escarcha helada había cubierto casi en su totalidad los vidrios de las ventanas de las viviendas situadas a ambos lados de la calle, y cascadas de humo grisáceo que discurrían a través de las chimeneas que coronaban elegantemente sus desvencijados tejados, enturbiaban la estrellada bóveda nocturna presente aquella noche.
Como no podía ser de otra forma, la calle estaba completamente desierta, pues la mayoría de personas se encontraban ya en sus respectivos hogares, resguardadas de la intensa ráfaga invernal que había azotado la ciudad la última semana, y dispuestas a pasar una agradable velada junto a sus familiares y amigos.
Las sombras de sus siluetas proyectadas en las gruesas cortinas que cubrían las ventanas de los edificios y los haces de luz que las iluminaban, daban una pista de las emotivas escenas que tenían lugar en su interior.
Era 24 de diciembre y como dictaba la tradición, las familias se reunían para celebrar la Nochebuena con una copiosa cena en la que no podía faltar el clásico pavo relleno, las tradicionales patatas asadas, la salsa de arándanos, las coles de Bruselas y como guinda al pastel, el delicioso budín navideño.
La muchacha subió con indecisión el primero de los peldaños de la escalera, sujetándose con fuerza a la barandilla de hierro forjado que descansaba en el lado derecho, para evitar a toda costa resbalar con la gruesa capa de hielo que había cubierto la piedra bajo sus pies.
Maldecía por momentos a sus padres por haberla obligado a acudir a la cena navideña de los Black en coche, en lugar de desplazarse cómodamente a través de la chimenea de la mansión. Pero claro, acabar con el pelo y la ropa cubiertos de hollín era mil veces peor que una aparatosa caída en la nieve, después de todo las apariencias lo eran todo. Siempre lo eran todo.
Alison suspiró sonoramente, mientras el vapor caliente se escapaba entre sus labios, materializándose en humo blanquecino frente a sus ojos, al contacto con la temperatura polar, y abrazó con fuerza su torso, antes de subir con agilidad y tan velozmente como sus inestables pasos le permitían, los últimos escalones hasta llegar a la puerta.
Golpeó un par de veces la aldaba contra la madera robusta y esperó en el umbral, escondiendo su nariz bajo la gruesa bufanda de lana que rodeaba su cuello.
La puerta no tardó en abrirse, dejando a la vista el largo pasillo de entrada, y a Kreacher, el elfo doméstico que servía a la familia Black, al comienzo de éste, en impecable posición de reverencia, invitando a la muchacha a acceder al interior.
—Bienvenida, señorita Potter — saludó cordialmente el elfo, sin modificar ni un ápice su postura.
La muchacha asintió educadamente y tras dejar la chaqueta y el resto de prendas de abrigo en el perchero de la entrada, tal y como le había indicado Kreacher, siguió al elfo a través del lóbrego y angosto pasillo.
No obstante, sus exquisitos e impecables modales se desvanecieron en el momento en el que vio aparecer a un sonriente Regulus Black al final del pasillo.
El moreno tenía las manos guardadas en los bolsillos del elegante pantalón de vestir gris oxford que portaba, mientras la observaba con complicidad, y por un momento todos los nervios que la habían invadido hasta ese momento por tener que enfrentarse a una cena de navidad en casa de la familia Black, se esfumaron.
Con Regulus todo era familiaridad, junto a él se sentía segura y completamente relajada, pues estaba convencida de que pasara lo que pasara aquella noche, el muchacho estaría junto a ella para apoyarla.
Alison sonrió y se acercó con paso firme hacia el moreno antes de envolverlo con cariño entre sus brazos.
El chico la correspondió con confianza, e involuntariamente el intenso aroma a camomila del cabello de la chica embriagó el ambiente, arrasando a su paso el autocontrol e imperturbabilidad del slytherin.
Regulus se obligó a sí mismo a separarse de ella y tras hacerlo, la observó con detenimiento durante unos instantes.
La rubia llevaba un elegante vestido negro de encaje de malla de media manga, y los mechones frontales del cabello anudados en una trenza a modo de diadema. Como siempre estaba increíblemente preciosa, aunque por un momento pasó por su cabeza la idea de que quizás era así siempre porque la veía a través de sus propios ojos.
No obstante, el muchacho descartó rápidamente la idea, no estaba siendo subjetivo, Alison Potter era realmente preciosa, y además parecía tener un don para elegir el atuendo idóneo para cada ocasión, y destilar elegancia y clase se pusiera lo que se pusiera.
—¿Preparada para una noche en casa de la familia Black? — preguntó el muchacho en tono relajado.
—¿Alguna vez alguien lo está? — replicó la chica encogiéndose de hombros, inevitablemente asustada al pensar en lo que se le venía encima.
No obstante, sabía que tarde o temprano tendría que acostumbrarse, después de todo, eso no era más que el comienzo, a partir de ese momento tendría que acudir a muchas veladas como esas, le gustara o no.
Regulus sonrió con timidez.
Quizás no debía demostrar su descontento con él tan a la ligera, después de todo y a pesar de todo, esa seguía siendo su familia, y lo último que quería era ofenderle, o hacerlo sentirse mal por su culpa.
—Supongo que tienes razón. Pero no tienes de qué preocuparte, yo estaré a tu lado en todo momento, te prometo que no voy a dejarte sola — aseguró el muchacho tomando su mano con firmeza.
Allison asintió agradecida.
—Además, Sirius ha venido al final, así que supongo que con su presencia te sentirás más cómoda — añadió.
—¿Él ha venido? — tanteó la rubia notablemente sorprendida abriendo mucho los ojos.
Regulus desvió su mirada de los ojos azules de Alison antes de contestar.
—Si, creo que prefiere tener que compartir oxígeno con la familia a la que odia con todas sus fuerzas, antes que dejarte sola con ellos — explicó encogiéndose de hombros con la vista fija en el suelo.
No obstante, la conversación entre ambos se vio interrumpida por un carraspeo a sus espaldas.
Alison levantó la vista y el muchacho se dió la vuelta.
Sirius.
Regulus sonrió una vez más a Alison antes de emprender camino hacia el interior de la casa y dejarlos a ambos solos en el pasillo.
La rubia se mordió con fuerza el carrillo, sin poder evitar mirar de reojo al moreno, que como no podía ser de otra forma, estaba endemoniadamente guapo aquella noche.
Se reprendió internamente a sí misma por dejarse llevar por ese instinto tan primario, pero no podía evitarlo, a pesar de todo, cuando ese muchacho impertinente de sonrisa ladeada estaba frente a ella, no podía evitar que se le cayera el mundo.
Muy probablemente no fuera su momento, nunca parecía serlo, pero eso no cambiaba en absoluto las sensaciones que experimentaba cuando él estaba cerca.
El moreno vestía de negro de los pies a la cabeza, y aunque el negro era un color que combinaba a la perfección con el aura que envolvía a la ilustre familia Black, Alison sonrió al imaginar la declaración de intenciones que había tras la vestimenta del muchacho. Decía a gritos que para él asistir a esa cena era tan agradable como acudir a un funeral.
Un símil que muy probablemente escondiera el primero de los desafíos con los que el muchacho obsequiaría a su encantadora familia esa noche.
—¿Vestido para la ocasión? — preguntó Alison en tono juguetón a modo de saludo.
Sirius sonrió de lado y desvió unos instantes la mirada antes de centrarla nuevamente en los ojos de la chica.
—Me has pillado — confesó con inocencia, sin disminuir ni un ápice su sonrisa — ¿Preparada para tu primera cena en casa de la familia Addams?
—¿Crees que será tan horrible? — preguntó Alison algo insegura, dejando escapar un sonoro suspiro.
—Oh, créeme será mucho peor que horrible — la asustó el muchacho — Guardaré un puñado de polvos flu en el bolsillo por si no puedes soportarlo y me súplicas que te saque a rastras de la casa del terror — bromeó tendiendo su brazo derecho en dirección a la chica.
La rubia puso los ojos en blanco y tomó del brazo a Sirius para finalmente avanzar en dirección al interior.
—Gracias por venir — se atrevió a decir la muchacha sin mirarle.
Sirius giró la cabeza en su dirección contrariado por sus palabras, como si la rubia hubiera descubierto algo que se suponía que no debía saber.
—Después de esto espero un regalo de Navidad legendario de tu parte — bromeó el muchacho restando importancia a su gesto.
—¿No los tienes siempre? — preguntó Alison fingiendo estar ofendida.
Sirius dejó escapar una carcajada.
—Siempre es una palabra muy grande para alguien que me ha hecho un regalo por mi cumpleaños una única vez — replicó el moreno elevando una ceja.
—Cierto, pero fue el mejor regalo que te ha hecho nadie nunca, admítelo — insistió la chica siguiéndole el juego.
—No sé qué decirte, me aprieta un poco en el cuello, creo que calculaste mal la talla — rió el moreno rascándose el cuello, como si el collar perruno le hubiera dejado una marca.
—La próxima vez voy a regalarte un collar antipulgas — bromeó Alison, inundando con su risa los últimos metros que restaban del pasillo.
El incesante chirrido metálico emitido por los cubiertos al roce con la delicada vajilla de porcelana, inundaba el salón principal de la mansión Black.
Una enorme mesa de ébano, vestida hasta los pies por un delicado mantel de terciopelo esmeralda, cruzaba de un lado a otro la estancia, rodeada de lustrosas sillas, tapizadas en la misma gama cromática que la mantelería. Sobre la misma, descansaba una lujosa cubertería de plata con el blasón de la familia grabado en cada una de sus piezas, y frente a ellas once copas de un exquisito cristal tallado y varios candelabros encendidos.
Orión y Wallburga, presidían cada una de las cabeceras de la mesa, con Druella y Cygnus, los tíos de Sirius y Regulus, a sus respectivas derechas.
Por su parte, las primas de los muchachos, Narcissa y Bellatrix, y sus respectivas parejas, Lucius Malfoy y Rodolphus Lestrange, se encontraban sentados en el lado opuesto de la mesa.
Finalmente, Regulus y Sirius ocupaban los lugares junto a la muchacha, a su izquierda y derecha respectivamente.
Alison no conocía demasiado a la familia Black, al menos no en profundidad, pues salvo por un puñado de frases cordiales, nunca había entablado conversación con ninguno de sus integrantes, al menos no que ella recordara, a excepción de Regulus y Sirius, claro está.
Después de todo, los Black tampoco parecían magos de demasiadas palabras.
La calidez que acostumbraba a inundar el ambiente familiar y navideño, brillaba por su ausencia. Tanto era así, que no se respiraba ni un ápice de cariño o amor entre las paredes de la mansión aquella noche. Y por si eso no fuera suficiente, las conversaciones que hasta ese momento habían tenido lugar entre ellos habían sido vanas, carentes de profundidad, sin rastro alguno de afecto. Parecía casi como si no fueran más que un puñado de desconocidos que se habían puesto de acuerdo para reunirse a cenar con motivo de las festividades navideñas.
Quizás sus padres fueran estrictos y no especialmente cariñosos, pero la frialdad que sintió aquella noche entre esas personas unidas por férreos lazos de sangre, fue algo que para su suerte, no le había tocado experimentar nunca en su propia familia.
Además, por si eso no fuera suficiente para hacerla sentirse incómoda y fuera de lugar, las escasas veces que la rubia se había atrevido a levantar la mirada de su plato, se había encontrado con los profundos ojos de Bellatrix Black escudriñándola con la mirada.
Una sonrisa siniestra dibujaba de forma permanente los labios de la morena, teñidos de color carmín intenso para la ocasión. Parecía ser la única que estaba disfrutando de la velada y en especial, de la creciente incomodidad que impregnaba el ambiente.
Alison desvió rápidamente la mirada, deseando con todas sus fuerzas que esa pesadilla llegara a su fin cuanto antes. Por un momento incluso se pasó por su cabeza la idea de pedirle a Sirius que la sacara de allí, como él mismo le había ofrecido horas antes. No obstante, descartó rápidamente la idea al pensar en lo que dirían sus padres si se enteraban de que había sido tan descortés como para abandonar la velada antes de que esta hubiera llegado a su fin.
La muchacha sintió lástima por Sirius y Regulus por haber tenido que criarse en ese ambiente. Después de todo, posiblemente sus padres no fueran los mejores del mundo, pero comparados con los Black, casi parecían normales.
Por raro que pudiera parecer, Wallburga Black, anfitriona de la fiesta, no parecía feliz en absoluto con la presencia de su familia aquella noche, especialmente en lo que se refería a su cuñada y sus sobrinas, siendo palpable la tensión presente entre ellas, lo que hizo pensar a la chica que muy probablemente no se llevaran tan bien como se esforzaban en hacer creer a la comunidad mágica.
Su visible cara de desagrado cada vez que Druella pronunciaba cualquier mínima palabra, daba una pista de cuál era la situación de su relación realmente.
El sonido de un cuchillo golpeando insistentemente, aunque con delicadeza, el cristal de una de las copas, interrumpió los pensamientos de la muchacha, que levantó la mirada de golpe, en dirección a dónde provenía el ruido.
Frente a ella, Narcissa Black, ahora de pie junto a la mesa, aguardaba a que el resto de comensales guardaran silencio.
—Querida familia, ahora que estamos todos reunidos, Lucius y yo queríamos hacer un anuncio — declaró notoriamente emocionada, dirigiendo una fugaz mirada rebosante de amor en dirección al rubio sentado junto a ella.
Lucius por el contrario, no mostró emoción alguna, permaneció impasible a su lado, a la espera de que la muchacha continuara hablando.
Alison aprovechó ese momento para centrar su mirada en el rubio.
Lucius Malfoy emanaba un aura de distinción y pulcritud por cada uno de los poros de su nacarada piel. Se podía decir que era el prototipo de varón de clase alta al uso.
Su costoso y exclusivo atuendo estaba impecablemente planchado, sin rastro alguno de arruga o mácula. Al igual que su larga melena, perfectamente peinada y recogida en un lazo de terciopelo negro, que hacía juego con su túnica de gala.
Cuando menos lo esperaba los curiosos ojos azules de la muchacha se encontraron de frente con la severa mirada de Lucius, haciéndola apartar de golpe la vista de él, y dirigirla nuevamente hacia Narcissa.
Por mucho temor que pudieran llegar a inspirar los Black, no era en absoluto comparable a lo que sentías cuando los ojos helados de Lucius Malfoy te atravesaban. No había que ser muy perspicaz para deducir que el rubio gritaba peligro a voces, como una serpiente agazapada entre la maleza, esperando el momento idóneo para atacar sorpresivamente a su presa.
Narcissa, por el contrario, parecía de lejos la más normal dentro de la familia. La muchacha emanaba dulzura, inocencia y calidez, algo bastante inusual teniendo en cuenta el ambiente en el que se había criado.
La joven era la viva imagen de cómo debía ser y comportarse una bruja de la alta sociedad, con sus exquisitos modales, su precioso cabello recogido en un elegante moño alto con el borde trenzado, y su vestido de satén y encaje de color negro azabache. Destilaba elegancia a su paso.
La idea de que muy probablemente Narcissa hubiera sido lo que sus padres hubieran deseado que ella llegara a ser algún día, cruzó su mente, clavándose en lo más profundo de su corazón como si de una daga se tratara.
Finalmente, y sin muchos más preámbulos, Narcissa tomó su varita y tras pronunciar un conjuro en tono apenas audible, un anillo de compromiso con esmeraldas y diamantes engarzados se materializó en su dedo anular.
—¡Vamos a casarnos! — gritó emocionada, girando la mano en dirección a los comensales para que éstos pudieran apreciar con detalle la costosa y delicada joya.
Pero no hubo caras de sorpresa como consecuencia del anuncio, todo el mundo a excepción de ella parecía saber que él mismo tendría lugar esa misma noche. Aunque, por otro lado, no era de extrañar, después de todo, seguramente Lucius le habría pedido formalmente la mano de Narcissa a sus padres como dictaba la tradición, antes de pedir a la muchacha que se casara con él.
Ese era el protocolo a seguir en las uniones de linajes entre las familias que conformaban los sagrados veintiocho, al menos así era cuando no eran tus propios padres los que te concertaban un matrimonio de conveniencia, como había sucedido en su caso y el de Sirius.
Las felicitaciones se sucedieron entre los presentes hasta que todos le hubieren transmitido sus mejores deseos a la pareja. Sirius incluido, al que la futura boda de su prima parecía emocionarle tanto como caminar con los pies descalzos sobre brasas ardiendo.
Cuando todos volvieron a sus respectivos lugares en la mesa, Kreacher comenzó a servir el segundo plato.
Alison cortó un trozo de la rebanada de pavo asado que le había servido el elfo y se la metió en la boca. No tenía ni pizca de hambre, pero al menos mientras comía podía evadirse aunque fuera un poco de la incómoda velada.
—¿Y vosotros, primito? ¿Habéis comenzado ya los preparativos para la boda? — preguntó de pronto Bellatrix, entrelazando los dedos de las manos.
Alison se atragantó con la comida como consecuencia de la inesperada pregunta y comenzó a toser sonoramente, siendo socorrida rápidamente por un atento Regulus, que golpeó sutilmente su espalda con la palma de la mano, tratando de ayudar a la muchacha a recuperarse.
La sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro de la morena decía a gritos cuánto le gustaba desatar el caos a su paso.
—Creo que eso es un no — se burló sin despegar sus ojos de los de Sirius, a la vez que se llevaba la copa de vino de elfo a los labios, y daba un sorbo corto al líquido de color rojo sangre que contenía.
—Es suficiente, Bella — intervino la profunda voz de Cygnus en tono autoritario, sin un ápice de broma en su tono de voz.
Bellatrix observó fugazmente a su padre divertida, y volvió sus ojos oscuros hacia los de su primo nuevamente.
—En realidad, querida prima, estaba esperando el momento justo para pedirte algún consejo, ya sabes, como eres experta en matrimonios concertados ausentes de amor y afecto — contraatacó Sirius desafiante, sin desviar la mirada de la de la morena.
Los ojos de ambos parecían despedir chispas, en medio de una encarnizada batalla de miradas.
—Ya es suficiente — zanjó Orión con hastío golpeando uno de sus puños contra la mesa logrando que Sirius y Bellatrix guardaran silencio de una vez por todas.
El impacto consiguió sobresaltar a Alison, que en ese preciso momento deseaba con todas sus fuerzas desvanecerse, salir corriendo de allí. No obstante, al sentir el cálido contacto de una de las manos de Regulus sobre la suya bajo la mesa, consiguió calmarse nuevamente.
El tenso ambiente se disipó rápidamente cuando Druella dio inicio a lo que pretendía ser una distendida conversación.
—Me han contado que te está yendo de maravilla en tu quinto curso en Hogwarts, querido sobrino — pronunció con una sonrisa amable dibujada en el rostro, en dirección a dónde se encontraba sentado Regulus.
El moreno levantó la cabeza y correspondió la sonrisa de su tía.
—Si bueno, apenas tengo tiempo de hacer nada con las tareas y los exámenes, pero espero que el esfuerzo merezca la pena — confesó con humildad, desviando instintivamente la mirada hacia su plato.
—Regulus es el mejor de su casa y de su clase, así que no nos faltan motivos para estar orgullosos de él — presumió Walburga, observando con satisfacción cómo su cuñada escrutaba a un avergonzado Regulus con cierta envidia.
No sólo no había logrado tener un hijo varón que diera continuidad al apellido, sino que además una de sus hijas había sido borrada del árbol genealógico de la familia Black por desposarse con un mediocre sangre sucia, y otra se movía en círculos no demasiado recomendables para una dama de su posición, por lo que su última y única esperanza era Narcissa.
La competición constante entre ambas matriarcas nació prácticamente desde el momento en que Druella se comprometió con el hermano de Walburga, y se había mantenido activa con el paso de los años.
Druella siempre pensó que la rebeldía de Sirius lo dejaría fuera del árbol genealógico más pronto que tarde, no obstante, contra todo pronóstico Walburga había conseguido comprometer al muchacho con una sangre limpia de buen apellido. Solo de pensarlo le hervía la sangre.
No era que no quisiera a sus sobrinos o les deseara el mal, al contrario, si les quería, solo que a su modo. A la que no podía soportar era a Walburga, empecinada en mostrar siempre que estaba por encima de ella.
Walburga tampoco odiaba a sus sobrinas, después de todo eran sangre de su sangre, una sangre demasiado valiosa como para despreciarla. No obstante, Narcissa siempre le había parecido demasiado débil y remilgada para ser algo más que la esposa de, y Bellatrix demasiado inconsciente y apasionada como para tener la prudencia de ser consciente de cuál era su lugar.
Druella rodó los ojos, y haciendo oídos sordos a las palabras de su cuñada, volvió a hablar.
—¿Y tú, Alison? — preguntó tratando de introducir a la muchacha en la conversación — Me ha comentado mi sobrino que también eres una excelente estudiante, ¿has pensado ya qué harás cuando acabes la escuela?.
Los comensales dirigieron la mirada hacia la rubia, a la espera de una respuesta por su parte.
Alison pensó que lo mejor era mentir y decir que aún no lo tenía claro para evitar conflictos innecesarios. No obstante, antes de poder siquiera contestar a la pregunta fue interrumpida por Sirius.
—Será la mejor Medimaga que ha conocido la comunidad mágica — aseguró con orgullo, disfrutando de haber derribado la imperturbabilidad de su madre con sus palabras, a la que poco le faltó para escupir el sorbo de vino que acababa de beber.
El resto de invitados inevitablemente sorprendidos por las palabras del moreno, observaron a la chica con curiosidad.
—No creo que tuviera tiempo para un trabajo tan sacrificado y demandante, con todas las obligaciones que tendrá una vez os caséis — opinó Wallburga, apretando los labios con desaprobación.
Sirius sonrió para sí mismo complacido.
—No recuerdo haber pedido tu opinión ni consejo en relación a mis asuntos maritales, madre — pronunció en tono desafiante, antes de dar un trago a su copa, sin apartar los ojos de los de su progenitora.
—Sirius — advirtió Orión, tratando de controlar la rabia que lo invadía, en un tono aún más serio que el que había empleado hacía un rato para reprenderlo.
—Oye mudita, ¿me pasas la sal? — interrumpió nuevamente Bellatrix, dirigiéndose a Alison.
Rodolphus y Lucius disimularon una sonrisa divertida.
En otra situación muy probablemente habría contestado a sus ataques, no obstante, sus modales no le permitían hacerlo en la cena de navidad a la que habían tenido la consideración de invitarla sus futuros suegros.
A Bellatrix por el contrario los modales no parecían importarle en absoluto, disfrutaba de esos constantes ataques, que lejos de ser una manifestación de rebeldía juvenil, eran algo mucho más profundo y mezquino que eso.
Era más que evidente que los padres de la morena, al igual que los de Sirius, habían sido y eran extremadamente severos con sus retoños, educándolos con una implacable disciplina. No obstante, eso no parecía haber tenido efecto alguno en Bellatrix.
La muchacha no acataba órdenes de nadie, estaba por encima de eso. Naturalmente había tenido que hacer ciertas concesiones dada su posición, como por ejemplo en lo relativo a su enlace matrimonial, pero se había jurado a sí misma que nunca sería una dama supeditada a la voluntad de su esposo, que acabara encarcelada en una bonita mansión de por vida, como seguramente acabara sucediéndole a su hermana Narcissa.
Había nacido para hacer grandes cosas, mucho más que lo que cualquiera de los hombres de su familia pudiera llegar siquiera a imaginar. Escribiría el apellido Black junto a su nombre en la historia, y lo haría por unos logros mucho más importantes y destacables, que disponer de una fortuna heredada, o pertenecer por derecho de nacimiento a una de las familias que conformaban los sagrados veintiocho.
Sirius tomó el bote de sal y lo colocó en el lado opuesto de la mesa al que se encontraba su prima, con una sonrisa falsa dibujada en los labios.
Lestrange, que al igual que ella no había pronunciado más de dos palabras seguidas durante la velada, suspiró con aburrimiento y tomó nuevamente el salero, dejándolo frente al plato de su esposa.
Rodolphus Lestrange tenía como rasgo característico destacable una escalofriante mirada inexpresiva y perdida. Podía deducir de su actitud que acostumbraba a permanecer callado, lo cual no obstaba en absoluto, para que inspirara tanto o más temor que la propia Bellatrix. A decir verdad, no parecía alguien demasiado cuerdo.
Lo que sí era palpable era que poseía mucho menos poder que su esposa, y que ésta, de algún modo, conseguía controlarlo y manipularlo a su antojo como si de un pelele se tratara.
—He escuchado que Arthur Weasley ha comenzado a trabajar en el ministerio de magia, ¿es cierto, Lucius? — preguntó Cygnus.
El rubio hizo una mueca de desagrado ante la mención de dicho nombre.
—Así es, el Ministro se lo comentó a mi padre, después de todo tiene que hacer algo para alimentar a esa prole que tiene por hijos — soltó con altivez Lucius.
—Aún me cuesta creer que su madre fuera una Black — intervino Walburga negando con la cabeza — sangre tan valiosa mezclada y ensuciada con la de infames traidores a la sangre.
—Y eso no es todo, he oído que trabaja en la Oficina Contra el Uso Incorrecto de los Artefactos Muggles. No sólo no se avergüenza, sino que se enorgullece de ser un asqueroso traidor a la sangre y confraternizar con sangre sucias e insignificantes y patéticos muggles — escupió Lucius con asco, arrancando una mueca general de disgusto entre los presentes como consecuencia de sus palabras.
La pureza de la sangre, la maldita pureza de la sangre siempre era el problema. Ellos y nosotros. Nosotros y ellos. Absurdas afrentas carentes de sentido, que enfrentaban a la comunidad mágica, distinguiendo dos bandos diferenciados enfrentados desde el inicio de los tiempos.
—Por suerte para nosotros, hay alguien que está haciendo algo para acabar con esta lacra — comentó distraídamente Bellatrix, jugueteando con la cucharilla del postre entre sus dedos.
Alison abrió mucho los ojos, sorprendida por el atrevimiento y la completa ausencia de empatía que demostraba la muchacha. No era capaz de dar crédito a lo que estaba escuchando. Vale que sus familias aún tuvieran tradiciones y pensamientos algo arcaicos, pero justificar asesinatos y torturas era otro nivel de locura y mezquindad.
—Tienes razón, ya era hora de que alguien tomara cartas en el asunto, quizás sea un poco drástico, pero a veces es necesario el uso de la fuerza si realmente deseas cambiar las cosas — coincidió Cygnus.
—Puede que tengáis razón, pero no puedo evitar asustarme cada vez que escucho noticias sobre alguna desaparición, el otro día fue la madre de una de mis antiguas compañeras de clase — intervino Narcissa, notablemente preocupada.
Bellatrix puso los ojos en blanco.
—A ti no te pasará nada — replicó con obviedad.
—¿Y eso cómo lo sabes? — preguntó la rubia, ligeramente molesta por el tono condescendiente que acostumbraba a emplear su hermana para dirigirse a ella.
—¿Acaso eres una muggle, squib, sangre sucia o traidora a la sangre? — preguntó elevando las cejas — Pues entonces no tienes que preocuparte, él es justo. No daña por dañar, hace lo necesario para evitar que la sangre mágica siga perdiendo valor y ensuciándose al mezclarse. Librará a la comunidad mágica de los impuros y del lastre que nos supone los traidores a la sangre, gracias a él recuperaremos la grandeza y la posición de poder que poseíamos antaño — recitó con desbordante admiración.
—Hablas de él casi como si calentara tu cama más que tú propio marido — comentó en forma de provocación Sirius, harto de la dirección que estaba tomando la conversación.
No deseaba que Alison fuera testigo de los peores demonios que encerraba su familia, el discurso lo extenuaba y sabía de buena tinta que como mínimo su prima y su marido colaboraban activamente con el mago oscuro que había estado sembrando el caos desde hacía ya unos años, aunque sospechaba que no eran los únicos.
Y los que no lo hacían activamente, muy probablemente contribuyeran económicamente, ya fuera directa o indirectamente, a la repulsiva causa.
—Ansío que llegue el día en el que tus ojos vean como tus queridos amigos impuros, mueren a manos de él — se relamió Bellatrix, en un escalofriante tono de amenaza.
Sirius apretó los puños y se levantó de golpe de la mesa, empujado por la ira.
—Ya es suficiente — zanjó nuevamente Orion levantándose de igual forma de la mesa — Se acabó el tema de conversación — ordenó autoritario, fulminando a su sobrina y a su primogénito con la mirada.
Tras la agitada cena, la velada continuó en las cómodas butacas situadas junto a la confortable chimenea con unas copas de whisky añejado de Ogden, con las que amenizar la distendida conversación.
Alison aprovechó ese momento para ausentarse unos minutos con el pretexto de tener que ir al excusado.
No obstante, de camino al mismo se topó de frente con una amplia sala, de cuya pared principal colgaba un amplio e intrincado tapiz, con el árbol genealógico de la familia Black bordado sobre el mismo.
La rubia la miró embobada, localizando rápidamente los retratos de Sirius y Regulus, y sus nombres en perfecta caligrafía situados bajo ellos.
Junto a los hermanos Black, estaban Bellatrix, Narcissa y una quemadura que emborronaba el retrato y el nombre de su anterior propietario.
Alison pasó los dedos con delicadeza por encima de la quemadura.
—Mi prima Andrómeda — explicó una voz a su espalda.
La rubia sorprendida se dió la vuelta de golpe.
Sirius la observaba desde la distancia, con el hombro apoyado sobre el marco de la puerta.
—¿Por qué? — se atrevió a preguntar invadida por la curiosidad.
—¿Por qué? — contestó el moreno elevando las cejas, a la vez que se acercaba hasta situarse justo al lado de la muchacha — Se casó con un sangre sucia y como habrás podido deducir tras la agradable conversación de hace unos minutos, eso es uno de los motivos que elimina tu existencia de la faz de la tierra en lo que se refiere al resto de la familia Black.
Alison pasó la mano por el tapiz, acariciando nuevamente el, ya inapreciable, rostro de Andrómeda Black con las yemas de los dedos.
—Pronto tú y nuestro hijo o hija estaréis también ahí — soltó Sirius de improviso — Aunque si te soy sincero creo que prefiero que sea hijo — divagó.
La confusión que había sentido Alison en un principio por el sorpresivo comentario del muchacho, fue rápidamente sustituida por una incipiente curiosidad.
—¿Por qué? — preguntó, ligeramente molesta por sus palabras.
—Porque si llegara a ser la mitad de preciosa de lo que es su madre, tendría que pasarme la vida tratando de espantar a idiotas como yo — bromeó con complicidad, regalando una sonrisa pícara a la rubia.
Alison sonrió divertida por su comentario, y golpeó juguetonamente su hombro con el del muchacho.
Aunque pareciera difícil de creer, en apenas unos segundos Sirius había conseguido hacerla olvidar casi por completo el mal trago que había tenido que pasar casi desde su llegada a la mansión Black, y por alguna extraña razón, amaba que así fuera.
Regulus Black observaba desde la distancia la escena que tenía lugar en la sala del tapiz.
Había ido a buscar a Alison al pensar que su tardanza quizás se debía a que se había perdido en la laberíntica mansión, acabando por ser testigo sin quererlo, del momento de complicidad que había tenido lugar entre la muchacha y su hermano en aquella hasta entonces solitaria estancia.
Un imprevisto malestar se instaló de forma permanente en la boca de su estómago, obligándolo a desviar la mirada.
No obstante, una voz a sus espaldas acabó por paralizarle.
Había sido descubierto en un momento sumamente vulnerable, y aún no tenía del todo claro qué haría o diría para justificarse, o tratar de disimular.
—Él no se merece nada, no vale ni la mitad que tú. Deberías ser quién la tuviera, el Black con quién ella se casara — opinó Bellatrix.
Regulus se pellizcó el puente de la nariz, notablemente molesto por las palabras de la morena. Quería a su hermano y no soportaba que nadie hablara de él en esos términos, y mucho menos que tomaran a Alison por un simple objeto decorativo susceptible de posesión.
—¿Qué es lo que quieres prima? — preguntó con hastío, tratando de evitar por todos los medios iniciar un nuevo conflicto, ya había corrido suficiente sangre para lo que restaba de noche.
Regulus se alejó de la sala seguido de cerca por Bellatrix.
—Vamos, sabes tan bien como yo que Sirius nunca ha tenido madera de Black, es una manzana podrida, la oveja negra. Siempre has sido tú el futuro de nuestra familia y nuestro apellido — halagó la morena nuevamente.
El muchacho la observó escéptico.
Lo estaba tratando de manipular, hasta alguien increíblemente obtuso se daría cuenta de ello.
—Eres inteligente Regulus, y sé que eres consciente de cuán importante es que se mantenga impoluto nuestro linaje y legado, evitando adulterarlo con mezclas imperfectas y antinaturales — insistió, haciéndose perceptible el intenso brillo que se había apoderado de sus profundos ojos oscuros.
—¿Qué es lo que quieres, Bella? ¿Por qué estás diciéndome esto ahora? — preguntó Regulus confundido, elevando las palmas de las manos.
—Porque él desea que participes activamente en nuestra misión — reveló finalmente, escudriñando con intensidad la expresión del muchacho.
Regulus puso cara de espanto.
—¿Que...e...e? — tartamudeó el chico — Yo no…
Bellatrix le tomó por las mejillas obligándolo a mirarla a los ojos.
—Tarde o temprano tendrás que tomar partido y cuanto antes lo hagas más beneficioso será para tí, puede que incluso él a cambio de tu ayuda, anule esa maldita maldición que guarda su mano y la libere — le tentó la muchacha.
La idea de hacerlo pasó tan velozmente por la mente de Regulus, como fue desechada por su conciencia. Daba igual lo que él quisiera, solo importaba lo que ella quería, y aunque no fuera capaz de reconocerlo aún, amaba a su hermano, y eso era lo único que importaba. Quería verla libre y feliz, y sabía que si había alguien capaz de conseguirlo, ese era Sirius.
Además, no creía en aquello por lo que luchaba su familia, y mucho menos apoyaba esa cruenta forma de lograrlo, sería imparcial, no se involucraría a favor de ningún bando si dependía de él.
—Solo piénsalo, cuando estés preparado él estará encantado de recibirte con los brazos abiertos— prometió Bellatrix, tomando sorpresivamente la mano del chico.
La morena se remangó el vestido y obligó al muchacho a pasar la palma de la mano a lo largo de la marca que adornaba su huesudo brazo.
Regulus sintió como un escalofrío recorría su espina dorsal cuando las yemas de sus dedos entraron en contacto con la magia negra que impregnaba el tatuaje presente en el antebrazo de su prima.
El muchacho levantó la vista cuando Bellatrix le hubo soltado y tragó saliva.
Sospechaba que su prima tenía una de esas marcas, pero no era lo mismo sospecharlo que confirmarlo con sus propios ojos. Quizás Nott o Snape fueran lo suficientemente tontos o inmaduros para caer en algo como eso, después de todo ambos eran jóvenes y en consecuencia fácilmente manipulables, pero Bellatrix no, tenía veinticinco años y la inteligencia y madurez suficiente como para saber qué era exactamente lo que estaba haciendo.
Y por la expresión de locura instalada en su rostro y la pasión con la que hablaba de la lucha que había emprendido, no parecía haber vuelta atrás o salvación alguna para ella, ni mucho menos para su alma, que con sus acciones había comenzado inevitablemente a marchitarse.
Alison subió las escaleras hasta el cuarto piso de la mansión, no sabía con exactitud a dónde se dirigía, cuando para su suerte fue capaz de leer en una de las dos únicas puertas con las que contaba la estancia, un letrero que rezaba "No entrar sin el permiso expreso de Regulus Arcturus Black".
La rubia golpeó la puerta con los nudillos y cuando escuchó gritar al otro lado de la misma 'adelante', se decidió a accionar la manilla y acceder al interior.
Regulus, que hasta entonces había estado tumbado sobre la cama, se levantó de un respingo al percatarse de su presencia.
Alison miró a su alrededor, la habitación de Regulus decía a gritos orden y pulcritud. Cómo era de esperar, no había nada fuera de lugar, todo parecía estar calculado y acomodado al milímetro.
El dormitorio estaba convenientemente decorado con exclusivos muebles tallados, que en consonancia con las cortinas de terciopelo que cubrían las ventanas y los finos tapices que decoraban las paredes, aportaban un aire distinguido a la estancia.
Un papel decorativo en tonos esmeralda y plata, envolvía por completo la estancia, que junto a los motivos de serpientes y las banderas daba una pista de la casa de Hogwarts a la que pertenecía el muchacho.
No obstante, lo que más llamó la atención de la rubia fue el enorme mural de la bóveda celeste que decoraba el techo sobre sus cabezas.
—¿Lo has hecho tú? — preguntó con asombro, sin despegar la mirada del mismo.
—Si bueno, digamos que el curso antes de entrar en Hogwarts sin Sirius fue algo aburrido, tenía que buscar algo con lo que matar el tiempo — explicó algo inseguro, rascándose la nuca con nerviosismo.
—Es precioso Reg — halagó mirando embobada la obra de su amigo.
—Tiene un conjuro, por la noche brillan las estrellas, casi parece que estás durmiendo al aire libre con el firmamento bajo tu cabeza, perdido en medio de esa gran inmensidad — sonrió con timidez.
—Ojalá yo fuera capaz de hacer algo tan alucinante como esto, aún sigo dibujando a las personas con palitos y círculos — bromeó la rubia, haciendo reír al slytherin.
Regulus puso la palma de la mano sobre la cama invitando a la chica a sentarse junto a él.
—Pensé que el que acostumbraba a huir de estas cosas era Sirius — tanteó la muchacha.
El moreno se mantuvo en silencio.
Hacía ya más de una hora que Regulus se había escabullido sin siquiera despedirse, y no podía irse sin despedirse de él, ni mucho menos sin saber si le sucedía algo.
Había incumplido su promesa de no dejarla sola durante la velada, pero no estaba enfadada en absoluto, más bien preocupada, pues si se había ido seguramente habría una razón de peso detrás.
—¿Estás bien? — intentó nuevamente Alison posando su mano sobre la del chico.
—Si, solo algo cansado — contestó rápidamente el muchacho, regalándole una sonrisa triste.
Su cabeza no hacía más que traer a su memoria una y otra vez la escena que había presenciado en el umbral de la sala del tapiz, como una tortura recurrente. Ni tan siquiera la escalofriante conversación con su prima, y la forma en la que ésta le había presionado y tratado de manipular para que se uniera a las filas del mago tenebroso al que servía con admiración, conseguían desplazar esa dolorosa imagen de sus pensamientos.
La situación comenzaba a escaparse a su control, y eso era algo que alguien como Regulus Black, que acostumbraba a analizar y prever con detalle cada posible contratiempo, no podía permitirse.
¿Desde cuándo dejaba que sus emociones le nublaran el juicio?
—Si, ha sido significativamente más intenso de lo que había imaginado. Supongo que mi enmudecimiento transitorio te ha dado una pista de ello — bromeó la rubia ligeramente avergonzada, dejando escapar un suspiro.
—Para ser sincero, pensé que le arrojarías el contenido del salero a mi prima por atreverse a llamarte mudita — señaló Regulus divertido, dibujando una sonrisa ladeada en sus labios.
Alison rió.
—A decir verdad, ganas de hacerlo no me han faltado, pero supongo que no está bien estamparle un salero en la cabeza a la prima de tu futuro marido en presencia de tus suegros — ironizó entre carcajadas, siendo acompañada por la suave risa del moreno.
—Habría pagado por ver eso — reconoció.
Y entre carcajadas ambos muchachos se dejaron caer de espaldas sobre la cama de Regulus.
Las risas no tardaron en cesar, siendo sustituidas por un profundo y placentero silencio.
Ambos muchachos tenían la vista fija en la bóveda celeste del techo.
—Reg — murmuró en tono de voz suave.
—Mmm — balbuceó Regulus, observándola de reojo.
—Feliz navidad.
—Feliz navidad, Ali
Y tras estas palabras, permanecieron unos minutos más o en completo silencio con la mirada fija en las brillantes estrellas que adornaban el techo sobre sus cabezas.
