Hola ^^ En primer lugar y antes que nada, quería agradeceros a todos los que leéis y seguís mi historia, creo que ya lo he dicho más de una vez pero la publico aquí y en wattpad y como no me termino de enterar muy bien como va esta plataforma, interactúo mucho menos por aquí. Pero de todas formas si queréis escribirme o lo que sea no tengáis problema en hacerlo, leo todos los comentarios y mensajes, aunque haya algunos que no los conteste porque no termino de saber como hacerlo jajajaja

En segundo lugar, quería deciros que esta es la primera parte del capítulo solo porque se me quedaba muy muy largo y he tenido que dividirlo, así que si lo notáis un poco cojo, es precisamente por eso. Prometo que en el siguiente tendréis la tan esperada acampada de los chicos, y ya os adelanto que también habrá una escena jily que estoy segura que os va a encantar ^^

Sin más preámbulos os dejo con el capítulo

PD: Sería genial si me contáis que os han parecido los cameos de este capítulo

Un beso enorme

Capítulo 13: Lo más parecido a un hogar (parte 1)

Sirius Black aparcó su Triumph 650 T120 Bonneville frente al número 37 de Arlington Road, y tras quitarse el casco y descender con agilidad de la misma, subió de dos en dos los escalones frente a la puerta de entrada al edificio.

Una corriente de aire frío azotó con intensidad el umbral, provocando que el muchacho, ataviado únicamente con una sencilla camiseta de algodón de manga corta y la chaqueta de cuero desabrochada sobre ella, se estremeciera como consecuencia del impacto, y frotara una contra otra sus entumecidas manos tratando de calentarlas.

El moreno presionó con fuerza el pequeño botón que descansaba junto a la puerta. Tan solo un par de segundos después de escuchar el ligero zumbido producido por el extraño artefacto muggle, una voz conocida gritó al otro lado de la puerta 'Ya voy' en tono notablemente apurado.

La puerta frente al muchacho no tardó en abrirse, apareciendo tras la misma una hermosa y sonriente joven de unos veintitrés años.

La muchacha tenía el cabello castaño ligeramente ensortijado y unos grandes ojos marrones enmarcados por gruesas pestañas. Portaba una falda larga de color verde botella, abotonada de principio a fin por la parte delantera, y una camisa de seda blanca entremetida por dentro de la cinturilla. No obstante, si había algo que llamaba especialmente la atención, es que en contraposición a su elegante atuendo llevaba el pelo recogido en un moño deshecho, y sus pies permanecían descalzos sobre las tablas de madera del suelo.

—¡Sirius!, No te esperábamos hoy — exclamó la joven gratamente sorprendida, envolviendo con cariño al moreno entre sus brazos — Dora se va a poner muy feliz cuando te vea, Ted está tratando de batallar con ella para que deje su pelo de un color discreto antes de ir al parque, pero últimamente solo quiere llevarlo de color rosa chicle — negó rodando los ojos, mientras invitaba al muchacho a acceder al interior de la vivienda.

—Perdona por venir sin avisar, Meda, este fin de semana voy con unos amigos de acampada, y pensé que era buena idea pasarme antes por aquí a desearos unas felices fiestas — explicó el muchacho rascándose la nuca en acto reflejo.

El olor a gardenias y ropa limpia inundaba el ambiente, entremezclado con el característico aroma a galletas recién hechas, y junto a la luz que entraba a raudales por los amplios ventanales de la casa, iluminando con su delicado y cálido toque todas y cada una de las estancias de la misma, aportaba un agradable y hogareño ambiente familiar, que nada tenía que ver con la perpetua oscuridad y frialdad, reinante de forma permanente en la inhóspita mansión Black.

El blanco dominaba casi por completo los elementos decorativos del salón principal, destacando inevitablemente las pequeñas flores de lavanda pintadas cuidadosamente a mano, que decoraban algunas de las piezas que componían el mobiliario.

Casi de improviso, un torbellino pelirrosa descendió a toda velocidad por la escalera de madera que conducía al piso superior, deteniéndose un par de segundos en el último de los peldaños.

¡Tío Sirius! — gritó una pequeña de unos tres años, antes de salir corriendo visiblemente emocionada en dirección a donde se encontraba el muchacho.

El moreno cogió a la pequeña en volandas y comenzó a girar sobre sus talones haciéndola volar, mientras la niña reía a carcajada limpia.

—Te he echado de menos — confesó con ternura mientras abrazaba con fuerza una de sus piernas, cuando Sirius la hubo posado nuevamente sobre el suelo.

El muchacho se agachó para situarse a su altura.

—Yo también a ti pequeña, y por cierto, tengo que decirte que me encanta el color de tu pelo, ¿es rosa chicle? — preguntó divertido, observando el llamativo tono del cabello de la niña.

Andrómeda rodó los ojos a su espalda, y un apurado y despeinado Ted Tonks bajó corriendo las escaleras en ese preciso momento.

—Perdona amor, no he conseguido que se peinara para ir al parque — explicó en tono de disculpa — ¡Sirius!. No sabía que venías, ¡bienvenido como siempre al hogar de los Tonks! — saludó con una sonrisa de oreja a oreja, estrechando con fuerza la mano del moreno.

—Siento no haber avisado antes, pero ha sido una visita algo improvisada — se disculpó tomando nuevamente en brazos a la niña, que no dejaba de elevar las manos en su dirección para pedirle que la aupara.

—Nymphadora, no molestes al tío Sirius — la reprendió su madre en tono serio.

La niña se dio la vuelta para mirarla visiblemente molesta y le sacó la lengua.

La pequeña odiaba con todas sus fuerzas su nombre, por lo que se negaba en rotundo a ser llamada de esa forma, llegando incluso a ignorar a propósito los llamados de sus progenitores cuando se dirigían a ella de aquella manera.

—Siempre es un placer tenerte por aquí, ya has visto lo contenta que se pone Dora cuando te ve aparecer — sonrió Ted, contemplando la emotiva imagen de su hija con la cabeza apoyada sobre el hombro del moreno.

Sirius dejó nuevamente a la niña sobre el suelo.

—Te he traído algo, Dora — dijo a la vez que extraía del bolsillo de su chaqueta un pequeño paquete envuelto con un lazo rojo.

La niña abrió mucho los ojos y tomó el paquete de las manos de Sirius con solemnidad, antes de arrancar el envoltorio que lo cubría con nula delicadeza.

—¿Es una snitch? — preguntó emocionada, posando la esfera dorada sobre la palma de su mano.

Las delgadas alas plateadas se agitaron antes de elevarse unos centímetros sobre su mano.

La expresiones de terror que intercambiaron Ted y Andrómeda en ese momento, hicieron replantearse a Sirius si el regalo había sido buena idea después de todo. Nymphadora era todo un terremoto, y correr por toda la casa persiguiendo una escurridiza snitch no se presentaba como el más agradable de los escenarios para unos padres preocupados por la seguridad de su pequeña.

—Si, me han dicho que te gusta el quidditch — comentó Sirius con una amplia sonrisa.

La niña asintió enérgicamente y apretó la snitch contra su pecho.

—La guardaré siempre, tío Sirius — prometió.

—No esperaba menos, pequeño diablillo — rió Sirius, despeinando con cariño la mata de pelo fucsia que cubría la cabeza de la niña.

Al contacto con los dedos del moreno, el cabello recuperó su tonalidad chocolate habitual, y tanto Ted como Andrómeda respiraron aliviados, mientras regalaban miradas de agradecimiento al muchacho.


Alison Potter caminaba por el empedrado Callejón Diagon junto a una radiante Narcissa Black, cuyo paso era tan inusualmente acelerado a consecuencia de la emoción que sentía por comenzar con los preparativos de su futuro casamiento, que la rubia a duras penas era capaz de seguirle el ritmo.

Por suerte para ella, una gran cantidad de conocidos y amigos de la familia de la muchacha, les habían hecho detenerse en varias ocasiones a lo largo de la mañana con el objetivo de felicitar a Narcissa por su reciente compromiso con Lucius Malfoy, lo que había dado algo de margen a Alison para recuperar el aliento.

Ya habían visitado una gran cantidad de tiendas en busca de las decoraciones nupciales perfectas, incluida, para estupefacción de la rubia, la siniestra y tétrica tienda de antigüedades Borgin and Burkes.

Tras una ajetreada mañana de compras y de conversaciones aburridas e insustanciales cuya única temática eran las bodas, Alison se planteó seriamente herirse a sí misma con una maldición imperdonable que la mandara de cabeza a San Mungo. Así al menos tendría una excusa para largarse de allí y, después de todo, la gelatina de lima que ofrecía el hospital no estaba tan mal dadas las circunstancias.

No obstante, cuando estaba a punto de salir corriendo sin mirar atrás aprovechando que Narcissa miraba embobada el escaparate de una floristería, notó como alguien daba ligeros golpecitos en su hombro, y se giró para descubrir al intruso que se encontraba a su espalda.

Narcissa continuó caminando mientras hablaba sola hasta darse cuenta de que era la única que lo hacía, y al percatarse se dio la vuelta de igual forma.

—Regulus — exclamó emocionada — Llegas en el momento perfecto, justo íbamos a mirar vestidos — sonrió a la vez que le tomaba por los hombros, y le guiaba en dirección a la boutique Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones.

Alison sonrió al muchacho y asintió como forma de agradecimiento por su presencia.

—Siento llegar tarde, mi madre me ha entretenido — se disculpó en un susurro a escasos centímetros de la rubia, rozando con la mejilla uno de los mechones de su cabello dorado.

—Cada día me cae mejor tú madre — murmuró con sarcasmo Alison en tono apenas audible, tratando de que solo el muchacho pudiera escucharla.

Regulus disimuló una sonrisa divertida.

No obstante, cuando se encontraban justo delante del escaparate de la tienda, como si de un huracán se tratara, un pequeño de no más de seis años pasó corriendo junto a ellos, para terminar escondiéndose tras las piernas de la rubia.

Su piel era significativamente pálida, aunque algo enrojecida como consecuencia de la carrera, y estaba completamente cubierta por adorables pecas repartidas a lo largo de todo su rostro. Su cabello, color rojo fuego y ligeramente largo, descansaba sobre sus hombros, cubiertos por un grueso jersey de punto de color púrpura con una gran B bordada sobre él.

A los pocos segundos, una mujer llegó hasta donde se encontraban a paso acelerado. Tenía unos veintitantos años y el cabello rizado de un color rojo intenso, muy similar al del pequeño. Paró durante unos segundos con las palmas de las manos apoyadas sobre las rodillas tratando de recuperar el aliento y una vez consiguió hacerlo, levantó la vista en dirección a Alison, tras cuyas piernas se encontraba escondido el revoltoso pequeño.

—William Weasley — espetó en tono autoritario notablemente enfadada — ¿Cuántas veces te he dicho que no puedes alejarte mientras estamos en el callejón? — le riñó, sin disminuir ni un ápice el cargado tono de preocupación que destilaba su temblorosa voz.

El niño se aproximó cabizbajo un par de pasos hasta situarse a la altura de Alison.

En ese momento, con la tranquilidad de saber que su pequeño estaba sano y salvo y su repentina desaparición, no había sido más que un susto sin mayor relevancia, la mujer se percató al fin de la presencia del resto de personas del grupo.

Primero miró a Narcissa, cuya barbilla se mantenía elevada en un gesto de superioridad. Seguramente cuestionando y juzgando la educación y comportamiento, a sus ojos sin duda vulgar, de la mujer y de su travieso retoño.

La mujer desvió rápidamente la mirada de ella algo incómoda, para dirigir una mirada fugaz aún taciturno Regulus, y en último lugar a una expectante Alison Potter.

Sin poder evitarlo y claramente sin pensarlo demasiado Alison se agacho hasta encontrarse a la altura del pequeño, y tras hacerlo tendió una mano en su dirección.

—Soy Alison Potter — se presentó, regalando al pequeño una sonrisa amable.

—Bill Weasley — correspondió el niño con unos modales impecables, estrechando su pequeña mano con la de la chica.

—Encantada de conocerte, Bill. ¿Sabes? No está bien salir corriendo en un sitio en el que hay tanta gente como el callejón, podrías perderte y mamá y papá se pondrían muy tristes — trató de hacerle entender.

La mujer dirigió una mirada de agradecimiento a la muchacha.

—Lo sé — reconoció arrepentido — Solo quería entrar en Ollivanders para ver las varitas y mamá estaba tardando mucho — explicó cabizbajo haciendo pucheros.

—Está emocionado por ir a Hogwarts, aunque aún le faltan cinco años para cumplir los once —explicó la mujer, sin poder evitar dirigir una mirada cargada de ternura hacia su pequeño hombrecito mientras hablaba.

—Créeme Bill, Hogwarts puede parecer muy divertido al principio, pero luego todo son tareas y exámenes. No tengas prisa por crecer — sonrió Alison, dando un golpecito con cariño en la nariz del pequeño.

El muchacho reflexionó unos segundos las palabras de la chica antes de volver a hablar.

—Me gustan muchísimo las tareas — pronunció con seguridad el niño, haciendo sonreír a la rubia.

—Se nos hace tarde — interrumpió Narcissa golpeando su zapato de tacón contra el suelo repetidamente, sin ningún tacto o consideración.

Alison ahogó un suspiro y asintió con seriedad en su dirección.

—Ahora me tengo que ir Bill, pero me ha encantado conocerte — dijo con una sonrisa amable dibujada en el rostro — Ah, lo olvidaba, he encontrado esto antes en mi bolso y yo no iba a comérmelo, ¿no conocerás a alguien a quien le gusten las ranas de chocolate? — preguntó sacando el dulce de su bolsa.

Al niño se le iluminaron los ojos.

—Son mis favoritas — confesó con sinceridad, sin despegar ni un ápice los ojos del envoltorio de la rana.

—En ese caso, esto es para ti — ofreció tendiendo el dulce en su dirección — Pero, a cambio me tienes que prometer que no volverás a salir corriendo y obedecerás a tu madre — advirtió en fingido tono serio.

El niño lo pensó unos segundos y tras hacerlo, asintió y tomó el chocolate de manos de la chica.

La muchacha por su parte, se levantó finalmente del suelo y sonrió con amabilidad a la mujer, mientras el niño se tambaleaba en su dirección con la boca llena de chocolate.

—Muchas gracias por todo — agradeció tomando la mano del pequeño —Soy Molly Weasley, por cierto — se presentó finalmente.

—Alison Potter — repitió la muchacha con una sonrisa tímida.

—Bueno nosotros tenemos que irnos ya, estoy casi segura de que hemos perdido nuestro puesto en la cola de Flourish y Blotts — se excusó a modo de despedida, antes de darse la vuelta y comenzar a caminar junto al pequeño en dirección a la famosa librería.

Cuando finalmente los perdieron de vista y accedieron al interior de la boutique, Narcissa no perdió la ocasión de meter baza en relación al inapropiado comportamiento de la rubia.

—Querida, ahora que vas a formar parte de la familia deberías tener un poco más de cuidado con las compañías que piensas frecuentar — advirtió en un marcado tono condescendiente — No es bueno que te vean hablando con traidores a la sangre como los Weasley, sobre todo dada tu posición y el apellido que vas a adoptar — trató de prevenirla.

Por extraño que pudiera parecer, era más que evidente que sus intenciones eran buenas, es decir, en ningún momento tuvo la impresión de que Narcissa quisiera perjudicarla, sino más bien suponía que la consideraba demasiado ignorante o tonta aún como para saber cómo debían comportarse las brujas de su clase.

Pero eso no evitaba ni mucho menos que sus palabras la irritaran sobremanera y despertaran en ella unas ganas insanas de contestarle sin demasiado tacto, instándole a que cerrara de una buena vez el pico.

No obstante, antes de que Alison se decidiera a responder, notó como alguien la tomaba con disimulo del brazo en señal de advertencia.

Regulus.

Por lo que pensó detenidamente en lo que iba a decir antes de empezar a hablar.

—No era más que un niño perdido — explicó la rubia con una sonrisa inocente, restándole importancia al gesto que había tenido con el pequeño y con su madre.

—Lo sé y es horrible — suspiró apenada — Los niños no tienen la culpa de lo que hacen sus padres, sobre todo ese, un sangre limpia criado por traidores a la sangre, pobre pequeño. No hay más que ver cómo lo llevaban vestido y, ¿has visto ese pelo? — recordó con desaprobación, apretando involuntariamente los labios con fuerza.

Por suerte para Alison, en el preciso momento en el que estaba a punto de perder la paciencia y señalar a Narcissa sin demasiada consideración cuán desagradables eran sus palabras, una encantadora Madame Malkin hizo acto de presencia para darles la bienvenida a su tienda.

—¿Pero qué ven mis ojos?. La encantadora Narcissa Black en mi boutique — halagó en forma de saludo.

—Pronto Malfoy — señaló en respuesta Narcissa, estirando la mano en su dirección para mostrar orgullosa su reluciente anillo de compromiso.

—Felicidades por eso, querida. Lo leí en las páginas de sociedad del diario el Profeta, y ya me preguntaba cuánto tardarías en pasar por mi tienda — comentó con confianza, como si de una vieja amiga se tratara, tendiendo una mano para invitar a Narcissa a adentrarse en su negocio.

La estancia principal de la tienda se encontraba repleta de maniquíes vestidos con túnicas de todos los estilos y colores habidos y por haber, y el mostrador repleto de bobinas de hilo, alfileres, un metro, algún que otro dedal y montañas de rollos de distintos tipos de tela.

Alison suspiró agotada, y Regulus en respuesta apretó con cariño su hombro tratando de infundirle un poco de ánimo.

—¿Vamos? — preguntó el muchacho, al ver que la chica se había quedado embobada mirando la puerta de la sala por la que habían entrado hacía apenas unos segundos Narcissa y Madame Malkin.

Alison asintió a regañadientes y entró finalmente, seguida de cerca por Regulus.

Madame Malkin indicó a ambos muchachos que se sentaran en los mullidos asientos de color turquesa destinados a las visitas mientras esperaban.

Y así fue, estuvieron aproximadamente una hora allí sentados mientras Narcissa se probaba una veintena de vestidos.

—Recuérdame que huya del país antes de volver a prestarme a algo como esto — suspiró sonoramente Alison, dejando caer su cabeza sobre el hombro del chico.

Regulus sonrió y le alborotó el cabello con cariño.

No obstante, la muchacha levantó la cabeza de golpe y puso distancia entre ambos, al escuchar nuevamente pasos que se acercaban.

Narcissa entró en la sala ataviada con un clásico y elegante vestido de crepé y encaje, con un sobrio escote en V, espalda abierta y largas mangas de farol con románticos detalles en tul.

—Es este — pronunció visiblemente emocionada en dirección a los muchachos tratando de contener las lágrimas.

Madame Malkin sonreía satisfecha tras ella.

—Estas preciosa, prima — halagó Regulus levantándose de su asiento para acercarse a la chica y dejar un beso sobre su mejilla.

—Regulus tiene razón, Narcissa, es precioso — coincidió Alison con una sonrisa forzada, acercándose hasta donde se encontraban ambos.

No estaba allí por gusto, ni se sentía especialmente feliz de compartir su tiempo con Narcissa después de haberla escuchado hablar de forma tan despectiva de la señora Weasley y su pequeño, pero no quería enfrentarse bajo ningún concepto a las consecuencias de haberse atrevido a ser mínimamente descortés con la muchacha.

—¿Creéis que a Lucius le gustará? — preguntó haciendo patente su inseguridad — Quiero estar perfecta para él ese día — añadió, sin dejar de analizar cada mínimo detalle de la imagen reflejada en el espejo frente a ella.

—Estaría loco si no le gustara — aseguró Madame Malkin con obviedad, tratando de infundir algo de confianza a la muchacha.

Regulus y Ali asintieron mecánicamente.

—Listo, pues me lo llevo — anunció notablemente emocionada, con una amplia sonrisa dibujada en los labios, y numerosas lágrimas encharcando sus grandes ojos azules.

Alison la observó con detenimiento, la muchacha lucía realmente feliz por desposarse con Lucius, algo que por muchas razones a Alison le pareció cuanto menos inverosímil. Lucius no parecía ser ni de lejos el esposo ideal, aunque quizás sí lo fuera en privado con ella. Además, habiendo conocido un poco más a Narcissa, probablemente fueran tal para cual después de todo. Cómo se suele decir, siempre hay un roto para un descosido.

—Perfecto — celebró Madame Malkin satisfecha aplaudiendo con entusiasmo.

—No obstante, mientras me cambio sería genial si le enseñaras también algunos vestidos a mi futura cuñada, como también sabrás pronto se casará con mi primo Sirius — anunció orgullosa, dirigiendo la mirada en dirección a Alison.

La chica abrió los ojos visiblemente asustada.

Pensaba que había conseguido librarse, pero al parecer había cantado victoria demasiado pronto.

—Por supuesto señorita Black — aceptó Madame Malkin — Por aquí, por favor — señaló en dirección a Alison.

Alison miró a Regulus aterrorizada, pero el muchacho no pudo más que encogerse de hombros, así que la rubia finalmente terminó por resignarse y seguir a la dependienta.

Caminó arrastrando los pies, en dirección a una sala con las paredes repletas de percheros con cientos de vestidos colgados de ellos, de los cuales Madame Malkin sacó unos cinco de distintos estilos.

Ya en el vestuario Alison se probó uno a uno los elegidos. Siendo cada vestido en el que se embutía, peor que el anterior.

Si ya de por si le enfermaba la idea de probarse vestidos de novia a su edad, lo hacía aún más parecer mínimamente una damisela en apuros, y esas lechugas repletas de tul y pedrería decían princesa a gritos. Una princesa esperando a ser salvada por un príncipe de reluciente armadura, o en este caso, de reluciente apellido.

Sintió como las náuseas se apoderaban de su estómago.

—Tienes que salir con alguno, muchacha — la apremió Madame Malkin.

—Lo sé, es solo que no son mucho mi estilo, preferiría algo más sencillo — confesó la muchacha algo incómoda, tratando a duras penas de respirar, aprisionada bajo el estrecho corsé del último de los instrumentos de tortura de alta costura, que le había hecho probarse la encantadora mujer.

Aunque a decir verdad, a esas alturas había dejado de parecerle tan encantadora.

—Está bien, veré qué puedo encontrar — concedió la dependienta algo indecisa, antes de dejar escapar un suspiro y desaparecer tras la tela que cubría la puerta del vestidor.

No obstante, para suerte o desgracia de la muchacha, Madame Malkin no tardó en aparecer nuevamente con un nuevo vestido colgado del antebrazo.

La muchacha se prometió a sí misma que sería el último que se probaría, y así lo hizo.

Debía reconocer que era precioso, y si realmente hubiera deseado desposarse, muy probablemente ese hubiese sido el vestido que hubiera elegido para hacerlo. Algo sencillo, de corte evasé, con escote de barco y manga francesa, la suave tela caía etérea sobre su piel, adaptándose a su figura como si de un guante se tratara, parecía haber sido diseñado por y para ella. No obstante, lo que más llamaba la atención del mismo era su espalda en v, decorada con una delicada puntilla francesa que le daba un romántico toque, al ya de por sí mágico vestido.

La rubia dirigió su mirada al espejo, analizando el reflejo que se mostraba frente a ella, y a pesar de no querer nada de eso, y odiar con cada partícula de su cuerpo aquello en lo que querían obligarla a convertirse sus padres, por primera vez aceptó que era real. Por muy loco que pudiera parecer, iba a casarse con Sirius Black.

Observó el siniestro anillo instalado en su dedo anular.

No obstante, su ensimismamiento no tardó en ser interrumpido por una impaciente Madame Malkin, presionándola a salir de una buena vez del vestidor para enseñar el vestido a sus acompañantes.

La reacción fue inmediata.

Nada más verla aparecer, Regulus se levantó del asiento de un respingo y tragó saliva, lo cual inevitablemente llamó poderosamente la atención de Narcissa, que a diferencia de lo que muchos pudieran llegar a pensar, no era ninguna necia.

El muchacho sintió que se le secaba la garganta.

Estaba preciosa.

No, preciosa era una palabra que se quedaba demasiado corta para describirla en ese preciso momento.

Parecía un ángel.

Un ángel que nunca estaría a su alcance porque iba a casarse con su hermano.

Había envidiado muchas veces a Sirius, demasiadas. Pero ese día le envidió más que nunca antes y se odió a sí mismo por hacerlo.

Se había enamorado de ella. No sabía cómo había sucedido pero lo había hecho y si quería arreglarlo debía alejarse, por muy adictiva que pudiera sentirse su compañía, su contacto, debía poner tierra de por medio, o terminaría con el corazón más roto de lo que empezaba a tenerlo ya.

—Estás muy guapa — halagó el moreno desde la distancia, dirigiendo automáticamente la vista hacia el suelo.

Y no lo pensó, desde luego que no lo pensó, si lo hubiera hecho no habría actuado como lo hizo.

Regaló una fugaz mirada de disculpa a la rubia, y se marchó de allí sin dar ningún tipo de explicación, dejando a la chica completamente confundida sin entender absolutamente nada de lo que acababa de suceder.

Narcissa por su parte, pareció ignorar la extraña situación, sin perder la oportunidad de acercarse a Alison e incitarla a comprar el vestido, pero a la muchacha no podía importarle menos el maldito vestido, sólo podía pensar en Regulus en ese momento.