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Yuri on Ice (YOI) no me pertenece, el propósito de este fanfiction es solo entretener y esta historia no tiene ningún valor comercial. Ya dejando eso claro, por favor no me demande.

Este fanfiction no describe zonas geográficas correctas y/o exactas, así como hechos reales históricos, sociales o culturales. Contiene: lenguaje vulgar, situaciones para adultos, consumo de alcohol y parejas del mismo sexo.

Nota inicial: En esta historia utiliza elementos y connotaciones del omegaverso, pero cuenta con su propio diseño y características que variarían dependiendo de la cultura. La diferencia se revelara a lo largo de la historia.


12.1 Como flor de cerezo

Kōkyo, Tokyo. Japón

Marzo de 1903

Alexandre Ivánovich Nikiforov

El gran zar Alexandre Ivánovich Nikiforov tenía un dilema. Su reino en la tierras heladas de la madre Rusia era prospero y productivo, por desgracia, eso exigía un mayor recursos y territorio. Para el desarrollo de su nación, el emperador requería tener un puerto comercial en el mar amarillo al oriente del continente que le permitiera acceso a las riquezas de aquellas aguas, como un puerto marítimo para exportaciones.

Sus negociaciones con China y Corea por aquel territorio resultaron ser muy exitosas, pero había un tercero en el juego que diputaba más las aguas del aquel territorio. Japón, la tierra del sol naciente, era una nación desconocida para el gran zar, no solo en sus islas, sino también en su gente y costumbres. Desde el momento que se programó su reunión con su homónimo japonés, sabía que tendría retos a cuales adaptarse.

Y no estuvo equivocado. El gobernante japonés Hirohito, conocido como el Emperador Shōwa, era mucho más joven que Alexandre; era casi de la misma edad que su hijo Viktor. Ante ese hecho, el zar esperó de él inexperiencia, terquedad y prepotencia de un joven alfa de su edad, algo con lo que ya tenía experiencia en manejar. Fue mayor su sorpresa de encontrarse con un hombre sereno, serio, altivo pero bastante excéntrico en su toma de decisiones.

Era un joven idealista que había impulsado la industrialización del occidente en su país, pero al mismo tiempo, arrastraba viejas costumbres que resaltaban enigmáticas, pero curiosas para Alexandre. Esas mismas tradiciones, eran el mayor reto a enfrentar y principal fuente de duda del emperador japonés.

En el joven alfa existía la dualidad de su búsqueda por el crecimiento y modernidad, y su deseo de conservar la independencia de su nació y sus tradiciones que eran amenazadas por extranjeros y constantemente recordadas por sus consejeros. Hombres tercos chapados a la antigua, que creían saber más que su mismo emperador. Si se hubieran encontrado en el territorio de Alexandre, fácilmente los habría embriagado y desecho de ellos el tiempo suficiente para conseguir lo que deseaba de Hirohito.

Era una suerte que Alexandre no se encontrara solo en aquella búsqueda, ya que justamente con Yakov Fletsman, su mano derecha, la rudimentaria política tradicionalista japonesa fue más fácil de manipular y moldear a sus deseos.

Después de una semana de negociaciones, finalmente Alexandre e Hirohito pudieron llegar a un acuerdo comercial beneficioso para ambos que iniciaría una relación de amistad entre las naciones y permitiendo la existencia del puerto que necesitaba en Liaondong. El zar no podía estar más satisfecho.

En aras del nuevo convenio a firmar, Alexandre, su consejero y su comitiva fueron tratados como invitados especiales en el palacio imperial los días siguientes, disfrutando de los manjares y excentricidades que caracterizaban al país nipón. El zar llegó a sospechar de alguna trampa entre aquella amabilidad.

Pero lo que encontró fue la disciplina y dedicación de los nipones que sorprendió mucho a Alexandre. El pueblo japonés era correcto, recatado y siempre en orden. Todos eran consientes de su posición y su lugar en la sociedad; las rivalidades alfas eran mal vistas y los betas realizaban sus trabajos con excelencias. Aún así existía una estricta jerarquía, que los regía cada uno de sus días.

E igualmente pronto se percató de la ausencia de los omegas entre la población, que hasta por un momento el mismo zar se cuestionó si estos existían en Japón. Eso fue hasta que Hirohito lo invitó a conocer el harén del palacio imperial.

–No es una hermosa vista –comentó el joven alfa con su rudimentario ingles, indicándole las inmensidades del jardín interior con el movimiento de su brazo –. Como si fuera el cielo en la tierra.

Efectivamente lo era. Los jardines dentro del palacio eran enormes y vibrantes de vida. El ala correspondiente al harén era gigantesca, donde la omegas podían andar cómodamente a sus anchas, ser atendidas y entretenidas por sus sirviente betas. Eran damas de exótica y exuberante belleza, y su dulzona fragancia cubría cualquier rincón. No lo cubrían u ocultaban en lo más mínimo; la disciplina de los guardias para mantenerse indiferentes ante la cantidad de feromonas era admirable.

Hirohito le explicó a su homónimo ruso que los omegas en Japón eran enviados de los dioses para asegurar la prosperidad y felicidad de su gente. Por ello eran cuidados y venerados con gran recelo.

–¿Todas las omegas terminan aquí? –preguntó Alexandre conservando la compostura, diferencia del resto de su comitiva que reía como niños risueños con mejillas sonrojadas.

–Esa es la idea –contestó Hirohito también impasible –. Sus familiares nos informan de su nacimiento y al cumplir la edad requerida son traídos aquí donde tendrán un futuro asegurado. Aun así se dan casos de robo de infantes o personas recelosas que ocultan a los omegas. Es un crimen que castigamos con shi (muerte).

–No me puedo imaginar tener un garem… harén, con todas las omegas de mi nación solo para mí.

–Y yo tampoco –confesó el emperador nipón –. Ya que ellos no me pertenecen.

Cuando Alexandre creía que no podía haber más rarezas en aquella nación, su sorpresa fue tal al descubrir el harén del palacio imperial no era propiedad de su emperador. Hirohito le explicó que como gobernante debía proteger a los omegas por el bien y futuro de su pueblo, pero ellas seguían siendo hijas de sus padres, esposas de sus esposos, madres de sus hijos. Comprometidas ante los deseos de sus padres, visitadas por sus esposos y podían conservar sus hijos con ellas hasta cierta edad. Nunca abandonaban el palacio, pero su vida era regida como cualquier otro como la jerarquía nipona lo mandaba.

En cambio, Hirohito contaba con su consorte real, una omega de alto linaje y su prometida desde el nacimiento, y varias concubinas que cuidaban y atendían a la esposa principal. Ni siquiera él como emperador, tenía autoridad de tocar a las omegas del harén del palacio.

–Me han informado que el harén de su reino se rige de diferente manera –agregó el joven alfa sacando de su sorpresa a su homónimo ruso.

Alexandre se preguntó cuantas verdades a media o tergiversadas le habían contado sus viejos y anticuados consejeros al joven emperador sobre la diferencia cultural hacía los omegas en Rusia; eso hacía que la posibilidad de afianzar su tratado con especie se veía muy remota para el zar. O tal vez él estaba mal acostumbrado, después de todo, Alexandre disfrutaba coleccionar omegas de los países que solía negociar.

–¿Cómo se asegura de bienestar de su harén?

–Su posición es muy bien conocida –contestó Alexandre con altivez y extrañado ante tal pregunta –. Solo un loco podría transgredir la ley.

–¿Cuántas personas hay en Rusia?

– ¿Chto skazal?... ¿Disculpe?

–Perdone mi mal hon'yaku… traducción –se disculpó Hirohito –, pero deseo saber cuántas personas hay en Rusia.

Alexandre comenzaba a fastidiarse con las excentricidades del joven emperador, por desgracia Yakov y el resto de los delegados estaba demasiados engatusados con las feromonas para ayudarle a escapar de tan inútil conversación. Probablemente esa había sido la intención de Hirohito desde el principio.

Tal vez no eran tan diferentes después de todo.

–No hay un número exacto, pero alrededor de cinco millones.

–Y no es posible que entre cinco millones exista alguien lo suficientemente loco para violar la ley –una sonrisa seca e irritante se dibujó en los labios de Hirohito.

–Lo ve de manera muy simple –respondió el zar imponiéndose desde su punto de vista, en altura y posición –. El harén está seguro en el palacio del invierno, hay guardias y sirvientes.

–¿Y confía plenamente en guardias alfas y sirvientes betas cuiden de los indefensos omegas?

–¿Acaso va a enseñarme a cómo dirigir a la gente bajo mi techo?

–Con el ejemplo –respondió el emperador nipón sin comprender el comentario.

El joven alfa señaló a un par de guardias que caminaban a las orillas del enorme jardín vigilando de cerca a las omegas del harén. Era la primera vez que Alexandre los notaba, ya que el palacio imperial estaba plagado de guardias masculinos y femeninos, y la belleza de las omegas era la principal atracción en aquella ala del palacio. Al contemplarlos con más atención los notó claramente diferente al resto, con facciones delicadas y hasta femeninas, de gran belleza y graciosos movimientos.

Eran omegas también. Varones omegas.

–Son los Shinseina hogo-sha (guardián sagrado) –explicó el emperador nipón –. Las omegas son delicadas e indefensas que necesitan la protección de alguien como ellas. Los omegas dansei (varones) son protectores naturales; son entrenamos desde niños para proteger y servir, en sus manos las omegas no corren ningún riesgo.

Aunque había gran lógica en sus palabras, el zar no pudo evitar sentirse confundido como un pez fuera del agua. En sus costumbres, lo omegas varones eran aberraciones inservibles que su gente preferían ignorar; el que fueran entrenados como soldados resultaba para Alexandre una completa locura.

La estupefacción en su rostro no pasó inadvertida para su homónimo que con una sonrisa picarona en sus labios, llamó a sus sirvientes con una débil señal de su mano.

Yuuri-kun –dijo con voz firme.

Lo primero que se percató Alexandre fue repentino cambio del ambiente a como la fragancia dulzona empalagosa de las omegas era superado por un aroma mucho más floral. Un aroma tan único que detuvo su respiración. El zar lo había percibido antes al llegar a Japón y muchos años atrás se había enamorado de este. Nunca había asociado su origen, pero para el siempre fue el maravilloso aroma de Irina, su difunta esposa. La única mujer y omega que había amado en su vida, la más hermosa y maravillosa, y que tristemente perdió al darle a luz a su hijo y heredero.

Cuando la perdió, su fragancia se esfumó lentamente de los pasillos del palacio del invierno, dejándolo con una soledad y vacio, que ninguna omega del harén logró consolar. Con el tiempo creyó haber olvidado el aroma personal de su amada, hasta que puso por primera vez los pies en el jardín imperial japonés.

Los cerezos en flor resplandecían de bellos tonos pasteles rosados e inundaban los alrededores con su fuerte fragancia, la misma que la difunta zarina. Alexandre esperaba que como parte de las negociaciones le regalaran un árbol de cerezo, el cual mandaría plantar en los jardines de su palacio y su aroma pudiera consolarlo de su soledad.

Pero su sorpresa fue mayor cuando se acercó a ellos un pequeño muchacho, de cara regordeta, gruesas gafas que hacían ver sus ojos aún más grandes de lo que eran, y delicados ropajes en tonos azules; él era la fuente de tan intensa fragancia. El niño era como un cerezo en flor… un omega como su emperatriz… pero un varón.

El zar se sintió perdido entre las remembranzas que traían consigo aquellas feromonas florales y la repulsión ante su origen.

–Como Ten'nō (emperador) es mi deber velar por la seguridad de los omegas –explicó Hirohito con calma ante la estupefacción de Alexandre –. Sería muy negligente de mi parte dejar marchar sin asegurarme que el harén de su reino corra peligro. Yuuri es joven y por ello adaptable, será un perfecto guardián para las omegas rusas.

–¿Qué?

–Un regalo, de buena fe. Por el futuro de ambas naciones.

Alexandre se quedó sin palabras, en lo que escuchaba los rumores y susurros del resto de la comitiva rusa. Su mirada cayó en el joven muchacho de cabellera negra como el plumaje de un cuervo, cuya expresión denotaba la completa ignorancia de lo que se hablaba a su alrededor.

El zar ruso esperaba un omega nipón, pero no así. No quería ese muchacho y mucho menos con aquel maravilloso aroma que rompía su corazón. Pero sus manos estaban atadas, debía aceptar el regalo si deseaba continuar con el tratado que acababa de consolidar.

Era una broma cruel de la vida y el destino.


Un saludo a todos.

Se me pasó señalar en el capitulo anterior que en realidad ese es el final de la historia de Viktor y Yuuri. De esa fecha no hay más futuro como parte de este fic. En cambio, el final de esta historia será en el capitulo siguiente.

Por cierto, me tomé algunas libertades para cambiar un poco la fecha de reinado de Hirohito, su edad y detalles que no son históricamente correctos.

Eso es todo por ahora y...

Gracias por leer.