Róbame el corazón
Wendy Grandchester
Capítulo 14
No podía creerlo. Eso simplemente no podía estar pasando. El corazón le latía descontroladamente, le dolía el pecho y una fuerte migraña se apoderó de sus sentidos.
—¡Savannah! ¡Savannah!— gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. Quizás solo se escondió por ahí, tal vez solo estaba gastándole una broma. Una travesura de la edad. Buscaba entre los arbustos, miraba por los alrededores. Caminó casi hasta la otra cuadra y nada. Entró nuevamente a la casa, quizás la niña había entrado sigilosa y se había escondido en el cuarto de limpieza como había hecho tantas veces. Nada de eso, Savannah no estaba. Con las manos temblorosas, dejando caer su celular una vez, llamó a Albert.
—Amor, estoy en una reunión, ¿pasó algo?— respondió Albert muy bajito, excusándose con Archie y otros colegas.
—La niña, Albert… La niña…— decía histérica entre llanto.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasó con Savannah?— Albert alzó la voz y la palidez se adueñó de tez.
—No está… Se… se la lleva… llevaron…
—¡Se la llevaron! ¿Cómo se la llevaron? ¿De dónde?
Candy había recibido a la policía, hecha un manojo de nervios. Albert había llegado media hora después con Archie, quien tuvo que tomar el control al volante porque Albert no estaba en condiciones y él jamás lo dejaría solo en un momento como ese.
—¡Albert! Lo siento, lo siento tanto…— Candy se lanzó a sus brazos y él la recibió con el rostro compungido.
—Buenos días, señor Andrew. Soy el detective Henderson, mi colega, detective Morales…— señaló el hombre de rostro serio y cuarentón a su compañera de un par de años menor.
Luego de las presentaciones y todas las formalidades, les rogaron que se calmaran y tomaran asiento. Otros oficiales seguían peinando la casa y los alrededores, entrevistando vecinos.
—¿Nos permite revisar los vídeos de seguridad?— preguntó Morales por ser educada, pero era una orden.
Candy comenzó a contar su versión de los hechos por enésima vez.
—Ya estábamos listas para salir, solo entré por su mochila, no me tardé más de un minuto, ¡lo juro!— decía con la culpa comiéndosela desde adentro, apoyada en Albert.
—¿Saben de alguien que quisiera hacerles daño? ¿Algún cliente insatisfecho quizás?—dirigió su mirada a Albert.
—No—respondió firmemente, llevándose los dedos a las sienes que le latían dolorosamente.
—Yo… yo creo que hay una persona que quizás pudo… es decir, no estoy segura de nada, pero…— Albert volteó a mirar a Candy con asombro.
—Díganos. Cualquier cosa puede ser útil— la alentó Henderson.
—Hace unas semanas… vi a… a un exnovio mío, se me acercó en la entrada de la casa…— Albert se alejó instintivamente de ella, con una cara de total estupefacción.
—¿De qué diablos hablas?—le reclamó Albert acalorado, incrédulo.
—Cálmense, por favor. Señorita White, por favor continúe.
—Pensé que solo lo hizo por fastidiarme, él es así… siempre le ha gustado atormentarme…
—¿Y por qué no me lo dijiste? Ahora ese malnacido tiene a mi hija…
—Cálmese por favor…— Henderson puso una mano en el hombro de Albert, este resopló y Candy lo miraba llorando, tratando de descifrar la manera en que él ahora la veía, como si aquella adoración y dulzura se hubiese extinguido.
—No pensé que… lo siento…—se desbordó en llanto una vez más.
—¿Cómo se llama ese antiguo compañero suyo?
—Neal Leagan—balbuceó el nombre, sintiendo náuseas.
Habían revisado los vídeos de seguridad, Morales y los demás habían visto efectivamente a Neal merodear por la casa, había tenido una pequeña conversación con Candy y se había alejado caminando hacia donde las cámaras ya no podían seguirlo. Semanas después se mostraba nuevamente merodeando por la casa, fumando un cigarrillo casualmente mientras Candy, su suegra y la niña se subían al auto. Observaron a Candy detenerse sospechosamente un momento, buscando algo, o a alguien…
—¿Recuerda de qué hablaron? ¿La amenazó? ¿Le expresó alguna intención de hacerle daño a la niña o la familia?
Mientras Henderson continuaba interrogando a Candy, Albert escuchaba y observaba como si se tratara de algo irreal, una pesadilla, una broma macabra. Ese hombre había estado en su casa dos veces… ¡Dos veces! Y Candy nunca lo mencionó. ¿Por qué no le dijo nada? ¿Tendría ella algo que ver con eso? ¿Lo había estado engañando todo el tiempo? Solo se llevaba las manos a su cabello rubio, con el rostro contrariado, soltando las lágrimas que había estado conteniendo. No quería pensar que Candy fuera capaz de algo así, pero en su profesión, sabía que cualquier persona podría ser capaz del crimen más atroz.
—Va aparecer sana y salva, Al— Archie no abandonaba su lado, haciéndose en silencio las mismas preguntas que se hacía Albert. ¿Candy tuvo algo que ver con el posible secuestro de Savannah?
—No dijo nada importante, yo le pedí que se fuera… que no se me acercara nunca más. Pensé que solo quería mortificarme a mí, jamás pensé que pudiera hacerle daño a la niña…
—Henderson…— Morales llamó a su compañero.
Se observó a dos personas, vestidas de negro, con máscaras, aparentemente dos hombres, sacaron a la niña que estaba absorta en el vídeo que miraba en su Tablet, antes de que pudiera gritar o reaccionar uno de ellos se la llevaba cargada y le tapaba la boca, luego la otra persona se la quitó y la cargó, le acariciaba la cabecita como queriendo calmarla mientras se alejaban del alcance de las cámaras.
—¡La tiene! ¡Ese infeliz tiene a mi hija!— Albert no pudo contenerse más y rompió en llanto y desesperación. Archie lo sostuvo porque iba a desplomarse. Su niña, su preciosa niña, su princesa… lo único bello que le había quedado de su fallida historia de amor con Karen.
—Señor Andrew, trabajaremos incansablemente en la búsqueda de su hija. Haremos que se emita una alerta Ámbar— le dijo Morales.
—Tenemos que esperar a que los secuestradores se comuniquen…— Añadió Henderson.
—¿Y mientras tanto qué?—respondió Albert furioso, aunque conocía bien esos procedimientos, pero ahora, él no era un erudito de leyes, era un padre desesperado que solo quería que su hijita regresara a casa.
—Hijo…— su madre llegó corriendo a él y lo abrazó llorando. George también se veía abatido y colocó su palma paternal sobre su hombro.
—Señorita White, será mejor que nos acompañe para que haga una declaración oficial y me temo que debemos hacerle más preguntas…—Henderson sabía lo incómodo de esa parte.
—¿Yo? Pero ya les dije todo lo que sé. Prefiero estar cerca de mi… de la familia, quiero estar aquí para cuando vuelva…—suplicó con un deje de ingenuidad e inocencia, pero muchos de los presentes ya no la compraban.
—Usted fue la última persona que estuvo con a niña antes de que se la llevaran. Interactuó con el único sospechoso hasta ahora, lo conoce personalmente. Lamento decirle esto, pero usted es una persona de interés en este caso.
Candy se quedó boquiabierta, gruesas y quemantes lágrimas bañaban su rostro incrédulo y atribulado. Ella jamás le haría daño a Savannah, ni a Albert, ni a ninguna persona. Ella estaba sufriendo por esa niña como cualquiera en esa sala. Ella anhelaba con todo su ser que regresara. Amaba a esa niña como si fuese su propia familia.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que esta mujer no era buena! ¡Charlatana!— le gritó la madre de Albert a Candy y le propinó tal bofetada que la aturdió.
—¡Señora!— la alejó Morales antes de que las cosas se pusieran peor. Archie sostuvo a la maltratada Candy mientras Albert seguía en un trance de incredulidad. Quería correr hacia Candy, pero algo inexplicable se lo impedía. La duda. La maldita duda que se colaba por cualquier rendija de su mente y su conciencia.
—Yo no tuve nada que ver con esto, Albert… ¡Te lo juro! ¡Yo adoro a Savannah! Yo la protegería con mi propia vida, ¡lo sabes! Dime que lo sabes, por favor…—suplicaba llorando mientras se alejaba con los detectives. Albert no se movió, era incapaz de reaccionar.
—Trate de calmarse, señorita White… ¿señorita White?
Se puso muy pálida, la piel parecía estar helada y se había desmayado. Llamaron una ambulancia inmediatamente. Para Albert era todo irreal. Su pequeña secuestrada. Candy sospechosa. Candy, su prometida, la mujer a la que le había confiado su tesoro más valioso.
La noticia del secuestro de Savannah estaba siendo transmitida en toda la programación local y en las redes sociales. Se observaba a un lloroso y desesperado padre agradeciendo anticipadamente cualquier información que pudiesen dar y además ofrecía personalmente una recompensa de diez mil dólares por cualquier información valiosa que pudieran aportar.
Habían pasado ocho horas desde que se la llevaron. Ni una sola llamada pidiendo un rescate, ni una sola pista de nada. Ocho horas que parecían ocho años, ocho siglos. Los detectives estaban en la casa Andrew, pendientes a cualquier novedad. Los servicios sociales también los había entrevistado, también habían interrogado al personal escolar en caso de algún posible maltrato que hayan podido notar o algún extraño merodeando los predios del colegio. Pero no había nada. Nada que sirviera. Solo un posible sospechoso, porque hasta el momento no podían afirmar que Neal Leagan era la misma persona que se la había llevado. Era solo un sospechoso, un posible culpable que conocía muy bien a la niñera, la última y única persona que estaba con la víctima en ese momento.
La prensa había previsto información del sospechoso, fotografías, su nombre y un distintivo tatuaje en la mano derecha. La policía no había dado con él aún, aunque habían encontrado un interesante historial de crímenes menores. No había información de trabajo reciente, ni empleadores recientes ni antiguos. Nunca había tenido una cuenta de banco o alguna tarjeta de crédito. Estaban intentando ubicarlo con lo único relativamente útil que consiguieron de él, su número de teléfono.
—¿Crees que ella es culpable, Archie? ¿Qué he estado tan ciego que no lo vi? ¿Será que yo mismo les entregué a mi hija en bandeja de plata?
—No quiero llegar a conclusiones, Al… creo que lo mejor es esperar. Si ella es culpable o no, lo sabremos tarde o temprano. Si ella tuvo algo que ver, nos aseguraremos de que pague.
—¿Y si no lo es?
Se preguntaba Albert. ¿Y solo estaba echándole a esa desdichada muchacha a los lobos mientras los responsables seguían como si nada? Llevaba un año con ellos, la amaba, tanto él como Savannah la amaban, ya no podían imaginarse la vida sin ella. Candy cuidaba a Savannah como si fuese su propia madre, era cariñosa, indulgente y sobreprotectora muchas veces. Estaba pendiente al más mínimo detalle, jamás había mostrado ningún indicio de irresponsabilidad y negligencia hacia la niña, todo lo contrario. Imágenes de la increíble fiesta de cumpleaños de Savannah llegaron a su mente, como Candy se dejaba la piel haciendo feliz a la niña. Hacía cualquier locura por ella, incluso hacer el ridículo, pensó al recordar la noche de karaoke. ¿Esa misma Candy había sido capaz de traicionarlos así? ¿Y cuál podría ser el motivo? ¿Dinero? Él tenía dinero, pero no era rico. Ella vivía bien, él le pagaba bien, continuaba pagándole aún cuando ya estaban comprometidos. Ella no tenía muchos gastos al vivir con ellos. Su padre le había heredado una suma importante de dinero, que no era una fortuna, pero sí lo suficiente para comenzar una nueva vida si así lo quería. Iba a ser su esposa, todo lo suyo sería también de ella… No tenía sentido. A menos que… A menos que todo este tiempo haya mantenido su relación con el gusano de Neal Leagan, que solo planeara sacarle dinero y huir con su amante. No solo estaba atormentado por el paradero de su hija, también se sentía traicionado por Candy, los celos lo consumían. Albert nunca había sido celoso, siempre había sido un hombre sensato y demasiado seguro de sí mismo. Pero ahora, ahora ya no estaba seguro de nada.
—Cariño, deberías darte un baño y cambiarte esta ropa. Yo… preparé café y unos bocadillos si gustan…—añadió Martha dirigiendo su mirada a los detectives, los cuales aceptaron la oferta.
La presión de Candy se había estabilizado, ya estaba bien, pero al despertar, nada había desaparecido. El secuestro de Savannah era real, no era una pesadilla. Recordó la frialdad de Albert, eso la estaba matando lentamente, pero no era su prioridad. Lo importante era Savannah. Que regresara a casa, sana y salva. Traviesa y parlanchina. Que regresara a iluminar su vida, a darle sentido, a darle paz. Aún si no pudiera formar parte de ella, aún si le costara el amor de Albert. Estaba dispuesta a sacrificarlo todo si ella regresaba a casa. Esos eran sus rezos, ella no era religiosa, no rezaba nunca, ni iba a la iglesia jamás, no después de que Dios se había llevado a su madre y a su bebé. Pero ahora, le suplicaba a ese Dios que tanto le había defraudado, que les devolviera a Savannah, a cambio de su felicidad, de sí misma si era necesario.
—Ya puede irse, solo firme aquí. Recuerde, nada de aspirina y ninguna actividad física agotadora hasta que la vea su cardiólogo. Está en una situación delicada, señorita White— le dijo el doctor de turno.
Candy había quedado aún más aturdida luego de ver a los médicos, pero el secuestro de Savannah lo eclipsaba todo. Lo demás podía esperar. La detective Morales y otro oficial la esperaba para llevarla a declarar y para hacerle más preguntas. Todo parecía una obra macabra. Salía del hospital, Albert no estaba con ella como lo habría estado en otras circunstancias, tampoco un amigo, algún familiar. Nadie que le tomara la mano y le prometiera que todo estaría bien.
La interrogaron por más de una hora. Su versión nunca cambió. Pasó la prueba del polígrafo a la cual se sometió voluntariamente. Habían revisado su teléfono, tampoco habían encontrado nada sospechoso. No había mucha información, no había pruebas de nada, no parecía haber un motivo aparente, esa chica estaba viviendo su propio cuento de la Cenicienta, no había un motivo económico. Lo único que la mantenía como persona de interés o presunta cómplice era su pasado con Neal.
Neal que no se cansaba de hacerle daño. ¿Por qué quería hacerle daño? Más daño del que le había hecho cuando solo era una chica inocente, huérfana de padres y de afecto. Una chica de la cual abusó y se aprovechó. La embarazó y la abandonó. No se conmovió ni siquiera cuando supo que su bebé, su hija, había muerto en su vientre y se tuvo que someter a un procedimiento doloroso y casi inhumano. Pero todo eso fue hace años, ella ya lo había superado, o al menos trataba de vivir en paz con ello. Pero ahora, ¿por qué querría Neal perjudicarla? ¿Qué le había hecho ella a él? ¿Además de haberlo amado como una adolescente perdida y estúpida?
…
—Ya quiero irme a casa. ¡No quiero más helado! Quiero irme con mi papá y Candy—demandó la niña, empujando berrinchudamente el vasito de helado con chocolate que le habían dado.
—Está bien, tranquila. Candy vendrá a buscarte pronto, pero tienes que portarte bien—le decía el Neal enmascarado mientras encendía el televisor del sótano en que se encontraba con la niña.
—Quiero ir al baño—demandó nuevamente y Neal le hizo un gesto a su cómplice para que la llevara, cosa que la mujer hizo.
La llevó al baño y se quedó cerca. La mujer no le hablaba mucho, pero la trataba con delicadeza y siempre trataba de consolarla cuando entraba en alguna crisis. No se sentía orgullosa con lo que estaba haciendo, pero… era necesario. Era por el bien de todos.
…
Candy regresó a casa, vivía ahí, era la prometida de Albert (todavía). La policía la había dejado ir, no tenían nada aún.
—Albert…—fue todo lo que dijo, con los ojos aguados que se encontraron con los suyos, ojerosos, enrojecidos y cansados. Él se puso de pie y fue lentamente hacia ella, pero aún así, podía sentirlo completamente lejos.
—Yo no lo hice. Lo juro por la memoria de mi madre, por mi hija… No tuve nada que ver…— estiró el cuello para mirarlo a los ojos, su mirada estaba cargada de llanto, de sufrimiento, suplicaban, imploraban un voto de confianza. Ella lo abrazó y él correspondió, aunque la duda lo seguía pinchando.
—¿Qué haces aquí? ¡Descarada!—le gritó su suegra, poniendo la bandeja con café sobre la mesita del salón y mirando a Candy con los ojos inyectados de furia.
—Mantenga la calma, por favor— intervino el detective Henderson
—¿Cómo podremos mantener la calma con la cómplice del secuestro de mi nieta bajo nuestro techo?
—Señora Johnson, eso es algo que no nos consta aún, por favor, cálm…
En ese momento el celular de Candy comenzó a sonar con una vídeollamada. Ella se puso tan nerviosa que por poco deja caer el aparato nuevamente, no conocía el número.
—¿Señorita White?— dijo Henderson, ella respondió a la llamada.
—¡Candy! ¿Cuándo vienes a buscarme?— apareció la niña en pantalla, aparentemente sana y ajena a lo que en realidad sucedía.
—¡Savannah! ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?— Albert le quitó el teléfono a Candy.
—¡Papi! Ya quiero irme a casa, el señor bandido no me agrada…— "el Señor Bandido" le quitó el celular a la niña.
—Señor Andrew, ya vio que su hija está bien, aún tiene todos sus deditos completos, vamos, muéstrale tus deditos a papá— dijo Neal filmando a la niña quien saludaba inocentemente con sus manitas.
—¡Maldito infeliz! ¿Qué es lo que quieres? Más te vale que no le hagas daño a mi hija, porque te juro…—el detective Henderson tomó el control.
—¿Neal? ¿Neal Leagan? Ya sabemos que eres tú. Soy el detective Henderson…
La vídeollamada se cortó tan pronto como Neal escuchó su nombre. Eso no era bueno. ¡Eso no era nada bueno!
—¡Me dijiste que las cámaras estarían desactivadas! ¿Cómo mierda saben que soy yo?—sujetó a su cómplice por el cuello, casi estrangulándola, la niña comenzó a llorar.
—Suéltame, por favor…— articuló con un hilo de voz
—Sabes que si esto no sale bien, te hundirás conmigo…
—Solo pide el maldito dinero y desaparece…— dijo la mujer mientras recuperaba el aliento y fue a consolar a la niña.
—Quiero irme a casa… no quiero estar con este bandido malo…—decía la niña llorando y la mujer la abrazaba
—Shhh… tranquila…—le susurró arrullándola
…
—¿Por qué hizo eso?— le reclamó Albert al detective
—Por su reacción, estamos casi seguros de que es Neal Leagan, colgar fue un acto impulsivo por los nervios.
—¿Y si la lastima?
—Llamará nuevamente. Lo hará— le aseguró Henderson
—No pudimos rastrear la llamada, es un celular de prepago…—informó uno de los técnicos.
Pasaron varias horas. La llamada no llegó. Era más de medianoche, todos estaban aturdidos. Albert se temía lo peor. Los detectives seguían en vela, la madre de Albert continuaba haciendo café y taladrando a Candy con la mirada. Archie se había dormido en uno de los sofás, no iba a dejar a su mejor amigo solo en eso. George se mantenía al margen de todo, pero alerta a cualquier novedad. Candy no abandonaba el lado de Albert, pero no podía sentir su calor, su amor… Como si algo se hubiese roto para siempre.
—Señor Andrew, intente descansar un poco, nosotros nos encargaremos de todo.
—No voy a descansar hasta que mi hija regrese— Candy fue a tocarlo y él sin darse cuenta rechazó su tacto y eso fue como un chuchillo en el corazón para ella.
Su madre lo convenció de que descansara un poco, Candy lo siguió escaleras arriba, pero él estaba emocionalmente a cientos de kilómetro de ella. Ella se albergaba en la idea de que a su frialdad se debía a la preocupación por su hija y no a que desconfiara de ella. Durmieron muy mal, sin hablarse, sin tocarse.
Pasaron dos días más y nada. Neal no había vuelto a llamar, no había pedido un rescate. Habían perdido las esperanzas. Albert y Candy eran dos almas en pena que ya no se reconocían, el hogar y los sueños se habían roto en tres días, que parecían tres vidas sin Savannah.
—No le voy a mentir, señor Andrew… Sin llamada, sin rescate, es muy probable que…—antes de que Henderson terminara, Albert se desplomó como un ciervo herido.
Candy, destrozada también, se aferró a él, pero Albert la rechazó brutalmente, la apartó. Entonces ella lo supo. Supo que él no creía que fuera inocente, supo que la culpaba, aunque no lo dijera.
—Albert…
—Será mejor que te vayas y no regreses. Tal vez no haya pruebas, pero sabemos que tú tuviste todo que ver en esto y no vas a salirte con la tuya— su suegra la sujetó fuerte del brazo luego de haberle escupido esas palabras que se alojaron en su alma como balas.
—Albert, yo no tuve nada que ver… ¡Mírame! Yo a tu hija la defendería con mi propia vida, como si fuese mía. Ustedes son todo lo que siempre he querido, son mi familia, lo único que tengo y lo que más amo, daría mi último latido por ambos. Dios lo sabe— le dijo mirándolo a los ojos, con toda la voluntad que emanaba de su ser, con las lágrimas más dolorosas que había derramado luego de la muerte de su bebé.
—Si tú tuviste algo que ver con todo esto, Candy, me has matado.
—Yo no…
—Savannah te adoraba, te amó desde que te vio— ella fue a acercársele, pero él la rechazó nuevamente, preso del dolor, la ira y la duda feroz en cuanto a la inocencia de Candy.
La amaba, se había enamorado de ella como un idiota. Había contemplado un futuro a su lado, una familia. Hijos con ella, todo con ella. Quería darle el mundo entero. Quería lo que tenía con ella por el resto de sus días. Su amor, su dedicación, su pasión y su ferocidad ante la vida. Había pensado que sería la madre prefecta para Savannah y ahora se preguntaba si ella misma había sellado el fatal destino de la niña.
…
La prensa le daba continuación al caso de la niña Savannah Andrew. Sus compañeritos de escuela y sus maestras habían enviado tarjetas deseando su regreso. Los vecinos habían hecho círculos de oración para que regresara sana y salva. Había velas, peluches, habían soltado globos en su honor. Pero también la prensa amarillista y la gente en sus redes sociales sacaba todo tipo de teorías y conjeturas. Aún no se sabía nada de Neal Leagan, su imagen había sido difundida en todos los medios, la gente las compartía millones de veces en las redes sociales. Los aeropuertos estaban en alerta y todas las carreteras principales eran vigiladas y reguladas por la policía.
Candy empacó todas sus cosas, pidió un taxi y se marchó sin mirar atrás, no podría mirar atrás y evitar lanzarse a sus brazos para apaciguar el dolor que los estaba destrozando a ambos. Quería decirle tantas cosas, pero no era el momento. Quizás nunca lo sería. Era imposible reemplazar a Savannah en sus vidas.
Llegó al único lugar que se le ocurrió por le momento, donde la recibieron con los brazos abiertos, como a una hija. Como a una hermana.
—No puedo soportarlo más…—decía con un llanto desgarrador que no podía controlar.
—Todo se resolverá. Estamos aquí para ti— Nicky la abrazaba sin poder evitar el llanto también.
—Yo amaba a esa niña. Jamás la habría lastimado…—decía entre sollozos
—Lo sé. Yo sí te creo— le decía su hermana
—Ya, tranquilízate, niña. Recuerda que ya no es solo por ti…—le aconsejó con ternura maternal su madrastra, disimulando las lágrimas.
—Voy a subir tus cosas a la habitación…—dijo Tom, que aunque estaba conmovido por su hermana, no sabía cómo consolarla, apenas la conocía y no recordaba mucho del tiempo que estuvieron juntos de niños.
…
—Albert… disculpa el que haya llegado así, pero no respondías mis llamadas…—Llegó su excuñada.
—Discúlpame, yo… cambié mi número luego de… el incidente con tu madre…—la madre de Albert escuchó eso último al llegar con un vaso de agua y una aspirina para su fuerte dolor de cabeza.
—¿Qué incidente?—quiso saber la señora.
—Algo que ya pasó, mamá. Ya no tiene caso.
—Es que justo de eso quería hablarte, Albert. Mamá no ha vuelto a casa hace tres días y no responde su celular. Es… es demasiado raro…
Continuará…
Hola! Gracias por seguir apoyando esta historia. Ya estamos terminandooo! Gracias a todas ustedes por sus comentarios.
Wendy G.
