Róbame el corazón

Wendy Grandchester

Capítulo 15


Albert se quedó atónito por casi un minuto. Dios, ¿era posible? ¿Eleanor había llegado a ese nivel de bajeza? No, no podía ser. ¿Qué tenía ella que ver con Neil? ¿Ella estaba detrás de todo ese infierno? Y si ese era el caso, entonces Candy… ¡Candy! Sintió un golpazo en el pecho. Su hija aún perdida, con pocas esperanzas de seguir con vida… y él dejó que toda la culpa recayera en Candy. Cayó abruptamente en el sofá, pálido y con la frente sudorosa.

—¿Dices que tu madre lleva desaparecida el mismo tiempo que Savannah?—preguntó en alta voz, con expresión severa.

—Sí… Espera… ¿no estarás pensando que ella…? ¡No! Mi mamá jamás haría algo así, ¡ella ama a Savannah!—explotó su excuñada con el rostro desencajado, pero la semilla de la duda comenzaba a germinar en su interior.

—Voy a llamar al Detective Henderson—dijo Albert con determinación.

—Al, yo pienso lo mismo, no creo que Eleanor esté detrás de algo tan nefasto… Esto debe ser obra de esa mujercita… Dijiste que Eleanor la había tratado mal y quizás… es solo su venganza…

—¡Ya basta, mamá! ¿Por qué es que se les hace tan fácil odiar a Candy desde el primer momento? Dudan de cualquier posibilidad, pero cuando se trata de Candy… atacan sin ningún escrúpulo…

—Albert, yo solo…

—No tienen idea de nada, ¿verdad? Si Candy no tuvo nada que ver en esto, ¿tienen idea de lo que hemos hecho? La acusé, la eché sin miramientos… la eché de mi vida, a la mujer con la que me iba a casar dentro de unos días…

Albert no podía más. Aún era muy pronto para saber a ciencia cierta si todo había sido idea de Eleanor, pero dentro de sí, estaba seguro. Candy era inocente, era lo que quería creer desesperadamente, ya fuera por amor, o porque estaba ciego, o por remordimiento. Candy suplicándole con la voz quebrada por el llanto, en vela a su lado. Diciéndole que lo amaba una y otra vez mientras sus ojos la rechazaban. Él había sido el error en su vida y no al revés, pensó.

Henderson y Morales llegaron media hora después. Se notaba el cansancio en sus rostros, las ojeras, la falta de sueño. Cuando un niño se perdía, de repente el universo se apagaba y todo era caos. El caos abrazaba el país en ese momento.

—¿Ya reportó la desaparición de su madre a la policía?—Henderson se dirigió a Michelle, la excuñada.

—Sí, bueno, lo hizo mi padre…

—¿Cuándo fue la última vez que habló con su madre?

—Hace tres días… se suponía que iba a acompañarme a comprar unas cosas para el bebé, pero me canceló…— dijo acariciándose el abultado vientre luego de enjugarse las lágrimas.

—¿Entonces habló por última vez con su madre el mismo día del secuestro de su sobrina?

—Mi madre no le haría daño a su propia nieta, si es eso lo que está tratando de decir, ¡debería estarla buscando también!

—Cálmese, señora. Tenemos que hacer nuestro trabajo, mientras más coopere…

—Hay que revisar el registro de telefónico de Eleanor Baker y cualquier actividad que haya realizado en los últimos tres días, quizás así tengamos una posible ubicación de su paradero—interrumpió Henderson a Morales.

Esa mañana, Candy despertó sintiéndose extrañada cuando enfocaba sus ojos y entonces recordaba de sopetón que se encontraba en casa de su madrastra, en el cuarto que solía ser de Tom. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, sentía la garganta congestionada y unas náuseas repentinas hicieron que se incorporara y corriera al baño.

Después de vaciar lo poco que tenía en el estómago desde el día anterior, se lavó los dientes y se refrescó la cara. Se miró al espejo un momento y aunque lucía un poco demacrada, había un brillo nuevo en su mirada y le sonrió a la chica en el espejo. Le dejó saber que seguía en pie, que no estaba derrotada. Sobre todo, que no estaba sola. Se acarició su vientre aún plano y se le escapó una lágrima de alegría y esperanza. Sería una mami otra vez. Le aterraba, pero se prometió a sí misma que cuidaría a ese milagro que llevaba dentro con su vida, con su último aliento. Se prometió que a ese no iba a perderlo, contra cualquier pronóstico médico, contra cualquiera que quisiera hacerles daño.

Bajó a la cocina y vio a su madrastra preparando el desayuno mientras su hermana se hacía un batido de repugnante color. Por un momento, vio imagen de sí misma en la cocina, preparando el desayuno para Savannah y Albert, buscando siempre ser creativa. Albert poniéndose detrás de ella y susurrándole un te amo o algo pícaro, apretándole el trasero disimuladamente o robándole un beso. Esa había sido su vida en los últimos meses, hasta hace tres días.

—Buen día, ¿cómo amanecieron?—la saludó la señora mientras le ponía su plato y le servía jugo.

—Creo que estamos adaptándonos… Gracias— dijo con su mejor sonrisa, aquella amplia y ancha que le achinaba los ojos y la hacía tan tierna mientras aceptaba el desayuno.

—Espero que al bebé le guste.

—Estoy segura de que sí— se llevó una rueda de banana a la boca y luego le dio un sorbo al jugo de manzana.

—Y si no le gusta, pues hacemos otro— convino su madrastra con su mayor optimismo.

No habían podido hacer mucho por ella en toda su vida, pero iba a asegurarse de que esta vez fuera diferente. La observaba, trataba de comer con el mejor entusiasmo, se estaba esforzando. Esa niña necesitaba una familia que la amara y la apoyara. Y más ahora que otra vida crecía dentro de ella.

—Candy, justo ayer estaba viendo cosas de embarazadas y tal, creo que sería bueno contratar una Doula, un parto natural y en casa…

—¿Una qué?—interrumpió a su emocionada hermana.

—Una Doula es como un tipo de partera moderna que te acompaña durante todo el proce…

—Nicky, no la agobies, déjala comer—intervino su madre.

—Bueno, primero tengo que ver a mi cardiólogo y luego encontrar a un gineco-obstetra… y ver qué opinan…—dio un largo suspiro.

—No te preocupes, querida. Aquí te estaremos apoyando en todo— su madrastra le tomó la mano, sintió su calidez y tuvo ganas de llorar, Dios, estaba tan sensible.

—Aquí hay una lista de los mejores obstetras de Nueva York… este tal Doctor Ceznick es una eminencia en embarazos de alto riego…— decía Nicky mientras miraba en su laptop, con su expresión de investigadora comprometida que enterneció e hizo reír a Candy.

—No podrás quitártela de encima… si por ella fuera, hasta daría a luz en tu lugar—dijo la madre poniendo los ojos en blancos.

—Tiene citas disponibles para la próxima semana, ¿te separo un espacio?—preguntó Nicky con entusiasmo.

—Vale…—sonrió Candy resignada y contenta al saber que no estaba sola en eso.

—Oye, ¿le dirás al padre?—preguntó su madrastra discretamente mientras Nicky seguía absorta en su laptop.

—Aún no se cómo. No quiere saber nada de mí, piensa que yo soy responsable por lo de su hija y… dudo mucho que le interese este bebé. ¡Dios mío! ¿Y si intenta quitármelo alegando que soy una madre incompetente?— la angustia se apoderó de su ser y se puso tan mal que su madrastra la acogió en sus brazos.

—Eso no va a suceder, cariño. Jamás lo permitiríamos. Tú tienes derechos y no permitiremos que te los sigan pisoteando. Ahora, cálmate, eh. Tranquila, la angustia no le hace bien al bebé.

Candy asintió como una niña obediente mientras esas manos maternales le acariciaban el cabello. Nicky se unió y se acomodó también en el ala protectora de su madre.

—¿Estás celosa?—preguntó la madre.

—¿Yo? ¿Por qué habría de estarlo? Sigo siendo la princesa de esta casa.

—Hizo un retiro de diez mil dólares de su cuenta de ahorros el día antes de la desaparición, las últimas llamadas que hizo a su esposo e hija la ubican en una barriada de Brooklyn donde también hizo otro retiro en cajero automático por quinientos dólares…— le iban informando al Detective Henderson.

—Gracias, Carl.

—¿Qué tenemos?—preguntó Morales.

—Tenemos una posible ubicación de la sra. Baker. No tenemos tiempo, vamos.

—¡Esperen! Quiero ir con ustedes, por favor…—suplicó Albert, aunque sabía de sobra que eso no era posible.

—Lo lamento, señor Andrew. Le mantendremos informados de cualquier novedad. Por favor, confíe en mí, déjeme hacer mi trabajo.

Albert se aferraba a esa última esperanza, tal vez estaba con su abuela, y de ser así… debería estar viva, si ella aún la tenía… O a menos que… Neil se haya deshecho de las dos… ¡No! Apartó ese pensamiento oscuro de su mente. Su hija estaba viva, lo sentía. Iba a volverla a ver, la cargaría, la abrazaría y no la volvería a soltar nunca. Le prometió a Dios que si se la devolvía iba a cuidarla mejor y no permitiría que nadie más le hiciera daño.

Se puso a mirar los vídeos que la niña había tomado con su Tablet. En la mayoría estaba jugando con Héctor, encontró uno muy gracioso donde Candy estaba bañándolo y le brincó encima, tumbándola. Otro vídeo de la niña haciendo caras graciosas y por último… ese vídeo que él mismo tomó de Savannah y Candy cantando Dance Monkey en el karaoke que le regaló su madre.

Héctor, quien también se encontraba deprimido, pues su compañera de juegos no estaba, se acomodó en los pies de Albert, quien lo acarició y le prometió que su pequeña ama volvería.

Los detectives Henderson y Morales, acompaños de refuerzos, se dirigieron a la ubicación desde donde Eleanor se había comunicado con hija y esposo. Llegaron a una casa destartalada y pequeña. Nadie respondió, por lo que procedieron a forzar la puerta. Solo se escuchaban los quejidos de un perro hambriento y huesudo que estaba en medio de un desorden infernal. Sus platos estaban vacíos, estaba débil, hambriento y sediento. Morales lo acarició y le echó agua del grifo en su plato, por suerte había agua.

—Hay que llamar a los de Control de Animales…—dijo sintiendo una pena terrible por el pobre perrito.

—Eleanor… Eleanor Baker, ¿está aquí? Somos del Departamento de Policía de Nueva York—informó Henderson mientras seguía recorriendo la casucha, apuntando con su arma hacia cualquier movimiento sospechoso.

Revisó las dos habitaciones, solo una estaba amueblada con muebles viejos y totalmente desordenada. Revisó el baño, el olor a orín era fuerte. Siguió buscando hasta dar con la escalera que conducía al sótano en la parte de arriba. Morales lo acompañó, alerta con su arma cargada.

Estaba oscuro y olía a humedad. Logró dar con el interruptor de la luz. Había silencio, más desorden y bolsas de restaurantes de comida rápida. Había un vasito de helado lleno de hormigas que guardaron en una bolsita plástica como evidencia.

—¿Eleanor? ¿Niel Leagan?— Henderson llamó a ambos, pero no hubo respuesta.

—¡Henderson!—lo llamó Morales.

Se había tropezado con Eleanor, tirada en el suelo, atada de pies y de manos, amordazada. Estaba inconsciente.

—Tiene pulso— dijo Morales, quitándole primero la mordaza y pidiendo por el radio que enviaran una ambulancia. Ella abrió los ojos de súbito, regresando.

—¡Sáquenme de aquí! ¿Dónde está la niña?— preguntó histérica.

—Señora Baker, somos de la policía. Su esposo la reportó desaparecida hace tres días…

—¡Savannah! ¿Dónde está mi nieta? ¡Él la mató! ¡Dios mío! ¿Qué he hecho? Él tiene a mi nieta…

—Señora Baker, cálmese, por favor. ¿Su nieta estuvo aquí con usted? ¿Usted se la llevó?—preguntó el detective y Eleanor se derrumbó en llanto.

—Yo… yo solo quería lo mejor para ella… Solo quería verla, pero su padre… y esa mujer… Lo siento, lo siento… ¡Todo esto es mi culpa! Niel Leagan me traicionó… Por favor, encuéntrenlo, encuentren a mi nieta…—dijo con un hilo de voz y a punto de perder el conocimiento nuevamente por la fatiga y la deshidratación que presentaba.

La casucha se convirtió en escena de crimen. Cintas amarillas la rodeaban, Ciencias Forenses seguía investigando y copilando evidencias. Oficiales con sus perros seguían buscando rastros de Savannah y de Niel sin mucho éxito.

La prensa comenzó a dar cobertura de inmediato. Muchos vecinos curiosos y sin nada relevante que aportar aprovecharon sus minutos de fama.

—Muy buenas tardes, amigos televidentes. Nos encontramos desde la residencia Oak Valley, en Brooklyn, donde se encontró a Eleanor Baker, la abuela materna de la niña Savannah Andrew, quien fue secuestrada de su casa hace tres días mientras estaba al cuidado de su niñera. Eleanor Baker, quien fue encontrada con vida y en condición estable, también había sido reportada como desaparecida recientemente. Según fuentes del Departamento de Policía de Nueva York, Eleanor Baker confesó ser cómplice del secuestro de su propia nieta, Savannah Andrew. La señora Baker declaró a la policía, que su cómplice y principal sospechoso del secuestro, Niel Leagan, la traicionó y huyó con la pequeña. La policía aún no ha podido dar con Leagan ni con la niña. Se le pide a la ciudadanía que estén alerta y de tener alguna información sobre el paradero de Leagan o de Savannah Andrew, se comunique inmediatamente con la policía. Para TNN, reporta Kimberly Abbot.

A Candy se le cayó la mandíbula mientras veía el reportaje en el televisor del salón. Estuvo a punto de desmayarse. Jamás se le ocurrió pensar que esa mujer fuera capaz de algo tan ruin contra su propia nieta. Sintió náuseas de solo pensar en la complicidad de ella y el asqueroso de Neil para llevar a cabo algo tan atroz.

—Esa mujer… es despreciable… Y Savannah… aún no aparece… ¡Dios mío! Espero que Niel no la haya lastimado, espero que…— sintió que la presión se le alocaba.

—Candy, cálmate, cielo… La policía se está encargando, la niña estará bien…—su madrastra trataba en vano de consolarla.

—Si algo le pasa a Savannah… yo misma mataré a Niel con mis propias…

—Cariño, entiendo que estés afectada, pero ahora te toca cuidar de tu propio hijo, eh.. En estos momentos, tu prioridad es este bebé— Candy asintió y se sentó.

—Yo adoraba a esa niña. Yo la vestía para la escuela, le preparaba el desayuno y la acostaba todas las noches. Por un año. Yo la conocía bien, sabía lo que le gustaba… yo la entendía y ella a mí. No hice bien mi trabajo. Si no la hubiese dejado sola en al auto…

—Candy, esto no ha sido tu culpa, ¿me oyes?

—Me duele el pecho. No puedo respirar… ¡No puedo respirar! ¡Ayúdenme!

Albert solo confirmó lo que ya sabía, pero aún así, el impacto de que fuera real lo había aturdido. Eleanor, ¡su propia abuela! Esa maldita psicópata lo había planeado todo. Sabía que las sospechas apuntarían hacia Candy y que con eso lograría su propósito, alejarlos de ella. Tanto era su odio que puso en peligro la vida de la niña solo para perjudicar a una pobre chica que no le había hecho nada. Que solo se había entregado a ellos con toda su rota alma. Candy debía estar odiándolo en ese momento. Y con justa razón. ¡Se lo merecía!

No sabía ni siquiera si su hija seguía con vida. Ya no tenía esperanza. Había perdido a su preciosa hija y… y a la mujer de su vida. Un llanto fuerte y desgarrador rompió dentro de su ser, un llanto lastimero que hacía eco en su techo y en el cielo.

—Hijo, por favor… no pierdas la fe…

—¿Fe? Perdí a mi esposa, perdí a mi hija… ¡Perdí a Candy! ¡Y tú me hablas de fe!—su madre dio un respingo.

—Albert, tranquilízate, yo…

—¿Por qué odiaste a Candy desde el primer momento, mamá? ¿Por qué tú y Eleanor la odian tanto?

—Lo siento, es que…

—¿Es que qué?—le ladró y Martha se asustó como un gato.

—La verdad es que no sé qué decirte. Como madre uno quiere lo mejor para sus hijos… y como madre también uno se equivoca…

—Ella era puro amor. Pura bondad… Había amor en todo lo que hacía. Era fuerte, testaruda, pero muy apasionada. Era hermosa, por fuera y por dentro. Ella me hizo ver el amor de otra manera. Pero eso tú no lo sabes, porque no le diste la más mínima oportunidad. Era ella quien no se merecía esta familia de mierda—dijo finalmente con amargura. Se retiró a su habitación mientras su madre se quedó en el mismo lugar, con lágrimas de remordimientos quemándole las mejillas.

Candy había regresado a casa con su madrastra. Había tenido un ataque de ansiedad, pero lo había superado. Le hicieron unos análisis de rutina, incluyendo una ecografía, todo estaba muy bien.

—Ahora, por favor, descansa— la señora le acomodó las almohadas y le encendió el aire acondicionado. Candy fue cerrando los ojos poco a poco hasta que se quedó dormida, imaginándose a su bebé.

De ella y de Albert. Seguía pensando en cuál sería su reacción cuando se enterara que tenían un bebé en camino. ¿Lo querría? ¿O lo despreciaría por ser de ella? ¿Por querer ocupar el lugar de su hija? Pensó que al fin tendría una familia y ahora se veía nuevamente sola con un hijo. Supo que estaba sola cuando recibió la noticia y Albert no estuvo ahí para tomar su mano, cuando quiso correr a contárselo, pero no era el momento, la prioridad era encontrar a Savannah y la barrera más grande era la frialdad que se había colado entre los dos, el mudo rechazo por su parte en medio del caos.

Albert despertó abruptamente con el sonido de su celular, no supo cuando se quedó dormido. Tuvo una noche terrible, como todas las anteriores. Otro amanecer sin Savannah, sin su risa y sus pasos por la casa. Héctor brincó a su cama y le lamió la cara.

—¿Señor Andrew?

—Detective Henderson…—respondió Albert el teléfono con la voz aún ronca.

—Una pareja encontró a una niña con la descripción de su hija deambulando por Central Park…

—¡La encontraron!

—Es solo una gran posibilidad, señor Andrew. No quiero que se haga ilusiones…—le advirtió el detective.

Albert sintió una nueva energía que no podía describir. Salió disparado de la cama, se duchó y se arregló lo mejor que pudo, aunque nada le borraba el rastro de dolor y desvelo. Deseaba con todas sus fuerzas que fuera ella. Si esa niña que encontraron era ella, entonces estaba viva. ¡Viva! Bajó corriendo, como un niño que no podía contener su emoción.

—¿A dónde vas?—preguntó su madre desconcertada.

—Es posible que hayan encontrado a Savannah. Viva—anunció con el último soplo de esperanza que le quedaba luego de cuatro días.

—¡Oh, por Dios! Que así sea…—Martha se persignó.

Los detectives llegaron a Central Park donde la pareja había encontrado a la niña. Se habían quedado con ella todo el tiempo, hasta que llegó la policía y una ambulancia. La niña estaba sucia, sedienta y agotada.

Albert supo que era ella. Recordó su vestimenta, de la última vez que la había visto y se había despedido de ella con un beso antes de irse al trabajo, sin saber lo que el destino les tenía preparado.

—¡Savannah!—corrió hacia ella y la cargó. La apretó contra su cuerpo y no paraba de llorar y besarla, agradeciéndole a Dios el milagro de tenerla consigo nuevamente.

—Papi, ¿por qué tardaste tanto?—le preguntó con toda la inocencia.

—Lo siento, cariño. Lo siento…

—¿Y Candy?—preguntó inmediatamente.

Se llevaron a Savannah al hospital, donde le realizaron todo lo que procedía en esos casos. Todo estaba bien. La bañaron y le pusieron un pijama. Tenía un suero ya que se encontraba un poco deshidratada. Seguían buscando a Neil...

—Tenga esta tarjeta, señor Andrew. Es psicóloga de familia, la necesitarán luego de este evento tan traumático.

—Gracias, detective. Por todo—le dio la mano a Henderson y volvió con su hija.

Acababa de salir de su cita con el cardiólogo cuando su celular sonó. No daba crédito al número que se registraba en la pantalla. Era Albert. Se puso muy nerviosa, toda ella temblaba. Sabía por el noticiero que Savannah había aparecido sana y salva. Dio gracias a Dios por ello y celebró en silencio, no pensó que volvería a verla y no se atrevió a contactar a Albert.

—Hola…—contestó la llamada con voz temblorosa.

—Candy… Sé que soy la última persona a la que deseas ver, pero… Savannah no ha dejado de preguntar por ti, ¿podrías pasar a verla? Por favor…

—¿Sucede algo?— preguntó Nicky preocupada.

—La niña quiere que vaya a verla…

—¿Estás segura?—su hermana mostró recelo.

—Necesito verla, al menos por última vez— Nicky asintió y complacientemente llevó a Candy al hospital donde se encontraba Savannah.

Albert supo que era ella antes de alzar la vista. Conocía sus pasos. La vio después de varios días y se le fue el habla por un momento, como si no pudiese creer que estaba ahí, que era real. Se veía cansada, pero hermosa. Sus ojos brillaban intensamente, su cabello caía en sedosas ondas moradas por sus hombros, tenía un vestido sencillo de verano, pero había algo en ella que la hacía diferente, angelical.

—Candy…—solo pudo decir su nombre, ella tembló de pies a cabeza, hacía lo imposible por permanecer serena.

—¿Cómo está la niña?—preguntó desde una prudente distancia.

—Se quedó dormida, la pobre está exhausta…

—¿Pero está bien? ¿Va a ponerse bien, verdad?—preguntó aterrada, mirando el suero.

—Sí. Gracias a Dios. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?—preguntó con sinceridad, pero ella solo quiso patearle el trasero.

—Si deseas, puedo pasar más tarde cuando se despierte, no quiero interrumpir su descanso…—le acarició la cabecita y estuvo a punto de marcharse.

—Candy, lo siento. De verdad no sabes cuánto lo siento… Espero que puedas perdonarme alguna vez…—le tomó una mano, pero ella retrocedió como si él tuviera la peste, se llevó una mano al vientre instintivamente.

—¡Candy!—escuchó esa vocecita que pensó que no volvería a escuchar jamás.

Candy se olvidó de Albert y de todo el rencor que le guardaba y fue a donde la niña, quien se sentó de pronto con tanta emoción, casi arrancándose el suero. La abrazó fuerte sin dejar de llorar.

—Te extrañé mucho, preciosa— no podía soltarla, no podía desprenderse de ella, sobre todo porque sabía que no volvería con ellos a casa y eso le rompería el corazoncito. Lloraba mientras le decía cuánto la había echado de menos.

—¿Por qué no fuiste a buscarme? El señor bandido dijo que lo harías…—Más llanto se adueño de Candy. Bendita sea la inocencia, pensó.

—Lo siento, es que no me he sentido bien…

—¿Estás enferma?

—No… yo ya estoy mucho mejor…

—No quiero que vuelvas a dejarme sola—suplicó la pequeña en el momento justo en que Martha entraba con un café para Albert.

La niña la volvió a abrazar como un pequeño pulpo que se negaba a liberarla. Candy no encontraba cómo soltarla sin sentir que la estaba abandonando. Era lo más difícil que había hecho en la vida. Deshizo el abrazo recuperó la compostura, al voltearse, vio a la madre de Albert, tuvo que hacer un gran esfuerzo para combatir las náuseas que se apoderaron de ella. La miró con tanto rencor que la señora tuvo que bajar la vista. Candy jamás olvidaría cómo la abofeteó y humilló. Volvió a llevarse las manos al vientre, queriendo proteger a su bebé de la malsana atmósfera que transmitía esa mujer.

—Debo irme ya, linda…

—¡No! Quédate, no quiero que me lleve el señor bandido otra vez. Papi, ordénale que se quede…

—Me temo que eso no va a ser posible, mi amor…—le explicó Albert con un nudo en la garganta.

—Yo vendré luego a visitarte, te lo prometo—le besó la frente y salió de la habitación, Albert fue detrás de ella.

—Candy, espera…

—Albert, de verdad me tengo que ir.

—¿Por qué?

—¡Porque tu presencia nos pone mal!—gritó y luego se arrepintió, el doctor Grandchester le había advertido que no debía alterarse.

—Lo lamento mucho. Lamento mucho haberte acusado. Yo me enloquecí, Candy. No tienes idea de lo que he pasado esos días que…

—¿Ah no? ¿No tengo idea? A Savannah se la llevaron en mis propias narices, estando bajo mi cuidado, yo era la posible cómplice del secuestrador, me interrogaron, me acusaron… ¡me echaron a golpes y patadas! Pero claro… Yo no tengo idea de nada.

—Candy, me he odiado cada minuto de mi vida por eso, te lo juro. Entiendo que no quieras regresar a casa, que no quieras saber nada de mí, merezco eso y más y no sabes cuánto aprecio que a pesar de todo eso estés aquí… Por favor, perdóname. No me odies, te lo suplico…

—No puedo odiarte ni aunque quisiera… Estoy… embarazada…—le soltó.

—¿Qué? Tú… ¿en serio?—estaba aturdido con la noticia, pero… no podía ocultar su alegría.

—Me enteré el día que se llevaron a Savannah, cuando la policía…

—Por Dios…—dijo lleno de remordimientos de solo pensar en la desesperación que debió sentir, sola… la había echado de su casa esperando un hijo suyo.

—No sabía si debía decírtelo y espero… no arrepentirme de haberlo hecho…—se abrazó el vientre con miedo.

—¿Arrepentirte?

—No voy a volver contigo, Albert. Te avisaré cuando nazca el bebé— se volvió para irse.

Continuará…


Hola! Gracias a todas por sus comentarios! Pronto le daremos un final a esta historia, gracias por acompañarme, espero que les haya gustado.

Besos,

Wendy G.