Róbame el corazón

Wendy Grandchester

Capítulo 16


La retuvo del brazo, no pensaba dejarla ir así nada más. ¿Cómo podía soltarle semejante noticia e irse como si tal cosa? Aún estaba en estado de estupor, eran demasiadas cosas en los últimos días. Sabía que Candy no volvería con él, la había herido profundamente y lo sabía, pero… esto ya era diferente.

—Tengo que irme, Albert. Tengo otra cita con mi obstetra—se soltó de su mano.

—Tú no puedes simplemente irte, no puedes excluirme de los asuntos de tu embarazo—respondió indignado.

—¿No puedo? ¿A caso no fuiste tú que me pediste que me fuera?

—¡Eso fue un error! Estaba desesperado, Candy, debes entender que ese no era yo, ese hombre que te dijo aquellas palabras no era yo…—sus ojos suplicaban, pero Candy no se doblegaba, no podía.

—Pero resulta que a esa a quien le dijiste esas cosas, a quien acusaste y echaste, ¡sí era yo!—la forma en que alzó la voz hizo que su hermana la escuchara y llegó hasta ellos.

—¿Pasa algo?—interrumpió y miró a Albert con sus ojos cargados de veneno.

—Ya me iba…—dijo Candy aprovechando la oportuna aparición de Nicky.

—Candy, por favor… volvió a llamarla Albert.

—Escuche, Don… usted, Candy ahora tiene un hijo del qué ocuparse, ¿y sabe qué más? Su embarazo es de alto riesgo, así que si hace que se altere y perjudica a su bebé, yo cortaré sus bolas y me aseguraré de que no vuelva a…

—Nicole, vámonos…— se la llevó disimulando un poco la vergüenza.

Se quedó derrotado, viéndola alejarse de su vida, pero no la siguió. Aún así, no iba a rendirse, pero se lo tomaría con calma, iba a lograr que ella lo perdonara y aceptara en su vida como su esposa. La amaba, se odiaba por haberla roto una vez más, la había roto como habían hecho los otros hombres, pero se había propuesto reconstruirla, así tuviera que usar su propia piel y huesos, desarmarse a sí mismo. Era la mujer que quería y él era el padre de su hijo… ¡El padre de su hijo! La mejor noticia que pudo haber recibido, pero no estuvo ahí cuando ella se enteró y no pudo decirle, dadas las circunstancias, que se sentía dichoso, pero profundamente apenado. Ella había estado sufriendo por Savannah y por su brutal rechazo mientras se acababa de enterar que estaba embarazada de su hijo. Le había robado la dicha de sentir su apoyo, de tomar su mano y decirle lo feliz que estaba por ser papá. No pudo evitar soltar un par de lágrimas.

—La niña está preguntando por ti… ¿pasó algo?— preguntó su madre mientras le ponía suavemente la mano en la espalda y se encaminaban de regreso al cuarto de Savannah. El rostro de la niña se iluminó por un instante, pero se apagó casi de inmediato cuando no vio a Candy entrar con él.

—¿Cuándo de voy a casa, papi?—preguntó acomodándose nuevamente y mirando con desdén su suero.

—Mañana, cariño—le acarició la cabellera rubia y la arropó.

—¿Candy no se quedará a cuidarme?—bostezó y se estrujó los ojos que ya habían llorado.

—Verás, Candy no te podrá cuidar por un tiempo, pero ella te quiere mucho y… vendrá a verte de vez en cuando…—sentía un nudo en la garganta

—¿Y por qué se va? ¿Se pelearon?—Albert suspiró y Martha puso la vista hacia otro lado, sintiendo un aguijonazo de remordimiento.

—Nos peleamos un poco porque estábamos muy nerviosos cuando desapareciste y los adultos decimos muchas cosas horribles cuando estamos enojados…

—Pues discúlpate y prométele que no lo volverás hacer.

—Ummm… Creo que esta vez no será tan fácil…

—¿Y si le compramos muchos regalos? ¡Y comida! A Candy le gusta comer…

—Es buena idea, y ahora comerá mucho más, ¿sabes por qué?

—¿Porque está enojada?—Albert suspiró y sonrió.

—Por eso y porque… vas a tener un hermanito—le dijo al oído.

—¡Voy a tener un hermanito!—gritó, haciendo que su abuela Martha se enterara, dando un brinco por la impresión.

—¿Candy está embarazada?—le preguntó a su hijo con voz temblorosa mientras el remordimiento la seguía pinchando.

—Así es. Se enteró el día que se llevaron a Savannah…—le dijo a la vez que se le rompía la voz y el corazón al recordar lo que la hizo sufrir.

—¡Dios mío!—Martha se llevó las manos a la cara mientras se le escapaba el llanto al recordar las cosas que ella misma le había dicho a Candy, pero se le apretujó más el corazón cuando recordó que la había abofeteado.

—Tengo que recuperarla…

—Le pegué a una mujer embarazada… embarazada de mi nieto…—sentía que se le iba el aire y Albert tuvo que ayudarla a sentarse en la butaca de acompañante.

—Son sus latidos…—le indicó su obstetra y de pronto, todo desapareció y dejó de importar para ella al oír a la vida que latía en su interior. No pudo evitar llorar de alegría. Nicky tomaba su mano y miraba maravillada la imagen de lo que se suponía era un bebé.

—Todo está muy bien. Debes seguir cada indicación de tus doctores, queremos traer la mundo a un bebé sano—añadió la obstetra y le sonreía.

—Sí, las seguiré al pie de la letra…

—Debo informarte que programaremos una cesárea debido a tu historial cardiaco, es lo mejor para ambos…—ella asintió.

Salieron ambas contentas. Nicole había establecido un vínculo con Candy como si hubiesen crecido juntas toda la vida. Estaba contenta de tenerla en su vida y de sentirse útil cuidándola. Estaban de camino a comprar algo de comer y luego ir a casa para contarles a su madre lo bien que estaba el bebé.

—Me gustaría que conozcas a Leah, es genial, estoy segura de que te caerá bien… quiero que tú la conozcas primero antes de presentársela a mamá… Candy, ¿qué pasa? ¿Qué tienes?— Nicky detuvo el auto un momento, preocupada por el repentino llanto de su hermana.

—No pasa nada…—explicó entre sollozos mientras se limpiaba las lágrimas con una mano.

—¿Segura?

—Sí. Es solo que… me habría gustado que Albert estuviera conmigo… porque… odio lo que me hizo, pero… yo no quiero pasar por esto sola otra vez, ¿sabes? Yo quería que él estuviera conmigo y viera cómo crece el bebé… ya estuve sola en esto antes y es… es horrible. Y es tan injusto…—seguía llorando sin poderlo evitar.

—Ay, Candy…— se estiró y la abrazó desde el asiento del conductor.

—Soy patética, lo sé…—dijo con una risita mientras se sonaba la nariz.

—No eres patética, eres una mujer embarazada y sensible… y enamorada…

—¿Crees que debería darle una oportunidad? Por el bebé…

—Creo que… deben tomarse un tiempo. Todo ha sido tan rápido y tormentoso, me parece que necesitan un espacio.

—Creo que tienes razón, no puedo perdonarlo todavía, ¡que le den! ¡Lo odio!—refunfuñó y cruzó los brazos.

—Pueden ser unos padres modernos, ya sabes… puedes ir con él a tus citas de control, hacer todo lo del bebé juntos sin estar juntos… ¿entiendes?

—Iba a casarme mañana…—recordó con profundo dolor.

—Y todavía puedes casarte, eres joven y hermosa. Además, Don Estirado no es el único hombre en la tierra, claro que… no todos son tan guapos, y tan altos… y de ojos azules y…

—¡Nicky! No estás ayudándome.

—Lo siento, quiero decir que… ¡que le den a Albert!—gritó en solidaridad a su hermana mientras ponía el auto en marcha nuevamente.

—Me gustaría conocer a Leah—le guiñó un ojo y tomó su mano libre con cariño.

Una semana después

Debido a que Neil aún andaba prófugo, Albert comenzó a trabajar desde el hogar para estar pendiente de Savannah todo el tiempo. Había contratado a una tutora para que la niña no se atrasara en el colegio y había tenido su primera experiencia con la psicóloga de familia, aunque la tristeza y el vacío que había dejado Candy era palpable.

—Su hija es muy resiliente, señor Andrew. Tiene una imaginación vivaz, es optimista pese a las circunstancias. Es determinada y eso la ayudará a superar esta tragedia eventualmente, aún así tendremos que ser pacientes. Es probable que luego de lo que pasó se muestre un poco temerosa con el mundo exterior, desarrolle miedo en los espacios cerrados y quizás comience a experimentar pesadillas o terrores nocturnos. Tenemos que trabajar mucho en su seguridad.

—Gracias, doctora. Yo haré todo lo que esté en mis manos para que mi hija vuelva a sentirse segura y feliz—le dio la mano a la psicóloga.

—Espero verlo a pronto a usted también, señor Andrew—le dijo con intención la joven doctora Hamilton y luego se marchó.

Como si pudiera percibir el dolor y el cambio en su pequeña humana, Héctor no se despegaba de ella y se acurrucaba con ella el sofá del salón de entretenimiento mientras ella veía vídeos en su Tablet.

—¿Tienes hambre, cielo?

—Sí—respondió sin despegar la vista del aparato.

—¿Quieres ir a Mc Donald's?

—¡Sí! ¿Podemos invitar a Candy?—Albert emitió un largo suspiro.

—Candy no podrá venir, cariño.

—¿Pero por qué? Si va a tener un bebé tiene que estar aquí…

—Es que Candy está enferma de su corazoncito, ¿recuerdas? Sería muy peligroso para el bebé si se pusiera mal. Tiene que descansar todo el tiempo y su familia la está cuidando…

—¿Y por qué no la estás cuidando tú? Pensé que éramos su familia…—Albert sintió aquel nudo en la garganta una vez más.

—Porque te estoy cuidando a ti. No puedo permitir que el señor bandido te robe otra vez.

—¿Y la señora amiga del bandido está en la cárcel?—aún ignoraba que esa señora era su abuela Eleanor.

—Sí. Ayudar a alguien a cometer un crimen es muy malo, aunque sea nuestro amigo. Pero ya es hora de irnos a comer, señorita, ¿no te están sonando las tripas?—le hizo cosquillas y por un leve instante la casa de llenó de la risa de su hija.

Llegaron al Mc Donald's y Albert no pudo evitar recordar la primera vez que fuero allí mismo con Candy, una tarde domingo luego de visitar la tumba de Karen.

—¡Savannah, no vuelvas hacer eso! Sabes que no debes ir al baño tú sola. Lo siento, señor Andrew, no quise alterarme ni asustar a la niña, es que… un niño no se debe dejar solo en un baño público jamás…

Le vino esa memoria con un pinchazo de remordimiento mientras su hija comía despreocupada. Candy cuidaba a Savannah con una dedicación que jamás le vio ni a la mismísima Karen. Y él le había pagado acusándola de la cosa más ruin que pudiera pensarse. El sonido de una notificación en su celular lo devolvió al presente. Era un mensaje de Candy, casi se le cae el aparato por los nervios.

Abrió el mensaje. Era un vídeo corto y presionó reproducir. Se quedó embelesado y con los ojos aguados. La primera ecografía del bebé y sus latidos.

¿Ese es nuestro hijo?

¡Siiiií!

¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo?

Estamos bien. Le gustan las fresas.

¿Podemos pasar a verte?

Por favor

Candy está escribiendo…

Está bien

Le volvió el alma al cuerpo con su respuesta afirmativa. Tenía pocas esperanzas, pero ella le había dicho que sí. Supo que debió costarle mucho, era orgullosa. Pero estaba herida y tenía todo el derecho de odiarlo, aún así, compartió con él ese pequeño inicio de la vida de un pedacito de ambos.

—¿Eso es mi hermanito?—Savannah tenía sorpresa y decepción en su rostro mientras veía el vídeo en el celular de su papá.

—Es que aún no se forma completo. Poco a poco tendrá bracitos y piernitas como tú—besó la mejilla de la niña y se prepararon para irse.

Una joven madre trataba de dormir a su pequeño de tres meses quien padecía de cólicos. Era joven y bonita, aunque lucía demacrada y ojerosa. Lo mecía, le cantaba, lo pegaba a su pecho, pero nada lo calmaba. Esa era su realidad todas las noches.

¡Dios, haz que se calle! ¡Cállalo ya!—Gritó furioso el padre del niño, mientras se llevaba las manos a las sienes. Estaba preocupado, acorralado. Trataba de pensar en una solución, pero no la había.

—¡No le grites! No es culpa suya, tiene cólicos…—la joven mujer siguió meciendo al bebé que con los gritos de su padre se había alterado más.

—Prepara las maletas. Nos largaremos de aquí…—dijo el hombre destapando una cerveza.

—Pero…

—¡Ahora! No me hagas repetírtelo…—primero le gritó y luego le susurró lo último en tono amenazante mientras la sujetaba fuerte del cabello.

—Voy, voy ahora…—respondió temblando de miedo, mientras él mantenía su cabello empuñado con fuerza hasta provocarle dolor de cabeza.

Dejó al niño en su corralito a pesar de que el llanto no había cesado y se dispuso a preparar un ligero equipaje de huida como siempre hacían cuando las cosas no iban bien. Tomó la pañalera y echó varios pañales, toallitas, alguna ropita, un rollo de billetes que había estado guardando a escondidas se su controladora pareja. Entonces recordó lo más importante, la leche en fórmula especial para su bebé con cólicos y reflujo y fue a la cocina a buscarla. Comprobó que quedaba muy poca, bueno, ya comprarían más en el camino. Trataba de apurarse, el llanto del bebé persistía y se colaba en sus sentidos.

—¿Qué estás haciendo?—gritó alarmada y corrió hacia el niño.

—Necesito que se calle… No lo soporto más— la empujó y continuó tratando de sofocar al bebé con su frazadita.

Todo fue muy rápido. Ni siquiera lo pensó. Había sangre por todas partes, salpicaduras en su cara y ropa. Él había caído de bruces en el suelo y lo único que rompió el desgarrador silencio luego del tiro, fue el llanto de su bebé, lo tomó en sus brazos inmediatamente, mientras el cuerpo de su padre yacía en el suelo del diminuto salón, en una gran estela de sangre.

—Podemos convertir la cochera en tu taller personal, mientras encuentras un buen lugar. Por el momento, puedes hacer la tienda virtual, es lo que está de moda ahora—le decía Nicky a Candy, con su laptop en mano, como siempre hacía cuando se ponía en modo investigativo.

—Buena idea. En algo he de entretenerme. Eso de estar en casa sin hacer nada…—se quejó acariciándose el vientre.

—Pues el doctor dijo que no debes esforzarte, así que ya sabes…—le recordó su hermana con voz cantarina, sin despegar la vista de la pantalla.

—La cochera está limpia. Si deseas, puedo pintarla…—apareció Tom sudado por la faena.

—Gracias, no tenías por qué molestarte, igual yo puedo alquilar un…

—El doctor dijo que te quedes en casa…—le advirtió su hermano y ella puso los ojos en blanco.

—¿Quieres que te prepare una limonada?—le ofreció Candy, poniéndose de pie.

—¡Yo lo haré!— Dijo inmediatamente su madrastra, haciendo que Candy volviera a sentarse.

Estaba en el proceso de ir preparando la tienda virtual cuando escucharon la puerta y Nicky se puso de pie como un resorte para ir abrir.

—Candy, Don Estirado y su hija están aquí—gritó Nicky desde el umbral, mirando a Albert con una sonrisa apretada y cínica.

—Buenas tardes, Nicole…—le contestó el rubio con educación, ignorando su impertinencia.

—Hola, preciosa… ¡Cuánto has crecido!— se dirigió a la niña, ignorando el cortés saludo de Albert.

—Hola. ¿Y Candy?—preguntó la pequeña impaciente.

—Estoy aquí— Candy fue a ella y se bajó a su altura para recibirla con brazos abiertos, a los cuales ella corrió.

—Cuidado, cariño. Recuerda que hay un bebé ahí adentro…— Albert separó a su efusiva hija de Candy.

—Hola. ¿Podemos ayudarlo en algo?—apareció Tom con su voz y figura intimidante, junto con su madre que había adopta el papel de mamá leona.

—Está bien… yo le dije que podía venir…— intervino Candy.

—Bueno. Debe tener claro que Candy no se irá de esta casa y ni se le ocurra hacer que se altere…

—¿Quieres ver mi cuarto de foto revelado, preciosa?—interrumpió Nicky llevándose a la niña lejos.

—Tom, por favor… No me iré a ninguna parte, lo prometo.

Finalmente los dejaron solos. Candy lo condujo hacia el jardín, en incómodo silencio.

—Estás muy linda…—le dijo con su dulce sonrisa, acariciando con ternura su mejilla,

—Gracias…—le devolvió una sonrisa tensa, estaba nerviosa.

—Te extraño demasiado…

—Estoy bien aquí. Me cuidan, me quieren… eso creo…—aunque estaba a la defensiva, él puso sentir el quiebre en el tono de su voz.

—Por supuesto que te quieren. ¿Quién no te querría?— se acercó para besarla, no pudo evitarlo, pero ella lo rechazó.

—¿De verdad quieres que te conteste eso?—él negó con la cabeza.

—Aunque no regreses conmigo, ¿crees que puedas perdonarme algún día?—con su mano grande y gentil le acarició el vientre por primera vez. Ella sintió una emoción indescriptible. Era la primera caricia que el bebé recibía de su padre.

—Yo ya te perdoné, lo hice por el bebé. No quiero que mi hijo nazca en un ambiente hostil, no permitiré que sea víctima del odio irracional de tu familia… ¡Y no volveré contigo!

—Yo jamás permitiría que le hicieran daño, así se trate de mi propia familia. Candy, yo cometí un error, uno muy grande, imperdonable y te juro que estaré arrepentido toda mi vida, pero por favor, solo un segundo, ponte en mi lugar…

—¡Ja! ¿Qué me ponga en tu lugar? Yo me puse en tu lugar desde el primer momento, aún cuando podía sentir tu duda taladrándome en silencio. ¿Pero sabes qué? Estoy harta de ponerme en el lugar de todos, estoy harta de ser la que ocupe el último y peor lugar en todo el mundo.

—Eso no es del todo cierto, lo sabes. Yo te amo, sabes que te amo y que estaba haciendo lo imposible porque sintieras todo el amor que yo…

—¿Y hasta cuándo iba a durarte ese amor? ¿Hasta la primera situación que se presente? ¿Hasta que llegue otra maldita suegra loca? Cuando supe que Eleanor estuvo involucrada en el secuestro de su propia nieta, me pregunté que era lo que había mal en mí, qué hice para merecer tanto odio… Y no se me ocurrió nada. ¡Porque no he hecho nada! ¡Y no hay nada malo conmigo! Merezco que me amen…—se le rompió la voz y comenzó a llorar.

—¡Yo te amo!—le gritó con la voz también rota y la atrajo hacia él en un abrazo fuerte.

La dejó llorar en su pecho, mientras le acariciaba y besaba el cabello. Había olvidado lo bien que olía y lo mucho que amaba acunar su cuerpo pequeño y cálido en sus brazos. Solo quería protegerla del mundo entero, no quería fallarle más.

—Tú eres perfecta. Mereces todo el amor del mundo, y que se joda todo el que te hizo pensar lo contrario, incluyéndome…

—Debo entrar… debo descansar…—bostezó y evitó a toda costa su mirada, porque se rendiría fácil si tan solo lo miraba.

—Candy… te amo. Y… ahora que sé que vas a tener a mi hijo, puedo jurarte que te amo aún más…—se arrodilló y comenzó a besar su vientre con amor y desesperación. Como un tesoro del que no quería desprenderse y no soportaba el hecho de tener que dejarla ir cada vez.

—Ya tengo que entrar…—dijo intentando ser fuerte, le había colocado la mano en el cabello con suavidad, indicándole que se pusiera de pie, aunque por dentro deseaba que ese momento no terminara nunca.

—Yo… acepto tu decisión de no volver conmigo, está matándome, pero la acepto… Aún así…—suspiró y tomó aire para que no se le quebrara la voz.

—Tengo que…

—Aún así, si mañana o en cualquier momento, decides volver, quiero que sepas que te estaré esperando y que… aún deseo que seas mi esposa y eso no va a cambiar. Te juro que si… que si me das una oportunidad, yo me casaría contigo justo en el lugar en donde nos encontremos en ese momento. Me casaría contigo, ahora mismo, en este mismo jardín.

Estaba loco por ella, loco de angustia y desesperación. Irse y dejarla ahí lo estaba despedazando, pero no podía presionarla. Aún cuando deseaba tomarla en brazos en ese momento y llevársela a casa, con él, donde pertenecía. La cuidaría y protegería con su vida.

—Quizás algún día… pero ahora…

—¿Dijiste quizás? Quiero decir, ¿existe esa posibilidad? Aunque sea lejana…

—Albert, yo no sé si…

—Shhh… por favor, no lo arruines. No digas nada más. Me conformo con ese quizás. Toma, quiero que lo tengas— le puso el anillo de compromiso nuevamente.

—¿Qué estás haciendo? ¿A caso es una broma?

—Quiero que lo tengas, mientras exista un quizás. Cuando te sientas segura de que no vas volver, entonces me lo devuelves.

—Ahora sí voy a entrar—Se soltó de su mano, sintiendo el frio cruel y el abandono como una aguja en la piel.

—Vale. ¡Ah! Casi lo olvidaba…—le entregó las llaves del auto y un cheque.

—¿Qué significa esto?

—Es tu auto. Podrás moverte e ir a tus citas de control sin depender de nadie. El cheque es para tus gastos mensuales. En unos días recibirás tu nueva tarjeta de seguro médico, añadí una mejor cubierta.

—No es necesario. Tengo mis ahorros y el dinero que me dejó mi pa…

—Candy, tu hijo tiene un padre. Si no quieres volver conmigo, está bien, pero no puedes evitar que sea su padre y como tal, me haré cargo, porque es lo que hace un padre. Me equivoqué como hombre y lo asumo, pero no soy un mal padre y eso lo sabes—dijo con un tono muy serio.

—¡Papá!—Savannah corrió hacia él con un paquete de galletas Oreo en la mano y le sonrió con los dientes negros que le dejaron las mismas.

—Despídete de Candy y tu hermanito.

—Adiós Candy— la niña le dio un beso en la mejilla, pero lo que le derritió el corazón a la rubia fue el beso que le dio en su vientre.

—Adiós preciosa.

—Vendré a verlos el próximo domingo—se despidió dándole un beso en la frente.

Cuando Candy entró en la casa, su madrastra estaba preparando la cena y el noticiero estaba puesto. Tom subió el volumen del televisor.

Encuentran a un hombre muerto en un departamento, aparentemente por una herida de bala en la cabeza. Las autoridades han identificado al occiso como Niel Leagan, quien se encontraba prófugo de la justicia tras participar en el secuestro de una menor. La policía continúa investigando el posible homicidio.

—No me siento bien… No puedo respirar…

—¡Candy!

Continuará…


¡Holaaaaa! Espero que esté bien, mis queridas amigas. Gracias por sus comentarios, su gran apoyo y paciencia. Pues al fin estamos terminando. ¿Quieren saber cuántos capítulos faltan? Solo un par capítulos más y concluiremos esta historia que ha sido toda una aventura para mí, pero como todo, ya está llegando a su fin.

Besos,

Wendy Grandchester