Róbame el corazón
Capítulo 17
—Cálmate, cielo. Tranquila, respira hondo. Está todo tranquilo, no pasada— su madrastra le acariciaba la espalda y la abrazaba mientras le susurraba en el oído para ayudarla a aminorar su ataque de pánico y ansiedad.
—Me duele el pecho…— se quejó con la voz un poco más serena.
—Fue la impresión por la noticia. Pero trata de relajarte, piensa que esa rata ya no podrá hacerte más daño—ella asintió.
—Quiero ver al Doctor Grandchester…
—Yo lo llamo— se apresuró a decir Nicky.
Pudo recuperar el aliento, pero su corazón aún latía desbocado. Por recomendaciones de su doctor, no era favorable que se embarazara aún, pero sucedió y ahora lidiaba con las consecuencias de un embarazo de alto riesgo. Vivía con un miedo inmenso de perder también a ese bebé, de fallar nuevamente.
—No puedes dejar que se hombre siga lastimándote aún muerto. Ya dejaste esa vida, lo dejaste a él y te has recuperado. Incluso, serás una mami otra vez, mamá de un bebé que desde ahora es amado y esperado con mucha ilusión por todos—ella asintió y se refugió en los brazos de la señora.
—Así es. El bebé más esperado, incluso por el estirado de su padre—añadió Nicky poniendo los ojos en blanco.
Candy estaba casi quedándose dormida cuando su celular comenzó a sonar. Era Albert, contestó de inmediato.
—¿Ya te enteraste? —preguntó ella, tratando de sonar más normal de lo que realmente estaba.
—Acabo de oírlo en la radio. ¿Estás bien? Te escuchas alterada…
—Tuve un episodio, pero ya estoy bien…
—¿Segura? Puedo regresar y llevarte al hospital…
—No. El doctor Grandchester ya viene en camino.
—Bueno… por favor, si pasa algo, me llaman. Estaré pendiente de ti todo el tiempo, prométeme que, si te pasa algo, me van a llamar…
—Lo prometo. Y… ¿qué pasará ahora?
—Bueno, ya con ese infeliz muerto, no hay mucho que se pueda hacer, solo esperar al juicio de Eleanor. Se hará una investigación por la muerte de Niel y… no quiero que te alteres, pero es posible que nos entreviste la policía, es un procedimiento de rutina, así que no te preocupes, solo quiero que no te tome por sorpresa.
—Vale… Dios mío…
—¿Qué pasa?
—Es que… sé que no debería decir esto, pero me alegro de que esté muerto…—confesó con lágrimas amargas.
—Ya. No pienses en eso, descansa. Yo me encargaré todo. Tú solo cuídate y cuida al bebé, es lo único importante, ¿lo recuerdas?
—Ujum.
—Te amo—le dijo, y ella vibró por dentro, pero no lo respondió.
—Tengo que colgar. El doctor ya llegó.
El doctor Grandchester llegó, con su arrolladora sonrisa, a pesar de que se veía cansado y atereado. Debía ser de la edad de Albert, pero Dios, Candy siempre pensó que era tan endemoniadamente guapo. Su voz suave, firme y segura, esos ojos de un azul profundo y misterioso, su sonrisa descarada al responder el coqueteo de Candy hace tiempo cuando empezó a ser su paciente.
—Disculpe por hacerlo venir, doctor, es que nos tomamos con mucho cuidado el embarazo de Candy y la pobre ha pasado por tantas…—la madrastra iba guiándolo al salón.
—No se preocupe, siempre haré un espacio para atender a mi paciente favorita—dijo guiñándole el ojo a Candy mientras se colocaba el estetoscopio.
Candy notó que no llevaba el aro de matrimonio, en su lugar llevaba la marca que el sol aún no había borrado. Se reprendió a sí misma por estar pensando en esas cosas mientras cargaba en su interior al hijo de Albert. El hombre que amaba y que tanto le costaba mantener a raya.
—Tu presión está bastante normal, pero te noto inquieta, ansiosa. Trata de canalizar tus emociones en actividades sencillas. Sabes que yo no recomendé que te embarazaras aún…
—Lo sé. Lo evité, yo me tomaba mi píldora siempre…
Se había apresurado a explicar con los ojazos enormes y cansados, mostrando rastros de ojeras. Tenía una mano sobre el vientre, su expresión era de niña traviesa, como siempre. El encanto de sus marcas y su pelo de colores siempre lo había cautivado y conmovido. A pesar de parecer totalmente desubicada en ocasiones, también la notaba tierna y encantadoramente ingenua.
—¿Cree que esta vez sí estiro la pata? —con eso lo sacó de sus pensamientos, provocándole una carcajada espontánea.
—Si te cuidas bien, creo que sobrevivirás. Pero, recuerda que yo solo trabajo con tu corazón, si tienes dudas respecto a tu embarazo, entonces debes consultar con tu obstetra.
—Oh, ¡por Dios! ¿Usted es el doctor del corazón? —preguntó Nicky bajando, impresionada con aquel hombre.
—El mismo—respondió con su sonrisa ladeada, guardando el estetoscopio.
—Pues… fíjese que yo también me siento muy mal…—se llevó una mano al pecho, Candy puso los ojos en blanco.
—Nicky, ¿por qué mejor no le ofreces una bebida al doctor? —intervino su madre un poco avergonzada, aunque a ella también le resultara insultantemente atractivo el doctor.
—No creo que a Leah le haga gracia esto, Nicky…—le advirtió Candy en broma.
—¿Quién es Leah? —preguntó la mamá curiosa y confundida y ambas chicas pusieron cara de tragedia.
—¿Sabía que Candy está solterita y disponible, doc? —A Candy se le encendieron las mejillas inmediatamente. El doctor levantó una ceja con arrogante coquetería.
—Estoy algo perdido…—respondió mirándolas a ambas.
—Es cierto, doc… bueno, trae un paquete, pero aún no nace, así que…
—¡Nicky! Perdón, doctor. Mi hermana está loca, solo lo dice porque odia al papá de mi bebé…
—Pero tronaron. Ya no están juntos, solo tienen un paquete un común, así que necesita a un… doctor como usted… que le cure su corazoncito descomponido, literalmente…
—Nicky, estás avergonzándome— le dijo entre dientes, con una sonrisa apretada.
—¿Entonces qué dice, doc? ¿Sí curará el corazoncito rompido de Candy?
—¿No tendrá algún amigo psiquiatra para estas dos? —interrumpió la señora.
El doctor se estaba despidiendo y Candy lo acompañó a la salida.
—Gracias por venir, doctor. Y disculpe lo de mi hermana…
—No te preocupes.
—Además es su culpa…—añadió Candy.
—¿Perdón? —preguntó desconcertado.
—Por venir separarse ahora justo cuando estoy con otro y con la panza empaquetada, ¿por qué no lo hizo cuando yo estaba enamorada de usted? —le reclamó y él no podía parar de reírse.
—Tienes razón, fui muy tonto, ¿pero quieres que te confiese algo? También me enamoré un poco de ti—le guiñó el ojo y sonriéndole de lado, le tomó el mentón con ternura y le besó la frente.
—¿Lo dice en serio? ¿Yo le gustaba? —preguntó atónita.
—¿Y por qué no? —él se encogió de hombros, mostrándole aquella devastadora sonrisa una vez más.
—Pues… ¡debió decírmelo!
—Lo siento, preciosa. Siempre serás mi paciente favorita— se fue finalmente.
…
3 meses después
El embarazo de Candy ya se notaba. Estaba hermosa y radiante, había ganado un poquito de peso que le sentaba de maravilla. Ya no tenía ojeras, el color había vuelto a sus mejillas y el brillo de sus ojos era innegable.
—Ya se mueve…—dijo con orgullo y su hermana fue corriendo a sentarse junto a ella en el sofá.
—¿En serio? No siento nada… ¡Oh, por Dios! Ahora sí lo siento…—Nicky estaba tan eufórica como una niña.
Habían estado planificando la revelación del sexo del bebé por días, sería finalmente ese domingo. Nicky se estaba desesperando, jamás había guardado un secreto tanto tiempo y moría por gritarle a todos lo que iba a tener Candy, pero hacía lo posible por controlarse, incluso cuando la misma Candy trató de persuadirla para que le dijese.
Albert pasó a recogerla, irían a comprar la cuna y muebles para el cuarto del bebé. Candy había decidido rentar un apartamento de dos habitaciones. Amaba la vida en familia, pero entendía que necesitaría espacio para el bebé y todas sus cosas, aunque seguía viviendo con ellos hasta dar a luz, fue el acuerdo que habían hecho, no estar sola en ningún momento hasta que el bebé naciera.
—Buenos días, cielo— la saludó Albert admirando su belleza y sin ocultar lo emocionado que se sentía al verla con su pancita. Le seguía doliendo el no poder llevársela a casa como debía ser, pero agradecía que le permitiera ser parte del proceso.
—Hola… ¿Y Savannah? —le preguntó mientras él le abría la puerta del auto para que se montara.
—Se quedó en casa con Archie y su novia.
—¿Archie tiene novia? —preguntó divertida, esperando que Albert le diera más detalles sobre el chisme.
—Y está muy entusiasmado. Los dejé horneando pastelillos.
—¿Archie? —dijo con sarcasmo y sin evitar las carcajadas.
Llegaron a la mueblería infantil media hora después. El lugar era tan precioso y encantador, un mundo de colores suaves, paz, esperanza. Un pequeño paraíso para bebés. A Candy se le aguaron los ojos, nunca había entrado a una tienda así, no tuvo la oportunidad antes porque había perdido a Sammy demasiado pronto, y de todas maneras, en ese entonces no estaba preparada económicamente para brindarle esos lujos a su bebé, así como tampoco contaba emocionalmente con Niel durante ese proceso.
—¿Viste algo que te gustara? —Albert le tomó la mano y se la besó.
—Me gusta todo…—respondió suspirando y finalmente riendo.
—¿Puedo ayudarles en algo? —apareció una encargada de unos cincuenta años sonriéndoles.
—Eh…—Candy pasó su mano por una de las cunitas.
—¿Primerizos?
—Algo así…—admitió ella sonriendo.
—No se preocupen, ¿qué buscan exactamente?
—Queremos lo mejor que tenga—respondió Albert.
—Que sea seguro…—añadió Candy acariciándose la barriguita.
Terminaron comprando la cuna, un moisés, un gavetero, una mecedora, un cajón para los juguetes, una lámpara y un sinfín de cosas. Candy estaba demasiado emocionada con esa nueva oportunidad que la vida le daba, a veces le daba miedo.
—¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal? ¿Hay algo que no te haya gustado?
—No… no es eso…
—¿Entonces?
—¿Crees que voy muy rápido? Quizás debamos esperar un poco más…
—Todo va a salir bien, te lo prometo. Quiero que estés tranquila, que disfrutes todo y que hagas muchos planes. El bebé está bien, va a llegar bien, serás una mami, otra vez. Ahora, prométeme tú que ya no vas a llorar, ¿lo prometes?
—Ujum…
—¿Les parece bien que hagamos la entrega el martes? —la encargada los sacó de su momento íntimo.
Ya de vuelta en el auto, Albert recibió una vídeo-llamada de Savannah. Podía apreciar la algarabía y el desastre en la cocina.
—Hola, papi. ¿Ya vienen? Hicimos brownies y cupcakes…— la niña mostró orgullosa las bandejitas.
—Se ven deliciosos. Ya estamos en camino.
—¿Y Candy?
—Aquí estoy, princesa— se acercó a la pantalla y la saludo alegremente.
—¡Candy! Te hicimos muchos cupcakes para ti y el bebé… ¿el bebé puede comer cupcakes?
—Estoy segura de que le encantarán.
—Nos veremos allí—Albert terminó la llamada.
Hicieron el trayecto en silencio, sobre todo, porque Candy se había quedado dormida. Últimamente estaba demasiado cansada y somnolienta.
—Ya llegamos…—le avisó Albert despertándola con ternura.
—Lo siento…—sonrió mientras bostezaba y se desperezaba.
Cuando entraron a la cocina, vieron a Archie y su novia llenos de harina, decorando pastelitos. Una imagen que ellos jamás habrían imaginado.
—¡Candy! —Savannah corrió a ella y enseguida comenzó a mostrarle sus dulces obras. El olor que había en toda la casa le hacía la boca agua.
—Hola, Candy. Te ves muy bien…—le dijo Archie un poco tenso y ella asintió.
—Gracias.
—Ella es Giulia, mi novia.
—Mucho gusto—dijeron ambas al unísono.
—Vamos a lavarnos las manos y a cambiarnos—dijo Giulia y se llevó a Savannah.
Candy agarró un pastelito con muy buena pinta y lo comenzó a devorar, Albert le sirvió un vaso de leche. Todo parecía normal, pero había algo que necesitaba cerrarse.
—Candy…—Archie decidió romper el hielo.
—¿Sí? —respondió atragantada.
—Quería disculparme por no haberte creído tampoco.
—No es necesario, yo…
—Sí, sí lo es. Yo fui el primero en alentar a Albert a que te diera una oportunidad como niñera, a que no se dejara llevar por las apariencias, pero cuando pasó lo de Savannah, fui también uno de los primeros en darte la espalda…—estaba realmente arrepentido, era relajado, mujeriego y todo lo demás, pero era noble; eso tanto ella como Albert lo sabían.
—Apoyaste a tu amigo, es normal…
—No pensé como un amigo, sino como un hombre leyes, y pues… todo realmente apuntaba hacia ti… eran demasiadas casualidades y todas tenían que ver contigo, pensé como un abogado, no pude evitarlo.
—No ayudó el hecho de que me ocultaras que Neil había estado frecuentándote. No, no te enojes, no quiero que te alteres. Yo solo trato de ponerle un cierre a esta pesadilla, no trato de responsabilizarte. Solo creo que, si hubiese sido al revés, tú también hubieses dudado, créeme, en nuestro oficio, estas teorías no son tan descabelladas—culminó Albert.
Ella tenía los ojos llorosos y un nudo en la garganta. Él tenía razón en cierto modo, pero aún así, la forma en que la trató y rechazó no se le olvidaba y eso estaba poniendo una barrera entre los dos.
—En el mundo hay gente demasiado mala, más de lo que muchas veces llegamos a imaginar, quienes menos pensamos. O sea, ¿a quién iba a ocurrírsele que Eleanor fuese capaz de algo así? ¡Su maldita abuela! El punto es—añadió Archie calmándose— que no sería justo abandonar toda su vida juntos, sus planes, para que este tipo de gente triunfe…
—Yo… necesito un poco más de tiempo, lo siento… Puedo entender lo que dicen, pero… lo cierto es que fui brutalmente maltratada y humillada y no sabes el efecto que eso puede tener en una mujer embarazada—se le rompió la voz y se llevó la mano al vientre un instante.
—Candy, está bien, no te alteres, toma todo el tiempo que necesites. Incluso, si no eres capaz de perdonarme algún día, está bien. Lo más importante es que… nuestros hijos estén bien, que sepan que, a pesar de nuestros errores, los amamos y que haríamos cualquier cosa por ellos, aunque no estemos juntos—ella asintió.
Se disculpó un momento para ir al baño, pues las náuseas aún la acechaban de vez en cuando. Pensar en Neil siempre le descomponía el estómago. Había visto en las noticias a la novia de Neil, la encontraron finalmente y según la policía, fue ella quien finalmente lo eliminó por el bien del mundo. Se vio en ella a sí misma, joven, rota, perdida, sola.
Se lavó la cara y se refrescó el aliento y regresó con los demás.
—¿Ya estás mejor? —le preguntó Giulia en solidaridad.
—Sí, mucho mejor, gracias.
—¿Quieres recostarte un rato? Puedo llevarte a tu casa luego…
—No. Hay algo que quiero que hagan por mí— dijo con expresión firme y seria.
—Adelante, no estamos en posición de negarte nada—comentó Archie.
—Quiero que defiendan a la chica que mató a Neil—soltó dejándolos perplejos.
—¿Qué? —preguntaron ambos abogados al unísono.
—Yo sí le creo—dijo con total firmeza y mirándolos directamente a los ojos.
—Candy, eso es un disparate… Es…
—Yo le creo. Creo su versión. Ustedes aún no tienen idea de quién realmente era Neil.
—Candy…
—¿Quieren saber cómo perdí a mi primera hija? Neil nunca quiso que tuviera al bebé y me dijo que sería asunto mío si me lo quedaba, pero una vez… él estaba tan borracho y drogado, se puso violento y me empujó, caí por las escaleras… y pensé que… que no había sido tan grave, pues no sentí dolor, no tenía sangrado… yo era muy joven, muy ignorante… Cuando fui a una de mis citas de control, resultó que mi hija estaba muerta dentro de mí—la voz se le quebró a tal punto que se quedó sin aire por un momento.
Albert solo la abrazó muy fuerte y en su mente maldijo a Neil mil veces aún después de muerto. Archie y Giulia estaban afectados, los ojos llorosos, se sentían horrorizados.
—Por eso le creo. Si esa chica lo mató por defender a su hijo, yo sí le creo, porque Neil era capaz de eso y más. Tienes razón—se dirigió a Albert— haríamos cualquier cosa por nuestros hijos, ella tuvo que matar para salvar al suyo. Si quieren hacer justicia, por mí, por Savannah, y por ese pobre niño que ahora tiene una madre presa y un padre muerto, defiéndanla—ambos asintieron.
2 semanas después…
En casa de los White se estaría celebrando la fiesta de revelación de sexo del bebé. No habían escatimado en detalles. Albert estaba presente, con su camiseta de Team-Girl al igual que su hija y la madrastra de Candy. Tom, Archie y Giulia eran Team-Boy, y Nicky, la única que sabía el sexo del bebé, se mantuvo neutral, al usar una camiseta que decía Tía de un bebé arcoíris, la de Candy decía Bebé arcoíris a bordo.
—¿Está listos? —preguntó Nicky.
—¡Sí!—gritaron, resonando más la voz de Savannah.
Pincharon el enorme globo, quien trajo consigo una explosión de confeti azul y globitos miniatura también azules que salieron volando hacia el cielo. Los gritos de júbilo no se hicieron esperar, así como tampoco el llanto de emoción de los futuros padres.
—¿Estás contento? —preguntó Candy, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Soy el hombre más feliz del mundo— le respondió y la besó, ella no lo rechazó, era el primer beso que se daban después de todo lo sucedido.
—¿Luego pueden tener una niña? —preguntó Savannah adorablemente derrotada.
4 meses después…
Nació un niño rubio, fuerte y hermoso, con un llanto angelical, dispuesto a robarse el corazón de toda la familia. Su padre lo cargó llorando, sin poder creer que ese milagro fuera suyo. Candy había tenido demasiadas complicaciones, habían estado al filo de la locura.
—¿Ya puedo ver a Candy? —le preguntó a la doctora.
—Señor Andrew, Candy… no se encuentra bien, la tenemos en cuidado intensivo—respondió la doctora y ahí fue cuando el mundo y la alegría de Albert se vino completamente abajo.
Continuará…
Hola! Gracias a todas por sus comentarios y su gran apoyo. Les deseo un excelente fin de semana. Este es el penúltimo capítulo, la próxima semana espero poder brindarles el final de esta historia mágica.
Besos, Wendy G.
