El despertador dio su característico sonido estrepitoso a las seis en punto de la mañana. El omega que yacía en la cama se enderezó con delicadeza y estiró los brazos y espalda de su cuerpo para despertar de su ensueño. Atenuó el ruido del reloj con su mano derecha y se levantó a buscar sus sandalias para dirigirse al baño a tomar su respectiva ducha.

Esa mañana, el clima había cambiado drásticamente su estado de ánimo: un cielo gris y desganado se extendía por toda Altea, haciendo correr vientos gélidos por las calles de la civilización urbana. Aquel clima no benefició para nada al omega estrella, quien odiaba con todo su ser aquellos días nebulosos que reprimían por completo su alegría de iniciar con sus labores del día a día. Y más aquel sábado, el cual era el día en que la fiesta que tanto le había costado realizar y organizar se llevaría a cabo finalmente.

Dentro del baño, mientras procedía a retirarse las prendas de su cuerpo, le fue imposible no recordar el día anterior, donde había tenido una disputa con un tedioso alfa que sólo buscaba contienda con cualquiera que se le cruzara en su camino. El alfa había tenido el descaro de haberse metido con Pidge, y eso Lance no se lo había permitido pasar; por lo que, al acudir a la ayuda de su amiga, se metió en líos con el alfa por haberle hecho frente. Y eso sólo lo había mantenido más serio el resto del día, llegando al salón de fiestas junto a su amiga a dejar lo que hacía falta con una expresión severa y reservada.

Lance sacudió su cabeza con el intento de desvanecer el amargo recuerdo y procedió a abrir la llave de la regadera una vez estando completamente desnudo. Acomodó la temperatura del agua y procedió a remojar su cabeza en la cálida agua matutina. Ducharse temprano lo despertaba, había agarrado esa costumbre desde que vivía en Cuba con su madre y sus hermanos; donde el despertar junto al ruido de las olas chocar contra la orilla salada del mar era algo muy común para la familia McClain. Cuando era tan sólo un infante, ducharse a altas horas del día lo repudiaba más que nada en el mundo; ya que, tras acabar, salía del baño con las rodillas temblorosas debido al drástico cambio de clima que había al salir de la bañera hasta su recámara. Pero, pasado los años, se acostumbró a aquella rutina a la que su madre lo adaptó desde temprana edad. Además, el agua caliente de la regadera le quitaba el frío al plazo de unos dos minutos. Usualmente, tardaba seis minutos y medio en ducharse; mas ese día era la excepción, ya que el frígido clima no era de su total agrado y, aparte, tenía que arribar temprano al salón donde se llevaría a cabo el evento.

Limpió cada parte de él y salió de la ducha con la temperatura al tope. Se acercó al buró del baño y sacó varios productos de higiene personal. Se colocó una mascarilla, se depiló el cuerpo, se colocó crema y polvo y, al final, dejó su piel suave y sedosa cuál nalgas de un bebé.

Salió del baño con una toalla en la cabeza y una bata azul, cubriéndose el cuerpo con esta. Caminó hacia su cajón de ropa y buscó entre sus prendas una playera, sudadera o un suéter con la cual vestirse. Se vistió con un suéter azul marino, con un pantalón skinny de gabardina café, unas botas cat cafés y una chamarra de cuero café. Ya vestido, se cepilló sus dientes y bajó a la sala de su residencia a desayunar. Se trató de un desayuno muy simple, ya que el tiempo valía oro en aquel santiamén. Y necesitaba aprovecharlo para ese día más que nada.

Se secó el pelo lo más rápido posible, se colocó una bufanda azul marino alrededor de su cuello y se dirigió a la entrada principal de su residencia para asir las llaves y salir de esta. Caminó durante unos minutos hasta la estación del autobús para dirigirse a su respectivo destino: el salón de fiestas.

. . .

Bajó del transporte público y caminó unas cuantas calles hasta divisar a unos cuantos metros al salón de fiestas. Abrió la puerta de esta y se dirigió hasta el lugar en donde todos se encontraban reunidos: unos cuantos estudiantes —los jefes de grupo— y algunos pocos maestros y directivos se ayudaban entre ellos a colocar todo en su lugar. Algunos hablaban por teléfono, dando órdenes e indicaciones; mientras que el grupo restante de presentes colocaban las decoraciones en las mesas del lugar.

Lance pudo divisar a la distancia a Pidge, quien se encontraba junto a Hunk arreglando y ayudando a decorar el escenario que se cernía en el fondo del salón. Lance no pudo evitar sentirse feliz al ver a su carismático y cariñoso amigo Hunk presente mientras ayudaba a Pidge con las decoraciones de dicho lugar. Según recordaba, Hunk se negaba a salir de casa debido al previo incidente de los estudiantes con el animal; pero verlo ahí presente le hizo saber que uno era capaz de superar el miedo y, así, gozar de los mínimos momentos de alegría y felicidad.

—¡Hunk! ¡Amigo! —exclamó, alzando sus brazos con entusiasmo—. ¡Pensé que no saldrías de casa por un tiempo!

Hunk guío toda su atención hacia el recién llegado, el cual se sentía entusiasmado por ver a su amigo menos preocupado que el día anterior. El beta se sonrojó ante el halago y se rascó la nuca con timidez.

—Bueno, pues... Pidge me contó sobre lo sucedido el día anterior con ustedes en el supermercado... y pensé que necesitarían a su amigo beta junto a ustedes por si se presentaba algún que otro problema —sonrió el beta.

—¡Eso mismo opino, McClain! —una voz masculina interrumpió la plática entre Lance y Hunk: se trataba de Matt Holt, el hermano mayor de Pidge. Un beta que obtenía las mejores calificaciones de la escuela y que era el jefe de grupo de su salón. Un chico prodigio, sin duda alguna—. ¡¿Por qué demonios no me avisaste de lo sucedido ayer, McClain?!

El joven beta bajó del escenario y señaló a Lance con su dedo, amenazante. El ceño fruncido de Matt se le hacía un tanto gracioso al omega, ya que este arrebazaba a Matt en estatura; y el ver al beta de menor estatura ponerse en aquellas facetas con alguno de sus allegados solía verse divertido en algunas ocasiones. Era como ver a un niño pequeño enojarse con un adolescente por haberle hecho alguna sencilla e inocente broma o maldad; y eso que Matt, a pesar de la baja estatura con la que contaba, era dos años mayor que él. Sin embargo, la amenazante y cortante voz de Matt había surgido efecto en intimidar un poco al omega.

—¡Ah, bueno... yo... ! —el omega trató de buscar las palabras exactas para justificar su accionar, mas su cabeza estaba en blanco.

—¡No me salgas con excusas, McClain! ¡¿Cómo que mi hermana fue puesta bajo sumisión por un alfa desconocido?! —protestó Matt, enojado—. ¡¿Por qué demonios no me pediste a mí acompañarte al supermercado en lugar de Pidge?!

—¡Matt, cálmate ya! —la mencionada se acercó a la escena con una caja en manos, la cual dejó en el suelo mientras procedía a sacudirse las manos en su pantalón de mezclilla para retirar el polvo de estas—. ¡Al final Lance me defendió! ¡Malo si hubiera estado sola o si Lance no hubiera sacado la cara por mí! ¿No crees?

Tras las palabras de su hermana menor, Matt se tranquilizó un poco, pero no lo suficiente como para darle a Lance de último momento una mirada asesina. Luego, soltó su aire con pesadez y aclaró:

—Bueno, sí. Tienes razón en eso, Pidge —dijo, mientras pasaba sus dedos por sus ojos para masajearlos y calmar, así, su enojo—. Pero para la próxima, llévanos a Hunk y a mí. Es lo mejor. ¿De acuerdo?

—Sí escuché, mamá —se burló Pidge, haciendo enojar un poco en el acto a Matt, quien rodó los ojos.

Pronto, el trío de amigos se dispersó por el escenario para seguir con sus labores de decorar el salón. Mas, sin embargo, Lance llamó al resto de los estudiantes presentes para decirles algunas palabras motivacionales e indicaciones relacionadas a la decoración. Sin embargo, Hunk se propuso para la labor.

—¡Ok, ok! —Hunk se acercó hacia el grupo de estudiantes y aclaró su garganta, listo para dar inicio a sus palabras—. Tenemos que estar unidos en esto... Eh... para… para…

En menos de unos segundos, las palabras que Hunk tenía en mente quedaron atascadas en el fondo de su garganta. Y, pronto, se percató de que aún no estaba listo para todo este discurso. Mas una voz a su derecha intercambió su posición.

—Necesitamos acabar con la decoración lo antes posible —interrumpió Lance, robando por completo la atención de los presentes y las palabras de Hunk—. Tenemos hasta las cinco de la tarde para finalizar. Así que, den lo mejor de ustedes. ¡A trabajar!

El trío restante de amigos asintió con entusiasmo y procedieron a reanudar sus labores. Todos los estudiantes y maestros pusieron de su parte para decorar el salón. Organizaron la comida, los eventos, la música, las bebidas, las luces, el ambiente, entre otras cosas más. Habían terminado media hora después de lo acordado, pero había quedado mucho mejor de lo anticipado.

Para las seis, toda la decoración estaba lista.

—¡Excelente trabajo, estudiantes! —aclamó el director, entusiasmado—. Agradezco el apoyo de todos ustedes en este evento. Aunque, eso sí, esto todavía no acaba. Los profesores encargados de vigilar las entradas y salidas, les dejo en sus manos la seguridad total de los estudiantes. Dependemos de ustedes para que todo vaya de maravilla. ¡Gracias por ayudar con la decoración del salón! ¡Un aplauso a todos!

Todos aplaudieron; menos Pidge, quien hizo una mueca de desagrado ante los aplausos. Había sentido que eso era innecesario.

Todos caminaron para hacer sus responsabilidades en la fiesta y otros simplemente a esperar a que arribara el resto de la escuela. Cuando Lance estaba apunto de ir junto a Pidge, Hunk y Matt al escenario, el director llamó su atención:

—¡McClain! ¡Ven tantito!

El omega se acercó hacia el director, un tanto confundido por la inminente llamada del director.

—¿Sucede algo, director? —preguntó ya estando frente al mayor.

—Necesito que nos hagas el favor de dar una plática motivacional a los estudiantes —contestó, un poco serio—. Han estado asustados por lo ocurrido con el grupo de chicos que fue asesinado por el animal. Y pensé que tú podrías subir al escenario y motivarlos a sentirse mejor.

—¡¿Qué?! —con la cabeza en blanco, el omega estrella trataba de procesar todo lo que el director le estaba indicando. ¿Él? ¿Dar una plática motivacional? ¡¿A todos los de la escuela?! Eso era un suicidio—. Ah, lo siento. Pero creo que no soy el indicado para esto, director.

—¡¿Qué?! ¡¿Acaso bromeas, McClain?! ¡Los alumnos acuden más a tu ayuda que al de los psicólogos de la escuela! Tú eres su mayor inspiración, su figura a seguir —aclamó con orgullo el mayor, seguro de sus palabras.

«Pero no de todos...» pensó Lance, recordando a los alfas que lo miraban fríamente cuando pasaba por los pasillos del colegio. Aquellos chicos sólo lo verían con disgusto cuando Lance subiera al escenario para tratar de tranquilizarlos por lo ocurrido el día anterior. No se sentía el indicado para una plática.

—No lo sé, director —dijo, un poco inseguro—. No sé si pueda manejar una situación como esta. Soy un omega, después de todo. No proporciono seguridad a nadie.

—McClain —interrumpió el mayor, soltando el aire con delicadeza—, no porque seas un omega no significa que no seas capaz de tomar el papel de un líder o de un protector. Al final del día, tú eres el que pone sus límites. Decide McClain: denigrante por el simple hecho de ser un omega o convertirte en un omega seguro de sí mismo.

Lance abrió los ojos. Una pequeña chispa de alegría se encendía en su interior. Y pronto se percató de lo tonto que había sido y que, incluso, pudo haberse golpeado constantemente su cabeza por dudar de sí mismo: siempre había sido un omega que no se dejaba humillar por cualquier alfa, beta u omega. Por nadie. Siempre estaba seguro de sí mismo, y se juró que así sería hasta su último aliento.

Lance sonrió ante las palabras del mayor y contestó:

—Tiene usted toda la razón, director. Soy un omega que nació para ser mejor que los alfas. Cuente conmigo para la plática

—Bien. ¡Que inicie la fiesta! —afirmó el mayor, levantando sus brazos en alto en señal de triunfo.

. . .

El cúmulo de jóvenes estudiantes comenzaba a llenar las mesas del salón de fiestas. La música resonaba por los oídos de los alborotados alumnos, haciéndolos brincar y bailar en la pista de baile. Las resplandecientes luces de neón de varios y distintos colores iluminaban el lugar y lo llenaban de un ambiente eufórico y alocado.

Lance caminaba y recorría cada una de las mesas, saludando a cada uno de los alumnos que le sonreían al pasar. Algunos le tendían la mano para saludarlo, mientras que otros le gritaban desde la distancia alguno que otro halago. El omega estrella comenzaba a sentirse cálido en el lugar al sentir las distintas feromonas, que comenzaban a impregnarse por todo el salón: dulces y suaves, denotando alegría y euforia. Una extraña combinación que hacían sentir de maravilla al joven omega estrella, que lo hacían sentirse en su hogar.

La pequeña alfa, junto al dúo de betas, reía de un lado a otro al integrarse a alguna de las pláticas de los chicos que estaban sentados en las mesas. Lance sonrió al verlos reír tan cómodamente. Y pronto sus miedos comenzaron a apaciguarse.

No era el momento para mostrar sus miedos hacia aquellos que lo admiraban y hacia aquellos a los que amaba.

Mientras tanto, un joven alfa había arribado al salón. Bajó del auto de Shiro y caminó hacia la entrada, no sin antes ser detenido por el alfa mayor.

—Keith —lo llamó un tanto angustiado, mientras posaba su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Keith—. Ten cuidado.

—De acuerdo —asintió el joven alfa, volviendo a retomar su caminata hacia la entrada del salón, sin dar siquiera un vistazo atrás.

Al entrar, una extraña combinación de aromas conquistó las fosas nasales de Keith. Había una infinidad de feromonas esparcidas por todo el lugar, tantas que, de pronto, el alfa comenzó a sentir vertiginosas náuseas. Shiro se percató de ello y sostuvo a Keith hasta sentarlo en una de las mesas más cercanas.

—Déjame traerte un vaso de agua —le indicó, mientras salía disparado en busca de un mesero para ordenar un vaso de agua potable y fría.

Keith se mantuvo ahí, sentado, tratando de tranquilizarse. Ese tipo de ambientes eran una nueva experiencia para él, tanto que se la pensó dos veces en si valía realmente la pena asistir a la fiesta o quedarse en casa a descansar. Pero fue tanto su hipocresía que no dudó ni un segundo en asistir a la fiesta.

Era tan hipócrita, puesto a que él mismo se había contradecido. El día anterior, había dicho que era estúpido que la escuela llevara a cabo la fiesta después de lo ocurrido con el grupo de jóvenes que fue asesinado por ese animal. Pero ahí estaba, torturándose con las desconocidas feromonas que impregnaban todo el lugar.

Al cabo de unos minutos, Shiro regresó junto a Keith con dos vasos de agua a su disposición.

—Perdón por la tardanza —se disculpó Shiro, sentándose junto al joven alfa.

—No te preocupes, no tardaste tanto —mencionó Keith, mientras tomaba el vaso de agua y le daba un gran sorbo.

Shiro lo miraba atentamente, un tanto angustiado por el asunto en el que el joven Keith se encontraba. No quería estar de encimoso con Keith, no quería hostigarlo. Pero era tanta su preocupación, que le era imposible evadir el problema: el joven alfa estaba a unos cuantos días de entrar en celo. Y lo peor de todo, era el hecho de que se trataba de su primer celo; el cual podía dar sus primeros indicios en el momento menos preciso.

Por eso había traído los inhibidores, por si surgía alguna que otra emergencia con el celo del alfa. Quería evitar accidentes. Y, lo más importante: no quería levantar sospechas.

Pero Keith era imprudente. Y al final, el alfa deseó asistir a la fiesta. Cosa que Shiro no quería en un principio.

El joven alfa logró observar la estática mirada de Shiro sobre él, cosa que lo puso un tanto incómodo. Se acomodó en su asiento y aclaró:

—¿Algo anda mal?

—¡Oh, no es nada! —exclamó Shiro, tratando de no verse tan intranquilo—. Sólo te observaba.

—¿Y es... ? —cuestionó el alfa, tratando de buscar razones del porqué Shiro lo veía constantemente.

—Kogane —soltó Shiro, finalmente. Su voz sonaba un tanto angustiada y cansada. Keith lo entendía, por supuesto. Salir a conseguir aquel alimento especial después del tercer mes no era trabajo fácil—. Estás a nada de entrar en celo, aquí hay mucha gente que puede correr peligro. En especial tú, ¿entiendes?

—¡Claro que sí! —espetó Keith, alzando ambos brazos—. Pero, no lo sé. Por alguna extraña razón, algo me hizo venir aquí a pesar de no querer hacerlo en un principio. O yo qué sé.

—Bueno... —suspiró Shiro, aún inseguro y angustiado—. Sólo ten en mano tus inhibidores, por si acaso. No sabemos qué pueda pasar.

—Ok, papá —se burló el alfa, con el ceño fruncido de la desesperación que comenzaba a sentir por el sobreprotector sentimiento de Shiro.

El alfa de mayor edad soltó el aire con pesadez mientras rodaba los ojos. Esa era una de las desventajas de tener a un joven y testarudo alfa en la familia. Mas su conversión fue interrumpida por el cúmulo de profesores que yacía en una mesa, esperando ansiosamente a Shiro.

—Keith, tengo que irme —avisó—. Por favor, ten cuidado.

Keith soltó el aire en señal de cansancio y asintió hacia el alfa mayor.

—Si, Shiro. No te preocupes. No me moveré de aquí, lo prometo —comentó, alzando su mano derecha en señal de juramento—. Y tendré mis inhibidores en mi mano en todo momento. Lo juro.

—De acuerdo, confío en ti —concluyó Shiro, antes de dar media vuelta y caminar hacia el cúmulo de maestros.

Por otro lado, el omega reía y bailaba con cada uno de los invitados de la fiesta. Hace no mucho que Pidge, Hunk y Matt se le habían unido a él; justo para darle vida a la fiesta con una gran variedad de canciones.

Lance era el amo del baile. Había asistido por un tiempo a clases de este para aprender algunos movimientos y pasos. Y aquello lo sacó a relucir en la pista de baile, mientras que una lista aleatoria de canciones sonaba por todo el salón de fiestas. Varias alfas y omegas aplaudían y reían al verlo bailar de aquella forma, otras le pedían ansiosamente su mano para bailar con él, mientras que el resto solo miraba desde los rincones más oscuros del salón el espectáculo frente a ellos.

Después de bailar, Lance y el resto del alumnado pasó a realizar una serie de actividades y retos. Uno de ellos terminó confesándose a una preciosa beta, mientras que un omega terminó confesando el odio irracional que tenía hacia su ex novia, la cual lo había engañado hacía unas semanas atrás. Lance reía y disfrutaba de todas las confesiones, preguntas y retos que se ponían cada uno de sus compañeros. Era divertido, hasta cierto punto; puesto a que los jóvenes querían llegar a más extremos, cosa que Lance no permitió.

Al cabo de unas horas, los estudiantes comenzaron a correr a la barra de alimentos: una gran variedad de comida chatarra yacía en la barra, de la mejor calidad posible. Desde hamburguesas hasta rebanadas de pizza. Hunk se atestó de comida, Pidge se limitó a comer rebanadas de pizza, Matt varió sus alimentos y Lance sólo comió una rebanada de pizza. Varias cajas infestadas de frituras fueron repartidas entre todos los alumnos, desde Doritos Dinamita hasta Sabritas Flamin' Hot. Cada uno de los alumnos corrían de una mesa a otra, agarrando cada una de las frituras y así combinarlas entre ellas.

Lance observaba con orgullo como todos en la fiesta reían, bailaban y comían sin cesar. Estaba consciente de que su pelea con el alfa el día anterior había valido totalmente la pena, el haberse esforzado en conseguir todo lo necesario para que la fiesta se llevara a cabo. Tanto maestros como estudiantes habían ayudado a la causa. Y lo mejor: el 92% de los presentes ya habían convivido durante un largo tiempo a gusto entre ellos. Eso lo hizo sentirse mejor.

—¡McClain! —el mencionado guio su vista hacia la persona que lo llamó: se trataba del director—. ¡Es hora!

Lance caminó a paso veloz hacia el director. Ya se había olvidado de la plática motivacional que tenía que dar.

—¿La plática? ¿Ya es hora? —articuló, haciendo todo lo posible para que su voz se escuchara por encima de los estrepitosos ruidos de la fiesta.

—Si. Prepárate. En unos seis minutos comenzaremos —contestó el mayor, mientras veía a sus espaldas a un maestro que lo había llamado para un asunto entre directivos—. ¡Vete preparando!

Toda la tranquilidad y paz que Lance había comenzado a sentir, se desvaneció en un santiamén. No estaba listo para llevar a cabo una plática motivacional frente a todo el colegio. Unas horas antes de que los estudiantes comenzaran a llegar al salón de fiestas, Lance repasó la plática junto al director y estaba más que decidido de llevarla a cabo. Mas ahora pensaba que sólo había repetido palabras y que las agallas de decirlo frente al sinnúmero de estudiantes era un suicidio.

Comenzó a sentir vértigos. Sentía que el mundo caía sobre su espalda, haciéndolo sentir pesado y exhausto. Fue tanto su nerviosismo, que Lance no pudo evitar correr hacia los baños para lavarse la cara de abundante agua fría y tranquilizarse en el acto. Al llegar, se detuvo en el lavabo de los baños y trató de mantener el control de su respiración. El sudor caía por su rostro como si de una cascada se tratase. Pero al cabo de unos segundos, Lance reflexionó que su reacción había sido un poco patética.

«A ver, Lance...» pensó «¡Es sólo una maldita plática! ¡No es algo que no hayas hecho nunca!». El omega se golpeó la cabeza con delicadeza mientras comenzaba a reflexionar sobre la situación. «No... Esto es distinto». Y en efecto, esa plática estaba enfocada en algo a lo que aterraba a Lance muy en el fondo: en los animales.

Su extraño pensamiento hacia los animales era una combinación de odio y miedo. Tal vez ellos eran una de las razones por las cuales Lance siempre estaba a la defensiva; bueno, sólo era una parte de porqué de su actuar. Mas tras los indicios de los animales deambulando entre las calles de la ciudad Altea, los instintos omegas de Lance se habían activado el triple. Y pronto, un sentimiento de autodefensa comenzó a surgir en él, uno que llegaba a extremos. Siempre había oído cosas espantosas y horribles sobre esos seres; pero al enterarse que habían asesinado a un grupo de jóvenes, no pudo evitar sentirse enojado al tratarse de chicos de su edad y aterrado por ello. Pero como sus instintos siempre acostumbraban a hacer, no mostró señal alguna de ello.

Era Lance, el omega estrella; el chico más popular de la escuela —y eso que apenas llevaba cinco meses de haber ingresado—, uno de los chicos más apuestos y un omega independiente. ¿Por qué tenía que verse débil frente a otros? Ese no era el omega estrella, esa no era la imagen que quería dar, que tenía que dar.

Aunque, en algunas ocasiones, siempre había deseado mostrar (al menos por un momento) su lado humano, su verdadero "yo". Siempre tenía miedo de algo, no todo salía a la perfección para él. Nunca sería el chico "perfecto" que todo el mundo veía. El origen de su "yo" perfecto era muy sombrío y lúgubre, y el simple hecho de recordarlo le ponía los pelos de punta y los amargos recuerdos de su pasado le traían sus traumas de regreso. Y, en el fondo, hubiera deseado que ese omega estrella nunca hubiera nacido; porque deseaba ser como el resto de los chicos jóvenes de su edad: un chico normal y corriente.

Y al menos, por un solo momento, pudo ser él mismo. Rodeado de feromonas, que emitían alegría y comodidad; ahí, entre alfas, betas y omegas, Lance era feliz. Y por primera vez en mucho tiempo, abrazó a su verdadero yo; y sintió una familiar calidez que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

Lástima que todo había pasado en un abrir y cerrar de ojos. En ese momento, tenía que volver a ser el omega estrella que estaba obligado a ser. Todo por subsistir en el sanguinario mundo en el que le tocó nacer. Todo por no complacer las palabras que alguna vez le dijo su padre. No quería ser esa clase de omegas que su padre juró que sería.

Lance soltó un suspiro antes de abrir la llave del lavabo y mojarse la cara con abundante agua por reiterada vez. Ya tenía muchos pensamientos en mente como para estarse poniendo más preocupaciones de lo normal. Quería dar la plática y acabar con todo de una maldita vez.

Al cerrar la llave, Lance se quedó por unos segundos en silencio con los ojos cerrados. La música se alcanzaba a escuchar desde la distancia, al igual que un sinfín de voces que se extendían por todo el lugar. Era hora.

Dio algunas respiraciones pesadas y expulsó el aire de sus pulmones con pesadez en un insaciable intento de calmar sus nervios. Pero antes de que Lance pudiera hacer algún otro movimiento, la puerta del baño se abrió de golpe.

Lance se sobresaltó ante el estrepitoso ruido y, velozmente, dirigió su atención hacia la entrada del baño: se trataba de Keith, quien iba con la respiración agitada y se veía un tanto desesperado.

El omega no pudo evitar sorprenderse por la presencia del joven alfa en los baños del salón.

—¡Oh, Keith! —saludó, con entusiasmo—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Todo bie... ?

Lance no pudo terminar su pregunta, puesto a que Keith entró corriendo velozmente a uno de los cubículos del baño, encerrándose dentro de este.

—¿Qué demonios? —susurró Lance, un poco extrañado por el extraño comportamiento del alfa—. Bueno, cuando se tiene que ir, se tiene que ir.

Lance se encogió de hombros y caminó a paso lento hacia la salida del baño, listo para dar un final digno a todo el lío de la plática y ya juntando un poco de valor para darla. Pero, cuando estaba a un segundo de salir, se detuvo.

—¿Y si está enojado conmigo? —se susurró, angustiado.

El omega había recordado lo ocurrido el día anterior con Keith, de la forma en la que le había gritado por el simple hecho de que el susodicho trataba de sacar de él, sorprendentemente, su lado humano. Keith sólo había tratado de decirle que tener miedo no era malo, fue el único alfa (contando también a Pidge) que había podido oler el miedo de Lance. Y mientras una lo había llamado "mentiroso", otro había tratado de hacerlo sentir mejor; y ese alguien era Keith.

Lance se comenzó a sentir realmente mal por lo que había hecho con Keith, desde hablar mal de su físico como gritarle por el simple hecho de que lo trató de ayudar a sentirse más seguro —algo que le hacía falta en tiempos como lo eran esos—. El simple hecho de pensar que Keith se había encerrado en el cubículo del baño con rapidez sólo para evadirlo, lo hacía sentirse decepcionado de su lado "perfecto". Ni siquiera eso podía hacer bien.

Lance dio media vuelta y caminó en silencio y a paso lento y precavido en dirección al cubículo en donde yacía Keith encerrado. Lance pudo escuchar al joven alfa respirar acelerada y desesperadamente, como si estuviera hiperventilando. Lance comenzó a angustiarse un poco más, por lo que no se demoró ni un segundo más en tocar la puerta del cubículo.

—¿Keith? ¿Amigo? —llamó, tratando de sonar lo más amable posible. Mas no hubo respuesta por parte del mencionado—. Oye, Greñas... Perdón por lo que dije de ti el día anterior. No era mi intención hablar así de tu físico, hice mal. Y... también perdóname por gritarte. Sólo estabas tratando de ayudarme... Y yo... Yo solo actúe como un inútil egocéntrico. Lo siento.

Lance esperó por unos segundos a que el alfa contestara alguna que otra palabra, mas sólo se podía escuchar la respiración del alfa agitarse cada vez más y más. Y Lance sabía que algo no andaba bien. Un poco de su instinto omega comenzó a activarse.

—¿Keith, está to... ? —cuando Lance le iba a preguntar a Keith si se encontraba en buen estado, este último abrió la puerta de un azote; golpeando, accidentalmente, a Lance en el acto—. ¡Hey! ¡¿Qué demonios te sucede?!

Keith no lo escuchó, corrió hacia la puerta para tratar de salir del lugar en el que se encontraba. Pero se detuvo en seco, frente a la puerta, cerrando esta con seguro.

Lance comenzó a sentir que su corazón palpitaba desesperadamente dentro de él.

—¿Keith? —no pudo evitar preguntar. Algo no estaba bien.

Y eso pudo confirmarlo cuando Keith cayó súbitamente al suelo, gimiendo y retorciéndose en el acto. Incluso comenzando a gruñir cual perro salvaje.

—O-Oye, Keith... ¿Qué demonios pasa? —Lance comenzó a sentirse nervioso. Ese comportamiento inusual del alfa lo estaba poniendo a la defensiva. No estaba seguro de lo que estaba ocurriendo, pero trató de no perder el control y de que los nervios no dominaran sus instintos más internos.

Y pronto, su respuesta al extraño comportamiento de Keith llegó hacia él como a un puñetazo en su rostro: el olor fuerte a canela y un poco a quemado infestó las fosas nasales de Lance.

Keith estaba en celo.

Lance tapó velozmente su nariz, tratando de evitar que las feromonas de Keith tuvieran secuelas en él. Y justo cuando iba a correr para salir del baño a toda prisa, un movimiento brusco del joven alfa lo detuvo inmediatamente.

Keith, quien aún se retorcía en el suelo y gruñía al más no poder, comenzó a ponerse peludo. Su espalda comenzó a ensancharse, su estatura había aumentado y sus orejas comenzaron a ponerse puntiagudas y peludas. Y en eso, Keith guio su vista hacia Lance; y el omega de petrificó al ver el rostro de Keith: unos brillantes ojos amarillos, unos filosos dientes felinos y una tez violeta comenzaban a formarse en su rostro.

Finalmente, Lance entendió todo: se trataba de un animal.

—¡¿Amigo?! —gritó, con su última pizca de esperanza de que Keith tuviera un poco de humanidad en su interior.

Pero los animales no tienen autocontrol de sí mismos al momento de entrar en celo, así que las vagas y pocas esperanzas de Lance se vieron esfumadas al pasar de unos segundos.

Keith, completamente convertido en animal, gruñó y se enderezó; mostrando, así, la indescriptible estatura con la que contaba ahora.

Como todo un animal.

Lance no se lo pensó dos veces. El miedo había gobernado cada parte de su cuerpo; y en lo único en lo que podía pensar en ese instante era en huir de los baños de caballeros. Con todas sus fuerzas, Lance empujó como pudo a Keith hacia un costado y corrió desesperadamente hacia la puerta del baño para tratar de abrirla y avisar a los presentes del peligro que había en el salón de fiestas y a lo que todos estaban expuestos: a un ataque animal.

Sin embargo, unas garras que se clavaron en su espalda lo inmovilizaron por completo: Keith había sujetado la espalda de Lance para evitar que este saliera de ahí. Lance gritó ante el agudo dolor que se extendió con celeridad por su espalda al momento en que las filosas garras se enterraban más en él sin piedad. Y su grito se ahogó al momento en que Keith lo lanzó con una fuerza indescriptible hasta el fondo del baño.

Lance sentía que el aire le hacía falta una vez que su cuerpo impactó con vigor contra la pared. Un tortuoso dolor volvió a extenderse con intensidad por la espalda del omega. Las cortadas ocasionadas por las garras del animal habían sido profundas, tan profundas que su espalda se hallaba teñida de un líquido carmesí, la cual ardía de los mil demonios. El joven Lance trató de levantarse del suelo para intentar por segunda vez salir del baño en busca de la ayuda de alguien; no obstante, el animal se colocó encima de él, inmovilizándolo en el acto. Lance se retorció con desesperación, buscando la manera de salir del agarre del alfa; mas este último enterró sus garras en las muñecas del omega, haciéndolo gritar.

—¡Agh! —se quejó Lance ante el penetrante dolor, para luego ser recibido por un par de garras desgarrando su pecho—. ¡Ahhh!

El animal, poco a poco, comenzó a desgarrar las vestiduras de Lance, desnudando al omega de la cintura para arriba. Algunas de las prendas de su playera habían quedado colgadas entre las garras de Keith, mientras estas rasgaban con desesperación el pecho de Lance. Keith pasó su nariz por la nuca del omega, para después bajar poco a poco hacia el hombro izquierdo del omega, el cual se encontraba al descubierto. Al estar ahí, Keith posicionó su boca en la sedosa piel del hombro.

Y Lance entró en pánico total.

—¡N-No!... ¡Alto, no! ¡Espera! —gritó, en un mar de lágrimas. El omega trató de soltarse, mas las garras se aferraron con desesperanza sobre su pecho, impidiéndole movimiento y perforando más la piel de Lance. Y justo cuando iba a suplicarle por reiterada vez que se detuviera, unos filosos y penetrantes dientes se enterraron sin piedad sobre su hombro… marcándolo al instante.

Lance no podía creerlo. Estaba siendo víctima de un percance, ya que aquella mordida le arrebataba lo que siempre había deseado hasta el último día de su vida: su libertad e independencia.

Gritó hasta quedar sin aire, se retorció de dolor al sentir los filosos colmillos enterrarse sobre su hombro con suma fuerza y sin misericordia alguna. Sabía que no lo escucharían, puesto a que la música del salón había aumentado de intensidad de golpe; pero aún así, Lance se aferró al intento de gritar con la falsa esperanza de que alguien lo escucharía entre su martirio. Keith mordía su hombro con fuerza, tanta fuerza que pronto comenzó a desprender la piel del hombro de Lance.

Había sangre esparcida por todo el suelo, roja y abrasadora. Lance se retorcía y lloraba de dolor y de terror ante lo que le estaba ocurriendo. Su piel estaba siendo desgarrada de su cuerpo. Dolía. Dolía. Dolía. Dolía demasiado.

—¡Agh! ¡K-Keith! ¡D-Duele! —suplicó hacia el alfa, en vano. Lance sabía que Keith estaba totalmente cegado por los instintos animales de su alfa interior y de su animal "interior". Y que era meramente imposible que este lo escuchara en su estado actual.

El alfa enterró más sus colmillos, con el objetivo de desprender por completo la piel del delicado y joven omega, para que la marca quedara incrustada sobre la piel de Lance para siempre. Keith estaba marcando a su omega, sólo él tenía la total autorización de hacer semejante acto. Sólo él tenía la oportunidad de destrozar cada parte de su omega a su antojo.

Sólo él podía tocar a Lance, ya que ahora le pertenecía y era de su total posesión.

Al cabo de unos segundos, Lance comenzó a perder fuerzas, su vista comenzó a nublarse y sintió que la conciencia abandonaba su cuerpo..

—¡KEITH! —suplicó por última vez, sintiendo que su cuerpo era penetrado por miles de cuchillas y sintiendo que el dolor de su hombro aumentaba de intensidad.

Pero en eso, la mordida se detuvo por completo. Y Keith, junto a Lance, cayó al suelo: una persona anónima le había puesto un tranquilizante al alfa.

El omega trató de verificar de quién se trataba, de ver a su salvador; sin embargo, Lance no pudo verificar a la persona, ya no estaba del todo consciente. Se sentía totalmente exhausto, oía a la lejanía la música del salón y la voz irreconocible de su salvador y pronto su visión comenzó a oscurecerse.

—L... nce... ¡Lance! —escuchó a duras penas la voz irreconocible, mientras dejaba que el cansancio tomara el dominio total de su cuerpo.

Y pronto, sólo hubo oscuridad total. Una tan sofocante, que lo hizo sentir como el omega más indefenso del mundo, que lo hizo sentir inseguro y expuesto a los peligros del mundo.

Y eso sólo lo hizo sentir peor, mientras perdía la consciencia por completo.