CAPÍTULO 6: Un mal día y ovejas
Los alumnos invadieron los pasillos y, junto con ellos, el acostumbrado alboroto y algarabía de risas y conversaciones. Niños y adolescentes, y algún que otro adulto, que iban y venían. Algunos con prisa, otros con normal tranquilidad, y unos pocos como autómatas indiferentes a la rutina. Otros transitaban las largas galerías con parsimonia, sin prisa alguna por llegar a su destino, como era el caso de los merodeadores. Al fin y al cabo, estaban en último curso y disponían de más horas libres. Horas que, tal y como les recordaban Lily o Remus a menudo, deberían dedicarlas a estudiar para los EXTASIS. Pero tal vez otro día.
Un par de alumnos de tercer año pasaron corriendo a su lado, casi tropezando con ellos. Sirius les lanzó un improperio que ellos no llegaron a escuchar. Fue en ese instante que Sirius se percató de que Remus, a su lado, se tensaba un poco. Su amigo aceleró un poco el paso, acercándose más a las dos profesoras que iban delante de ellos.
Sirius hizo lo mismo, preguntándose qué sería lo que le inquietaba.
Entonces escuchó el apellido de Jonathan: Lennox. No había nadie más apellidado así en Hogwarts. Estaban hablando de él.
- … es de locos. Fíjate que el otro día simplemente le dije que se cambiase de sitio y la que se lió. Se negaba en redondo – se estaba quejando una de las profesoras, Delia Ward, de Defensa Contra las Artes Oscuras -. Tampoco quiere trabajar en grupo y en pareja solo con Alexia Wayne. Siempre está en las nubes y a veces te suelta cada impertinencia…
- El chico es un poco difícil – contestó su compañera, la profesora de herbología, con tono amable y conciliador -, pero es muy listo. Parece que no está atento pero en realidad sí que se queda con las cosas, con todo. El otro día mencioné, así de pasada, las propiedades de la flor orquídea fantasma, que es algo que ni siquiera está en la programación ni en sus libros… Pues bien, ayer en clase la volví a mencionar y Jonathan se acordaba de absolutamente todo.
- Sí, Pomona, será muy listo, pero si no se adapta a como se dan las clases, yo ya no sé qué más hacer con él. Es una situación altamente molesta.
- ¿Y por qué no prueba a adaptarse usted a él? Es su trabajo educar y enseñar a todos los alumnos, por muy difíciles que sean, ¿no? – soltó Sirius, visiblemente indignado.
Las mujeres, sorprendidas, se pararon y se giraron para ver quién les había hablado.
Por su parte, Sirius estaba a la espera de que Remus le reprochara o regañara por su impertinencia. Pero no fue así, por lo que, extrañado, el moreno se giró y le miró.
Se sorprendió mucho al encontrárselo tenso, con los brazos pegados a sus costados y los puños fuertemente cerrados; pero sobre todo se asustó ante la fiereza casi salvaje de sus ojos.
Algunas veces se olvidaba de quién era Remus realmente, un lobo bajo esa piel de cordero.
Incluso las profesoras se dieron cuenta. Sprout se puso un poco nerviosa, no muy segura de a dónde mirar. Sin embargo, la señorita Delia Ward les lanzó una mirada contrariada y arrogante, como retándoles a que le llevaran la contraria.
Pero Remus no dijo nada. Y Sirius tampoco añadió nada más, incapaz de apartar los ojos de su amigo.
Parecía que se había quedado petrificado.
- ¿Remus? – susurró Sirius, posando una mano sobre su hombro.
El chico pareció reaccionar al fin.
- Disculpen – dijo escuetamente justo antes de reemprender la marcha con paso apresurado, esquivando a las profesoras y alejándose por el pasillo.
Sirius fue tras él, no sin antes dirigirle una mirada altiva, malhumorada y desdeñosa, de esas que a Sirius le salían tan bien, a la profesora de DCAO.
...
Remus estaba de mal humor. Se había pasado todo el tiempo que le había sido posible encerrado en la biblioteca y apenas había abierto la boca, a pesar de los infructuosos intentos de sus amigos de darle conversación o de animarle.
Fue el último en llegar al Gran Comedor para cenar y el primero en terminar y subir al dormitorio.
Cuando sus amigos entraron poco después en la habitación se lo encontraron sentado en su cama, leyendo un libro. O eso parecía, porque, pensó Sirius, a juzgar por su ceño fruncido y una extraña mirada entre iracunda y disgustada, o bien el libro era realmente horroroso o bien estaba escrito en algún idioma demoníaco que trataba de traducir.
Los chicos trataron de no darle mayor importancia y siguieron planeando la escapada nocturna a Hogsmeade que tenían pensado realizar esa noche.
Ya estaban casi listos los tres cuando, con un golpe fuerte y seco, Remus cerró el libro y lo lanzó a un lado.
- Libro estúpido – dijo.
Sus amigos se le quedaron mirando.
- Está enfadado – susurró Peter, al lado de Sirius.
- No me digas, Colagusano. No me había dado de cuenta – le respondió este sarcásticamente.
- Remus, te vienes con nosotros, ¿no? – le invitó James.
- No me apetece, gracias.
- ¿Estás seguro? Podemos parar en Honeyducks a por montones de chocolate y azúcar para animarte antes de ir a Las Tres Escobas.
- Gracias, pero prefiero quedarme – Remus se tumbó en su cama, dándoles la espalda.
James se encogió de hombros, aceptando la situación. Les hizo una seña a los demás indicando que era hora de marcharse.
- Id yendo vosotros. Os alcanzo en un rato – les dijo Sirius. James le miró, después a Remus y de nuevo a Sirius. Asintió conforme y salió de la estancia con Peter tras sus talones.
Sirius cerró la puerta y después se acercó a la cama de Remus. Se agachó para recoger del suelo el libro que su amigo había estado leyendo. Después se sentó a los pies de la cama de su amigo, dejándose caer sobre ella. Remus no se movió. Permaneció tumbado de lado, mirando a la nada.
- ¿Tan malo es este libro como para tirarlo al suelo? – preguntó mientras le daba vueltas entre sus manos, observándolo con aire crítico.
- Nauseabundo.
Una pequeña sonrisa se dibujó en la boca de Sirius. Sólo Remus utilizaría la palabra "nauseabundo" para describir lo que fuera. De todas formas, realmente debía estar enfadado, porque, de lo contrario, el joven jamás calificaría un libro con un término tan peyorativo.
- Siento curiosidad, ¿de qué va? Lo empezaste a leer con muchas ganas.
- Porque creía que era una historia de misterio.
- ¿Y no lo es?
- No.
- Y entonces, ¿de qué trata?
- Es una estúpida historia de amor.
- ¿No te gustan las historias de amor? – Sirius miró curioso a Remus -. Creía que leías de todo, cualquier cosa que caiga en tus manos, y que tampoco le hacías ascos a las novelas románticas.
- Si están bien escritas. Pero esta es un bodrio.
- Nauseabundo, bodrio… Vale, entonces creo que está bastante claro que no me lo recomiendas, ¿no?
- Para nada.
- Aunque quizás a mí sí me guste – dijo Sirius como distraídamente, abriendo el libro y pasando las páginas -. Ya sabes, para gustos los colores.
- Tú mismo, pero los personajes son planos y aburridos, el argumento no se sostiene y hay un montón de incongruencias.
- Vale, vale. Mejor sigo con el libro que me prestaste. Que por cierto, me está gustando. Más de lo que me esperaba.
- Ah ¿sí? – Remus dejó de mirar a la nada y miró hacia Sirius.
- Sí. Se está poniendo interesante la historia. El personaje de Sam me gusta mucho, me río un montón con él. Pero el de Maetani no me convence. Cuando traicionó a Kim, bufff…
- ¡Pero no lo traicionó! – exclamó Remus de pronto, incorporándose y sentándose en la cama -. Bueno, visto desde fuera tal vez lo parezca…
- Lo parece, sí, lo parece.
- Pero es que Kim mató a su hija, es normal que busque venganza.
- Ya, bueno, pero el kim que mató a Nayala no es el mismo Kim que ahora lucha junto a Sam y los demás.
- Pero eso Maetani no lo sabe. Ella todo lo que hace es por amor a su hija. Amor de madre.
- No estoy de acuerdo. Es odio hacia Kim. Venganza y odio al 100%.
Pasaron varios minutos más en los que Sirius y Remus continuaron hablando animadamente sobre el libro y sus personajes. El animago sonrió para sí, viendo a Remus hablar y defender con tanta pasión una historia que le había encantado de principio a fin y que no había dejado de recomendar a sus amigos.
Se estaban riendo de una anécdota cuando Sirius se levantó y le hizo un gesto a su amigo.
- Venga, levántate y cálzate.
- ¿Por qué? – le respondió el licántropo con la sonrisa todavía pintada en la cara.
- Nos vamos a Hogsmeade. Los chicos nos esperan.
- No sé, yo mejor me quedo – dijo Remus dejando caer de nuevo los hombros.
- De eso nada. Tú te vienes – Sirius agarró a Remus de ambas muñecas y tiró de él para levantarlo.
- Sirius… - protestó Remus.
- O vienes por tu propio pie o te llevo en volandas.
- Vale, vale, de acuerdo. Voy – dijo mientras se sentaba de nuevo para calzarse -. Pero ahora, sin el mapa, va a ser más complicado esquivar a Filch.
- Pues como en los viejos tiempos, Lupin, la era "A.M.".
- ¿La era "A.M."?
- Antes del Mapa. Era muchísimo más divertido.
Ante este comentario, Remus no pudo evitar soltar una carcajada.
...
Para tratarse de un martes, las Tres Escobas estaba bastante animado. Los cuatros amigos se habían sentado a una mesa y acompañaban sus bebidas con los chocolates y los dulces que habían cogido en Honeyducks.
- Otra, por favor – le dijo Remus a la camarera señalando su jarra.
- No bebas tanto – le regañó Sirius mirándole fijamente.
- Y me lo dices tú, el que ahoga las penas en alcohol.
- Yo soy yo, y tú eres tú.
- Ya, ¿y eso qué quiere decir?
Sirius no respondió, pero le quitó la jarra de whisky casi vacía a Remus de las manos y se la cambió por otra de hidromiel.
- ¡Eh! – protestó el castaño -. ¿Por qué has hecho eso?
- Uno de los cuatro tiene que estar lo suficientemente sereno como para asegurarse de que volvemos al castillo sanos y salvos.
- ¿Y por qué tengo que ser yo? Deja tú de beber, o James.
- ¡Ah, de eso nada! – exclamó el de gafas agarrando su jarra con ambas manos y apartándola de sus amigos, como temeroso de que se la fuesen a confiscar.
- Tú siembre has sido el más sensato. No puedes invertir ahora los papeles, rompes el equilibrio del grupo.
- Chorradas – respondió Remus a la vez que tomaba la jarra a rebosar de whisky que le acaba de traer la camarera -. Esto es lo que hay. Quizás tengamos que dormir la borrachera en el pasadizo. Salud – levantó la jarra brindando en el aire y después se la llevó a los labios para darle un largo trago. Uno tan largo que los demás llegaron a creer que se acabaría ahogando en whisky. Intercambiaron miradas preocupadas.
- ¿Se puede saber qué diablos te pasa hoy? – preguntó James cuando Remus posó la jarra sobre la mesa.
- Nada. El mundo es una mierda. Estoy enfadado con el mundo. Pero no pasa nada, ¿verdad? Total, mañana va a seguir siendo una mierda igualmente.
- Vale. Emm, en serio, creo que deberías dejar de beb…
- Todos tenemos que ser igualitos, como ovejas de un reñabo. No, no es así. Rebaño. Beeeeee. Y si aparece algún inocente corderito negro ¡zas! Las otras ovejas se ríen de él, lo apartan, lo marginan de su vida. ¡Estúpidas ovejas! Ya veréis cuando venga el lobo y se os coma a todas. ¡Vendré y os comeré!
- Suficiente – dijo James poniéndose en pie.
- Vale, ¡se acabó por hoy!– exclamó Sirius a la par que su amigo.
Cada uno agarró a Remus de un brazo y lo sacaron del bar casi en volandas, mientras el joven ebrio licántropo no paraba de protestar, seguidos de cerca por Peter, que se había detenido un instante a recoger las chocolatinas.
Salieron al gélido frío del exterior y se acercaron hasta la fuente. Un sencillo gesto de James que Sirius captó al instante y de pronto Remus se vio con la cabeza metida en la fuente.
- ¡AHHH! ¡Está congelada! – gritó a pleno pulmón cuando le sacaron la cabeza del agua y lo sentaron en el suelo - ¡Seréis bastardos!
- Bien, ha dejado de balar y de desvariar con ovejas – comentó aliviado James.
- ¡Esto era del todo innecesario! – siguió quejándose Remus, con el pelo chorreando -. Cogeré una pulmonía por vuestra culpa.
- ¡Ehh! ¡Vosotros! – los cuatro miraron hacia la puerta de las Tres Escobas, desde donde uno de los camareros les estaba gritando -. ¡Os habéis ido sin pagar la cuenta!
- Upss.
- Ah, mierda. Toma, Colagusano – y James le dio un puñado de monedas a su amigo -. Vete y paga y, ya de paso, trae un café para Lunático.
- Uno grande y solo. Y que esté bien cargado – matizó Sirius.
Peter se marchó raudo a realizar la tarea que le acababan de encomendar. Sirius y James se sentaron en el suelo, uno a cada lado de Remus. Permanecieron unos minutos en silencio, mientras el joven licántropo se secaba la cara y el pelo con su bufanda.
- Sois idiotas – refunfuñó Remus -. Os habéis pasado. Yo nunca os he metido de cabeza en la fuente, y ganas no me han faltado algunas veces, os lo juro.
- No es culpa nuestra que tengas tan poca tolerancia al alcohol.
- ¡Yo no tengo…! Bah, ¿es que no puedo tener un mal día y ya está? Ni siquiera me dejáis emborracharme hasta caerme redondo y dormirme sobre mi propio charco de vómito.
- ¡Qué asco! – exclamó Sirius.
- Tú no haces esas cosas. Tú no eres así – apuntó James.
- Ah, ¿y cómo soy, entonces?
- Pues… - empezó James.
- Tú eres el que bebes lo justo para coger el puntillo y echarte unas buenas risas pero sin que afecte demasiado a tu sensatez – comentó Sirius, con la mirada perdida en el estrellado cielo nocturno de primeros de diciembre -. Tú eres el que, cuando nosotros ya vamos demasiado cargados pero insistimos en seguir bebiendo, te acercas a la camarera y le pides que cambie el contenido de nuestras jarras por algún zumo edulcorado mágicamente para que sepa a algo parecido al whisky, total, no nos vamos a dar cuenta. Tú eres el que, no sé cómo, consigues que los tres lleguemos de una pieza de vuelta al castillo. Tú tienes el sentido común que nos falta a nosotros – comentó Sirius.
- Sí, exacto, eso mismo iba a decir yo – apuntó James asintiendo enérgicamente con la cabeza -. Me has quitado las palabras de la boca, Canuto.
Remus guardó silencio unos segundos y agachó la cabeza.
- A lo mejor soy así porque no me ha quedado otro remedio. A lo mejor he asumido ese papel porque es el que me tocaba, por mis circunstancias.
- Yo creo que no – apuntó Sirius.
- Tío – dijo James pasándole un brazo por los hombros al castaño y atrayéndolo hacia sí -, te comes demasiado la cabeza. Casi prefiero que vuelvas a hablar de ovejas.
- Beeeee- baló Sirius, como estando de acuerdo con la afirmación de su mejor amigo.
Y los tres estallaron en carcajadas.
Después de tomar el café que tan amablemente le había traído Peter y de despejarse todos un poco al aire libre en la plaza, decidieron que ya era hora de regresar de vuelta al castillo.
- ¡Pero qué cielo más hermoso! – exclamó James, mirando arriba y extendiendo los brazos, como queriendo abarcar el cielo entero -. Eso me recuerda que sólo quedan 12 días para que Lily y yo hagamos ya tres meses juntos. ¿Has escuchado, Colagusano? ¡Tres meses! – exclamó eufórico, acercándose al amigo que tenía más cerca y estrujándolo en un abrazo de oso.
Sirius soltó una pequeña risa, mirando a su mejor amigo con una mirada mitad cariño, mitad exasperación.
- Me pregunto si ese caldero sucio y agujereado de ahí lleno de… - se acercó y miró en el interior de un viejo caldero que estaba tirado y olvidado en la cuneta. Arrugó la nariz - ¿estiércol?, también le recordaría a Lily.
- Seguro que sí – corroboró Remus -. Pero prefiero no pensar en qué clase de asociación extraña haría.
- Al menos está feliz. Los dos lo están, ¿no?
- Sí. Eso parece – caminaron en silencio un par de minutos, contemplando divertidos como James y Peter, uno agarrado al otro unos cuanto metros más adelante, cantaban, bastante desafinados, una antigua canción popular infantil –. Veo que llevas mejor la relación entre James y Lily. Me refiero al hecho de que pasen tanto tiempo juntos.
- Bueno, es lo normal. Reconozco que echo de menos la etapa anterior a Lily, cuando éramos solo los cuatro. O solo James y yo. Y que al principio me costó aceptar el cambio. Pero eso ya quedó atrás. Me alegro un montón por él.
- Wow – exclamó Remus, bastante impresionado.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿A qué viene esa cara? - A Sirius no le pasó inadvertida la reacción de Remus ante su respuesta. Una sincera sorpresa. Así que no pudo evitar preguntarse si acaso esperaba otra reacción por su parte.
- Nada, nada.
- ¿Te esperabas otra respuesta o qué?
- Pues… La verdad, por un lado, no me sorprende; me esperaba algo así. Al fin y al cabo, estás madurando…
- ¿Y por el otro lado? – preguntó Sirius al ver que Remus no continuaba hablando.
- ¿Qué?
- Has dicho "por un lado". ¿Y el otro?
- Bueno, tampoco había descartado la posibilidad de que tuvieras una pataleta porque tu mejor amigo pasa de ti para estar con una chica. Contigo uno nunca sabe con certeza por dónde vas a salir.
- Tengo un carácter voluble, lo sé – dijo encogiéndose de hombros.
- Y lo dices como si nada. Claro, como no eres tú quien tiene que aguantarte.
- Oye, que a veces ni yo mismo me soporto. Pero a ti parece dársete bien.
- Será porque tengo infinita paciencia. O, como me recordáis a menudo, que soy tan bueno que hasta soy tonto.
- Quizás ese sea tu súper poder. No lo de tonto, ¡no me mires así! En el fondo el renacuajo te tiene calado. Tú sabes ver lo bueno de todo el mundo.
- Pues vaya súper poder – protestó Remus.
- Ya que sale el tema del carácter voluble…
- Cada uno es como es, Sirius, y te aceptamos y apreciamos tal y como eres.
- No me refería a eso, pero gracias. Supongo. Lo que quería decir es que, bueno, parece que últimamente me ha salido competencia.
- Remus le dirigió una mirada confusa.
- Venga, Lunático. No me negarás que llevas una temporada un poco intratable.
- ¿¡Intratable!? ¿Yo? – exclamó Remus ofendido, deteniéndose abruptamente. James y Peter dejaron de cantar un instante y miraron hacia atrás.
- Shhh.
- ¿Intratable? ¿Yo? – repitió Remus en un susurro, pero igualmente dolido.
- Bueno, puede que me haya pasado con lo de intratable…
- Por supuesto que te has pasado.
- … o tal vez no.
- No entiendo por qué lo dices.
- ¿Lo dices en serio? Remus, estás raro. No eres el de siempre.
- ¿Raro en qué?
- Saltas a la mínima, te sumerges en silencios cada dos por tres, más de lo que viene siendo habitual en ti. Pareces preocupado, otras veces enfadado. Tío, tiraste un libro al suelo y casi te bebes todo lo que había en el bar. Te hemos oído farfullando por lo bajo y hasta le has contestado mal a los profesores. ¡A los profesores, Remus!
- Eso solo pasó una vez y fue a Binns. Es un fantasma, no cuenta.
- Mira, a lo mejor me equivoco pero creo que sé lo que te pasa. Porque es lo que te viene preocupando desde que comenzamos el curso y ya lo hemos hablado en alguna ocasión y me cansa tener que repetírtelo…
- Que sí, que sí –le interrumpió Remus, haciendo un gesto con las manos, como restándole importancia -. Ya lo sé. Que me preocupo demasiado por Jonathan, que vuelco mis propias inseguridades y miedos en él. Que no estoy solo y que no debo preocuparme tanto por mi futuro después de Hogwarts porque vosotros siempre estaréis ahí para lo que haga falta. Ya lo sé.
- Muy bien. Un diez en teoría – y le mostró a Remus el puño cerrado con el pulgar hacia arriba, para acto seguido extender el dedo índice y darle unos cuantos toquecitos en la frente a su amigo -. Ahora solo falta que lo pongas en práctica.
- No es tan fácil, ¿sabes? Y siento que mis problemas y mis preocupaciones te resulten cargantes.
- Yo no he dicho eso. Pero no estaría de más que estas navidades le pidieses a Santa Claus un poco más de optimismo y más seguridad en ti mismo.
- Dame un poco de la tuya, que a ti parece que te sobra.
- ¡Chicos, silencio! – les dijo James, deteniéndose de repente y, bajando la voz, añadió:- Shh. Me ha parecido oír a Filch.
Hacía ya rato que habían entrado en el pasadizo y en ese mismo instante acababan de llegar a la entrada que daba al castillo.
- Empieza la diversión – afirmó Sirius con una traviesa sonrisa.
…
Sirius se abrochó bien los botones del abrigo y se subió un poco la bufanda, tapándose así las orejas.
Casi a mediados de diciembre, como estaban, las temperaturas habían caído en picado, pero lucía el sol después de varios días sin parar de llover y los chicos estaban necesitados de un poco de aire fresco y, sobre todo, de alejarse de las paredes del castillo y de tantas horas de estudio durante al menos una tarde. Así que todos habían aprovechado la última salida a Hogsmeade antes de la llegada de las vacaciones de Navidad para desconectar un poco.
Habían subido una pequeña colina y se habían sentado sobre unas rocas para admirar las vistas del lago y de las altas montañas al fondo. Se respiraba una fría pero tranquila paz. El silencio sólo roto por el sonido del agua discurriendo en un arroyo cercano y por sus propias respiraciones.
James y Lily se habían alejado un poco, en busca de un poco de intimidad, sin duda. Y Peter se entretenía en eso momentos colocando pequeñas ramitas u hojas secas en el arroyo y contemplando cómo se las llevaba la corriente.
- ¿Sabes en qué estoy pensando? – preguntó de pronto Sirius. Se había sentado apoyando los brazos detrás de él y estirando las piernas, ocupando así casi todo el espacio en la roca.
Remus, a su lado, hecho un ovillo, abrazándose las piernas y apoyando su mentón en ellas, negó con la cabeza.
- En Jonathan.
- ¿Tú?
- Raro, ¿verdad?
- Puede. Sobre todo que saques el tema. Para una vez que yo no estaba pensando en él.
- ¿Y en qué estabas pensando?
- En nada – respondió rápidamente Remus, desviando de nuevo la vista hacia el hermoso paisaje.
- Pues pensaba en Jonathan. Y en Snape – la mirada de Remus volvió de nuevo a posarse en Sirius, interrogante -. A veces pienso en las veces que le hemos llamado bicho raro a Snape, y, no sabes lo que me fastidia reconocer que me siento un poco culpable - Remus pareció que iba a decir algo pero Sirius lo acalló levantando un dedo -. No he acabado. Pero entonces recuerdo su enfermiza fascinación hacia las artes oscuras, y que se cree superior a los demás. Y sobre todo odio como te mira desde que se enteró de... Bueno, ya sabes. Y entonces dejo de sentirme culpable y vuelven las ganas de buscarle para partirle esa narizota suya.
Remus sabía que no estaba bien, que no debía, pero no puedo evitar sonreír ante sus palabras.
- Y ese amago de "lavado de conciencia", ¿a qué viene?
- No lo sé – contestó Sirius encogiéndose de hombros -. Estaba pensando en Jonathan y en lo que tiene que soportar a veces, con esos niñatos idiotas llamándole bicho raro. Y eso me llevó a pensar en Snape.
- Yo también me siento como un bicho raro – dijo Remus -. Pero es que yo lo soy.
- No empecemos, Lupin. No lo eres. De todas formas – continuó Sirius unos segundos después -, yo creo que todo el mundo se siente alguna vez como un bicho raro. Bajitos, gordos, miopes, etc, etc. El mundo está lleno de gente "rara". Hasta casi diría que podríamos formar un club: El Club de los Raros. ¿Qué te parece? Suena bien.
- El club de los especiales – comentó Remus -. "Los Raros" suena despectivo.
- Pues por eso mismo. Te llamas a ti mismo raro para que no lo puedan hacer los demás. Además, "los especiales"… no, no me gusta nada. Parece que es un grupo de esos mutantes que tanto le gustan a Jonny.
- No le llames así. Lo detesta.
- Él no está aquí.
- De todas formas, no tiene sentido. Si, según tú, todo el mundo se considera raro alguna vez en su vida, es absurdo fundar un club en el que todo el mundo pudiese entrar.
- ¿Qué pasa, Lunático? ¿Es que preferirías formar parte de un club más elitista? Vaya, no me esperaba eso de ti.
- ¿Pero qué dices? No, solo digo que, bah, olvídalo. No hacemos más que decir tonterías.
- Debe ser el frío.
Después de un rato en silencio, Sirius volvió a hablar.
- ¿Irás a casa por vacaciones de Navidad?
- Este año no. Mi padre está de viaje por trabajo y, además, cuadra luna llena justo en Noche Buena. Le he dicho a mi madre que sería mejor que fuese a pasar esas fechas con su hermana. Mejor que pasarse la noche en vela vigilando que una bestia maldita no se escape de la jaula del sótano o que tener que pasarse el día de navidad curándole las heridas a su hijo medio moribundo.
- Pero qué tétrico eres a veces. Es tu madre. No le importaría.
- Pero a mí sí. Prefiero quedarme aquí.
- Vale. Yo te haré compañía en Noche Buena y te curaré las heridas en Navidad. Bueno, eso último lo hará Pomfrey. Yo me sentaré a tu lado en la enfermería y me pondré hasta arriba de galletas navideñas.
- ¿No vas a casa de los Potter con James?
- No. Al final he decidido quedarme. James ha hecho un montón de planes con Lily y a mí no me apetece ni ser su sujeta velas ni quedarme tanto tiempo solo con los padres de James. Los adoro, son geniales, pero no como para sentarme yo solo al lado de ellos durante horas delante de la chimenea viendo como ella teje una bufanda kilométrica, o como él se echa una eternidad para colocar una pieza de la maqueta de algún barco que estará construyendo.
- Pues suena bastante bien.
- Supongo que cualquier plan suena maravilloso ante la perspectiva de una dolorosa transformación durante las fiestas de Navidad.
Remus no respondió, pero pareció encogerse todavía un poco más, abrazándose las piernas con más fuerza.
- No te preocupes – le dijo Sirius -. Celebraremos las fiestas como se merecen en cuanto vuelvan James y Peter de las vacaciones. O también podemos hacer una pre-fiesta de Navidad. La semana que viene, antes de que se vayan.
- Cualquier excusa es buena para emborracharse, ¿eh?
El moreno ignoró el comentario de su amigo y se puso en pie. Hizo bocina con las manos y gritó:
- ¡Ey, chicos! ¡Venid aquí! ¡Se me ha ocurrido una idea fantástica!
Queda un solo capítulo más para terminar esta historia que empecé hace ya dos años. En realidad lo escribí como uno solo, pero quedó bastante largo así que lo he dividido. De todas formas, los subiré a la par.
Por cierto, existe un libro llamado "El club de los raros", de Jordi Sierra i Fabra. Y en cuanto al libro sobre el que hablan tan animadamente Sirius y Remus, no existe y me inventé los nombres de los personajes, aunque me he inspirado un poco en una trama de la trilogía de Memorias de Idún.
