Capítulo 6

Canto de hermanas - Parte 1

.

.

.

A pesar de la suave contextura que la sostenía, se obligó a levantarse con pesadez. Somnolienta, escuchó el canto de los gallos cerca de "su casa". De inmediato, parpadeó vorazmente, apretando su conciencia al dilucir que "ese" sería su hogar desde ahora.

Jamás se había puesto a pensar en eso a lo que todos llamaban hogar. Esos conceptos tan avezados, los tomaba con ligereza, evadiendo todo simbolismo que albergaran. Y aún en su precaria situación, Astrid eligió no meditar en ello.

Desolada, se levantó rápido y se dirigió hacia la ventana, oyendo los pasos delicados que sus pies causaban con cada paso, como un eco propagado en una cavidad saliente. Pensó que se debía al material de la casa, pero entonces, al apreciar la ventana, desde lo alto, recordó que su habitación se hallaba en el segundo piso de la casa.

Por supuesto, meditó el cómo Estoico y su padre habían conseguido construir la casa nueva para ella y para Hipo en poco tiempo. Dejó esas dudas cuando vislumbró el pueblo.

Apreció por leves minutos el pueblo. La vista desde ese punto era apetecible. Desde ahora, vería ese alba, alzándose desde el Este marino, mientras alumbraba el finito azur del cielo de su pueblo.

Ahora, todo sería diferente...

Soltó varios suspiros antes de salir de la habitación. Bajó las escaleras, extrañando el rechinido que oía cuando descendía de su habitación en la casa Hofferson. Miró a Hipo, todavía dormido en el sofá envuelto entre pieles que posiblemente aliviaron su impasible y álgida reacción, al frío clima del pueblo.

Su mente aludió los sucesos de la noche anterior, como tuétanos helados perforando su piel mientras su mente divagaba entre sollozos inaudibles de tristeza. Sin embargo, aquel muchacho. No, aquel hombre, la había hecho divertir bastante.

Después de verlo por unos segundos, pasó de largo para salir por la puerta principal. Su primera impresión fue desalentadora, pues las anticuadas calles de Berk estaban sucias y bañadas de hidromiel. El olor insaciante llegó pronto a su olfato, haciendo que se apresurara a encontrar aire fresco. Dio vuelta a la casa y, por detrás, vio la que sería su granja desde ahora. Por supuesto el espacio todavía inhabitado, hizo que se consternara en recientes recuerdos de la granja Hofferson, pero que parecían remotos, añejos y felices momentos que ya nunca regresarían.

Todo le recordaba a su casa. Y sería difícil asimilar que ahora aquella edificación de los Hofferson, ya no sería su hogar. Siguió su paso hasta la cubeta de agua, alzó una porción de líquido entre sus manos y se frenó para mirar su reflejo en el espejismo impenetrable pero ilusorio.

Se quedó ahí, prolongando la inasible contextura de aquella enmascarada bruma iluminada por el sol. Miró su rostro, indomable ante las lágrimas pero escueto y descuidado. Su piel escasa de aquella nitidez de días en los que al menos vivía tranquila.

Cuando el agua chorreó por el desfiladero minúsculo de sus manos, despertó de su trance. Volvió a tomar una porción de agua entre sus manos, esta vez para terminar su labor.

Se sentó en medio de la ladera, viendo a Berk. Y a pesar de que su voluntad trataba de sugestionarla diciéndole que había tomado la mejor decisión al aceptar esa propuesta de matrimonio por Berk, no podía. Tal vez esa ira, esa tristeza y ese cráter en su corazón, jamás se irían. Tal vez tendría que asimilar que se hundiría en ese abismo por la eternidad, incluso en el Valhalla.

Se levantó para después volver a entrar a su casa. Esta vez ignoró al muchacho dormido en el sillón y se dirigió a la habitación principal. Se cambió de ropa, y con mucho esfuerzo, trenzó su cabello en dos coletas como dictaban las tradiciones.

Ahora mismo, deseaba tener un espejo para apreciar la melena firme y dorada de su cabeza. Palpó con sus manos, la efigie espiral que sondeaba desde su nuca hasta sus hombros. Minutos después de hacer ligeros arreglos, tomó su hacha y partió rumbo al gran salón.

—¡Despierta ya! Esas armas no se arreglarán solas. —le dijo antes de irse.

—Tráeme tu hacha y lo pensaré. —respondió adormilado.

Su sendero estuvo plagado por el hedor descarnado y desagradable de hidromiel. Tampoco le sorprendió no ver al pueblo ya en actividad matutina, pues se acababa de celebrar un evento muy pomposo.

Desayunó rápido antes de irse a la arena, pensando en la siguiente incursión que embarcaría en dos semanas.

—Hey Astrid. —llamó una joven, acercándose al comedor donde Astrid desayunaba.

Astrid lanzó pucheros sin destino al ver a la jovenzuela que se acercaba con presteza.

—Estoy algo apresurada, Camicazi.

—¡Guauuu! Enserio eres tú. Creí haberme confundido, ya sabes, por tu cabello. Aunque jamás olvidaría la tonalidad viva de tu cabello.

Astrid torció los labios, recordando viejos tiempos.

—Qué curioso que lo menciones. Lamento no tenerlo suelto para que puedas ultrajarlo.

—Vamos, no me digas que aún sigues molesta por ese malentendido de hace años. —se defendió Camicazi.

—¿Debería tomarlo como malentendido? Que yo recuerde me lo cortaste mientras estaba dormida. Olvido muchas cosas pero jamás a una cobarde.

—Oye, no me lo recuerdes —respondió apenada—. Ya te pedí disculpas y hasta el día de hoy no me dejas explicártelo.

—Tal vez otro día. Ahora estoy ocupada.

—¿Ocupada con las labores matutinas entre las sábanas? —insinuó con picardía. Sin embargo, brindó su pleitesía cuando Astrid la miró iracunda—. Es broma, es broma.

Reservaba, Astrid concluyó que la sagaz muchacha no se iría sin matar su curiosidad. Así que entre bufidos, empezó a hablar.

—Estoy ocupada por… El otoño está por terminar y...

—Irán en busca del nido.

—Así es. Le sugerí al jefe que no es competente partir en este momento. Berk apenas se está recuperando. Y si la incursión fallara, la boda no habría servido de nada. —apretó los puños, escudriñando los dientes por la incompetencia de Estoico y su obsesión por hallar ese nido.

—¿Será tu primera incursión en busca del nido? —preguntó Camicazi.

Astrid suspiró.

—Eso desearía. Ya van tres años que voy. Ojalá nunca hubiera aceptado ir.

—¿Es tan sangriento como cuentan esos exagerados de tu pueblo?

—¡Ja! Ojalá los relatos tuvieran la razón. La realidad puede ser más tenebrosa que los cuentos.

—Oye, no me asustes. Sabes que no soy muy buena para oír relatos de terror. Además, sé que saldrá bien. Estás tú después de todo, la mejor que conozco.

—Supongo que gracias.

Ambas guardaron silencio. Astrid no esperaba apoyo de la extrovertida joven que alguna vez le jugó una broma. Aunque todavía latía el recuerdo de cuando jugaba con ella a las escondidas.

—Ese peinado te sienta bien. ¿Te lo hiciste para coquetear con tu esposo? —alegó Camicazi con tono burlesco.

—Te estás ganando un boleto a la arena.

—Uy qué miedo. Quisiera ver qué tanto mejoró la gran Astrid Hofferson. O debería decir, Astrid Abadejo. Suena bien.

—Que yo recuerde llevamos veinte a cero en marcadores. Y no fastidies con el nombre.

—Bueno... ya sabes el dicho: el alumno supera al maestro.

—¿Te gustaría comprobarlo? —retó Astrid.

Camicazi se echó a reír.

—Mejor no. Quisiera decirte que mejoré mis habilidades de combate, pero mi madre está empeñada en adiestrarme como jefa. Ya sabes, heredaré el puesto en unos años.

—Ya veo, princesa. —fastidió Astrid, recordando que Camicazi detestaba ese apelativo.

—Ahora dime por qué el cabello. Se ve bien, pero creo que lo prefiero como antes.

—Tradiciones. —habló Astrid.

—Tontas tradiciones. ¿Por qué no ignorarlas?

—¿Por qué no ignorar las intenciones de tu madre al pasarte la batuta?

—Hmm... ¿responsabilidad?

—Pues las costumbres también son responsabilidad. Y más en mi familia.

—Tal vez tengas razón. Pero lo mío es de sangre. Yo estoy obligada a tomar la batuta, pero tú... tú puedes elegir. No es como si tu familia fuera a matarte por no llevar el cabello trenzado. Además, eres la próxima jefa ahora, y eres la capitana. Si tan solo hicieras uso de ese poder, y dejaras un poco esa humildad de lado, no sé, tal vez podrías tener más libertad.

—Siempre he pensado que se pierde la libertad al casarte. Tal vez por eso jamás pensé en casarme. Fui arrebatada de mis...

—¿De qué fuiste arrebatada? —interrumpió de golpe—. Vamos Astrid. Tú no eres de las que quieren dar lástima. Deja de pensar que porque fuiste obligada estás condenada a la infelicidad. Eres capitana, eres jefa, eres hermosa, eres fuerte, eres protectora y eres gruñona. Dime, ¿el casarte te quitó alguna de esas cualidades que te hacen tú?

—Más de lo que crees... Y no Camicazi, no son esas cosas las que me hacen sentir yo. ¿Sabes? Siento que estoy hundiéndome y que estoy desapareciendo.

—Pero si aún sigues siendo tú. No creo que el debilucho de Hipo sea tan bobo para desafiarte y obligarte a hacer cosas que no quieres.

—No se trata solo de eso. No lo entenderías. No entiendes el dolor que...

—Y ahí otra vez. Astrid, esta sí que no eres tú. Tú siempre dijiste que tu pueblo es primero, y que darías la vida por él. Pues cumpliste tu palabra. Diste tu vida, pero te veo infeliz.

—¿Y qué esperabas? Más bien, ¿qué esperaban todos? Mi madre, mi padre y tú, hablan como si nada hubiera pasado. Como si la boda no me hubiera arrebatado cosas. ¿Acaso esperaban verme siendo yo? Camicazi... no sé si te enteraste, pero fui obligada a casarme.

—Y ahora te sientes especial por haber sido obligada a casarse. Astrid, eres vikinga, naciste en una cultura narcisista de hombres. Estoy segura que ya premeditabas esto. Sabías que tarde o temprano serias comprometida a casarte, fuera con Hipo u otro. Acéptalo, nuestra cultura es una basura con los matrimonios.

—Hablas como ella. —alegó con repudio.

—¿Qué...?

—Como la anciana del pueblo. Ambas están convencidas de que mi destino era terminar como esclava de mi propio pueblo. Pero no es así. Yo amo ser vikinga y obedezco las tradiciones por responsabilidad. Sólo es eso.

—Entiendo... —dijo Camicazi vencida.

—Tengo que irme. Te veo luego.

—Lo dudo. Ya sabes, esta tarde partiré rumbo a mi isla. Pero fue un gusto hablar contigo. Cuídate.

Astrid se retiró del gran salón. Todavía el amanecer brumoso era poseedor del cielo. Caminó hasta la arena para preparar los mapas.

No obstante, un joven rubio de complexión robusta se acercó a ella. Se paró a una distancia considerable, denotando una precaria tranquilidad y un nerviosismo rotundo, que puso de punta la paciencia de Astrid.

—Capitana Astrid, quiero decir, señora Abadejo; mi padre, el señor Sigurd, me encargó informarle que el entrenamiento de nuevos reclutas debe ser realizado antes del segundo solsticio de invierno.

—Bien, y cuál es el problema. No es mi deber entrenar a los nuevos. —respondió Astrid, sesgada por el título de señora, llegando a responder de forma inerte y cortante.

El muchacho se puso más nervioso, tragando saliva y golpeando su conciencia al ver que había enfadado a la capitana.

—Sí, señora. Mi padre... bueno, mi padre… Verá… Él me dijo que... usted está encargada de entrenar a los nuevos reclutas este año.

—¿Ah sí? Pues no me han informado nada al respecto. Se supone que partiremos la próxima semana en busca del nido. No veo competente que deje a mi tripulación sin un líder.

—Le pasaré su respuesta a mi padre, señora Abadejo. —respondió con firmeza.

—¡Escucha! —lo agarró Astrid del cuello, tirando de él con brusquedad—. Deja de hablar con tanta formalidad. No estamos en el ejército romano. Solo llámame Astrid.

—¿En el ejército romano se habla así?

—No lo sé niño, supongo que sí. Al menos es lo que he escuchado. Dile a tu padre que hablaré con él cuando lo vea. —se mofó Astrid, antes de retirarse hacia la arena.

—¡Astrid! —llamó otra voz.

Advertida, se estremeció, sintiendo un picazón sutil, caminando por todo su cuerpo ocasionando leves hormigueos que la dejaban paralítica. Sin embargo, potenció su voz. Y tajante, respondió:

—¿Qué pasó Heather? —dijo, dándole la espalda.

—Sven dijo que vio una canoa... una canoa acercándose a Berk.

Astrid mantuvo la calma, mientras jugaba con posibilidades entrañables, sin dejar de lado la embarazosa presencia de la sub capitana, de aquella chica que un día llamó amiga.

—Despierta a los guardias y diles que vigilen el puerto. No creo que sea algo tan importante. Ha de ser un mercader o un mensajero.

—Está bien. Y... —la detuvo, estirando su mano hacia su hombro, que se veía tan distante para alcanzarla que no se atrevió a tocarla.

—¿Qué pasa? —respondió frívola y áspera.

—Ya sabes.

—No, no lo sé. Así que hable claro sub capitana, que no tengo mucho tiempo para atenderla. Ya sabe, tengo que ir a casa con mi esposo. —expresó sarcástica.

Heather, involuntariamente, empañó sus ojos, viendo la espalda de Astrid, que no daba señal de querer mirarla a los ojos.

—¿Entonces así acaba? —dijo con su voz cerca de quebrarse.

—Tú lo decidiste así.

Respuesta equivocada, pensó Heather, exasperando su deseo de golpearla. Ella sólo quería arreglar las cosas pero Astrid no parecía darle indicios de colaborar.

—No, Astrid. Yo... yo... yo no fui la estúpida que firmó ese contrato aquella noche.

—¿Cómo me llamaste? ¡Pues yo no fui la cobarde que abandonó a su amiga cuando más la necesitaba! ¿Realmente vez estúpido lo que hice?

Heather notó pesadez en aquella voz, no era la misma de hace segundos.

—¿Cómo debería verlo? ¿Como un acto de heroísmo poético sacado de esos libros de literatura barata? —respondió, siendo corroída por la ira, que contrastaba con las ligeras lágrimas que salían de sus ojos.

Astrid no habló. Se quedó ahí parada, quieta y sin expresar más que leves respiraciones sosegadas.

-—Respóndeme, Astrid. ¡Dímelo! ¡¿Dime por favor cómo se supone que debía verlo?! ¡¿Qué se supone que debía hacer?! Tal vez... ¿matar a Hipo? ¿Matar al jefe? ¿Dormirte y sacarte a la fuerza de esta isla? Por favor... por favor dime... dime qué debía hacer —dijo iracunda, frustrada y claudicando desesperada ante su amiga una respuesta.

—Yo... yo solo quería que lo veas como lo que es... Como una responsabilidad mía. Quería... que estuvieras ahí para apoyar mi decisión. Pero por el contrario, me lo ocultaste y luego te alejaste. ¿Qué debía pensar?.

—¡Está bien, fui una tonta por alejarme, ¿sí?! Pero cómo esperabas que apoyara tu decisión, si fuiste obligada por Berk a tomar esa decisión.

—¡Porque Berk es mi pueblo y el tuyo también!

—¡Entonces tal vez ya no quiera formar parte de este pueblo!

—Egoísta...

—No, egoísta no. La Astrid que conozco jamás hubiera firmado ese contrato sin meditarlo antes. No creas que no vi cómo aceptaste esa noche. Lo hiciste con tanta firmeza y seguridad, que ni siquiera sé si tus lágrimas fueron mentiras para cubrir tu juego

—¿Juego? ¿De qué diablos hablas?.

Dos vikingos salieron de su casa a causa de los gritos que cruzaban ambas vikingas.

—Corre el rumor de que este matrimonio fue arreglado para posicionar a los Hofferson en la jefatura de Berk. Me pregunto si debería sorprenderme.

—Heather... ¿Cómo puedes pensar eso de mi familia? —expresó dolida—. Mi familia te dio un hogar, y yo... tal vez nunca te lo dije, pero te di todo el cariño que pude. Estabas lastimada y triste, y yo solo pensaba en cómo hacerte sonreír.

Más vikingos comenzaron a curiosear las banalidades que discutían ambas.

—¿Entonces por qué esa noche firmaste? Astrid... traté de remediar mi error, pero jamás me hiciste caso. Te dije que si seguías con esa enfermiza obsesión de proteger a todos, algún día morirías. Y ahora pareces estar muerta.

—¡Te recuerdo que hace segundos insinuaste que mi dolor fue fingido!

—¡Porque eso parece! Me culpas a mí, culpas a tus padres sin recordar que fuiste tú la estúpida que firmó ese contrato. Fuiste tú la zorra que firmó ese contrato. Dime, ¿disfrutaste la noche de bodas? ¿Qué tan bueno es él en la cama?.

Astrid se calló, sorprendida por el acto intrépido y atrevido de Heather. Intentó irse, pero Heather continuó con sus gritos.

—¡Egoísta fuiste tú! ¡Yo sí pensé en ti! Te ofrecí irte, pero te negaste.

Personas se empezaron a asomar por los gritos austeros que los despertaron. Entre ellos, Estoico.

Astrid, se dio cuenta de la presencia de aquellos. Se dio rápido la vuelta, y tiró de los hombros de Heather susurrándole que se callara.

—¡Te ofrecí subirte al maldito bote y te negaste! ¡Te negaste, Astrid! ¡Zorra! ¡Maldita traidora!

—Por favor Heather, cálmate. Harás que...

—¡Antes de ir al altar, te llevé al bosque y te ofrecí matar a Hipo, maldita sea! ¡Y te negaste! ¡Sí iba a hacerlo! ¡Sí lo iba a matar!

—Heather, por favor...

—¿Ahora me pides favores? Vete al diablo, Astrid.

Estoico permaneció callado, estupefacto y sombrío, meciéndose entre dos sentimientos desafinados y entre la duda y la justicia, preguntándose si sus oídos habían recibido bien esas palabras tan aberrantes.

Se tambaleó sobre su decisión. Él había sacrificado a Hipo al firmar el contrato con los Hofferson, por esa cláusula de divorcio que nadie excepto Yssel, conocía. Pero Astrid, Astrid había pensado en huir e incluso en matar a Hipo.

—Una disculpa, Estoico. Estoy muy apenado por...

—Hablaremos de esto después, Axel. —espetó, antes de retirarse del lugar.

—Sigurd, ya sabes qué hacer. —ordenó Axel, mordiendo la ira en su interior.

—¡Papá no! —exclamó Astrid, asemejando más su grito a una súplica inalcanzable.

Sigurd se acercó desafiante, con el hacha empuñada. Astrid saltó hacia adelante para frenarlo, y ambos cruzaron golpes ante el alboroto de ataques.

No obstante, Axel y dos hombres más, agarraron a Astrid de los brazos, paralizando a la guerrera más fuerte de Berk.

Astrid lloró, gritó y suplicó, mientras veía cómo Sigurd masacraba a Heather con aquellos pétreos puños indomables. Y su frustración aumentó, cuando vio que ella no se defendía, causando oleadas de insultos del público que disfrutaba aquella masacre tan desleal.

—¡Por favor basta! —pidió Astrid.

De pronto cuatro guerreros saltaron al frente para confrontar a Sigurd.

—Suéltalo. —dijo uno.

—Déjala o te cortaré el brazo. —dijo una chica, pelirroja.

Los otros dos también se posaron en defensa.

—Pero si son las mascotas de Astrid. Esto no les corresponde, vayan a ladrar a otro lado. —espetó Sigurd.

Astrid no estaba dispuesta a arrastrar a más personas a esa vorágine de desdicha, así que con pesadumbre, ordenó que a retiraran.

—Chicos, háganse a un lado. —pidió Astrid—. Es una orden.

Sin embargo, no hicieron caso.

—¡Dije que es una orden! ¡Gisli, Aren, Einar y Jensen! ¡Muevanse! ¡Es una orden! —volvió a exclamar Astrid.

Los cuatro guerreros obedecieron de mala gana.

Mientras los alaridos de aquella ovación de vikingos se desenfrenaba con cada golpe de Sigurd, Patapez intentaba hacer algo para detener aquella injuria tan desagradable. Sin embargo el inmundo poder reflejado en aquella raíz de sangre fresca, quemaba el corazón del vikingo, y pronto, la sentencia de frustración corrompió aquella actitud pacifista que tenía.

Pero a pesar del enorme esfuerzo que hizo para liberarse de los agarrones, su cebado cebado no le alcanzó para abrirse paso. Y entre los sollozos de Astrid, Patapez refutó su juicio desesperante, amasando un plan rápido para salvar a Heather. Y halló ese camino, cuando vio a Hipo entre la multitud; ahí, cohibido e intranquilo, como esperando que alguien hiciera algo al respecto.

Patapez empujó contra tres vikingos para llegar hasta él. Miró a Hipo con miedo. Ni siquiera tuvo el tiempo de aparejar sus cuerdas y preparar las palabras que le diría, solo quería que aquellos gritos de tortura cesaran.

—¡Hipo, debes hacer algo! ¡Haz algo, maldita sea!

Hipo se quedó quieto, con ojos demandantes de sorpresa; encapsulando la actitud caudilla que corría por su sangre y se confinaba en esa zona de confort tan relajante. Pero ver a su amigo Patapez así, desesperado; empujó esa muralla de temor que agrietó ese pensamiento tan reservado.

Pero no sabía qué hacer. Tragó saliva. Escuchó nuevamente el sollozo desolador de su esposa pidiendo clemencia, y los gritos furtivos y dolorosos de Heather siendo pisoteada como una auténtica criminal. Y aún así, no se le ocurrió nada.

—¡Eres el próximo jefe, haz algo!

Aquel apelativo no hizo más que desesperarlo más. El rabillo de sus ojos se movió de lado a lado, pululando de izquierda a derecha, de arriba a abajo, buscando en algún punto una salida de aquel martirio desgarrador.

—Yo... No puedo...

Ni siquiera había puesto atención a sus deliraciones. Solo miraba el ojo del vikingo a su derecha. Luego del vikingo de la izquierda. Luego del de adelante. Todos, semejantes en poseer ojos de placer, risa de algarabía y deseo de seguir disfrutando aquel espectáculo ortodoxo. Entonces Hipo Abadejo, heredero al trono de Berk, aspirante a ser como ellos, se dijo que estaba bien.

Si ellos lo disfrutaban, él debía hacerlo, concluyó Hipo. Debía hacerlo si algún día quería ser como ellos. Debía reír como ellos; aplacar ese indómito sentimentalismo y corromper su voz y risa. Debía obligar a su mente a disfrutar aquel deleite prohibido.

—No puedo, Patapez. Es así. Debe ser así.

—¿A qué te refieres? ¡Qué tratas de decir, Hipo!

—A que debo ser como ellos. Son mi pueblo, Patapez. ¡Y yo soy un vikingo! ¡Lo soy!

—¡Pero qué estupideces estás diciendo...! ¡Heather, Hipo! ¡Ella... ella está siendo torturada!

—No podemos hacer nada. Cometió un error y debe pagar. Nuestro pueblo es así, Patapez. Somos vikingos: fieros, guerreros y crueles, ¿no?. Y como tú dijiste, yo soy el siguiente jefe. Con más razón debo seguir las reglas.

—Pero si tú siempre rompiste las reglas. ¡Tú no eres así! ¡Tú eres Hipo, el vikingo necio y obstinado que trata de hacer bien las cosas porque sigue su corazón! Tú... eres mi amigo. Por favor. —suplicó.

Hipo quebró esa voluntad que lo estaba sugestionando a decir esas palabras tan crueles. Y como un zafiro escueto, una lágrima cayó por su pómulo. Se la limpió rápido, pero más gotas bajaron. Se cuestionó qué era ese sentimiento de culpa, pero antes de poder pensar en qué responder, la masacre terminó. Bocón llegó al lugar y ordenó a Sigurd detenerse.

Astrid se lanzó hacia Heather. Rompió su promesa y cayó en llanto. Acarició el rostro de su amiga, sintiendo el tumulto de los moretones y la sangre fresca chorreando por aquel inexistente hermoso tono pálido que ahora estaba cubierto de un rojo brillante.

Entre dos vikingos, volvieron a apartar a Astrid. No obstante, ella explotó en furia y se lanzó hacia los dos con la intención de dejarles heridas permanentes. Pero Sigurd la detuvo, agarrándola del cabello y jalándola hacia Axel. Pero antes de poder soltar su agarre, ella pateó su tobillo para desequilibrarlo. Sigurd cayó de trasero, imprevisto ante la zancada de Astrid que pateó su rostro.

Axel la detuvo, tomándola por los brazos y gritándole con índole agresiva. Pero no sirvió para calmar su ira. Trató de soltarse de su agarre, hasta que Bocón vino hacia ella para decirle que se tranquilizara y que él se haría cargo ahora.

—Astrid... ¿Qué hiciste hija mía? —reclamó Axel, perdido en el recuerdo de las declaraciones atrevidas de Heather.

Los dos vikingos que empujó retomaron su labor y cargaron a Heather en sus hombros, como un sucio trapo que merecía ser quemado.

—Lleven a Heather a la celda. Estoico dará su veredicto cuando esté dispuesto. —ordenó Axel.

—¿Veredicto? Esa criminal debe ser ejecutada ahora mismo. —declaró Sigurd.

—¿Vas a desafiarme? He dicho que Estoico decidirá su destino. —escupió Axel Hofferson.

—Tú eres su padre adoptivo, Axel. ¿O acaso estás tratando de alargar su mísera vida? Tal vez deberías preocuparte más por tu hija de sangre, que también recibirá su castigo.

—Basta —interrumpió Bocón—. Pueden llevarse a Heather a prisión.

—Eso no lo decides tú, Bocón.

—No. Pero creo que olvidas tu lugar en este sitio. Tú no estás en posición para haber hecho lo que hiciste con esa pequeña niña.

—¿Niña? Es una criminal. Deberías sentirte ofendido por lo que hizo. Después de todo, matar al hijo del jefe no es pequeña cosa. En fin. Poco y nada me importa lo que digas. Después de todo, fue Estoico quien autorizó esto.

Oír eso hizo que Bocón se estremeciera. Sin embargo, disimuló su impresión y le dio la espalda a Sigurd.

—Sabes que no puedes salvarla, ¿verdad?. Esa niña como tú la llamas, será ejecutada. Y Astrid también pagará. —provocó Sigurd.

—Qué atrevido que hables así de tu futura jefa.

—Me tiene sin cuidado. —dijo a carcajadas. Luego se retiró.

La preocupación lo acorraló, pues Sigurd tenía razón: Heather sería ejecutada y Astrid posiblemente castigada por las acciones descaradas que pensaron realizar. Y eso les costaría caro.

Pero más que eso, la incursión en busca del nido estaba a días de realizarse. Y sin Astrid y sin Heather, las cosas irían muy mal, pensó Bocón, ensimismado en medio de la superficie de tierra y en medio de aquel viento ahogado en la primicia lacerante de la boda.

.

.

.

—¡No puedes hacer eso, papá! Debemos sacarla de ahí. Está lastimada y podría...

—Pues sinceramente, Astrid, se ahorraría una muerte dolorosa si muere en prisión. —declaró Axel, ocultando la tristeza.

—Fue mi culpa, papá. Deben ejecutarme a mí, no a Heather.

—Astrid, Astrid, Astrid. ¿En qué diablos pensabas al querer huir de Berk? ¿Matar a Hipo? Ahora el jefe está enojado y no va a escatimar en su poder para ejercer justicia sobre este asunto. Podrías ser revocada de tu cargo y ser desterrada para siempre, Astrid. ¡¿Acaso tienes idea de lo que hiciste?!

—Eso no me interesa. —respondió ella, cruzando los brazos al son que le daba la espalda a su padre.

—¡Astrid Hofferson! ¡Si eso pasa, tu madre y yo seremos despreciados por los Hofferson! ¡Eso significa que es un asunto de honor. Y los Hofferson no perdonan cuando se trata de honor. Ellos nos matarán a tu madre y a mí!

Ella se impuso ante los alaridos furibundos de su padre, esperando recibir un golpe al menos por su osadía mostrada. Y más aún, su determinada mirada se alzó ante él para mirarlo y transmitirle ese sentimiento de pena que sentía. Pero también deseaba que él entendiera, que no declinaría ante su petición. Con su ayuda o sin su ayuda, salvaría a Heather, evadiendo las consecuencias de aquel acto sugestivo que ocasionaría la guerra con su propio clan.

Y sin más palabras que decir, sin más pensamientos que transmitir, ella giró sobre sus talones, y se fue, abandonando e ignorando las advertencias de su padre, que seguramente la castigaría.

—¡Astrid Hofferson! ¡Si te vas de aquí, te desconoceré como mi hija y no moveré un dedo para salvarte del castigo de Estoico!

—No moviste ni un dedo para salvarme del matrimonio con Hipo. Y mucho menos ahora deseo que lo hagas. —respondió—. ¿Quieres desconocerme? Hazlo. Ya me quitaste todo. ¿Qué más puedes arrebatarme?

Astrid cerró la puerta mientras el murmullo emigrante, seguía resonando en la habitación. Y fue ahí, cuando Axel Hofferson sucumbió ante la ira. Apretó los puños, cerró los ojos y encurvó sus labios en el infernal sabor de la angustia, que lo llevó a destrozar los muebles, pues tarde se dio cuenta, que ese día, no, quizá antes, había perdido a su única hija.

Y pronto, lloró ante la voz inocente de aquella niña de antaño con la que compartió felices momentos, y la comparó con la voz firme y cortante de la mujer que hace instantes había destrozado su corazón.