Capítulo 9

Canto de hermanas - Parte 2

.

.

.

El cándido baile de fuego todavía atribuía el reflejo de la ventana mediana vítrea contra el páramo de la parte trasera. Los sonidos de animales empezaron a acompañar a la audiencia, como aquella noche tan macabra en la que ambos firmaron el contrato de matrimonio por un impulso tan hipócrita del que hasta ahora dudaban.

Estoico permaneció en silencio, masticando furia, dejando escapar sonidos engorrosos que palpitaban el estrépito inaudible de Axel, ocultando la vergüenza deshonrosa sobre su hija, que no ayudaba mucho.

Hipo, trataba de prevalecer su actitud cohibida, esperando un milagroso diálogo de su padre para que aquel rótulo de silencio se terminara rompiendo. Aún así, no se había atrevido a mirar a los ojos a Astrid. La ignominia de aversión la sentía en todo su cuerpo, incluso en lo más profundo, anhelando deseos austeros que combatían con su otra contraparte que incluso después de ver a Heather ser masacrada, le exigían no hacer nada.

—Estoico... —llamó Astrid con voz cansina, sentada con una postura firme.

—¡Tú cállate! Ya hiciste suficiente poniéndonos en esta situación. —exclamó Axel con ira.

—¿Realmente fue así?

—Por supuesto. Tú y tu amiga nos pusieron en esta situación. Ahora deja al jefe en paz, y espera como toda vikinga a que él dé su veredicto. ¿Entendido?.

Astrid no se molestó en responder. Y más aún, volvió a mirar a Estoico, esperando al menos un suspiro iracundo de su parte; al menos una señal que desenfrenara el ambiente mendaz.

—¿Quieres matarme? No me molestaría, sinceramente. —mencionó Astrid, dirigiéndose al jefe, mirando por encima de aquel hombre tan enorme.

Estoico sintió aspereza en la voz de ella, como un pájaro enfermo y agonizante, esperando ser asesinado por algún cazador cercano.

—Astrid, basta. —volvió a exigir Axel.

—Yo también haría lo mismo, ¿sabes?. Si tuviera la oportunidad, mataría al infeliz que lastimó a Heather. —dijo lúgubre.

—¡Que te calles Astrid!

—Lo torturaría. Le arrancaría miembro por miembro hasta satisfacer mi venganza, y luego calcinaría sus restos para que fuera olvidado.

Hipo se asustó. Nunca había oído hablar así a Astrid.

—Suficiente —respondió Estoico—. Axel, puedes irte a casa.

Axel refunfuñó, alterando su malsufrido estado de ánimo hasta un punto inabarcable para su paciencia. Ella había sido tan descarada para enfrentar al jefe después de las aberraciones que dijo, y aún así, se atrevía a mirarlo a los ojos sin escrúpulo alguno. Esa mujer no parecía su hija, y recordaba con vigor el sutil recuerdo de ella. Esa mujer sería tildada de criminal y las consecuencias del acto descarado traerían la guerra a su clan.

—Debería quedarme, Estoico. Es mi hija después de todo. —señaló manso.

Estoico suspiró, mirando a ambos jóvenes y estudiando el grácil encogimiento de su hijo, posiblemente espantado por la actitud de su esposa. Y Astrid, quien estaba al lado de Axel, a solo pocos centímetros, pero sus almas parecían estar separadas con remotas distancias y un sendero tan bizarro lleno de odio y tristeza.

—Necesito hablar con ambos. Y ahora mismo, tú estás enojado con ella, y eso nublará tu juicio. No puedo aceptar que te quedes.

—Astrid es mi hija, pero debe ser castigada. Y yo debo estar presente en el momento exacto donde sea sentenciada. —respondió, manteniendo el carácter sosegado y los ojos penetrantes.

—No es tan fácil como crees, Axel. —dijo Estoico, preocupado.

—Lo sé.

—¿A qué se refieren? —preguntó Hipo como un pequeño conejo curioso.

—A que Astrid generó duda en el pueblo. Ahora nuestra gente ya no está contenta con el matrimonio. Pero temo... que eso no es lo peor. —señaló Axel.

—¿A qué te refieres? —inquirió nuevamente Hipo.

—El rumor de que la novia que quiso asesinar a su prometido, correrá por el Archipiélago. Los jefes de la región, aprovecharán esta situación para desmantelar a Berk. Incluso, podrían decir que la familia del jefe está en una situación delicada, y armar un ataque en nuestra contra.

—El ganado que posee Berk gracias a su terreno, no lo privilegian algunos, Hipo. —indicó Estoico.

—¿Y nuestros aliados? —preguntó Hipo.

—Ellos no harían nada. Hipo, se trata de honor. Tú deberías estar enojado con Astrid, y estás en el derecho de opinar cuál será su castigo. Tienes más poder del que crees, muchacho.

—¿Ah?

—Como hijo del jefe, y ya habiendo cumplido con tu deber de casarte, puedes asistir al consejo donde tu palabra tendría voto. —explicó Axel.

Estoico, despistado en aquella cárcel de contradicciones que desgarraban su cabeza con ultrajes cobardes que no se manifestaban para que él pudiera aplastarlos, aplaudió la parsimonia de su hijo. Odiaba esos sentimientos; esas cosas tan abstractas que se retorcían de risa viendo a su víctima enmascararse con el estado de ánimo que esos medrosos eligieran.

Lo mismo había pasado con Valka. Por años la idea de encontrarla lo torturaba en un juego sagaz de impotencia y valentía, y aún cuando la segunda era una de sus cualidades más avezadas, se negó a seguir siendo marioneta de sus sentimientos.

—Yo... pensaré en algo. —dijo Hipo con aprensión.

—No te molestes, Hipo —cortó Astrid, escupiendo el nombre de aquel cobarde que no hizo nada—. Esto no te corresponde, cobarde.

Por primera vez en la cena, ella mostró pesar en sus palabras.

—No Astrid. Esto le corresponde a él tanto como a ti. Ambos ahora son esposos, ¡qué es lo que no entiendes de eso!

—Axel, ya hiciste suficiente. Retírate. Mañana en el consejo se definirá cuál será el castigo de tu hija.

Entre rezongos, Axel se retiró de la casa, dejando a solas y en manos de los dioses el destino de su hija. Y entre la puerta y el sendero que cada vez se hacía más corto, sintió el calvario de dolor al que se había sometido al dejar a su hija en esa situación. Él todavía la amaba, pero era importante mostrarle el poder que tenían los líderes sobre aquellos lacayos.

—Dime qué pasó. Quiero saberlo todo.

Astrid no cambió la expresión lúgubre que tenía. Sus ojos seguían perdidos, vacíos y menguantes de aquella paleta de colores azulados que brillaban cada vez que sonreía. Y ante la pregunta de su jefe, espetó sarcasmo irracional sin pensar en las palabras que diría.

—¿Hay algo más que decir? —dijo con una sonrisa arrogante—. ¿Qué quieres oír? Tal vez pueda mentir si me lo ordenas. Puedes usar al pueblo como escudo para que yo cometa tal pecado.

—Jamás usé al pueblo como escudo. ¡Yo jamás te obligué a nada!

—¿En serio? —sonrió mendiga, viendo a su jefe directamente.

Estoico se sobresaltó al verla de lleno, como un temblor impasible en época invernal. Y aún así, no retiró su mirada de ella, esperando ser él quien aplacara aquel orgullo tan miserable que hacía sonreír a Astrid con tanta perturbación.

Conocía perfectamente esos ojos, ya los había visto en los vikingos más añejos que con desconsuelo esperaban su partida al Valhalla para robarle el trono.

—Te ves terrible, pequeña.

—He tenido días mejores.

—¿Entonces debo entender que no tienes una razón para justificar tu acto?

—De qué puede servir mentirte. Sabes que es cierto.

—Tal vez para sacar a Heather de prisión. —desafió.

—No Estoico. Eso no funcionará conmigo. No quieras manipularme con eso. Eres igual a Hipo. —lo miró a él.

Estoico se calló mirando con despreocupación a su hijo.

Hipo se avergonzó con desmesura, soltando un suspiro agobiante al recordar que la había manipulado para bailar con ella.

—No necesitas entenderlo. Solo dime de una vez qué castigo recibiré.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Por supuesto —volvió a sonreír—. Tú y mi padre ya me arrebataron todo, no pueden hacer nada más que me lastime.

Estoico se paró, torciendo en un chirrido la superficie de madera y, mientras miraba la fogata, bailar sobre las cenizas volátiles y la madera resquebrajada en listones somnolientos de solidez, soltó un fuerte suspiro.

—Nunca fue mi intención lastimarte, pequeña.

—¡No lo creo! Mi padre siempre dijo lo mismo. Cada vez que me hería, decía eso. Pero jamás le importó. Pensé que al menos a usted le importaba porque se supone que el jefe se preocupa por todos. Qué tonta fui.

—Eso es porque te obligas a pensar eso. Tu padre solo quería el bien del pueblo, al igual que yo.

—¿Eso es cierto? ¿O querías una novia para sacar a tu hijo del hoyo?. Por favor deja de mentirme.

Hipo se quedó callado, viendo cómo los dos se lanzaban miradas esperando que uno sucumbiera ante el la altivez del otro.

Y por fin, Estoico calló, sucumbiendo ante la pesadez fastidiosa de la percepción natural de aquella muchacha.

—Tienes razón. Así fue. Lo hice porque Hipo jamás será aceptado como Jefe —miró hacia Hipo, viendo una cara aturdida en su semblante—, pero a tu lado, y con un heredero de sangre Hofferson, el problema se habrá resuelto. Y también lo hicimos para salvar Berk. Se supone que eres una vikinga, Astrid. Firmaste ese día, y ahora lloras por un deber que te correspondía hacer.

Astrid había insinuado que él, su jefe, el hombre al que más respeto le tenía, el honorable y bondadoso jefe, había cometido tal agravio; pero incluso para ella, escuchar la declaración de verdad de su voz, fue sorpresivo y doloroso. Él la había traicionado. De verdad lo había hecho. Así como su padre, su madre y como Heather.

—Ya me lo esperaba —mintió entre respiraciones aceleradas que maquillaban su ira. Sin embargo, su paciencia explotó—. ¿Cómo pudo?¿Por qué? ¿Por qué usted? ¡Yo confiaba en usted! ¡Le confié mi lealtad y estaba dispuesta a dar la vida por usted! ¡Me casé con su hijo porque creí que quería salvar a Berk y porque lo admiraba! ¡Seguí las reglas, entrené y me serví a cada maldita orden con tal de esperar su respeto! ¡Eres un maldito! ¡Tú, mi padre y mi madre arruinaron mi vida! ¡Eres un maldito Estoico! ¡Maldito! ¡Maldito!

Estoico se rompió por dentro. Pero aún así, no se arrepintió de su decisión. Él era un vikingo y jamás se resignaría ante la idea efímera de haber casado a su hijo con la mejor guerrera de Berk. Pero no pudo evitar que aquellos sentimientos volvieran a rozar su pecho izquierdo, generando una sensación bramante en su garganta.

—¿Ya terminaste?.

Astrid no respondió. Quería llorar, otra vez. Pero aguantó, aguantó y esperaba no declinar en ese páramo de mentiras.

—Escucha, pequeña. Ahora, con las declaraciones que te atreviste a hacer en frente de todo el pueblo, el rumor correrá. Ahora todos sabrán que Astrid Hofferson quiso huir de su isla e incluso matar a su prometido.

Astrid se quedó quieta; precaria de aquel atrevimiento de hace minutos y exigua de la risilla en sus labios. Ahora solo había una oscura aura de impotencia torturando su corazón y consumiendo lo poco que aún tenía de humanidad.

—Y ahora, para corregir tu error, necesitamos algo seguro. Una prueba para que aquellas palabras no sean más que rumores falsos.

—¿A qué te refieres? —se atrevió a decir Hipo.

—Viendo lo tímido que eres, Hipo, estoy seguro que tú y Astrid no consumaron su matrimonio.

Hipo brincó de su asiento, pensando en las próximas palabras de su padre.

—¡Qu...!

—Dejé pasar aquello porque pensé que necesitaban tiempo para adaptarse. Pero ahora no tenemos otra opción. El próximo heredero de Berk debe ser anunciado de una vez.

—¡No puedes, papá!

—Ella me obligó a esto, hijo. Jamás pensé revivir tradiciones viejas, pero para asegurar que el matrimonio se consume, deberán someterse a normas que asegurarán la consumación.

—No puedes hacer esto, papá. Por favor...

—¡Basta Hipo! Esta no es tu decisión.

Hipo tomó asiento, resignado ante el grito de vehemencia, y después de horas sin poder mirarla, se atrevió a hacerlo. Entre aquella melena dorada, sombreada por el cáliz tenue de la llama, el brillo hermoso relucía aún. Y entre su mirada oculta entre sus hombros, como una tímida niña siendo regañada, apreció sus pómulos, con ligeras marcas rojizas que delineaban la suntuosa mejilla que anhelaba acariciar ahora mismo.

Y también, las diminutas lágrimas que corrían hasta su mandíbula, como pequeñas alimañas translúcidas ansiosas de desesperarla.

—Si ese es el castigo, Estoico, lo aceptaré. Pero con la condición de que no maten a...

—Lo siento, pequeña, pero el consejo no aceptará tu condición. Quisiera liberar a esa chica también, pero si lo hago, nacerá otro lío.

—Entiendo —Astrid calló por un momento— ¿Cuándo ocurrirá? —dijo con voz apagada.

—Mañana en la noche. —dijo con dificultad—. Debemos ser rápidos. Si tenemos suerte, su hijo debería nacer el próximo otoño.

—De acuerdo. —dijo para finalizar Astrid, retirándose de la mesa.

—Hipo, esto se debe hacer. Y considero que como futuro jefe, no te opondrás.

Si quería ser un vikingo algún día, si de verdad anhelaba ser uno de ellos, debía ser como él: como su padre.

—N-no, papá. —dijo temblando.

—Y pasando a otro tema. ¿Cuándo piensas salir a cazar dragones? Han pasado seis meses desde la última vez que te pregunté, y ahora no tienes la excusa de estar enfermo.

—Yo...

—Hipo, esto también es importante. Ahora que estás casado, te corresponde ir a ti.

—¿A qué te refieres?

—Estoy seguro que Axel no se conformará con castigar a Astrid con el heredero.

—¡Un momento! ¿El consejo sabe que Astrid y yo no consumamos el… ?

—Todo el pueblo lo sabe, hijo. Tu debilidad es causa de eso.

—¿Entonces por qué no nos castigaron por eso?

—Porque el pueblo defendería a Astrid. Ella se casó por ellos, hijo. Ellos lo saben y no dejarían que Astrid sea juzgada simplemente por no tener sexo contigo.

—¡¿Entonces por qué no la defienden ahora?!

—Porque se sienten traicionados. Todos oyeron la discusión de Heather y Astrid. Ahora suponen que Astrid en realidad quería huir antes que salvarlos. El pueblo se siente decepcionado. No harán nada. Astrid está en manos del consejo ahora. En manos de Axel que la castigará con una represalia más grande.

Hipo sabía a lo que se refería.

—¿Acaso el señor Hofferson se atrevería a arrebatarle eso a Astrid?

—Podría. Y estoy seguro que los demás miembros del consejo lo apoyarán mañana. No hay nada que hacer.

—Pero tú eres el jefe. No puedes dejar que Astrid...

—Lo siento, Hipo. No puedo hacer nada. Y recuerda, debes ir a la próxima incursión en busca del nido. Es importante.

—Lo pensaré. —dijo dubitativo.

Hipo siguió los pasos de Astrid hacia su casa. Cuando entró en ella, el zumbido delicado acarició sus oídos, haciendo que prolongue su posición quieta en el umbral de la puerta. Y aún en el suspiro del silencio, oyó débiles llantos en el segundo piso.

De inmediato, la ansias de subir a la habitación y pedirle perdón por lo de la mañana, aumentaron. Sin embargo, se adentró en la culpa; se miró las manos, viendo el fino delineado de la textura suave de ellas, pero vio algo más: vio las manos de un asesino.

Era su culpa. Todo era su culpa. Heather moriría y Astrid sería castigada por su culpa. Y aún en esa penuria desolante, no se atrevió a salvar a Heather cuando estaba siendo golpeada. "¿Qué me está pasando?" se preguntó en un ruego inaudible que buscaba respuesta.

Anonado, se recostó sobre el sillón para descansar. No sin antes, pensar un plan para ayudar a Astrid y a Heather. No obstante, no pudo llegar a nada. Su cabeza estaba oxidada en el sutil retoño de hace cinco años, donde ese niño atrevido e ingenioso sonreía cada vez que ponía en práctica sus artilugios para atrapar a la furia nocturna.

Rió tenuemente. En aquella época, esa avidez por matar dragones era su motivación. En aquella época, sonreía cada vez que miraba a Astrid en la herrería. En aquella época, era él.

Y sin embargo, no era feliz. Pero ahora, se preguntó si sería feliz viendo cómo Heather moría y cómo Astrid sufría. Ese era el precio que estaba aceptando al acceder al castigo de Astrid.

No

No quería verlas sufrir. Ese júbilo que había visto en los rostros de su pueblo viendo cómo torturaban a Heather, no lo quería para él.

Por otro lado, Astrid, iracunda, golpeó la mesa, pateó la silla y se jaló los cabellos por la desesperación. Quería saber cómo estaba Heather. Solo deseaba verla, solo eso; tal vez así descansaría del tártaro en el que se hallaba.

En el camino, derramó algunas lágrimas. Y esta vez ni siquiera sabía el porqué de esas gotas de dolor. Su desesperación aumentó en zancadas. Quería gritar ahí mismo, gritar y llorar mientras su madre o Heather la consolaban.

Tumbó su frente contra la puerta y golpeó fuerte. Golpeó una y otra vez su cabeza contra la muralla endeble de madera, anhelando que esa irritación. Que esas lágrimas. Que esa desesperación y que toda esa penuria desapareciera. Pero no funcionaba. Nada funcionaba. Nada calmaba su ira y nada quitaba esa picazón airada.

No sabía qué hacer. Estaba perdida en la desesperación al no calmar ese pesar.

Imploró a los dioses. Se tumbó al piso mientras tartamudeaba quejas egoístas, sin siquiera ser consciente de las banalidades que decía.

Poco a poco, sentía que dejaba de ser Astrid. Que aquella mujer tan fuerte de voluntad, imbatible, se perdía en paradojas y preguntas del qué pudo haber sido y no fue, de que pudo ser la espada o el escudo, de que pudo ser el mar o la isla, de que pudo firmar o no aquel contrato de matrimonio.

—¡Astrid, basta! —Hipo interrumpió entrando a la habitación, deteniendo a su esposa de autolesionarse.

—¡Largo de aquí! ¡Cobarde! ¡Eres tan cobarde y maldito como ellos!

—Por favor…

—¡Dije largo!

—No lo haré. No dejaré que sufras este castigo sola. Yo… buscaré una manera de arreglarlo. —dijo esperanzado.

Astrid empezó a golpearlo, empujándolo hasta la pared.

—¡¿Ahora te comportas como necio?! ¡¿Ya dejaste de ser la mascota de tu padre?! ¡Eres un cobarde, no hiciste nada para ayudarla! ¡Creí en tus palabras de anoche! ¡Infeliz!

Hipo logró contener a una Astrid cansada y agitada, abrazando por encima de su hombros hasta confinarla entre sus brazos.

—Tiene razón, fui un cobarde. Déjame arreglarlo.

—Largo de aquí. No quiero verte.

—Déjame intentarlo.

—¡Dije largo!

Hipo, rendido, soltó a Astrid y se fue, resignado y enfadado consigo mismo.

.

.

.

Habría ignorado la osadía de Astrid. Pero aquella chica irresponsable, había logrado enfadarlo. Debía pensar en un castigo por su irreverencia. Pero lo más importante, ahora debía explicar al consejo la macabra acción de las palabras de Heather.

—Con el heredero en camino, las aguas se calmarán. —declaró Estoico, explicando el castigo que Astrid recibiría.

—Hiciste bien, Estoico. Tal y como suponíamos, tu hijo y Astrid no consumaron su matrimonio. —señaló Sigurd.

—Creo que existía otra salida. ¿Por qué quieres obligarlos? Eres consciente de que si el pueblo se entera de la verdad que les ocultamos, pueden perder la lealtad hacia ti. —regañó Bocón, airado por la acción de su amigo.

—El pueblo ya lo sabe, Bocón. Simplemente no dijeron nada para seguir venerando a su símbolo. —dijo Sigurd.

—Aún así no podemos castigarla de esa forma. Estoico, por favor…

—Hizo bien, Bocón. —interrumpió Sigurd nuevamente—. Astrid ahora mismo se siente fuerte. Le demostremos que el poder del consejo puede manipularla a nuestro gusto. Será nuestro títere. Le enseñaremos que no es tan indispensable como ella cree. Haremos pedazos su orgullo y cuando eso pase, entenderá su deber en esta isla.

Bocón miró despectivo a Sigurd, esperando una pertinencia más para responder.

—El verdadero problema aquí es... ¿por qué no hicimos esto antes? —inquirió Sigurd, con sagacidad y con unos ojos semejantes a los de una víbora—. Tuvimos que esperar a que la chica Hofferson nos diera una mano para hacer nuestro movimiento. Me pregunto si debería ser curioso y suponer que pensabas que tu hijo y Astrid se enamorarían. Por supuesto, eso sería ridículo viniendo del jefe. —cuestionó pícaro, persiguiendo la mirada sería de Estoico.

—No tienen porqué preocuparse por eso —reprimió Axel—. Astrid recibirá otro castigo para que esto no vuelva a pasar.

Estoico se heló. Tal y como suponía, Axel ejercería su derecho como padre para darle un castigo más duro a Astrid.

—Axel ya nos contó sobre el castigo que recibirá Astrid, Estoico. Tanto tu hermano como yo aprobamos la propuesta.

—¿De qué se trata?

—Astrid será revocada como capitana. Su nueva labor será la de ayudar a tu hijo en la fragua. Eso, hasta que el cobarde de tu hijo se deje de mear en los pantalones cada vez que mencionas las incursiones. —saboreó Sigurd, viendo con satisfacción sus nudillos, rojos por los golpes que le brindó a Heather.

—¡¿Cómo dijiste?!

—¿Acaso es mentira, Estoico?. Todos en el pueblo saben que tu hijo se niega a ir a las incursiones. Si esto sigue así, la situación no cambiará ni con un heredero. Como próximo jefe, debe salir.

—Silencio los dos. —irrumpió Bocón—. Ahora mismo lo que debería preocuparnos es la estabilidad de Berk. ¿Cómo diablos piensan en incursionar en plena crisis de comida? El barco que nos proporcionó el hermano de Axel por la boda, soportará un mes a lo mucho.

—No tenemos los recursos para partir. —dijo Axel.

—Eso no lo sabes. —respondió Estoico.

—Tiene razón, Estoico. —apoyó Bocón.

La puerta se abrió, y tras ella, Astrid llegó para recibir la noticia fatídica que acabaría con ella.

—Ya estoy aquí. —irrumpió Astrid, entrando a la sala. Se paró al lado de su padre, llevando su mirada de un lado a otro, buscando la respuesta que buscaba. Ella sólo quería saber si condenarían a Heather a la pena de muerte.

—Todavía me duele la patada que me diste ayer, Astrid. Dime si al menos ese golpe calmó tu ira, porque la satisfacción de haber torturado a la huérfana, no me la quita nadie. —indicó Sigurd.

Astrid aplastó sus dientes hasta rechinarlos.

—¡Basta Sigurd! —exclamó Bocón.

—Tiene razón, Sigurd. Cierra la boca. —ordenó Estoico.

Astrid estalló. Torció sus labios y frunció su frente. Apretó sus puños y golpeó la mesa, retando a Sigurd con aquella intensidad impecable que hacía que todos temieran a Astrid. Pero Sigurd no se inmutó.

Por supuesto, Astrid conocía a aquel hombre. Sigurd Berge, miembro del consejo y asesino de Berserkers. Sin duda era un hombre temible, pero no para ella.

—Me pregunto si debería hacer lo mismo contigo. Tal vez así aprendas que no eres tan fuerte como todos creen —dijo Sigurd—. Debería aplastarte y satisfacer mis oídos mientras quiebro tus huesos y oigo tu llanto. Solo eres una mocosa que se cree una heroína. No eres nadie.

—Qué curioso que lo digas tú, Sigurd. Al menos gané mi puesto dignamente —recordó Astrid—. Recuérdame qué eres tú, Sigurd. ¡Ah, es verdad: nada! Te colaste en el consejo solo para difundir los rumores de todo lo que se habla aquí. Me pregunto si tu objetivo es desestabilizar al jefe con tus acciones. —confesó Astrid, sintiendo la abrupta respiración de su rival.

—Astrid...

—¡Yo me gané mi sitio! ¡Yo voy siempre al frente de cada batalla para evitar que muera nuestra gente! ¡Sacrifiqué mi libertad para casarme con Hipo, por Berk! ¡Y aún así tienes el valor para decirme que no soy nadie! —gritó Astrid.

—¡Basta Astrid! —gritó Axel, tomándola de los hombros, apretándola con fuerza—. ¡Entiende, Astrid! ¡Ya no eres solo una guerrera! ¡De una maldita vez entiende tu sitio! ¡Ahora tienes el deber de darle un heredero al pueblo! ¡Preocúpate de una maldita vez en eso y solo en eso! ¡En tu vientre estará la vida de nuestro próximo jefe y de mi nieto! ¡Así que ve asimilando cuál es tu lugar en esta isla!

—Basta Axel. Ya fue suficiente. —interrumpió Estoico, mirando a Astrid totalmente abatida. Suspiró. Dirigió su vista hacia Astrid. Y con rotunda lastima, dijo:—. Astrid, desde ahora, te revoco de tus labores de capitana.

Axel se sorprendió. No podía creer que fuera él quien le dijera el castigo.

—Qu...

—Cómo escuchaste. Desde ahora, te dedicarás a entrenar a los nuevos reclutas. Esa es y será tu nueva labor, pensando en tu bienestar y salud. Y en las redadas, permanecerás con Hipo en la herrería. Lo ayudarás en la forja. Tus días de combatir dragones han llegado a su fin. Puedes irte. —terminó Estoico, hablando firme y destruyendo el corpúsculo de esperanza en ella.

Sin decir nada, Astrid se dio vuelta y empezó a caminar hacia la salida. Sus manos temblaron, dejando caer su hacha. La recogió, y en su reflejo, vio los pequeños cuerpos transparentes que chorreaban por su mejilla, dibujando hileras que picaban su piel.

Estoico se levantó después, retirándose de la sala también.

—¿Fue la mejor decisión? —preguntó Bocón.

—Ni hablar. Ella se lo buscó. —respondió Sigurd.

—Es la mejor guerrera que tenemos. No pueden ser tan duros con ella. —reclamó Bocón.

—Cualquier guerrero es prescindible —contestó Axel, sorprendiendo a Bocón por la forma de hablar sobre su propia hija—. Lo que no es prescindible, es el vientre de la futura jefa de Berk.

—Eso también se puede reemplazar. —dijo Sigurd.

—¿Acaso insinúas que si mi hija muere, dejaré a Hipo desposar a otra?

—Pues es una posibilidad, querido Axel. —respondió Sigurd con deleite.

—Antes mataría a Hipo y lo despacharía junto a mi hija. Ya sabes, juntos hasta el Valhalla. Pero antes, colgaría tu cabeza en un asta, y la colgaría junto a mi cama.

—Deberías estar agradecido, Axel. Estoy seguro que aprovechaste la oportunidad para posicionar a tu hija como esposa de Hipo. Me pregunto hasta dónde llegarán tus ambiciones, Axel.

—Lo mismo me pregunto, Sigurd. Además, no recuerdo que te hayas opuesto cuando tomamos la decisión de casar a mi hija con Hipo.

—Como dije: tu hija es reemplazable.

—Y tú también, Sigurd.

—Eso ya lo veremos.

.

.

.

Caminó sin rumbo. La tierra del suelo marcaba su huellas, pero ella sentía que no estaba ahí. Que aquellas piernas, aquellas manos, aquella hacha y aquel espíritu ya no le pertenecían.

No controló el tiempo, pero vagó por todo el pueblo. Algunos le preguntaron qué le pasaba, pero ella los ignoró.

Pero cuando sintió el toque cálido de alguien en su mano, alzó su mirada hacia él. Era Hipo, mirándola con inquietud. Ni siquiera se opuso cuando él empezó a jalarla hacia alguna dirección inédita y desconocida. Su voz parecía haber desistido del caluroso grito de aflicción.

Él la arrastró hasta la herrería. La choza estaba vacía, hacía frío y el calor de la fragua no ayudaba a calentar el lugar por su débil candela de fuego.

—Astrid —llamó él—, ¿pasó algo?

Ella no respondió. Tomó asiento en la esquina derecha y se puso a mirar su hacha, ignorando el llamado de su esposo.

Hipo supo de inmediato lo que había ocurrido. Las palabras que dijo su padre se habían cumplido y ella había sido castigada con la revocación de su puesto como capitana.

—Astrid, lo siento mucho.

—¿Acaso importa? —habló ella—. ¿Acaso importa lo que yo piense? Como dijo ese hombre, no soy importante para Berk.

—Eso no es cierto.

—Solo soy una vikinga que puede ser reemplazada.

—¡Eso no es cierto, Astrid! —se acercó a ella para tomarla por los hombros.

Vio las lágrimas que se infundían en las esquinas de sus ojos, palpitando el temblor adyacente del cuerpo de ella y esa voz ronca que estaba por romper en un lamento eterno de suplicio.

—Tú... eres Astrid. Eres la vikinga más fuerte que conozco y eres la capitana de Berk.

—Ya no más. Ya no soy nadie.

—¿Entonces te rindes así de fácil? ¿Qué pasará con Heather?

—No entiendo qué quieres que haga. ¿Acaso crees que el darme ánimos hará que esta noche no sienta repudio de tener sexo contigo?. No eres diferente a...

—Jamás haría eso. Yo solo quiero ayudarte. Te lo dije, ¿no es cierto? Cuando bailamos. Te dije que nada tenía que cambiar por esta tonta boda.

—Pues todo cambió, Hipo.

—Escucha, ahora mismo no tenemos tiempo para hablar de tus lamentos. Así que necesito que la Astrid... que la capitana de Berk regrese.

—Esa ya no existe. Ahora solo soy la esposa del herrero del pueblo, y la vikinga que albergará al nieto del jefe. Esa soy.

—¿No quieres ver a Heather?. —preguntó Hipo.

Astrid alzó su vista ante la pregunta afanosa pero animada de Hipo.

—Entonces acompáñame. Tengo un plan.

.

.

.

El guardia de Berk, miraba el bosquecillo situado al este de la isla. Todavía recordaba con nostalgia cuando la prisión del pueblo se situaba en el borde de este. Sin embargo, debido a que los dos criminales extranjeros robaron oro del pueblo, se decidió llevar la prisión hasta la recóndita y palpitante cima del acantilado.

Su trabajo podía ser aburrido, y más cuando solo había una vikinga en la celda.

Antes de poder bostezar por tercera vez, vio que el muchacho más cuestionado de la isla se acercaba a él. Llevaba arrastrando algo, como una catapulta con ruedas.

—Hola. ¿Disfrutando del día? —habló Hipo.

—¿Qué haces aquí, Hipo?. Deberías estar en la herrería. ¿Y qué es eso que llevas ahí?

—¿Esto? Es solo para practicar mi tiro. Ya sabes, mi padre me dijo que me llevará a la siguiente incursión, y dado que mis condiciones no dan para luchar cuerpo a cuerpo, al menos puedo ayudar desde la lejanía.

—Eso es algo tonto, incluso para ti. Bueno, suerte en tu entrenamiento.

—Gracias. ¿No te gustaría ver cómo funciona?

—Absolutamente no.

—Mira, solo hay... hay que apretar esto... ¡diablos, se atoró! —dijo mientras luchaba por girar la palanca—. De esta forma, debería soltar... ¡maldición, se volvió a atorar! —en un movimiento brusco, giró sobre las ruedas aquel artefacto apuntado hacia el guardia.

—¡No, espera!

—¡Ya funciona! —gritó de algarabía jalando la palanca para después apreciar cómo la red de cuerdas salía disparada hacia el guardia, quien fue lanzado y atrapado por la trampa.

—¡Lo siento! Déjame ayudarte. —corrió hasta él, arrebatándole las llaves y cubriendo la visión del guardia y viendo de reojo cómo Astrid se adentraba en la prisión.

.

.

.

Vio a Heather, tirada sobre la helada y frígida superficie de mármol desgastada. Ella temblaba, tratando de apaciguar el íntimo retumbar de sus suspiros glaciales. Y cuando escuchó a Astrid maullar su nombre, su álgido sentido del oído se centró en escuchar sus pasos, acercándose a ella.

Astrid lloró. La culpa eclosionó en un desliz de dolor inherente a su alma, culpándose de aquella tragedia. Pero antes de seguir abofeteando su conciencia, Heather gimió de dolor debido al sutil roce de su mano sobre su sien.

—Te sanaré. Curaré tus heridas y cuando eso pase, te sacaré de aquí, ¿de acuerdo?. —consoló Astrid.

Heather no respondió. Incluso si sus labios se mojaran en agua y no estuvieran tan hinchados, no sabría qué responder ante aquel optimismo mentiroso.

Astrid limpió las heridas, apañando la espalda, llena de moretones, con trozos grandes de tela. De pronto, recordó cómo ella curaba sus heridas y se quedaba hasta altas horas contándole sobre su día. Le entraron ganas de hacer lo mismo.

—Hoy... hoy me retiraron como capitana —contó Astrid mientras limpiaba la sangre de su rostro—. Fue repentino, y eso hizo que fuera doloroso. Aún así, no lloré, no ante ellos. Jamás dejaré que esos tontos me vean llorar.

Desató las botas de cuero de la pierna y se las quitó. Remangó el ropaje de sus piernas para apreciar mejor los golpes de su parte baja.

—Y esta noche... tendré sexo con Hipo en frente de testigos. ¿Recuerdas lo mucho que nos burlábamos de las mujeres que aceptaban tal insulto? Supongo que es mi castigo, un castigo por un crimen que no cometimos. Ya sabes, ahora todo el pueblo nos ve como criminales.

Posó la cantimplora en la boca de su amiga y le dio de beber un poco.

—Es gracioso. Tantos años protegiendo a Berk, para que al final te den la espalda, incluso mi propio padre. Posiblemente ahora mismo me estarías reclamando de no haber huido de Berk. Pero si te soy sincera, volvería a rechazar tu oferta. Ya sabes, soy necia y obstinada.

Después de terminar con la limpieza, empezó a acariciar el cabello oscuro de Heather, tratando de calmar la intensidad con la que suspiraba. La cubrió con su abrigo para regular el frío.

—Me preguntaste qué quería que hicieras respecto a todo esto. Y... quería contestarte, quería... abrazarte y contarte todo. Pero no lo hice porque ni yo misma lo sé. Estaba tan asustada después de firmar el contrato que solo quería que me consolaras. Que me dijeras que todo estaría bien. Fui una tonta.

Astrid se paró con presteza al oír que alguien bajaba con rapidez por la escalera. Quiso empuñar su hacha pero recordó que la había dejado en la herrería.

—¡Astrid! —clamó Hipo antes de ser golpeado por ella.

—Ah, solo eres tú. Pensé que el guardia...

—No te preocupes. Logré hacer un trato justo con él.

—¿Un trato?

—Algo así. Le propuse reparar su espada sin costo hasta el próximo otoño.

—Pero eso no sería justo. Perderás ganancia y Bocón te regañará. —objetó Astrid.

—Es justo. Este es el castigo que debo pagar yo. Además, Bocón entenderá. —sonrió Hipo dirigiéndose hacia Heather—. ¿Cómo está?

—Muy mal. Sus heridas están infectadas, y seguramente no ha comido nada desde ayer. —dijo ella con pesar.

—Ten —ofreció Hipo, sacando pan del bolso que traía—. Supuse que no la habían alimentado.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Astrid, pues el alimento estaba muy reducido los últimos días y las raciones extra no eran concebidas a nadie, ni siquiera al hijo del jefe.

—Yo lo hago.

Astrid lo miró desconcertada, pensando que aquel muchacho le estaba mintiendo descaradamente. Y aún en esa falacia, se preguntó cómo le hizo para robar pan del comedor cuando la guardia se había vuelto más rígida.

—¿Tú lo haces?

Hipo asintió avergonzado.

—Me gusta ir al bosque. Hay veces, en las que me adentro hasta el otro lado de la isla, para lo cual necesito comida. Lamentablemente en el comedor no me dan raciones extras, eso solo se lo dan a los guerreros que van de incursión.

Astrid se sorprendió al oler el exquisito aroma de aquella rebanada. Partió el pan en dos y lo empezó a trozar con sus manos para darle a Heather, resistiendo las ganas que tenía por probar un bocado.

—¿Y cómo lo preparas?

—La fragua funciona a base de carbón y madera negra. Gracias a Patapez logramos fabricar un nuevo horno parecido a la fragua, pero recubrimos su cabeza con madera negra y así logramos crear un horno pequeño.

—Fascinante. —dijo ella.

—Ten. Tal vez tengas hambre. —le dio otra ración, que Astrid aceptó sin dudar.

Al comerlo, el pálpito de su lengua se mezcló entre el desemboco de deleite y la hambre que tenía desde hace buen rato.

—Sabroso. Muy... crujiente. Deberías dedicarte a ser panadero. —bromeó, preguntándose cuándo había sido la última vez que hablaba con naturalidad.

Hipo se sonrojó aceptando el exquisito alago de ella.

Astrid devoró el pan y sus ojos relucieron ante el gustoso bocado que acababa de ingerir. Suspiró de placer antes de acercarse a Heather otra vez para acariciar su cabello.

—Duerme un poco. Estás muy cansada. Yo vigilaré. —dijo él.

—Estoy bien. Solo quiero estar a su lado.

—Astrid, estamos en plena puerta de invierno, y si no descansas serás más vulnerable a la fiebre. Por favor, duerme.

—No puedo.

—Sé que no confías en mí, Astrid. Es normal después de todo el daño que ocasioné. Pero hazlo por ella —señaló a Heather—. Te necesitará. Y si tú te enfermas, no podrás cuidarla.

Astrid refunfuñó ante la insistencia, pero finalmente quedó dormida entre temblores repulsivos al clima. Esas paredes cercenaban el fervor de su cuerpo y los retorcían en temblores pusilánimes de desasosiego.

Hipo se quitó el abrigo de piel y lo puso encima de su esposa para calentar su cuerpo. Empezó a sentir frío pero se resignó a la idea de irse. Necesitaba remendar su error y meditar en un plan para expiar a Astrid de su castigo.

Iba a desafiar a su padre en una lucha de ideología vikinga. Lo haría por ella, para verla tranquila y al menos hacerla sentir segura de sí misma. Ayudarla a dar el primer paso para recuperarse del terrible golpe que había recibido, ese tenía en mente.

Astrid despertó horas después. Vio desde la penumbra de las escaleras, que ya era de noche. Apreció la prenda cálida que llevaba encima, y luego dirigió su vista hacia Hipo quien también se había quedado dormido. Lo cubrió con el abrigo para calentarlo.

Hipo despertó ante el contacto, brincando asustado al ver la cercanía de Astrid.

—Tranquilo, solo estaba cubriéndote. Estás temblando como un lince siendo cazado. —se burló.

—No te rías. Eso es vergonzoso.

—Será mejor que nos vayamos. Tu padre ha de estar esperándonos con los testigos. —dijo con dificultad.

—No iremos. —declaró Hipo, apoyando su cabeza contra la pared de su detrás y cerrando los ojos ante una sorpresiva mirada de su esposa.

—¿Qué? —preguntó con dificultad.

—Que no iremos. Nos quedaremos a pasar la noche aquí. ¿Qué acaso no me dijiste que deseas cuidar a Heather?.

—Pero tu padre...

—Yo se lo explicaré, ¿de acuerdo?. Además, ya te castigaron quitándote el puesto de capitana, ¿no?.

—¿Cómo sabes eso?

—Mi padre me lo contó ayer. Dijo que tu padre no se conformaría con sólo el castigo de la consumación.

—Entiendo.

—¡Pero hey! Recuperarás tu puesto. Estoy seguro de eso. Eres la vikinga más fuerte que conozco.

—Ya no más, Hipo. Pero gracias por el apoyo.

Ambos guardaron silencio.

Pronto, Astrid preguntó aquello que había deseado hace unos días.

—¿Y tú, Hipo? ¿Tú no sientes… dolor por todo esto? Me refiero al hecho de que te hayan obligado a casarte.

Él meditó un momento antes de responder.

—¿Dolor? Saber que te arruiné la vida es doloroso. Saber que fue mi culpa que tanta gente sufra por la comida es doloroso. Yo... yo estaba destinado a esto, Astrid.

—¿Destino? Otra vez con eso.

—Algunos nacemos destinados a ser infelices, como yo. Desde hace tres años que Bocón me aconsejó conseguir una novia a la que yo amara, para así poder casarme con ella. Me dijo que papá no esperaría mucho, a pesar de la promesa que hizo con mi madre de dejarme elegir a quién amar.

Hipo subió sus rodillas hasta abrazarlas. El frío empezó a perforar sus huesos traspasando la prenda que llevaba.

—Tarde o temprano mi padre elegiría una esposa para mí. Astrid, tú solo fuiste una víctima de la maldición que me persigue.

—No es así. Yo fui la que decidí casarme contigo —retó—. Deja de creer que toda la culpa es tuya. Al igual que tú, yo también pensé en esto. Mi madre me dijo que mi padre comenzaría a recibir ofertas después de ser ascendida a capitana. Tengo entendido que rechazó tres ofertas, y yo pensé que lo hacía por mí. Pero me equivoqué.

—¿Por qué?

—Hipo, sospecho que mi padre tenía planeado esto.

Lo había pensado con tanta insistencia. Y todavía le costaba creer que su padre fuera ambicioso. Esperaba estar equivocada, porque aún lo amaba.

—¿La boda?.

—Sí. Cuando era pequeña, él tenía una obsesión con el puesto de jefe. Me contó una leyenda... una leyenda sobre los fundadores de Berk.

—¿Bjorn y los cien árboles?

—Así es. Decía que Bjorn talaba cien árboles diariamente para entender lo que significa ser líder. Aunque jamás entendí esa metáfora.

Hipo también la había oído, no de su padre, sino de algún escrito desdeñoso y hojeado que le compró al mercader.

—Se dice que cada árbol de Berk tiene alrededor de doscientos años, y que al talarlo, obtendrás su sabiduría de esos doscientos años. Se dice que los árboles ven en silencio, que escuchan en silencio y que actúan en silencio.

Astrid entró en júbilo, matándose a carcajadas y tratando de comprender cómo su padre creía esa leyenda tan absurda.

—Es algo tonto pensar eso.

—Es una leyenda de nuestro pueblo, aunque creo que muy pocos la conocen.

—Aún si fuera cierto, es tonto pensar que se puede talar cien árboles diarios sin antes matar a la isla.

—Tal vez tengas razón.

Astrid siguió mirándolo, él todavía mantenía sus ojos cerrados; expuesta y consciente de que podía ser atrapada cuando aquel joven abriera sus ojos. Pero aún conociendo el riesgo, no dudó en apreciar con retazos el rostro ilusorio de aquel joven; con un desván abandonado pero que brillaba con tanta intensidad que la polvareda era esculpida en un sueño eterno de deseos. Eso era lo que le transmitía ese rostro.

Tal vez solo era momentáneo, por el hecho de estar lastimada y vulnerable ante cualquier sentimentalismo absurdo. Pero se sintió real. Y de pronto, aquel dolor inherente que le causaba su presencia, dejó lugar a un abismo de esperanza que no había hallado en nadie.

—¿Te arrepientes de esto? —preguntó ella de repente.

Hipo supo de inmediato a lo que se refería.

—¿Te refieres a la firma de este contrato?

Astrid asintió cohibida. Y aunque Hipo no la vio, percibió como un susurro su respuesta.

—Me arrepiento de muchas cosas.

—Tu padre cree que un vikingo no puede arrepentirse de sus decisiones. Algo radical, ¿no lo crees?.

—Mi padre siempre fue así. Y más ahora que ha tenido que tomar muchas decisiones.

—Aún no respondes lo que te pregunté. —insistió ella.

—No me arrepiento, Astrid. Fueras tú o fuera otra, igualmente hubiera terminado en esta situación. Esa noche, sentía vergüenza con tan solo mirarte, porque ibas a ser comprometida con el vikingo menos vikingo. —relató risueño.

Hipo suspiró antes de continuar.

—No me arrepiento porque al menos la boda trajo estabilidad al pueblo. Pero sí me dolió saber que sería contigo.

Astrid recordó la mirada expresiva y timida que tenía Hipo ese día. Aquel semblante tan ocioso pero penetrante que hizo que sintiera empatía hacia él. También recordó porqué ese muchacho llegó a causar admiración ante ella al momento de firmar. Era cierto. Él había firmado para salvar Berk, sacrificando al igual que ella todo su mundo, mundo que ella no conocía. No sabía qué hacía Hipo en sus tiempos libres o si tenía una persona especial a quien amaba. Tal vez él estaba sufriendo como ella y ocultaba ese sentimiento bárbaro en una guadaña inalcanzable, incluso para ella.

—¿A qué te refieres?

—Astrid, eres la vikinga más valiente, fuerte y hermosa que conozco. Cada vez que te veía, luchando y gritando para defender al pueblo, sentía... admiración.

Después de unos minutos, Hipo abrió los ojos y se encontró con la mirada de incertidumbre de ella. Y aún en esa hesitación irresoluble, se veía hermosa con esos ojos punzantes y exaltados ante una respuesta anhelada. No pudo evitar sonrojarse.

—Sentía... paz. Me transmitías seguridad y hacías que me dijera a mí mismo que todo saldría bien si tú estabas luchando. Así que no te des por vencida, Astrid, porque deseo seguir sintiendo eso.

—¿De verdad te transmitía eso? Jamás me consideré más que otros, pero al menos creía ser alguien diferente.

—Por supuesto. Tú no seguiste el camino de los demás, tú seguiste por un camino distinto. Lo sé porque te veía entrenar. Por eso lamento que fuera contigo. Gracias a mí, te metiste en este lío.

—Supongo que no somos tan diferentes. Pero para serte honesta, me arrepiento de haber firmado. Tal vez debí haber hablado contigo antes, tal vez podríamos haber hallado otra salida.

—Muchos tal vez, ¿no crees?. —mencionó él con gracia.

—Me gusta jugar con posibilidades. —respondió ella risueña.

—Entonces, tal vez haya una posibilidad de sacar a Heather de aquí.

—¿Tienes algún plan?.

—Solo... juego con posibilidades, my lady.

—Supongo que está bien.

—Pero Astrid, quiero ayudarte. Quiero que no sientas que esto de la boda sea un perjuicio para ti. Quiero que seas feliz.

—¿Por qué querrías eso?

—Porque... eres mi esperanza.

Astrid se sonrojó.

—Eres la esperanza de todos. Y si nuestra esperanza deja de creer, yo también dejaré de hacerlo. Eres nuestro símbolo. Nuestra guerrera.

—Tal vez ya sea tarde para eso.

—Tal vez aún no.

—¡No lo entiendes, Hipo! Tu padre...

—Mi padre es un hombre muy impulsivo. Demuéstrale que aún eres tú, Astrid. Enséñale a todos que esa Astrid que simboliza nuestros anhelos más remotos, aún vive.

—¿Y si ya no está?

—Entonces tráela de vuelta.

—¡¿Cómo?!

—Yo te ayudaré; si me lo permites, claro.

La mirada que había percibido antes, ahora era distinta para ella. La fatiga de su pecho en un impulso desprolijo canturreó esperanza, justo como el baile en el que ambos se habían enfrascado hace días. Sonrió sin siquiera darse cuenta y agradeció furibunda con un golpe fuerte en el hombro del muchacho, el cual gimió de dolor.

—Aceptaré si reparas mi hacha sin costo durante tres otoños. —ofreció, pensando que caería en la broma.

—Eres mi esposa, así que los cobros no son una opción.

—Solo bromeaba. —respondió, aferrándose a los ojos esquivos de él, que la consolaban con decoro, sometiéndola a un imploro suspicaz de deseo por no rendirse.