Capítulo 9

Desde lo alto

.

.

.

Astrid veía conmovida; el mar crujía con arrogancia, serpenteando sus ondas mientras se encogía hasta alta mar, y arrastraba las algas pegadas del material de madera del muelle.

La amargura de su corazón se estrujó a costa de la insípida sensación que albergaba en aquel cáliz minúsculo de esperanza que aún tenía.

Sonrió nuevamente mientras se deleitaba mirando el movimiento de sombras vikingas colaborando con aquel intrépido objetivo de partir hacia la mítica tierra desconocida.

Se dio vuelta para ver el mar. Se abrazó anhelando un sudario para que la cubriera de la pálida brisa que estaba en marcha de dejarla con un resfriado que esperaba no agarrar. Se lamió los labios para refrescar, pero el ilustre y frívolo clima volvió a driblar su ruego y tiñó sus labios de un tono blanquecino.

—Genial, terminaré resfriada nuevamente. —se dijo.

Optó por volver a casa, pero todavía era temprano para irse a la cama. Además, quería seguir presenciando aquel festival de construcción barquera; eso la reconfortaba de aquel asalto de frustración e impotencia que aún penetraba su conciencia y la llevaba a caer en tristeza.

Cerró los ojos. Torció sus labios. Soltó un suspiro estremecedor mientras gritaba por dentro: no podía dejar de pensar con pesimismo. A pesar de que le alegraba oír los gritos y risas de su pueblo trabajando en aquellos barcos, no podía dejar de sentir preocupación. Preocupación por su pueblo, por su jefe y por su esposo que añoraba regresaran con vida.

Se rió para sus adentros, mientras se daba cuenta del desvanecimiento en el que se hallaba ella. Jamás imaginó que estaría en ese estado, en ese lugar: ahogada en esa preocupación. Recordó el día que su padre y madre partieron al nido: ella abrazó a su padre, le pidió que no fuera mientras su madre se conmovía. Los tres se abrazaron y ambos juraron volver con vida.

Posiblemente ella haría lo mismo está vez. Todavía faltaban dos días más antes de partir. Pero en un intento por huir de esos pensamientos, viajó hacia un augurio donde el cuerno sonó, los barcos empezaron a soltar sus velas y los guerreros empezaron a abordar los barcos; entre ellos, Hipo. Ella se acercó a él y lo abrazó, imitando la acción de hace años, en un intento por hacer que se quedara, esperando que aquel suplicio fuera escuchado.

Hipo. El chico con el que había sido obligada a casarse: el tenaz Hipo. Pensó en lo mucho que él había hecho por ella. ¿Qué tanto hizo? Se preguntó. Mucho. De inmediato volvió a sonreír al recordar el baile con el que aquel carroñero atrevido la había obligado. Volvió a sonreír cuando recordó la forma en la que se había infiltrado en la prisión.

Hace un día, mientras entrenaba con él en la arena, desató sus sentimientos en su última conversación con él. Era apetecible hablar con él, pensó. Era muy simpático y aunque a veces aquel sarcasmo tan recursivo la irritaba, era dichosa de poder oírlo hablar. Por un momento lo consideró un amigo. Pero aterrizó en tierra al darse cuenta que no era su amigo. Era su esposo, y eso todavía la incomodaba.

Suspiró duro antes de por fin decidir volver a casa. Pero antes, persiguió la mirada del hombre que algún día asesinaría: Sigurd. Él la estaba mirando con esa sonrisa asquerosa que mostraba cada vez que se satisfacía con el dolor de otros.

—No le hagas caso. Es solo el calor antes de la batalla lo que lo está haciendo tan fastidioso. —dijo Hipo, parándose a lado de ella.

—Ese hombre siempre será molesto. Decidiré cómo lo mataré después.

—Entonces… ¿ya te vas a casa, my lady?

—Supongo. Debido a que el aburrido de mi esposo no me deja ayudar con nada. No tengo nada que hacer aquí.

—Creí que al menos te gustaría ver a tu esposo dando órdenes y demostrando su tenacidad. —dijo él con sarcasmo.

—Antes preferiría ver a los conejos aparearse. —se mofó Astrid—. ¿Ya estás listo para partir?.

—Los barcos están casi listos. Todavía me urge hornear el pan y reparar algunas armas.

—No me refería a eso.

Hipo suspiró.

—Lo sé. —dijo Hipo, desviando la mirada.

—Hipo…

—Ya sabes la respuesta, Astrid. No puedo quedarme. Es la condición. —respondió cohibido.

—¡Al diablo la condición! Hipo, cuántas veces debo repetirte lo peligroso que será.

—Me lo repetiste como mil veces —dijo agraciado—. Además, no hay porqué temer. Después de todo, fui entrando por ti. Nada puede salir mal.

—Eres un idiota. Esto es serio. Al menos…

—No irás, Astrid. Ese fue nuestro trato. —reclamó él.

—¿Me crees tan incompetente? ¡Te recuerdo que soy…!

—No, ya no eres la capitana. Además, sigues recuperándote de tus heridas.

Astrid bufó. Ni siquiera respondió. Se marchó sin mirar atrás. Apretó los puños y, airada, empezó a marchar hacia su casa. Era increíble la tranquilidad con la que él lo tomaba. Todos sabían, aun los más fuertes, que la incursión era peligrosa y que al menos la mitad no regresaría.

Le entró ganas de ir hasta su padre y solicitarle un espacio en su barco. Pero por el orgullo que todavía creía tener, y por el trato injusto con Hipo, no podía hacer nada. Debía remitirse a la idea de quedarse en la isla, mientras oraba por la seguridad de su padre, de Hipo y del jefe.

Eso sí era fastidioso. Más que Sigurd.

.

.

.

El cielo fue abrazado por la faz estelar. Meció sus nubes en un cantar de niebla que poco a poco empezó a cubrir el cielo nocturno, dejando rasgos de la aurora boreal destiñendo el cálido gemido de la noche en una sinfonía silenciosa que marcó la hora de ir a dormir.

Todos se retiraron a sus casas. El muelle se fundió en el suspiro de cansancio que soltaban los vikingos mientras caminaban con pasos cansinos hacia sus hogares para tomar una taza caliente de té. Estoico se quedó quieto mientras veía cómo el resto se retiraba. Caminó en círculos alrededor del sumiso piso de madera, bañado en la tibia blancura de la nieve, que aún no había aterrizado con su constelado grito de euforia. Berk todavía tenía tiempo de hallar comida antes de la tormenta.

Estoico miró hacia el mar. Navegó entre sus recuerdos y avistó la fragante sensación de antaño que no había sentido hace años. Aquella emoción que hacía que su corazón galopara de la emoción cada vez que abordaba un barco. Cada vez que sus pies se mojaban por las aberturas del bote mientras él remaba y remaba, viendo el espejo translúcido del océano reflejando el cáliz boreal mientras derretía los copos de nieve que caían con intensidad.

Sonrió de la algarabía y empezó a tararear las músicas de tambores y flautas que tocaba Bocón cada vez que viajaban hacia una nueva redada. El humo de la fogata de su detrás se disipó en un réquiem de agonía instantánea. Se dio la vuelta para ver quién había apagado la candela de fuego. Era su hijo.

—Hipo…

—Pensé que ya te habías ido a dormir, padre.

Estoico se rió.

—¿Y perderme la mejor parte? ¡Jamás!

—¿Mejor…? —cuestionó Hipo.

—Siempre hacía esto antes, ¿lo recuerdas?.

Hipo parpadeó desconcertado de la insinuación de su padre.

—Hipo, veníamos aquí, tú y yo, cada vez que estaba apunto de partir a una incursión. No me digas que ya lo olvidaste.

—Ah, ya lo recuerdo. Definitivamente era agradable. —dijo con sarcasmo, recordando que sufría cada vez que tenía que soportar ver a su padre partir hacia el peligro.

—Quién diría que ahora iremos juntos. Ni siquiera el vikingo más tonto se lo hubiera imaginado. Todos estos años de ser el peor vikingo, y ahora mira, eres el protagonista de esta incursión, hijo. —dijo Estoico sonriente.

—Yo no lo veo así. —dijo apenado.

—Pues créelo, Hipo. Eres el salvador de Berk, eres el organizador de esta incursión y eres el futuro jefe de esta isla. Mira el mar, hijo, está gritando. Sus olas están más nerviosas que de costumbre.

—¿Y eso qué no es peligroso?

Estoico se mató a carcajadas.

—Por supuesto que no, Hipo. Es… la naturaleza, hijo. Es algo que no se puede explicar, solo siéntelo. Todavía recuerdo mi primera incursión.

—¿A sí? Y de casualidad… no sentiste… no lo sé… ¿miedo?.

Estoico dejó de sonreír. Miró a su hijo; tenía el rostro encogido en una penumbra sin hermetismo oculto.

—Ven aquí, Hipo. —lo llamó—. Mira, ¿ves eso?

—¿El mar? Sí, eso no ayuda a que me sienta mejor.

—No sólo es el mar, Hipo. Mira, ve más allá.

—No veo más que niebla y agua.

—Hipo, el mar, significa más que solo agua para nosotros. Somos vikingos, navegamos hacia islas nuevas, hacia batallas y no le tenemos miedo a la muerte. Cuando es de día, el mar refleja el cielo, cuando es de noche refleja la oscuridad. Cuando nos refleja a nosotros, refleja nuestros sueños, pero también nuestros miedos.

—Hace unos días no me habría importado morir, padre. Morir en batalla… era lo que siempre anhelé. Morir combatiendo contra los más feroces dragones. Morir como un héroe… Pero ahora… Olvídalo. —suspiró Hipo.

—¿Miedo a morir?

—¡No! ¡Cómo crees! ¿Un vikingo con miedo a morir? Puff, por supuesto que no.

Estoico suspiró, tomando a Hipo por el hombro.

—Hipo, todos pueden sostener el timón cuando el mar está en calma, pero no todos pueden hacerlo cuando está alborotado. Tú acto de valentía al enfrentar al consejo, fue valeroso. Sólo aplasta esos miedos.

Hipo no respondió. Y en un acto de mentira, fingió sonreír. Sin embargo sabía la verdad. Sabía que aquellos pensamientos de pavor que hacían que su ser entrara en pánico alborotado, seguirían torturándolo hasta que sus huesos se calcinaran en un dolor insaciante de valentía absurda.

Se despidió de su padre antes de volver y, mientras entraba a la casa, sintió el irradiante juego de luces de la chimenea mezclándose contiguamente con la efigie femenina de su esposa. Se sonrojó de inmediato al verla vestida con un camisón delgado, que le llegaba hasta las rodillas. Inmerso en fantasías inverosímiles, apreció el rostro de ella, perdido en algún punto de aquella candela.

Hipo carraspeó ante la duda. No quería incomodarla. Ella despertó del letargo y cuando lo miró, soltó un suspiro de cansancio. Además, se dio cuenta de la prenda atrevida que traía por lo cual no pudo evitar sonrojarse. Por poco y sale acelerada hacia su habitación.

Él entró con cautela, suspicaz ante cualquier rasgo facial de su esposa.

—Así que… supongo que terminaste. —dijo Astrid.

—¿Terminar? —dijo él, perdido en el nerviosismo mientras veía el baile de sombras que su cuerpo causaba ante la precaria llama de la fogata; todo con el objetivo de evitar pensamientos lascivos.

—Sí. ¿Ya terminaste con los barcos?.

—¡Ah! ¡Los barcos! Sí, sí, sí, sí. Digo, es… obvio ¿no? ¿Lo es, no?.

Astrid tampoco estaba cómoda con la posición en la que se hallaba. Apegó sus piernas con su pecho y abrazó su cuerpo en un intento de mejor relajación. Ocultó la mitad de su rostro en algún lugar de sus brazos, mientras sentía cómo sus párpados se secaban y sus pómulos desprendían un calor que la irritaba.

Hipo llegó con satisfacción hasta la otra silla de la esquina. Suspiró exhausto antes de quitarse la chaqueta y dejarla sobre la silla.

—Yo… quería pedirte disculpas por lo de hoy. —dijo ella.

—¡No! El que debe disculparse soy yo —dijo exaltado—. No pensé en cómo te sentías con respecto a todo esto. Fui… egoísta. Lo siento mucho.

Astrid abrió los ojos con sorpresa. Ya se esperaba una ocurrencia de su parte culpándose, pero no tan radical.

—¿Entonces dejarás que vaya? —preguntó ella agraciada.

Astrid sabía que solo el consejo y él podían establecer quién iría y quién no. Y dada su situación con el consejo, solo él podía darle un boleto en su barco.

—Astrid… —suspiró, cansado de tener que responder la petición.

—Ya sé ya sé —se burló—. Hoy… fui a la arena. Fue curioso. Entré y sentí… un vacío. Sentí que todo terminó. Y eso fue… —decía con la mirada perdida.

—Tal vez solo estabas cansada. Estoy seguro que ver a Heather te hará bien. ¿Quieres ir mañana? —mencionó Hipo, mientras preparaba algo de té.

—No. Hipo—llamó tímida—, todo esto de la boda, del consejo, Heather y la incursión pasó tan rápido.

—Lo sé. Es cansador. También me pasa igual.

—¿Y cómo logras sobreponer tu compostura ante esa tortura? Te ves tan tranquilo a pesar de todo esto.

—No —dijo él, mientras le entregaba una taza de té—. Todos tenemos algo que nos lastima. Pero es preferible… sonreír.

Astrid se quedó callada.

—No me tomes tanta importancia a mis ocurrencias —alegó con humor–. Aunque debo decir que me sorprende cómo sobrellevaste todo esto. Sí, definitivamente eres la persona más fuerte que he conocido, Astrid.

—¡Hey, esa sí es una ocurrencia! —dijo ella con gracia.

—¿Tú crees? Creí estar siendo honesto, my lady —respondió, cruzando, por fin, su mirada con la suya—. Hablaba en serio, Astrid. No soy el más capacitado para hablar de esto, pero jamás conocí a una persona tan fuerte y tenaz como tú.

Astrid quiso agradecerle, antes de caer en esa vorágine de susceptibilidad, donde sucumbiría en aquel ocaso eterno de penas y lágrimas. Y ella, Astrid, se había jurado no volver a llorar.

—¿Qué pasaría si esa Astrid desaparece? Si esa guerrera imbatible que todos desean ver… ya no está.

—Entonces yo… te encontraría. Encontraría a Astrid y la traería de vuelta.

Aquella respuesta fue sorpresiva para ella. Abrió sus ojos por la conmoción, presumiendo aún más a Hipo, aquellos ojos vacilantes pero brillantes, enrollados en el suspiro de la noche y brillando ante la tenue llama de fuego. A causa del tumulto, se sonrojó levemente y trató de esconder su rostro aún más entre sus rodillas.

—Creo que ya estás alucinando. Construir barcos todo el día te agotó.

—Tal vez… tengas razón.

El silencio llegó, pero se esfumó cuando Astrid lo llamó por su nombre.

—¿Cómo lo harías?

—¿Hmm?

—¿Cómo me encontrarías si algún día desapareciera en la oscuridad? —dijo timida.

—No lo sé. Pero seguramente pensaría en algo. Mi deber sería encontrarte, a costa de todo, eres mi esposa después de todo.

—¿Insinúas que ese deber debería asumirlo yo también? —preguntó ella sonriendo.

—¡No, no quise…! Bueno… tal vez si tú… Bueno, no lo sé. Supongo que sí.

—¿Y cómo lo haría? —molestó Astrid, insistiendo en mantener a raya aquella "insinuación" — ¿Cómo encuentro a Hipo Abadejo?

—Eso… no lo sé —se sinceró, pues ni siquiera él se había encontrado a sí mismo—. Supongo que ni siquiera yo me he encontrado. ¿Por qué sería diferente contigo?.

—Porque soy la persona más valiente y fuerte para cierto vikingo —dijo ella—. Me pregunto si ese vikingo algún día me contará sobre aquella carga que soporta todo el tiempo.

—Posiblemente esa persona lo haría. Si la vikinga dejara de ser tan obstinada con su idea de ir al nido.

—Tiene agallas para retarme, Hipo.

Hipo se asustó, retrocediendo leves centímetros hasta chocar contra la pared.

—Quiero decir… no… no es correcto. Ya sabes, sería muy… muy irresponsable de mi parte incumplir el trato. Por favor… Astrid —pidió Hipo—. Además, acabas de salir de tu recuperación. Si algo te pasara, jamás me lo perdonaría.

—¿Sabes qué es lo más deplorable que un vikingo puede sentir? —cuestionó fría.

Hipo negó con la cabeza.

—Saber que puedes pelear y aún así no hacer nada. Estás atándome de pies y manos con tu incompetente decisión. ¿Qué se supone que haga ahora? Perdí todo.

—¿Y qué hay de Heather? Astrid si vas, ella…

—Heather estará bien. Patapez la cuida muy bien.

—Me sentiré más confiado si te quedas aquí a cuidarla.

—Realmente eres el hombre más necio que he conocido. —dijo, encogiendo los hombros.

Astrid se levantó del asiento para después dirigirse hacia su cuarto.

—Buenas noches, Hipo.

—Buenas noches.

.

.

.

El penúltimo día antes de la partida pasó veloz. Y cuando las nubes se tiñeron del lacerante dorado del ocaso, el pueblo bailó, bebió y brindó; todos con sus cuernos en mano elevaron en un sonoro grito de euforia, para luego deleitarse con el fragor de sus cantos. Situaron una fogata enorme en el centro del pueblo, justo en la plaza central donde la luna los envolvía en el generoso abrazo de la noche.

Bailaron alrededor de la fogata. El alcohol empezó a hacer efecto. Los gritos aumentaron de tono, las danzas frenaron su vitoreo en una confinada cantidad de algarabía descontrolada. Estoico advirtió: dijo que controlaran sus paladares, pues el próximo día marcaría el inicio de una nueva aventura peligrosa, una donde el ebrio no tendría cabida en su navío.

El festejo continuó. La luna comenzó a palpitar y a crecer. Las estrellas callaron esa noche fría. La niebla se apoderó del cielo y la leve nieve, como un clamor, cubrió el festín en una agonía de gemidos. Sin embargo, eso no bastó para ahuyentarlos.

Hipo acomodó su postura antes de envolverse con el abrigo que había costurado para él, para su viaje a las heladas tierras del norte, aquel lugar donde el onírico anhelo del pueblo aguardaba, aquel nido que en cuatro generaciones jamás habían hallado. Suspiró. Suspiró y siguió suspirando. Su aliento se transformó en un bucle de gemidos afligidos que se camuflaban con el clima entre aquella lluvia de copos de nieve.

Pero eso no era lo peor. Desde el amanecer una sensación inquieta perturbó sus sentidos hasta corroerlo en una intensa niebla de pavor.

Definitivamente afirmó lo peor: estaba asustado. Sus manos temblaron y aunque se quiso obligar a pensar que se debía a la sinergia endeble de su cuerpo sufriendo ante la baja temperatura, no era así. Era el miedo. Miedo a morir.

Aquella osadía tan atrevida de hace días se había diluido en el ámbar de los relatos de Bocón y los demás. Esos relatos tan tenebrosos de valientes vikingos caídos en batalla, muestra de que ni aún los más fuertes eran capaces de superar la prueba de valor más tradicional. ¿De verdad los dragones eran tan fuertes? Se preguntó. ¿Eran imbatibles?. ¿Esa guerra jamás terminaría?.

Se ensimismó en esa recursividad de preguntas. Las conclusiones a las que llegó fueron las mismas de siempre. Él, por supuesto, había presenciado cuál era el verdadero poder de un dragón. Sabía también que no eran invencibles. Pero aún no se atrevía a explorar la última pregunta: la guerra.

Tal vez por el hecho de que esa idea sólo condenaría lo poco de valentía que tenía, y lo arrastraría a la pesadilla que su mente imaginaba en las noches más oscuras, esas congojas de alucinaciones donde perdía a su padre, donde perdía a Astrid y donde él era devorado por las fauces iracundas de algún gronkle.

Sacudió la cabeza y dejó de pensar en eso. Se levantó del tronco en el que estaba sentado y se retiró hacia el muelle. Vio el mar. Buscó aquello que su padre insinuó. Pero no halló nada, solo temor. Moriría mañana. Probablemente el ser realista ayudaría a que su desconsuelo se convierta en un presagio común que pronto superaría y al que ya no temería, pero no fue así. Su miedo persistía.

Corrió hacia la herrería para aliviar el frío. Estornudó un par de veces confirmando que se había resfriado. Prendió la fragua en torpes movimientos. El temblor de sus manos no cesaba y su piel la seguía sintiendo pálida. Se repitió incontables veces todo está bien, todo saldrá bien

Astrid entró pronto en la herrería. Preguntó si se encontraba bien. Él no respondió y solo se limitó a asentir con incompetencia.

—Mejor te llevo a casa. Vamos, Hipo —ella se acercó, tomando su mano, cuando se dio cuenta de lo frío que estaba—. Estás… Estás muy frío. Hipo, ¿qué pasa?. Acaso estás resfriado. Seguro te resfriaste mientras construías los barcos a altas horas de la noche ¡Nunca me escuchas! Al menos me habrías dejado ayudarte en eso.

—Tienes razón, fui muy torpe —dijo entre delirios, estaba empezando a perder el control de su cabeza—. Lo siento, Astrid. Otra vez… otra vez soy una carga para ti.

—Pues sí, lo eres. Lamentablemente acepté lidiar con esta "carga". Ven, vayamos a casa. Te cubriré con pieles y encenderé una fogata para calentarte.

—Ya estoy bien. Quiero volver a la celebración. Es el último día…

—¡Nada de volver! —lo jaló hacia la salida—. Ya hiciste demasiado… —frenó en seco mientras oía el latido frenético de su esposo—. Hipo, ¿qué tienes? Tu temperatura no es normal y tu piel está pálida. Debería llevarte con Gothi.

Hipo calló. Ocultó su rostro entre la penumbra mientras que avergonzado, pidió un favor a Astrid.

—Po… ¿Podríamos bailar?

—¿Qué tonterías dices? Te llevaré a casa.

—Por favor… solo… solo una vez más. —pidió en un ruego displicente.

Ella lo miró. Se veía abatido, sus manos aún temblaban y aún podía oír el sonoro galope de su pecho. Y por supuesto, entendió la indirecta atrevida que le quiso transmitir. Y aún en su conmoción de tristeza, ella le negó.

—Por favor.

—He dicho que no. Iremos a casa y te prepararé un caldo.

—No sabía que preparabas caldos. —fastidió él.

—Idiota.

—Solo llévame a la celebración. Si no quieres bailar, puedo hacerlo con otra persona.

Siguió negando. Se convenció que sería banal llevarlo a la celebración por cumplirle un capricho.

—Iré de todas formas.

—No. —siguió negando.

—Iré por mi cuenta.

—Sí que eres molesto. Debí pensarlo dos veces antes de firmar ese contrato. A lo mejor me casaba con alguien más sumiso. —alegó con humor.

Ambos volvieron a la fiesta, donde Hipo con bastante energía, la invitó a bailar. Ella notó la respiración abrupta y su actitud ansiosa, por lo cual aceptó.

La música los aceptó a ambos, endulzando los delirios de Hipo y llevándolo a moverse con torpeza, justo como la primera vez. Astrid no pudo evitar reírse por los pasos anómalos de este.

—Al menos hubieras practicado.

—Lo hubiera hecho si no me torturabas tanto en los entrenamientos.

Astrid pronto recordó el último día que entrenaron, trayendo mezquinos recuerdos de su discusión ese día.

—Sobre las cosas que dije…

—No hablemos de eso ahora. —pidió Hipo, apretando el agarre de su mano con la de ella.

—Siento que te debo una disculpa por las palabras que dije.

—Acepto tus disculpas —dijo Hipo sonriendo—. Aunque yo también me comporté como un idiota ese día.

—Ese día no pude enseñarte la última lección. ¿Qué te parece si te la enseño ahora?

—¿Ahora?

—Sí, ahora. —lo jaló, llevándolo fuera de la fiesta.

La pequeña candela de la magna fogata del pueblo, comenzó a desaparecer, mientras ellos se adentraban hacia el bosque.

Ambos se detuvieron cuando Hipo se sentó en un tronco pequeño.

—Reconozco este lugar. —dijo él.

—¿En serio?

—Aquí fue… aquí fue cuando me oculté de la primera redada. Los dragones escupiendo su lava, era la primera vez que lo veía, así que corrí, corrí y corrí hasta… hasta tropezar aquí. Luego me oculté detrás de este árbol. —señaló.

Hipo siguió caminando, mientras relataba historias de su estancia en el bosque. Ella sólo lo escuchó. No dijo nada. No sabía qué decir. No podía articular siquiera algún ápice de ánimos para relajarlo. Tanto él como ella sabían lo que pasaba. Esa sería su última noche y probablemente su última conversación. Y aunque Astrid todavía creía poder convencer a Hipo de quedarse y declinar de la incursión, sabía que él no aceptaría.

—¿Tienes miedo, Hipo?

—¿Bromeas? Miedo es lo que sentirán los dragones. Después de todo, me entrenaste esta semana, Astrid. Estoy listo. —trató de animar.

Astrid le dio la espalda y se sentó en otro tronco.

—¿Por qué te comportas así conmigo? —preguntó ella.

Hipo no entendió la pregunta.

—Hipo, eres muy extraño. Pero aún así, logras hacerme sonreír y logras hacerme creer que no todo está perdido. Me ayudaste con Heather y te compadeciste de mí cuando estaba herida. Y aún no logro entender por qué haces todo eso.

—Porque… fue mi culpa. Yo te arrastré hasta aquí. Y a pesar de todo… trato de compensarte. Astrid, daría todo para arreglar esto.

—Esa no es una respuesta hacia mí. Es una excusa hacia ti. No creas que no lo noté.

—¿Notar qué?

—Tu miedo. Tu miedo a morir.

—Yo no…

—Era de noche. Hacía frío. Recuerdo que mi ventana se rompió y mi padre entró rápido a mi habitación —relató Astrid—. El cuerno sonó. Mi padre me cargó y me llevó hacia abajo. Me ordenó quedarme adentro. Lo único que sentía en ese instante… fue miedo. Mis padres salieron de la casa, con armas en mano. Y yo… yo no dejaba de temblar.

—Eras solo una niña. Cuando somos pequeños sentimos…

—Hace seis años. Corrí hacia una cabaña que se estaba incendiando. Subí hasta el segundo piso para revisar que no hubiera nadie… un nadder me atacó. Y yo… sentí miedo. Lloré y grité cuando una de sus espinas casi me atraviesa. Encontré una espada cerca y a pesar de haber entrenado con mi padre, no pude hacer nada para salvar ese hogar.

—Supongo que aquel Nadder era muy fuerte.

—El punto es que, canaliza ese miedo y conviértelo en valentía. En el campo de batalla, solo sobreviven aquellos que logran vencer sus temores.

Él guardó silencio. La vibra delgada del viento acompañó la sinfonía silenciosa del desasosiego de Hipo, pero una ilusión se regocijó en su interior. Guardaría aquellos relatos de la gran Astrid, y los empacaría antes de partir. Los llevaría por siempre y convertiría aquel miedo en valentía.

—¿Listo para tu última lección? —dijo ella, emprendiendo camino hacia el interior del bosque.

Subieron la montaña. La nevada comenzó a alborotar la superficie, creando ciénagas de nieve profundas que impedían poder caminar. Además, el frío ahí arriba susurraba desquiciado ante el paso firme de los próximos jefes de Berk. Astrid soportó la ventisca, pero su esposo estaba teniendo dificultades para subir.

El cielo se desgranó en copos más enormes de nieve. Una tenue lluvia comenzó a caer, y la luna se perdió entre la neblina que parecía ser eterna ahí arriba. La sangre de Hipo se congeló; su rostro se convirtió en una lívida imagen mientras las puntas de su cabello, largo, eran recubiertas por el soberbio castigo del hielo. Su piel se erizó, sus piernas apenas podían seguir el ritmo de Astrid.

—¡¿Adónde vamos?!

—¡Ya casi llegamos! —respondió ella sin prestar atención.

—No estoy seguro de querer continuar.

Justo en ese instante, Astrid detuvo su paso. Se dio vuelta e instintivamente tomó la mano de Hipo, aludiendo que seguirán firmes ante la ventisca. Ella comenzó a jalar hacia arriba, sintiendo el peso de cargar con él.

Hipo dimitió de sus quejas mientras aliviaba la frenética avalancha de frío que lo cubría con la mano de su esposa. Minutos después llegaron a la cima. La temperatura era aún más baja. Hipo se quitó el abrigo que traía y lo envolvió entre los delgados hombros de ella.

—Creo que ya estoy mejor. Y no desearía que volvieras a resfriarte. —indicó él sonrojado.

—Eso no pasará. —respondió avergonzada—. Además, no soy yo la que venía temblando en la ladera. —se mofó.

—Si, sobre eso… Gracias. Probablemente hubiera muerto ahí. —dijo entre risas.

—Seguramente. ¿Acaso jamás caminaste en invierno?

—Solía hacerlo. Pero mi padre me asustaba con leyendas de monstruos. Decía que aquí en Berk habitaban criaturas raras y que salían de su escondite en época de invierno.

—Sí, tu padre tenía mucha imaginación en ese entonces.

—Ni me lo digas. Supongo que lo hacía para evitar que salga. Ya sabes, mucha gente desaparece en esta época.

—Eso se debe a la necedad de nuestro pueblo. No pueden entender que hacer incursiones en esta época del año es peligroso.

—Tú haces incursiones, ¿alguna vez fueron en época de invierno?.

—No como tal. Pero hace siete meses, nos quedamos sin comida y fuimos atacados por piratas al sur de la capital de Orvend. Nos quitaron nuestro mapa y no tuvimos más opción que volver a la capital.

—Sí, eso debió enojar mucho a mi padre.

—Digamos que aceptó la derrota pero no la admitió. Lamentablemente nos perdimos —siguió relatando—. Navegamos por una semana y… vimos algo.

—¿Hm?

—Era nieve. Nieve en pleno verano. Era mucha. Embarcamos en la costa más cercana y… la superficie estaba congelada. Era como si…

—… Como si nevara todo el año.

—Así es. Jamás vi algo así.

—Yo oí de mercaderes que hay una tierra donde nieva todo el año. Dicen que el sol es inexistente —decía con interés y emoción—. Una tierra donde el cielo y la neblina son eternas. Donde las estrellas apenas son avistadas pero donde se ven las auroras boreales.

Astrid notó aquel entusiasmo con el que hablaba.

—No diría que es… tan maravilloso. —frenó ella en seco.

—Es la naturaleza, my lady. La naturaleza es hermosa.

—¿Sí? Mira cómo te dejó la naturaleza —lo soltó de la mano—. Ya casi llegamos.

Hipo notó cierta tensión en su voz.

Astrid se paró al borde de una roca, donde el panorama era extenso: todo Berk se apreciaba desde aquella colina. La neblina impedía que la vista sea gratificante, pero bastaba para lo que quería mostrarle Astrid.

—Ven, quiero mostrarte algo.

Hipo se acercó lentamente, parándose a lado de ella.

—Así que me trajiste a la cima para esto. Debo admitir que es una buena vista.

—Sí, tienes razón, es una buena vista. Solía venir aquí muy seguido. Todavía subo cuando… cuando tengo miedo.

—Yo… yo ya dije que no tengo miedo. De verdad, estoy bien.

—Hipo, mira hacía abajo.

—Ya sé, todo se ve pequeño.

—Así es, todo se ve pequeño. Estás en lo más alto. No importa qué tan alto se vea algo, Hipo, siempre habrá un camino hacia aquello que deseas. Y cuando estés en lo más alto, verás todo pequeño. Tus miedos desde lo alto, siempre serán pequeños.

Hipo sonrió conmovido ante tal frase. Quería decirle gracias y quería abrazarla, y agradecerle todo lo que hizo por mantenerlo tranquilo.

—Sube siempre, Hipo. Sube más alto y más alto cada día. Suelta tus temores para volar más alto y más alto. Vuela hasta tocar la cima y protege aquello que amas.

—¿Qué pasó exactamente en esas tierras de hielo? —preguntó para calmar el ambiente.

Ella suspiró. Tomaron asiento en el borde e Hipo abrigó a Astrid con mejor posición.

—Después de llegar a aquellas tierras de hielo, perdimos dos barcos más con la espesa neblina. Ellos jamás regresaron, Hipo. Y yo… no soportaba ver aquello. Los rostros de los hijos al saber que sus padres no regresarían, era una escena que congeló mi corazón.

—Lo siento. No debí preguntar. No era mi intención…

—No te preocupes. Sé que no lo hiciste con malas intenciones —suspiró—. La naturaleza es hermosa, pero cuando la conoces extensamente, puede ser siniestra y destructiva. Así que ten cuidado con eso. Hay leyes, Hipo. Leyes de la naturaleza que no deben ser rotas. Tu padre maneja un discurso muy inspirador, pero él mismo conoce las limitaciones de aquello a lo que no podemos romper.

—¿Y qué es exactamente eso?

—Solo… no hagas nada extraño. Recuerda todo lo que te enseñé y nunca pierdas la cabeza. Y lo más importante: siempre cree en ti mismo.

—Gracias por todo, Astrid. Te debo mucho.

Ella negó.

—Solo prométeme que todo saldrá bien y que regresarás a salvo.Pero ten cuidado con lo que prometes. Solo... Solo si estás seguro de regresar, prométemelo.

—Lo prometo. —dijo con determinación.

.

.

.

El cuerno que resonó fue impío y voraz. Astrid trató de taparse los oídos con la almohada pero la embestida sonora seguía insistiendo sin detenerse. Bufó con pesadez antes de tirar la almohada y levantarse.

Vio el cielo desde su ventana, desposeído de cualquier rasgo nocturno. Probablemente ya era casi mediodía, pensó. Y aún sabiendo que Bocón la regañaría por llegar tarde a la fragua, deseó seguir descansando unos minutos más.

Entró en cuenta del arduo trabajo que hacía Hipo en la fragua. Y, sin embargo, eso de reparar espadas y afilarlas, no era su estirpe. Además que Bocón era bastante inconsciente y la llenaba de mucho trabajo inherente a su respectivo horario.

De verdad añoraba la vuelta de Hipo lo más pronto posible. Suspiró al pensar en eso. Ya habían transcurrido dos semanas desde la embarcación en búsqueda del nido y no había tenido novedades.

El cuerno volvió a sonar.

Fue entonces que Astrid entendió lo que significaba.

Habían vuelto. La incursión hacia el nido había terminado y los barcos habían regresado.

Se vistió rápido para después salir corriendo hacia el muelle, donde avizoró a una gran cantidad de personas, posiblemente recibiendo a sus seres queridos.

El sonoro grito de alegría de algunos niños, saltando hacia los brazos de sus padres, implicó que las lágrimas contenidas se dispararan en una solemne bienvenida, pero… no fue así para todos.

El contraste odioso de la realidad, golpeó sin conmoción a aquellos que no hallaron resguardo en siquiera un saludo hacia la persona que esperaban. La penuria no sucumbió ante la algarabía y se potenció en aquellos gritos de dolor y en esas lágrimas pavorosas de tristeza absoluta.

Astrid buscó a su padre con la mirada, porque a pesar del rencor que él le tenía, aún ella lo amaba. Era su padre y aún daría su vida por él. Recordó viejos tiempos en los que ella solía esperarlo siempre. No esperaba volver a pasar por eso. Sin embargo, inconsciente también buscaba a su esposo. No halló a ninguno.

Los dos barcos que regresaron quedaron vacíos después de algunos segundos. Ella se desesperó y no halló consuelo en su madre que le repetía que todo saldría bien. Y cuando preguntó a un guardia, este le dio un fugaz haz de esperanza.

—Hay algunos heridos en la bodega del barco.

Astrid corrió hacia el barco. Cruzó por la escotilla y buscó a su padre. Lo halló tumbado de costado. Un suspiro de alivio llegó a su ser.

Sin embargo, Hipo no estaba. Reanudó su búsqueda pero no lo encontró. Se dirigió hacia el otro barco donde posiblemente estaría, pero antes de llegar a la cubierta del barco, se cruzó con el jefe.

La mirada de desazón y el ademán de negación fue suficiente para que Astrid comprendiera que Hipo había muerto en batalla. Él no regresaría jamás. Él había roto su promesa.