Capítulo 10
Designio mentiroso - Parte 1
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Estoico decidió alejarse de aquella, para él, insípida despedida de sus guerreros. Tal vez se debía al retrato de antaño que todavía lo atormentaba cada vez que recordaba a Valka. No lo sabía, y no quería saberlo. Se paró en la proa para vencer sobre aquellos sentimientos tan austeros. Ojeó el vaivén suntuoso de aquel tumbazón sosegado del mar.
Sí, definitivamente las aguas estaban felices. Esperaba que el furtivo susurro del mar lo acompañase en su odisea para que aquella faena saliera tan satisfactoria como en tiempos remotos.
El mar golpeó casi contra sus botas lo que ocasionó que se alejara un poco del borde. Y cuando el torreón de nieve lo embistió, se abrigó con una capa.
—Jefe, tenemos todo listo para partir.
—Bien. Alerta a todos. Partimos de inmediato.
—Sí, jefe.
Las olas se abrumaron ante los delirios de las familias que aún no presagiaban buenas sensaciones de esa incursión tan intrépida. Algunos niños todavía abrazaban a sus padres, lloriqueando y rogando que no partieran. Pero tanto llantos como súplicas fueron ignoradas ante la decisión rotunda del jefe de Berk, que no tenía intenciones de cancelar aquel viaje. Habían llegado tan lejos como para dimitir solo por el llanto de algunos timoratos que no comprendían la verdadera esencia del folclore vikingo. Aún no. Pero algún día lo harían, pensaba Estoico.
—Es hora, Astrid. —dijo Hipo, con voz pesada.
Astrid suspiró como en sentido de queja, tratando, inconscientemente, de reclamarle sobre ese viaje tan peligroso. Pero sabía que era inútil seguir insistiendo con sus inquietudes. Y solo esperaba que el entrenamiento que le había dado a Hipo, fuera suficiente para hacerlo sobrevivir. Pero adentro, muy al fondo de su ser, sabía que el entrenamiento no bastaría para suplir las exigencias rígidas de aquella incursión genocida.
—Solo... recuerda lo que te enseñé. —pidió ella, dándole una palmada en el brazo.
—Eso haré.
De inmediato, Hipo notó cómo aquel optimismo hipócrita de ella se desvanecía en un desván profundo de oscuridad. Ella irguió su torso para tratar de ocultar su pesadumbre y transmitirle confianza; no quería verse desdichada, eso seguramente pondría a Hipo de mal humor, pensaba.
—¿Algún último consejo, maestra? —inquirió, intentando alargar la conversación.
El llamado de Estoico volvió a estrujar el muelle. Los últimos abrazos y besos se suscitaron entre los nativos. La ventisca intensificó la nevada ahuyentando displicentes lágrimas de aquellas parejas jóvenes y de aquellos hijos que se quedarían solos hasta el retorno heroico de sus padres.
—Ten —estrechó ella una manta—. Tal vez los dragones puedan matarte en cuestión de segundos, pero el frío lo hace lentamente. Si se quedan varados en alguna isla, procura buscar calor corporal con tus camaradas.
—Eso suena vergonzoso.
—Solo hazlo. —dijo tajante.
—¡Sí! Lo haré. Y... gracias por todo, Astrid.
Ambos se quedaron parados, frente a frente, mientras oían el tumulto de pasos de los que ya abordaban los barcos. Podían escuchar el terso y blando desplomamiento de nieve ante los botines de cuero de los guerreros, que marchaban hacia la lucha fúnebre en la que Hipo se había enfrascado por un compromiso pomposo.
Se quedaron viéndose. El no podía desviar la mirada por más que trataba; sucumbiendo ante la belleza excepcional pero delicada, de esa mujer tan rústica. Por otro lado, Astrid esperaba algún verso más de su parte. Y mientras la nieve empezaba a cubrirles el rostro, el último llamado de Estoico resonó.
Astrid no supo si fue la niebla o su imaginación la que confundieron sus sentidos y opacaron sus ojos, pues vio a Hipo tratando de gesticular algo. Y cuando esperó algo más, no llegó. Él se dio media vuelta y con un trote ligero, se empezó a alejar hacia el barco.
Los navíos fueron abordados. Los vikingos posaron en sus respectivos lugares mientras, aún, agitaban la mano para despedirse de aquellos infaustos del muelle que también repetían la acción. Ese, probablemente, sería el último gesto físico que verían algunos de sus seres amados.
Astrid no asimiló rápido la realidad. Continuó mirando hacia el mar, como aguardando que Hipo regresase para decirle lo que había dejado pendiente, o tal vez para pedirle más consejos, o decir alguna concurrencia sarcástica. Pero no llegó. La sensación de diluvio perduró en su pecho los siguientes minutos. Y ni siquiera aquella ventisca gélida, era capaz de despertarla.
El sentimiento de incuria la espantó. ¿Qué era ese sentimiento tan deslucido que la había llevado a perder la noción?, se preguntó.
Los minutos pasaron y cuando los barcos ya estaban cruzando la periferia, reaccionó. Suspiró antes de darse media vuelta para después ir hacia la cabaña de Gothi. Pero la sensación extraña que hace momentos la dejó en trance, la dejó pensando.
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Hipo respiró duro mientras se apoyaba en el respaldo del estribor. Deseó albergar la tristeza en suposiciones endebles de esperanza. Sabía que la posibilidad de regresar vivo era minúscula. Y aún así, quería calmar a su sentido común de haber dejado las cosas inconclusas con Astrid.
Había visto su mirada y quería sacarla del castigo emocional que ella sentía, pero lamentablemente para él, no pudo cumplir su propósito. Recordó que intentó abrir la boca para decirle que todo estaría bien, que cumpliría su promesa y regresaría a salvo. No fue así. No dijo nada. Se separó de ella y cuando regresó del trance, ya estaba a bordo.
Todo fue rápido para él, pero seguramente se arrepentiría por no haberle dicho al menos adiós. No había dejado un mensaje, ni siquiera una carta para poder decirle gracias. Y esa tortura, probablemente, lo castigaría y lo obligaría a volver con vida. Sí, eso. Él volvería con vida y cumpliría su promesa. Lo haría.
Cuando el muelle ya era distante, refugió su aflicción en el dictado de nieve que caía en silencio. Vio el barco de su padre adelante, justo en la punta del grupo de barcos que andaban en formación diamante. Se preguntó si los barcos de primera línea se enfrentarían a los dragones primero, pues el mar era extenso y probablemente los dragones no escatimarían en atacar de los cuatro puntos cardinales.
Cuando por fin asimiló la despedida, vio el balcón de la cubierta, bañada en un cántico alegre de sus camaradas que sacaron instrumentos de sus bolsos y empezaron a venerar con música y alegoría a los dioses. Hipo sonrió y se unió al regodeo musical.
—Hey, chico.
Miró de quién se trataba. Fue grata su impresión cuando vio a aquella chica. Era la misma que había interferido la masacre de Sigurd a Heather.
—Tú eres el esposo de la capitana, ¿no es así?. —interrogó para después beber un sorbo de una botella que cargaba.
Conmocionado por la pregunta, no respondió. E incluso en aquel gélido continente, sintió cómo los colores del corazón se le subieron hasta las mejillas, sumergiéndolo en una corola de vergüenza que hizo que sus temblores cesaran. Definitivamente todavía no estaba listo para afirmar que era esposo de Astrid.
—Así que eres un hombre muy tímido. Aunque, no diría hombre, más bien, un... no sé, eres tan delgado que pareces más pequeño. Sin ofender.
—Soy Hipo. —cortó.
—Mucho gusto, Hipo. Llámame Gisli. —estrecharon las manos.
A pesar del gorro que llevaba y de los revistes de nieve sobre su cabello, Hipo pudo notar que su cabello era rojizo, cosa que le pareció peculiar, pues a parte de su padre, nadie en la aldea poseía esa tonalidad excéntrica.
—¡Qué día más maravilloso! —exclamó Gisli extasiada, estirando los brazos hacia afuera.
—Sí, qué buen día. Hasta me dan ganas de pasear por el bosque con este sol veraniego. -respondió sarcástico.
—No me refiero al clima. Solo observa.
—¿Observar?
—Esto, Hipo. —dijo ella, minimalista apuntando hacia el festivo ambiente del barco.
—Sí, es maravilloso. Aunque debo confesar que jamás había vivido algo como esto. Supongo que es normal estar nervioso.
—Nervioso te pondrás cuando enfrentes a tu primer dragón. Tal vez la capitana te haya entrenado, pero aquí es otra cosa. Verás cuán maravilloso es matar a tu primer dragón. —declaró entusiasta.
—Es curioso que muestres tanto optimismo en una misión tan peligrosa. Desearía tener tu confianza.
—¿Optimismo? La verdad es que no. Sonrío porque es más fácil —alegó, sonriendo en dirección a Hipo—. Tú deberías tratar de hacerlo. Todos merecemos sonreír. ¿No lo crees?.
—Ojalá fuera tan fácil. —suspiró.
—Tus respuestas con ironía me ponen de mal humor. En serio compadezco a la capitana.
—¡Lo siento! —se disculpó apenado—. ¿Estoy siendo imprudente? La verdad es que te respeto mucho, señorita Gisli. —respondió nervioso.
—Solo bromeaba —se mofó—. Pero al menos trata de sonreír. Si te unes a las caras largas como los vikingos de allá, morirás más antes de lo esperado. —señaló a los veinte vikingos a bordo del barco.
—Pensé que solo los más fuertes sobrevivían.
—La fuerza es solo una herramienta para crear esperanza. Y mira quién viene para acá —dijo ella, fijando su vista en su compañero— ¡Hey, Jensen, ven para acá! —llamó.
Un hombre se acercó hacia ellos, suspirando y temblando por el frío.
—No fastidies, Gisli. Si es para pedirme oro nuevamente, olvídalo. —respondió el hombre.
—No, tonto. Mira con quién me encontré. Él es Hipo, el esposo de la capitana.
—Ya lo conocía. Repara mi espada a menudo. Haces un buen trabajo en la forja. Trata de no morir, si no, quién reparará mi arma.
—Gracias. —respondió Hipo cohibido, viendo las canas de aquel señor al que posiblemente le había reparado la espada. No lo sabía. Pasaban muchos por sus servicios.
—¿Le reparas la espada a este idiota? Eso es muy lamentable, incluso para ti. —lamentó ella con ironía.
—Sí, no es como si lo hiciera gratis. —respondió Hipo.
—Muy graciosa. No estamos en una incursión de seguimiento, tonta, estamos en la más peligrosa del año. Tómalo con seriedad si no quieres morir.
—Ya cálmate, viejo —lo abrazó ella del cuello—. Ya sobrevivimos un par de veces, y esta vez no será la excepción. Además, tenemos una misión que cumplir. Recuérdalo. —aludió con seriedad.
—¡Eso ya lo sé! Pero eso no significa que puedas hacer lo que te plazca. Además, no me llames viejo, que ni siquiera he cumplido mis cincuenta.
—¡Ya viejo! No seas tan amargado, o arruinarás la diversión.
—¡Qué no me llames viejo, chiquilla!
—Hey, hey chicos, ya cálmense —se acercó otro hombre, más joven que Jensen—. Escuchen, vi a Patán ebrio en el otro barco. Esta es una oportunidad para hacerle la broma que planeamos. Además, vi al jefe abordar el barco de Sigurd antes de partir. Y adivinen qué.
Todos lo miraron.
—Llevaba bolsas de pan. ¿Saben qué significa eso?.
—¿Que hurtarás la comida que se supone debe alimentarnos? —cuestionó Gisli.
—Qué te escabullirás como una rata y robarás la comida. —apoyó Jensen.
—Así es mis amigos, esta vez comeremos como nos lo merecemos. Se acabaron los días de comer patatas secas. —aludió.
—Por favor, mátenme. —se quejó Jensen.
—¿Y quién es nuestro invitado? —preguntó entusiasta.
—Él es Hipo, el esposo de la capitana.
—Así que tú eres Hipo. Mucho gusto, soy Aren. —lo saludó.
—Mucho gusto. —respondió Hipo.
—Vaya, a pesar de ser el hijo del jefe, pocas veces he cruzado contigo en la fragua. Espero no vayas a delatar nuestro secreto —dijo, acercándose a él hasta su oído—. Sería una pena dejar a la capitana viuda. Ya sabes, tan joven. Realmente quedaría abatida.
—Supongo que sí. —respondió Hipo entre risillas nerviosas, pensando que había pisado una rama que no debía.
Aren lo miró fijamente, dejando de lado aquel lado alegre para ser precavido con revelar sus planes de robo.
—Si sabes que tu esposa era bastante jovial con la comida, ¿verdad?. —insinuó Aren.
—¿Jovial, dices? —preguntó confundido.
—¡Sí! Era muy estratégica al momento de robar comida. Logramos hazañas insuperables. Degustamos los platos más gastronómicamente deliciosos gracias a su tenacidad. —relató Aren.
—Astrid... ¿robó comida? —preguntó Hipo.
—¡Por supuesto!
—No le creas. —desmintió Jensen.
—¡Tú cállate viejo amargado! —exclamó Aren.
—¡¿A quién le dices viejo amargado?! —empujó Jensen.
—¡A ti cabellos blancos! Solo mírate, con toda esa barba y cabellos opacos pareces un anciano.
—Miren quién habla, el vikingo glotón que roba comida como una rata.
—¡A mí no me dices rata, viejo!
—¡A mí me respetas, cabeza de esfinge!
Mientras ambos seguían discutiendo, Gisli reía a carcajadas.
—Ellos van a estar bien, ¿cierto?. —preguntó Hipo preocupado.
—No te preocupes, esto pasa a menudo. Solo disfrútalo. La capitana solía golpear a ambos cada vez que peleaban en medio de una misión. Solía castigarlos con lagartijas de brazo durante todo el viaje de regreso. Era divertido.
—Así que ella era muy dura con ustedes. Ya me lo imagino.
Hipo cerró los ojos. Recordó los últimos días que pasó con ella entrenando y todas las historias de ella y su tripulación.
Flashback
—Entonces... ¿vas a contarme qué ocultas en tu habitación secreta? —preguntó ella, situando su hacha en un tronco.
—¡¿Qué?! Yo...
—Tranquilo, Hipo. Es broma. A menos que de verdad ocultes algo muy siniestro. —se mofó Astrid.
Hipo suspiró relajado, pensando que era prematuro contarle sobre ello. Recogió una hoja seca que yacía tirada sobre su cabeza y empezó a jugar con ella.
—Para tu lección de mañana tal vez te enseñe a mentir.
Él se volvió a sobresaltar.
—Yo no oculto nada. Esa habitación es solo un depósito de trozos de metal que ocupa Bocón. Solo eso.
—Ya, no tienes porqué contarme.
Ambos callaron. Astrid se levantó del tronco en el que estaba sentada y empezó a recoger ramas. Por otro lado, Hipo estaba exhausto por el entrenamiento, pero aún así se levantó y empezó a ayudarla.
—¿Recoges leña para la casa? No creí que la capitana de Berk fuera una vikinga hogareña. —dijo con ironía.
—Soy muy hogareña, créeme.
—No me digas. Entonces no estaría mal que me mostrarás tus habilidades culinarias. Tal vez deberíamos empezar a almorzar en casa y evitar la comida del gran salón.
Astrid se rió fuertemente.
—Hey, hablo en serio. Digo, no estaría mal pasar más tiempo... ya sabes.
—Creo que te arrepentirías.
—¿De qué? ¿De hablar contigo? Si es eso, debo objetar, My Lady. El tiempo que paso contigo es valioso.
—No me refería a eso, tonto —indicó—. Mi comida, digamos que no es de las mejores. —reveló apenada.
Le molestaba ser modesta con sus declaraciones. Siempre quería ser excelsa en todo y el apartado culinario no le ayudaba a cumplir su meta.
—Eso puede arreglarse. Si quieres, puedo ayudarte.
—¿Acaso presumes tus artes culinarias? ¿Acaso debo suponer que eres un hombre hogareño?.
—Aunque no lo creas, yo soy muy hogareño. Es más, paso mucho tiempo en casa, de verdad.
Astrid soltó una risita.
—Oh, sí, no lo dudo, eres muy hogareño —dijo sarcástica—. El chico que se la pasa todo el día en la fragua, hablando con su amigo Patapez sobre plantas. Suena interesante. —se mofó.
—Se llama botánica, ¡botánica! Y sí, es muy... interesante —dijo molesto—. ¿Y qué me dices de ti, capitana? ¿Eres tan fuerte como murmuran?
—¿Por qué no me dejas demostrarte? A lo mejor te muestro mis habilidades hogareñas.
—Creo que prefiero vivir.
Astrid le sonrió victoriosa y continuó con su labor de recoger más leña.
—Hipo, hay una cosa que quería pedirte. —comentó.
Él supuso que se trataba de la incursión. Le había insistido tanto en dejarla ir con ellos durante los días anteriores; incluso para él, se estaba volviendo frustrante responderle lo mismo. .
—Si se trata de...
—No, no se trata de los barcos. Aunque todavía no te confíes. Quién sabe, tal vez aparezca el día de la partida y me escabulla a un barco.
—N-No lo harías. —refutó alarmado.
—¿No lo crees? Bueno, entonces esperaré un día, ¡no! Dos días. Esperaré dos días después de tu partida y luego tomaré una canoa y remaré y remaré hasta encontrarlos. Bajaré del barco y mataré al dragón que esté por devorarte. Y así, salvaré a mi esposo. Eso suena más heroico y se parece más a la Astrid que crees que soy. —ambos se miraron para luego romper en carcajadas.
—Eso es muy fantasioso. Podría suponer que has leído muchos cuentos de princesas, y eso realmente... sería curioso.
—¿Curioso? No me hagas reír, Hipo. Son solo cuentos. Tomé prestados algunos libros de Patán. Él tiene muchos de esos.
—¡¿Patán, leyendo libros?! Sí, claro.
—¡Es cierto! Aunque, no sé si lo más extraño fue verlo leyendo, o sosteniendo el libro al revés.
Ambos volvieron a reír.
—Y bueno, dime qué querías pedirme.
—Ah, sobre eso. Quería pedirte que albergaras a mi tripulación.
—¿Hm?
—Sí. Nuestro barco sufrió muchos daños en la última incursión. Y con la boda y todo lo demás, nos fue imposible repararlo —explicó—. No hay ningún problema, ¿no?.
—Bueno, podías habérmelo dicho antes. Tal vez podría repararlo.
—Eso es imposible.
Él la miró confundido.
—El roble del que está hecho, no crece en Berk.
—Qué lástima. Pero está bien, será un gusto viajar con tu tripulación. Además, me vendrá bien navegar con tu equipo.
—Sí, sobre eso, no les hagas mucho caso. Suelen ser muy ruidosos con los demás. ¡Ah! Y son muy ladrones, así que procura cuidar tus pertenencias.
—¿Dices que la gran Astrid Hofferson no pudo con ellos? —se mofó.
—Ellos... son algo especiales. —respondió ella, sonriendo levemente, como si recordara algo conmovedor.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado por su letargo.
—Lo estoy. Solo... recordaba —respondió—. Solo recuerda lo que te dije. Y por ningún motivo te interpongas en sus planes, suelen ser muy agresivos.
—¿Y eso no es bueno? Me refiero a la soberbia de un guerrero.
—Por supuesto que no —dijo agraciada—. La soberbia puede ser sana en tiempos de guerra, pero cuando es excesiva, mata cualquier talento. Ten cuidado con eso.
—Lo apuntaré en mi libreta, maestra. —dijo burlón.
—Idiota.
Fin del flashback
—Hey, Hipo. ¿Hipo? ¡Hey! ¡Despierta!
Hipo reaccionó de su letargo, encontrándose con los ojos verdes de Gisli.
—Sí, lo siento.
—No tienes porqué disculparte a cada rato —indicó ella—. Ven, tengo que presentarte a alguien más.
Ella lo guió hasta la popa, mas antes de llegar, Hipo divisó a un hombre parado en el extremo del barco. Al visualizar aquel cabello oscuro, evocó el frágil recuerdo de Astrid describiendo a su equipo.
—Él es Einar, nuestro capitán. —indicó Gisli.
—Mucho gusto, señor Einar.
El hombre se giró para mirarlos. De inmediato, bufó discretamente ante la presencia de Hipo.
—¿Es él? —preguntó soberbio.
—Sí, capitán.
—Escucha, chico, desde este momento obedecerás mis órdenes. No quiero sorpresas.
Hipo asintió mientras percibía un estirón en su pierna. Aquella voz tan áspera lo ponía nervioso. Y cuando cruzó su vista con la de él, un cosquilleo furtivo escaló por su espalda haciéndolo pasar un mal momento. Definitivamente, pensó Hipo, ese hombre se veía imponente con ese aspecto tan viril: espalda ancha pero delgado, alto, y probablemente muy hábil con el arco que colgaba en su espalda.
—Supongo que no tengo otra opción.
—La tendrías si tu decisión de cargar con nuestra tripulación hubiera sido negativa —desafió despectivo—. Trata de no ser una carga. Y haz caso a todo lo que te ordenen.
—¡Sí, señor!
Hipo relajó los hombros cuando Einar se retiró. Su pálpito sonoro disminuyó, lo que le hizo soltar leves suspiros para regular su respiración. Ese hombre sí que lograba ponerlo inquieto.
—Es el capitán del barco. Por supuesto es temporal. —alegó Gisli.
—¿Cómo?
—Tu esposa, Astrid, es nuestra capitana. Todos los que ves aquí, somos fieles a ella. Somos el equipo de Astrid.
Hipo entró en duda por contradicciones que deseaba preguntar. Y aunque sentía que le estaba dando muchas vueltas al asunto, deseaba aclarar esas preguntas pusilánimes de su cabeza.
—Una pregunta.
Gisli frunció un ojo.
—¿Einar también es parte de la tripulación de Astrid?
—¡Por supuesto! Pero... ¿por qué lo preguntas?
—Nada. Es solo que... es un guerrero muy vanagloriado en todo el Archipiélago. Astrid me habló mucho de él. Y me parece ilógico que un guerrero tan reconocido, prefiera ignorar la opción de tener una tripulación propia.
—Einar admira a la capitana. Mucho, diría yo.
Hipo no fue precavido cuando imaginó que su esposa y Einar habían tenido algo en tiempos pasados. Un espasmo inundó su estómago.
—Einar y Astrid tienen su historia —sonrió Gisli con lascivia—. Ambos lucharon y sobrevivieron juntos en la gran guerra contra los Berserkers.
—Oh, bueno, supongo que eso es... lealtad, o camaradería. Ya sabes, seguir al compañero con el que luchaste una guerra, es magnífico. Yo también lo haría.
—¿Lealtad? ¡Ja, ja, ja! —se burló, Gisli—. Yo no diría que fue por lealtad.
—Y... por si las dudas, ya sabes, solo por curiosidad, ¿ambos no...?
—¡Ja, ja, ja! —se infundió en un intenso vaivén de carcajadas—. Si la capitana no te contó eso, menos yo. ¡Además, que más da! Estás casado con ella, chico. Creí que la confianza era importante entre los recién casados.
Hipo se avergonzó. Tarde se arrepintió de su imprudencia, pues Gisli prosiguió a molestarlo durante las siguientes horas de viaje con el mismo tema. Pero aún en esa penumbra emocional, podía sentir los ojos de Einar clavados en él: despectivos y penetrantes, mezclándose en ese son invernal que acechaba a sus presas a través de la ventisca.
—Oye, Hipo, respóndeme algo. —indicó Gisli.
—Por supuesto.
—¿Qué se siente casarse?
—¿Hm?
—Tú y la capitana se comprometieron bajo un acuerdo entre sus padres. Pero aún así debiste sentir esa sensación extraña.
—Lo único que sentí fue miedo a que Astrid me matara.
—Eso no suena muy convincente. ¡Dime más!
—¿Por qué quieres saberlo? No es como si fueras a casarte. —dijo sarcástico.
Ella torció sus labios y desvió la mirada. Hipo se golpeó internamente al preguntarse si había cometido algún agravio indirecto.
—¡¿Entonces sí te obligarán a casarte?!
—¡Cállate, tonto! —le cerró la boca—. No, no van a obligarme. En realidad... puff...
—Lo siento. No quise molestarte.
—No lo hiciste. Tranquilo —le sonrió—. En realidad, mi novio me propuso matrimonio. Él es mercader y cuando me propuso casarnos, me dijo que me llevaría lejos, lejos de todo. Me dijo que iríamos a los lugares más remotos y hermosos. Lugares más allá del Archipiélago: Inglaterra, Francia, España y lugares espléndidos.
Hipo no pudo evitar emocionarse. Aquellos lugares, aquellos nombres, solo los había oído en algún que otro súbito susurro o verso de algún cuento surrealista. Aquellos reinos donde el oro y la plata eran excelsos y donde la vestimenta y comida era excéntrica. Pero aún no podía deducir qué exactamente llamaba su atención de esos designios que susurraban en su interior. Algo hacía que su pecho latiera de emoción cuando presagiaba poder viajar algún día.
—Creí que esos sitios eran solo una leyenda.
—Yo también. Pero son reales, chico. Daven... mi novio, tiene mapas reales hacia esos sitios. Es maravilloso, ¿no lo crees?.
—¡Por supuesto! Es lo más interesante que he oído —dijo embelesado—. ¿Entonces qué esperas? Digo, tienes la oportunidad de abordar un barco para conocer nuevos lugares, nuevas ciudades, nueva comida. Nuevos mundos...
—No se trata de eso, chico. Es más... emocional. No sé cómo sentirme. Tengo el privilegio de formar parte de esta tripulación, y dejar lo que he forjado en años por una boda, me parece imposible. No sé si esté lista para hacerlo.
—Entiendo.
—¿Tú cómo te sentiste? Sé que lo tuyo fue arreglado, pero... ¿estabas listo para dejar todo atrás y casarte?.
Hipo suspiró.
—No sé si estaba listo. No lo tomé como una bendición. Más bien, lo tomé como una obligación por todo el desastre que causé. Sentía que si lo hacía, hallaría tranquilidad conmigo mismo. Creo que ese pensamiento fue el decisivo para no negarme al compromiso. O eso quiero pensar.
Su insinuación desembocó en un afligido pensamiento que lo había perturbado los últimos días. En especial los días que pasó con Astrid entrenando. Se preguntaba qué habría pasado si el almacén de comida no era destruido, y si esa culpa no palpitara en su alma. ¿Hubiera aceptado casarse con ella bajo un compromiso arreglado? Íntimamente se decía que no, que si no fuera por la culpa jamás aceptaría tal banalidad caprichosa. Pero a veces, terroríficamente, pensaba que sí habría aprovechado la situación. Y eso lo asustaba.
—Eres especial, Hipo —él despertó de sus pensamientos—. Sí, me agradas. Deberías venir más seguido a las incursiones.
La sensación de algarabía lo fundió en un fausto grito interno. Era la primera vez que alguien aprobaba su actitud de alfeñique. Eso era nuevo. Todo era nuevo desde su boda con Astrid. Y todo eso le agradaba. Quería más cosas nuevas.
—¡Dragones a la vista! —advirtió un vikingo, situado en la proa del barco, avizorando con un catalejo la magma de fuego que escupían aquellos dragones a la distancia.
Gisli sonrió. Jensen dejó de luchar con Aren y desenfundó su espada en un movimiento veloz que cortó el aire. Aren se abalanzó hacia la proa y Einar descolgó el arco de su espalda y cargó una flecha, listo para tirotear.
—¡Capitán, Einar! ¡Capitán, Einar!
—Lo sé. Son dragones marinos.
—¿Dragones marinos? —inquirió Hipo despistado.
Él no recordaba con precisión las añejas páginas del libro de dragones que había leído en antaño, justo antes de su fracaso en la arena. Sin embargo, su mente evocaba los escritos adyacente a las advertencias del peligro que representaban aquellos dragones con cuello largo.
—¡Son escaldarones! —exclamó Hipo, ansioso, como si hubiera hecho un descubrimiento histórico.
—Exacto —respondió Gisli con deleite—. Mis favoritos. —sonrió perversa.
—Sí, no creo que sea una buena idea. Digo, lo nuestro no es nadar. ¿Qué pasa si destruyen nuestros barcos?
Gisli lo golpeó de la espalda haciéndolo tambalear —Tranquilo, chico. Es un juego de niños enfrentarse a estos dragones. Una vez que le agarras el gusto —retrocedió y se preparó para tomar impulso—, ¡se vuelve divertido! —corrió desenfrenada hacia la proa.
Gisli saltó del barco. Hipo se abrumó cuestionándose si aquella acción era estúpida o valerosa ante los ojos de su cultura. Se preguntó qué era aquella emoción que alegaban los rostros voraces de sus compañeros. Y en ese interludio de conmoción, un dragón atacó la parte derecha del barco.
—¡Hipo! —llamó Aren, empujándolo con ímpetu.
Hipo tronó contra el piso, recapacitando de aquel banco de preguntas que probablemente no debían suscitar en ese lugar. Respiró hondo para después castigarse por perder la concentración en media pelea.
—Levántate, muchacho. Cuida la vela trasera y asegúrate de que ningún escaldaron se acerque al timón. —ordenó Jensen.
—Espera, espera, ¿el timón?
—Sí —dijo sin importancia—. Suelen ser muy atrevidos y pícaros. Destruyen el timón para evitar que naveguemos. Cualquier idiota diría que esas bestias piensan. —se burló.
—¿Y qué tal si, sí? —dijo enigmático— Digo, ¿es tonto pensar que los dragones tienen inteligencia?
Hipo ni siquiera se dio cuenta de lo que acababa de decir. Jensen lo miró extrañado mientras desprendía la vela.
—Solo encárgate.
—¡Sí, señor!
—¡Preparen sus arcos! ¡Debemos evitar entrar en combate cuerpo a cuerpo!.
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Hipo sintió el palpitar estrepitoso de su corazón cuando aquel dragón de cuello largo, escupió fluidos calientes. Pero se sorprendió cuando vio que no escupió fuego, si no agua: Agua caliente; que quemó la cubierta hasta desintegrar la superficie de madera y crear un hoyo en él.
—Esto es malo. —se dijo.
El escaldaron no frenó ahí. Pululó su cuello largo en una danza delirante de furia hasta disparar hacia el mástil que sostenía una de las velas.
Hipo corrió y desvió el ataque hacia su escudo, que se fundió en un grito irritante que lastimó sus oídos. Retrocedió algunos pasos pero aquel dragón no le dio tregua y preparó otro ataque para rematarlo. Y cuando el disparo salió, Hipo esquivó imperiosamente el ataque.
—¡Ya son tres tiros! ¡Já, te gané! —celebró Hipo.
No obstante, su alma se estrujó en una desagradable abstinencia de tenacidad. Su respiración se cortó y sus ojos se abrieron; tanto, que sintió los leves enviones de viento. Aquel dragón, lo había engañado. Aquel dragón, había escupido solo dos cargas y su tercera había sido un desleal engaño para arrinconarlo contra el estribor. Aquel dragón, era inteligente.
—Genial.
Escupió su ataque.
Sintió escuetas gotas calientes que quemaron su frente. Y cuando esperó el castigo absoluto, abrió los ojos para ver que un escudo lo había cubierto del ataque.
—¿Todo bien?
Sé trataba de Aren, la rata.
—Definitivamente. Todo va muy bien. —dijo con sarcasmo.
—¿Te imaginas cuánta carne almacena ese dragón? —preguntó extasiado— ¡Es una locura! ¡Ya quiero comerlo!
Aren se lanzó hacia el dragón. Se balanceó en el mástil y antes de que el dragón pudiera sumergirse en el agua, Aren cortó el cuello con dos tajos sin compasión.
—¡Siiii! —celebró.
—¡Pesadilla monstruosa! —advirtió otro.
Hipo se levantó y casi se desmaya al avizorar tres pesadillas monstruosas preparando su ataque. Miró a los otros barcos y uno ya auguraba su desmoronamiento debido al ataque de los escaladarones.
—Preparen las cuerdas —ordenó Einar—. Gisli, tú y yo nos encargaremos de las pesadillas, Jensen y Aren se encargarán de salvar a todos los vikingos posibles de aquel barco. Usen las cuerdas para sacarlos y distraigan a los escaldarones con flechas.
—Sí, capitán. —dijeron todos al unísono.
—Hipo, mantente a raya y protege el timón. —ordenó con desdeño.
Hipo percibió el tono ojerizo con el que aquel hombre le hablaba. Y estaba empezando a hartarse. Definitivamente la opción de aclarar las cosas con él se volvía una opción más viable en su cabeza.
—De-de-de acuerdo.
Siguió las órdenes y se fue hasta la popa. Reparó en recoger un arco en el camino para frenar el ataque marino de los escaldarones. Colocó una flecha en la cuerda y respiró... repitió la acción una y otra vez.
Avizoró a un dragón nadando hasta el barco vecino, estaba de espalda y probablemente un buen guerrero podría derribar fácilmente a aquel monstruo. Pero él tenía dudas, y esas, perturbaron su paz hasta llevarlo a vacilar. Su dedo índice comenzó a temblar y su vista empezó a discernirse con la nieve.
Flashback
—¡Hipo, así no!
Él soltó el arco por el espasmo.
—Lo siento, Astrid.
—¡Debes tensar más la cuerda, sino tu disparo solo será una caricia para el enemigo!
—Pero...
—Por favor, Hipo, dame un respiro. Solo... deja de cuestionar lo que te ordeno. Por favor.
Suspiró duro antes de ponerse en posición de tiro. Giró su cuerpo y fijó la diana con escepticismo.
—Pero...
—¡Por Thor, Hipo! Ahí vas de nuevo.
—Es solo una pregunta.
Astrid bufó cansada y resignó posibilidades de callar a su esposo. A veces era irritante que cuestionara todo, pensaba ella.
—Está bien, ¿qué quieres?.
—Solo me preguntaba: ¿por qué tenemos que matar a los dragones? Digo, sería más práctico si solo los capturamos. Sería más útil, ¿no crees?.
—¡Eres tonto o qué! —le dio un golpecito en la nuca—. Los dragones no piensan igual que ti. Ellos no se cuestionan a la hora de matar. Solo atacan y ya. Matan sin piedad y no sienten la más mínima culpa cuando lo hacen. Ellos no se conmocionan con los niños huérfanos que lloran por sus padres muertos.
—Yo...
—¡Ellos no sufren hambruna y no saben el significado de trabajo! ¡Solo roban lo que les apetece y cuando un pueblo ya no tiene más recursos que darles, cambian de ubicación para seguir hurtando!
—Lo siento. Tienes razón. —dijo apenado.
—No lo sientas. Tu eres el hijo del jefe, Hipo. Eres mi esposo. Es tu responsabilidad seguir con la guerra. Tu padre no siempre va a estar aquí. Y solo hay dos caminos para ti: O vives siendo un mediocre encerrado en la herrería escondido como un cobarde, o mueres en el campo de batalla como el hijo de Estoico y un gran guerrero. Elige. Ahora volvamos a tu entrenamiento.
—¡Sí! —exclamó airado.
Hipo prosiguió a ponerse en posición de tiro.
—Respira... respira... respira... respira. —indicaba Astrid.
Él siguió las indicaciones al pie de la letra. Y mientras esperaba la orden para soltar el disparo, los nervios le empezaron a jugar en contra. Sintió el sudor albergado en su dedo índice y el temblor de sus hombros. Empezó a tambalear mientras su vista se distorsionada en una sequía de claridad.
—Tranquilo... —dijo ella, parándose por detrás de él—. Está bien, solo enfoca —posó sus manos sobre las de él. Y, de inmediato, el temblor cesó—. Eso. No pienses en nada más. Deja de pensar en aquello que te perturba. No dejes que eso controle tu paz.
Hipo no tuvo la oportunidad de responder. Sintió el palpitar sosegado de su pecho mientras percibía el envión funesto del viento chocando contra su mejilla. Su vista recuperó la lucidez y su respiración albergó la paz.
Sentir a Astrid cerca era realmente satisfactorio para él. Aprovechó la situación para deleitar a su olfato con el dulce aroma de ella, al mismo tiempo premió a sus manos con ese fulgurante deseo de tacto. Y aún con ese pálpito tangible de parte de ella, mantuvo la respiración relajada.
Ella se acercó más. Hipo podía sentir la comisura de los labios de Astrid rozando su oído. Y aún así no comprendía cómo se mantenía relajado ante tal acto de pasión discreta.
—Imagina... a tu peor enemigo, ahí en frente. Imagina al dragón que te atemoriza cada noche —murmulló, acariciando las manos de Hipo—. Piensa que está ahí, parado frente a ti. —indicó, mientras se distraía asaltando las pecas del rostro de su esposo. Era hasta lindo para ella verlo desde ese ángulo.
Por otro lado, Hipo meditaba la orden. ¿Aquello que lo atemorizaba? ¿Cuál sería? Pensó. Pero de inmediato, avizoró a esa bestia: Oscura como la noche, rápida como el rayo y misteriosa como el silencio; el furia nocturna.
—¿Lo ves?
—Lo veo.
—¿Puedes matarlo?
Hipo se hizo la misma pregunta varias veces durante los últimos años. ¿Era capaz de matarlo?. Meditó unos segundos. Pronto, llegó a la conclusión de que no, de que esa noche de antaño, él no hubiese matado al dragón si su tiro encontraba destino.
Pero recordó lo que le dijo Astrid hace instantes. Era un monstruo. Ese dragón era un infeliz y malévolo animal, pensó. Era un ladrón, un asesino y un cobarde que se ocultaba bajo las faldas de la noche para no ser pillado. Sí, ese zángano merecía morir en sus manos. Había matado tanta gente, quemado muchas cabañas y destruido familias enteras. Y él, lo mataría, aquí y ahora.
Lo vio, parado frente a él.
—¿Listo? —susurró ella, muy cerca de su oído.
Hipo asintió.
—¡Ahora!
El tiro salió disparado.
Fin del flashback
Abrió los ojos para centrarse en enfocar. Fijó su objetivo mientras tensaba más la cuerda. Reguló su respiración hasta hallar el salto de tranquilidad que requería. Y cuando estuvo listo, soltó la flecha.
El arpón viajó rápido hasta la columna de aquel dragón que estaba de espaldas. Debido a su posición reversa, no pudo esquivar el ataque y soltó un grito quejumbroso de dolor.
—Lo hice... Yo... lo logré. ¡Sí! De verdad lo logré. ¡Lo hice, lo hice, lo hice! —festejó.
Su pomposo festejo no llegó lejos, pues vio tres escaldarones acercándose a su barco. Giró hacia la derecha para solicitar apoyo, pero se encontró con el perturbante escenario de tres pesadillas monstruosas atacando las velas.
Decidió ir a ayudar.
Sin embargo, lo que vio fue un recital impecable de disciplina y fuerza. Jensen y Aren derribaron a dos escaladarones en pleno mar, maniobrando el punto ciego de aquellos dragones hasta marearlos y noquearlos. Por otro lado, Einar disparó cuatro flechas en distintas direcciones y las cuatro acertaron en el pecho de los pesadillas.
—Impresionante. —dijo Hipo sorprendido.
Gisli luchaba en la parte derecha.
Quedó impresionado con la forma de combatir de esa intrépida tropa de guerreros. Y de algún modo, veía a Astrid; aún en una pequeña esencia, la veía plegada en ellos.
—¡Eso fue divertido! —alegó Gisli.
—La diversión no tiene cabida en la batalla. —regañó el viejo Jensen.
—No seas amargado, viejo. Celebraremos la victoria con una buena copa de hidromiel.
—¡Y con carne! ¡Sí, que sea carne de yack tostada con una buena porción de cebolla! Ya casi puedo saborearlo. —se embelesó Aren, saboreando extasiado el sabor intangible de la carne.
—Por supuesto, Aren, celebraremos con carne de yack y bebida fresca. Hey, Hipo, ven para acá. —llamó Gisli.
—Lo siento por no haber ayudado. —dijo apenado.
—¿Bromeas? Vimos cómo derribaste a ese dragón. ¡Fue una locura! Pocos arqueros son precisos.
—Debes ser más ágil al disparar —señaló Jensen—. Pero sí, para tu primera vez estuviste bien.
—Ya eres uno de nosotros. —señaló Gisli.
El capitán Einar se retiró entre bufidos. Hipo confirmó que ese hombre había tenido algo con Astrid y que su boda con ella lo estaba fastidiando en demasía.
—Te mereces una buena porción de comida por ese acto heroico. —declaró Aren—. Mi esposa cocina patas de yack, ¡pero exquisitas! Cuando volvamos, festejaremos como se debe.
—Yo solo...
—¡Es uno de nosotros! —atenazó Gisli contra su mano, levantándola como muestra de que aquel muchacho era tan fuerte como ellos— ¡Es uno de nosotros! ¡Es uno de nosotros! ¡Es uno de nosotros!... —comenzó a corear, seguida de toda la tripulación.
Hipo percibió el palpitar de su corazón, mas no era por miedo. Ya no más. Aquella sensación tan excéntrica, suponía el inicio de una algarabía fausta que él quería mantener. Quería seguir siendo parte de esa ovación prominente.
—¡Soy uno de ustedes! ¡Lo soy! ¡Soy un vikingo!
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Notas del autor: Definitivamente no hay cabida para el descanso en la pelea, pero creo que está bien darle algo de descanso al pobre de Hipo, porque lo que le espera, es realmente malo.
Sobre el equipo de Astrid; no me gusta hacer aclaraciones fuera de la historia contextual, pero creo que debo poner las cosas en su sitio para una mejor compresión lineal.
En realidad este equipo de Astrid fue inspirado en el capítulo de carrera al borde, solo que con ciertos cambios, y, por supuesto agregando un tercer sujeto que presagia ser el rival de Hipo. Espero haber cumplido con mi meta y hayan podido empatizar algo con estos personajes. Y aclarar que Berk, al no ser liberada de la guerra, firmó varios contratos con islas para mejorar su economía, lo que ocasionó que mucha gente externa llegara para vivir a Berk al ser un punto comercial. No sé si escribí eso en un capítulo.
Por cierto, tengo pensado publicar un capítulo el miércoles próximo, y este sería el último para finalizar el primer acto. Después de eso tomaré una semana para editar capítulos anteriores y cerrar uno que otro hueco que dejé ahí.
Estén atentos porque se vienen sucesos grandes. Un saludo.
