Capítulo 11

Designio Mentiroso - Parte 2

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El mar acuñó la noche sucedida a la agonía del frío. Los golpes de agua se abnegaron a dimitir sus enviones hacia los barcos. De a poco la lluvia aletargó el navío nórdico que luchaba por escapar de la riada peligrosa.

—¡Suelten las velas! —ordenó Estoico.

—¡Ya se soltaron todo lo posible!

—¡Desenvuelvan la última vela! —gritó con prepotencia.

La tripulación, vacilando, se miró entre sí antes de refutar la orden.

—¡Estoico, la velocidad nos arrastrará sin rumbo! ¡No sabemos si nos sacará de la riada! —objetó uno de los hombres a bordo.

Estoico gruñó por la divergencia tenaz de sus hombres. Se suponía que él era el hombre a cargo y aquellos cobardes debían obedecer sus mandatos.

—¡Es una orden!

—¡Jefe, los demás barcos también luchan por cruzar la marea! ¡No somos los únicos...!

Estoico lo tomó del cuello.

—¡¿Eres tonto o qué?! ¡Nosotros somos los guías de esos barcos! ¡Somos su antorcha en la oscuridad! ¡Si no hallamos salida a esta tormenta de nieve, ellos tampoco lo harán!

Estoico, comprendiendo que la obstinación de su pueblo era el reproche irónico de su rebeldía; decidió trepar él mismo por el mástil para soltar la vela.

—¡Está loco, nos matará!

Hipo vio el barco de su padre acelerar. Y cuando escuchó el estruendo dispar del cielo disgregándose, se aferró a la manta que Astrid le había dado, con un deseo implacable de salir vivo de la tormenta.

Ya había pasado seis días desde su partida del muelle, y todavía se aferraba a la esperanza de volver vivo.

—¿Miedo? —cuestionó con sorpresa un muchacho.

Hipo se giró para verlo, y cuando el rostro de Aren se cruzó con el suyo, pudo esbozar una furtiva sonrisa, sincera y complacida de encontrar un rostro familiar en aquella agonía insondable.

—Yo sé lo que va a animarte —buscó un rato en su bolso y sacó un trozo de pan duro—: Un buen trozo de pan.

—Creo que prefiero este. —indicó Hipo, sacando uno de su morral.

—Me enteré que fuiste tú el que preparó este pan. Y debo decir que me ha parecido muy delicioso. Tus manos... —tomó las manos de Hipo— son mágicas. Son tan pequeñas pero mágicas. Definitivamente debes ser el nuevo cocinero de Berk.

—Gracias por el cumplido. —dijo sarcástico, en un quejido por el infortunio natural de sus manos. Se preguntó por qué el trato hacia él era tan ameno.

Los cantares del viento desmoronaron el movimiento de gaviotas del cielo. Y, después de la partida de Estoico y su barco hacia el más allá, los demás barcos lo siguieron, despidiendo en bandada aquel infierno marino que por poco acaba con su aventura.

Sin embargo, el rugir climático no cesó su embravecida lluvia de nieve. A causa de eso, el tumulto de vikingos volvió a berrinchar sin mesura. Mientras, los observadores buscaban alguna isla cercana para desembarcar. Pero lo único que se veía, era agua. Agua y más agua, misteriosa ante el firmamento oscuro de la noche.

Y por más que el ego corrompido que todos esos vikingos tenían en su alma, no podían negar que el miedo a ser atacados por dragones, bajo esas circunstancias, los corroía hasta hacerlos imaginar un escenario sangriento donde sólo pocos sobrevivían.

Hipo recordó la pregunta que le hizo a Astrid...

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Flashback

—No es muy común que llueva en invierno. —explicó Astrid, mirándolo fijamente.

Hipo dejó de comer de su plato y bebió un sorbo de agua para refrescar su garganta.

—Lo sé. Aunque prefiero ser precavido a la hora de luchar.

Astrid desvió la mirada hacia el libro de dragones que estaba situado sobre la mesa, mientras oía el grito del último vikingo ebrio que salía del gran salón.

—Al fin a solas. —insinuó Hipo risueño.

—Preocúpate más por aprender. —respondió ella con firmeza, picoteando con su dedo el libro.

Él asintió, para después ponerse a leer.

—¿Entonces todos los dragones le tienen miedo a la lluvia? —cuestionó.

—No. Lo que les aterra son los truenos. Es imposible que veas dragones volando en media tormenta.

—Pero y si...

Astrid lo cortó con su mirada, diciéndole que no quería oír más ocurrencias absurdas, cosa que él aceptó.

—Excepto uno —dijo ella de repente, hojeando las páginas hasta dar con su objetivo—. Este.

—¿Skrill?

Ella asintió.

—Es muy raro verlo en estas tierras. Los berserkers veneran a este dragón. Hay rumores de que intentan domarlo para convertirlo en un arma. —relató Astrid, adquiriendo, deliberadamente, un tono tenebroso para asustar a Hipo.

Él tragó saliva ante la tenue imagen que él tenía sobre ese dragón tan excéntrico.

—¿Alguna debilidad? —preguntó asustado, con voz aguda como la de un niño.

—Agua. Al estar cubierto por rayos, es propenso a recibir daño con agua. Pero...

—¿Pero?

—Es imposible derribarlo. Sabe de sus limitaciones y por eso ataca de larga distancia. —respondió ella—. En una batalla de mar abierto, le sería fácil destrozar una docena de barcos.

Hipo volvió a tragar saliva.

—¿Sabes? Creo que mejor deberíamos irnos a casa —insinuó él asustado, recogiendo su abrigo y preparándose para salir.

Astrid no pudo evitar reírse.

—Sí, qué gracioso. —dijo él con sarcasmo.

—Empieza a hacer frío. Volvamos a casa. —indicó ella, apartándose de la mesa para recoger sus cosas.

Hipo se quedó esperándola. Recogió el libro y mientras cerraba el susodicho, avizoró una página en especial...

Tenía el título, el nombre del dragón, pero el resto de la página estaba en blanco; tal y como él lo recordaba. Era él. Era el mismo dragón que había visto en antaño.

Por inercia, tomó el lápiz del comedor y empezó a esbozar líneas. Lo había visto; poco tiempo, pero en ese desliz, apreció el suntuoso y pequeño cuerpo de aquella bestia.

—¡¿Listo?! —asustó ella.

—¡Sí, por supuesto! —cerró el libro rápido.

—¿Qué mirabas?

—Solo... veía al Skrill. Todavía me pone los pelos de punta.

Ella rió con delicadeza.

—No te preocupes. Ese dragón es muy raro y pocas veces se muestra.

—Eso espero.

Ambos salieron del gran salón. La ventisca los estrujó con el frío, haciéndolos temblar.

—¿Una carrera hasta la casa? El que pierde paga la cena de mañana —dijo Astrid, para después golpear a Hipo haciéndolo resbalar—. Apresúrate o perderás. —advirtió, empezando a correr.

—¡Hey, eso es juego sucio! —se quejó.

Fin del flashback

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—¡Diablos, cuándo va a pasar esta tormenta! —se quejó Jensen.

—Tranquilo, abuelo, ya pasará. Dentro de unos días ya estarás con mami en casa. —fastidió Aren.

—Me pregunto quién desea más llegar a casa. Si tú, para tragar como una rata, o yo, para embriagarme.

—Ahora resulta que el vikingo firme y correcto es ebrio. ¡Ja, ja, ja! Aunque... tienes razón. —admitió Aren, conmovido por el cálido recuerdo de sus hijos.

—¿Ah?

—Quiero llegar a casa. Mi esposa e hijos están esperándome. Alf y Enok estaban ansiosos por venir. Les prometí llevarlos de pesca, pero rompí mi promesa debido...

—A esta incursión.

Aren no respondió.

—Es un gaje del oficio. Además, la capitana nos dio una misión.

—Sí, justamente eso me está agotando. —suspiró Jensen.

—Tú cansancio se debe a tu vejez, abuelo.

—¡Que no me llames abuelo!

—Ya, abuelo...

—¡Dragones a la vista! —advirtió el observador.

El cuerno redimió el pánico en un grito eufórico de miedo que escapó de las bocas de todo tripulante nórdico. Las espadas y hachas fueron desenvainadas mientras los arqueros trataban de visualizar a sus objetivos. El deslucido grito de guerra que Estoico soltó para animarlos, fue banal ante la terrible situación.

—Capitán —llamó Gisli—, órdenes.

—Esto se ve terrible. —admitió el capitán Einar.

—No me diga eso, capitán. ¿Cómo se supone que voy a animar a la tripulación? —se quejó Gisli, con la voz aguda como imitando a una niña—. Además, mire a Hipo, está tan asustado que parece que se desmayará en cualquier momento.

—Ni siquiera me lo menciones. Dile a todos que preparen sus arcos. Debemos evitar el combate cercano.

—Capitán, ¿cree que los dragones sobrepasen la línea del jefe?

—Lo dudo mucho. Estoico es obstinado, pero tiene certeza en sus decisiones.

—¿Entonces por qué quiere que nos preparemos para el combate? Si les digo eso, solo alarmaría a la tripulación.

—Porque partiremos hacia la línea delantera.

—¡¿Qué?! ¡No podemos hacer eso! ¡Sería muy arriesgado!

—Gisli, si hay un barco repleto de los mejores guerreros, es este. Los barcos que acompañan a Estoico, exceptuando el de Sigurd, no cuentan con guerreros fuertes. Debemos ayudar a Estoico.

—¡Pero Hipo...!

—No debería ser problema. Después de todo, Jensen, Aren y tú parecen complacidos de defender a ese chiquillo. —dijo con un tono oscuro.

—Oye, oye, no seas infantil. Te estás comportando como un verdadero idiota con él. No olvides que tenemos una misión.

—No lo he olvidado. Eso no evita que no haya olvidado quién es él. Y aún me pregunto si realmente vale la pena.

—¡Tonto! —ella lo golpeó en la mejilla.

El silencio entre ambos permaneció los siguientes segundos, mientras los gritos de adelante se expandían como la marea. Gisli suspiró, y sin tener intenciones de seguir discutiendo con Einar, obedeció la orden.

—Avisaré a la tripulación que se prepare. —informó fría, antes de retirarse.

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—Estoico, la nieve está empezando a congelar el mar. —avisó Spitelout.

—No daremos vuelta si es lo que insinúas. —declamó furibundo, mientras, obstinado, revisaba el mapa para ver dónde se encontraban exactamente.

—Haces lo mismo.

—¿Hacer qué?

—¡Pues revisas ese estúpido mapa!

—¡¿Y cómo supones que hallaré el nido sin mapa?!

—¡Pues no lo hagas! ¡Hicimos esta incursión solo para cumplir tu capricho! ¡Dejamos sin protección a nuestros hijos y pueblo solo para que el gran Estoico, se sienta satisfecho con su búsqueda insulsa! —gritó Spitelout.

—¿Insulsa? ¡Insulso es que luchemos cada noche tratando de sobrevivir! ¡Eso no es vida! ¡Trato de liberar a nuestro pueblo, ¿y tú llamas a eso insulso?!.

Spitelout rechinó los dientes, guardando su respuesta en una jaula de terquedad que para él era innecesaria. Pero seguiría insistiendo en el tema, no ahora, pero cuando llegasen a Berk pondría fin a aquella testarudez de su hermano.

—Jefe —interrumpió uno—, dragones.

—¿Dragones? ¿En plena tormenta? —cuestionó Estoico.

—Sí, jefe.

—Esto no huele bien. —dijo Spitelout.

Ambos sabían que los dragones odiaban las tormentas y preferían ocultarse en islas cercanas antes de atacar. El presagio que ambos firmaron con su cruce de miradas, preocupó al informante de manera desmedida hasta hacerlo vacilar por el miedo.

—¿Cuántos? —preguntó Spitelout.

—Muchos. Suficientes para derribar a todo nuestro ejército. —alarmó el observador.

—Toca el cuerno. Que los arqueros del barco de Sigurd cubran nuestra ala izquierda. —ordenó Estoico.

—Sí, jefe. —se retiró el joven guerrero.

—¡Es hora de dar vuelta, Estoico! O podrías lamentarlo. —desafió Spitelout.

—¿A qué te refieres?

—Hipo. Él está atrás. ¿Lo olvidaste?.

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Mientras la marea aletargaba a los barcos, un asomo de reproche divino los castigaba con aquel grupo de dragones iracundos. El caudal del océano presumió su prepotencia, elevando nuevamente su marea hasta niveles inusuales.

La lluvia de nieve seguía perdurando en esa fría noche. Los pasos fúnebres marcharon de cada barco; espadas y hachas relucieron ante las fauces voraces de aquellos monstruos. Algunos barcos envolvieron sus velas en un movimiento de frustración perturbada; y aún en su miedo de ser regañados por Estoico, no deseaban morir. No ahí.

En medio del diluvio, Estoico vio cómo algunos cobardes bajaban velas en un acto de infamia imperdonable. Pero no tuvo tiempo para siquiera regañar a esos barcos, pues en su frente, tenía las puertas del infierno aguardando su llegada.

La batalla pronto estalló en medio del océano. Estoico sabía que las fuerzas eran dispares, y más en un territorio abierto donde sus guerreros no podían movilizarse con libertad.

—¡Hay Nadders atacando a la distancia! —advirtió uno.

—¡Carguen sus arcos y derriben a esos dragones! —ordenó Estoico—. ¡Protejan la comida y alisten las cubetas de agua para apagar el fuego!

—¡Sí, jefe!

Los daños se incrementaron en los próximos minutos. Pesadillas monstruosas, Nadders, Gronckles y Cremallerus atacaban sin mesura. Y con cada trueno que caía, se alteraban más. El instinto les decía, a esos dragones, que atacaran sin piedad hasta destruir a los intrusos. No permitirían que cruzaran más allá de ese confinamiento, pues más allá, hacia el noroeste, estaba su nido y su reina.

Algunos guerreros compaginaron la idea de morir, sabiendo que caerían protegiendo en lo que creían y anhelaban: un mundo sin dragones. Un mundo donde el afán de vivir fuera natural y donde puedan embriagarse sin tener que preocuparse por una batalla nocturna. Un mundo donde puedan sembrar y comer sin limitaciones. Un mundo donde puedan ser felices...

El barco de Hipo llegó pronto para ayudar a las líneas delanteras. Hipo sintió miedo al ver la destrucción masiva que causaron aquellos dragones. Por ese instante, añoró volver a oler el perfume de las flores y sentir el armónico réquiem del viento del bosque. Sin embargo, lo único que Hipo olfateó, fue el hedor de sangre. Los gritos de sus camaradas de otros barcos, lo ensordecieron.

—¡Capitán, dragones del norte! —advirtió uno.

—¡Vienen tres del Este!

—¡Tenemos a dos del sur, capitán!

—¡Estamos rodeados!

Einar vio la situación difícil. Probablemente moriría en ese lugar junto a su tripulación. Pero lo haría luchando y cumpliendo su promesa con aquella a la que debía su vida.

—¡Preparados para el combate! —ordenó— ¡No olviden por qué están aquí! ¡Luchen hasta que no puedan caminar ni cargar su espada!

—¡Sí, capitán! —dijeron todos en un vítor.

La batalla igualó al fragor helado del invierno. Algunos gritos comenzaron a surcar y resonar. La sangre asustó a algunos, y la muerte pronto alcanzó a unos pocos. Los casquillos de dos barcos fueron reducidos a cenizas, lo que ocasionó que el hundimiento fuera inevitable.

Con eso, Hipo había visto el verdadero infierno situado frente a él. Tembló de arriba a abajo hasta quedar descontrolado. El miedo a morir hizo que reconsiderara si era buena idea seguir a bordo de ese barco. Sus tiros comenzaron a fallar, y mientras seguía insistiendo en darle a esa pesadilla monstruosa, la inquietud de acabar con su munición de flechas provocó que su respiración empezara a colapsar.

Los cuernos, los gritos y los lloriqueos solo lo desesperaron más. Ya no quería estar ahí. Deseó que un dragón lo matara de una vez para acabar con su agonía.

—¡Ayuda!

Hipo escuchó una y otra vez el clamor de sus compañeros pidiendo auxilio. Pero no pudo hacer nada para socorrer a su llamado. Eso lo frustró hasta hacerlo llorar por la impotencia.

—Lo siento... —era lo único que repetía.

Él no quería ese mundo, y no quería estar allí. No quería esa guerra.

El hielo y el fuego pronto se mezclaron en una sinergia que acabó con otros dos barcos.

Hipo preparó cuerdas para salvar a los hombres en agua, pero su deber con ese dragón aún no terminaba. Y cuando su mayor temor se hizo realidad; sus flechas se acabaron, retrocedió con miedo hasta chocar con el otro extremo del barco.

El dragón descendió hasta la cubierta. Por primera vez en su vida, Hipo vio una pesadilla monstruosa frente a él. Sus garras, sus dientes y su aliento asqueroso, todas esas cosas lo abatieron antes de siquiera comenzar la pelea.

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Flashback

—Astrid, ¿por qué no entrenamos aún con espadas? Tal vez sería más útil, ¿no lo crees?.

Astrid se levantó de su sitio y caminó hacia el cuerpo de un árbol desquebrajado.

—¿Sabes cómo fue derribado este árbol?

—Algún aliento de dragón, ¿tal vez?.

—Podría ser. ¡Pero mira, aquí! —apuntó al roble—: Son marcas de garras. Probablemente un furioso nadder estaba paseando por aquí y al intentar volar rasguñó este árbol.

—¿A qué quieres llegar? —preguntó Hipo.

—Hipo, a este dragón, le bastó, probablemente, solo un movimiento para derribar un árbol. ¿Qué crees que pasará si ese árbol eres tú?. —respondió ella regañando.

—Pero ustedes luchan cuerpo a cuerpo cuando defienden la aldea.

—Lo hacemos porque están en desventaja. Es fácil esquivar sus ataques cuando tienes espacio para moverte. Ellos son muy lentos a la hora de atacar. ¡Pero! En el océano, ellos tienen las de ganar.

—Entiendo. Entonces debo evitar entrar en combate cuerpo a cuerpo. —supuso con firmeza.

—¡Exacto! Todavía no tienes la suficiente experiencia para luchar cuerpo a cuerpo.

—Pero qué pasa si tengo a uno frente a frente.

—Deberías ser capaz de huir antes de que llegue a ti. La potencia de su fuego es más rápida cuando está más cerca. Probablemente harás incendiar el barco si no desvías el ataque.

—Comprendo.

Hipo, con sus dudas evaporadas, continuó entrenando. La posibilidad de enfrentar a un dragón cuerpo a cuerpo, hizo que una atrevida idea lo asustara. Y esperaba no tener que pasar por eso.

Mientras, Astrid se concentró en los movimientos de Hipo. Estaba orgullosa por el desempeño acelerado de su alumno con el arco. Y tenía serias sensaciones que la hicieron pensar que Hipo podría ser un gran arquero.

Y mientras luchaba, plétora, con el sueño y cansancio, dejó de mirar a Hipo como un alumno. Sintió cómo sus pestañas se desplazaron por el vigor del viento del ocaso, y cuando miró la sonrisa de Hipo, esbozada ahí en un delirio de suspiros, recordó aquello que alguna vez tuvo...

Cuando el recuerdo de hace semanas la acechó, evocó la voz de Hipo diciéndole que eran muy parecidos. Sonámbula, incendió sus labios hasta sonreír, mientras admitía la derrota de ideales ante su esposo.

Él tenía razón. Ambos eran muy similares. Esa cándida sonrisa de Hipo, tan pueril e inocente, despertaba en ella sentimientos de antaño. Esas épocas donde ella era como él: inocente y fragante; solo una niña que veía a su pueblo como la victoriosa de aquella guerra tan lastimera.

Hipo era todo aquello que ella algún día deseó ser. Astrid jamás deseó ser cruel a la hora de combatir y desde luego, jamás deseó ser insensible con los dragones. Ella, alguna vez, deseó otra cosa. Algún día deseó ser libre.

La ventisca despertó los ojos parpadeantes de ella. Se sobó los ojos hasta despertar por completo, mientras trataba de desechar los pensamientos recientes. Pero le fue imposible alejar el sentimiento, que con cada minuto a lado de ese chico, crecía en su interior.

—Haz mejorado con el arco. —dijo ella, llamando la atención de Hipo, que se giró para verla.

—La causa tiene nombre y apellido. Eres tú, maestra.

—Haces que me sienta vieja cuando me llamas así.

—Lo sé. Pero me gusta llamarte así. —reveló con insistencia.

—Entonces yo te llamaré herrero.

—¡¿Qué?! ¡Eso suena terrible! —exclamó alterado.

—Lo sé, pero me gusta. —repitió ella el verso.

Hipo la miró indiferente, cosa que no agradó a Astrid.

—¡Oye, no me mires así! ¡Tú empezaste! ¡Ten más respeto por tu maes...!

—Está bien, "maestra".

—Por Thor —se rindió Astrid-. Sí que eres un idiota, Hipo.

—Dijiste que era un gran arquero. Suena injusto que me llames idiota. —se quejó.

—Dije que habías mejorado, no que eras bueno. —respondió ella.

—Es gracias a ti, Astrid.

Hipo dejó de reír y miró fijo hacia ella.

—Podrías... ¿podrías seguir entrenándome? Digo, después de la incursión. Deseo que sigas siendo tú.

Astrid no respondió. Entre delirios, le ordenó que siga disparando, y cuando él obedeció y se dio vuelta, ella sonrió complacida mientras respondía internamente a la pregunta de Hipo.

Si sobrevives a esta incursión, probablemente no necesites más de mí, Hipo

Fin del flashback

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Había pecado en el punto más importante que Astrid le había advertido. Y ahora, con ese dragón frente a frente, podía oír el canto de los aesir y las puertas de Valhalla frente a él. ¿Acaso había llegado su hora?.

Antes de poder responder, Gisli usó la vela para balancearse hasta él. De un tirón, sacudió las cenizas de su hacha con la piel de aquel dragón que lo atenazaba.

—¿Estás bien? —preguntó preocupada—. ¡Diablos! Por poco y te matan. Y yo ni siquiera había entrado en cuenta. Lo siento, Hipo.

Hipo no respondió. Aquellos gritos seguían perforando su alma hasta hacerlo vacilar de sus decisiones, mientras se decía "Fue mi culpa".

—Fue mi culpa. —susurró.

—Hipo...

—Yo no supe... no sé. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué? ¿Qué hice? ¿Qué hice? —empezó a lloriquear.

—¿Estás bien? Si estás herido...

—¡No lo estoy!—-gritó—. ¡Quiero irme! ¡Quiero volver a casa!

—¡Oye, chico! —llamó Gisli, haciendo que Hipo se gire, pero ella lo recibió con un golpe— ¡No puedes decir tantas tonterías en medio de una batalla! ¡Y no tengas miedo, yo te protegeré! ¡Así que mantén tu trasero cerca para que pueda vigilarte!

—¡¿No lo entiendes?! ¡Fue mi culpa! ¡Esta masacre la ocasioné yo! ¡Otra vez yo! ¡Siempre yo! ¡Siempre hago mal las cosas! —exclamó llorando—. ¡A veces creo que nada vale la pena! ¡¿Qué realmente hago yo aquí?! ¡No sé! ¡Ya no sé!

—Te equivocas —dijo, tomando del mentón a Hipo para que la mire—. Siempre habrá alguien que crea en ti. Astrid lo hace. Ella cree que volverás.

—Ella...

—No la defraudes. Llora si quieres. Cúlpate si quieres. Eso no revivirá a los muertos. Eso no terminará con esta guerra. No esperes que todo cambie si tú sigues siendo el mismo llorón de siempre. —finalizó.

Hipo no reaccionó ante su delirio.

—¡Haz lo que quieras, cobarde! —dijo Gisli, decepcionada.

Pronto, ella se encargó de derribar a otros tres dragones.

Hipo vio atónito cómo se desenvolvía el equipo de Astrid a la hora de pelear. Cuando vio luchar a Gisli, quedó impresionado y creía firmemente que era tan hábil como Heather o tal vez Astrid.

La batalla que siguió fue provisional. Las sombras inquietantes de la muerte desaparecieron entre la oscuridad de la noche. Pero la sangre y el dolor brillaron ante las llamaradas de fuego. Los gritos pronto desistieron, pero la parsimonia tampoco llegó.

Estoico permaneció callado los próximos minutos. Sus ojos desprendieron ira y sus dientes musitaron oprobios desleales. Y mientras su hermano, Spitelout, se convencía de restregarle en cara sus errores, la tripulación empezó a susurrar.

El pueblo, nuevamente estaba molesto.

—Nos vamos. Volvemos a Berk. —fue lo único que dijo Estoico.

Los daños habían sido colaterales. El horror no solo había envuelto a aquellos muertos que ahora descansaban en Valhalla...

El desierto del océano, alargó la tortura de los heridos, que pronto partieron hacia las puertas de oro, sin siquiera tener la oportunidad de morir en batalla.

Y mientras los barcos navegaban rumbo a casa, todo permaneció en silencio. La brisa solo perfumaba el suplicio implacable de los Nórdicos, como amortizando el castigo de haber perdido a tantos hombres. Pero pronto esa ira, pensaban los hombres, sería liberada apenas desembarcaran en el muelle de Berk.

El amanecer llegó. Fue como un suspiro para todos. La sensación de peligro se diluyó con la noche, y el fastidio perdurante disminuyó. Sin embargo, nadie dijo nada. En ninguno de los barcos se oyó un vitoreo o un canto; todo era desolación y penumbra.

Cinco barcos. Estoico no quiso asimilarlo, pero había perdido cinco barcos en esa última batalla. Posiblemente más de cien hombres muertos y un sinfín de familias consternadas lo señalarían a él como el culpable.

Desde luego se había dado cuenta que su hijo estaba a salvo. Así que decidió refugiarse en esa benévola noticia. Al menos eso había salido bien. Al menos no perdería a su hijo.

Mientras, en el barco de Hipo, él decidió alejarse. Había permanecido las últimas horas sentado en el piso, aguardando a que el cuerno que indicaría su llegada a Berk, resonara. Solo ese sonido, ese réquiem misericordioso, atenuaría el profundo infarto de dolor que sentía por dentro. La culpa cada vez lo consumía más.

Toda esa sangre, ese vigor doloroso de sus compañeros y esos gritos, había sido su culpa. Había sido egoísta cuando planeó la incursión que trajo muerte y desdicha, y ahora ese dolor lo perseguía.

Se preguntaba si los sobrevivientes estaban enojados con su padre o con él. Él había construido los barcos y convencido al consejo para realizar la incursión.

Y aún con todo el dolor visto, no se arrepentía de haber salvado a Astrid a costa de las demás vidas. Y era justamente eso lo que oscureció su mundo, lo que hizo que las voces de los muertos reclamaran en su cabeza.

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Flashback

—¿Ya terminaste? —preguntó Hipo, viendo a Astrid despachar al último niño con un bocado de pan.

—Sí... —suspiró cansada—. Eso fue agotador.

—No sabía que te gustaban los niños. Se me hace... tierno.

—No creas que te trataré igual. —respondió risueña.

—No esperaba que lo hicieras. Además esos niños parecen ser cercanos a ti.

—Son huérfanos —respondió cortante—. Perdieron a sus padres hace un año, en una incursión.

—Lo siento. —respondió apenado.

—No lo sientas. Ellos murieron defendiendo lo que creían. Eso es ser un guerrero.

—Comprendo.

—¿Qué es la muerte para ti, Hipo?

—¿Morir?

—Sí. Te he preguntado qué piensas sobre la muerte.

—Supongo que es el final —respondió Hipo—. Digo, tiene que serlo, ¿no?. Nuestro final en este mundo. Luego... transcendemos hasta Odín.

—Es el deseo de algunos. —respondió Astrid.

—¿Y no debería ser el nuestro? Los vikingos deberíamos anhelar morir en batalla, ¿no?.

—Tal vez. Pero ten por seguro que algunos le tienen repugnancia.

—¿Por qué? —preguntó Hipo.

—Porque es la peor manera de perder a alguien. Cuando uno muere, solo te queda aceptarlo, y vivir con la impotencia de no haber podido hacer algo. Es algo común en el campo de batalla.

—Dile eso a Estoico —rió Hipo—. Prefiero morir en batalla, que vivir derrotado y sin gloria.

—¿De verdad es así? —inquirió Astrid—. ¿En serio prefieres la gloria antes que la vida?

—P-p-por supuesto. —tartamudeó.

—Una muerte así, significa que no podrás despedirte de tus seres queridos. Una muerte donde no podrás decirle adiós a tu padre o a un amigo. Una muerte tan desprevenida en batalla que nadie se esperará. ¿Quieres eso?.

—Es lo que me enseñaste, ¿no?: Morir en batalla.

Astrid sonrió con arrogancia mientras apuntaba con el arco hacia la diana.

—¿Por qué me preguntas todo eso? —cuestionó, imitando la posición de Astrid.

—Porque te mientes a ti mismo. —citó despectiva.

Hipo no entendió el cambio de actitud de Astrid.

—Dejaste de vivir hace mucho.

—Tú no sabes... lo que eso significa. —respondió Hipo.

—Sé lo que es vivir estando muerta. -respondió, soltando el disparo que dio en el blanco.

—¿Entonces fue eso lo que sentiste cuando te casaste conmigo? ¡¿Por qué no huiste?!

Astrid no esperó esa repuesta tan atrevida.

—Hipo, te estás comportando como un idiota.

—Heather dijo que tú no quisiste huir cuando tuviste la oportunidad. Dime, ¿por qué no? Si tan miserable te hizo nuestra boda.

—¡¿Entonces eres así?! ¿Acaso este el rostro de Hipo? ¿Engreído e idiota?

—¡Fuiste tú quien se metió con mi vida! No hables como si supieras de mí, Astrid. ¡No sabes nada de mí! ¡Tú y yo somos diferentes!

—Vaya ironía. Hace semanas me decías lo contrario. Realmente pensé que era buena idea intentarlo.

—¿Intentar?

—Hipo —lo tomó del cuello—. Deja de aferrarte a un deseo estúpido de muerte. Deja de compararte con los demás. Aprende de todos, pero no te compares con nadie.

—¿Entonces eso es todo? ¿Todo el discurso fue para decirme eso? —se levantó del piso enojado—. Te hubieras ahorrado saliva y simplemente me hubieras dicho que no cumplí con tus expectativas. Después de todo no me habría importado. Todos me lo dicen a menudo. —indicó, mientras recogía sus cosas para irse.

Astrid suspiró cansada. Ambos permanecieron en silencio.

Más tarde, regresaron a casa sin dirigirse la palabra. Y fue ese, el último día que ambos entrenaron.

Astrid se dio cuenta que Hipo empezaba a evitarla, excusándose en la construcción de los barcos. Y realmente no sabía cuál sería el desenlace de aquella discusión, que seguramente, volverían a tener algún día.

Fin del flashback

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Hipo quería pensar que esa discusión no traería daño a su amistad con Astrid, pero él mismo se decía iluso al pensar en ese futuro venturoso.

Entre suspiros vociferantes, se durmió aún apegado a la frazada de Astrid.

Con nostalgia, el día pasó: frío y silencioso. La oscuridad volvió a envolver la soledad mientras la tristeza aún gritaba con indiferencia.

—Hipo —llamó Gisli—. Despierta.

—¿Ya llegamos?

—No. Aún estamos a cuatro días de Berk.

—Genial. —dijo sarcástico.

—Por cierto, será mejor que te abrigues. El frío aquí parece ser más intenso.

—Sí.

Gisli se sentó a lado de Hipo. Él se mostró indiferente ante su presencia. Ante ello, Gisli se rió fuertemente hasta hacer que Hipo la mirara con enojo.

—No te sienta ponerte serio. A veces creo que la capitana tiene un problema enorme contigo a su lado.

—Gracias por el cumplido.

—Creo que debo disculparme. Pero no me arrepiento de haberte dicho todo eso.

—Definitivamente eso no ayuda.

—Lo sé. Le prometí a Astrid que te protegería. Pero no puedo protegerte de aquello que no puedo ver.

—No hagas como que te agrado.

Gisli golpeó a Hipo.

—Tonto. Sí me agradas.

—Quisiera creer en eso.

—No tengo intención de hacértelo creer. Allá tú si lo haces o no. Pero nuestra promesa con la capitana sigue vigente.

—No debería. Ya estamos camino a casa, ¿no?.

—Le prometimos a la capitana que te mantendríamos a salvo hasta regresar, y eso haremos. No te alejes, si no optaré por atarte.

—Sí, claro.

Gisli frenó antes de retirarse.

—Hay una pregunta que quiero hacerte.

—¿Cuál es?

—¿Amas a la capitana?

Hipo se tensó.

—Eso no... bueno, eso no... n-no sé.

—Tranquilo, es solo una pregunta.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tú me dijiste que te casaste por obligación. ¿Lo recuerdas?. Dijiste que no sabías si estabas listo para dejarlo todo atrás para casarte, pero los hechos demuestran que lo hiciste.

—No comprendo.

—Eres más tonto de lo que pareces. Haber, convenciste al consejo de hacer esta incursión para salvar a tu esposa. Dejaste de ser el herrero de Berk para venir al campo de batalla a dar tu vida. Entiendo que te sientas culpable, pero antes deberías ver el camino que recorriste para salvarla.

—Le debo al menos eso. Es lo único que le puedo dar.

—¿Por deuda o por amor?

-No lo sé. No quiero pensar que fue por amor. Sería... malo si fuera por amor.

—¿Por qué?

—Porque fue mi culpa que la boda sucediera. ¿Cómo te sentirías tú, si alguien es infeliz por tu culpa?.

—A mí no me metas en tus conflictos. Y ya deja de complicar todo —regañó—. Además, te recuerdo que tú y ella deben engendrar al nuevo heredero. —bromeó risueña.

—Gracias por recordármelo.

—Sí no la amas, ¿qué es en realidad lo que buscas de ella, Hipo?

—¿A qué te refieres?

—Te pregunto qué buscas. Pudiste dejarla morir en prisión. ¿Por qué? ¿Por deuda? ¿Es en verdad así?.

—Yo... supongo que... no lo sé —suspiró—. Solo... quiero estar a su lado.

Gisli se volvió a reír con vehemencia.

—Realmente eres muy tonto.

—Gracias por tomarlo con seriedad. —dijo con sarcasmo.

—Puedo ver que dudas de tus convicciones. Por Thor, ¿a quién le gustaría estar con alguien tan inseguro?.

—¡Sí sé lo que quiero!

—No, no lo sabes. Y con esa necedad no llegarás a ninguna parte.

Hipo apretó los labios.

Sin embargo, en ese instante, las nubes empezaron a discernirce. Los relámpagos dorados colisionaron con el océano.

—¡Ataque de Skrill!

Los cuernos volvieron a sonar y las armas se desenvainaron nuevamente.

Estoico se preguntó qué hacía un Skrill tan cerca de la cresta de Pirofino, a tan sólo cuatro días de Berk. Como jefe y protector de Berk, debía frenar el avance de ese dragón tan peligroso, y matarlo ahí mismo.

—¡Arcos! ¡Apunten y disparen! ¡Tiren a matar! ¡No traten de capturarlo!

—¡Sí, jefe!

Dos barcos fueron destruidos rápidamente por el dragón.

—Hipo, mantente cerca —indicó Gisli—. Ese dragón es muy peligroso, ¿cómo es que llegó hasta aquí? La isla Berserker debió detener su avance. Debe ser una broma de Loki.

—Su debilidad... —decía Hipo.

—Solo el agua. Ataca a distancia para no acercarse demasiado al océano. Debemos derribarlo pronto, o todo acabará.

—Prepararé mi arco. —indicó Hipo.

—¡Tú quédate aquí! ¡Ese dragón no es un escaldaron!

La batalla continuó por los siguientes minutos. Pero cuando aquel dragón dio señales de retirada, comenzó el infierno...

—¡Más dragones del sur!

Hipo trató de disparar, pero un ataque del dragón de rayo, que rozó su cuerpo, bastó para derribarlo y dejarlo en trance.

Cayó boca arriba. Su mente le daba vueltas y vueltas. Y mientras escuchaba el grito de Gisli preguntándole si estaba bien, pudo ser testigo de la mayor asolación de su vida...

El cielo fue invadido por más dragones de todo tipo. Y mientras oía nuevamente los gritos de sus compañeros, fue testigo del estrago que causó la llegada de aquel ser legendario...

El cielo se partió. Un rayo cortó la ventisca asoladora del invierno, e hizo temblar a todos con su magma.

—¡Furia nocturna!

Hipo se levantó del piso. Ante sus ojos, otro barco se estaba hundiendo. Mientras que la bestia, seguía ahí arriba, oculto entre las faldas de la noche, aguardando para fulminar otro barco.

Pero él se reincorporó. Alistó su arco y puso una flecha en él, para luego apuntar al Skrill que seguía causando estragos. Disparó. La flecha rozó la pierna del Skrill.

El dragón respondió con un rayo que salió disparado hacia él, y cuando vio la muerte ante sus ojos, no llegó.

Había sido Jensen. Lo había protegido con un escudo.

—Jensen, lánzalo al barco de Patán y dale órdenes para que salga de aquí. —indicó Einar.

—Sí, capitán.

—¡No puedes hacer eso! —se quejó Hipo, mientras era tomado por Jensen hasta ser lanzado al otro barco.

—Gisli, Jensen y Aren, encárguense del Skrill. Yo me reuniré con Sigurd y Estoico en el otro barco para tratar de derribar al furia nocturna.

—Sí, capitán.

Gisli y Jensen prepararon sus arcos y empezaron a disparar hacia el Skrill. Aren se encargó de derribar a los demás dragones hasta mermar el poder de ataque de aquellas bestias.

Mientras, Hipo veía con impotencia. Y con las órdenes dadas a Patán, el barco comenzó a alejarse del campo de batalla. Fue en ese instante cuando Hipo quiso ayudar a su padre y compañeros a ganar la lucha.

—¡El Skrill ha caído! —exclamó Jensen, alegre por haberlo derribado.

Hipo felicitó internamente a Gisli y Jensen. Estaba feliz de que estuvieran bien.

—¡Jensen, cuidado! —alertó Aren.

Pero fue tarde. El cielo volvió a abrirse y el disparo del cobarde oculto entre la noche, le dio a Jensen.

—¡Jensen! —gritó Gisli, acercándose a él para ver su estado.

Aren se acercó, pero cuando vio las lágrimas de Gisli resbalando, supo qué había ocurrido.

—¡Jensen! —gritó Hipo, desde lo lejos.

Hipo aprovechó la conmoción, para tomar el timón y dar media vuelta al barco.

—¡¿Qué haces idiota?! —exclamó Patán, luchando con Hipo por el control.

—¡Patán, nuestros padres pueden morir! ¡Debemos regresar! ¡Dijiste que eras un verdadero guerrero, pero ahora huyes como un cobarde!

—Pero...

—¡Muéstrales a todos que eres un auténtico guerrero!

Patán meditó un momento.

—Está bien, está bien. No seas tan ruidoso.

Patán dio vuelta al barco mientras Hipo todavía sentía la impotencia desde lejos.

Mientras en el barco:

—Gisli, debemos... Oh no.

—¿Qué pasa?

Desde el agua, el dragón de rayo salió iracundo. Disparó a diestra y siniestra al barco que lo había derribado.

—¡Aren cuidado! —advirtió Gisli, desviando el ataque de una pesadilla monstruosa.

El barco comenzó a arder. Los mástiles se desmoronaron rápidamente y la cubierta comenzó a colisionar. La tripulación empezó a saltar al agua, mientras el Skrill aún atacaba fervientemente a Aren, que esquivaba con dificultad los embistes.

—¡Gisli, salta! —dijo Aren.

—¡No te dejaré solo!

—Si yo salto, el Skrill disparará al agua y matará a toda nuestra tripulación.

—¡Pero tu hijo...!

—Él estará bien. Tienes una boda a la cual asistir, ¿lo olvidaste?. Yo estaré bien. Iré a tu boda, y espero buena comida ahí. La novia no puede llegar con su cara destrozada. Ya vete.

—Pero...

—¡Vete!

Gisli saltó del barco. Nadó sin mirar atrás.

Aren casi se desmaya al ver que el dragón dejó de atacarlo. Pero de igual forma, las llamas del barco pronto lo matarían. Y cuando vio al Skrill retirarse, sonrió llamándolo cobarde. Pero se equivocó. Aquel dragón no había huido. No. Sólo había cambiado de objetivo.

—¡Gisli! —gritó Aren.

Fue tarde. El rayo del Skrill retumbó el océano y fulminó a los yacientes ahí. La tripulación entera murió en un fenómeno eléctrico en cuestión de segundos. La sangre comenzó a teñir el mar de rojo, mientras los cuerpos de los caídos flotaban sin destino.

—¡No, Gisli! —exclamó Hipo, entrando en llanto.

Hipo saltó del barco sin previo aviso. Nadó hasta el cuerpo inerte de ella.

—¡Por favor, Gisli! ¡Por favor! ¡Por favor despierta! —rogó Hipo.

Aren vio conmovido la escena, llorando, y abrazado a la cándida esperanza de que su compañera siguiera con vida. Pero no fue así.

No perdió tiempo. Tomó un arco y apuntó hacia el Skrill.

—¡Maldito!

Pero antes de siquiera poder disparar, el ataque del furia nocturna volvió a presentarse y acabó con el último miembro del equipo de Astrid.

Aren vio su vida pasar. Vio a su esposa e hijos, llorando por su muerte, y cuando imaginó a su hijo y él compartiendo cerveza en el Valhalla, sonrió. Esperaba algún día volver a reunirse con ellos, en aquel reino de oro y belleza donde cumpliría su promesa de llevarlos a pescar.

Hipo gritó el nombre de Aren, pero fue tarde nuevamente. Otra vez tarde. Todo el equipo de Astrid a excepción de Einar; el equipo más letal de Berk, había sido aniquilado.

—¡Gisli, por favor despierta! —decía Hipo, esperando que los ojos de ella se abrieran.

"Eres especial, Hipo. Sí, me agradas. Deberías venir más seguido a las incursiones".

"Eres uno de nosotros ahora".

Hipo permaneció ahí, llorando, mientras recordaba lo bien que lo habían tratado todos ellos. Entonces, recordó lo que Astrid le había dicho:

"Una muerte así, significa que no podrás despedirte de tus seres queridos. Una muerte donde no podrás decirle adiós a tu padre o a un amigo. Una muerte tan desprevenida en batalla que nadie se esperará. ¿Quieres eso?."

No había podido siquiera despedirse de ella. Y cuando miró al cielo, el plasma del furia nocturna salió disparado hacia él...

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—Capitán Einar —llamó uno de los hombres—. Su barco...

—¿Qué pasa?

—Su barco fue destruido junto con su tripulación.

—¡Es imposible! ¿Dónde están?

—¡Einar! —llamó Sigurd—. Basta.

—Pero ellos...

—Estoico fue abatido por un ataque de Skrill. Debemos regresar rápido a Berk para sanarlo. No tenemos tiempo que perder.

—El hijo del jefe estaba en ese barco. Al menos busquemos...

—¡Fue su culpa que esto sucediera! ¡Así que regresamos! —refutó Sigurd.

—Tiene razón —dijo Spitelout—. Regresamos, Einar. Ya perdimos demasiado. ¡Alisten las velas! ¡Volvemos a Berk!

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Próximo capítulo: Cartas al Valhalla