Capítulo 12

Cartas al Valhalla

.

.

.

No sé si podría volver a mirarte, lo que hiciste fue torpe. Me pongo a pensar en qué hubiera pasado si yo los acompañaba. Esa idea me ha estado torturando últimamente, y quisiera saber si tú sentiste culpa. Tal vez compartíamos más cosas de las que nos dimos cuenta.

¿Es muy tarde para admitirlo? Quizás tú y yo nos habríamos llevado bien. Quizás tú y yo hubiéramos dirigido al pueblo hacia aquella utopía con la que sueña tu padre. Quizás tú y yo nos hubiéramos amado. Quizás tú y yo hubiésemos criado al heredero más prometedor.

Estoy segura que me recriminarías por jugar con tantas posibilidades. Pero no puedo evitarlo. No puedo ignorar la culpa que siento y la tristeza que me acecha. Quizás… es por eso que te escribo esta carta.

.

.

.

Todo Berk sucumbió a la desolación del silencio, al martirio del desconsuelo absoluto, a esa tristeza indomable y a esa amargura inconsolable.

Mayúscula fue la sorpresa cuando Estoico ni siquiera se presentó en el banquete que se celebró en honor a los caídos. Sin embargo, todos comprendieron que la pérdida de su heredero era el motivo atroz de tal comportamiento.

El funeral se llevó a cabo un día después de la llegada de los sobrevivientes. Y como en cada año, solo se preparó un barco para despedir los recuerdos y objetos de los caídos en batalla.

Bocón recitó las palabras en aquella tarde tan áspera, fría y triste. Los lloriqueos de niños y el sollozo de algunos todavía perduraban y se manifestaban en ligeros jadeos, pero fue el flechazo de fuego quien quebrantó la resistencia impávida de todos…

Las lágrimas y gritos de agonía llegaron. Los niños gimotearon sin mesura mientras algunos ocultaron su dolor tortuoso en lágrimas modestas. Berk se cubrió en el manto del silencio y la pérdida, acompañada del invierno desleal que amenazó con matar a algunos con una enfermedad febril.

.

.

.

Astrid se debatía internamente; sin comprender aún si el dolor de su corazón se debía al cándido sentimiento de amistad y respeto que sentía hacia su esposo difunto, o a la aislada insensibilidad de no volver a verlo jamás.

Pero aún en esa disputa interior, sabía que el desenlace de Hipo no había sido un porvenir de infortunio. Él lo sabía. Astrid apretó los puños y frunció el rostro, como muestra de la frustración e impotencia que tenía mientras pensaba en el deliberado acto de osadía que él había hecho por ella.

—Yo no te lo pedí.

Su duda se hizo insondable cuando halló refugio en las palabras de su padre: Murió en combate, hija.

Ella mentiría si dijera que no había hallado al menos un suspiro de alivio por aquellas palabras.

—¿Hallaste la muerte que buscabas? —preguntó al aire, mientras picoteaba la comida.

Después de terminar, se vistió y salió de la casa. A pesar de ser madrugada, los copos de nieve pronto cubrieron su cabello, desembocando leves estornudos que auguraban un resfriado no deseado en ella.

Caminó por los senderos más inhóspitos del pueblo, buscando algo que ni siquiera ella sabía. Tembló por los gritos de frío del invierno, lo que la hizo considerar si valía la pena ir a trabajar a la fragua ese día. Pero fue el monótono lamento de tristeza lo que la impulsó a ir a trabajar.

—Vamos, Astrid. Al menos alguien aquí debe intentarlo. —se dijo.

Apenas llegó a la fragua, encendió el artilugio con facilidad. Pero ingrata fue su impresión al ver el trabajo que tenía sobre el mostrador. Se arrepintió de haber hecho caso a su raciocinio, y deseó estar en casa envuelta entre sus pieles.

—Eres muy insensible, Bocón. Últimamente me has dado mucho trabajo.

—Eso te mantendrá distraída. —refutó este con pesadumbre, disfrazando un agobio profundo.

Astrid, aventurada, se atrevió a preguntarle si sentía tristeza por la muerte de su alumno. Este le asintió con firmeza y ocultó su penuria en la península discreta de sarcasmo, pero Astrid se dio cuenta de aquella desolación.

—Creo que tú necesitas estar más distraído. —dijo Astrid.

—¿Tú crees?

—Es lo que pienso.

Si había algo que Astrid debía agradecer, era la habilidad que había obtenido para afilar. Todavía era torpe con las espadas, pero creía firmemente en poder mejorar para cumplir con las exigencias en una redada.

Desde ese punto, empezó a valorar el trabajo que hacía Hipo.

—¿Cómo has estado? ¿Debo seguir insistiendo en que dejes esa casa? Ve con tu familia. En estos momentos debes…

—¿Volver con mi padre? ¡Jamás! —exclamó ella—. Esa casa… es mi único hogar ahora.

—Hipo no estaría de acuerdo en que vivas sola. Muchos bandidos entran en las casas de las mujeres solitarias.

—Puedo cuidarme sola. Además… Hipo ya no está aquí. Él no volverá.

Bocón pudo notar el quiebre de su voz en la última línea. Pero incauto, decidió seguir insistiendo en que dejara esa casa.

—Yo creía que volvería. Me dijo que volvería.

Astrid no respondió esta vez.

—Tú… ¿Creías en él también?

—No —respondió con frialdad—. Él era débil, inexperto y tonto. ¿Cómo creería en alguien así?

—¿Entonces por qué lo esperaste? ¿No fue esa su promesa?

—Él la rompió… —susurró Astrid, vulnerable ante una pregunta más—. No cumplió su parte. Y aún así…

Ambos guardaron silencio. Y a pesar de alguna que otra ocurrencia corta y sarcástica de cada uno, en toda la mañana perduró la funesta pared de pesadumbre y tristeza.

—Iré a almorzar algo. ¿Vienes conmigo?. —invitó Astrid.

—Creo que iré más tarde.

—¿Seguro?

—Sí. Por cierto, antes de irte, ¿cómo está Heather?.

Astrid torció sus labios. Bocón notó el fastidio de ella, por lo cual reparó en no insistir más con su pregunta.

—Está bien, supongo. —respondió inquieta.

—No me digas que tú y ella…

—No quiero hablar de eso —espetó punzante, mientras se abrigada—. Te veo luego.

—Hay mucho trabajo por hacer, así que apúrate.

—De acuerdo.

Astrid se paseó nuevamente por el pueblo, arropada por el placer desconocido de apreciar aquel mundo descolorido. Absorta por las formas y el caminar de la gente, disfrutó de la única compañía que apreciaba: el frío.

Cuando llegó al gran salón, percibió las miradas despectivas de la gente. Oyó los susurros infames y sintió el colapso emocional de los niños llorando.

—¡Perra, es tu culpa!

—¡Llegó la reina de Berk! ¡La reina que ni siquiera se atrevió a subir a un maldito bote!

—¡Hasta el inútil de tu esposo fue más valiente!

Ella siguió caminando hasta tomar asiento, escatimando sus respuestas a perspicaces miradas fulminantes que aún infundían miedo a sus agresores. Pero cuando fue a recoger su plato, Patapez la empujó con el hombro hasta derribarla.

—¡Si tienes algún problema, dímelo ahora! —gritó ella, altercando la parsimonia mentirosa del gran salón.

—Y todavía lo preguntas. Eres igual de asquerosa que las amanitas muscarias.

—¿Amani qué?

—Amanita muscaria —explicó, relajando drásticamente su tono de voz—. Es un hongo que crece en las partes bajas. Además posee propiedades… no importa —volvió a tornarse agresivo—. El punto es que es venenosa, fea y cabezona como tú.

—Genial, acabas de compararme con una planta y usar tres insultos diferentes. Muy maduro de tu parte. Si no te molesta, deseo comer tranquila. Muévete. —amenazó ella.

—Es un hongo, ¡un hongo! No una planta

—Es lo mismo. Muévete de una vez.

—Ya no te tengo miedo. Después de ver el monstruo que eres yo… ¡No me golpees! —se protegió cuando ella gestó en golpearlo.

—No fastidies.

Patapez se recompuso y siguió con su provocación. Astrid no respondió esta vez, pues conocía el motivo de aquel repudio tan intrépido. Ella lo había visto llorar con sutileza el día del funeral, y supo por rumores que él la culpaba de la muerte de Hipo.

—¿Oíste? —oyó un susurro a su detrás, mientras comía.

—¿Qué? —respondió la voz de su amiga, supuso Astrid, que no se atrevió a girar para encararlas.

—La tripulación de Astrid fue asesinada.

—Oí algo al respecto.

—Se dice que ella planeó su asesinato.

—¿De verdad?

—Sí. Dicen que sobornó a su padre y a Sigurd para mandar el barco en el que iban adelante para que sea atacado fácilmente.

—Pero Hipo también iba en ese barco. Eso quiere decir que…

—Sí, que ella mató a Hipo para quedarse con el puesto de jefa.

Abismada en el devaneo de su comida, ignoró los comentarios de aquellas muchachas. El temor de caer en rumores estrepitosos no significó un castigo para ella, pero sí sentía que estaba pagando por la impericia de Hipo; por aquella decisión incompetente de no haberla permitido subir al bote.

Cuando la noche aterrizó, el desencanto desapareció y los murmullos callaron. Para Astrid fue un alivio no tener que lidiar más con eso, al menos lo que restaba del día.

Aprovechó para ir a visitar a su mamá. Decepcionante fue su visita cuando lo único que escuchó durante la cena fue el desdeño y desprecio de su madre hacia Hipo.

—Cada día te odio más Hipo. —se dijo Astrid de forma sarcástica.

Cuando regresó a su casa, la soledad la ofendió aún más. La frustración la golpeó más duro esta vez y ligeras lágrimas por fin sofocaron su disfraz. Se recostó sobre el sillón y lloriqueó en silencio, como temiendo a que alguien la viera.

A pesar del desamparo, pensó en cómo aplacar esa inquietud, así que salió nuevamente de la casa y corrió colina arriba hasta la cabaña de la anciana.

El recibimiento fue indistinto de las veces anteriores. Ese diminuto gesto hizo que Astrid sintiera que todavía existía alguien en ese pueblo que no la detestaba.

"¿Inquietud?"

—Siempre te me adelantas, Gothi.

"¿A qué se debe? "

—No estaría aquí si lo supiera.

"¿Sientes culpa?"

—Siento ira… impotencia y tristeza.

"¿El motivo es la pérdida de tu esposo? "

—Hasta cierto punto. Estas semanas me convencí de que volvería. No lo puedo negar, me sentí… decepcionada cuando no regresó.

"¿Lo sigues esperando?"

—Cómo se puede esperar a alguien que ya está muerto.

"Eso mismo te pregunto yo a ti."

Astrid meditó su respuesta.

—Supongo que sigo confiando en su promesa.

"Tal vez sea hora de dejarlo ir. Podrías intentar con una funeral propio. "

—El funeral ya se hizo ayer.

"... Uno propio. Uno donde puedas despedirte de él… "

Nunca nos dijimos adiós, pensó Astrid.

—¿Decirle adiós?

"Sí"

—No sé si él me escuche.

"Siempre hay formas de comunicarse con alguien."

—Lo pensaré.

.

.

.

Si lo pienso bien, los últimos días han sido terribles. He empezado a odiarte, ¿sabes?. Tú muerte trajo desdicha a mi vida, trajo ese desprecio por el que luchaste. Por eso, me pregunto si lo que hiciste valió la pena.

Además, mi madre no hace otra cosa que hablar de ti y de tus defectos. Patapez y el pueblo me tildan de cobarde y débil por no haberlos acompañado a la incursión. Tu padre ha comenzado a distanciarse de sus labores y Sigurd ha comenzado a tomar fuerza en el consejo.

Todo… se trata de ti.

La herrería se siente vacía, al menos es lo que dice Bocón, que no ha parado de lamentarse, lo único que hace es embriagarse. Curioso, ¿no lo crees?. Tu padre parece ir por el mismo rumbo.

Todo… por tu culpa.

Quizás sueno egoísta y solo quiero que mi madre me escuche más en vez de hablar de ti, pero no puedo evitar sentir repulsión hacia ti. No puedo dejar de pensar en que todo hubiera sido diferente si solo me hubieras dejado subir al barco.

Definitivamente te odio, Hipo.

.

.

.

Estoico lamentó la pérdida de su hijo, pero fue la propuesta de Astrid sobre el funeral lo que lo llevó a dudar de su firmeza. Sus conversaciones con ella habían sido cortas y vacías los últimos días, pero la voz de ella sugiriendo tal demanda, fue la que acabó atenuando su agonía de culpa.

—No podemos seguir con esto, Estoico.

Él despertó de su letargo.

—Hablas como si yo hubiera matado a nuestros hombres. —refutó Estoico.

—Pues lo estoy empezando a creer. —dijo Sigurd.

—Recuérdame quién apoyó a Hipo en su propuesta, Sigurd. —espetó Spitelout con arrogancia.

Sigurd rió fuertemente.

—Fue la prioridad de encontrar el nido lo que me hizo apoyarlo. Me sorprende que tú, Spitelout, hayas sido tan flexible ante la decisión.

—¡No soy flexible! —exclamó Spitelout—. ¡Fue tu apoyo! ¡Fue tu estúpida influencia sobre el pueblo la que nos llevó a la ruina!

—No vengas a hacerte la víctima. Tú, eres tan responsable como yo y Estoico.

Estoico siguió oyendo el cruce de palabras de ambos hombres del consejo. Sus pensamientos pronto volvieron al recuerdo pálido de su hijo y a la promesa incumplida con su esposa. Trató de sofocar aquella melancolía con un trago, pero el áspero sabor dulce solo empeoró su depresión.

Con el lúgubre pesar de su corazón, compuso canciones y las cantó entre murmullos y tarareos extasiados. Los dos hombres sentados a su lado, dejaron de discutir para lamentarse ante el estado de pesadumbre del jefe de Berk.

—Genial, lo que faltaba.

—No es momento de embriagarse, Estoico. —reprendió Spitelout.

—Ahora tenemos un moribundo y un borracho en el consejo.

—Axel vivirá, no desmoralices nuestra relación.

—Oh, por supuesto que vivirá. Pero… ¿sabes cuál es el desfallecer de un pescador? —preguntó Sigurd.

—¿Su caña?

—La paciencia, imbécil. Y cuando un pescador pierde la paciencia, pierde a sus peces, no hay forma de que vuelva a pescar. Axel perdió a su tripulación, el viejo ahora se dedicará a la granja. —se mofó Sigurd.

—Eso no es posible. Es un Hofferson.

—Es lo que se merece esa familia de fanfarrones.

—Escuché que la tripulación de Astrid también fue asesinada. Era el barco en el que iba Hipo.

—Vaya bromita de los dioses —carcajeó Sigurd—. No vendría mal recrear la escena en una obra de teatro —dijo entre risas, viendo a Estoico dormido—. ¡Apuesto que el idiota sufrió mucho! ¡Ja, ja, ja! ¡Con solo imaginar el rostro de agonía…!

El júbilo de Sigurd se detuvo cuando el intruso que empujó la puerta se abrió paso hasta los presentes.

—¿Quién te crees que eres? No puedes…

—¡Un barco, señor! —interrumpió—. ¡Un pequeño barco acaba de zarpar desde el muelle!

Los dos hombres se vieron, tratando de hallar una respuesta a esa incursión prohibida.

—¡¿Quién fue el infeliz que se atrevió a robar un barco?! —exclamó Spitelout, despertando a Estoico.

—Logramos ver a tres personas a bordo: Heather, Patapez y… Astrid.

Estoico palideció.

—¡Preparen dos barcos de búsqueda y traigan a esos traidores aquí! ¡Nadie huye de Berk con nuestros barcos, nadie! —exclamó Spitelout.

—Espera…

—¿Qué pasa, Estoico? —cuestionó Sigurd.

—Sería arriesgado perseguirlos. ¡No sabemos hacia dónde se dirigen! ¡Una persecución acelerada podría concluir en un ataque de de dragones en medio del océano! ¡Ya perdimos muchos hombres! ¡No perderemos más!

—¿Insinúas que dejarás que esos traidores huyan con nuestro barco?

—¡No insinuó nada! Te ordeno que no lo hagas. Es mi última palabra.

.

.

.

Aquel día no tomé la decisión correcta. Me dejé convencer contigo y confié ciegamente en tu promesa. Fui tonta, pero eso me ayudó a entender que las cosas contigo funcionaban así.

¿Confianza? Me pediste confiar en ti. ¿Promesa? La misma que rompiste.

¿Despedida? Lo que nunca hicimos.

Esa pequeña lección me ayudó a comprender que no podía confiar en mis amigos y compañeros, pero mis miedos y mis dudas me demostraron que tampoco podía confiar en mí.

¿En quién confiar cuando lo único que te queda son los recuerdos de cuando fuiste una heroína? ¿En quién confiar cuando lo único por lo que luchaste muere? ¿En quién confiar cuando tus sueños fueron aplastados?

¿En quién?

Confié en mi esposo. Confié en ti. Recordé las palabras que me dijiste en nuestra boda y, a pesar de que las palabras hayan sido falsas, confié en el hombre que me entregó su vida. Confié porque me parecía justo hacerlo, para pagarte todo lo que hiciste por mí.

No esperes un agradecimiento más de mi parte. Esta es la última vez.

Y aún después de pagarte, sigo dudando de mis sentimientos.

Es por eso que, concluí que la única manera de responder a mi duda, era subiéndome al barco…

.

.

.

Las olas esculpidas bramaron al pequeño barco que luchaba contra la sed asesina del océano. El colapso de las olas desmoronándose y el maullido iracundo de la ventisca de nieve, hicieron que los tripulantes dudaran de continuar.

Astrid subió hasta el mástil y ató la vela para reducir la velocidad.

—¡¿Qué crees que haces?! —preguntó Patapez despectivo, mientras se sostenía de uno de los bordes para no caerse.

—¡Debemos ser precavidos! ¡Hay un cruce de aire muy fuerte! ¡Agradece que te estoy salvando la vida!

—¡Eso no es muy lógico! ¡La tormenta nos arrastrará hasta matarnos!

—¡Entonces toma tú el mando y sácanos de aquí, chico listo! —vociferó ella.

—¡Lo haría si al menos me dieras la oportunidad! ¡Has estado actuando como si fueras la líder, pero no es así! ¡No eres mi líder!

—Y me siento afortunada de no serlo. Sería irritante lidiar con un llorón como tú. —respondió ella, generando un gesto intranquilo en Patapez.

—¡Debe ser irritante para Bocón lidiar contigo! —Astrid respingó, premeditando las siguientes palabras que diría Patapez—. Ya sabes, me refiero a tener que lidiar con la capitana fracasada. Oh, perdón, debería decir ex capitana.

—¡¿Cómo me llamaste?!

—¡Fracasada!

Astrid se abalanzó hacia él, derribando su cuerpo con movimientos veloces. Patapez giró sobre sí para deshacerse de ella, pero cuando recibió una patada en su rostro, empezó a recordar por qué le tenía tanto miedo a Astrid.

—¡Chicos, basta! —les gritó Heather— ¡Ambos se están comportando como idiotas!

—Dile eso a tu amiguito. Ha estado fastidiándome desde que partimos.

—¡Y con mucha razón lo he hecho! ¡Has sido inservible hasta ahora! ¡Tus habilidades de capitana y guerrera nos trajeron a esta tormenta! Sí, muy bien hecho, Astrid.

—Muchas gracias por repetirlo, Patapez —respondió Astrid con ironía—. Lamento no cumplir con tus expectativas, es decir, debiste contratar un mejor navegante, ¿no?.

—¡Con Heather bastaba para cumplir esta misión!

—¡¿Misión?! ¡¿Misión?! ¡Estamos confiando en una carta que podría ser una broma! —Astrid respiró al ver que estaba perdiendo el control—. Por Thor, qué hacemos aquí. Debí estar loca al confiar en ustedes.

—¿Ahora yo soy la culpable? —preguntó Heather fastidiada.

—¡Claro que no! No quise decir eso.

—¡¿Lo ves? Te dije que era mala idea decirle! —regañó Patapez.

—Y ahora tú también me culpas —acusó Heather—. Debo recordarte Patapez, que tus habilidades de mapas no están siendo muy eficientes. La carta dice claramente que sigamos el norte hasta…

—Pero si le dije a Astrid, ve al norte, ¡ve al norte! Pero ella no me hizo caso.

—¿Ahora soy la culpable de tu incompetencia? No es mi culpa que no distingas entre norte y sur, cabeza de yak. —desafió Astrid.

—¡Cabeza redonda!

—¡Chicos, basta!

—Oh, ¿el jovencito quiere ir al norte? ¡Pues vamos al norte! —Astrid soltó las velas nuevamente.

—¡Chicos…!

—¡¿Qué haces, tonta?! ¡Nos matarás!

—¡Vuelve a insultarme y juro que te lanzaré al mar!

—¡Chicos!

—¡Te lo digo porque lo eres! ¡Tonta, tonta, tonta!

—¡Espero que disfrutes tu estadía con los peces! —empujó Astrid, haciendo trastabillar a Patapez.

—¡Chicos!

—¡Qué! —respondieron ambos al unísono.

Heather apuntó hacia atrás con su mentón, advirtiendo el inexorable peligro que venía hacia ellos.

—Barcos de Berk… —se espantó Patapez, quien sorprendido, casi se desmaya.

—No es posible. ¿Cómo…? —se preguntaba Heather.

—Einar. —respondió Astrid, seca.

—¡¿Le dijiste a Einar?! —reclamó Heather enojada.

—No creí que me traicionaría.

—¡Oye, ¿qué te sucede?! ¡Arriesgué mi trasero para avisarte sobre la carta, ¿y tú se lo dices a tu ex novio?! —reprendió Heather.

—¡Él no es mi ex novio! ¿De dónde sacas eso? —se defendió Astrid, alterada por tal acusación.

—No creas que no me enteré de tu relación con él en la guerra contra los Berserkers.

—¡No tuve nada con él!

—¡Al menos sé sincera conmigo una vez en la vida, Astrid!

—¡Siempre fui sincera contigo!

—¡¿Cuántas mentiras más dirás?!

—¡Que no te estoy mintiendo!

—¡Sé que lo haces!

—¿A eso se debe tu indiferencia hacia mí? —preguntó súbitamente, Astrid.

—¿Cuál indiferencia?

—¡Y todavía lo preguntas! —dijo Astrid ofendida—. ¡Me has tratado como basura los días que fui a visitarte! ¡Preferías tener a Patapez cerca, ¿lo olvidaste?!

—Eso… no fue lo que tú crees.

—¡Ahora me ocultas cosas!

—¡Como si tú no lo hicieras!

—Chicas, no quiero intervenir, pero… —interrumpió Patapez, quien estaba absorto de la discusión.

—¡Cállate! —gritaron ambas a Patapez.

—Lo último que necesito es un sermón de tu parte —alegó Heather—. Y sí, te he mantenido alejada porque no quería verte. ¡No fuiste tú a la que golpearon y escupieron! ¡No fuiste tú la que pasó días en ese calabozo sin comida y agua! ¡No fuiste tú la que se quedó postrada en una cama pensando en el futuro que le esperaba a la chica que todo el pueblo odia! ¡Así que sí, Astrid, te quiero lejos de mi vida!

Astrid, sorprendida, torció sus labios y con un tono sombrío, se atrevió a responder.

—Yo no fui la que vino a buscarte.

—Lo sé, fue mi error. Debí hacerle caso a Patapez e ignorar la estúpida vocecita de mi cabeza. Pero… creí que te interesaría saber de Hipo. Creí que te interesaría salvarlo.

—Tal vez tengas razón. Tal vez no debiste hablar conmigo. Tal vez yo también te quiera lejos de mi vida. Tal vez tú y yo no debimos conocernos. —alegó Astrid, soltando ligeras lágrimas que se camuflaron entre ese vaivén de nieve.

—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.

El tiempo hizo caso al silencio. Ambas continuaron mirándose, perplejas, engreídas y soberbias, como si una esperara que la otra sucumbiera a la altivez de la otra; ignorando el avance brusco de los dos barcos que venían tras ellas para castigarlas.

Patapez intentó romper el delgado muro de afasia, pero las miradas desafiantes y el sosiego nocivo que ambas desprendían hicieron que él temiera.

El rayo que estrujó el agua ensordeció al trío de tripulantes, despertando del letargo apático a ambas vikingas, que no se atrevieron a mirarse otra vez.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Heather, divisando el panorama desesperanzador que tenían encima— ¡Se están acercando! —volvió a gritar.

—¡Lo sé, no tienes que repetirlo! —respondió Astrid, tratando de equilibrar su cuerpo ante el meneo vehemente del agua.

Ante el baile aventurado de la ventisca, el barco trastabilló ligeramente, haciendo que Patapez tropezara e impactara contra el estribor hasta caer al agua.

—¡Patapez! —llamó Heather, alarmada. Dejó de sostenerse del mástil y corrió hasta los bordes para ver si su amigo estaba cerca.

Astrid no se atrevió a llamarla. Avergonzada y preocupada, trató de ralentizar el avance ocioso del barco, pero cuando vio a uno de los buques enormes acercándose peligrosamente, soltó nuevamente las velas.

—¡¿Qué haces?!

—Te salvo la vida.

—¡Pero Patapez…!

Antes de poder responder, la voz incisiva, áspera y cavernosa de aquel hombre la llamó por su nombre.

—¡Astrid, ya no tienes escapatoria! —exclamó Sigurd, satisfecho al ver el rostro de incertidumbre de su víctima—. ¡Para el barco o lo derribaremos!

—¡Eso no pasará!

—¡Como tú quieras! —dijo agresivo—. ¡Derríbenlo! —ordenó, pero los hombres a bordo hicieron caso omiso a la orden. —¡Dije que lo derribaran!

—Pero señor… el jefe Estoico nos castigará.

—¡Yo estoy a cargo de esta misión, y te ordeno que lo derribes!

—Señor, esta misión fue su decisión, sin la aprobación del jefe. Y si matamos a Astrid…

Sigurd desenvainó su espada y la atravesó al rebelde, para después lanzarlo hacia el mar.

—¡¿Alguien más desea ir en contra de los deseos del consejo?! —nadie puso oposición—. ¡Derriben ese barco, ahora!

Los diez hombres a bordo, prepararon sus arcos con presteza y empezaron a disparar sin mesura el pequeño barco de Astrid y Heather con flechas de fuego. El otro barco los alcanzó pronto, expectante del corsario sangriento que se libraba en pleno océano.

Astrid trató de desviar las flechas, pero cuando dos alcanzaron a perforar la superficie de su barco, su optimismo y osadía comenzó a flaquear hasta convertirse en esbozos de miedo que la perduraron hasta que su vela fue derretida por el fuego.

Con la candela impetuosa consumiendo los tablones del pequeño barco, Astrid supo que debía saltar. Y sin más opción que claudicar al deseo de Sigurd, lo hizo. Pronto, fue capturada por los impávidos guerreros, a los que alguna vez llamó compañeros.

Sigurd se le acercó, con aquel semblante arrogante y firme, con aquella reputación tan excelsa, con aquel aliento tan asqueroso, con esa confianza tan absurda y delirante; y le habló:

—¿Huir de Berk? Ni siquiera yo me lo hubiera imaginado. Tus declaraciones sobre matar a Hipo y huir de la boda no eran sin sentido después de todo. Así que dime, ¿por qué?

—Eso no te incumbe. —espetó despectiva.

—Por supuesto que me incumbe, perra. Te salvé la vida, ¿y así es como me pagas?. Tus actos dañarán nuevamente mi honor.

—¡Yo no te debo nada! ¡Tú me metiste en el hoyo!

Sigurd sonrió.

—Veo que el muertito no te dijo la verdad, ¿me equivoco?

—¿Qué verdad?

—Él me pidió que convenciera al pueblo de ir a la incursión. No creías que su discurso bastó para motivar a todos a una redada suicida, ¿verdad?.

Astrid se mantuvo firme, pero dentro de ella la pregunta del por qué retumbó su alma.

—¡Me debes la vida, Astrid! Y ahora cobraré la deuda, matándote —apuntó su espada hacia ella—. Poético, ¿no lo crees?. Marido y mujer morirán por mi mano.

—¿Acaso tú…?

—¡No lo maté directamente, pero fue divertido desviar la atención del Skril hacia su barco! ¡Fue divertido ver cómo ese dragón hacía pedazos a tu tripulación!

—Eres un traidor.

—No olvides que tú también lo eres.

—¡Maldito! ¿Cómo pudiste…? —se quebró Astrid.

—¡Hora de que te reúnas con él en Valhalla! —Sigurd atacó, accionando que Astrid esquivara el primer ataque.

Los tripulantes quisieron intervenir, pero Sigurd insistió en que sería una pelea justa.

Astrid sacó dos cuchillos de sus botas y embistió contra él, quién cauto, colisionó su espada contra el cruce ligero de los cuchillos. Astrid se alejó rápido y pateó al estómago. Sigurd predijo los movimientos y, con rapidez, logró derribar a Astrid, desprendiéndola de sus armas, dejándola indefensa al embate agresivo con el que la empujó hasta el borde.

Astrid intentó nuevamente hacerle frente, pero la agilidad y fuerza de aquel hombre eran desmedidos. Ella volvió a ser acorralada contra la punta de la popa, y aún con su deseo infructuoso de venganza, no pudo contrarrestar los asaltos de Sigurd.

—¿Sabes qué es lo más placentero de matar? Ver el rostro de miedo de la víctima. Pero lo más importante… ver su espíritu quebrado, ver que es incapaz de vencerme.

—¡No te tengo miedo!

—Te mostraré que sí.

Sigurd esquivó el golpe impulsivo de Astrid y devolvió dos golpes veloces que impactaron en el rostro engreído de ella. Astrid trató de recomponerse, pero fue jalada del cabello hasta impactar con el suelo, ahí recibió una patada en su pierna.

—Eres muy escurridiza —dijo, para después pisotear varias veces la pierna de Astrid, mientras ella soltaba gritos de dolor—. ¡Todavía no veo ese miedo en tus ojos! ¡Juro que quebraré tu espíritu!

Ella intentó pararse, pero le fue inútil. Sintió el calvario denigrante de dolor en su pierna derecha. Incapaz de pararse, mordió el talón de Sigurd, haciéndolo chillar del dolor. Ella aprovechó el desconcierto y jaló de sus rodillas hasta hacerlo caer.

Sigurd predijo las intenciones y se alejó gateando de ella, para después patearla con su taco. Se puso de pie y sonrió victorioso, preparando el filo de su espada para estocar el golpe final.

Astrid retrocedió, perdiendo aquella osadía de hace instantes. Mientras lo hacía, mientras veía cómo ese ser repugnante se le acercaba, aquel sentimiento de angustia e impotencia, de tormento y pesar, llegó. Tenía miedo. Vio el rostro de Sigurd complacido, feliz de oreja a oreja. Fue en ese instante donde nuevamente se dio cuenta que no estaba en condiciones de hacerle frente.

Aquella sensación ya la había sentido hace semanas, ese día donde la humilló por primera vez, donde la aplacó con facilidad hasta hacerla pedazos.

.

.

.

Noté vulnerable aquello en lo que creías.

Fue incorrecto haber aceptado tu promesa. Jamás debiste hacerlo, Hipo.

Te lo advertí, te advertí que no lo hicieras, y aún así me juraste regresar.

Realmente me entristece que me hayas mentido. Otra razón más para odiarte.

Deseo que hayas hallado eso por lo que te esforzaste tanto, de verdad anhelo que sí.

Me enoja, que ese día no nos hayamos dicho adiós. Otra razón más para odiarte.

Pensé en varias formas de decirte adiós: mientras entrenábamos, mientras cenábamos, mientras bailábamos y mientras peleábamos. Pero fue inútil cargar con esa responsabilidad. Y cuando imagino el día en que partiste, me dan ganas de golpearte por no ser tú quien lo dijera. Grave error Abadejo, grave error.

Todo el tema de tu muerte, me hizo pensar en mi muerte también. Mi padre me dijo que moriste en batalla, tal y como lo anhelaste.

Siento curiosidad, y no sé si vayas a responderme, pero… ¿pudiste despedirte de tus seres amados? ¿Pudiste decirle adiós a aquellos que apreciabas? Y si es así, significa que yo no fui importante para ti, porque jamás nos dijimos adiós.

Yo no sé si moriré pronto, lo más probable es que sí. No sé cuánto más pueda soportarme el consejo. Pero sí sé algo. No quiero morir como tú.

No quiero morir sin decirle adiós a mis padres.

No quiero morir sin decirte adiós. No quiero. En esta carta, planeo hacerlo.

Así que… ¿te parece que te dé una última lección? ¿No te molestaría si retuerzo tu vida unos segundos más? ¿No te molestaría escucharme una vez más?

.

.

.

—¡¡Ataque de dragones!!

Sigurd se alejó rápido para enfrentar la amenaza.

—¡Preparen sus arcos!

Los dos barcos fueron arrastrados por la fuerza de la corriente hasta colisionar entre sí. Heather y Patapez, quieres habían sido capturados por el otro barco, aprovecharon la situación para liberarse.

—Patapez, cárgala.

—Sí.

—No creas que te agradeceré. —dijo Astrid, agotada.

—De todos modos no lo esperaba. Sí que te dio una paliza.

—Cállate.

—Patapez, ven conmigo.

Heather aprovechó la conmoción para derribar a varios hombres y lanzarlos hacia el océano.

—Patapez, el timón.

—Bien, ¿qué hago?

—¡Sacarnos de aquí!

—Pero hay todavía cuatro hombres a bordo.

—¡Yo me hago cargo de ellos!

Heather corrió hasta el primero y cuando vio que una pesadilla estaba a punto de escupir su ataque, lo empujó con fuerza hasta su otro compañero. El dragón atacó y ocasionó que los hombres corrieran hacia Heather, donde ella los derribó.

—Dos menos.

El tercero se dio cuenta del conflicto y trató de hacerle frente a Heather, pero Astrid lo derribó desde el piso con unas cadenas.

Pronto apareció Sigurd, frente a ella.

—No sabes cuánto he esperado esta oportunidad. —dijo Heather.

—La huérfana vuelve a desafiarme. Qué atrevido.

Heather atacó desenfrenada con su hacha, pero gracias al desconcierto mental, Sigurd la sometió por detrás, ahorcándola sin mesura. Ella empezó a perder la conciencia,

El desbarajuste llegó cuando Astrid golpeó a Sigurd con la cadena y lo hizo tambalear. El despiadado tardó en recomponerse, mientras Heather tosía vehementemente para recuperar el aliento.

Astrid retrocedió ante la amenaza de Sigurd, que se acercaba furioso hacia ella, pero Heather atacó primero, desviando la atención del incauto. Astrid volvió a aprovechar y lo hizo tropezar con las cadenas. Ya en el suelo, él se le montó encima, pero Heather encestó un corte certero en la pierna de este, haciéndolo gritar del dolor.

Astrid aprovechó para desenfundar su cuchilla e intentar clavarla en algún punto vital, pero con presteza, él se recompuso y empujó a Heather hasta la borda, donde casi es derribada.

Antes de que Sigurd pusiera rozar la satisfacción de la victoria, Astrid giró sobre sus manos y con ambas piernas derribó a Sigurd en un movimiento acrobático. Heather aprovechó el golpe y con la cadena empezó a estrangular a su rival. Sigurd retrocedió con ímpetu hacia atrás, con la intención de botar al agua a Heather, pero Astrid logró impulsar su cuerpo hasta él y empujarlo hacia el agua.

Astrid y Heather sonrieron victoriosas y chocaron sus antebrazos como muestra del respeto mutuo, pero cuando se dieron cuenta de su acto, torcieron sus sonrisas.

.

.

.

Aunque… no quiero hacerlo aún. No quiero decirte adiós aún.

.

.

.

El placer se había convertido en tormenta, en aquel despiste marino tan vasto y desconocido. Los ecos de incertidumbre y temor hicieron que nuevamente los tres tripulantes sintieran turbación.

Mientras Astrid trataba de regular la vela, la ventisca trataba de arrastrarlos nuevamente. La nevasca pronto cubrió todo como una obertura de desconsuelo, que premeditaba un desenlace fatal y trágico.

—¡Tenemos que salir de aquí!

—Me vendría bien algo de ayuda. —respondió Astrid, luchando para regular la vela que era arrastrada por el viento.

—Dime que al menos sabes dónde estamos.

—Probablemente lejos del Archipiélago.

Las olas se volvieron a elevar, encrespando el suntuoso piélago. El barco tambaleó mientras era arrastrado nuevamente. Y en aquel paraíso de desasosiego, el navío fue guiado por el intermitente clamor del océano; sin rumbo racional, náufrago y destruido.

Sin embargo, Astrid, antes de perder la conciencia, pudo observar la figura feroz de una criatura extraña, una criatura con forma d humano pero con piel de dragón… Sus ojos se apagaron cuando impactaron con una ola, y el último ruido que escuchó, fue el grito despavorido de Patapez pidiendo auxilio y el rugido despiadado de un dragón.

Entre sollozos y gemidos, despertó del trance surrealista. Lo primero que hizo antes de abrir sus ojos fue examinar el terreno. Estaba boca arriba y sus manos rozaron la áspera arena en la que estaba tumbada. El vaivén de las olas lograron que su corazón dejara de latir frenéticamente, y aplacaron los pensamientos austeros.

Su vista se mezcló con el cáliz del atardecer. Eso hizo que sus ojos se esforzaran.

—Estoy en tierra. —se dijo.

Lo siguiente que oyó fue a Heather arrastrándose por la arena. Dirigió su vista hacia ella y vio que estaba comprobando si Patapez estaba vivo.

—¡Patapez! ¡Patapez!

Heather suspiró cuando escuchó el latido de su amigo.

—¿Cómo llegamos hasta aquí? No había tierra cerca. Además… —decía Heather.

—Lo sé.

—Habían dragones, Astrid, en plena tormenta. Tal vez los rumores de que han aprendido a volar en tormentas sean ciertos.

—No deberíamos preocuparnos por eso ahora.

—Cielos, sí que eres arrogante.

—¿Perdón?

—¡Dije que eras arrogante, sorda!

Astrid se paró y quiso emprender rumbo a ella para golpearla, pero sintió el sofocante dolor de su brazo y su pierna herida.

—¡Por Thor! ¡No tenemos provisiones ni agua! ¡Estamos barbados en tierras desconocidas! ¡Y lo peor, no tenemos barco! —se quejó Heather.

—Quédate a chillar aquí. Yo iré a ver qué encuentro por ahí.

Mientras Astrid se retiraba del lugar, adentrándose al bosque, el grito plausible de Heather hizo que mirara hacia atrás, donde sus ojos se horrorizaron.

—¡Astrid! —Heather se encontraba acorralada por tres dragones tipo Nadder.

—¡Corre!

Astrid se interpuso entre los tres dragones y Heather, pero las bestias formaron un triángulo para acorralarlas.

—¿Qué hacemos?

—Pelear si es necesario.

—¿Sin armas?

—Oh, ¿tienes algún arma por ahí? ¡Por supuesto que no! Deja de llorar.

—¡No estoy llorando, tonta!

—¿Tonta? ¿Tonta? ¡Esta tonta te salvó la vida?

—Ay, qué tierno —dijo sarcástica—. ¿Debería agradecerte, jefa Astrid?

—Deberías.

Antes de que Heather respondiera, la efigie de un ser deforme aterrizó. Astrid recordó haber visto a ese ser antes de caer en ese trance. Sus ojos estudiaron los movimientos furtivos y extraños de ese ser, como esperando la oportunidad para matarla.

Ambas guardaron silencio mientras ese extraño ser examinaba a Patapez.

—¡Qué haces!

El ser miró a Heather, ella se asustó al ver el rostro repugnante que tenía, pues su piel era de un dragón, pincelado con manchas fosforescentes y retoques pomposos en lo que parecía ser un casco, pero tenía cuerpo de humano.

El suelo nuevamente suscitó un baile de sombras indecorosas que venían desde el cielo, desde aquel crepúsculo suspicaz.

Era un dragón, un dragón muy extraño que ellas jamás habían visto. Este bajó con cuidado, mientras meneaba la cabeza.

El ser con piel de dragón, montó sobre ella, dejando preguntas a las dos vikingas, pero Astrid apreció que en su dorso, llevaba algo. La sombra que reflejaba la arena, bailó con la respiración palpitante del dragón, y cuando la bestia arrojó el cuerpo de un joven hacia la arena, el retumbar ocasionó que Astrid y Heather reaccionar.

El ser con piel de dragón, dirigió su vista hacia el muchacho inconsciente que acababa de tirar, se quedó ahí, mirándolo por un momento. Astrid sintió el latir inverosímil de aquel ser, de aquel monstruo, sentía como si esa cosa estuviera viendo con cariño al muchacho.

Astrid apreció la figura delgada de aquel muchacho, y cuando la bestia salió disparada al cielo, Astrid corrió hasta él para verificar si aquella esperanza que la había traído hasta ahí, se hacía realidad.

.

.

.

Es por eso que, quiero volver a verte, Hipo.

.

.

.

—Astrid, es él. Es Hipo.