Los personajes no me pertenecen son de Kishimoto, yo solo los tome prestado con el fin del entretenimiento.
Hola mis queridos lectores ¿Cómo están, tanto tiempo? Espero que bien yo… Yo estoy fusilada. Por lo general las presentaciones y despedidas es lo primero que hago a la hora de escribir, pero esta vez opte por armar todo el capítulo y hablar con ustedes al final.
Gran error ¡pésimo error! Estoy con las neuronas quemadas, justo ahora hay algunas haciéndome cortocircuito de tal manera que ya se me erizo todo el pelo.
No sé qué decirles, tampoco creo que algo coherente salga, pero si puedo afirmar que les entrego, lagrimas, sudor y esfuerzo.
15.028 PALABRAS
42 HOJAS
Este es el resultado ¿bueno? ¿Malo? Como siempre digo, la última palabra la tienen ustedes, asi que ¡Disfruten de la lectura!
NOTA…
Este capítulo puede desencadenar mucosidad y lágrimas ¡Están advertidos dattabane!
Summary: Él era un shinobi con una vista privilegiada, líder de uno de los clanes más fuertes de Konoha. Ella, la ex jinchuriki del zorro de nueve colas, invocadora de jutsus de sellado únicos en su clase.
¿Podría un simple resfriado, ganarles?
¡Claro que no!
…
O es creyeron hasta que se encontraron.
La princesa Uzumaki tendría ¡No uno! Sino dos ¡Dos! Valientes y totalmente diferentes niñeros. ¿Qué puede salir mal? ¡No le darás de comer eso a mi nieta! ¡¿Tú nieta?! Ella es mía dattabane y está a mi cargo.
…
…
…
Introducción.
Kushina se levantó y arrastro los pies hasta la cocina. Le ardían los ojos pero su orgullo la impulso a tomar aire e ignorarlo. No lo logro, toda emoción broto de ella en un penoso suspiro tembloroso. Aun estando sola podía oír la lucha entre su voz y la de él.
Dos adversarios, intercambiando comentarios mordaces, ácidos y añejos.
Doloroso… Dolor, herida que nació del sentimiento más hermoso. Amor, amor y desesperación porque veía ante sus ojos la pérdida de su amigo. ¡Impotencia! porque sabía que sus gritos solo quedaban en eso, un ruido sordo, porque Hiashi no la escuchaba ¡Él no la escuchaba!
Y todo eso ¡Todo eso! y de más, sensaciones que no podía poner en palabras, ni tampoco encasillar. Pero no lloro, Kushina no lloro, no porque no quisiera ni porque no le doliera, sino porque ya lo había hecho en el pasado y de nada había servido.
¿Por qué esperar otro resultado? ¿Por qué seguir intentando? Se equivocó ¡Se equivocó! Fallo.
Ella fallo…
Fue ingenua al creer que el Ogro era el Ogro en esencia, que con el nacimiento de sus nietos, la unión de ambas familias, él había cambiado. Pero no ¡No! el pestilente veneno del líder del Souke se adhería al corazón de su rival, lo enfriaba, endurecía… Lo castigaba.
¡Hiashi Hyuga se castigaba!
Aun hoy se castigaba… Por sus errores hacia su hermano, hijas y sobrino. Por ella, sobre todo por ella, él jamás dejaría de torturarse.
Mutilaba su corazón, se desangraba porque creía que era lo correcto, lo justo. Él no se lo dijo, pero Kushina lo vio con solo decir ese nombre en voz alta.
Hana…
El amor de su vida.
Hana.
El nombre prohibido.
Hana…
La creadora del líder del Souke.
–Estúpido. ¡Estúpido Ogro, dattabane! –escupió mordaz entre dientes.
Él no lo veía porque todo el amor y deseo que la mujer había despertado, el Ogro lo volvía pena. Transformaba ese sentimiento genuino en dolor. Dolor, agonía, culpa y todo ello… en justicia.
La Justicia era constante y perpetua, porque él lo permitía. A su condena le entregaba la vida ¿la razón? Juventud, ingenuidad, prepotencia; amor. Mucho amor.
Por eso Hiashi Hyuga no era capaz de encontrar paz ni perdón...
…
…
Capítulo dedicado a mi bella y siempre fiel lectora "Kaoru-sakura" por su cumpleaños. Espero lo pases genial en tu dia bella y disfrutes de este regalo adelantado
…
…
Dos niñeros, una nieta
IV
Parte I
Kushina cerró los ojos, no quería pensar, necesitaba dejar de hacerlo, encontrar el interruptor y por un segundo olvidar todo. Así que se movió y abrió una de las estanterías. Sonrió agridulce al notar, detrás de la vajilla, un pequeño círculo naranja. Hinata volvía a recordarle, sin quererlo, cuanto ella se parecía a Minato. Y no, no eran los modales, ni el temple sereno que servía de bálsamo para los genes Uzumaki. Tampoco esa sonrisa suave y amor cálido, con la que ella y su hijo se arropaban, no. Hinata y Minato escondían el ramen tras una gran pila de platos, para que tanto un Uzumaki como el otro no se pasaran comiéndolo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
Pero…
–Creo que por hoy, podrás perdonarme Hinata-chan. –tomo el pote y teniendo cuidado de no tirar nada, cerró el estante y miro hacia la cocina.
La pequeña olla que Hiashi uso, ahora se le deslizaban pequeñas gotas de agua; la había lavado. En pleno caos, el Hyuga había podido mantener el orden y Kushina no sabía cómo sentirse al respecto, así que solo sonrió, mitad desganada mitad divertida.
Prendió la hornalla, lleno de agua la olla y puso los fideos. Ahora solo había que esperar.
Miro hacia la sala, no pudo evitarlo. Fue más por reflejo, esperando que él se asomara, pero no; estaba sola.
"–Prepárale la cena.
Ella solo asintió, mientras lo veía tomar la dirección a las escaleras.
–Y Uzumaki, cuando termines retírate. No quiero verte, me encargare de ella yo solo. –y con paso calmo comenzó a subir los escalones".
–No voy a disculparme, no esperes que lo haga, dattabane. –miro y su fachada de enojo se disipo tan rápido como apareció.
La sala seguía vacía.
Bajo la cabeza y se apoyó contra la mesada. Se restregó el rostro, para disipar el sueño o tal vez para atraerlo.
Mucho mejor sería dormir; mucho mejor sería no pensar. Pero no podía; aun olía el hedor de las gachas de arroz impregnado en el ambiente y en el tacho de basura estaban a la vista los pedazos de cerámica. ¡Encastrada en el plástico! donde Hinata ponía los platos mojados reposaba una cuchara de madera húmeda. El balde, el trapo mojado y el secador, todo en una esquina.
No podía olvidarlo; jamás pudo hacerlo. Ese era su error.
Recordar.
Recordar lo que el príncipe le pidió que no mencione.
Desobedecer, contradecir la orden que impuso Takahiro-san, porque de no hacerlo sentía que se fallaba a sí misma. ¡Ignorar! No escuchar la advertencia de Minato, aun cuando el jounnin solo deseaba protegerla.
Ella recordaba, Kushina recordaba y lo haría siempre...
"–Hana. Hana. Hana –repitió histérica. –¡Hana! ¡HANA! –grito. –Dilo conmigo ¡Dilo conmigo maldito Ogro egoísta! ¡No te escapes! Dilo, dilo… –la voz se le quebró y ya ni fuerza le quedo. –Dilo. –susurro. –Solo permítete decir su nombre".
La palabra prohibida por el Ogro.
~•~•~•~•~
Tomo la cuchara de madera, revolvió los fideos, apago el fuego y vertió todo en un cuenco. Primero el caldo y después la masa cayo deformada como un bloque toda junta. Kushina tomo unos palillos y los hundió en el ramen… Se le formo un nudo en la garganta.
–Están… –lucho para que la voz le saliera. –Están demasiado cocidos, dattabane. –el fideo se desarmo, cayo y una gota gorda de caldo caliente le salpico el dorso de la mano.
No se molestó, ni reacciono, solo camino hacia el tacho y lo tiro. Permaneció ahí, parada, viendo como el ramen manchaba la losa partida. Quedo ahí, quieta, con la vista fija en la mezcla de las gachas de arroz y el caldo naranja. ¡Quedo ahí! y pensó que esta no era la primera vez que se le pasaba el ramen.
…
…
…
Hay momentos en la vida que uno simplemente llega a olvidar, dattabane. Comienza con algo pequeño y sencillo como el ramen ¡Si, eso dattabane! Un día te levantas y notas que el ramen te salió demasiado cocido.
¿Cuánto tarda en cocinarse? Cinco minutos.
¿Por qué me cuesta acordarme? (…)
Con Minato tenemos un acuerdo. Una comida la hago yo y la otra él y bueno como yo… ¡Yo aún estoy practicando cocinar dattabane! Minato prefiere hacer el almuerzo y me deja a mí el desayuno.
Todas las mañanas, durante cuarenta años lo escuche acercarse, dattabane. Aparecía en la sala y después se sentaba a mi lado. Siempre traía una manzana roja en la mano, decía que era su plan "B" pero jamás la comía ¡De veras! ¡Nunca! Solo la dejaba en la mesa y agarraba el tazón que le ofrecía.
Esa era nuestra rutina dattabane, nuestro ritual. Desayunábamos ramen y hablamos hasta que él debía irse a cumplir con sus deberes como Hokage y yo me quedaba con Naruto.
Pero hoy…
Eran trece segundos, de veras. Siempre los conté en secreto, una costumbre que me quedo de niños. Trece segundos dattabane para que Minato apareciera trayendo su manzana.
Trece ¡Trece, de veras! Puedo cerrar los ojos y contar en mi cabeza.
Uno, dos, tres. Despierta y se sienta en el borde de la cama. Cuatro, cinco, seis. Camina hacia la puerta. Siete, ocho, nueve. Sale al pasillo. Diez y once. Veo su sombra. Doce. Veo su cabello y manos. Trece. Veo sus ojos ¡Lo veo a los ojos dattabane! Y él me sonríe enseñándome una manzana.
Pero hoy; esos trece segundos se convirtieron en veinte o treinta si estamos en invierno. Su paso se volvió más lento, la sombra más encorvada, el cabello grisáceo, las manos arrugadas y sus ojos… lo sigo viendo a los ojos dattabane y Minato me sigue sonriendo mientras me enseña una manzana, así que lo demás no importa, de veras.
Porque sean trece o treinta, él aparece dattabane. Tarda más pero Minato siempre viene ¡de veras! ¡Minato viene! Y eso es suficiente para mí.
Por eso hoy le pongo un gran tazón de humeante ramen frente a él. Pero antes me aseguro que este sazonado con soja y que tenga mucho miso al igual que grandes porciones de cerdo ¡Delicioso dattabane! Ahora sí: –¡A comer dattabane!
–Itadakimasu (いただきます). –le doy los palillos y él los sumerge en el caldo, pero entonces… –Kushina. –llama y pone delante de mí una gran bola pegajosa, deforme y blanca.
–No, no. –le digo y me apresuro a ir a la cocina y tomar el pote vacío. –¡Estoy segura que eran cinco minutos dattabane! –me quejo y frunzo los ojos intentando enfocar en la letra pequeña. –Lo he cocinado toda mi vida, de veras, no puedo equivocarme…
–Asi es. –él aparece y me toma por sorpresa, dattabane. Había olvidado contar y ahora lo tengo frente a mí sacando el pote naranja y tirándolo a la basura sin dejar de mirarme. –Lo has cocinado toda tu vida, Kushina. –me toma de la mano y me mira, con esa paz que solo conocí con él dattabane
Se lo que piensa, aprendí a leerlo tanto como él a mí ¡de veras! por eso no me contengo y lo suelto, más por orgullo que enojo; creo que es una faceta que me pego el Ogro.
–Minato no me mires así dattabane. –hago una mueca con los labios. –Ya sé que estoy vieja.
Él me sonríe y me gusta mucho cuando lo hace porque ojos se vuelven pequeños y hasta parecen más azules.
–Ambos lo estamos, Kushina. –me toma el rostro y me pega la frente contra la de él. –Ambos lo estamos, cariño. –Su peso siempre me pareció tan reconfortante, de veras. ¡Ya hasta logra que sonría! Minato siempre me gana, incluso antes de que pueda pelear.
–¡Y lo estamos porque vivimos mucho ¡¿no, dattabane?!
Él se ríe y asiente.
–Sí. –dice y puedo sentir sus dedos arrugados acariciarme el cabello.
Siempre le gusto hacer eso y yo lo dejo. Entre mete los dedos en la raíz y los desliza hasta las puntas. Toca mi cabello con cuidado y Naruto también lo hacía cuando era niño, aunque estoy segura que él ya no recuerde los tirones que me daba dattabane ¡Esos dolían! Pero los de Minato no, él siempre fue muy delicado. Es tan relajante, demasiado…
Lo escucho reírse, una risa baja y suave. Hago una mueca con los labios avergonzada y le digo: –No te rías dattabane, sabes que eso… –pero no me escucha. Tampoco detiene las caricias sino que toca otra vez en el mismo lugar. Justo detrás de la oreja y rasca suavemente. –Naah. –es mitad ronroneo y mitad suspiro. Gracias a Kami, Minato es el único que lo ha escuchado dattabane, es demasiado vergonzoso.
Pero no importa, porque al fin de cuentas dejo mi cabello en las manos de los hombres que más amo, dattabane.
–Vamos a desayunar. –me susurra y besa mi frente antes de apartarse.
Yo asiento, abro los ojos y veo como por primera vez en cuarenta años Minato agarra la manzana y la come.
…
…
…
¿Si estoy enojada? ¡Claro que no dattabane! El tiempo pasa para todos y no hay que sentirse mal por ello. Además ¡El ramen es mi comida favorita! Puede que hoy allá tenido que tirarlo, pero eso no cambia lo que el ramen significa para mí.
Crudo o cocido, no importa realmente dattabane, porque para mí huele y tiene el mismo sabor. Este ramen es idéntico a aquel que comí en mi primera cita con Minato o al de aquella vez en la que el Ogro debió pagármelo por perder una apuesta cuando eramos gennin.
Crudo o cocido dattabane, yo le seguiré poniendo la misma cantidad de soya y porciones de cerdo, para el desayuno de Minato. ¿Saben por qué dattabane? Porque los gustos no cambian.
Uno puede creer que los elije, pero en realidad ya vienen con uno dattabane.
Los gustos hacen a la persona.
Es algo fácil, van de la mano. Yo no sería "Kushina Uzumaki" sin mi plato diario en Ichiraku. Minato no sería él mismo sin su plan "B" de manzana. Es una regla general ¡Aplicada a cualquier persona de las cinco grandes naciones, de veras! Todos tienen gustos, que hace que uno sea uno.
Inoichi las flores. Shikaku el shoji. Hasta el idiota de Fugaku, tenía su ostentoso orgullo Uchiha. Orgullo, bueno algunos gustos son raros dattabane. Vienen de formas muy distintas, de veras. Lo he visto en comidas, juegos o en personas. Personas…
Eso ya es algo más difícil dattabane, pero pasa. Algunas veces, si tenemos buena o mala suerte –eso se sabe después –uno es uno a causa de otra persona.
¡Sé que suena difícil, de veras! Minato tampoco me entendió cuando se lo dije la primera vez, pero después lo comprendió porque nosotros compartimos eso.
Yo soy yo, gracias a Minato.
Pueden cerrar Ichiraku, prohibir el ramen, pero no sacarme a Minato, porque él es mi gusto. Lo que hace que Kushina Uzumaki, solo sea Kushina y eso se sienta increíble ¡de veras! Pero ¡¿Por qué siempre debe haber un "pero", dattabane?!...
La verdad es que es muy difícil tener a una persona como gusto dattabane porque… Porque si la pierdes, tú ya no eres tú nunca más.
Nunca más es demasiado tiempo ¿no creen? ¡De veras duele cuando pienso en eso! Pero no puedo evitarlo, porque cada vez que lo recuerdo pienso en el Ogro.
Trato de no hacerlo, porque es triste y sé que a Minato no le gusta verme así. Pero no le puedo mentir, Minato sabe cuándo estoy mal ¡siempre lo adivina dattabane! Y no es que yo no lo ame ¡Lo amo mucho, de veras! Pero no me gusta hablar de esto, porque siempre llegamos a lo mismo.
–Lo estoy dejando solo, dattabane.
–Eso no es cierto, Kushina.
–Lo estoy dejando solo. –le repito, pero él toma mis manos y me obliga a mirarlo a los ojos, entonces me dice.
–Eres su amiga y él lo sabe. Él lo sabe Kushina. –me repites tan lentamente que sé ¡enserio lo sé, dattabane! Sé lo que quieres decirme pero eso no hace que duela menos.
–Me siento egoísta dattabane, de veras muy egoísta. –aprieto sus manos. –Si te perdiera dattabane. –la solo idea me da pánico. –Si tú te fueras Minato, yo no podría ser tan fuerte como el Ogro. –niego con la cabeza. –No, no podría.
–Kushina. –me acaricias la mejilla y secas mis lágrimas ¿Cuándo empecé a llorar dattabane? –No me fui, aquí estoy, contigo.
Quiero pensar eso, realmente necesito creerte pero Hana también le dijo las mismas palabras al Ogro y mira como fue todo. No lo digo, no te respondo, solo lo pienso, pero contigo Minato es como si lo dijera en voz alta dattabane.
Ya estas abrazándome. Odio y amo que hagas eso, de veras, porque tu calidez me recuerda que estas vivo, pero también me muestra cuanto te necesito.
–Es primavera Minato y odio la primavera.
–Lo sé.
–Deberíamos irnos a Suna dattabane, donde haga calor y solo allá arena. A Naruto podría gustarle. –sé que sonríes aunque no te veo, acaricias mi espalda y te separas un poco para verme.
–Sabes que así no funciona ¿cierto, cariño?
–Lo se dattabane. Lo sé pero yo ¡Ay! –grito molesta no con él, sino con el mundo. Enojada con las flores y el polen que hace que me pique la nariz. Molesta con el sol y la luz tan brillante que me ciega los ojos. Furiosa con el Ogro y las fechas… ¡Fechas dattabane! Odio más que cualquier otra cosa, eso. –Yo tengo mi gusto, pero el Ogro no.
–Kushina.
–¡Él no lo tiene! no lo tiene, Minato. Otra vez es primavera dattabane y el Ogro sigue sin poder ser el Ogro y yo ya no sé qué hacer, porque Hana no va a volver… –sé que estoy llorando, porque te veo borroso, pero no me importa. –Ella no volverá y yo… yo necesito recuperar a mi amigo dattabane.
Tus ojos se hacen más pequeños y solo bajas la cabeza. Sé que piensas que decirme, pero al final, solo me abrazaste y eso… Eso fue mejor que cualquier palabra, de veras.
He conocido a Hiashi Hyuga casi toda mi vida dattabane y puedo afirmar que jamás ¡Nunca! Se interesó en algo o alguien. Ni la comida, ni los juegos le llamaban la atención al idiota. El Príncipe, en cambio, era mucho mejor en eso.
Recuerdo que cuando éramos niños, siempre contaba con el príncipe para jugar o hacer bromas pero el Ogro, bueno él era… Un Ogro. Se sentaba, nos miraba y reprochaba cada cosa que hacíamos.
El Príncipe siempre me decía, que Hiashi estaba acostumbrado a dar órdenes, que por eso nos hablaba así, pero que no era malo. Yo, bueno para mí el Ogro era un idiota, tartamudo y orgulloso dattabane. El príncipe se reía cuando decía eso y el Ogro… Bueno, no le gustó mucho. Ese día recuerdo que el Príncipe debió separarnos ¡Pero que conste que yo hubiera ganado la pelea, de veras! No me iba a dejar pisar por él.
En fin, cualquier cosa que hiciera estaba bien, mientras no perjudicara el gran ego del futuro líder del Souke. Así es dattabane, Hiashi no tenía más que su orgullo y muchas, muchas reglas.
La mayoría no las entendía y creo que ellos tampoco. Pero sí era algo que se decían cuando se peleaban dattabane. La palabra Tabú: Son las normas ¡Son las normas!
¿Normas? ¿Qué era eso? No lo entendía, pero parecía más fuerte que cualquier otro jutsu, porque ellos paraban.
Hiashi decía "normas" y el Príncipe no gritaba, solo bajaba la cabeza y asentía. El Ogro en cambio se enojaba. Él en verdad que enojaba, se ponía rojo y hasta parecía tirar espuma por la boca ¡de veras!
Era en esos momentos los cuales Hiashi no tartamudeaba. Yo creía que era porque se iba transformar en un Ogro de verdad, con cuernos y todo dattabane, pero no ¿saben por qué? Porque esas eran las veces que también lloraba.
¡Shhhh! esto no se lo cuenten a nadie ¿entendido dattabane? Es un secreto; pero sí el Ogro lloraba. Fue después de una pelea así, cuando lo vi solo en los bosques, sentando sobre las raíces de un árbol. Estoy segura que era él, porque empezó a tartamudear algo como: Es mi culpa, lo siento.
Después de eso, el Príncipe se ausento de la academia durante casi una semana y cuando volvió solo dormía en clase. Dormía y dormía mucho dattabane. Era raro, pero el Ogro no decía nada, recuerdo que cuando el sensei quiso regañar al príncipe, Hiashi lo defendió y dijo que si debía castigar a alguien era a él, porque si su hermano estaba cansado, él era el único responsable.
El Príncipe sonrió cuando lo escucho y él y el Ogro estuvieron una semana a cargo del aseo del aula. Después de eso ya no volvieron a gritarse sobre normas.
Pasaron los años dattabane; el Príncipe siguió siendo un príncipe y el Ogro… bueno ya no tartamudeaba tanto como antes, al menos que algo lo pusiera muy nervioso y eso paso cuando Hana apareció.
¡Siempre me rio cuando lo recuerdo, dattabane! El Ogro tartamudeaba tanto que obligaba al Príncipe a cambiar de lugares, como cuando eran niños ¡de veras! No podía estar mucho tiempo cerca de ella sin ponerse rojo. Su cara era tan graciosa que le dije que ya no lo llamaría Ogro sino Tomate Hyuga.
…
…
…
Ese día también debió que separarnos el príncipe, pero no me arrepiento ¡además era su culpa por ponerse rojo, dattabane!
Pensándolo bien Hana fue una puerta, no esperen, Hana-chan no era silenciosa. Ella fue un tornado ¡Si, eso es mejor dattabane! Ella fue el tornado que arrastro al Ogro hacia lo desconocido y creo que por eso él se ponía tan nervioso.
Hana le hacía vivir cosas al Ogro que él no se había permitido nunca. Por eso actuaba como un niño perdido… Un tomate-ogro perdido. Pero era feliz, Hiashi estaba feliz y el Príncipe y yo nos poníamos muy contentos por él ¡de veras!
¿No me creen? Escuchen esto dattabane. El Ogro compro flores. Sí ¡flores! No miento. Le hizo todo un escándalo a Inoichi. Literalmente lo demoro durante casi cuatro horas en el negocio. Los demás clientes se pusieron muy furiosos dattabane, pero el Ogro se justificaba diciendo que era su turno y que no se iría hasta saber el significado de cada flor existente.
Yo creo que si quería saber eso, podría haber ido a la biblioteca pero el Ogro era –y aun es –muy particular dattabane. Tal vez sí encontró información y busco asegurarse de que fuera cierta ¡Realmente no lo sé! Pero así como compro flores, se la rechazaron.
¿Por qué soy la única que se está riendo dattabane? Ay ustedes porque no estaban ahí y yo… ¡Bueno, yo tampoco estaba ahí dattabane! Pero eso no importa. Puedo imaginarme la cara consternada del Ogro y eso es suficiente para hacerme reír durante un mes entero.
Esto me lo dijo el Príncipe, así que no lo digan en voz alta, pero parece que a Hana-chan no le gustaban las flores cortadas. No sé muy bien cómo fue, porque el Príncipe solo tuvo unos segundos para decirme antes de que el Ogro apareciera pero bueno las rechazo.
Si dattabane, un golpe directo al orgullo Hyuga.
Una diría que por años de convivencia junto con el idiota yo no me equivocaría al decir que eso fue todo. Es que ¡de veras! Hana-chan literalmente pisoteo el orgullo del Ogro, en hombres normales no sería así ¡con el Príncipe tampoco sería así! Pero no olvidemos que hablamos con del "gran" Hiashi Hyuga.
Así que había razones de sobra para decir que ahí termino pero ¡esperen! imaginen mi sorpresa cuando el Príncipe me dijo que Hiashi dejo de lado lo único ¡Lo único! que creía que lo hacia él mismo y compro flores.
En ese momento casi ¡casi! Le robo el ritual del desmayo al Ogro, pero es que ¡compro devuelta flores!
¡El Ogro-tomate-amargado-orgulloso Hyuga, compro flores!
Ya sé que es demasiado largo el sobrenombre dattabane, pero para que ustedes entiendan como me impacto cuando Hizashi me lo dijo.
En fin Hiashi regreso al complejo con muchas ¡muchas! macetas. ¡Sí dattabane! trajo flores esta vez con raíces y en tierra. Eran coloridas y diferentes, pero lo más raro no fue esto ¡que ya de por si es raro dattabane! Sino que ¡Cavo el mismo!
Enseguida mi cabeza hizo algo como…
Definición de diccionario:
Cavar: Abrir o levantar la tierra con una azada para cultivarla. Ejemplo "a lo lejos se divisaba la tierra que no habían querido cavar"
Mire a Hizashi, él asintió y me sonrió. Sí, sí, la definición estaba bien, entonces… ¡El Ogro cabo con pala y todo dattabane! Y no dejo ¡no dejo! que ningún sirviente lo ayudara, porque según palabras del Príncipe, él Ogro dijo que todos eran unos incompetentes. Eso sí puedo creerlo, pero el Ogro plantando gardenias, rosas, jazmines y orquídeas durante toda una tarde de verano ¡Eso sí que no! Aun hoy lo dudo.
Pero bueno la verdad es que al final todo quedo como una anécdota dattabane. Un mito que no pude comprobar porque él… Él Ogro ya no habla de gustos, ni de normas, ni de nada.
No. Él ya no habla de nada dattabane.
Pero, pero yo no lo culpo ¡de veras! Sí estoy enojada pero no con él sino… sino con el hecho de que nadie pudo prever lo que paso. Ni el Príncipe, ni el Ogro, ni yo.
Nadie ¡Nadie! pensó que eso que llevo a Hiashi a convertirse en un bello Ogro, muchos años después… lo condenaría a ser el líder del Souke.
~•~•~•~•~
Era primavera y de noche; estaba demasiado húmedo dattabane, pero no llovía. Lo recuerdo bien porque me estaba quejando del clima con Minato cuando un emisario del clan Hyuga toco nuestra puerta.
Hacía mucho calor dattabane ¡Enserio! Lo hacía y se escuchaban los grillos...
Es lo único que tengo claro de lo que pasaba alrededor, porque el resto, no está dattabane o tal vez nunca estuvo, es confuso. Pero de lo que si estoy segura es que no sé a quién vi cuando salí, o si me choque con alguien. Tampoco recuerdo si el emisario vino con nosotros.
Solo corrí. Yo corrí, Minato también, ambos lo hicimos dattabane y aun así en ese momento sentí que el tiempo pasaba demasiado lento, porque cuando finalmente llegue ¡Cuando cruce las puertas!
Grite ¡Yo grite!
Siempre odie el mutismo de los Hyuga dattabane, pero esa vez me pareció insoportable dattabane ¡Nadie decía nada! Nadie respondía nada. Solo era un puñado de shinobis, que bajaban la cabeza, permaneciendo en cuclillas y al final encabezando esas dos largas filas estaba él.
Me miro ¡me miro dattabane! Lo hizo con sus ojos blancos. Ojos iguales a los del Ogro, iguales a los del Príncipe… pero tan diferentes.
–¿Tú quién eres?
–¡¿Eso que importa ahora dattabane?! ¿Dónde están? ¡¿Dónde están Hiashi y Hana-chan?!
Recuerdo el reproche silencioso de los demás miembros del clan pero no me importo. Sabía a quién enfrentaba y no tenía miedo. Así que yo seguí y al no tener una respuesta continúe gritando y deslizando cada puerta que veía con Minato atrás mío.
Sé que la llame ¡Yo dije su nombre!
–¡Hana-chan! ¡Hana-chan! ¡¿Dónde estás, dattabane?!
Volteé hacia los costados esperando verla aparecerse por los pasillos muy molesta y reprochándome que despertaría a Hanabi-chan. Pero ella no aparecía y ¡él Ogro tampoco! ¡¿Dónde estaban?! ¡¿Qué había pasado?!
Fue ahí cuando no me importo si ellos no hablaban, yo iba a hacerlos hablar dattabane.
Camine hasta él y lo tome por el cuello. Mirando atrás sé que fue un impulso tonto ¡de veras! pero en ese momento verlo tan tranquilo me desquiciaba.
–¿No me escucho dattabane? –lo sacudí. –¡Le hice una pregunta, responda!
Pero él no se inmuto, mucho menos perdió la calma. Era un Hyuga después de todo. No; me equivoqué, no era "un Hyuga" dattabane, era "Él Hyuga".
Fue frio y calculador, con un movimiento seco se me soltó y me enfrento alzando el mentón orgulloso. Había visto adoptar esa postura al Ogro miles de veces y aun así, Takahiro siendo más bajo de estatura, resultaba mucho más intimidante dattabane.
–No tengo porque darte esa información, mujer.
–¡¿Cómo?! ¡Viejo!
Fue un destello amarillo y después ver a Minato ponerse delante de mí. Aun hoy no sé si lo hizo para defenderme o defender al viejo pero bueno no me importo ese día, mucho menos ahora. Yo solo quería una cosa; que hablara dattabane.
–Lo siento Takahiro-sama. Mi nombre es Minato Namikaze y ella Kushina Uzumaki, somos amigos de Hiashi-san y su esposa.
Realmente siempre admire el temple de Minato dattabane, esperaba que Naruto lo heredara. Minato no era (y aun no lo es) impulsivo como yo. Él sabía cómo hacer para que lo escucharan, sin tener que gritar dattabane. Mantener la calma, ser educado, pero yo no.
Yo no era así y ese día todos lo vieron porque ni Minato pudo detenerme.
–¿Contento, dattabane? Ahora que sabe que no somos un peligro, llévennos con ellos.
–Eso es imposible. –fue tajante.
–¿Por qué?
Takahiro volvía a callarse.
–¡Hable dattabane! Díganos que paso
Y él lo hizo. Él enserio lo hizo dattabane. Solo pronuncio tres palabras ¡Tres malditas palabras! y me desarmo por completo.
–No… ¡No es cierto dattabane!
Después de eso todo fueron gritos, él llamando a sus hombres, Minato intentando frenarme para que no me abalanzara sobre el viejo.
Ese día grite mucho dattabane, lo hice tanto que cuando volví a casa estaba afónica. Pero no me arrepiento, porque cuando algo duele dattabane… ¡Cuando algo así pasa! es mejor sacarlo para afuera que dejar que nos coma por dentro, por eso le grite a él, a Minato, a todos.
–Está mintiendo ¡Usted me está mintiendo, Hana-chan no puede…!
En un primer momento negué todo: Eso no estaba pasando. Era imposible. Estaba dormida, ya despertaría. Era una pesadilla, una terrible pesadilla dattabane.
Recuerdo decirme eso a mí misma, repetirlas en mi interior una y otra vez como un mantra, como un ruego dattabane. Sentía la necesidad de aferrarme desesperadamente a cualquier excusa loca y tonta. Cualquier cosa ¡Cualquier cosa! era mejor que creer lo que decía el viejo, de veras.
–¡Usted la odia, por eso dice eso, dattabane! Usted… ¡No! ¡El Ogro no dejaría que algo le pasara!
Entonces solo vi azul. Azul dattabane, esa es otra cosa que no olvidare jamás. El color de los ojos de Minato. Él sujeto fuerte mi rostro con ambas manos y me obligo a que lo mirara dattabane; y solo entonces me repitió las mismas palabras que dijo Takahiro. Con otro tono dattabane, con… dolor, pero dijo lo mismo ¡Dijo lo mismo! y lo odie ¡Lo odie tanto por ello!
Hana-san ha muerto, Kushina.
–No, no… –intente negar con la cabeza su agarre me frenaba. –No es cierto, Minato ¡No digas eso, dattabane! ¿Por qué dices…? No, no ¡No!
Recuerdo el peso de su frente contra la mía y como con sus brazos me rodeo queriendo sostenerme. El calor de las lágrimas y el sudor frio de mis manos, no puedo olvidarlo dattabane. Minato me llamaba, él decía mi nombre pero yo… Yo simplemente deje de escuchar.
…
…
…
Décadas atrás…
¡¿Dónde está él?! ¡Dígame donde esta Hiashi!
Kushina podía escuchar su propio pedido retumbándole en la cabeza, pero nada más. Todo el resto se le presentaba como un silencio asfixiante. Su cabeza era una prisión y entre los barrotes construidos de dudas y pensamientos iracundos, su voz no tenía lugar.
–Kushina.
¿Hana estaba muerta? ¿Una emboscada?
–Kushina. –insistió Minato, pero ella no hablo.
¿Hiashi no pudo hacer nada? ¿Dónde había estado? ¿Él se encontraba herido?
Avanzo más y más por aquellos pasillos de madera gastada. Camino rápido y tensa queriendo ganarle la carrera a su propia cárcel imaginaria. Con el cuerpo yéndosele para adelante y los ojos secos, se abrió paso.
Siguió…
Siguió intentando derretir los barrotes.
No pienses, no sientas. Solo sigue…
¡Camina Kushina! No mires atrás, no veas a Minato. No te desarmes, no aun. Sigue…
Piensa en el Ogro, no pienses en ti. No veas a Hana
¡Olvida a Hana!
Kushina contuvo el labio inferior con sus dientes, sintió el sabor de su propia sangre.
Olvida… Olvida a Hana.
"¡Kushina-san! ¡Aquí! Le ofrezco una taza de té"
Sigue, sigue ¡Sigue maldita sea Kushina Uzumaki, no eres débil dattabane!
Pero entonces la caminata acabo y comenzó a correr, fue tan de imprevisto que Minato apenas pudo entenderlo y correr ella.
–¡Kushina!
Un poco más. Solo un poco más.
Solo sigue, no llores. No llores aun…
Debes ser fuerte.
Debes pensar.
Debes ayudarlo.
Debes estar.
Debes… ¡FRENAR DATTABANE!
Entonces se detuvo. Freno tan de golpe, que Minato choco contra su espalda y:
–Kushina.
–Es aquí –susurro. –Es aquí.
La habitación del heredero del Souke.
…
…
…
Era una puerta de estilo tradicional, como todo en el complejo. Con una estructura de madera recubierta de papel blanco… ¿Irónico, no? Solo papel y madera.
Fácil ¿no? No, no lo era. No era irónico, ni fácil o sencillo. No era divertido, ni ameno. Era eso, solo "eso". Papel y madera, lo único que se interponía como muralla entre el Ogro y ella.
Kushina quería más; necesitaba más. Ansiaba una torre ¡un muro de piedra maciza! Toda una estructura en la cual descargar su furia, pero no la tenía. No la tenía y era frustrante. Quería ¡no! Debía, sí, eso. Debía romper, demoler con los puños, derribar, escarbar y sacarlo de ahí.
"Ogro…"
Sacarlo ¡Salvarlo de su propia oscuridad! Pero… ¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo?!
Estando entera, permaneciendo ella entera y serena. Con los ojos secos y la voz segura. Debía mantener una actuación tan realistamente falsa por y para él.
Porque una vez adentro, ella lo sabía, nadie tenía que decírselo. Adentro no encontraría a su amigo.
…
…
…
Kushina contuvo el aire en la garganta, como un gran globo vacío que no podía tragar y mientras la mirada se le perdían en las sombras que se proyectaban, dijo: –Iré a verlo. –no supo si lo hizo para que Minato la escuchara o necesito reafirmárselo a sí misma, pero eso sí, cuando hablo lo hizo restregándose los ojos aun secos.
–¿Estas segura? –Minato dudaba. –Hiashi no debe ser él mismo ahora, Kushina.
Otra vez, inconscientemente, se vio deseando un muro.
–Es mi amigo dattabane. Me necesita. –respondió.
–Lo sé pero…
Ella sintió el toque en su hombro y se sobresaltó, más por reflejo que por miedo. Cuando lo miro solo se encontró cohibida bajo un intenso azul. Sabía lo que pasaba, por ello las palabras brotaron de su boca al mismo tiempo que las pensaba: –Sabes… Ojala pudiera convertir al Ogro en príncipe. –sonrió, pero la mueca no lleno sus labios. –Sí, ojala pudiera dattabane… –repitió deseándolo con todas sus fuerzas. –Porque así no tendrías de que preocuparte Minato. No, no tendrías porque… –miro al frente, necesito huir de él y esos ojos. –Todo estaría bien.
–Kushina.
Ella se desarmaba, él veía como ante sus ojos la kunoichi luchaba con firmeza contra sí misma para no desmoronarse.
–Pero yo no tengo ese poder ¿cierto dattabane? –bajo la cabeza. –Solo ella lo tiene… Lo tenía. –susurro.
–…
Kushina no estaba preparada, Minato lo sabía. Su mujer aún no había caído, estaba convencido de que si la dejaba avanzar el golpe sería más fuerte ¿pero cómo detenerla? ¿Cómo salvar ese espíritu tan impulsivo y bondadoso?
Palabras calmas, suavidad, era una caminata por la cuerda floja. Pero tenía que lograrlo porque quería ¡no! Necesitaba apartarla de esa puerta, resguardarla, protegerla porque cuando ella lo entendiera ¡Cuando finalmente lo entendiera! se desarmaría y él no sabría qué hacer.
–Tal vez… –susurro, pensando bien lo que decía. –Lo mejor sea que dejes pasar esta noche. –alego. –Podrás venir mañana y…
No sabía cómo terminarlo. No era fácil, nada de esto era fácil.
–Kushina… –miro hacia la puerta y acepto que no podía mentirle.
No quería que ella viniera, ni mañana, ni pasado, deseaba apartarla del dolor que conllevaría encontrarse con Hiashi ahora. Porque sí el Hyuga habia amado a su esposa de la misma manera que él lo hacía con Kushina…
Lo único que encontraría ella del otro lado, sería la nada misma… Un cuerpo vacío.
–Por favor no entres. –ella lo miro. –Por favor, Kushina. –repitió. –Tu tampoco estas bien y necesitas…
–Es mi amigo. –lo interrumpió secamente. –Pero no lo entiendes ¿verdad? –susurro. El cabello le cayó como un manto rojo por los costados ocultándole el rostro. –¡No lo entiendes, Minato! –grito y entonces el jounnin vio eso a lo que le temía.
Pedazos, pequeños trozos que descascaraban mostrando el inicio de un gran dolor.
–¡Es mi rival dattabane! No puedes decirme que lo abandone ¡No puedes decirme que, que…! –el aire volvía a faltar, el cuerpo le fallaba y rápidamente se vio envuelta en un abrazo.
–Shh, lo sé, lo sé. Perdón –acaricio su cabeza, mientras que con ojos sagaces miraba el resquicio de chackra naranja evaporarse. –Tranquila Kushina. –su mujer no era consciente del riesgo que implicaba mantenerse fuerte. –Lo siento. Lo siento, cariño.
Ella se apoyó, hundió el rostro en el hueco de su cuello y soltó un suspiro tembloroso. Cuando Minato estuvo seguro de que estaba más tranquila, volvió a hablar: –Nadie te está pidiendo que lo abandones. Pero necesita estar solo.
–No, no. –negó. –Él no está solo, no lo dejare solo dattabane.
–Sé que no lo está, Kushina pero no puedes salvarlo de esto.
Con una de sus manos envolvió la de ella y con la otra la agarro delicadamente del mentón, incitándolo a que lo viera… –Su esposa falleció, ahora mismo Hiashi-san debe estar pasando por un dolor inimaginable, preguntándose una y otra vez si pudo haber hecho algo o en que se equivocó.
–Por eso. –apretó la mano del jounnin con urgencia. –Por eso debo estar con él, dattabane
–Kushina, no puedes ayudarlo. –intento hacerla razonar.
–Tú no sabes eso, tú no conoces al Ogro como yo dattabane. –insistió. –Él es fuerte, se repondrá lo sé. –dijo intentando sonar segura.
–Sé que lo hará. Él lo hará pero para ello, antes debe hacer su duelo y dolerá, le dolerá mucho y a ti te dolerá verlo a él así.
–El Ogro no llora dattabane. La única vez que lo vi llorar éramos niños y él ni siquiera supo que lo vi… ¿Cómo va a ser su duelo, si ni siquiera sabe llorar?
–Kushina…
–Yo tengo que hacer algo, necesito hacerlo porque... –se aferró a las manos de su esposo y lo miro a los ojos. –No sé, no sé cómo pero no hay otra opción ¿cierto dattabane? No sabemos dónde está el Príncipe y Hana-chan era la única que sabía lidiar con él pero ahora… -el nombre afloro quebrado, pero junto fuerzas para sonar firme. –Ella… ella. –cerro los ojos.
–Kushina.
–Soy su rival, así que… –La kunoichi lo miro con los ojos secos, llenos de una fuerza, un fuego que brotaba de lo más profundo de su ser. –Me tiene a mí. Él me tiene a mí, Minato. Si el Ogro no puede llorar, yo lo hare por él. –dijo decidida. –No me importa cuánto tiempo tome yo… yo recuperare a mi amigo, dattabane. Es por eso que necesito, no, no… –negó con la cabeza, atropellándose con sus propias palabras en la desesperación. –Te suplico. –corrigió. –De veras te suplico que me digas que puedo hacerlo, anata (Cariño, 愛しいあなた). –sus manos se aferraron a las de él hasta el punto de clavarle las uñas. –Dime dattabane que yo, yo… –tomo una bocanada de aire tembloroso y cuando hablo su voz sonó más aguda. –Que yo lograre mirarlo y no derrumbarme.
–Kushina.
–¡Necesito que lo digas! Necesito que creas en que soy lo suficientemente fuerte para cruzar esa puerta y soportar lo que vea, porque debo… –ahogo el llanto. –Debo sostener a mi amigo dattabane. Debo sostenerlo, Minato y no sé cómo.
Aun cuando estuviera desorientada, perdida, Kushina no retrocedía, ella avanzaba ¡siempre avanzaba! Y fue eso, lo que a él lo enamoro. Eso mismo que ahora le decía que, sin importar las razones que diera, no podría convencerla.
Lo supo desde el inicio.
Tal vez por la sonrisa quebrada que le mostraba junto con esos ojos secos. O tal vez el hecho de que estuviera de pie, parada, manteniéndose entera. ¡O tal vez! los gritos, gritos que lanzo contra Takahiro sin temor alguno.
Tal vez… tal vez no era nada de eso o todo junto, pero Minato entendió ¡él entendió! La desesperación de ella le aclaro lo inevitable, Kushina debía entrar y él debía dejarla, porque Hiashi Hyuga era más que su amigo… era su rival.
…
…
…
–No me interesa.
– ¿Disculpe?
Hiashi termino de servir el té y tomo un sorbo antes de continuar: – He dicho que no tengo ningún interés en Kushina –aclaro.
– Oh… –cuando Minato lo comprendió enseguida intento negarlo, alzando ambas manos y moviéndolas nervioso. –Hyuga-san no tiene por qué decirme eso yo no…
Pero Hiashi lo interrumpió con un seco bufido.
–No gastes tu tiempo intentando engañarme Namikaze, no soy un niño. –dijo ofendido.
–Hyuga-san
Hiashi bebió otro sorbo de té y cuando lo hizo cerro por unos segundos los ojos, antes de tomar nuevamente la palabra. –Puedo sentir tu mirada sobre mí cuando estoy con ella. Es sumamente irritante.
Minato suspiro y bajo el rostro, sintiendo claramente como sus mejillas se acaloraban.
– Ya veo. –sonrió vagamente. –Es que ustedes parecen llevarse bien.
Vio como el líder alzo una ceja, una clara muestra de que lo que oyó le había parecido una total tontería.
–¿Bien? –pregunto mientras recordaba los momentos en los que su hermano debía separarlos antes de que se mataran entre sí. – Yo no calificaría nuestra relación como bien.
El futuro Hokage no pudo evitar reír.
– Con Kushina, eso es bien. Se lo aseguro Hyuga-san.
– Hmmp.
Por algunos minutos permanecieron así, en silencio. Cada uno sumergido en sus propios dudas y pensamientos.
– Estuvimos en el mismo equipo cuando éramos gennin.
Minato lo miro pero Hiashi dirigía la mirada perdida hacia los patios del complejo.
– Hizashi, Kushina y yo. Fuimos puestos a propósito por ser portadores del Byakugan. –finalmente volvió hacia él. –Dudo que sea ajeno al hecho de que Kushina siempre corrió peligro. No solo por las enemistadas con las demás aldeas, sino que nunca se sabía cuándo podría perder el control sobre sí misma.
–Lo sé. –dijo adoptando una expresión más seria.
– Por ello había que estar atento y si llegaba a desestabilizarse, mi hermano y yo podíamos adelantarnos y auxiliarla.
– Entiendo pero… –hizo una mueca con los labios. –Aun así insisto Hyuga-san, no tiene por qué explicarme todo esto yo…
– Quiero hacerlo. –lo interrumpió sin tapujo, frunciendo el ceño. –Es odioso tenerte encima Namikaze.
Minato amago a hablar, pero finalmente ninguna palabra salió de su boca y el Hyuga lo tomo como una señal para seguir.
– No se acostumbra que herederos de clanes prestigiosos participen en equipos gennin debido al alto riesgo de morir en batalla y no dejar sucesores, pero mi padre acepto ya que era un deber con Konoha y como Hyugas la aldea siempre esta primero.
– Entiendo.
– En cuanto a Kushina la veo como una mujer fastidiosa, sin talento, ruidosa, impertinente…
Minato se rio nerviosamente.
– Pero leal. –termino Hiashi con firmeza, tomando por sorpresa al jounnin.
–Hiashi-san.
Pero el Hyuga no lo miro, parecía importarle muy poco la insistencia silenciosa del jounnin o su presencia ahí. Hiashi se tomaba su tiempo, permanecía tranquilo, ajeno, cuidando de no derramar ni una gota de té mientras se servía otra taza.
– La lealtad es un bien que no se consigue, mucho menos en estos tiempo. –finalmente lo miro. –Kushina es una compañera y tiene mi respeto, se lo gano. –elevo el labio en una mueca irónica y muy sutil. –Aunque ella no lo sepa.
–Comprendo.
–Hmmp. Ella ha hecho mucho por Hizashi y por mí, cosas que a usted no le interesa saber.
Minato se rio, pero no hizo mucho más. Solo se quedó callado, deslizando un dedo por el borde de la taza, en un tic pensativo que no pasó desapercibido por el anfitrión.
– ¿No me cree? –cuestiono Hiashi
– ¿Qué? ¡No! No es eso Hyuga-san, es solo que…
Hiashi hizo una mueca de fastidio.
– Kushina es idiota, tal vez si dejara de acosarla desde los árboles y hablara directamente con ella, ni usted ni yo tendríamos que pasar por esto.
– Hiashi-san.
Se vio perseguido por esos ojos azules que aun insistían en guardar cierta duda y le pareció tan irritante ¡Tan irritante! que dejo de lado su orgullo y soltando un bufido murmuro entre dientes: –Además… –volteo el rostro hacia un costado. –Además yo ya estoy interesado en alguien.
Si el Hyuga no hubiera volteado tan rápido el rostro, Minato habría estado seguro de haber visto un sutil tono rosado acentuarse en las mejillas del heredero. Pero antes de que pudiera decir algo, Hiashi ya se estaba levantando y cuando lo enfrento no había más que un rostro de líneas duras y serias.
– Ya le dije todo lo que tenía que decirle. Le pediré a uno de mis hombres que lo acompañe a la salida.
– Hai, Arigato.
– Y Namikaze…
El relámpago se estaba levantando, cuando la voz del Hyuga lo detuvo.
– ¿Sí?
– Kushina es molesta pero antes de eso es mi rival. –marco las últimas palabras con firmeza. –No querrá lastimarla. –lo miro fijamente dejando a la vista por un segundo el inicio del Byakugan. –Entiende a que me refiero ¿Cierto?
– Por supuesto –tartamudeo mientras se reía nervioso, llevándose la mano tras la cabeza.
– Bien ya puede…
– ¡Oh disculpen!
Minato vio a una pequeña mujer de cabello azulado y ojos blancos asomarse desde los pasillos y llegar hasta ellos.
– No sabía que estaba ocupado, Mi Lord. –se reverencio la joven.
– No interrumpes, el hombre ya se retiraba.
– Oh, está bien. –asintió la mujer.
– Y Hana…
–¿Si, Lord?
– Prepara más té y tráelo por favor.
–¡Hai! –la mujer sonrió e inconscientemente Hiashi lo hizo con ella, más cuando este se percató de la mirada del jounnin, disimulo la mueca con un bufido y volvió a su seriedad habitual. –¿Aún sigue aquí?
– Yo, yo ya me iba. El té estaba delicioso.
– Hmmp.
– Adiós Hyuga-san y… – miro a la mujer y esta le sonrió amablemente.
– Hana, solo dígame Hana.
– Hasta pronto Hana-san.
…
…
…
–Minato, anata (Cariño, 愛しいあなた) ¿me estas escuchando? Yo…
La miro, noto la ansiedad y angustia en sus ojos mientras oía dentro de si las palabras del Hyuga.
Ella ha hecho mucho por Hizashi y por mí…
Kushina es una compañera y tiene mi respeto, se lo gano.
Es molesta pero antes de eso es mi rival
Y entonces hablo con total seguridad y le dijo: –No llores, Kushina. Dijiste que es tu rival ¿no? –la tomo del rostro y acaricio sus mejillas con los pulgares. –Entonces respira y tranquilízate.
–Minato.
–Yo sé que puedes, confió plenamente en ti ¿sabes por qué? –sonrió con cariño. –Porque tú nunca te rindes.
Los ojos de la kunoichi brillaron bajo la escasa luz y con sus manos envolvió las de él.
–Minato.
–Shh… –pego su frente con la de ella. –No te preocupes por nada Kushina, no tengas miedo porque no importa lo que veas, cuando salgas, yo estaré aquí. Yo… –la miro directo a los ojos. –Seré fuerte por ambos, te lo prometo.
–Gracias.
Una solitaria lagrima, una única lagrima que resbalo y se perdió en la unión de sus manos. Minato la seco, aparto el agua, como así la angustia.
El Hokage pudo poner una pausa al dolor de su esposa y Kushina suspiro temblorosa al sentir en su beso en su frente.
–Te amo.
–Y yo a ti, dattabane.
Con esas ultima confesión susurrada casi contra los labios del otro, se separaron y entonces…
–¡No quiero saber nada de usted!
Un fuerte grito los tomo por sorpresa y la puerta de la habitación fue abierta abruptamente.
Una joven sirvienta huía espavorida, casi tropezó con sus propios pies en su afán de escapar.
–¡Largo! –los gritos siguieron con mayor violencia. –¡Esta despedida!
La mujer lloraba y cuando vio a la pareja, se apresuró a decir con voz entrecortada. –No logramos que se calme. Takahiro-sama, me encargo que le trajera té pero… ¡Ay!
Todo paso muy rápido, apenas pudieron esquivarlo. Un fino juego de té que se estrelló con fuerza contra la pared y sus pedazos se desparramaron por el piso.
–Kushina ¿estás bien? –la sirvienta se había aferrado temblando a Minato, mientras el jounnin veía a preocupado su esposa. –Kushina. –la llamo, pero ella permanecía parada, paralizada, mirando hacia la oscuridad de la habitación. –¡Kushina! –grito y parece que eso la hizo reaccionar, porque tartamudeo un:
–Estoy bien, dattabane, solo… –miro hacia sus pies y se agacho mientras tomaba uno de los tantos pedazos de cerámica rota –Que cruel. –susurro y le enseño un trozo. –Este juego de té lo hizo Hana-chan hace dos días dattabane. Es el único que tiene relieves. –mostro los bordes color lavanda sobresaliendo y que todos juntos formaban una gardenia. –Ella misma lo moldeo y pinto para él.
–Yo… ¡Yo no sabía, Uzumaki-san! –se apresuró a decir la sirviente haciendo una profunda reverencia. –Si hubiera sabido que eso pertenecía a Lady Hana, no lo hubiera traído, es que Takahiro-sama…
–Te lo dio ¿no? –la interrumpió y sonrió con agria ironía mientras miraba el pétalo partido. –Ese viejo se está burlando del sufrimiento de su hijo, dattabane.
–Kushina.
– No dejare que Takahiro-san se salga con la suya dattabane. Voy a entrar. –dijo escuchándose mucho más decidida que antes. –Espera aquí, Minato. –esquivo los restos de cerámica y finalmente entro a la habitación del heredero del Souke.
…
…
…
No había luz, solo velas. Velas que daban la impresión de estar demasiado consumidas porque casi no alumbraban. Kushina deslizo la puerta atrás suyo, asegurándose de cerrarla y se dio la vuelta. Frunció los ojos intentando ver algo, pero no encontró nada.
Dio los primeros pasos, podía oír claramente el chirrido de la madera ceder ante su peso.
– ¿Ogro? –dijo mientras miraba inútilmente hacia los costados. –Ogro. –llamo devuelta sin detenerse. –¿Dónde estás dattabane? –¿La habitación realmente era tan grande o él sabía esconderse?
Iba a volver a llamarlo cuando…
–¿Quién está ahí? –Una voz ronca la tomó por sorpresa haciéndola sobresaltar.
–Soy yo, Kushina, dattabane. –respondió.
–Kushina, vete. No quiero ver a nadie.
–No. No te dejare dattabane. –siguió hablando esperanzada de que él le respondiera. –No me iré a ningún lado. –insistió pero solo obtuvo silencio. –¿Ogro?
Silencio…
Silencio…
Entonces decidió concentrar su propio chackra, si él no se permitía ser escuchado, tal vez podría sentirlo. Tomo una bocanada de aire y… Nada.
Se detuvo ¡permaneció quieta! con los ojos abiertos y las manos heladas. Abrió la boca y la cerro, no fue capaz de hablar. Su cabeza solo maquinaba lo que había descubierto.
Nada.
¡Nada!
Nada de chackra, nada de energía… nada de nada.
"Ogro…" busco hablar y solo logro un pequeño gemido, que rápidamente quiso ocultar cubriéndose la boca con la mano porque… Porque todo esto ¡Toda esta "nada"! solo podía significar una cosa.
Exhausto.
Exhausto, agotado, cansado… débil. Hiashi Hyuga estaba débil. El Ogro ¡el heredero del Souke! estaba tan agotado que ni su presencia podía ser sentida ¿Cómo? ¿Qué paso? ¡¿Quién fue?! ¿Quién había sido el responsable de dejar a uno de los más talentosos jounnin…?
Desarmado, inservible… derrotado.
Cerro los ojos con fuerza y alojo toda duda en lo más recóndito de su cabeza, este no era el momento para ello. Rearmo la voz sacando fuerzas de donde pudo y le dijo:
–Escúchame Ogro yo... No te dejare solo ¿sí, dattabane? Me necesitas, tú padre ya me conto…
–¡No menciones a mi padre!
El grito la aterro, eso no sonó como un hombre… Fue un rugido, ronco y áspero ¡fue un rugido! impregnado de furia animal y entonces Kushina vio como algo se movía.
Una sombra, una pequeña línea oscura dibujada en el piso, que se ensanchaba más y más y… Todo tomo forma, esa pequeña llama anaranjada a la que ella se había apegado ahora alumbraba el rostro de su rival.
–Ogro… –Oh Kami… –¿Qué hiciste?
Se había preparado mentalmente para todo, menos esto…
Vendas, pedazos de telas en su origen blancas y ahora manchadas de sangre. Vendas, vendas cortadas prolijamente cubrían los ojos de Hiashi. Aquella arma que fue envidiada, entrenada, codiciada, lo que lo había convertido en un prodigio ¡En un Hyuga!... Ahora totalmente dañados.
–Como… ¿Qué paso dattabane?
–Está muerta. –susurro con una voz totalmente ajena a él. –No pude salvarla.
–Lo siento. –ya no le importaba si lloraba o no, tomo el rostro de su amigo entre sus manos y sintió bajo sus dedos la mezcla pegajoso que hacia la sangre y la tela. –Lo siento tanto, Ogro, yo sé cuánto amabas a Hana, de veras… Yo
–No digas ese nombre. –no fue más que un susurro parco y seco pero de más intimidante. –No vuelvas a mencionar ese nombre en mi presencia nunca más, te lo prohíbo.
–Ogro.
Él se apartó, Kushina lo vio internarse en las sombras como si ese fuera el lugar al que perteneciera. Lejos de todo y de todos.
–Ahora vete.
–Ogro…
–¡Largo!
Fue tal la magnitud del grito, que ella por primera vez en su vida huyo. Desesperada trastabillo a tientas hasta la puerta y salió.
–¿Kushina? –Minato apenas pudo sostener a la mujer que se abalanzo a sus brazos. – ¡¿Kushina que paso?! –pero ella negaba con la cabeza. Incapaz de hablar, la kunoichi ocultaba el rostro en el pecho de su esposo. –Kushina, respira, respira cariño. –la abrazo, la pego contra sí mientras hundía los dedos en aquella larga cabellera rojiza.
Sentía que se hiperventilaba, que por más aire que tomara este no volvía y entonces finalmente lo miro.
Las lágrimas se desbordaban de sus ojos y con voz quebrada dijo:
–No ve… ¡El Ogro no ve!
No hay peor caída que la caída consciente. Cuando las ideas e ira se disuelven, cuando la adrenalina baja ¡la realidad toma su lugar y enfrente a uno!
–Kushina.
–¡Él no ve!
Es ahí cuando no puedes huir. ¡Es ahí! cuando te das cuentas que la carta de la muerte es la única que tienes en la mano.
¡Es ahí! Cuando finalmente te derrumbas…
–Dime que hacer.
–Kushina.
–No, no dattabane. –negó con la cabeza, apartándose de las caricias. No quería consuelo, sino respuestas. –Solo dime que hacer, solo necesito que digas algo…
Pero él no hablaba. Kushina apretó sus puños con fuerza y comenzó a golpearlo en el pecho: –¡Dime que hacer Minato! –le exigió con la vista nublada. –No te quedes callado dattabane ¡Dilo! Dilo, por favor ¡Solo dime que debo hacer!
Entonces él la agarro, detuvo los golpes y la atrajo hacia sí envolviéndola con fuerza entre sus brazos:
–Lo siento, lo siento cariño. –le susurro.
Pero ella negaba y con la voz quebrada seguía diciendo ¡Exigiendo!
– ¡Dime! ¡Solo dime que debo hacer!
Pero Minato no tenía una respuesta.
No había una respuesta.
–Lo siento… Lo siento Kushina.
Y ella lloro, lloro mientras era arrullada como la niña perdida que se sentía.
…
…
…
El sonido que hizo al apoyar el cuenco la hizo volver en sí. Kushina ya anciana perdía la miraba en el ramen caliente. Hundió los palillos, los levanto y vio la masa de fideos. Estaba bien, no increíble, pero si decente. Suspiro, tomo una bandeja y puso todo encima.
Se restregó los ojos, no porque hubiera lágrimas, sino porque sabían que podían volver a aparecer. No quería mostrarse débil, no cuando su amigo se había vuelto a encerrar en sí mismo.
Él no era el Ogro.
Él; no era el Ogro.
Tenía que repetírselo porque debía entender que ahora, al igual que aquella fatídica noche, tenía que cruzar una puerta permaneciendo entera. Así que se restregó los ojos y subió las escaleras.
Avanzo por el pasillo hasta la puerta adornada con girasoles. Tuvo cuidado para que nada se le cayera y la abrió. Encontró a su nieta o lo que supuso que lo era, arropada y dormida, siendo abrazada por su abuelo, ambos permanecían de espaldas a ella.
A simple vista, el Hyuga parecía dormido, pero ella estaba segura que no era así. Hiashi jamás bajaba la guardia, ni siquiera en tiempos de paz.
Se acercó hasta escritorio y dejo la bandeja, mantuvo la mirada en los peluches y dijo:
–Me iré mañana temprano dattabane, no quiero que Minato haga preguntas. –no pensó que él le respondería, pero lo hizo, igual de mordaz y seco como en antaño.
–¿No puedes enfrentar a tu esposo, Uzumaki? –no fue divertido, mucho menos bien intencionado, era ácidamente sarcástico y prepotente. Pero Kushina conocía a ese hombre, había lidiado con el líder del Souke en el pasado, solo que a diferenciaba de esas situaciones, esta vez no pensó, solo replico.
Dolida, cansada… rendida dijo: – ¿Y tú enfrentas a la tuya, dattabane?
Se dio vuelta encontrándose con unos ojos lavanda que la miraban con dureza desde la cama.
–¿Quieres seguir?
–No. Ya me canse dattabane. Tú mismo lo dijiste, pasaron cuarenta años. –señalo el ramen. –Despiértala, antes de que se le enfrié. Estaré en la habitación principal, cualquier cosa…
–No te necesito. –la corto sin reparo. –Y Himawari…
–Es mi nieta. –el fuego pulió de forma amenazante sus ojos. –No me importa lo que tú hagas dattabane, pero no me apartaras de ella.
–Hmmp.
Él ya no hablo, solo volvió a darle la espalda. Kushina se apresuró a caminar hacia la puerta y tomando el picaporte con fuerza, murmuro.
–No me arrepiento.
–Uzumaki. –fue una advertencia.
–No me arrepiento. –repitió. –Estoy cansada sí, pero jamás pediré perdón por esto, dattabane. Porque lo intente; enserio lo intente.
Él no respondió y ella pasando saliva murmuro un casi mudo: –Feliz aniversario, Ogro. –abrió la puerta y salió mordiéndose el labio para no gritar.
…
…
USTED HA LLEGADO AL PEAJE:
Es momento de estirar las piernas, bajar del auto y llorar ¡Llorar mucho! Mis queridos lectores tómense un momento para procesar TODO lo que paso hasta ahora o hacer una pequeña pausa antes de seguir.
¡Les deseo suerte! Mena
Dos niñeros, una nieta
IV
Parte II
…
…
–Lleva así ya una semana.
Las voces volvían, los recuerdos volvían. Kushina se sentó en el borde de la cama matrimonial y mirando las paredes, pintadas de un naranja suave, cerró los ojos.
Resignada simplemente se dejó llevar a un pasado que por décadas negó.
~•~•~•~•~
Las heridas físicas se curaban. Los ojos del Ogro habían sanado con el pasar de los días pero…
–Ha estado así durante toda una semana. –expreso con marcado fastidio Takahiro. –Solo se sienta ahí y no se levanta hasta el anochecer. No sé qué está esperando.
Kushina siguió la mirada del anciano y respondió: –Espera qué Hana-chan, venga a servirle el té.
–Kushina. –Minato miro a su mujer y esta asintió, antes de dirigirse al líder del clan.
–Yo me encargare de esto dattabane, pero que le quede claro que no lo hago por usted.
Takahiro bufo. –Mientras recupere a mi heredero poco me interesan tus motivos, Uzumaki.
–Maldito viejo. –escupió entre dientes. –Solo eso le importa ¡Solo así ve a su hijo!
–Kushina.
–¡No! –detuvo a su marido y enfrento al hombre con odio puro impregnado en los ojos. –Usted… –siseo con asco. –¡Usted los separo! Si Hiashi se hubiera quedado dattabane ¡Si él hubiera estado aquí! Mi amiga no habría… no habría. –fue incapaz de terminar la frase, la voz se le enmudecía.
Kushina llevaba una semana sin dormir. Ella… ¡Ella era la prueba viviente de lo que las pesadillas nocturnas provocaban en uno!
Estaba desanimada, con ojeras, sin apetito.
Estaba cansada, confundida, enojada.
¡Estaba desorientada! Pero de pie.
Cada mañana, desde aquella horrible noche, Kushina luchaba para mantenerse de pie. Se despertaba envuelta en un sudor frio, agitada… aterrada. Minato la abrazaba, esperaba pacientemente que se calmara y ella, ahí solo ahí, cerraba los ojos e intentaba ahuyentar las imágenes.
Imágenes, la unión de sus recuerdos. Lo real y lo que no paso. Imágenes, producto de la unión de sus miedos y los gritos de Hiashi. ¡Imágenes! del Ogro con sus ojos ensangrentados y Hana agonizando.
Jamás se sintió tan vulnerable. Jamás se sintió tan débil, por eso gritaba… Irónicamente gritaba de la misma manera que lo había hecho su amigo noches atrás.
–Hmmp, no puedo esperar que una forastera entienda la magnitud de los problemas que se juegan aquí.
–Maldito viejo ¿solo eso dirá? ¿Normas? –rio con fastidio y amargura. –¡Hana está muerta, dattabane! –Grito mientras lo señalaba –Y usted es tan culpable como cualquiera de sus estúpidas normas.
–¡Ya tuve suficiente contigo y tu insolencia! –la reprendió y miro al hombre. –Namikaze será mejor que le enseñes a tu mujer como comportarse porque si no yo…
–¡¿Sino qué dattabane?! ¿Qué me hará?
–Kushina…
–¡No! –miro a su esposo. –Quiero oírlo Minato, déjalo que hable. ¿Qué puede ser peor que esto? –el jounnin bajo la cabeza y Kushina volvió a dirigirse hacia Takahiro. –¿Sabe que pienso cada vez que lo veo? ¡Lo que he pensado siempre, dattabane!
–No me importa.
–¡Pero a mí sí! –alzo el mentó y siseo con asco. –No es más que un viejo… ¡Un decrepito que se esconde bajo tradiciones sin sentido!
–¡No te permito que ofendas al honor de este clan con tus tonterías, jinchuriki!
Podía ver como el ceño se acentuaba y las arrugas se aminoraban bajo la tensión. Takahiro presionaba tanto la boca, que su mandíbula temblaba y los labios formaban una línea tensa. Pero ella no se detuvo, siguió y siguió despotricando hasta que:
–No me importa dattabane ¡No me importa lo que me diga! ¡Hiashi es mi amigo y yo…!
– ¡Él es mi heredero!
Takahiro grito ¡alzo la voz! captando la atención no solo de ellos sino también de los otros miembros del clan.
–Hiashi es mi sucesor ¡líder del clan Hyuga! –dijo no dejando lugar a replicas. –Si quieres culpar a alguien por esto jinchuriki que sea a él. Yo sabía desde el primer momento que ese matrimonio no traería nada bueno, pero no me escucho. No escucho a nadie. –soltó un bufido. –Pero ahora sin esa impertinente mujer distrayéndolo, finalmente podrá centrarse en sus obligaciones como debe ser. Así que arregla esto o vete, poco me interesa lo que hagas. –la miro con asco. –Sí en mí estuvieras ya tendrías prohibido el paso.
…
…
…
~•~•~•~•~
Kushina suspiro, se levantó de la cama, entro al baño privado de la pareja y se miró al espejo. El vidrio le devolvió una imagen demacrada. Las ojeras marcaban una aureola amarronada bajo sus ojos.
Ojos, ojos con una mirada enrojecida ¿había llorado? Estuvo tan perdida en sus recuerdos que no supo cuándo empezó, pero ahora tenía la piel pálida y con surcos húmedos.
Abrió la canilla y se tiro agua, intentaba despertarse porque sabía que ya le sería imposible dormir. Su cabeza insistía en maquinar, recordar y exponer ante ella los momentos de una juventud dolorosa.
¿Por qué? ¿Por qué era la única que recordaba?
Sonrió con amargura. Se pasó la toalla limpiando toda el agua y volvió a mirarse en el espejo.
No, no era la única. Si lo fuera él no se enojaría. Si Hiashi Hyuga realmente hubiera olvidado a Hana, no actuaria así. Aun le dolía, ella lo sabía pero…
Subió dos de sus dedos hasta el pecho, susurro unas palabras y entonces... Un vaho blanco cubrió la pequeña habitación y donde antes estaba ella, ahora solo se vislumbraba una joven mujer, de largos cabellos azulados y ojos blancos, ataviada en un kimono.
Llevo la mano hacia el espejo y toco el vidrio. Lo sintió frio bajo los dedos.
–Kushina-san
Su voz no era su voz pero por un momento egoísta necesito creer su propio engaño.
–Kushina-san. –repitió. –Por favor acompáñeme a tomar té.
Era una tortura.
Ese jutsu ¡ese tonto jutsu de transformación! que en el pasado solo lo usaba para burlarse del Ogro y sus reacciones ante la extrovertida mujer, ahora era su condena.
Ese jutsu ¡El Henge no Jutsu! (変化の術) más que consuelo le traía amargura. Más que risas ocasionaba lágrimas. ¡Más que alegrías! Despertaba otro terrible recuerdo.
…
…
…
~•~•~•~•~
Ninguno presto atención a cuando Takahiro se fue, tanto Minato como Kushina siguieron con la mirada ahí, en la habitación principal. Específicamente en la sala, donde el sol coloreaba la madera de un tono anaranjado y el aroma de las flores del patio llegaba con mayor intensidad.
–No creo que nada de lo que le digamos pueda consolarlo.
Sentado a un lado de una pequeña mesa, estaba Hiashi. Permanecía en silencio, inerte, con las rodillas flexionadas y la mirada perdida hacia al frente… Hacia ese frente vacío.
Kushina miro un juego de té coronar la mesa. Una tetera, un cuenco y dos tazas, dos…Estaba segura que ambas estaban servidas, porque ella misma vio a una sirvienta hacerlo cuando recién llego al complejo, pero la bebida se enfriaba y él no la tomaba.
–No. –miro a su esposo. –No nos escuchara a nosotros. –estuvo de acuerdo. –Pero si a ella dattabane. –subió dos dedos hacia su pecho y dejo que un vaho blanco la cubriera.
Fue solo cuestión de segundos. Minato presencio como su esposa se esfumaba, dejando en su lugar a una joven mujer de cabellos azules y ojos lavanda.
–Yo esperare aquí, si me necesitas…
La ahora mujer "Hyuga" asintió y con paso sereno ingreso a la habitación.
…
…
…
Hiashi volteo, más rápidamente volvió a poner la vista hacia el frente.
Kushina, "Hana" ahora, tomo su lugar justo delante de él. Al principio creyó que Hiashi se levantaría, que se pararía y se iría sin decir nada, pero aquellos ojos no se despegaron de ella. La miraba ¡La miraba! Y aun así la kunoichi no sintió que esos ojos la vieran realmente; ni a ella ni a Hana hasta que…
–¿Crees que con una transformación mediocre lograras algo, Kushina?
Él hablo.
–Sé que no eres mi esposa. –Siguió pero ella no le respondió.
"Hana" agarro la taza que tenía enfrente suyo y comprobó lo que ya suponía.
El té estaba helado.
¿Cuántas horas había estado él ahí?
¿Cuántas horas había permanecido solo, sentado, mirando hacia la nada sin decir ni una palabra?
Trago el nudo que se le formo en la garganta y se acercó la bebida a los labios. Caliente o no, un característico aroma floral le rozo la nariz. Lo reconoció enseguida. Bajo la mirada y flotando en el agua hallo pequeños pedazos de pétalos, pétalos blancos… Era té de Jazmín, el favorito de Hana.
Tomo un sorbo y lo apoyo nuevamente en la mesa. Ese sonido fue lo único que escucho.
Los minutos pasaban lentamente, se volvían largos y pesados. Ella bebía, "Hana" tomaba uno que otro sorbo esperanzada a que él la imitara, pero no paso.
Finalmente la taza quedo vacía y Kushina no volvió a servirla.
–Creí haber sido claro la última vez. –la miro, esta vez realmente sus ojos se centraron en ella. –No te quiero aquí. No quiero que hagas nada de esto. Solo vete Kushina.
–No lo hare y no insistas porque no cambiare de opinión. No te dejare solo.
Hiashi frunció el ceño, "Hana" tomo su taza con ambas manos y se la extendió a él.
–Sírveme más, por favor. Bebamos juntos.
Él no se movió pero ella tampoco cedió, sino que repitió devuelta:
–Bebe. Bebe conmigo, por favor.
Era la voz, el cuerpo de ella, de su esposa... De Hana.
Kushina no estaba diciendo "dattabane" ni "de veras" pero sus ojos… Esos ojos blancos, imitados y falsos, lo traían a realidad de una forma muy cruel. Le hacían ver los gestos ¡Aquellos movimientos torpes!
Hana jamás le hubiera pedido que le sirviera. Hana nunca se sentaba enfrente ¡O tal vez sí! Pero lo hacía solo unos pocos minutos, hasta idear una alocada idea para acortar la distancia y terminar acurrucada junto a él.
Hana tomaría su mano bajo la mesa.
Hana aspiraría el perfume del té y haría un chillido de gusto, justo antes de tomar primer sorbo.
Hana… Hana.
Nadie tenía que decírselo. Él lo sabía, todos hablaban y murmuraban en los recovecos de los pasillos como animales rastreros y venenosos.
Todos ¡Todos! Lo miraban con pena, burla… ¡Con lástima!; con lastima. Odiaba eso ¡Odiaba eso! Le repugnaba la decepción y asco en el rostro de su padre. Odiaba la vergüenza y arrepentimiento con la Hizashi lo veía desde ese día.
No necesitaba eso ¡No necesitaba nada, porque no tenía nada!
–Hiashi...
Pero él era una burla ¡Su persona era una burla! Un chisme ¡Un cuerpo con el que despotricar!
–Hiashi…
Lo cuestionaban ¡Lo cuestionaban a él y su autoridad!
–Hiashi toma.
¿Por qué? ¡¿Por qué?!
Por ella…
Hana había sido su mayor fortaleza ¡Hana había sido…! Su más grande debilidad.
–¿Ogro? –olvido el apodo, olvido todo. Dejo la taza y lo llamo más fuerte: –Ogro ¡¿Ogro?! –él no reaccionaba.
Ella lo había convertido ¡Hana lo había transformado!
Con sus besos y caricias.
Con su sonrisa y juegos.
Con sus celos y lágrimas.
Con… sus hijas.
Ella lo despertó ¡lo sacudió!
–¡Ogro! –ya no soporto más, se levantó y casi tropezándose fue hasta él. Con ambas manos lo tomo del rostro y lo obligo a mirarla mientras le decía: –Ogro ¡Ogro! ¡Mírame dattabane! Háblame conmigo por favor. –pero él no reaccionaba y ella se angustiaba más y más. –¡Ogro!
Ya no habría apodos, ni miradas.
Ya no habría té caliente, ni noches apasionadas.
Ya no habría nada… Porque ella no estaba.
¡No estaba!
–Ogro, estoy aquí, yo estoy aquí. Por favor no te cierres dattabane. –le acaricio las mejillas, el cabello y con los labios temblando y la voz rota, dijo: –Grita, llora, ¡Insulta dattabane! pero haz algo por favor. No te quedes callado, no huyas. Ogro ¡Ogro maldita sea! –ella se rompió, soltó un sollozo y dejo caer su rostro contra su pecho. –Por favor, por favor… –rogo sin recibir respuestas.
No podía perderlo a él también. No era tan fuerte.
Lo apretó, lo apretó tanto como pudo. Sintió lo tenso estaba y lo frio de su piel. Era un cuerpo, solo un cuerpo. Envolvió sus brazos alrededor de él y sujeto la tela hasta que sus manos se tornaron blancas y entonces, en un acto de pura desesperación, susurro contra su oído:
–Hia-kun… –el apodo que Hana tenia para él. –Te amo.
Todo paso tan rápido. Todo fue tan sorpresivo.
Kushina sintió una punzada en la cabeza cuando esta reboto contra el tatami y entonces mareada apenas logro ver como él se ponía encima, plantando ambas rodillas a cada lado de su cadera, bloqueándole la salida.
–Ogro… ¿Ogro, qué haces?
Pero él no hablo, solo se inclinó sobre ella y ocultando el rostro en su cuello aspiro con fuerza.
–Ogro… –podía sentir como la fría nariz de él se deslizaba dibujando una línea recta. Estaba paralizada.
Era menta, no jazmines, ni siquiera su perfume. Hiashi cerró los ojos con fuerza y se levantó para mirarla, fue allí cuando enloqueció. Al vislumbrar todo lo que escuchaba en los pasillos ¡Todo! en aquella maldita y falsa mirada blanca.
Su cuerpo se movió solo. Con la mano callosa, dio una caricia áspera por la mejilla de la mujer, sintiendo lo húmedo de sus lágrimas y lo fría que estaba.
–Tanto quieres esto. –su voz sonó ronca y gastada, no había dormido en días. –¿Tu esposo no te complace Kushina y entonces recurres a mí?
Ella tembló, tembló bajo él porque no reconocía al hombre que tenía encima.
–Ogro… –su voz sonó mucho más débil e insegura de lo que quiso. –Sueltamente onegai. Tú no eres así, dattabane.
Hiashi sonrió y ahí ella pudo ver roto que estaba por dentro.
–No sabes como soy, no me conoces.
–Ogro, espera.
Pero él la ignoro, su mano viajo hasta sus labios y con el pulgar apretó marcando el contorno.
–Dime… –le miro la boca y después a ella – ¿Me besaras?
Kushina lloro, las lágrimas salían sin permiso y rodaban por sus mejillas. Hiashi volvió a inclinarse, ella cerro los ojos y entonces él le susurro contra el oído: –¿Me harás el amor como lo hacia ella?
–Ogro. –se relamió los labios, intentando hacer a un lado la sequedad de su boca y hablar. –Escúchame…
–Eran noches y días enteros donde le entregaba el alma a mi mujer. –siguió diciendo perdido en sí mismo. –Todo lo que tenia se lo di, lo que era… –tomo con la otra mano una pequeña cantidad de aquel cabello "azulado", jugando con él entre sus dedos. –No teníamos sexo, hacíamos el amor… Ella me enseño que era eso. –se apartó y la miro directo a los ojos. –¿Harás lo mismo, Kushina? ¿Criaras a mis hijas?
Ella intento hablar pero no pudo, eso lo desquicio.
–¿No, verdad? –dijo con agria ironía. –Porque tú ya tienes una vida pero aun así intentas actuar como ella. ¿Por qué? ¡¿Por qué?! –golpeo con el puño, aun lado de su cabeza. –¿Por qué tienes el descaro de venir hasta aquí y hacerme esto? ¡Responde, no te quedes callada!
Ella se sobresaltó, se encogió bajo ese gran cuerpo y temblando dijo: –Lo siento. Lo siento tanto dattabane.
Pero él no escucho ni su ruego ni su suplica, estaba furioso.
–Te transformas en ella ¡Tienes la insolencia de profanar su imagen! –grito. –¿Por qué? ¡¿Por qué me obligas ver los ojos de mi esposa llenos de lastima?!
Pero no dio tregua, porque antes de que ella pudiera siquiera replicar, se auto respondió convencido. –Te burlas. Te burlas como todos aquí ¡Es eso!
–¡¿Qué?! ¡No, no dattabane! –negó moviéndose bajo su cuerpo. – ¡Jamás me burlaría de algo así, Ogro!
–¡Lo hiciste!... Lo hiciste. –su voz bajo de tono, hasta tornarse más grave y ronca.
Ambos se miraron, Hiashi le corrió un cabello llevándoselo tras la oreja, ella por impulso ladeo la cabeza intentando alejarse.
–¿Acaso ya lo olvidaste Kushina?
–Ogro.
–Tú te burlaste.
–No, no.
–Sí, sí lo hiciste al momento de llamarme como solo ella tenía permitido hacerlo.
–Solo quería que reaccionaras dattabane. Solo quería… Ogro.
Pero el no pareció escucharla, su mirada se perdió a lo lejos y después volvió a ella.
–Sabes, enserio admiro tu terquedad. –tomo una gran bocanada de aire y la dejo salir muy lentamente. –Impulsiva y terca, así también era mi Hana.
–Ogro…
Pero el anclo la mano en la cintura de ella y la pego contra sí.
– Y ¿sabes qué más? Celosa. Hana era encantadoramente celosa.
–Ogro.
–¿Si te beso, ella vendrá?
Vio la tristeza ¡La agonía en los ojos blancos de él!
–Dime Kushina, si te hago el amor… ¡¿Hana aparecerá gritando que le pertenezco?!
–No te reconozco. ¡No eres tú! –quiso pegarle, intento soltarse pero no pudo. –¡Aléjate de mí, dattabane!
Hiashi sonrió vagamente, apenas una mueca en lo que antes su esposa consideraba una sonrisa sexy, ahora era algo apagado… siniestro.
–Tienes razón… ya no soy yo.
Y entonces cegado por el dolor bajo su rostro, motivado por las ansias de volver ese sueño real.
Ya no la oía ni la escuchaba, solo sentía un aliento tibio contra su boca, una brisa que si se concentraba lo suficiente podría ser Hana pero… Alguien lo despertó abruptamente de su sueño.
Sintió una dureza fría contra su cuello y una voz le dijo:
–Aléjate de ella.
No mentiría al decir que lo había previsto, realmente lo estaba esperando. Miro hacia el costado encontrándose con unos ojos azules e intimidantes.
–¿Celoso Namikaze? No debes darle a tu mujer lo que necesita, que viene a buscar a otro hombre.
Pero Minato lo ignoro y miro de lleno a su esposa. –Kushina ¿estás bien?
–Hai. –la transformación termino y con ello Kushina se vio respondiendo más por reflejo, que por verdad.
No estaba bien ¡Nada de esto estaba bien!
Hiashi la soltó, él simplemente se levantó como si no hubiera hecho nada. Se sacudió las ropas, alzo el mentón y entonces la miro… la miro como si no importara, con asco e indiferencia.
–Ogro.
Ella en cambio le devolvía la mirada llorando, desconociéndolo por completo. Estaba quebrada, desorientada. Aun intentaba procesar quien era ese hombre que se había adueñado de él, cuando lo escucho hablar: –Esta será la última vez que lo diga, así que será mejor que escuches bien Uzumaki. Tanto tu como tu esposo tienen negado el acceso al complejo, si mis hombres los ven los sacaran inmediatamente. No te quiero cerca de mí, ni de mis hijas…
–Ogro…
Extendió la mano hacia él, pero Minato se la tomo. Cuando ella lo miro, el Hokage estaba serio y negaba con la cabeza.
–No me llames así. –continuo el Hyuga. –Es infantil y deshonroso. Mi nombre es Hiashi Hyuga o en todo caso, Lord Hyuga para ti.
–¿Lord? –tartamudeo abriendo los ojos espantada.
–Mi padre ya no está a cargo. –declaro. –Lo estoy yo.
Kushina contuvo el aire, no fue ni siquiera capaz de soltarlo. Minato le rodeo con el brazo la cintura presionándola para que no cayera y se miraron entre sí.
No hizo falta decir nada, él Hokage lo entendió. Como antes, como siempre, leyó el miedo en los ojos de su mujer, porque Minato supo que esa declaración marcaba el fin de la amistad entre el Ogro y su esposa.
Pero Kushina… aunque lo viera ¿lo aceptaba?
La miro pero ella seguía con el alma en vilo escuchando al nuevo patriarca.
–Tienes enfrente tuyo al nuevo líder del clan Hyuga. Cada hombre, mujer y niño que vive en este complejo me debe respeto y obediencia. No espero que una forastera entienda la magnitud de mi deber, tampoco me interesa. Pero que te quede claro esto Uzumaki…
La mirada que le dio en ese instante Kushina no se la olvidaría jamás.
–La persona que conocías, tu amigo de la infancia está muerto. Lleva muerto una semana. Ya va siendo hora de que lo aceptes y dejes de entrometerte en mis asuntos.
Sin esperar respuesta ¡sin delicadeza alguna! Hiashi salió de la habitación dando por terminado todo y dejando atrás a la pareja, pero…
–¡Kushina!
Como sospecho Minato… ella no lo aceptaba.
…
…
…
Kushina corrió, no pensó, solo lo vio irse y reacciono. Se desprendió de Minato y salió tras su amigo. Lo intercepto justo a la mitad del pasillo.
–¡Espera dattabane! –grito.
Él se detuvo pero no volteo a verla.
Agitada, Kushina vio como a unos pasos más adelante estaba Hizashi, el príncipe. Él la miro, pero ninguno pudo decirse nada, porque Hiashi hablo: –Creí haberte dicho que esto era todo, Uzumaki.
Ella volvió a enfocarse en él y le grito a su espalda: –Pero yo no termine, dattabane.
–¿Tan poca dignidad tienes? –la miro por sobre su hombro.
–No lo acepto. –replico terca. –¡Me niego ¿oíste, Ogro?! ¡Me niego!
–Te dije…
–¡No me importa, dattabane! ¡No me importa lo que digas!
Los gritos no solo acaparo la atención de los hermanos, sino que otros miembros del clan se asomaron lentamente. Hiashi frunció el ceño en desagrado y Kushina; a ella ni siquiera parecio importarle solo siguió diciendo…
–¡No puedes esperar a que escuche todas esas idioteces y me quede callada! –le reprocho. –Me conoces Ogro ¡Me conoces dattabane! Sabes que nunca sé cuándo darme por vencida y contigo no va a ser diferente.
Cansado de esto, de todo, Hiashi se dio vuelta y la enfrento con dureza: –¿Por qué insistes? ¡¿Por qué te rehúsas?!
–Porque eres mi amigo dattabane ¡Mi rival! –le respondió sin dudar ni un segundo. –Crecemos, peleamos, nos insultamos, pero siempre juntos ¡Juntos! ¿sabes por qué? ¡Por que un compañero nunca se abandona! –le grito. –¡Porque con un rival uno nunca se rinde! –su furia era más grande que su angustia, así que ninguna lagrima ¡Ninguna! se asomó en sus ojos mientras lo miraba. –A ti y a mí nos une un lazo, dattabane. Somos rivales ¡Rivales, Ogro! y aunque ahora lo odies, aunque ahora digas no ser quien yo conocí… Yo sé ¡Yo de veras sé! –dijo convencida. –Que tú sigues siendo el mismo Ogro tartamudo y gruñón de mi infancia.
–Veo que tu ineptitud no te permite razonar. Madura de una vez Uzumaki, tu amigo…
–¿Y Hia-kun?
Pregunto antes de que él pudiera terminar de hablar y vio como sus ojos, antes duros, los cubría una espesa capa de odio.
–No menciones ese nombre. –le siseo con los dientes apretados.
Pero ella no retrocedió y dijo: –Dime… ¿Él también desapareció, dattabane? –cuestiono con marcado sarcasmo, soltando una risa al final que interrumpió con su propio grito. –¡¿El hombre que Hana-chan amaba también se fue?!
–¡Te he dicho que ese nombre está prohibido aquí!
–¿Por qué? ¡¿Por qué dattabane?! –le exigió. –Ella era mi amiga ¡Era una Hyuga! –grito. –Pero tú no lo dices porque era un cobarde ¡Un Ogro idiota y cobarde dattabane! –lo señalo con el dedo. –No tomarías té, ni tampoco te enojarías por lo que hice si lo que sentiste no hubiera sido real. –hablaba rápido elevando la voz más y más. No pensaba lo que decía, solo lo soltaba todo. –La amas. Niégalo todo lo que quieras Ogro, pero yo lo sé dattabane. Lo veo en tus ojos. –lo acuso. – Amas tanto a Hana, que te duele ¡Por eso prohíbes su nombre! Estas destruido, dolido y…
–¡No soy débil! –no fue un grito, fue un rugido. Las venas palpitaban en las sienes del nuevo líder. –No soy débil. –repitió secamente con el Byakugan activado. –Todo ese sentimentalismo, ese amor. –pronuncio con asco. –Solo implico una pérdida de tiempo. Fue un fin para un propósito. Un único propósito… –guardo silencio y alzando el mentón en una pose desafiante y orgullosa, le dijo. –Procrear a un heredero, para eso era lo único que esa mujer importaba y sirvió. Lo demás que dices… –soltó un bufido. –Son imaginaciones tuyas, Uzumaki.
Ella no pudo hablar, no pudo contradecir. Quedo en shock por sus palabras y la frialdad con que las dijo. Y él lo vio, noto que estaba ganando y avanzo.
–Ahora lo entiendes… –le dijo y después se dirigió a los hombres a su alrededor. –"Hana", recuerden bien ese nombre porque será la última vez que lo mencione. El nombre de mi difunta esposa está prohibido. Cualquiera que ose decirlo ¡cualquiera que se atreva a pasar por sobre mi autoridad y comentárselo a mis hijas! será severamente castigado. ¿Entendido?
Ningún hombre le respondió…
–He dicho… ¡¿Entendido?! –exigió alzando la voz.
–Hai, Hiashi-sama. –respondieron todos al unísono menos…
Miro a su hermano y marcando su estatus, pregunto: –¿Ha comprendido lo que acabo de decir Líder del Bouke?
Hizashi lo miro y bajando la cabeza asintió susurrando un suave: –Hai, mi Lord.
–Bien… –iba a retomar su camino cuando…
–Yo no la olvidare.
–¡Uzumaki! –Era insoportable ¡¿Por qué ella no se rendía?!
–¡Yo no la olvidare ni me callare dattabane! –grito Kushina. Miro a los hombres ¡Miro al Príncipe! Y dijo –Jamás la olvidare.
–Kushina-san.
Entonces ella enfrento a Hiashi y: –Este clan tenía matriarca dattabane ¡Este clan tiene una líder y se llamaba Hana Hyuga! No podrás borrar eso jamás ¿Oíste, Ogro? ¡Jamás dattabane!
–Saquen a esta mujer de mi vista ¡Sáquenla! –le ordenó a sus hombres y después la miro a ella. –La quiero ya mismo fuera de mi complejo. –sentencio.
Ni bien Hiashi lo dictamino, Kushina vio un destello amarillo cubrirla. Minato se ponía enfrente de ella con una kunai en su mano.
–Muévete Namikaze, como Hokage puedes aconsejar pero no intervenir en los asuntos de mi clan.
–Ahora mismo no soy el Hokage, sino su esposo. Ya deje que la lastimaras demasiado. –un brillo de ira lleno sus ojos siempre pacíficos. –Pero no volverá a pasar.
Pero Hiashi no se amedrento, ni se alteró. Lo considero un desafío y mirando a su clan, volvió a decir: –Sáquenla ¡Sáquenla!
Pero nadie se movió, por unos pocos segundos los shinobis se miraron entre sí sin saber qué hacer. Todos la conocían, todos sabían la amistad entre ellos, pero Hiashi era su líder ahora así que… Tres amagaron a moverse en son de cumplir la orden impartida cuando:
–¡Nadie se mueva!
El Príncipe… Hizashi, alzo la voz.
–¡¿Cómo?! Shinobis… –intento objetar Hiashi pero el líder del Bouke volvió a interrumpirlo.
–¡He dicho que todos permanezcan en sus lugares! Nadie tocara a esa mujer –decreto sin levantar la voz pero firme.
Hiashi miro enardecido a su hermano y parándose frente a él, le dijo:–¿Desafías mi autoridad Hizashi? ¿Te atreves a hacerlo?
–Kushina-san es mi amiga… –dijo con voz calma pero autoritaria. –Y tal vez reniegues de eso, pero también hubo un tiempo en que fue la tuya. Ella siempre te respeto y fue leal, no se merece esto.
Hiashi soltó un bufido.
–¿Vienes a darme lecciones de ética y etiqueta, líder del Bouke? Que débil eres Hizashi.
Pero el hermano menor no se rebajó a esa humillación, no siguió la discusión, solo lo miro y con voz serena, dijo mientras se reverenciaba.
–Por favor mi Lord, solo le pido que me permita escoltar a la señorita Uzumaki y su esposo, fuera del complejo, como lo que son, viejos amigos de la familia.
Hiashi miro a su hermano y después a la pelirroja, soltando un bufido soltó un seco:
–Que sea rápido.
–Hai
…
…
…
–No tienes que hacer esto, conozco la salida dattabane.
–Kushina-san.
Pero ella no lo escuchaba, hablaba entre dientes, insultando y bufando mientras se dirigía a la salida.
–Esto no quedara así yo… Cuando le ponga las manos encima dattabane ¡Ahhg! –soltó un grito furiosa, lanzando puños al aire. –Es un idiota si cree que me voy a rendir ¡Es un idiota si…!
–¡Kushina-san! –Hizashi elevo la voz haciendo que finalmente la mujer se callara y lo mirara. –Va a lograr que me tape los oídos y desee… Atama ga kawasu (頭が折れる romperme la cabeza) con sus gritos, por favor. –la miro fijamente. –Guarde silencio.
Kushina asintió y para sorpresa de su esposo no volvió a hablar.
Llegaron a la entrada, Hizashi dio un asentimiento con la cabeza y los guardias abrieron las puertas.
La pareja salió, pero antes de alejarse del todo, Kushina se detuvo y mirando de reojo al príncipe pregunto por lo bajo: –¿Solo la cabeza te romperás, dattabane?
–Solo la cabeza, Kushina-san. –respondió él usando el mismo tono
Ella no le respondió. Hizashi se dio vuelta para volver a entrar al complejo, pero antes dijo:
–Pero siempre puedo recomendarle ir a las alturas Kushina-san. Desde arriba todo se ve más claro.
No hubo más intercambios. Hizashi entro al complejo y la pareja emprendo su camino por la aldea.
…
…
…
Llevaban varios metros lejos de la vivienda Hyuga. Minato miraba de reojo a su esposa, pero esta continuaba callada, con la mirada perdida. Al contrario de horas atrás, no parecía ni enojada o angustiada, solo pensativa y estuvo así hasta que…
–Tenemos que ir al bosque rápido dattabane. –le dijo.
–¿Qué? ¿Qué pasa Kushina?
Pero ella no le respondió, solo lo tomo de la mano y comenzó a llevarlo.
–Te explico cuando estemos ahí, dattabane.
Le tomo un par de minutos, Minato vio como poco a poco dejaron atrás la aldea y se internaron en los campos de entrenamiento. Pasaron árboles y más árboles hasta llegar a un pequeño claro, donde justo en el centro había un enorme roble que luchaba por impedir el paso del sol.
–Me siento aliviado de que haya entendido mi mensaje Kushina-san. –reposando sobre las raíces, Hizashi le regalaba a su amiga una sonrisa suave.
–¿Hizashi-san?
–Es un juego dattabane. –hablo Kushina adoptando una expresión seria. –Fue fácil dattabane lo supe ni bien lo dijiste… "taparme los oídos". –miro a su esposo. –Hizashi me decía eso cada vez que sospechaba de que el Ogro podía escuchar nuestro plan sobre alguna broma. Era su forma de avisarme de que no era seguro hablar dattabane. Y sobre venir aquí… –Kushina miro el enorme roble: –Acá aprendimos a escalar dattabane, un lugar en las alturas. Todo se ve más claro desde arriba, eso siempre lo decía el Ogro.
–Es bueno ver que aún lo recordaba.
–Esperen entonces… "Se rompe la cabeza", es –Minato miro a su esposa y esta asintió.
–La cabeza del clan. Hiashi está en peligro. –ahora miro de lleno al gemelo menor. –Hay algo que tú y el Ogro no me están diciendo ¿cierto, dattabane? ¿Qué es?
–No es fácil de explicar, pero en cierta forma el que Hiashi te haya tratado así es mi culpa.
–Príncipe…
–Lo siento mucho Kushina-san
–Eso no me importa ahora dattabane. Solo dime ¿Qué paso?
Hizashi la miro con culpa y soltando un suspiro dijo: –Hiashi quería esperar pero yo lo presione, estaba asustado por lo que le depararía a Neji.
–Neji... ¿Qué tiene que ver tu hijo en todo esto dattabane?
Pero él no hablaba.
–Príncipe ¡Príncipe!
Hizashi la miro y eso fue todo. Se lo dijo, le revelo todo…
~•~•~•~•~
Se despertó sobresaltada.
Levanto la cabeza de la almohada, tenía algunos cabellos adheridos al rostro y un rastro de saliva seca en la mejilla. Limpiándose con el dorso de la mano, Kushina se estiro y apago el despertar. Suspiro aliviada cuando este dejo de sonar y tomando un poco de impulso se levantó.
Habia sido una mala noche, pésima noche. Le dolía el cuello y sentía los músculos agarrotados. Pesadillas o recuerdos, aun no definía bien que fue todo eso. Tal vez un poco de ambas, pero en todo caso no pudo dormir.
Bajo las escaleras y llego a la cocina. Lo primero que vio fue el tazón que había usado la noche anterior, ahora estaba lavado.
Él le había dado el Ramen a Himawari.
En otro momento hubiera sonreído o hasta se hubiera reído, pero ahora no. No tenia fuerzas ni ganas.
Igual, tampoco es que pensó que el Ogro fuera tan cruel como para hacerle pasar hambre a su nieta, pero si creyó que tal vez con todo lo que había pasado entre ellos, él terminaría optando por preparar algo más.
Pero no fue así y Kushina estaba feliz de haberse equivocado.
Se puso un delantal y empezó los preparativos para el desayuno.
Al igual que antes, al igual que siempre, saco los potes anaranjados y empezó a cocinar ramen para el desayuno.
Prendió la hornalla y vertió una generosa cantidad de fideos en el agua. Mientras estos hervían miro hacia la mesa.
¿Debería contar al Ogro? Dudo, pero finalmente opto por sacar tres cuencos. Su nieta estaría con ellos, debían comportarse.
Coloco los tazones en fila y comenzó a llenarnos. Sonrió orgullosa al ver, que a pesar del sueño, no se le habían pasado.
–Con cuidado dattabane, con cuidado. –se dijo así misma mientras tomaba uno con los paños puestos para no quemarse. –¡Hima-chan, ya está el desayuno dattabane! –grito en dirección a las escaleras.
Ya podía ver la cara de su nieta, cuando viera el ramen.
¡Himawari lo amaba! Era una gran evidencia de la sangre Uzumaki en ella. Se dio vuelta sonriendo por ello cuando…
Lo vio a él, Hiashi estaba a un lado de la mesa. La sonrisa desapareció tan rápido como llego y haciendo una mueca Kushina murmuro.
–No quiero que ella se sienta incomoda dattabane asi que…
–Hana.
Fue un susurro, pero ella lo oyó ¡O creyó oírlo! No estaba segura. Las palabras murieron en su garganta y lo miro.
–¿Qué? tú... –intento rearmar
–Hana. –repitió esta vez Hiashi más fuerte, mirándola a los ojos. –El nombre de mi esposa era Hana.
El tazón de ramen resbalo de sus manos y cayo ensuciando el piso, pero eso no importaba porque…
–Ogro…
Él lo había dicho.
Continuara…
Si llegaron hasta acá son valientes ¡si llegaron hasta acá…! No me odien, era necesario ¡Lo juro! Yo también sufrí y llore ¡Llore mucho! Mientras lo armaba, pero todo tiene explicación, todo tiene una razón y creo que los deje con mucho en que pensar.
¿Teorías?
Yo solo diré que Kushina y Hiashi tienen una relación amor odio, unidos por una amiga/esposa que ya no está y unos nietos que aman con toda su alma, eso es lo que deseaba mostrar.
¿Salió? No sé, sinceramente no lo sé
¿Ustedes que dicen? ¿Lo logre?
Nos leemos muy pronto ¡Hasta la próxima dattabane!
