Los labios que lo apresaban contra la pared comenzaron a descender de los suyos; abriendo paso con sus manos, se deshizo de las telas finas de su hanfu, descubriendo la parte delantera de su cuerpo para poder seguir un camino de besos que sabía bien en dónde culminaría. Los golpes a la puerta perdieron importancia paulatinamente. No podían esperar. Su amante, completamente desnudo, se arrodilló frente a él, el color negro de su cabello resaltaba sobre la pálida piel; levantó la cabeza para verlo directo a los ojos, en complicidad, sin poder evitar que una sonrisa se formara en su tierno rostro.

Observó con atención su boca que se abrió mínimamente, como si quisiera decir algo, sin embargo, optó por tragar aire y volver la vista al frente. Las manos firmes sobre sus caderas lo retuvieron en el lugar, anticipando las sensaciones con roses coquetos de su nariz y labios sobre la piel sensible de su entrepierna expuesta. Cuando la ávida lengua entró en acción, únicamente atinó a cerrar los ojos y suspirar por el anhelado contacto, dejándose guiar al interior de la cavidad.

El de menor estatura empujó dos veces con la cabeza, engullendo hasta donde su garganta se lo permitió. Tenían práctica en esto. Después, lo retiró de su boca para lamerlo de la base a la punta y de regreso, por encima, succionando a los lados, dándole miradas furtivas y sonrisas contenidas entre cada movimiento, aprovechando el líquido acuoso que comenzaba a escurrir para lubricar sus labios, con el único fin de reanudar su primera acción.

Cuando lo introdujo de nuevo se zampó de su sabor, acelerando el proceso de meter-sacar, acompañado de succiones y vaivenes de su mano, ocasionándole más de un gemido que fue imposible de contener.

–A-Yao… –articuló antes de perder el aliento, aferrando una de sus manos al cabello del mencionado, empujando sus caderas contra la tersa piel de su cara.

Sabiendo que se acercaba al orgasmo, lo deslizó fuera de su boca, sin detener su mano, manteniendo una sonrisa de satisfacción.

–¿Te gusta, Zewu-Jun? –su tono travieso y su mirada oscura cautivaron su entera atención.

En algún momento que les pasó desapercibido el llamado anónimo a la puerta cesó y era ahora el silencio lo que imperaba en la habitación. Pudo ver las pupilas dilatadas de su pareja mientras se ponía de pie, lamiéndose los labios de un lado a otro en repetidas ocasiones para limpiar la mezcla de fluido y saliva que no había terminado de tragar. Esos ojos pardos eran una de las razones por las que su juicio se doblegaba al estar a su lado; anhelaba lo que veía en ellos, tan intangible como fuere. Asintió despacio a la pregunta que le hizo, obteniendo una risita dulce a modo de respuesta.

–Entonces, vamos a la cama.

Sin necesidad de más palabras lo llevó directo a donde quería, utilizando su infalible estrategia de besos cariñosos continuos, misma que inició la íntima situación en la que se veían envueltos. A pesar de usarla de manera recurrente, podía asegurar que cada vez funcionaba mejor. Y es que su deseo demencial se conformaba con ese fervor con el que lo besaba, la facilidad con la que su cuerpo despojado de prendas y adornos lo erotizaba y lo dejaba rogando siempre por "un poco más". Quería que lo quisiera, que lo amara de forma desenfrenada y devota, como nadie nunca lo había hecho y, por lo más sagrado que existía, juraba que lo hacía. Lo hacía sabiendo el mal que les causaba.

Su espalda tocó la superficie de la cama y Yao lo trepó enseguida, con agilidad viperina, rozando sus zonas íntimas con gentileza, atacando su cuello con mordidas suaves pero consistentes. Lo conocía. Sabía lo mucho que le enloquecía tenerlo encima y se aprovechaba de ello, añadiendo gemidos y jadeos directo a su oído.

Sus manos recorrieron el pequeño cuerpo una y otra vez, en afán de impregnarse de su melosidad, sin posibilidad de cansarse de la calidez de su piel. De manera espontánea lo cautivó en un abrazo, con el motivo de compartir un beso largo y ansioso que involucró a sus lenguas.

Acarició las piernas a los lados de su torso, sintiendo de repente sus movimientos apresurados; lo miró alejarse para acomodarse en una posición similar a la de las ranas sobre su regazo, listo para comenzar con la penetración, cerrando los ojos y apretando la quijada en una mezcla de ligero dolor y ansiedad por sentirlo dentro de sí una vez más. Su expresión facial cambió paulatinamente hasta denotar placer, mordiendo su labio inferior al concretar el acto, el sonido de sus respiraciones agitadas en anticipación llenó la habitación.

Con el movimiento vinieron los gemidos y otros sonidos placenteros influenciados por el éxtasis de su práctica. Tenía la mejor vista que podía desear, llenándose de las expresiones desinhibidas de su amante. Podía jurar que nunca había visto nudillos tan bonitos como los que pertenecían a los dedos que empezaban a enterraban las uñas sobre su pecho.

–XiChen… Mnh, XiChen… más rápido –imploró, volviendo a morder su labio.

Obedeció sin objeciones, sabiendo que en cuanto lo hiciera no resistiría demasiado. Aferró ambas manos a su trasero, impulsándolo con ellas y con su cadera, penetrándolo con ganas, logrando que alcanzara el punto máximo del placer. Entre súplicas lascivas y gemidos arrebatados, llegaron al orgasmo, uno tras otro, alargando sus sensaciones a causa de los movimientos del más bajo, quien no se detuvo hasta realmente no poder más.

Volvió a sus brazos, exhausto, ambos jadearon para recuperar el aliento. Los minutos siguientes pasaron con excesiva calma, tan sólo contemplando el palpitar de sus corazones, abrazados pecho con pecho.

De pronto el hombre sobre él se irguió, el largo de su cabello se deslizó sobre su hombro, cayéndole en el pecho, por lo que se dedicó a acariciarlo, sosegado. El toque que sintió sobre la sagrada banda que llevaba en la frente no lo perturbó en lo absoluto, pues estaba acostumbrado a ello. Confiaba en que, si sucedía, era por el estricto motivo de enderezarla.

–Una vez al día no es suficiente, XiChen –demandó con un puchero travieso.

–Tenemos que ser más discretos. Creo que comienzan a sospechar... –se levantó de la cama después de besarlo, con una sonrisa de resignación.

Analizando la situación con la paz que le rodeaba ahora, se percató de que los golpes a la puerta aparecieron tan sólo minutos después de que entraron juntos a la habitación, como si alguien los hubiera estado observando. Debido a su comportamiento reciente y la ausencia de voz tras los llamados, sus sospechas recaían en el tercer hermano jurado. Yao se limitó a asentir, desviando la mirada.

Comenzó a arreglarse la vestimenta cuando sus brazos fueron detenidos por las manos de éste.

–¿Qué haces? –sus ojos abiertos, mirándolo con cierto desconcierto–. Quédate conmigo esta noche, ¿sí?

El deje de seducción en su voz lo conquistó. Lo miró unos segundos antes de ceder con una sonrisa. Lo conocía demasiado bien. Se atrevería, incluso, a decir que lo conocía mejor que sí mismo en muchos aspectos y eso complementaba a la perfección su reciprocidad.

Le ayudó a desvestirse, quitándole también la horquilla que portaba sobre su cabeza, peinándole el cabello con los dedos, evitando que se enredara. Posteriormente, lo guió de regreso a la cama, en donde se acomodó envolviéndose en sus brazos. Nunca perdió la sonrisa y eso le pareció encantador.

Besó su mejilla, acercándolo más a su cuerpo. Hundió su cara en la curvatura de su cuello y aspiró el suave aroma que tanto le gustaba.

—Te quiero, A-Yao —plantó un beso en la bella piel—. Descansa, por favor.

El mencionado sonrió una vez más; aunque no pudo ver su rostro, se lo dejó saber con un sonido dulce.

En contraste con la tranquilidad alrededor de ellos, su mente no pudo alejar los pensamientos preocupantes, pues no lograba comprender la desconfianza que el hermano MingJue profesaba por la persona que estaba recostada a su lado, cuando todo lo que él podía percibir era su dulzura, su pureza y su amor incondicional. El tiempo pasó más lento que nunca y, por más que mantuvo los ojos cerrados, no consiguió conciliar el sueño pasadas las horas.

Sus oídos acostumbrados ya al silencio se agudizaron al escuchar los movimientos y la voz del otro.

—XiChen, ¿sigues despierto...? No puedo dormir.

—Sí, yo tampoco puedo —respondió, abriendo los ojos con calma.

Una vez habituado a la oscuridad, se encontró con la reconfortante imagen de su compañero a su lado, con la mirada perdida en el techo.

—¿En qué piensas? —le preguntó con voz serena, sin mover su vista del frente.

—En ti —respondió con una sonrisa.

—XiChen… lo digo en serio.

Tuvo que contener la risa ante su tierno reclamo. Luego, tomó aire con calma para explicarle, acompañándolo en su exploración visual de la habitación.

—Es verdad. En aquella ocasión, cuando salvaste mi vida… a pesar de lo triste que lucías, nunca perdiste esa hermosa sonrisa. Recuerdo que vagabas sin rumbo después de visitar la tumba de tu madre cuando nos encontramos... —el otro permaneció en silencio, por lo que prosiguió—. A-Yao, ¿cómo era tu madre?

Voltearon al mismo tiempo para encontrar sus miradas y admiró con cariño los ojos en la penumbra que parpadearon durante largos segundos, verdaderamente conmovidos por su pregunta.

"Sé que no eres solo lo que me dices

y no soy el único momento del que estás hecho."