"A-Yao, ¿cómo era tu madre?"

Abrió los ojos por el asombro que le causó. Volteó enseguida y enfrentó la mirada pacífica en la cual, sin importar qué, siempre encontraba su calma. Entonces, suspiró plácido, volvió la vista al frente y sonrió de manera sutil, disponiéndose a contestar.

—Era hermosa, la más afable de las mujeres. Muchas veces me pregunté si acaso era un ángel... —hizo una pequeña pausa por la vergüenza que le provocaron sus propias palabras, pero el rostro del otro permaneció absorto ante él, por lo que soltó una risita tímida—. ¿Realmente quieres escucharme hablar de ella?

Asintió una vez como respuesta, dándole un gesto afectuoso. Se detuvo un momento en sus labios, después de todo, no era común que alguien se tomara el tiempo de escuchar lo que tenía que decir, menos aun de madrugada cuando sus vidas estaban llenas de responsabilidades para el amanecer. Continuó describiendo los pocos recuerdos que tenía junto a la mujer que le dio la vida, con una emoción que no pudo ocultar, sin poder dejar de mirar de vez en vez a los ojos atentos que admiraban cada mueca que se formaba en su rostro.

Una de las razones por las que no lograba sacar de su mente estos recuerdos era la sensación extraña que lo invadía y que nunca experimentó antes de conocer a Lan XiChen. No sabía qué motivo lo incitó a cuestionarlo sobre su madre, pero esa simple pregunta lo llevó al desconcierto más grande de su vida, ¿por qué alguien tan puro se interesaba tanto en alguien tan ruin como él? Y, por qué, de entre todas las personas que conocía, parecía ser la única que creía ciegamente en su palabra cuando lo único que hacía era mentirle.

Desde que su madre murió, pasó su vida buscando ser reconocido como igual por los demás, sin embargo, la oportunidad le fue negada en múltiples ocasiones, pues hasta su propio padre aborreció su existencia, pateándolo escaleras abajo como se quita una piedra que se interpone al paso, siendo una bestia incapaz de reconocer a uno de sus tantos hijos regados.

Luego de ese trágico suceso viajó a QingHe, en donde conoció al líder del clan Nie, MingJue, quien lo acogió como sirviente, otorgándole un hogar, comida y vestimenta bastante decentes.

A pesar de ello y de la inocente amistad que le brindó HuaiSang, todavía pudo sentir el vacío en su interior que parecía imposible de llenar. Anhelaba con envidia lo que el Maestro del Sable Rojo poseía; quería el valor, la admiración, el poder. Lo quería todo. Entonces decidió que, si no podía obtener lo que deseaba con lealtad y una sonrisa en su rostro, tomaría lo que le fue negado de una manera inmunda, sin importar las consecuencias.

Si dijera que alguna vez sintió algo más que simple gratitud por MingJue, estaría mintiendo y, sin embargo, tomó cada oportunidad que tuvo para seducirlo. Pese a las apariencias externas, era bien sabido que el clan Nie poseía una fortuna envidiable y perder la oportunidad de obtenerla no era una opción fiable, por lo que, tras pasar una noche juntos, esperó cosas mejores de su parte que un cruel rechazo. Pero el hombre simplemente no estaba interesado en él (y, aparentemente, en nadie), por lo que nunca se volvió a mencionar algo al respecto.

Desde entonces, el resentimiento que le tenía no hizo más que incrementar, pues ser utilizado, rechazado y expulsado por él fue una de las mayores humillaciones que tuvo que soportar en su vida. Lo único bueno que compartían ahora era XiChen, siendo parte del juramento que los convertía en la Triada Venerada.

Y quién diría que encontraría lo que buscaba en el líder del clan Lan de Gusu. Cuando lo conoció, vio de inmediato el potencial y la ingenuidad que poseía. Esto, en cualquier otro caso, hubiera sido indicio de que conseguiría manipularlo para su cometido sin mayor esfuerzo, no obstante, con él todo fue diferente.

Desde el primer cruce de palabras sintió su corazón alterado golpear su pecho; no existía ningún peligro ni amenaza alrededor, simplemente su voz era tan excepcional que hizo estremecer su cuerpo.

Los sentimientos entre ambos fluyeron tan rápido que le aterraba. ¿En qué momento se dejó conmover por el amor que el otro le juraba? Eso sólo complicaba la realización de sus deseos.

A pesar de lo mucho que dificultaba, no podía dejar de quererlo. A pesar de lo mucho que lo quería, no podía dejar de lado su rencor contra el mundo y sus ganas de dominar a todos aquellos que alguna vez lo humillaron. Estaba irremediablemente atrapado entre sus deseos y sus sueños y tenía claro que uno de estos dos jamás se vería cumplido.

Suspiró con pesadez frente a la pequeña laguna en la que apreciaba su reflejo disperso; se notaba desvelado, exhausto. El viento que revolvía su cabello era una señal de paz formidable, pues se había escapado un rato de sus deberes mientras su padre se entretenía viendo practicar al pequeño Jin Ling con su arco. Necesitaba ese respiro y la calma del silencio para despejar su mente, no obstante, sus pensamientos iban más rápido de lo que podía procesar.

Su soledad tampoco duró demasiado, pues de repente escuchó un lío de voces familiares que iniciaron una discusión a sus espaldas, en el patio central de la Torre. Se acercó a hurtadillas para ver la escena por sí mismo, asegurándose de no hacer ruido al deslizarse entre dos estatuas de tamaño considerable tras las que se resguardó.

—Hermano MingJue, no puedo negar lo innegable, pero no te miento. A-Yao y yo no tenemos una relación estable.

Se pasmó al percatarse de la situación. El líder del clan Nie lo sabía todo. Sintió la necesidad de correr hacia ellos para detener la absurda disputa, porque sabía que no quedaría satisfecho hasta convencer a sus oyentes de la mala influencia que significaba su persona. Por otro lado, confiaba en que Zewu-Jun manejaría bien la situación, sin caer en provocaciones, incluso si Lan Zhan, su hermano, estaba presente.

—Eso es precisamente a lo que me refiero, XiChen. Jin GuangYao no te traerá nada bueno —pronunció con desdén—. El interior de su corazón, si es que lo tiene, es frío, oscuro, vacío.

Aferró sus manos sobre la efigie a su lado, frunciendo el entrecejo ante la despiadada descripción. El rostro del Segundo Maestro Lan lucía confundido, muy a pesar de su falta de expresión, sin embargo, permanecía a un lado de su hermano y eso era buena señal.

—MingJue, yo confió en A-Yao —el rostro del primero lució muy serio—. Pero agradezco tu preocupación. Tus palabras no han sido dichas en vano. Te prometo que seré cuidadoso y justo en mi juicio si el momento llegara a presentarse.

Sus palabras elocuentes apaciguaron el escenario. El mayor les dio una mirada severa antes de asentir y retirarse.

Suspiró de nuevo, cerrando los ojos ya más relajado, hasta que las voces de los hermanos llamaron su atención otra vez.

—XiChen, ¿es verdad lo que dijo el Maestro del Sable Rojo? —cuestionó el menor.

—WangJi, confío plenamente en A-Yao y lo aprecio de la misma manera en que apreciaste al joven maestro Wei. No tienes de qué preocuparte.

Con la sonrisa amable que le mostró, pareció comprender enseguida. Asintió como respuesta, pues no solía dudar de su inequívoca cordura.

Después de ello, se dedicaron a hablar sobre el estado de Lan SiZhui, el pequeño niño que Lan Zhan se dedicaba a criar como si fuera su propio hijo, siendo éste un anterior miembro del desaparecido clan Wen, protegido de Wei WuXian durante sus últimos años de vida. Le parecía un acto tan romántico de su parte... XiChen le confió la tierna historia, sin tener la más mínima sospecha de que él era el culpable de la infelicidad de su querido hermano.

Los vio adentrarse juntos al salón principal. Aprovechó el momento para salir de su escondite, permitiéndose dar un paseo por los alrededores de su más reciente hogar mientras analizaba su afortunada situación actual.

Se había desecho de su medio hermano, Jin ZiXuan, liberándose de toda culpa, además, al involucrar al mencionado Wei en su muerte, a quien agradecía también su astuta elección de suicidarse, ya que de esa manera no podía hacer nada para demostrar su inocencia.

Por otro lado, MingJue había cambiado bastante su temperamento desde que el tradicional desvío de Qi comenzó a afectarlo. Admiraba el arduo esfuerzo que empleaba para controlar su impulsividad y sus arranques de ira, realmente lo reconocía. Era una lástima que él también se estuviera dedicando con tanto empeño a variar una nota de "Sonido de Lucidez" en su guqin para acelerar dicha degeneración mental que fungía como una maldición familiar.

Si sus hermanos jurados se enteraran de esto, seguramente no obtendría el perdón de ninguno y terminaría siendo asesinado por el temido Sable Rojo. Para su suerte, no tenía de qué preocuparse, pues todo iba saliendo a la perfección; XiChen estaba loco por él y no había nada ni nadie que pudiera hacerlo cambiar de parecer. Además, sabía que, a pesar de todas sus faltas, el hermano mayor aún lo apreciaba y no podía cometer mejor error que ese.

Al dar la vuelta hacia donde se encontraba su habitación, se topó justamente con él y una sonrisa pícara se formó en su rostro antes de ir a hablarle.

—Hermano mayor, ¿se te ofrece algo? —preguntó haciendo una reverencia.

El otro lo encaró y su semblante se endureció.

—Jin GuangYao… Sé cuáles son tus intenciones con XiChen, así que no te atrevas a lastimarlo.

—¿Por qué dices eso? Yo nunca le haría daño —fingió ofenderse, dibujando un gesto de inocencia en su rostro.

—Será mejor que te alejes de él. Se ha estado encariñando contigo —advirtió, ignorando su reacción.

—MingJue, yo no puedo evitar que eso suceda, no depende de mí. Es él quien tiene la decisión y sé que no le gustaría alejarse de mí —respondió con una sonrisa contenida para que no notara su intención de burla.

Pero el otro no titubeó al acercarse a su rostro y sentenciar sus próximas palabras:

—Si vuelvo a verte junto a él, voy a matarte.

Dicho esto, partió sacudiendo su manga derecha en señal de desprecio, sin darle la oportunidad de replicar. Perdió la sonrisa poco a poco mientras lo veía alejarse, tragándose sus palabras. Nunca imaginó que sería así de severo... Suponía que, durante las sesiones de sanación que le daría en privado, nadie notaría el cambio de tres o cuatro acordes más.

Sentía pena de no poder acelerar el proceso de desviación de Qi, pero le quedaba el consuelo de conocer un método con el cual centraría su atención en cualquier otro objetivo, de manera rápida y sencilla. Si él se atrevía a alejarlo de XiChen, que era la luz de su vida, no veía incongruencia alguna en manipular su furia para dirigirla a HuaiSang, su único familiar al que amaba incluso más que a sí mismo.

Con el propósito de poner en marcha su plan, convenció a Zewu-Jun de que podía hacerse cargo de la salud mental de MingJue, previniendo también que éste cumpliera con su amenaza de muerte. Aunque, en realidad, estaba seguro de que no se atrevería a cumplirla, pues el muy idiota continuaba confiando en él, por lo menos lo suficiente para dejar en sus manos su proceso de sanación.

Bastó el plazo de dos semanas para que finalmente mostrara algún indicio de que la técnica de acordes estaba dando resultados. En el salón principal del Reino Impuro, observó con regocijo la inquietud que denotaba durante la sesión, apretando los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro como si eso fuera a alejar los pensamientos oscuros que invadían su mente. Tras sonar la última nota, sus miradas se encontraron, por lo que permaneció con una sonrisa mientras el otro inspeccionaba su cara.

—Hermano mayor… —su mirada perdida no reaccionó ante el sonido de su voz—. ¿MingJue? —llamó por segunda vez, sin obtener respuesta.

El mencionado se levantó en completo silencio, como si estuviera bajo hipnosis. Volvió a llamarle, preguntándole si se encontraba bien, pero fue en vano, pues el aturdido hombre se marchó sin voltear atrás. No pudo evitar sonreír con malicia; ver los frutos de su arduo trabajo siempre era excitante.

Sin embargo, la aparición repentina de Lan XiChen en el marco de la puerta hizo que su expresión cambiara a una de sorpresa, lentamente transformándose en alegría.

—A-Yao —en su rostro se reflejó la misma emoción—. El hermano MingJue... ¿cómo está?

Corrió hacia él enseguida y le otorgó una reverencia que fue interrumpida. Su familiar saludo.

—Muy bien —mintió—, sólo está cansado.

El apuesto caballero frente a él le dio la espalda un segundo para cerrar la puerta y, al volverse, lo sorprendió con un beso. No se pudo resistir al deleite de sus labios, además, necesitaba mantenerlo ocupado mientras el líder del clan se ensañaba con HuaiSang.

"¿Cuál es mi nombre? ¿cuál es mi nombre?

Abstente, porque no soy un santo."