Sintió de pronto la urgencia de satisfacer sus deseos carnales y la inquietud se apoderó de su cuerpo. Creyó que con el pasar de los años dejaría de sentirse atraído por él, que olvidaría lo sucedido, la textura suave de sus labios temblorosos, la fragancia única que despedía... Le había costado mucho reprimir sus impulsos, no iba a flaquear ahora. No era lo correcto. No si ponía en riesgo la inocencia del menor y su propia sanidad mental.

Sus ojos se encontraron con los de Yao y, lentamente, descendieron a sus labios. Buscó minuciosamente en cada rasgo, en cada gesto, pero no logró encontrar lo que tanto deseaba; no logró encontrar a HuaiSang en él.

Agobiado por la imposibilidad de sacarlo de su mente, se levantó, ignorando por completo al otro hombre en la sala. No estaba en condiciones de conversar, tampoco quería hacerlo.

Salió a caminar para relajarse, sin contemplar un rumbo fijo. Sus pies lo traicionaron, llevándolo a los aposentos de su hermano. Se obligó a detenerse frente a la puerta suspirando a causa de la desidia, negando con la cabeza. No podía hacerlo. No debía. Muy pronto descubrió que dar vueltas alrededor de la habitación no le ayudaba en lo absoluto, por lo que dejó de incidir. Tenía que deshacerse de esas sucias pretensiones, pero, sobre todo, de los malditos recuerdos que de manera repentina cegaron su razón.

En aquellos años, pensamientos similares y situaciones comprometedoras que se suscitaron gracias a éstos lo atormentaron día tras día, dejándolo incapaz de conciliar el sueño durante incontables noches. ¿Y qué culpa tenían ellos de la pésima fortuna de su padre? El desgraciado hombre se enamoró dos veces en su vida, de dos mujeres completamente distintas, mismas que, sin tener la más mínima oportunidad de saberlo, estaban destinadas a dar a luz almas gemelas.

El mundo era así de pequeño y así de absurdo. Tras el nacimiento de HuaiSang, su padre y la madre de éste se veían angustiados constantemente, pues la lectura de aura que les realizó una vieja bruja amiga de la mujer dictó la trágica noticia: ambos estarían atados de por vida, atraídos inevitablemente al pecado del incesto.

En ese tiempo no lo comprendía, era apenas un niño. No entendía por qué su padre lo mantenía alejado de su hermano, siendo contadas las ocasiones en que podía siquiera verlo. Entre más crecían, más clara era la prohibición, no les permitían jugar juntos ni intercambiar demasiadas palabras entre sí y, terminantemente, jamás debían estar a solas.

Se limitó a acatar las órdenes de sus mayores sin faltas, sin cuestionar nada, hasta que llegó el desafortunado día en que ambos murieron, juntos. Como el heredero más joven en convertirse en líder de su secta, le informaron que el deceso ocurrió durante una cacería nocturna, por causas desconocidas. Pero los rumores corrieron rápido y de esa forma la verdad encontró su camino hacia él, enterándose así también de la fatalidad de su cruel destino; su padre sufrió la intromisión del espíritu que habitaba en su sable, volviéndose tan hostil y sanguinario como el mismo, perdiendo la cordura junto con el control de su cuerpo. Un fatídico fin que enfrentó la mayoría de sus antepasados, mejor conocido entre los miembros del clan como la "desviación de Qi". Durante su delirio, el hombre hirió de muerte a su esposa, quien, con los ojos llenos de lágrimas, intentó volverlo en sí hasta su último respiro.

Tan funesto como fuese el escenario, a su corta edad tomó la responsabilidad que le correspondía, quedando a cargo de su hermano menor, pues no tenían abuelos, tíos ni ningún otro familiar en el mundo. No fue extraño para los demás que su relación no fuera buena en un inicio, ya que, a pesar del parentesco, habían sido criados de maneras distintas.

A pesar de ello, las circunstancias en las que vivían los impulsaron a ser más cercanos, viéndose en la obligación de explicarle por qué no volvería a ver a sus padres, aun cuando ni él terminaba de comprenderlo. El pequeño niño lloró a mares mientras se aferraba a las faldas de su hanfu, por lo que terminó abrazándolo en un intento por consolarlo y hacer lo mismo por sí al experimentar la misma tristeza profunda.

Ese fue su primer acercamiento. A partir de ahí, fue cuestión de tiempo para que comenzaran a relacionarse, viéndose a diario, a todas horas, hablando, discutiendo y riendo por tonterías e incluso jugando de vez en cuando, incitado por la astucia del menor.

Se encaprichó con él, protegiéndolo incondicionalmente por encima del resto de personas, pues era el único familiar que tenía. Con el pasar de los años, su amor comenzó a ser demasiado grande, tan inmenso que, a pesar de su rectitud al seguir las reglas al pie de la letra, no titubeó ni un minuto al romper con uno de los mandatos con los que fue fundado el clan Nie y una de las tradiciones más representativas de éste al elegir instruirlo con una espada en lugar de un sable, con el propósito de evitar que sufriera reviviendo el horrible final de su padre, el mismo que le esperaba a él por manipular a Baxia.

Se acostumbró a sentir su presencia, siempre a su lado como su propia sombra. Comprendió el significado del término "almas gemelas" y sucumbió al mismo temor que rondaba a su padre y a su madrastra al desarrollar una atracción romántica por él durante su adolescencia.

Ya fuera alimentando a los canarios que tanto le gustaba cazar o contemplando el exquisito paisaje desde la cima de una de las muchas montañas en QingHe, el elegante joven en el que se convirtió lograba cautivar su entera atención con su preciosa sonrisa juguetona en conjunto con los gráciles movimientos con los que manejaba su abanico.

No sabía si sus sentimientos eran recíprocos, pero, para evadir complicaciones, prefería no saberlo. Ante sus ojos era una criatura cándida, frágil, que en todo momento cargaba el abanico pintado a mano que su madre le regaló el día de su nacimiento. Lo mejor que podía hacer era verlo así, fascinante e inalcanzable, como una estrella deslumbrante en el firmamento, aunque para lograrlo tuviera que mostrarse irasciblemente estricto ante su presencia.

Pero su destino despiadado no lo dejaría escapar tan fácil y una noche calurosa le hizo perder los estribos.

Después de entrenar en un duelo amistoso con el capitán del clan, se dirigió directamente a tomar un baño. Cubierto en sudor, decidió quitarse la ropa de la parte superior de su cuerpo en su camino para aliviar el bochorno.

Era evidente que HuaiSang debía estar en algún lugar del Reino Impuro, no obstante, jamás imaginó que lo encontraría tras abrir la puerta de la pieza, completamente desnudo. Aquello enardeció sus sentidos al instante. De pie sobre la tina, secaba su cara con una toalla blanca, exponiendo la parte trasera de su lindo cuerpo de piel pálida. Las gotas de agua se escurrían de su cabello mojado, recorriendo su espalda, su trasero, bajando hasta los muslos torneados que le hicieron delirar...

La puerta se azotó tras él, por lo que el otro volteó enseguida, asustado, cubriéndose hasta el pecho con la tela entre sus manos. Sus ojos curiosos recorrieron con el mismo apetito la desnudez de su torso, siendo descaradamente obvio, lo que logró que se sintiera más excitado.

—¡Ah, hermano mayor, me asustaste! —reclamó, con la confianza necesaria para bajar la toalla a su cintura.

Sin poder quitar la vista de la sensual revelación, lo observó salir de la tina, cuidadoso de no resbalar. Vistió una bata blanca ligera, procediendo a secarse el pelo. Partes de su piel nívea se mostraban provocativas entre los dobleces de la prenda mal ajustada... Sacudió la cabeza para detener sus pensamientos turbios, puesto que su cuerpo reaccionó inevitablemente ante la estimulante escena. Se concentró mejor en batir con su mano el agua con ramilletes de nardo de la tina, lo que empeoró su estado al distinguir el singular aroma.

—HuaiSang… —murmuró, viendo las gotas deslizarse sobre su palma al tiempo en que la acercaba a su rostro.

—¿Sí? —respondió a su llamado—. Ah, c-claro. Le llamaré a Yao para que limpie esto.

Distinguió el nerviosismo en su voz, posteriormente en su cara al cruzar las miradas antes de que saliera corriendo para cumplir con lo dicho.

Intentó olvidar durante el transcurso de los días siguientes, pero su mente quedó atrapada en las visiones de esa noche, en todo lo que pudo y quiso hacerle, lo que se dijeron con sus movimientos, sus gestos, sus ojos. Descifró finalmente que sentían lo mismo, que lo anhelaba con la misma intensidad, ¿y qué esperaba? Después de todo, ese era el destino que les fue predicho.

Sus plegarias simplemente no fueron escuchadas, pues el embrollo creció una tarde de cacería en la que lo llevó consigo casi en contra de su voluntad, considerando menester mantener su entrenamiento en el afán de mejorar su cultivo. Al término de la exitosa jornada, cuando todos los asistentes se reunieron al pie de la montaña para regresar a su clan y no logró ver al menor entre ellos, se aventuró a buscarlo personalmente, siendo evidente su renuencia a participar.

Caminó directo a la cima desde la cual, supuso, se apreciaría mejor la variedad de flores que la habitaban. No estaba molesto. No podía. Si sentía algo era ansiedad de considerar que volverían a estar a solas desde el inolvidable acontecimiento nocturno.

El corazón le dio un vuelco cuando lo encontró rodeado de pétalos de distintos colores, destacando entre todos ellos gracias a la tela blanca con encaje de hilo de seda del hanfu que vestía, cautivándolo con movimientos lentos, cauteloso de no dañar alguna planta, como una mariposa endeble, etérea.

Se acercó a él con determinación, brindándole todo su interés, sin embargo, cuando el menor se percató de su presencia lo detuvo enseguida.

—¡No te acerques! —gritó señalando el borde del nacimiento de las flores—. Ten cuidado, hermano mayor, las vas a pisar...

—Sal de ahí. Se acabó la cacería, nos vamos —se quejó entonces, retrocediendo a regañadientes.

Obedeció, saliendo de entre la hierba crecida. Le hizo una mueca a modo de reproche, entristecido al ver los tallos rotos de las plantas que pisó. No dijo nada, sólo se dedicó a observarlo agacharse para recoger una de las flores estropeadas.

Al levantarse, extendió sus manos tímidamente hacia él.

—Mira, son camelias —le informó con una alegría peculiar.

Le tomó un par de segundos percatarse de qué hablaba, pues sus ojos se centraron en su bellísimo rostro, sonriente como siempre, pero especialmente radiante comparado con el campo florido a su alrededor.

—Vámonos —su tono de voz frío, a la par de sus expresiones.

La sonrisa del menor se desvaneció, decepcionado. Asintió bajando la cabeza, iniciando su recorrido de regreso a paso lento con la flor rosada entre manos.

Su reacción lo dejó frío, no le gustaba verlo triste. Lo retuvo tomando su brazo con fuerza, estaba tenso. El otro lo miró confundido, pero no hizo ni dijo nada por miedo a las represalias. Lo colocó frente a sí, sin soltarlo, tragó saliva y, antes de pensar en arrepentimientos, se inclinó para sentir sus labios temblorosos; presionó contra ellos, besándolo una vez. Se separó mínimamente para inhalar su irresistible aroma, luego volvió a besarlo, guiándolo con ternura en un movimiento lento donde pudo distinguir la humedad de su boca. Sus manos lo sostuvieron por su codiciada cintura, ocasionando que correspondiera al acariciar su rostro con las palmas de sus pequeñas manos.

Darse cuenta de lo que estaban haciendo lo impulsó a alejarlo inmediatamente, empujándolo a un lado con cierta violencia. Apretó los ojos, frustrado, pretendiendo volver al grupo de cultivadores que esperaba al pie de la montaña, pero se detuvo unos pasos adelante, lleno de preocupación por lo sucedido. Volvió la vista a HuaiSang, quien cayó sobre las plantas que protegió con anterioridad y permanecía inmóvil en el sitio. Sin pensarlo demasiado, empuñó a Baxia para regresar a su lado.

El más joven volteó, llevándose un susto enorme al verlo sosteniendo su sable.

—¡Yo no hice nada, MingJue! ¡No me mates, por favor! —rogó aterrado, protegiéndose con sus brazos.

Lo miró con el entrecejo fruncido, pero sin poder molestarse por su insensatez.

—¿Cómo podría hacerlo? —murmuró, hincándose frente a él.

Sus miradas se encontraron otra vez, revolviendo sus estómagos. Su menor se sonrojó y desvió la vista, lo que le dio el valor para cumplir su cometido.

—Nadie debe saber esto, HuaiSang —dijo, pidiendo su mano sin rodeos.

El menor la cedió, titubeando, siendo consciente de lo que eso significaría. Quizá no era lo óptimo, pero se encontraban igual de asustados, sin saber qué más podían hacer para aligerar el peso de la culpa entre ambos. Finalmente, negó con la cabeza, viéndolo directo a los ojos.

—No, nadie lo sabrá.

La sujetó, firme, exhibiendo la palma. El filo de Baxia hizo su trabajo cortando una línea recta sobre la piel, lo que ocasionó que soltara un quejido de dolor. Replicó la acción en sí mismo de manera descuidada ante el rostro boquiabierto frente a él.

—Nadie debe saber... que somos "almas gemelas" —lo miró de manera severa, esperando una respuesta.

—...No.

—Ni siquiera Yao.

—Lo sé, nadie debe saberlo.

—Y… —su vista deambuló antes de volver a los ojos contrarios, con un deje de timidez—, promete que no harás esto con nadie más.

—Lo prometo, MingJue...

Lo tomó por sorpresa cuando chocó sus palmas sangrantes entre sí. Apretó el agarre mientras se veían el uno al otro, confundidos, impresionados de sus propios sentimientos, con la incertidumbre del qué pasaría después de ese incidente.

Lo ayudó a levantarse, apoyando la mano que permanecía unida a la suya. Poco a poco cedió la fuerza hasta soltarlo. El otro se quedó contemplando la sangre que fluía de su herida en silencio, momento en el que se percató de la falta de su abanico, que reposaba sobre el pasto a pocos centímetros de distancia. Levantó dicho objeto junto con la flor llamativa que encontró a su lado, misma que le ofreció minutos atrás. Esta vez, fue su turno de extender la mano hacia él, recibiendo una mirada de desconcierto antes de aceptar el abanico e insistirle avergonzado en que conservara la frondosa camelia rosada.

La aceptó por cortesía, para no alargar su íntima estancia, pero sabía una cosa o dos del significado de regalar ciertas flores y lo último que quería era que su menor se ilusionara con fantasías amorosas que no eran apropiadas para ser reproducidas entre ellos. Le dio la espalda y volvieron con los demás, arreglándoselas para ocultar las incisiones en las palmas de sus manos.

Pasados un par de días, lo mandó al adoctrinamiento que ofreció el clan Lan de Gusu para todos los herederos de sectas por un año. Mantener la distancia con él parecía ser lo único que funcionaría para lograr sacarlo de su mente, pues el anhelo de volver a besarlo e ir más allá del contacto sobre las prendas que vestía no lo dejaba en paz.

No quería condenarlo por su lascivia empedernida, sin embargo, a los pocos días de verlo partir, las ganas de buscarlo no le permitían ni siquiera dormir. De cierta forma, durante su ausencia, Meng Yao se convirtió en su único consuelo. En ese tiempo lo creía tan débil, indefenso y puro como su hermano, llegando, incluso, a protegerlo con el mismo vigor.

Y, ciertamente, comenzó a notar también el tono de seducción en su voz cuando se dirigía a él, con cada palabra elocuente que salía de su boca. Los dotes de persuasión con los que contaba lograron manejar sus instintos a su antojo, conduciéndolo a través del frenesí de sus labios en una noche de insomnio, tras llamar a su puerta. Los recuerdos de HuaiSang se agolparon en su mente, haciéndole desear que fuera él a cada instante, sintiéndolo en cada beso, en cada caricia, en cada brote de placer que obtuvo del cuerpo ajeno.

Para su pesar, dicho encuentro no fue suficiente. No para deshacerse de sus pensamientos impuros. Sintió pena por Yao, por lo que creyó que sentía, pero simplemente no podía involucrarse con él ni con nadie más. La única persona que quería estaba prohibida y prefería sufrir en la soledad antes de volver a cometer el error de hacer realidad sus ardientes deseos.

Cuando su hermano menor regresó de Gusu, su comportamiento hacia él se volvió mucho más severo. La distancia terminó demostrando su eficacia para no volver a incidir, por lo que dedicó su mayor esfuerzo para mantenerla. Supo que él comprendía el porqué de su actitud, pues no era capaz de verlo a los ojos con la cara en alto y, aunque las personas se burlaran al pensar que esto era causado por el miedo que le tenía, sabía que su verdadero temor yacía en enfrentar sus sentimientos cuando sus miradas se encontraban.

Estaba bastante seguro de ello, ya que experimentaban a la par las sensaciones distintivas de lo que era estar enamorado.

Negó con la cabeza un par de veces, rindiéndose a su incapacidad de detener las memorias junto con su concupiscente ambición. Se encerró en su habitación, apoyando ambas manos sobre la puerta, como para evitar que esas emociones ambivalentes lo siguieran al interior. Respiró profundo y exhaló lentamente con el fin de relajarse, sin embargo, para su desgracia, terminó acorralado por su dulce perdición, quedándose sin aliento al escuchar la sutil voz a su espalda.

—Hermano mayor… ¿estás bien?

"Tomemos nuestra navaja dorada y hagamos un pacto de sangre

para amar, follar y vernos únicamente a nosotros mismos.

Y recuerda esto…"