Su corazón latió muy rápido, con tal intensidad que pudo sentir el palpitar en la punta de los dedos. Su estómago y quijada se apretaron, su cuerpo entero se tensó. Empuñó las manos antes de deslizarlas sobre la madera, volteando al tiempo para arrostrar a la última persona que quería ver en estos momentos que el descontrol le hacía una mala jugada.

—HuaiSang, ¿qué haces...? —atinó a decir entre dientes.

—Yo, eh… —soplándose con su abanico, se encaminó a él—, quería saber cómo estabas…

El tono consternado en sus palabras le causó escalofríos. Su actitud normalmente indómita se perdió al instante en que sus ojos se fijaron en él, en su boquita rosada que le seducía con cada movimiento.

Cerró el abanico con las manos temblorosas, aferrándolas a su elegante estructura, visiblemente incómodo por el silencio. Le ofreció una sonrisa apenas perceptible, disponiéndose a caminar hacia la salida, pero no le permitió dar ni dos pasos cuando ya lo sostenía del brazo, aventurándose a revivir el pasado.

Las acciones y los sentimientos fueron representados de manera fiel, con la misma vehemencia, trayéndole de vuelta el éxtasis de la primera vez. La única diferencia fue que, una vez cara a cara, tomó su mentón con ambas manos, atrayéndolo a sí hasta que sus frentes se tocaron, lo cual ocasionó que ambos cerraran los ojos.

—HuaiSang, HuaiSang, ¿por qué no te alejas de mí? —cuestionó serio, reprimiendo su urgencia, aspirando su delicioso aroma.

—No puedo… —respondió en un murmuro, perdiendo la voz.

Las palabras que pronunció posteriormente fueron dichas en un susurro de tan baja intensidad que sólo él, a la cercanía que mantenían, fue capaz de escucharlo y aquello lo hundió en la lujuria, cerrando la corta distancia entre ellos con un beso repleto de un sórdido sentido de pertenencia.

Se entretuvo redescubriendo su sabor, pues pasó mucho tiempo anhelándolo desde su anterior encuentro. Estar en la privacidad de su alcoba le dio tiempo para retenerlo en sus brazos, siendo correspondido en todas sus formas. Bajó paulatino a besarle la barbilla, la manzana de Adán, alcanzando el costado de su largo cuello para hundir sus dientes, ensañándose con la vibrante piel, obteniendo un quejido de dolor de su parte.

Pudo detenerse gracias a ello, a pesar de que su cuerpo agitado le rogaba por más. Apoyó la frente sobre su hombro, asido a la tela que le rodeaba la cintura. Retomando el control de su voluntad descarriada, le pidió:

—Vete —soltó su agarre, despacio, sin querer hacerlo.

—Pero… —lo miró aturdido, deslizando las manos a lo largo de sus brazos.

—¡Lárgate! —ordenó impaciente, dándole una mirada dominante.

El otro obedeció enseguida, convirtiéndose en un manojo de nervios por la sorpresa que le causó escucharlo gritarle, retirándose sin dejar de voltear a verlo de vez en vez.

Entre la decepción y el arrepentimiento que le restó de lo acontecido a medio día, la luna se mostró tan brillante como siempre cuando el cielo se oscureció. Sus pensamientos necios se convirtieron en la carga más pesada, ya que no lo dejaban en paz. Nunca le había costado tanto contener sus apetitos, sin embargo, recientemente parecía que su mente estaba siendo controlada por algo o alguien externo. Debía ser, pues se negaba a reconocer propias las acciones impetuosas cometidas.

Sí, desde el principio se trató de algo que no estaba en sus manos y sí, era su inexorable destino, pero eso no le quitaba el enorme peso de la culpa. Nada borraría el hecho de que compartían la misma sangre. Sus padres no lo permitirían y, en realidad, por mucho que HuaiSang estuviera de acuerdo, nadie con dos dedos de frente lo vería bien. Él era demasiado joven para preocuparse por las consecuencias de sus actos... ¿Acaso lo estaba corrompiendo?

Siguió dando vueltas sobre la cama, fastidiado al borde de la histeria por no lograr conciliar el sueño. Sus fantasías alcanzaron la cualidad de obsesivas, puesto que, por más que intentara convencerse de que no era lo correcto, no pasaba ni un solo minuto en el que dejara de ambicionar la adorable figura ajena. Cada vez que abría los ojos se perdía en el punto de la habitación en donde sus pasiones se reconocieron, reproduciendo la escena en su mente continuamente, sin descanso ni cansancio.

Optó por levantarse, vistiendo enseguida para salir a tomar aire fresco. Podía ser que una buena caminata le ayudara a despejarse, a cansarse lo suficiente para poder dormir. No obstante, ésta excusa se tornó en una mentira descarada al admitir el verdadero propósito de su desvelo, dirigiéndose directamente a la alcoba del menor. Fue muy ingenuo al subestimar su impudicia, lo aceptaba.

Quizá debía dejar de darle vueltas al asunto y simplemente pretender que estaba bien, al menos sólo por esta noche.

Llamó a la puerta con golpes débiles, inusual en él, pero efectivo en este caso. Le sorprendió que su llamado furtivo fuera respondido tan rápido, considerando que ya era de madrugada. La tímida persona al interior se asomó entre las hojas de madera, aferrando sus manos a una de ellas, expectante: en su mirada hechicera descubrió la misma mezcla de sentimientos desmesurados, sosegando inmediatamente todo rastro de culpa. Juraba que no existía nadie más en el mundo que pudiera contemplarlo con la misma devoción.

Se adentró por impulso, ansioso, el otro no opuso resistencia alguna. La puerta fue cerrada y asegurada, entonces sus labios inquietos se buscaron en la penumbra, colisionando sus cuerpos con frenesí, envolviéndose, devorándose el uno al otro por cada vez que quisieron hacerlo y no se atrevieron.

Resguardándolo en sus brazos, enredó los dedos en el largo de su cabello, sosteniendo su cabeza para intensificar la cercanía de sus bocas, arrugando, descolocando la delgada tela que vestía. Su mano intrépida se deslizó sobre su pecho, encontrando su camino al interior de la prenda, conociendo por vez primera la calidez de su piel suave, tan agradable a su tacto brusco.

Sus respiraciones exaltadas en conjunto con los sonidos cortos que escapaban de sus bocas calaron profundo en su mente. Sin posibilidad de detenerse para este momento, sus labios le alcanzaron el cuello, bajando a caricias hasta su hombro mientras se deshacía de los ropajes con manos torpes, dejándolo finalmente expuesto ante su vehemente anhelo de sentirse enlazado a él más allá del amor tan grande que se tenían, acorde con el alma unificada que compartían.

Sin poder resistir, lo cargó para llevarlo a la cama. Sobre ella, HuaiSang le acarició el torso, la espalda desnuda, rindiéndose a través de su voz al liberar los gemidos que había estado reprimiendo, recibiendo con júbilo la tremenda cantidad de besos que le depositó en el pecho, dejándose hacer por la lengua que degustaba cada centímetro de su piel sensible.

De pronto sintió que su cabeza comenzó a dar vueltas: parecía irreal, pero estaba sucediendo; los dos lo querían.

Cuando se separó de él, su estómago dio un vuelco al encontrarse involucrado en la excitante situación de tenerlo debajo, indefenso, con la cara sonrojada en una expresión que denotaba sus eróticas pretensiones. A pesar de la intensa reciprocidad de sus emociones, no pudo continuar mirándolo sin que renaciera en su interior el sentimiento de culpabilidad.

Por ello tomó uno de sus hombros para voltearlo, acorralándolo entre la cama y su mano que lo sostuvo con firmeza.

—¡MingJue…!

Escuchó la temerosa voz del otro en forma de reclamo tras intentar voltear a verlo y fallar, pues su impedimento fue severo.

Le hizo el cabello a un lado para reanudar su labor de llenarlo de besos, recorriendo su espalda. Su mano libre se dedicó a explorar la tersa piel de su cintura, de su bello trasero que levantó con fiereza. Soltándose a sus instintos, deslizó su miembro camino a su entrada, dejando escapar un suspiro, acrecentando la ansia en su interior. El menor se presionó contra él como respuesta, incitándolo ávido.

Frente a esto, avizoró sus pertenencias en busca de algo útil para el siguiente paso. Era ahora que le encontraba uso a una de las tantas colecciones que el más joven guardaba con recelo. Tomó uno de los frascos rellenos con distintos tipos de aceites y lo vertió sobre sí, escurriéndose de sus dedos al cuerpo del otro. Esparció la sustancia a vaivenes, anticipando las sensaciones. Ya no podía esperar.

Se inclinó para exhalar aire caliente en su oreja, distrayéndolo con besos y caricias sensuales mientras su dedo humedecido ingresaba poco a poco, sin mayores complicaciones. Entre quejidos, contracciones y jadeos, se acostumbró al movimiento consistente que le daba. Pasó un par de minutos en ello, hasta que, sin intención de posponerlo, lo colocó al nivel de sus caderas, sin soltar en ningún momento su hombro. Se introdujo muy lentamente, permitiendo que fuera él quien lo guiara a su interior.

Los chillidos que soltó durante el proceso no se compararon a los gemidos ruidosos que soltó una vez que tomaron un ritmo sólido, era tan placentero de escuchar que quedó ofuscado por la lascivia. Finalmente era capaz de cumplir esas fantasías que le robaron el sueño durante infinitas noches.

El pecho de HuaiSang se resbalaba constantemente por el vigoroso movimiento, impidiéndole sostener la postura aún con las manos aferradas al borde de la cama, por lo que colocó sus brazos a los lados de su cabeza, sirviendo de sostén para sus hombros, ayudándose también a aumentar la velocidad. Su mente se nubló al verlo aferrarse a sus muñecas, con el perfil de su rostro húmedo por las lágrimas que continuaba derramando, dejándole saber lo mucho que disfrutaba lo que le hacía clamando su nombre, arrastrándolo consigo al mayor éxtasis que había experimentado. La sensación de vuelco constante en su estómago, el cosquilleo en sus rodillas; toda sensación se intensificó gloriosamente al incrustarse en su interior.

Sin darse a basto de la belleza que irradiaba su hermano menor, llegó al orgasmo junto a él.

Descansó el cuerpo débil sobre la cama, lo abrazó brevemente acariciando su cabeza con la nariz, pues, como si se tratara de una broma de mal gusto, en ese preciso momento recayó en él el peso de saberse incitador del pecado, siendo atacado por el remordimiento. Su próximo movimiento fue salir de la cama para tomar sus prendas esparcidas en el piso y vestirse en tiempo récord. Al precipitarse hacia la salida, escuchó la voz del otro, quien lo llamó dos veces, sin embargo, hizo caso omiso, azotando la puerta a su espalda.

Una vez más, su cabeza comenzó a dar vueltas a causa del desconcierto. Una sola cosa era segura: después de esto, nada volvería a ser igual entre ambos.

"Mi existencia entera es defectuosa;

tú me acercas a Dios."