Se dejó caer de vuelta a la cama tras la partida de su hermano mayor, con los ojos cerrados, totalmente exhausto, dolorido pero sin la necesidad de manifestar queja alguna, pues dicha sensación fue más bien regocijante para su cuerpo desnudo. Sintiéndose la piel impregnada de los besos y las caricias clandestinas que lo clamaron esa madrugada, una mezcla inexplicable de emociones se desató en su pecho, alojándose en su interior para arrebatarle el aliento; la inmoralidad del acto, la satisfacción de ceder al placer, la pesadumbre de los lazos familiares, la experimentación del primer amor correspondido y la dicha única de la primera vez que hacía latir desenfrenado a su corazón.

"HuaiSang, HuaiSang, ¿por qué no te alejas de mí?" la pregunta que le hizo con las ansias a flor de piel resonó en su mente. "No puedo… Y no quiero." Las palabras que le dedicó desencadenaron el inmenso mar de sentimientos que se esforzaron por contener durante largos años. ¿Debió haberlo detenido? ¿Lo habría escuchado, cuando ni él mismo estaba dispuesto a continuar refrenando sus febriles afectos?

La misma mezcolanza emocional lo asaltó la noche siguiente al responder el llamado a su puerta, puesto que se encontró con la mirada lasciva en el rostro resignado de su contrario. Volvió a recibirlo sin pensarlo demasiado, con una sonrisa frenada por la angustia. A pesar de ello, sus brazos se abrieron con una alegría incontenible, amoroso, reavivando el lío obsceno que construyeron juntos.

No concebía la posibilidad de dejar de evocar los sucesos extraordinarios de sus encuentros íntimos con MingJue, jugando con sus reacciones sentimentales mientras sus ojos seguían los trazos expertos sobre el lienzo que pintaba Lan XiChen, inspirado en el hermoso paisaje frente a ellos en la Torre Jin Lin. No fue hasta que el pincel no volvió a tocar el cuadro que reaccionó, admirando la habilidad del más alto.

—¡Es hermoso, líder del clan Lan! —sonrió conmocionado, adoptando su usual actitud laxa—. Es difícil distinguirlo del panorama original, verdaderamente tiene un talento envidiable.

El alabado le dedicó un gesto amable antes de contestar:

—Sé que el joven maestro Nie es aficionado a la pintura. Puedo darle algunos consejos para avanzar en su técnica, si así lo desea.

—¿A mí? ¡No, no, no! No creo llegar a ser tan bueno como usted… —meneó su abanico cerrado en negación para luego señalar con el mismo la obra frente a sí—. Mejor sea amable conmigo y regáleme esta preciosa pintura, ¿quiere?

—Lo siento mucho, HuaiSang, pero el segundo hermano hizo este cuadro especialmente para mí —Yao apareció detrás de ellos, tomándolo por sorpresa.

La cara sonriente de XiChen se iluminó ante su presencia: sabía de su relación amorosa desde el inicio, pues el cambio evidente de sus actitudes cuando se veían el uno al otro los delató enseguida y no tuvo reparo alguno al interrogar a su amigo sobre ello hasta que le confesó la verdad. Al percatarse de que compartían un beso, se cubrió la mitad del rostro con su abanico, desviando su vista. No consiguió eludir la envidia que le provocó debido a sus probabilidades nulas de reproducir el dulce acto con su ser amado.

—¿Cómo está el hermano MingJue? —preguntó el líder del clan Lan, llamando su atención de inmediato.

—Se encuentra estable. Creo que, con mucho empeño, logrará recuperarse pronto —les informó, posteriormente se dirigió a él para obsequiarle una cajita que contenía una barra de tinta negra—. Toma, HuaiSang. Tu hermano mayor te espera en la entrada principal, ¿vamos?

Asintió en agradecimiento, siguiéndolo después de despedirse de XiChen. En su camino, guardó el regalo que le dio en la solapa de su hanfu mientras se abanicaba por el clima cálido que hacía. Cuando llegaron al punto referido, no encontró a su mayor por ningún lado, encaró a su compañero pero éste lo sostuvo de los hombros con cierta consternación en su rostro.

—HuaiSang, ¿te encuentras bien?

—Sí, ¿por qué…? —notó que le clavó los ojos en el cuello, entonces se cubrió acomodándose la ropa—. ¡Ah! No es nada…

—HuaiSang... ¿estás seguro? —extendió la mano, incrédulo, en un intento de inspeccionar dicha zona de su piel.

Lo alejó de un manotazo dado con el dorso de su mano, escondiéndose detrás de su abanico.

—Creo que me picó un insecto.

Apartó la vista y vio a MingJue salir del salón principal. Una felicidad enorme lo embargó, sintió un cosquilleo que lo recorrió de pies a cabeza para acumularse en su quijada, obligándolo a sonreír con alborozo. Apresuró el paso ciego para unírsele en su camino de regreso a casa.

—¡Nos vemos mañana, hermano mayor! ¡Cuídate HuaiSang! —los despidió Jin GuangYao, oscilando su mano por encima de su hombro.

—¡Adiós, tercer hermano! —le devolvió el gesto, alegre.

Era consciente de lo rebuscada que fue la excusa del piquete de insecto, pero conservó la ínfima esperanza de que no hubiera notado que aquella mancha en su cuello era el rastro de una mordida, de otro modo no sabría cómo explicarlo sin quedar en evidencia. Sin embargo, dio mayor importancia a la pregunta "¿te encuentras bien?", pues daba la impresión que el otro pensaba que alguien le había hecho daño. Probablemente, que su hermano lo había lastimado.

Arribaron a QingHe al anochecer; los caballos trotaron su camino al Reino Impuro. Su mayor lucía cansado, en específico, agotado mentalmente y, a decir verdad, comprendía el porqué. No conocía el sentimiento de estar bajo el influjo del espíritu de un sable, tampoco quería conocerlo, pero si sus antepasados, sus padres, ZongHui y veinte más de sus hermanos del clan habían sido víctimas de ello, no debía tomarse tan a la ligera. En adición a esto, estaban muy presentes las relaciones sexuales entre ambos que, aunque no quisiera pensar en ello, era un acto incestuoso del que no se enorgullecían.

—MingJue, mírame —encerrados en la habitación del mencionado, permaneció de pie frente a él.

El que yacía sentado en su cama lo vio un segundo, al borde de las lágrimas, luego bajó la cabeza, observando distintos puntos de su hanfu, centrándose especialmente en los colgantes de jade que portaba en la cintura, evadiendo a toda costa que sus miradas coincidieran.

—MingJue… por favor —llamó con voz tenue.

Sus ojos se hallaron en un lapso eterno, conectando las emociones y sentimientos que compartían de toda la vida.

¿Y es que enamorarse de la única persona que siempre estaba ahí para él era realmente tan grave como la sociedad lo juzgaría? Es decir, nacieron como almas gemelas, su destino fue decidido incluso antes de tener una consciencia en este mundo, independientemente de que fueran medios hermanos, que fueran los únicos herederos del clan Nie.

Para esta, su tercera noche juntos, la pasión comenzó a ganarle a la culpa.

Se inclinó para besarlo al tiempo en que se le montaba en las piernas; su amante le robó el aliento con sus labios sedientos y manos inquietas. ¿Cuántas veces en el pasado tuvo que aguantar las ganas de besarlo? Su mente solía divagar en sus deseos, pues desde el primer acercamiento no pudo olvidar la boca audaz que encantó a suya.

Desnudos, sus cuerpos se reconocieron de inmediato. Esta vez se mantuvieron cara a cara, comiéndose a besos, desgarrándose a caricias. En el pasado, no tardó en darse cuenta y no dudó ni por un segundo que estaba perdidamente enamorado de él. Siempre lo admiró por su masculinidad brusca que combinaba tan bien con una hermosura distintiva y una benevolencia divina; su sangre caliente y juicio determinado era algo que tenían en común, sólo que MingJue era capaz de expresar su sentir y sus pensamientos con tal naturalidad que rayaba en la ingenuidad, lo que ocasionaba que su corazón se conmoviera mil veces más ante su presencia, que no tenía vergüenza.

Los dedos que se aferraron a su cintura al momento de iniciar la penetración le hicieron gemir por adelantado; la pasión desmedida con la que estimulaba su cuerpo vulnerable le enloquecía. Jamás había experimentado una sensación similar en su vida, pues definitivamente no se comparaba con el goce banal que le producían las lecturas morbosas de su indecente colección de "Bellezas Raras" y rebasaba el nivel de culpa que le restaba luego de masturbarse pensando en él cuando se suponía que debía estar practicando la esgrima. Por lo tanto, concebía el acto de hacer el amor con él como degustar un manjar paradisíaco mientras era consumido por las abrasadoras llamas del infierno.

Cuando el otro hombre lo recostó en la cama, cerró los ojos, reclinando su cabeza contra la almohada para regular su respiración agitada, entonces sintió el beso que le fue dado en la frente. Supuso que era su turno de levantarse y vestirse para salir de la alcoba ajena. Nunca le pasó por la mente que el más alto lo detendría.

—Quédate, por favor…

Lo miró anonadado unos segundos, descifrando sus intenciones, posteriormente sonrió entusiasmado, dejándose apapachar por los brazos cariñosos que lo arroparon a su lado.

"Deseo tenerte más cerca", fue su declaración de amor al regalarle la camelia rosada años atrás. La reciprocidad de ese profundo sentimiento, creía, fue lo que los llevó a incidir una y otra y otra vez, dando inicio a un círculo vicioso al que no le veía fin (y, ciertamente, no quería verlo).

Ningún cuadro, ningún paisaje, ningún plumaje de ave exótica podía igualar la maravilla de su fornido cuerpo al desnudo. Y ninguno de ellos le inspiraba tal apasionamiento a sus sentidos como el contacto con su piel, siendo más intenso, excitante y desbordante.

No le extrañaba que pudiera percibirlo fluir a través de su torrente sanguíneo, a raíz del pacto que sellaron con su sangre; iba y venía en su interior, recorriéndolo sin prisa hasta agolparse en su corazón necesitado que se llenaba de él para recomenzar el ciclo infinito.

Paulatinamente se fue abandonando a la insensatez, puesto que los cuadros que pintaba, los poemas que escribía y los pensamientos que tenía terminaron transformándose únicamente en MingJue, en lo que le causaba, lo que le provocaba. No encontraba un solo momento en el que descansara su mente de adorarlo y eso le parecía totalmente increíble.

Las semanas siguientes transcurrieron con total normalidad, no obstante, el tiempo se le había detenido el instante en que su ser amado le correspondió, atrapándolo en la fantasía que vivía jubiloso. Sin necesidad de mediar palabras, su amor se concretó más allá de la hermandad. Y con justa razón. Después de pasar tantas noches juntos, continuar tratándose de hermanos sería simplemente absurdo.

Quizá jamás podrían exponer su relación al público, pero dentro del Reino Impuro nada les impedía disfrutar de su intimidad en un sinfín de espacios privados que sólo ellos dos conocían.

"Creo que pude haberte inhalado,

puedo sentirte detrás de mis ojos.

Entraste a mi torrente sanguíneo,

puedo sentirte fluyendo en mí."