Su lugar favorito dentro del Reino Impuro era la cima de una colina aledaña, en donde se encontraba parcialmente oculto un pequeño salón de descanso abandonado. Lo descubrió varios años atrás, en una de sus muchas exploraciones a puerta cerrada, pues eran contadas las veces en que se atrevía a salir sin la compañía de su hermano o de Yao.

Tan sólo hace un par de meses solía atiborrar los brazos de ZongHui con sus obras de arte (entre pinturas, trabajos de caligrafía, diseños para abanicos...) con el fin de que lo ayudara a transportarlas hasta ahí para exhibirlas al sol, lejos de la vista del líder del clan, de esa manera la tinta penetraría a profundidad la superficie trazada, permaneciendo intacta y como recién aplicada por cientos de años. Realmente lo echaba de menos, a pesar de que no compartieron mucho en común, siempre se trataron con respeto, correspondiendo la complicidad, logrando así forjar una amistad genuina.

Para llegar al sitio en cuestión, debía caminar un largo recorrido a través del reino, cuesta arriba sobre la montaña hasta toparse con un puente abrumadoramente largo hecho de tablones de madera de ébano, que si bien era bastante seguro, le daba mucho vértigo cruzar, pareciéndole interminable aunado a una mala experiencia que tuvo en el pasado... Con las manos ocupadas, no le quedó más que tragar saliva antes de pasar por él. Era su segunda vuelta en el día, acarreando sábanas limpias, almohadas, velas y aceites frescos, lo necesario para la llegada de este día tan especial.

Se cumplía un mes desde que él y MingJue decidieron darse la oportunidad de vivir un idilio, dejando de lado todo tipo de pensamientos culposos o tortuosos para poder disfrutar de su amor a plenitud. O por lo menos, lo intentarían. Durante ese periodo de tiempo se habían arriesgado demasiado respecto a las probabilidades de ser descubiertos, por lo que, para evitar cualquier tipo de sospecha, planeaba hacer de este salón su nueva habitación de pareja, alejada del resto de habitantes.

La punta de su pie derecho distinguió el piso terroso; el alivio de hallarse en la seguridad de la superficie de la colina se expresó por medio de un suspiro, luego corrió directo al interior de la posada, dejando la pequeña jaula de bambú que contenía un ave carbonero y un par de botellas de licor que cargaba en el piso, en afán de servirse un trago que bebió enseguida. Su mayor partió a la Torre Jin Lin desde temprano para tomar su sesión diaria de música para relajar la mente, por lo que aprovechó el vasto tiempo que tenía para afinar los últimos detalles de su sorpresa, dejándole una nota en su habitación con un pequeño mapa que trazó para indicarle el lugar en donde lo esperaba.

El ave de preciosos colores comenzó a gorjear y revolotear sin parar. Le dirigió la mirada, entonces negó con la cabeza mientras sonreía. Definitivamente su vanidosa compañera le estaba exigiendo su atención. Tomó la estructura que la resguardaba, la elevó hasta su rostro para cuestionarla sobre su caprichosa actitud al tiempo en que se dirigía al marco de la puerta, en donde la ubicaría a la intemperie. Tras servirle su porción de semillas del día, se adentró de vuelta al salón, levantó la botella de la mesa de té y brindó por MingJue, por su amor, por su relación. Bebió también para matar el tiempo mientras aguardaba con calma.

Para cuando el cielo se oscureció, haciendo resaltar las cuantiosas estrellas que lo embellecían, se sentía ya un poco mareado.

De pie al filo de la colina, observó atento las cordilleras que se alargaban más allá de las auroras boreales que las iluminaban tenuemente, a distancias que por mucho que se esforzara, no lograba alcanzar con la vista. Se ajustó su nuevo hanfu al cuerpo, quería lucir impecable. Al momento en que escuchó los pasos firmes que hicieron crujir los tablones de madera, tocó la horquilla de oro que portaba antes de bajar las manos que acomodaron su cabello.

Apretó los labios para contener su sonrisa al voltear, acercándose lentamente a su espalda. La mirada del mayor recorrió el restaurado salón, admirando los resultados de su arduo trabajo. Sabía lo que pasaba por su mente: un lugar como este era una necesidad para ambos. Sería su pequeño santuario privado en donde no existiría el miedo ni tendrían memoria. No pensarían en lo que fueron ni en las posibles consecuencias de sus actos.

—¿Te gusta? —preguntó con curiosidad.

—Estoy sorprendido. Nunca pensé que esas paredes grises pudieran verse tan llenas de vida —entonces dio media vuelta y quedó seducido al instante por su pulcra imagen—. Te ves realmente... hermoso.

—¿De verdad lo crees? —preguntó tímido, modelando para él en un intento de disipar la sensación de calor que lo envolvió de repente.

El suntuoso adorno de cabello y las elegantes telas que vestía esa noche habían sido regalos bastante generosos de su parte. En color blanco, su favorito, con encaje vistoso perfectamente realizado con hilo de oro que hacía juego con la fina horquilla. Fue lo primero que vio al despertar, cuidadosamente colocados al pie de su cama. Se tambaleó después de dar una vuelta, soltando una risita nerviosa. Sus emociones eran tan fuertes que no podía quedarse quieto.

—Ten cuidado —le dijo, apacible, acercándose a él.

—Sé que mi MingJue me cuida, no me dejaría caer —dio otra vuelta con el propósito de huir torpemente, sin embargo, sintió un brazo que se ciñó a su cintura.

Cuando menos lo esperaba, se encontró de frente con su atractivo rostro, siendo atrapado en un abrazo, recibiendo un beso en la frente. El corazón casi se le salió del pecho cuando vio su sonrisa amena. No pudo ocultar la felicidad que lo embargaba y que le impulsó a tomarlo por los hombros para moverse de un lado a otro, cautivado, verdaderamente entusiasmado, guiándolo mientras se veían fijo a los ojos.

—¿Sabes bailar? —ante la respuesta negativa, su emoción creció, continuando la oscilación de sus cuerpos—. No es tan diferente a lo que estamos haciendo, sólo... deja que tu cuerpo se relaje.

Obedeció, atenuando su expresión. No había música, pero no era un detalle importante, el silencio fue la mejor compañía para ambos. El sonido de sus pasos al dar vueltas y de sus respiraciones que se enlazaban entre sí era suficiente.

Las caricias suaves sobre su mejilla, la contemplación de sus miradas amorosas: se sentía conectado a él de una manera tan intensa que rayaba en lo irreal. Se atrevió a robarle un beso, ocultando su rostro posteriormente al apoyarse en su pecho, abrazándolo con fuerza. El otro correspondió la acción, acariciándole el cabello con cuidado, sin dejar de lado el ritmo que seguían.

Escuchó su corazón latir exultado, con el mismo vigor que reconocía en el propio. Amor recíproco… si hubiera sabido que estaría tan lleno de dicha, no hubiera callado por tantos años. Su pareja lo mimó sin descanso, tomando una de sus manos con el fin de llenarla de besos hasta la muñeca.

Levantó la cabeza para encararlo con la misma sonrisa enamorada.

—HuaiSang... te amo.

Aquella confesión le cayó de sorpresa, directo al estómago. Escalofríos le recorrieron la espalda, sin ningún tipo de consideración por el temblor en sus piernas, su boca se abrió y sus ojos se humedecieron.

—Yo también te amo, MingJue... —su voz se quebró por la conmoción.

No necesitaban palabras para saberlo y aún así se atrevieron a decirlo. Las lágrimas no se detuvieron, su expresión tampoco pudo ser contenida, debido a que el revoltijo de sentimientos en su pecho dolía, le destrozaba por dentro; desde el amor fraternal al amor carnal, desde portar la misma sangre hasta unificarla en un pacto de amantes. Desde la figura paterna que representaba en su vida hasta el hombre al que se entregaba con fervor.

Desde los vagos recuerdos de la angustia de sus padres hasta la felicidad bruta que le invadía por compartir su alma con el amor de su vida; el llanto lo ahogó, obligándolo a abrazar a su mayor en busca de consuelo, aferrándose a su hanfu.

Fue envuelto en afecto, su cabeza fue besada, sostenida con todo ese cariño infinito que removía sus penas y le hacía sentir vivo.

De pronto, como si la naturaleza actuara en consonancia con su estado anímico, gotas de lluvia dispersas empezaron a caer sobre su ser expuesto, vulnerable.

—HuaiSang, entremos —se esforzó en cesar su llanto al escucharlo—. HuaiSang...

Su mirada encontró a su igual, correspondiéndose como infinidad de veces en el pasado. Los segundos se volvieron eternos entre esta acción y el impulso de sus labios cómplices. Las grandes manos ajenas le limpiaron el rostro en el proceso.

La lluvia se tupió. Por la naturaleza de la tierra de QingHe, jamás recibían lluvias torrenciales, no obstante, lo mejor que podían hacer era resguardarse. Apresuraron su camino al interior y, una vez ahí, permaneció quieto mientras veía al mayor cerrar la puerta. Cuando giró para acercarse a él, lo recibió con un beso que escaló de tímido a apasionado, dejándose dominar por sus instintos.

La única forma que encontraba ahora para reducir su pesar era hundirse en el placer, alcanzando a comprender mejor la catastrófica lucha interna que vivía su hermano. Pronto se vieron tropezando en su camino a las sábanas que había extendido en el piso en forma de cama. Su aturdida mente se perdió en la calidez de su piel, en la locura de sus labios impregnando su ser...

De un momento a otro, sus piernas débiles temblaban sobre la cintura de MingJue, estaba tan caliente que apenas podía pensar con claridad. Sus manos eran sostenidas por las muñecas cruzadas sobre su cabeza. Sabía lo mucho que disfrutaba dominarlo, así que se dejaba hacer.

Llevaban un rato en esto. Su amante lo besaba de una manera demencial, los labios, el cuello, cada parte de su cuerpo que podía alcanzar en esa posición, luego lo penetraba con la velocidad suficiente para hacerlo venirse enseguida, pero antes de que eso sucediera, se detenía y comenzaba todo otra vez.

Cuando subió sus rodillas al nivel de sus hombros, perdió la cabeza ante lo increíble que se sentía. Gimió y jadeó en voz alta, apretando con sus manos las sábanas, moviendo su trasero hacia él para encontrarlo en cada penetración, profundizando, acelerando el proceso. De sus ojos brotaron lágrimas, su cabeza iba de un lado a otro soltando súplicas al azar; era más placer del que podía soportar.

Escuchar los gemidos de MingJue acompañando los suyos era verdaderamente erótico. Su último respiro le hizo estremecerse, soltando un gemido intermitente que le dejó sin aliento. Sus frentes se tocaron en ese lapso posterior de satisfacción desbordante. Llegar al orgasmo con él era una sensación incomparable que revitalizaba su unión y, siempre que pudieran repetir sus encuentros, cedería sin dar cabida a dudas.

Apenas deshicieron el nudo de sus cuerpos, lo atrapó entre sus brazos con pasión, con cierto temor de dejarlo ir. Este día, sus sentimientos le habían superado en todos los aspectos. Su par respondió acomodándose a su lado, tomándolo en una posición más cómoda para ambos. Obtuvo así la paz que tanto buscaba, permitiéndose descansar apropiadamente.

"Dos corazones en un latido de éxtasis…

Te mantendré cálido a través de las sombras de la noche."