Despertó; lo primero que encontró su mirada fue la hermosura del sosiego angelical que emanaba HuaiSang al dormir plácido a su lado. Contempló cuidadoso sus facciones relajadas, en contraste con los fuertes latidos que le abombaban el pecho, rebosante de felicidad, tal como había sido desde que eran niños. Sólo que, a diferencia de la inocente relación entre dos niños huérfanos, el hombro y parte del pecho desnudos del más joven se asomaban provocativos fuera de la sábana que cubría el resto de sus cuerpos. Con la palma de su mano acarició, envolvió la piel, sintiendo la frialdad en ella. Se levantó, quitándose la tela de encima para cubrirlo mejor. Suspiró pesadamente ante su propia desnudez; era su hermano menor, ¿qué diablos estaba haciendo?

Sus padres debían aborrecerlo, sino es que hasta lo maldecían desde su lugar de descanso. Lo tendría muy bien merecido, pues, además, su cobardía le impedía visitar el altar familiar desde el día en que este romance ilícito dio inicio.

Se levantó, se vistió y ajustó a Baxia a su espalda. Se fijó otra vez en la encantadora visión que le ofrecía la quietud de su ser amado para guardarla en su memoria el tiempo que estuviera ausente. Luego, a su marcha acostumbrada, se dirigió colina abajo.

Sus dedos juguetearon con las cuerdas del puente en el camino, tirando de ellas débilmente, ocasionando que vibraran al soltarlas debido a la tensión. En el pasado, ¿cuántas veces tuvo que refrenar su instinto? El impulso de acorralarlo para volver a besarlo, para tocarlo de todas las maneras indebidas que juró jamás realizaría le atormentaba cada vez que lo tenía cerca, en cada oportunidad en que esa esencia suya hechizaba su raciocinio y era imposible olvidarse de los detalles minúsculos en cada rasgo beatífico que le obedecía, le correspondía a él. Solo a él.

Durante muchos años ese, su mayor deleite, fue también su terror más grande, pues desconocía (o, mejor dicho, se negaba a aceptar) los sentimientos mutuos de su hermano, siendo únicamente consciente de lo poco discretas que eran las reacciones que le causaba a su cuerpo exaltado, cuando lo último que quería era hacerlo sentir inseguro, perder su confianza y quedar desplazado de su vida.

Resistió, lo óptimo, por él, por sí mismo, siempre seguro que, a pesar de lo mucho que le gustaría saciar su hambre de esas caderas que terminaban por conducirlo a la gula en sus fantasías codiciosas, jamás se atrevería a pervertirlo. Sin embargo, por algún motivo insólito, ahora simplemente no podía contenerse. Quizá porque al ser correspondido el peso de la culpa se redujo considerablemente; la desviación de Qi afectaba su nivel actual de resistencia y, cuando esos ojos hipnotizadores se posaban en él, no era capaz de negarse a nada, sino todo lo contrario.

HuaiSang lo volvía dócil. Era su punto débil, la razón principal por la que quería seguir vivo.

Se preparó el baño en automático, centrado en los pensamientos negativos que lo apresaron. La verdad era que, a pesar de recibir sesiones diarias de música espiritual, no sentía mejoría alguna. La intromisión del espíritu que contenía Baxia causaba cada vez mayores estragos en su mente, dejándolo en un estado de perturbación constante.

De hecho, la intranquilidad no desaparecía, no en su totalidad, a menos que estuviera cerca de su hermano. Lejos de él, usualmente la ira tomaba el control, desatando su impulsividad, su estupidez. El día anterior había sido una clara prueba de ello, pues, habiéndose dejado dominar por el odio, poco faltó para que le soltara un golpe directo a la cara a Jin GuangYao, luego de tomarlo por sus prendas contra la pared. Y es que el testarudo hombre insistía con que el líder del clan Lan deseaba asistir a una de sus reuniones para verificar la efectividad de la melodía sobre su estado de salud, por lo que tuvo que advertirle una segunda y última vez: no quería verlo cerca de XiChen.

Una discusión absurda que pudo terminar de mala manera gracias a su ímpetu, pero al menos, creía, funcionó para quitarle las ganas de persistir con el tema.

Con esa conclusión salió de la tina. Tras arreglarse vistiendo ropa limpia, tomó lugar en la cocina, dispuesto a preparar sus propios alimentos. Estaba hambriento; indudablemente HuaiSang también lo estaría. Elaboró comida variada, abundante, no solía hacerlo muy seguido, no obstante, consideraba su sazón grata y su menor nunca se había quejado de ello. Introdujo los comestibles en una cesta, tomó dos cantimploras llenas de agua y trazó su camino de vuelta al salón sagrado en la cumbre de la colina.

Sólo de saberse próximo a su amante, su mente se fue despejando, resaltando el anhelo de regresar junto a él. Nada más ingresó, sus ojos fueron directo a la figura que, aun con la sábana hecha bolas en la parte inferior, continuaba tan tranquila como la dejó un par de horas atrás. Sonrió complacido. Se acomodó frente a la mesita de té ubicada cerca de una de las esquinas de la habitación, con el propósito de sacar los alimentos para disponerlos al desayuno.

Entre el tintineo de las vasijas y el apetitoso aroma de la comida recién hecha, su compañero despertó. Lo vio levantar la cabeza con esfuerzo, como un pequeño cachorro recién nacido, tanteándose el cabello suelto mientras buscaba insistentemente a su alrededor.

—¿Hermano mayor?

Dejó escapar un sonido al intentar contener la risa que le causó su voz ronca que arrastraba las palabras, muy distinto al tono suave y claro que acostumbraba escuchar.

—Aquí estoy —respondió; el menor volteó enseguida.

—¿Y qué haces ahí? Vuelve —pidió, el puchero en su rostro recién despertado fue único, adorable.

—Traje el desayuno —le informó levantando uno de los platos hacia él.

—¿Eh? —apretó los ojitos hinchados varias veces para aclarar su vista que todavía se adaptaba a la luz del lugar—. ¿Cómo trajiste todo eso hasta aquí?

Preguntó, fijándose en la cantidad de elementos colocados sobre la mesita. Le dio una sonrisa, levantándose con una de las vasijas entre manos para acercarse a él.

—Tengo que asegurarme de que comas bien. Debes recuperar tu vitalidad.

—¡Ah, es cierto! Hemos estado muy activos estos últimos días... —se acomodó el cabello detrás de la oreja—. Quizá es tiempo de cambiar mi dieta.

Se irguió para sentarse, indicándole dónde tomar asiento a palmadas sobre la sábana. Obedeció y le ofreció la comida, siendo espectador del cambio paulatino en su expresión, tornándose serio al inspeccionar el interior del tazón.

—¿Qué pasa? Come —habló, preocupado—, ¿no te gusta?

HuaiSang lo miró a los ojos, mostrándole una mueca de tristeza a modo de juego.

—MingJue, estoy tan cansado… —colocó el dorso de su mano sobre su frente, cerrando los ojos, exagerando la escena—, no creo ser capaz de comer sin tu ayuda.

Tras un segundo de silencio, abrió un ojo para ver su reacción, después volvió a su actuación y abrió la boca, señalándola con uno de sus dedos para indicarle que le diera la comida directamente, con la gracia dibujada en sus labios. El gozo de verlo tan a gusto, de tenerlo de frente tan alegre lo embargó, por lo que no pudo hacer otra cosa que cumplir sus caprichos. Le dio un bocado que recibió contento, masticando en calma.

Las caricias recíprocas incentivaron la contemplación de sus expresiones tímidas, típicas de los enamorados. Como tales, concluyeron el desayuno sobre la mesita de té, dándose de comer el uno al otro. El menor ingirió la mayoría de porciones. Se alegró por eso, realmente necesitaba incrementar su ingesta, sino, el ajetreo de sus noches terminaría causando estragos en su delicado cuerpo.

Minutos después, salió a tomar aire fresco. Su par se vistió ante sus ojos fascinados; lo dejó solo con el propósito de que se arreglara el cabello sin presiones, pues aun teniendo la confianza que se tenían, el joven continuaba siendo muy tímido en aspectos banales como ese. Justo al cerrar la puerta, se percató del silbido de la curiosa ave que reposaba en la jaula contigua. Se acercó a la pequeña estructura de bambú, intrigado por sus preciosos colores: el carbonero giró la cabeza de izquierda a derecha, acompañándolo con un canto que le resultó inusual. De esa manera cautivó su entera atención, como si, de algún modo, le estuviera transmitiendo un mensaje único a través de ésta. La situación se volvió un tanto absurda, pero el sonido que emitía era simplemente inexorable.

Sin embargo, la sonrisa de HuaiSang lo distrajo de su tarea. La mirada entusiasmada que le dio le dejó saber que estaba impaciente por comunicarle algo.

—Las aves son capaces de interpretar una melodía a partir de su percepción de nuestros sentimientos más intensos —se abanicó un par de veces, acortando la distancia entre ellos de un paso—, MingJue… ¿es tan hermoso lo que sientes por mí?

Él era el experto en los pájaros y sus cantos, ¿qué podía decir? Sus palabras lo tomaron totalmente desprevenido, haciéndolo sonreír como muy pocas veces en su vida. Lo estrechó entre sus brazos, esperando poder transmitirle así su respuesta afirmativa. Lo adoraba. Lo era todo para él.

Por mucho que anhelara permanecer ahí, en su cálido abrazo el resto del día, el deber de concluir sus labores diarias como líder de secta no se lo permitiría. Hicieron el recorrido de regreso a través del puente, sobre el cual se atrevió a atraerlo por la cintura, pegando sus cuerpos. El otro rió en respuesta, encantado, alzando su abanico para cubrir sus rostros mientras le daba un beso que correspondió enseguida.

Se abstuvo de maldecir el momento en que se separaron únicamente porque contaba con la certeza de que su bello ser prevalecería patente en su pensamiento, irremediablemente. HuaiSang se dispuso a tomar un baño y él continuó a pie directo al salón de debate.

Su relación en sí cambió bastante a partir de la trágica expedición a la tumba ancestral de sables. Aquella experiencia les hizo crecer, ver la vida con otros ojos. Les reafirmó el amor inmenso, fidedigno entre ambos y, también, trajo de vuelta viejas costumbres de la infancia, como su abandonada afición de elaborar finos pinceles de madera esculpida exclusivamente para regalarlos a su hermano.

Curiosamente, habiendo sido testigo de su primer trazo sobre un lienzo en blanco, ignoraba cuánto acierto existía en cada una de sus obras hasta que el menor le brindó el privilegio de apreciar los cuadros colgados en la privacidad de su habitación. Conocía poco o nada de esa rama del arte, no obstante, es innegable el talento del pintor cuya creación ablanda a gusto la recepción del espectador, quien, ensimismado, es guiado a un abismo emocional que desemboca en la comprensión de los sentimientos propios al verlos expuestos desde una perspectiva distinta a la que se está acostumbrado.

Era una verdadera lástima que HuaiSang no se atreviera a exhibir sus pinturas al público. No conocía sus razones, pero debían ser suficientes como para que rechazara siempre la amable instrucción que XiChen le ofrecía. Suponía que se trataba de algo que no podía ser forzado. Ya llegaría el momento adecuado en el futuro; nadie debería obligarse a aquello para lo que no se está listo.

Por su parte, se encontraba feliz de ser su primer admirador, totalmente halagado de fungir como una fuente de inspiración para él. De muchas maneras se veía reflejado en varios de sus trabajos, destacando principalmente la pequeña colección bajo cama de imágenes explícitas que evidenciaban la cohesión erótica de sus cuerpos desnudos haciendo el amor...

A este punto, no quería pensar demasiado si su relación era apropiada o no. Su única prioridad invariable era su menor, si él decía estar de acuerdo y dispuesto a continuar, a pesar de todo, los males salían sobrando. Viviría hundido en su pecho endulzado sin arrepentimientos.

Al cabo de una hora, la entrañable presencia que ingresó al salón lo atrapó como todas las tardes; a puerta cerrada, disfrutaban pasar el tiempo inmersos en una conversación amena. Contrario a lo que pensaba años atrás, en realidad tenían mucho en común, aunque sus actitudes hacia la vida no coincidían, su carácter era sorprendentemente similar. Los debates que sostenían solían ser largos, pero armoniosos y entretenidos. No concordaban en una sola forma de pensar, pero resultaba algo positivo, pues nunca se quedaban sin tema de discusión.

—MingJue, no fuiste a tu sesión de hoy —inició, tomando asiento en la mesa principal—. ¿Qué pasó ayer?

Cuestionó con toda la razón del mundo. Ninguno era adepto a los episodios innecesarios de celos, pero tenía conciencia de su falta cometida el día anterior al no respetar el horario acordado para su reunión en la colina.

—Discutí con Yao —respondió simple.

—¿Por qué desconfías tanto de él? —sus palmas se apoyaron sobre la amplia superficie a su espalda y su cabeza se inclinó a un lado, denotando su interés.

—...Sus intenciones no son buenas —se acercó a él para ofrecerle la mano.

Fue un gesto amable para hacer de su conocimiento que, obviando los cambios en su vínculo amoroso, continuaba sin estar de acuerdo en que utilizara todos los muebles del reino como butaca. El joven se levantó apenado, apoyado en su agarre.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó posteriormente.

Negó con la cabeza, bajando la mirada a un lado, cerrando el tema.

En este preciso momento, no sabría decir si sus propias intenciones eran las óptimas. Definitivamente no cumplía con ser la mejor persona que podía y no vivía de la manera correcta, aunque tampoco debía compararse con su hermano de espada tan deliberadamente. Jamás mataría a un ser humano por motivos tan vulgares, tan bajos como el reconocimiento o la venganza por asuntos intrascendentes.

Los dos perdieron su camino, no cabía duda en ello, pero sus situaciones fueron muy diferentes y no habían seguido la misma ruta de salida.

Sintió la mano de HuaiSang sobre su hombro, a propósito de darle la confianza para hablar. En lugar de eso, lo tomó por la cintura para besarlo: le fascinaba sentir su correspondencia cariñosa, posando sus manos santas alrededor de su cara. Era ahí donde su perdición se inauguraba; entre más obtenía, más deseaba.

Comenzaba a pensar que para recuperar su lucidez no necesitaba nada ni a nadie que no fuera él. Lo amaba profundamente.

"No intentes guiarme a la tentación;

ya he sido entregado y sé el camino."