Sus pies fueron rápidos al cruzar el imponente portón que daba entrada al Reino Impuro. Se notaba visiblemente agitado, intranquilo a causa de la ausencia de MingJue en la Torre JinLin por la mañana. ¿Tendría algún contratiempo? ¿Podría ser que la melodía alterada ya hubiera surtido su escabroso efecto final? O simple y llanamente decidió no volver luego de la discusión que aconteció el día anterior. Cualquiera que fuese la razón, no iba a quedarse de brazos cruzados. Sabría de qué se trataba antes que la incertidumbre le carcomiera por dentro.
Ingresó a la propiedad sin problemas, los guardias lo conocían, estaban acostumbrados a su presencia constante, por lo que le permitieron el paso sin advertencia ni cuestionamientos pero con un saludo cordial. No vio nada inusual a su alrededor, simplemente se llenó del ambiente típico del lugar, rebosante en cantos de aves y el manso revolotear de las hojas que los fuertes vientos batían de los árboles.
Arrastró con los dedos los bordes de sus mangas al interior de sus puños. La tercera de sus sospechas era la acertada: el líder del clan Nie eligió deliberadamente no asistir a la sesión habitual, una decisión muy errada que no consentiría de ninguna manera. No cuando se veía forzado a adelantar sus planes para asesinarlo debido a la necedad irracional que le demostró en los últimos días. Y no iba a titubear ahora. No. A pesar de la extraña sensación de malestar que fluía a través de su cuerpo al pensar en sus despreciables intenciones.
Como acto reflejo de dicho pensamiento, volteó a su espalda para asegurarse de que se encontraba solo, puesto que dentro de su inconsciencia inspirada por el desconocimiento del próximo paso que daría su enemigo, se adelantó enviando un mensaje a Lan XiChen en donde le informó sobre "el repentino cambio de actitud que el hermano mayor sufrió durante su última reunión" y su ausencia a la misma esa mañana, escrito minuciosamente a modo de hacer resaltar su consternación al respecto para pedirle que se reunieran en QingHe al atardecer.
Encontró que lo más acertado fue presentarse con antelación para conocer la dificultad de la situación que afrontaría, así crearía un protocolo seguro para evadir los imprevistos audazmente. Su deber principal era convencer a MingJue de que lo recibiera junto al segundo hermano, antes que éste arribara, sino se enteraría de la restricción puesta por el hermano mayor y comenzaría a formular preguntas que ahora mismo no sabría ni querría responder. Estimó que la ejecución de su plan no sería complicada si contaba con el apoyo de HuaiSang, cuya presencia en el salón de debate le fue confirmada por los guardias que resguardaban la entrada.
No por nada procuraba su amistad con él, entre pequeños regalos relacionados a su pasión por la pintura y cartas breves que le enviaba de vez en cuando, repletas de resúmenes tontos de sus días para conservar la intimidad de su vínculo aun en la distancia, asegurando su connivencia en casos como este.
Se detuvo frente a la gran puerta cerrada, tomando un respiro para terminar de aplacar su mente. Irguió su postura, puso un semblante bravío, sin embargo, no supo lo desprevenido que estaba para presenciar la escena que sus ojos captarían al entrar hasta que sucedió:
Los brazos de MingJue se aferraban en un abrazo al cuerpo de HuaiSang, quien le acariciaba el mentón con ambas manos, unidos por un beso de boca a boca que se vio abruptamente interrumpido a su llegada.
Azotó las hojas de madera a su espalda, recargándose ligeramente contra ellas en un intento inconsciente de esconder lo que ocurría allí dentro. El enorme desconcierto que le creó la imagen no le permitió reaccionar los segundos posteriores, expresando cada emoción que lo embargó abiertamente en su cara. Los hermanos apenas se separaron unos centímetros en completo silencio, con los cuerpos entumecidos y el terror impreso en sus rostros al saberse descubiertos en el impúdico acto.
No se trataba de una equivocación (por mucho que lo deseara). Esta venía a ser la circunstancia en que caía en la cuenta, lo que sucedía entre ambos a consecuencia de la manipulación que ejercía sobre la ira del mayor se hallaba lejos de ser considerado violencia. Comprendió el porqué del repentino cambio de parecer en el menor respecto a lo complicado que era lidiar con la desviación de Qi, transmutando su inseguridad en apoyo incondicional para su allegado.
Par de descarados.
Se descubrió enterrando las uñas a la estructura de la que se prensaba, tomó conciencia de que le faltaba el aire y cedió la presión de sus manos tras un respiro. No se permitiría perder los estribos con tantas cosas importantes por hacer, como analizar sus posibilidades para su siguiente triquiñuela. En perspectiva, se le presentaba la oportunidad ideal para cambiar el juego de vuelta a su favor, no lo desaprovecharía. Oh, no. No a sabiendas de este sucio secreto.
—¿Qué están haciendo? —habló elevando la voz, acercándose a ellos.
HuaiSang dio un salto al escucharlo, asustado, haciéndole señas con las manos para que guardara silencio.
—Te-Tercer hermano, no-no es lo que parece… —tartamudeó, sin saber bien qué decir.
El otro se quedó inmóvil, tan solo mirándolo, expuesto en su bajeza. Enseguida tomó ventaja de su posición para controlar el rumbo de la incómoda escena, encarando a los dos de cerca con el entrecejo fruncido, mostrándose ofendido.
—¿Entonces qué es? ¿De qué se trata, HuaiSang? Dime —retó, la respuesta del mencionado fue justo la que esperaba: se cubrió con su abanico—. ¿Tienes alguna explicación para esto, MingJue?
—No te incumbe —su tono sonó lastimosamente temeroso.
Fascinado de percibir la vulnerabilidad de los hombres apabullados frente a él, se obligó a esconder su regocijo para continuar fingiendo indignación ante las respuestas que le daban, negando con la cabeza de forma severa, suspirando como si intentara calmarse.
—HuaiSang, podemos hablar de esto —extendió su brazo para alcanzarlo, restándole responsabilidad adrede—, no te preocupes, el segundo hermano está por llegar...
No previno que el líder del clan lo asiría por la muñeca con una fuerza brutal, alejándolo del más joven de un tirón.
—No lo toques. No te atrevas —a decir verdad, la gravedad en sus palabras llegó a asustarlo.
—¡Hermano mayor, no te alteres, por favor! —chilló HuaiSang colgándose de su brazo—. Tranquilízate. Espera aquí, yo arreglaré esto con Yao.
Su habla ayudó a que aflojara el agarre paulatinamente. Cuando soltó lo suficiente se zafó dando un paso atrás, disgustado.
—No, HuaiSang. Vete de aquí —le ordenó MingJue, quitándoselo de encima con gentileza.
—Hermano mayor, no compliquemos más las cosas, ¿quieres?
Sin contestar, simplemente dándole una mirada, el otro comprendió y obedeció. Él, contrariando la instrucción que le dio, lo acompañó a la salida con ambas manos sobre sus hombros con el fin de reconfortarlo. Lo observó alejarse lentamente a la mitad del patio central; una vez que cerró las puertas del salón, dejó escapar una risita burlona.
—Ya veo… —arrostró al otro hombre en la habitación con soberbia en la mirada.
—¿Qué? —lo enfrentó sin vacilar.
—Así es como tratas a tus hermanos, ¿cierto? —caminó de regreso a su lado—. ¿Pudiera ser que XiChen te rechazó y por eso estás tan molesto conmigo?
—No digas tonterías.
—Entonces... ¿estás celoso de él? —se acercó, lento, incitante, intercalando la mirada entre sus labios y sus ojos.
—¿Por una alimaña como tú? No. XiChen es quien me preocupa —replicó sin retroceder un solo centímetro.
Sonrió al tiempo que suspiraba, después le dio la espalda, marcando su distancia a dos pies.
—No tienes porqué. Lo amo... mis sentimientos son sinceros —se volvió actuando su candor—. Aunque, ¿sabes? Creo que no mientes. Ahora que te acuestas con tu hermano, ¿por qué querrías a alguien como yo? Somos totalmente opuestos según tu juicio, ¿no es así?
—Si amaras a XiChen, no lo manipularías de esa forma —habló, ignorando el resto.
Frunció el entrecejo y apretó la quijada, sintiendo de pronto el enorme peso de esa verdad en el estómago, causando escalofríos concentrados en la parte trasera de su cuello. Le dio justo en donde más le dolía.
—¡Si amaras a HuaiSang no le harías esto, Nie MingJue! ¡Él es tu hermano menor! ¿No te das asco? —negó en desaprobación, con repudio, tomando aire para poder continuar—. Responde esto: cuando tú y yo estuvimos juntos, ¿sólo pasó porque te morías de ganas de follar con HuaiSang y no podías hacerlo?
El contrario lo atrapó nuevamente, esta vez por ambos brazos, sacudiéndolo con furia.
—¡Jin GuangYao! ¡Si te atreves a decir algo…!
—¡Suéltame! —forcejeó unos segundos, viéndose imposibilitado—. ¿Alguna vez he faltado a mi palabra? ¿Alguien se enteró de lo que pasó entre nosotros?
Lo miró fijo e intentó liberarse otra vez, pero fue en vano. Poco a poco el odio que nublaba los ojos del otro se disipó, recobrando el control total de sí.
—No te vuelvas a acercar a HuaiSang —sentenció, separándose de un ligero empujón.
Se sacudió la ropa para arreglarse, recuperando la calma a su rostro, aunque su voz continuó quebrada.
—Eso sólo empeoraría las cosas para él, ¿no lo crees? —había ganado. Lo supo por el silencio que perduró hasta que se dispuso a abrir las puertas para la llegada de su pareja—. Ah, MingJue, te pido de la manera más atenta que no sigas importunando al segundo hermano, por favor. Él vino hoy desde Gusu exclusivamente para verte y no sería prudente de tu parte rechazarlo.
Observó gustoso cómo se quemaba en su frustración, incapacitado de volver a molestarlo por el resto de su vida, que no se extendería por mucho tiempo. Su fútil amenaza de matarlo si lo veía junto a XiChen se invalidaba ya que conocía el tipo de encuentros que sostenía con su hermano menor, puesto que no sería conveniente que los demás clanes se enteraran del repulsivo romance.
El hombre impoluto que tanto se jactaba de su rectitud ocultaba una verdad así de oscura. No cabía duda que las personas poseían distintas caras, cada una más despreciable que la anterior y el presumido líder del clan Nie no tenía por qué ser la excepción.
Afuera divisó a Zewu-Jun conversando con HuaiSang. De inmediato emprendió su camino hacia ellos, percatándose del hermoso hanfu que vestía el más joven, adornado con bellos detalles hechos con hilo de oro, a juego con una vistosa horquilla del mismo metal precioso. El resentimiento hizo que su abdomen se contrajera, sabía quién le proveyó la lujosa vestimenta. ¿Le daba ese tipo de regalos por revolcarse con él? No sentía envidia. Era verdadera cólera. Maldito MingJue.
Se aproximó al par, descubriendo que en su tema de conversación no figuraba lo que acababa de suceder minutos atrás. No le sorprendía, el menor de los Nie era inútil, pero no estúpido. Incluso, se atrevería a decir que era más astuto que su hermano, por lo que debía manejarlo con sumo cuidado.
—Deja las formalidades de lado, HuaiSang, ahora somos hermanos —le pidió el proveniente de Gusu, formal con una sonrisa amable.
—Muchas gracias, segundo hermano —respondió el otro con una reverencia.
Posó una mano sobre el hombro de éste último, desde su espalda. El joven lo encaró con recelo, por lo que asintió con un gesto solidario antes de mandarlo a esperar a su habitación con el mismo tono de voz que solía utilizar cuando era su sirviente. Se aseguró también de informarle que atenderían al hermano mayor, restaurando la sesión del día y que se reuniría con él posteriormente para tratar los "asuntos pendientes".
De reojo alcanzó a verlo detenerse unos segundos, reanudando su camino a regañadientes.
Ingresaron al salón bajo la vigilancia de MingJue. La ira se desbordaba de sus ojos, no obstante, mantuvo el mayor silencio que demostró desde que lo conoció, aceptando sus nuevas condiciones de mala gana. Sin tiempo que perder, interpretaron Sonido de Lucidez; nota tras nota la aversión que sentía por él aumentaba, incitándole a repetir aquellos acordes pertenecientes a la melodía extraída de la colección del caos. Y así lo hizo, poniéndose en riesgo también ante la posibilidad de ser descubierto por el experto que le acompañaba en el guqin.
Sencillamente no pudo evitarlo. Particularmente en este día, cuando el deseo de destruirlo superaba su autocontrol con creces. Quería verlo vencido a sus pies, que suplicara piedad en sus rodillas… aunque tuviera que esperar algunas semanas para ello, obtuvo una grata sorpresa al ser testigo de la sangre que vomitó. La música se cortó al instante y gritó "preocupado" junto a su par, quien, sobresaltado, se levantó para auxiliar a su hermano de espada.
Demasiado agresivo, probablemente, pero no surgía en su interior ningún sentimiento de arrepentimiento que le oprimiera el pecho. Creía firmemente que lo merecía, que era justo que pagara por su impulsividad y sus pecados.
El líder del clan Lan lo revisó, calmándose al concluir que conservaba parte de su vitalidad y la cordura intacta. Dio por terminada la sesión con el propósito de que MingJue reposara. Lo acompañaron a su habitación, el segundo hermano se encargó de ser su apoyo durante el recorrido y permaneció con él, disponiéndose a brindarle la energía necesaria para regresarlo a su estado normal.
Tras un par de minutos, los dejó solos con plena confianza, después de todo, no había nada que pudieran hacer para contrarrestar el daño que le causaba.
Se concentró en ir a buscar a HuaiSang, luchando para borrar la sonrisa de satisfacción que lucía descaradamente. Llamó a su puerta con dos golpes suaves, siendo atendido en la brevedad por la figura familiar que transformó el deje de vergüenza en su cara por miedo genuino que lo impulsó a salir corriendo al escuchar su descripción de los hechos ocurridos en el salón principal. Por suerte pudo retenerlo con ambos brazos alrededor de su torso.
—¡Déjame ir, mi hermano mayor me necesita! —le suplicó angustiado.
—Ya te dije que está bien. XiChen se encargará de eso.
El menor desistió pronto, puesto que no contaba con la habilidad necesaria para desenvolverse de su agarre.
—¡Pero…! Tercer hermano… —se quejó al tiempo en que era liberado.
—Antes de que vayas a verlo, tenemos que hablar, HuaiSang.
Lo vio tragar saliva, siendo de su conocimiento previo el tema que tocarían. Resignado, chasqueó los labios, invitándolo a entrar a su cuarto como en los viejos tiempos. Y como en aquel entonces, reconoció el orden de cada uno de los elementos al interior, dispuestos de acuerdo con la armonía consciente del feng shui, tradición a la que era adepto el clan Nie. Tomaron asiento alrededor de la mesita de té al centro, quedando uno frente al otro.
—¿Sobre qué quieres hablar? —divagó inútilmente, abriendo su abanico para soplarse con nerviosismo.
—HuaiSang… —lo miró, su semblante serio—, MingJue es tu mayor, puede instruirte y dictaminar qué está bien y qué está mal en su secta, pero esto es diferente. Esto se trata de ti, es tu elección.
—Yo… Yo estoy bien con esto —se resguardó una vez más detrás de su utensilio, cerrándose al diálogo.
—No tienes que aceptar si no quieres hacerlo —suspiró, cerró los ojos y negó con la cabeza—. Hablaremos con XiChen de esto.
Apoyó una de sus manos para levantarse; el otro lo retuvo por el brazo, con la fuerza de ambas manos.
—¡No, Yao, espera! —tras esto, lo soltó, bajando la mirada a las puntas de sus dedos sobre la mesa—. A mí… A mí me gusta MingJue...
—¿Te gusta? —resintió su asentir que le generó náuseas repentinamente—. Ustedes dos son hermanos.
—Lo sé, pero su madre y mi madre… —hizo una pausa diminuta que no pasó desapercibida—, eran distintas…
—Eso no justifica nada. Su padre fue el mismo.
Empuñó su abanico por sus extremos, apretando la mandíbula antes de tragar saliva. Lo vio directo a los ojos cuando reunió el valor suficiente, relamiendo su labio inferior en afán de destensarse para continuar:
—Tercer hermano, promete que no le dirás nada de esto a nadie. Nunca.
Su voz delató su consternación, su necesidad. Sólo un miserable se negaría a cumplir tal petición de un buen amigo.
—Descuida, no lo haré. Lo sabes —reafirmó la confianza entre ellos, poniendo especial cuidado en descifrar el significado de sus gestos—. Pero no lo entiendo, hace un par de meses no existía nada que lograra establecer la paz entre ustedes dos y ahora... pasa esto. Dime, ¿cómo puedes estar seguro de lo que sientes por él? Puede ser simple admiración o algo similar.
Negó con la cabeza tan pronto terminó de pronunciar la última palabra.
—Crecimos juntos. Sé diferenciar el amor que siento por él como hermano y el amor que siento por él ahora.
—HuaiSang, ¿él siente lo mismo por ti? —escalofríos recorrieron su espalda al verlo asentir—. ¿Eso quiere decir que tú y él están juntos, en una relación?
—Por favor, no le digas a nadie.
Juntó las palmas con su abanico de por medio, agachando la cabeza a modo de súplica. Lo único que pudo emitir fue un suspiro, mientras asimilaba la información. Realmente llegaron lejos... Definitivamente MingJue estaba obteniendo lo que merecía.
—HuaiSang… —protestó, haciéndole saber su descontento.
—¡Lo sé, Yao! Lo sé, ¿bien? —gritó, sincerándose—. Sé que no debería, que no es correcto… pero no puedo evitarlo.
Tomó una de sus manos y le dio un apretón amigable seguido de una sonrisa para brindarle sosiego. Prometió mantener su secreto y eso es lo que haría, en tanto MingJue dejara de actuar como un imbécil entrometiéndose en sus planes.
Salieron juntos de la habitación, pero pronto tuvo que acelerar el paso para alcanzar al menor, quien corrió directo a la ubicación de su hermano.
No fue capaz de reprimir que el inexplicable malestar resurgiera en su cuerpo al ser espectador de la profunda preocupación que HuaiSang mostró por su mayor, sentándose a su lado sobre la cama, acariciando su cabeza un cuidado inmenso, preguntándole por su estado actual; el otro, por su parte, lo recibió con todo ese cariño del que él jamás fue merecedor. Así, a una distancia casi nula, exhibiéndose frente a Zewu-Jun.
Optó por darse la vuelta para salir, ofuscado, naturalmente excluido del cuadro familiar. Obviando la complicada relación que mantenían, los herederos del clan Nie eran bastante cercanos, lo cual resultaba normal al tenerse únicamente el uno al otro; lo compartían todo, con plena confianza de por medio…
De hecho, su fidelidad incondicional era excesiva, tanto así como para que una idea comenzara a gestarse en su hábil mente. En cuestión de minutos, el análisis de la situación le llevó a formar una hipótesis que cabía a la perfección entre todo este inverosímil enredo.
Por supuesto. Debió haberlo discernido antes. Una sonrisa pícara se formó en su rostro al tiempo que creaba conjeturas con sus recuerdos.
Los hermanos eran increíblemente unidos, en las cuestiones fraternales, familiares e, incluso, recientemente, en la inmoralidad. Ambos portaban un corte similar en la palma de su mano, izquierda y derecha respectivamente, un indudable indicio de la práctica de un pacto de sangre, que no era poco común ni sospechoso por sí solo, los pactos solían ser muy utilizados para garantizar la plena confianza en una o más persona durante la guerra, aseverando la lealtad jurada de protegerse las espaldas a cualquier precio. Pero regularmente se sellaba bajo la promesa de hermandad, además de ser bien conocido que el menor nunca participaba en las cacerías, por lo que dedujo con seguridad que ese no fue el objetivo del trato.
Por supuesto que las razones para pactar con la sangre podían ser varias, sin embargo, ninguna le sonaba lo suficientemente convincente para que alguien tan vanidoso como HuaiSang aceptara lucir una cicatriz vistosa en una parte del cuerpo que permanece expuesta en todo momento. Debía tratarse de algo más intenso, algo que tentara la posibilidad de causarle un daño irreparable a él o a su semejante.
Y creía poseer la respuesta. Posiblemente lo que sus ojos percibieron en una experiencia específica durante su estadía como sirviente en el Reino Impuro lo era.
Hubo cierta ocasión en que encontró a MingJue hundido en sus pensamientos, parado frente a una pequeña hoguera dentro de la que se quemaba lo que parecía ser una pila desordenada de libros y documentos. A paso ligero, se acercó, sin tener una idea mínima de qué contenía aquello de lo que deseaba deshacerse, pero la oportunidad le llegó gracias a un súbdito que informó al líder de un asunto que debía ser tratado a la brevedad. Lo atendió, no sin antes encargarle a su mano derecha que supervisara la extinción total de lo que ardía entre las llamas debilitadas por el viento. Con precaución, dio un vistazo a través del denso calor, distinguiendo palabras al azar que resaltaban al centro de las hojas ennegrecidas: vesica piscis, ritual de…, almas gemelas. Eso fue lo que rescató, en conjunto con un par de figuras geométricas mezcladas en formas peculiares.
Si no erraban sus conclusiones, eso justificaba las descuidadas expresiones de HuaiSang respecto al asunto. Su frase interrumpida "su madre y mi madre…" y su énfasis en "no puedo evitarlo", dichas en el tono de voz que conocía de cuando ocultaba algo, provenían entonces de una posible verdad oculta sobre el paralelismo de sus progenitoras. Si el mayor se había tomado el tiempo para destruir tantos libros relacionados a un solo tema con el fin de eliminar cualquier rastro de su realidad, cobraba sentido el concluir que el destino de sus madres fue parir un solo hijo antes de morir, juntando así a dos almas gemelas en una de las ironías más crueles de la que tenía conocimiento.
Por consecuente, el pacto les sirvió para garantizar su silencio y el consentimiento para ahondar en las raíces de lo ilícito, desarrollando su idilio indigno sin importarles su parentesco en lo absoluto.
Con ello también se explicaba por qué el acorde que agregó para controlar su ira no funcionó de la manera indicada, pues sabía que aquellas personas que lograban reunirse con su destinado eran incapaces de causarse daño físico mutuo. Su estrategia inicial falló, pero le ayudó a confirmar sus sospechas.
¿Quién podría diferenciarlos ahora? Nie MingJue, el hombre que siempre hizo alarde de su dureza y su rectitud cayó de un solo empujón en el abismo de infamia en donde lo estuvo esperando desde el inicio. Los dos serían condenados a recorrer el infierno por la gravedad de sus faltas. Se aseguraría de eso.
Cuando Lan XiChen se reunió con él fuera de la habitación, le sonrió en plenitud, dándole la mirada afectuosa y benigna que tanto amaba. En definitiva, volvería a dominar la partida, únicamente le restaba conseguir que MingJue rompiera su pacto con HuaiSang para tenerlo dominado. Resultaría absurdamente fácil terminar con él conociendo el mayor de sus secretos.
"Seré tu chivo expiatorio, seré tu salvador:
yo soy el mejor de dos males."
