Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Antes que nada, un pequeño disclaimer respecto a esta traducción: ni yo ni la autora pretendemos ofender las creencias de absolutamente nadie. Tengan en mente que esto es ficción porque, como pueden ver, se tratan temas de ángeles, Dios y la existencia humana, al igual que demonios. Léanlo como lo que es: una obra de ficción hecha para leer y disfrutar.


Los Caídos

Prologo

Odio nacer. No permitan que digan nunca que el infante no siente el dolor del parto. Sí lo sienten. Yo elegiría cualquier método de tortura antes que eso y el prospecto de tener que soportarlo por cientos de años más hace que la idea de ser enviado al Infierno sea una alternativa muy deseable. Envidio que los humanos lo olviden casi de inmediato. Yo lo recuerdo; he recordado mis noventa y un partos. Noventa y una vidas y más de cuatrocientos años de existencia humana, y todavía no estoy cerca de regresar a casa.

Al final del siglo veinte nazco por ocasión número noventa y dos. Mis padres son una pareja profesionista felizmente casada de treinta y tantos años provenientes de Connecticut en los Estados Unidos. Es la tercera vez que he nacido en Norte América y me siento algo agradecido por ello. Aunque los Estados Unidos no está exento de corrupción, ya no tengo que tolerar nacer en un país destruido por la pestilencia o la guerra. No necesito que me recuerden qué tan crueles y brutales pueden ser los humanos.

Soy hijo único, y uno muy esperado en particular. Mi madre llora cuando me carga, mi padre me mira con orgullo mientras los empleados del hospital cometan lo despierto que estoy. Edward, me nombran. Un fuerte nombre de familia. Edward Anthony Cullen. Es así cómo me conocerán durante las siguientes dos décadas, pero no significará nada para mí. Y aunque los nombres que me dan son temporales, también son un recordatorio constante de la condena que me han dado. Lo desecho tan pronto como me veo obligado a huir, junto con los remanentes de mi vida humana; lo hago con felicidad, pero no cambia nada. Sigo siendo un ángel despojado de mi posición en la Orden Celestial y echado del Cielo; mi verdadero nombre repudiado.

En otro tiempo me llamaba Dashiel; un nombre que me fue dado por el Mismo Padre de la Creación. Dashiel, pronunciado Dash-ee-elle, y de significado Corazón de Dios. El mismo Dios que hace tiempo me desamparó; que me abandonó a cuatro milenios de existir junto con los humanos. Los mismos humanos que Él aclama amar sobre todas las cosas y aun así les permite sufrir constantemente a través de los siglos; algo que he sigo obligado a presenciar más veces de las que me gustaría recordar.

La raza humana en realidad nunca tuvo mucha esperanza. Imperfectos desde su creación, unidos y dominados por sus cuerpos de carne y sangre. La mayoría de las veces son primitivos e irremediables. Sus defectos superan por mucho sus atributos y son capaces de cometer más horrores que todos los demonios del Infierno. Al menos, esa es mi opinión después de decenas de siglos viviendo entre ellos, pero no siempre pensé así. Una vez creí algo muy diferente y todo por una persona.

Ella.

Mi padre humano en esta vida, Carlisle Cullen, es un cardiocirujano; un hombre muy estimado en su profesión. Es inteligente, algo que estará a mi favor; esperarán que yo sea igual de inteligente. Así que cuando comienzo a decir oraciones completas antes de cumplir un año, no debería ser tan sorprendente para ellos. Mi madre, Esme, es una escritora independiente. Escribir es su pasión, quedando en segundo lugar sólo al ser comparada con el amor que siente por mi padre. Son dos humanos de los que no me habría sentido reacio a nacer bajo cualquier otra circunstancia, pero no nací para ser parte de su familia, ni de la de nadie. Mi destino no era tener un lugar entre la humanidad.

Como regla, permanezco distanciado de mis padres. Hace que sea más fácil la inevitabilidad de mi partida. Soy incapaz de relacionarme con ellos, o con cualquier humano, y por la naturaleza de mi existencia no requiero los cariños que requiere cualquier niño humano normal. Aun así, durante mis primeras vidas sentí una fuerte lealtad y protección hacia ellos; atributos heredados a cada miembro de la Hueste Angelical, y algo con lo que tuve que luchar para resistirme por cuestión de mi propia supervivencia. Mi familia humana puede ser increíblemente peligrosa para mí, como yo para ellos. Son una carga que estoy obligado a llevar hasta que paso el bar mitsvah de ángeles terrenales; cuando salen mis alas.

Cuando los hombres humanos pasan la pubertad, sus voces se quiebran. Por otro lado, a mí me brotan un par de alas de nueve pies de largo cuando están completamente extendidas. Mis alas, de un pálido gris en contraste con el brillante blanco de mis hermanos y hermanas celestiales, son mi detrimento más grande, porque en el momento en que salen de mi espalda envían una señal a cada miembro de los Hijos de Dios que caminan en la tierra. Eso incluye aquellos que han caído.


¿Otraaaaa historia? ¡Pues sí! Ya saben cómo soy. Aparte de que releí hace poco Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza y andaba extrañando a un Edward versión ángel.

No me queda más que esperar que disfruten de la historia tanto como yo la disfruté al leerla. Recuerden que mis traducciones siempre prometen un final feliz. Son 44 capítulos en total, esta sí no sé si la vaya a actualizar por semana, pero intentaré no dejar pasar mucho tiempo entre una actualización y otra, supongo que dependerá de la respuesta que tenga; al menos mientras termino con alguna otra de mis traducciones.

Si llegaste hasta aquí y estás emocionada por seguir leyendo más de este Edward en versión ángel, no olvides dejarme tus comentarios 😉