***Han pasado 84 años desde mi última actualización, lo se jajajaj pero como saben han sido momentos difíciles para todos, y entre que desafortunadamente formo parte de las estadísticas de desempleo de mi país y que mi ánimo no ha sido el mejor para escribir, decidí dejar en pausa este fic hasta que me sintiera mejor para continuarlo. Algo que me molestaría bastante es subir un trabajo del cual no me siento orgullosa ni mucho menos satisfecha. Y aunque ya sé lo que pasará y como quiero que termine esta historia tenía la impresión de que si escribía no transmitiría las emociones que quiero.

Antes de pasar al capítulo quiero agradecer enormemente al grupo de lectoras que me mandan mensajes preguntando cuando actualizaré este fic. Créanme que no me imaginé tendría seguidoras por ser un fic de Terry y Annie.

Debido al tiempo que pasé sin actualizar les recomiendo si así gustan lean los 2 capítulos previos.

Ahora sí las dejo para que lean a gusto.

¡Saludos y manténganse sanas!***

Capítulo 3. Triste añoranza

Nuestro trato ha mejorado mucho desde entonces.

No, me estoy expresando mal.

Soy yo el que ha modificado actitudes.

A diferencia de nuestro primer encuentro en la casa hogar de Pony 4 años atrás, ahora me siento con la confianza de mostrarme tal cual soy con ella sin la necesidad de escudarme en mi ironía y sarcasmo.

Sé que no soy una persona fácil de tratar, sin embargo, su sinceridad, paciencia, así como las cartas que religiosamente me envía cada semana consiguieron que empezara a sentirme cómodo con ella, pero mientras mi cabeza analizaba la sucesión de cada oscuro escenario que podía desencadenarse si me permitía tomarle cariño, mi corazón se adelantó y sin pedirme permiso, Annie ya formaba parte indispensable de mi vida convirtiéndose en mi querida amiga.

Más de una vez me atrapé emocionado leyendo sus misivas, o lo que es aún más inquietante, escribiéndole de regreso mientras le contaba acerca de mi trabajo, mis futuros proyectos. ¡Tengo tantas cosas que platicarle! pero lo realmente terrible vino después, cuando en cada visita anual a la casa hogar de Pony, empecé a atreverme a confesarle poco a poco cada uno de mis miedos, errores, traumas e incluso mis más íntimas inseguridades.

Mi pánico incrementó a la par que mi cariño hacia ella cuando Annie en reciprocidad a mi confianza me revelaba algunos de los demonios que la han atormentado desde su niñez, como su sentimiento de culpa al haber impedido que los Britter adoptaran a Candy, la envidia que durante años le profesó y la profunda vergüenza que llegó a experimentar de ser huérfana. Me sentí valorado cuando abrió ante mí sus heridas, así que la escuché solemnemente, pero mientras lo hacía me di cuenta de algo que hasta ahora ignoraba; tengo un miedo muy grande a amar y ser amado.

Volver a vulnerarme ante la persona que tarde o temprano tendrá el poder para destruirme es realmente aterrador, sin embargo, heme aquí, contradiciéndome yo mismo al reconocer sin arrepentimiento que Annie es una amiga a la que por nada del mundo permitiré que el destino me arrebate.

Me siento muy feliz de que ella forme parte de mi pequeño _aunque inexistente es el término más adecuado_ círculo de amistades.

Sé que cometí muchos errores con Candy. Aun el día de hoy no consigo perdonarme el dolor que le causé. Pese que yo fui su verdugo, mi corazón también resultó herido y aun ahora vivo con las consecuencias de las malas decisiones que tomé antes, durante y después de ese maldito día de invierno.

Si ese accidente no hubiese sucedido, ¿cómo sería mi vida ahora? ¿Candy y yo estaríamos casados como era mi plan antes que toda esa tragedia cayera sobre nosotros? Vivo atormentado imaginando en mi cabeza la respuesta a esas preguntas.

La ansiedad e insomnio que he tenido desde mi niñez no han desaparecido, pero gracias a la amistad de Annie, el apoyo y cariño incondicional de la hermana María, así como de todos los integrantes de la casa hogar, mi salud emocional se encuentra un poco mejor.

No recordaba lo gratificante que es tener a alguien que me escuche sin juzgarme y que, además, se identifique con mis propios demonios. Annie me ha ayudado sin ella saberlo a entender que no soy el único en el mundo que sufre la pérdida de un ser querido, y aun cuando me resistiré a llevarlo a cabo, a comprender que llegará el día en que muy probablemente dejaré a esa persona tan amada atrás.

Si me hubiesen dicho durante mi estadía en el Real Colegio San Pablo que Annie y yo llegaríamos a ser los amigos cercanos que somos ahora, me habría reído a carcajadas.

Su amistad definitivamente me tomó por sorpresa. No estaba en mis planes toparme con ella en mi camino. Supongo que estas son las llamadas sorpresas de la vida que Robert me menciona con relativa frecuencia y que creí jamás me sucederían a mí.

"Terruce, ¿me estás escuchando?" sorprendido, despegué mi vista de las cartas de la hermana María y Annie. Me olvidé por completo de la presencia de Robert "Es la primera vez que alguien me ignora de tan atrevida manera" musitó con picardía. Aun así, sonreí apenado al tiempo que colocaba los sobres en la mesa.

"Perdóname Robert. Me perdí en mis pensamientos. ¿Qué me decías?" pregunté mientras sorbía un poco de la infusión de mi taza.

"Para tu tranquilidad nada importante. Te comentaba que debo retirarme. El deber me llama" me puse en pie junto con él y lo acompañé hasta la puerta "Antes que tus vacaciones den inicio debo informarte que el año restante estarás muy ocupado; te espera el protagónico de una película, la exposición de tus nuevas pinturas aquí en Nueva York y para cerrar con broche de oro tu racha de éxitos este año, protagonizarás una obra con la compañía Stratford" rodeó mis hombros con uno de sus brazos y su mirada se llenó de tanto orgullo al hablar que asentí emocionado.

Saber que Robert está complacido con mi progreso a lo largo de estos años, es suficiente para mí. No necesito la aprobación de los medios ni mucho menos de los críticos especializados para comprender que mi trabajo hace feliz a las pocas personas que amo.

Una vez estuve solo, entré a mi casa y empecé a leer con premura la carta que la hermana María me envió.

Al momento que recibas esta misiva la nieve habrá empezado a caer sobre Illinois, así que por favor trae ropa térmica. Me tiene sin cuidado que insistentemente repitas que eres resistente al frío. Ni todos los proyectos que tienes en puerta me impedirán que te obligue a guardar cama si enfermas.

Para mí tu salud es más importante que tu trabajo.

Como cada año hemos seguido de cerca tu carrera. Todos en la casa hogar estamos sumamente orgullosos de cada uno de tus logros.

Los niños están muy emocionados con tu próxima llegada.

Todos te esperan con ansias.

En lo que va del año nuevos miembros han llegado a la casa hogar. Gracias a los generosos donativos que nos das, hemos podido mejorar las instalaciones de nuestro orfanato y a su vez, tenemos la oportunidad de darle refugio a más pequeños que están a la espera de encontrar una familia que los acoja.

Los niños que llevan más tiempo aquí les han contado a los de nuevo ingreso de tu visita anual, y al ver tan cercana la fecha están igual o más emocionados de conocerte.

A la espera de verte muy pronto.

Hna. María

Deseé estar allá ahora mismo.

Sólo un día más, me dije al tiempo que me disponía a leer la carta de Annie, pero antes de abrir el sobre me detuve. Esta será la primera vez que ella no estará en la casa hogar cuando yo llegue. Se va a cumplir un año desde que se fue a Francia a estudiar alta costura. Quizás sea buena idea leer su misiva estando en nuestro lugar favorito de toda la casa hogar de Pony; la colina de los recuerdos. La de Candy.

Me he acostumbrado tanto a la presencia de Annie durante mis viajes a Illinois que ahora mismo me doy cuenta lo mucho que voy a extrañar nuestras pláticas en persona.

Quiero que pase el siguiente año volando para volver a verla.

Poco queda de la chica insegura con la que me reencontré 4 años atrás, pensé distraídamente mientras guardaba con sumo cuidado su carta dentro de mi maleta.

La Annie dependiente, pesimista e insegura desapareció casi por completo, apareciendo en su lugar una mujer segura e independiente con un sueño que cumplir; abrir su propia boutique. Pero más allá de eso su deseo más grande es ser capaz de sentirse orgullosa de sí misma al saber que cada uno de sus logros le pertenecen solamente a ella. Y en esto último me identifico plenamente con su sentir.

Emanciparse de sus padres, vender sus posesiones más costosas y emprender un viaje a lo desconocido para labrarse su camino sola debió costarle muchas lágrimas, sin embargo, no renunció a su meta pese los muchos intentos de su madre por hacerla entrar en razón.

¡Eres una Britter! No necesitas trabajar. Te prohíbo que degrades nuestro apellido de esa manera. Tu único deber es prepararte para ser una esposa que esté a la altura de un hombre de buena familia, me dijo Annie que le espetó furiosa su madre en una de sus ya recurrentes discusiones.

¡Que patética manera de pensar! recuerdo que le respondí molesto sin preocuparme en moderar lo brusco de mi comentario. Lo curioso es que ella no me lo reprochó, sólo se limitó a clavar su mirada en el horizonte sin develar lo que en esos momentos pasaba por su cabeza.

Antes que despuntara el sol ya me encontraba en el tren rumbo a Illinois.

Quería aprovechar el mayor tiempo posible mi estadía allá y qué mejor que llegando durante las primeras horas del día de mañana.

A través de la ventana del angosto vagón donde me encontraba, pude apreciar como el paisaje oscuro iba coloreándose con las hermosas tonalidades del amanecer.

Una de las ventajas de tomar el primer tren es que poca gente iba a bordo, lo que significaba que tendría 24 horas de paz sin el constante acoso de las personas que, al reconocerme, solicitaban mi atención histéricamente.

Amo mi profesión, pero no la atención que esta genera.

Soy un hombre solitario que gusta mucho de su espacio personal, pero desde que mi carrera empezó a ir en rápido ascenso, la prensa se dio a la tarea de acosarme todo el tiempo. Salir de casa sin que se cree caos a mi alrededor es casi tan difícil que aprecio infinitamente estos momentos de sosiego.

Al ver que faltan varias horas para llegar a mi destino, tomé de mi maleta de mano el libro Villete escrito por Charlotte Brontë que Annie me recomendó leer ampliamente antes de emprender su viaje a Francia. Después de meses de arduo trabajo por fin puedo retomar la lectura.

Al cabo de varias horas estoy por terminar de leer el libro.

He devorado cada párrafo con tanto frenesí que me arrepiento no haberme dado antes la oportunidad de leerlo.

Lucy Snowe, sus compañeras la desesperanza y el vacío, así como el internado donde se desarrolla gran parte de la trama me resultan tan familiares que ahora comprendo porque Annie me recomendó esta obra maestra.

Incitado quizás por la lectura, llegan a mi mente recuerdos del lugar donde por un periodo corto de tiempo fui muy feliz sin yo saberlo; del Real Colegio San Pablo. Donde mi padre decidió recluirme para olvidarse de mi existencia, pero también donde por primera vez en mi vida experimenté en carne propia lo que se sentía amar profundamente a alguien y ser amado con la misma intensidad.

Cuidando de marcar que me quedé en la página 569, cierro el libro prometiéndome terminar de leerlo en la colina. Ahora lo que quiero es admirar mi parte favorita del día; el crepúsculo.

Los matices pastel de la tarde son sustituidos rápidamente por los ardientes y oscuros colores del momento previo al anochecer.

Pareciera como si la luz se estuviese entregando a la oscuridad en un abrazo inmortal, pensé.

El escenario que se revela ante mis ojos es tan majestuoso que más de una vez he intentado recrearlo en mis cuadros sin éxito hasta ahora. Por más que procure imitarlo, jamás consigo igualarlo.

Ahora entiendo porque te gusta permanecer despierto en las noches aquí en la casa hogar. En comparación con la ciudad, aquí se aprecia con más claridad el brillo de las estrellas, dijo Annie una noche un par de años atrás mientras se sentaba a mi lado en la colina de Pony.

Recuerdo que no volvió a hablar el resto de la noche, lo cual iba en contra de la personalidad que Annie empezó a revelar con el paso del tiempo. Aunque su esencia tímida y dulce se mantenía intacta, lo cierto es que ciertas actitudes suyas fueron cambiando.

Ahora era una mujer inquisitiva, decidida e incluso un poco osada. Esto último lo remarco porque ella es la única persona que se ha atrevido a cuestionarme _sin ser desairada por mí en el proceso_ a partir de cuándo y porque empecé con mi adicción al cigarrillo y al alcohol, y por si eso no fuera poco me hizo enfrentar los motivos que provocaban mi insomnio y mi recurrente pesadilla, sin embargo, por una razón que aun ahora desconozco, ese día Annie decidió disfrutar el silencio junto conmigo.

Aunque de broma le he dicho que es una metiche por inmiscuirse en asuntos que no le importan, la verdad es que sus preguntas jamás me incomodaron, al contrario, fue placentero saber que alguien al verme sumido en el fango quería ayudarme a salir de ahí, pero admito que disfrutar esos silencios con ella resultaba un cambio agradable.

En algún momento durante esa noche giré mi rostro hacia el de ella. Recuerdo que una sonrisa se dibujaba en sus labios, la cual se tornó más amplia al tiempo que apuntaba emocionada al cielo gritando cual niña pequeña ¡Una estrella fugaz, Terry! Rápido, pide un deseo y el cielo te lo concederá.

Me llenó de una divertida curiosidad ver que se tomaba muy enserio su papel al verla unir sus manos bajo su mentón al tiempo que cerraba los ojos, pero más risa me dio darme cuenta de que al final terminé emulándola.

No creo en los milagros, así que pensar que una estrella fugaz tenga el poder de aliviar mis pesares y concederme maravillas está fuera de toda consideración, sin embargo, ¿qué daño podría hacerme desear una vida feliz al lado del amor de mi vida?

Por breves momentos ansié que el cielo tuviese el poder de concederme mi más valioso deseo.

Cuando el tren arribó a su destino, el amanecer comenzaba a cubrir Illinois.

Gracias al frío que azotaba el lugar _tal como mencionó la hermana María en su carta_ mi exagerado atuendo de gafas oscuras, sobretodo negro, bufanda y sombrero, encajó perfectamente con la indumentaria del resto de las personas que caminaban presurosos a mi alrededor, lo que me ayudó a mezclarme con la multitud sin problemas.

Encontrar un auto que me llevara a la casa hogar de Pony no fue difícil en comparación con ocasiones anteriores. Al igual que el orfanato, esta estación de trenes ha ido creciendo y modernizándose con el paso de los años.

Algunos minutos más tarde vislumbré en la distancia el lugar que he extrañado desde que me fui un año atrás.

Por fin estoy de regreso, pensé mientras dejaba caer mi maleta sobre el suelo níveo.

Tuve la extraña sensación de que al fin había llegado a mi hogar. Nunca he tenido uno, pero estoy seguro de que esta felicidad mezclada con la melancolía que siento es lo que una persona debe experimentar cuando regresa al seno familiar.

Sin poder evitarlo la tristeza me invade al tiempo que un largo suspiro se escapa a través de mi boca al caer en la cuenta de que, a punta de golpes, me acostumbré a la soledad que se me impuso desde mi infancia.

Gracias a ser el hijo bastardo de Richard Grandchester y de la actriz soltera Eleonor Baker siempre he tenido la impresión de no ser bienvenido en ningún lugar, y aunado a ello, a las personas que deberían haberme brindado su amor y protección jamás les he importado. Dentro de su lista de prioridades yo no existo, pero gracias a Robert, Annie y los miembros de la casa hogar ya no me siento solo en el mundo.

Al verme llegar, los niños de la casa hogar salen corriendo a recibirme con una sonrisa dibujada en sus rostros rollizos. Son felices y me cuesta creer que soy el motivo de esa felicidad.

Ninguna de estas personas está relacionada sanguíneamente conmigo, ni siquiera la hermana María, que me observa con una cálida sonrisa desde la entrada principal del orfanato, es mi madre biológica, sin embargo, cada uno de ellos es la familia que ha elegido mi corazón.

La algarabía de todos es contagiosa. Cada uno grita emocionado y sobreexcitado mi nombre, pero, aunque el calor de su recibimiento me hace sonreír, en este momento busco la atención de otra persona que continúa observándome a distancia.

"Bienvenido, Terry" me abrí camino hacia la hermana María y una vez frente a ella, aspiré profundamente su cálido aroma al tiempo que me refugiaba en sus brazos abiertos hacia mí. A pesar de que ya soy un hombre adulto de 23 años sentí que ningún mal podría alcanzarme en los brazos de esta mujer que deja caer caricias sobre mi cabello "Te hemos extrañado, aunque yo un poco más que los demás" dijo y me dejé mimar por ella.

"Yo también" la hermana rompió el abrazo para después observarme detenidamente de pies a cabeza.

Conforme me analizaba, su mirada pasó gradualmente de la alegría al disgusto al tiempo que levantaba hacia mí su rostro alterado por el enojo.

"Perdiste peso desde la última vez que nos vimos. Por las marcas oscuras que rodean tus ojos imagino que continúas con tu mal hábito de dormir poco" en ningún momento preguntó. Ella sólo afirmaba lo que ambos sabíamos era la verdad.

A pesar de la severidad que se mantenía dibujada en su rostro, con suavidad rozó con la punta de sus dedos las ojeras a las que ya me he acostumbrado a ver a través del espejo, pero en su mirada vi otra emoción más intensa que su enojo; preocupación sincera por mi salud.

"Entre el teatro, las películas y mis exposiciones duermo muy poco. Han sido tiempos de mucho trabajo" expliqué con una sonrisa que esperaba consiguiera convencerla de una verdad a medias, sin embargo, por la expresión furibunda que me dedicó la hermana María supe que una vez más descubrió mi mentira.

"Ahora mismo te vas a tu habitación a descansar" empezaba a refutar sus indicaciones, pero en cuanto levantó su mano hacia mí agaché la cabeza derrotado "Ahora, jovencito" ordenó y asentí.

Tras de mí, los niños empezaron a reír bastante divertidos por la escena que acababan de presenciar. Imagino que debe resultarles muy gratificante que esta vez alguien ajeno a ellos fuese el reprendido, así que, sin oponer resistencia seguí a la hermana María con una sonrisa cada vez más amplia dibujada en mi cara a través de los amplios pasillos de la modernizada casa hogar de Pony.

El motivo de mi súbita alegría es tan absurdo como maravilloso. ¡Me trata como a un hijo! Son por momentos como este en los que recuerdo que ya no tengo el derecho a malgastar mi vida y mi salud. Por fin tengo a mi lado personas que se entristecerían si algo malo me pasara.

Contrario a los amargos recuerdos de mi infancia y adolescencia en Londres _en donde era tratado con insultos y en el mejor de los casos ignorado_ es un grato contraste saber que existen personas que me quieren y son felices de verme.

El ceño de la hermana María continúa fruncido mientras me ayuda a acomodar debajo de mi cabeza una almohada. En ningún momento hace el intento por interrogarme. Ha aprendido a conocerme tanto a través de los años que a veces tengo la impresión de que ha develado sin dificultad cada uno de mis más oscuros secretos. Y aun así continúa a mi lado.

No me ha abandonado.

En silencio tomó del librero que hay en una de las esquinas de la habitación el libro Orgullo y prejuicio de Jane Austen, se sienta en la silla que se encuentra a un costado de mi cama y continúa la lectura justo donde se había quedado un año atrás.

"¿Cómo comenzó todo? _ le dijo _ Comprendo que una vez en camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento que te gusté? _ No puedo concretar la hora, ni el lugar, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería" musitó la hermana como si estuviese entonando una nana, la cual, tenía como objetivo sumirme en un profundo sueño y tenía que admitir que lo estaba logrando.

¡Pero no quiero dormir! ¡Hay tanto que quiero contarle! me dije mientras continuaba escuchándola cantar cada una de las palabras impresas, sin embargo, siento los párpados tan pesados que al verme sin fuerzas soy incapaz de abrirlos nuevamente.

Su voz la escucho cada vez más lejana. Infortunadamente fui presa de mi propio cansancio y dormí en contra de mi voluntad libre de mi recurrente pesadilla.

El sol brillar a través de la ventana me deslumbró tanto al abrir los ojos que tuve que poner una mano frente a mi para bloquear su brillantez.

¿Todavía es de día? me dije mientras me sentaba en la cama sintiéndome completamente descansado. Una sensación ajena a mí debo admitir. Estoy acostumbrado a dormir poco, lo que significa que vivo cansado y con sueño todo el tiempo.

"Espero hayas descansado. Dormiste un día completo" al oír las palabras de la hermana María levanté estupefacto mi rostro hacia ella.

"¿¡Un día?! Me hubiese despertado. No vine aquí a dormir, sino a estar con ustedes. Con los niños" repuse apenado al tiempo que me incorporaba de la cama.

"Todos entendemos que estás cansado. Especialmente los niños. Algunos vinieron a verte antes de irse a dormir y me pidieron te dijera cuando despertaras que no olvides las clases de pintura y cocina que prometiste darles. Las esperan con ansias. Más que la de lectura realmente" ambos reímos.

A la edad de ellos yo tampoco era un lector asiduo, por eso mismo considero importante inculcarles desde ahora la pasión por la lectura. Aprenderán a cuestionar, a investigar y, en consecuencia, formarán un criterio propio del mundo que los rodea. Cuando menos se den cuenta leer será una actividad tan necesaria para ellos que no serán capaces de dejar de hacerlo.

¿Por qué el tiempo en la casa hogar de Pony transcurre tan rápido?

La hermana María tiene una teoría tan sencilla que una parte de mi se sorprende no haberla considerado antes. Aquí soy feliz. Así de simple.

Y es verdad. Desde que el sol sale en el horizonte hasta que la oscuridad cubre por completo el cielo, rio sin cesar. No recuerdo un sólo momento en Londres con Richard o en Nueva York con Eleonor en el que haya sido la mitad de dichoso que soy en este lugar.

Ahora comprendo porque Candy encuentra refugio aquí. Es tan fácil olvidarse del mundo y los problemas, que podría pasar mi vida entera escondido en este paraíso terrenal.

Lo admito, más de una vez he estado tentado a renunciar a mi carrera, a Nueva York y a mi vida allá para quedarme donde mi corazón encuentra el sosiego que tanta falta me hace, pero al final sé que lo único que estaría haciendo es huir una vez más de mis problemas.

Disfruto mucho mi tiempo al lado de los niños de la casa hogar. Desde mi papel de maestro de pintura, cocina y lectura, hasta ser su compañero de juegos y cómplice de travesuras. Aunque cada una de esas actividades me brindan dicha, ellos no merecen convertirse en la excusa para escapar de mis problemas. No deseo cometer ese error nuevamente.

"Tu cuerpo está aquí pero tu mente voló muy lejos" al oír la voz de la hermana María tras de mí giré mi rostro y la vi acercarse lentamente con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro.

"¿Gusta una taza de té?" le ofrecí y ella asintió mientras tomaba asiento junto a mí en la sala de estar.

"¿Tan pronto te cansaste?" dijo en medio de una discreta risa que en ningún momento intentó ocultar.

"Los niños son una fuente de inagotable energía. Disfruto pasar mi tiempo con ellos, pero admito que fue música para mis oídos escuchar a las hermanas y la Srta. Pony decirles a todos que era su hora de dormir" sorbí de mi infusión mientras recargaba mi espalda contra el respaldo del sillón.

"Mañana volverán a monopolizarte y no te dejarán descansar un sólo momento. Lo sabes ¿verdad?" una carcajada se escapó de mi boca cuando la escuché hablar.

"Me gusta compartir cada hora de mi corta estadía en este lugar con ellos. Su alegría es tan contagiosa que hasta hacen reír a carcajadas a un ser gris y oscuro como yo" a un lado mío escuché a la hermana colocar estrepitosamente su taza sobre la mesa.

Aun no hacía audibles sus pensamientos y ya podía sentir su enojo crecer como espuma.

Sé que no le gusta que me exprese de mí mismo de esa manera, pero a mis ojos esa es una verdad que ella se niega a aceptar.

"¿Hasta cuándo seguirás con esa necedad? Nadie es completamente oscuro como te has empeñado en creer. En ti también hay luz, pasión, intensidad, alegría, bondad, generosidad. ¡Terry es mucho más que sólo tristeza, ira o amargura!" colocó sus dos manos sobre mis mejillas y me obligó a verla a la cara "Tus ojos no mienten. Desde la primera vez que te vi más de 6 años atrás fui capaz de apreciar cualidades que una y otra vez has negado poseer ¿Hasta cuándo seguirás menospreciándote?" clavé mi mirada sobre la de ella, y aunque su voz era severa, sus ojos me observaban con ternura y compasión.

"Me gustaría ver en mi a la persona que describe, pero es imposible apreciar lo inexistente" pronuncié con determinación. La hermana María negó con la cabeza al tiempo que dejaba escapar a través de su boca un suspiro teñido de cierta desesperación que no pasó desapercibido por mí.

"Eres una buena persona que se ha visto obligado a vivir situaciones muy duras desde pequeño. Me gustaría tanto que aprendieras a ser feliz dentro de tu misma piel. A quererte con tus defectos y virtudes, pero, sobre todo, a perdonar cada uno de tus errores" al saber lo que me diría a continuación quise alejarme de ella, pero sus manos aun sobre mi rostro me lo impidieron con firmeza. Me obligaría a escuchar aquello que soy incapaz de pronunciar con el pensamiento "Tu pasado con Candy quedó atrás. Nada puedes hacer para cambiar lo sucedido entre ustedes, por eso mismo no es justo que continúes castigándote cuando tienes tanto derecho a ser feliz como ella" pasé saliva a través de mi garganta y creí que era ácido lo que tragaba.

Poco más de 4 años han pasado desde que mi relación con Candy terminó. No puedo hablar de ella y el pasado que nos une sin sentir un nudo en la garganta, pero evocar su nombre se volvió aún más doloroso dos años después de nuestro rompimiento.

Ese ha sido el único momento que he querido olvidar de mi estadía anual en este hermoso lugar.

Annie, los niños y yo nos encontrábamos sentados a la sombra de uno de los grandes árboles que custodian la casa hogar de Pony. Me habían pedido les leyera Alicia en el país de las maravillas y por supuesto los complací. Mis habilidades histriónicas resultaban bastante útiles en estos momentos. Entre gritos de sorpresa, risas y miradas de asombro, todos me observaban expectantes a la espera de que sucederá después, aunque más de uno de los presentes conoce de memoria la historia.

"¡Bravo, Terry! Tú haces de cualquier libro toda una experiencia fantástica. Los niños quedaron encantados" dijo Annie con una sonrisa.

No lo dije en voz alta por respeto a ella, pero Annie parecía más emocionada que el resto de mi joven auditorio, sin embargo, le agradecí su comentario con una sonrisa.

Me gustaba que pequeños detalles como este la hicieran feliz, y más aún, que yo fuese el causante de la felicidad de los que me rodeaban.

¡Qué cambio más agradable! pensé sin dejar mi plática con Annie.

Ella me comentaba emocionada del próximo viaje que haría a Francia mientras veíamos a los niños correr por los alrededores.

Me sentía pleno y satisfecho conmigo mismo. Tenía la impresión de que finalmente empezaba a moverme hacia adelante. Que me encontraba un poco más lejos del pasado que tanto me atormenta. Este lugar ejerce ese poder sobre mí. Aquí me siento a salvo y protegido. La casa hogar de Pony es mi santuario de paz. Aquí los problemas y sinsabores de la vida no podrían alcanzarme.

En la distancia un grupo de niños platicando acaloradamente de algo llamó mi atención, pero no lo suficiente como para dejar de prestarle atención a Annie.

Ahora que sé lo que discutían admito que habría deseado no haberme dejado llevar por la curiosidad.

"¡No es cierto! A Candy y a su esposo les gustará el dibujo que les hice" pude escuchar con claridad esa frase como si la hubiesen gritado en mis oídos, aunque los niños se encontraban varios metros lejos de nosotros.

¿¡Qué fue lo que dijo!? ¿el esposo de Candy? recuerdo que me pregunté impactado al tiempo que Annie guardaba silencio de golpe. Ella también los había escuchado tan claro como yo, pero a diferencia mía que he aprendido a ocultar mis emociones, en el rostro de Annie se dibujó una expresión de sorpresa que fue sustituida al instante por la aflicción. Ella no quería que me enterara de aquello que ahora llevaba grabado como letra escarlata en mi corazón.

"Niños, basta de discusiones" los reprendió la hermana María al tiempo que se acercaba a ellos.

"¿Verdad que el dibujo que hice de Candy y Ashton el día de su boda no está feo? Paul dice que está horrible" vociferó con voz llorosa la niña al tiempo que un puchero se dibujaba en sus facciones conforme terminaba de hablar.

"A ambos les encantará. Ahora vayan adentro y no discutan por nimiedades" sin más preámbulos los niños hicieron lo que se les indicó.

Conforme se adentraban a la casa hogar aun los oía hablar acaloradamente del tema, pero ya había escuchado suficiente. No quería conocer más detalles. Mi corazón no los necesitaba.

"Annie, ¿sigues aquí? ¿por qué callaste de repente?" pregunté como si los 40 segundos que acababan de transcurrir no hubiesen existido. Deseaba olvidar lo que escuché. Quería con desesperación borrar de mi memoria este dolor y vacío que amenazaban con consumir con brutalidad los retazos de mi alma.

".. yo… bueno… es que…" balbuceó cada vez más pálida.

"Sé que suelo dejar sin habla a las mujeres con mi presencia, pero jamás creí que tú también serías presa de mi encanto" reí estridentemente para estupefacción de Annie.

Iba a hablarme de algo serio. Lo supe por la expresión decidida que brilló en su mirada, pero no le di oportunidad de hacerlo. Seguiría con esta pobre actuación el tiempo que fuese necesario. No quería enfrentar la realidad que esos niños en su inocencia arrojaron sobre mí, así que sonreí, platiqué e interactué con los demás el resto del día tanto como pude, pero al llegar la noche la historia fue completamente diferente.

Dormir estaba fuera de toda consideración. No podría hacerlo por mucho que diera vueltas en la cama, así que decidí ir al único lugar donde creí encontraría un poco de sosiego; la colina de los recuerdos.

Saber que Candy se casó y siguió adelante con su vida me hace feliz. Merece toda la dicha que ahora experimenta. Entonces, ¿por qué no soy capaz de sonreír por ella y su felicidad? ¿qué acaso no fue esa la promesa que hicimos ese día nevado en el hospital?

Le pedí a ella ser feliz. Nunca tuve dudas en que lo conseguiría, para mí en cambio obtener ese resultado era casi imposible.

Después de los maltratos que sufrí desde que era un niño en la mansión Grandchester a manos de mi madrastra, la cruel indiferencia de mi padre al respecto, así como sentirme huérfano de madre durante años, Candy llegó a mi vida a disipar mi soledad.

Y no sólo eso, ella se convirtió en mi bálsamo de paz, en mi refugio, mi mejor amiga, mi único y gran amor.

¡Candy lo era todo para mí!

Sin ella mi mundo se tornó más frío. Gris.

Si tan sólo hubiese tenido el valor para defender mi relación con ella frente a Susana y su madre estoy seguro de que mi vida ahora sería otra. Habríamos materializado el sueño de estar juntos que con tanta ilusión ambos construimos en nuestras cartas.

¡Hasta cuándo terminará esta pesadilla! pensé mientras ocultaba agobiado mi rostro entre mis manos.

"¿Después de todo lo que has vivido crees que ignorando la situación te ayudará?" sorprendido por la voz que escuché giré mi rostro a un lado mío y ahí estaba Annie. Sentada junto a mí en la colina admirando la noche estrellada.

El paisaje nocturno me relaja, sin embargo, este bello espectáculo no consigue disipar la ansiedad y el dolor que me torturan sin clemencia desde esta mañana.

"De haber sabido que como muchas mujeres eras débil ante mis encantos no te habría ignorado. Le pido disculpas señorita" pese lo brusco y poco caballeroso de mi respuesta Annie se mantuvo inalterable a mi lado.

Sentía sus ojos analizando con fijación el gesto indiferente que mantenía dibujado en mi rostro. Casi podía imaginar en mi mente que en su mirada brillaba aquel inconfundible dejo de dolor y ansiedad que tanto la caracterizó en el Real Colegio San Pablo. No le dolieron mis recientes palabras hacia su persona. Lo sé de antemano porque ella de algún modo era capaz de ver con facilidad a través de mi ironía y sarcasmo. Lo que le acongojaba era que estuviera sufriendo como es mi costumbre, en silencio.

Solté un suspiro y esta vez le respondí con un tono de voz que esperaba fuese más gentil.

"Desconozco que es aquello que ignoro. Debes estar confundida"

No me atrevía a girar mi rostro hacia Annie y curiosamente ese hecho insignificante me molestó. Me irritaba entender que prefería ignorar mi realidad a enfrentarla.

¡Eres un maldito cobarde, Terruce Grandchester! me dije iracundo a mí mismo al tiempo que apretaba mis puños sobre mis rodillas.

"Entiendo. Está bien" respondió sin ninguna emoción en su voz que delatara lo que pensaba o sentía en estos momentos.

No deseaba excusar una vez más con mentiras mi actitud de hace unas horas, así que me vino bien su ausencia de curiosidad. Al menos eso quería obligarme a mí mismo a creer, sin embargo, mi fachada de hombre indiferente y en control de sus emociones empezó a desmoronarse por lo que me decidí a girar con violencia mi rostro hacia ella.

Deseaba descargar con alguien esta rabia que me está consumiendo por dentro y Annie me dio la excusa perfecta para hacerlo.

"¿Así nada más? ¿No seguirás con tu interrogatorio? ¿No me obligarás a ahondar en el porqué de mi estúpido comportamiento de esta tarde? ¿¡NO ME DIRÁS QUE SOY UN MALDITO COBARDE QUE NO TIENE DERECHO A AÑORAR A LA MUJER QUE POR DECISIÓN PROPIA DEJÓ IR!?" estaba gritando mientras mis manos cortaban violentamente el aire helado a nuestro alrededor.

Sabía que estaba desquitando con la persona equivocada mi cólera. Quería callar, pero su mirada llena de comprensión me enervó aún más.

"El Terry que he aprendido a conocer tiene innumerables defectos como cualquier ser humano, pero ser cobarde no es uno de ellos" musitó sin un ápice de miedo al hablar. Ignoraba sin tapujos el odio de mi mirada y los alaridos rabiosos de mi voz.

En otro momento habría agradecido su serenidad, no ahora.

¡No deseo su simpatía! Quería que me enfrentara, así al menos tendría la oportunidad de enfadarme sin culpa con ella, pero mientras mi boca continuaba escupiendo odio y palabras hirientes hacia la persona incorrecta, ella hizo algo para lo que no estaba preparado.

Sin previo aviso lanzó sus brazos alrededor de mi cuello y me envolvió en un fuerte abrazo que me enmudeció por completo.

Toda la ira que me gobernaba hacía unos segundos desapareció, surgiendo en su lugar el sentimiento del que he querido escapar desde que escuché que Candy se había casado; la devastación.

Por esa razón prefería permanecer enojado con ella y el mundo. Con eso puedo lidiar, pero este sentimiento que amenaza con romper no sólo mi alma sino mi mente, es insoportable.

"Saca todo el odio que tienes dentro. ¡Está bien hacerlo! Eso no te hace mala persona. Tan sólo demuestra que eres un ser humano que está sufriendo y necesita ser escuchado. Grítame, maldíceme. No te dejaré solo hasta que te liberes de aquello que tanto te lastima" dijo al tiempo que sus brazos presionaban con más fuerza mi espalda.

Esa fue la primera vez que alguien validaba mis sentimientos y no me juzgaba severamente por ellos.

Escucharla fue tan reconfortante y poderoso a la vez que, sin detenerme a cuidar mi léxico exploté en un mar de palabras que escapaban sin permiso a través de mi boca. Le estaba confesando todo aquello que me torturaba; desde mi dolor por saber que Candy se había casado, el aborrecimiento que me profesaba a mí mismo por haber renunciado cobardemente al amor de mi vida, hasta la ira que sentía contra el Dios que la hermana María asegura existe, pero el cual según parece, se olvidó por completo de mi existencia.

No me guardé nada. Ni siquiera fui capaz de silenciar la más oscura de mis emociones. Aun así, ella escuchó cada uno de mis lamentos sin condenarme un sólo instante por ello.

En cuanto terminé de hablar me sentí extraño. Pese que esta no era la primera vez que le externaba mis pensamientos, tuve la incómoda sensación de que había hablado de más.

En el tiempo que llevo de conocerla, jamás me ha dado motivo para desconfiar de ella. Le he confesado aspectos muy personales de mi vida. Si quisiera lucrar con ellos para lastimarme, mis secretos ya serían de dominio público a estas alturas.

Y a pesar de que soy consciente que el problema radica en incapacidad de confiar en las personas debido a mis experiencias pasadas con mis padres, no deja de resultar doloroso y aterrador volver a vulnerar mi corazón y confesar mis pensamientos a una persona.

Confiar en alguien es abrir la oportunidad a ser lastimado.

En respuesta a mi abrupta confesión, ella tomó mis manos entre las suyas, y sin despegar sus ojos de los míos me sonrió con la mirada para segundos después volver a dirigir su vista al cielo estrellado.

No pronunció una sola palabra en toda la noche, ni siquiera para reconfortarme, y lo más increíble de todo es que no recitó las falsas promesas que mucha gente suele hacer en momentos como este y que he de admitir una parte de mi mente esperaba con cierto fastidio.

No estoy bien. No sé cómo seguir adelante ni mucho menos ser feliz, y Annie, de acuerdo o no respetaba mi sentir, y eso fue algo nuevo para mí.

Al día de hoy, Annie no tiene idea lo valioso que fue para mí contar en ese momento tan devastador con su silencio, compañía y amistad.

"Anhelo que llegue el día en que te des cuenta la maravillosa persona que eres. Quiero verte feliz y realizado no sólo en el ámbito profesional, sino en el personal también. Recuerda una cosa, Terry, el pasado nos da sabiduría y aprendizaje. No avanzarás si continúas estancado en él hubiera. ¡Vive!, pero sobre todo perdona tus errores y sigue moviéndote hacia adelante. La vida ha puesto a tu alcance cosas maravillosas, pero las apreciarás de lleno el día que te atrevas a soltar el sueño que tanto te lastima" esa última frase fue un duro golpe que recibió mi alma.

Por un par de segundos la hermana María guardó silencio para permitirme asimilar la crudeza de sus palabras. Pese lo áspero del mensaje que me enviaba, el gesto de su rostro se mantenía suave, cálido, así que empujado por ese detalle o por mi creciente deseo en mostrarle que me encontraba bien, dibujé una diminuta sonrisa en mis labios.

"No sé lo que pasará más adelante, de lo que tengo la certeza es que Candy eligió seguir con su vida sin voltear su mirada atrás desde el momento que dejó Nueva York, y eso incluye al pasado que alguna vez los unió. Es hora de que hagas lo mismo. Perdóname si soy brusca, Terry, pero me aflige ver cómo te aferras al sueño que tú y ella alguna vez construyeron, y que desafortunadamente ya es irrealizable" enunció con firmeza mientras acariciaba con una de sus manos el costado derecho de mi rostro "Prométeme que no echarás en saco roto mis palabras" colocó una de sus manos sobre mi pecho y sin más preámbulo asentí.

Parpadeé varias veces en un intento desesperado de evitar derramar las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos.

La hermana María tiene el don, o la maldición, de hacerme llorar con facilidad.

No puedo estar seguro de que me guste mostrarme tan vulnerable frente a cualquiera, pero si alguien podía verme así era ella. Nadie más.

Como seguramente haría una madre acarició con ternura mis mejillas al tiempo que sus ojos se posaban sobre mi cabello corto. Un brillo diferente brilló en su mirada mientras una sonrisa divertida comenzaba a dibujarse en su boca. Sabía lo que pasaba por su mente y sonreí junto con ella.

"Me gusta más como te ves así. Luces más galante y varonil. Annie hizo un excelente trabajo cortándote el cabello" dijo y mi mente voló al mes de octubre del año 1916.

Annie oficialmente se había convertido en adulta y recuerdo que, en cartas previas, me insistió una vez más que dejara de fumar asegurando que a la larga dañaría mi salud, lo cual para ser honestos era algo que me tenía sin cuidado. A modo de juego y para zanjar de una vez por todas el tema le dije que el día que ella se cortara su larga y hermosa cabellera negra, yo prometía dejar el cigarrillo, y para rematar mi acto de valentía, le juré que ella podía cortar mi cabello al estilo de su elección.

Estaba seguro de que jamás iba a hacerlo, lo que no esperaba era que en nuestra siguiente visita a la casa hogar de Pony ella haría efectivas mis promesas.

Verla atravesar el umbral de la casa hogar con un diminuto corte estilo bob, con tijeras en mano y una pícara sonrisa dibujándose en sus labios me hizo soltar una sonora carcajada que hizo eco dentro y fuera del orfanato.

Que mujer tan intrépida. Mira que cortar su largo cabello sólo para obligarme a dejar de fumar. Jamás había conocido una mujer como ella.

La reacción de mujeres conservadoras como la Srta. Pony y la hermana María fue muy diferente a la mía. Acongojadas y espantadas le preguntaron con pánico el motivo de tan radical decisión, ante lo que ella respondió sin miramientos que todo formaba parte de una promesa entre ella y yo.

Y era cierto. Annie había cumplido su parte y yo como todo un caballero cumpliría con la mía, así que me senté en la silla más cercana y me dejé cortar el cabello por ella. Sobra decir que para beneplácito de las presentes no volví a fumar un sólo cigarrillo.

Irónicamente no sentí la necesidad.

"Dejarme el cabello largo era mi manera de retar a mi padre. Me rebelaba ante sus constantes maltratos y opresiones. Aunado a ello empecé a fumar para desafiarlo. Annie sin saberlo me ayudó a cortar simbólicamente con esa parte de mi pasado" dije.

Después de mi pequeña confesión no volvimos a tocar temas incómodos.

Como era nuestra costumbre, la hermana María y yo continuamos platicando de muchos temas y al mismo tiempo de nada en específico. Disfrutaba enormemente estos ratos en su compañía. Incluso apreciaba cuando con ternura y severidad me hacía ver mis errores como lo había hecho minutos atrás. En su presencia siempre me sentía querido y amado, y pese que esta mujer no es mi madre, mi corazón la ha bautizado como tal.

Al cabo de un rato la hermana María se excusó y se fue a su habitación a descansar. La jornada con los niños era extenuante, y aunque hacía su labor con gusto, a estas horas de la noche ya se sentía agotada, yo en cambio soy una persona nocturna y funciono perfectamente durmiendo pocas horas, así que tomé mi abrigo y me dirigí a la colina que se había convertido a lo largo de los años en un lugar de Annie y mío.

Sentado a un lado del gran árbol y con las estrellas adornando el firmamento sentí que ella estaba a mi lado como cada año mientras leía su misiva.

Continuará...

Notas de la autora

Espero les haya gustado este capítulo y me dejen si así gustan sus reviews.

Saludos y confío (espero jajaja) no demorar mucho con la siguiente actualización.

Besos!