Advertencias: No muchas, la verdad, y si hay alguna es para mí personalmente porque me dije que no volvería por estos lares, quizá sea el espíritu navideño que acecha, que aquí estoy. Hay una OC, y un Shanks que he intentando no sacar demasiado de su personaje. Espero poder actualizar cada dos semanas. Los personajes de One Piece no me pertenecen.
Notas: Y así es. No pensaba subir nada más en esta categoría, pero los vientos han soplado y me gusta tanto tentar la suerte como ver si me equivocaba en la razón por la que decidir marcharme. Y sin más, después de pasar un día achicando aguas, creo que me he ganado algo bonito y qué mejor que inaugurar un nuevo viaje. Independientemente de ello, ¡hola y bienvenido!
Esta es una pequeña historia que hace siglos, cuando aún me decía que era incapaz de escribir a Shanks porque me gusta demasiado, empecé a idear y la primera vez que escribo algo que termina tal y como entonces pensaba que sería, por lo que personalmente es un reto y un leve orgullo atreverme a subirla.
Es cierto que hay otra advertencia, única y que seguramente no sepas. Esta historia, en sus dos primeros capítulos es idéntica a la de otro de mis fics, "Vientos propicios", ¿la razón? Pues deriva del párrafo anterior, jamás pensé que me podría sentar a terminar la que quise escribir, la aventura de Shanks para la que nunca encontraba palabras, y la deseché, cambié personajes y alteré para acomodarla a una de mis parejas preferidas. Como muchas veces sucede, al cambiar a los actores principales, la idea debe cambiar, y es justo en ese capítulo tercero dónde la adaptación ya no puede ser posible, y esta, la historia origen, toma un rumbo diferente a la que "Vientos propicios" tomará a su debido tiempo. Sin embargo, no sé la razón que un día me llevó de nuevo a esta historia y las palabras surgieron solas, las ideas se iban uniendo sin dejarme respirar y los diálogos resonaban como un eco en mi cabeza sin dejarme en paz hasta que me puse delante del ordenador dando lugar a esto.
Así pues, me atrevo con uno de mis tabúes y espero que lo disfrutes al menos lo mismo que yo he disfrutado escribiéndola. Sin más:
1. La cita
Los encuentros son algo que simplemente sucede. No siempre son desconocidos, no siempre son fruto del azar. Porque a veces todo está demasiado planeado, un reloj escoge el momento oportuno para que se produzca, el lugar queda predeterminado y se da esta casualidad: una cita, es el ejemplo perfecto de ello.
Otras, los encuentros resultan una mezcla misteriosa de ambos casos, en que el azar juega un papel dentro de la costumbre de un modo inexplicable, como es el caso que nos acontece.
¿Cómo se ha llegado a él? Bueno, esa puede ser una pregunta retórica que en realidad se va a responder sola, porque la única respuesta posible está en lo que sucedió con anterioridad.
Las ocho de la mañana, replicaban las campanas de St. George un par de manzanas más allá de la puerta mientras enseñaba su identificación en el control de seguridad. No es que alguien de fuera pudiera entrar a esa hora al museo, pero el protocolo debía seguirse. El cordial saludo de los buenos días habituales se perdió en un sorbo rápido a su latte mientras movía la mano sin detenerse, llegaba tarde. Una vez dentro, tras los muros, el ruido de la calle se perdía en el más absoluto silencio. Al menos, hasta que llegaran los visitantes, suspiró.
Pasó su tarjeta por la banda de seguridad y se adentró en la zona de oficinas, en menos de tres hora tenía una reunión y lo único que se le había ocurrido para que la secretaria del director la dejara entrar antes era sobornarla. Eso sí, con el mejor cappuccino que se podía encontrar en Bloomsbury. Sí, cierto, técnicamente lo había comprado en Camdem, pero los barrios no eran más que líneas políticas imaginarias sobre un mapa. Y si lo había hecho, era porque sabía que funcionaría, nada había sido dejado al azar con tal de no salir tarde ese día de verano tardío.
La mesa de cedro oscuro estaba bien ordenada, y la única muestra de modernidad era un viejo monitor de rayos catódicos que aún y misteriosamente servía. Las paredes estaban revestidas de largos y finos listones de madera oscura dando una sensación de estrechez inexistente y altos techos a la oficina. Tan solo destacaba la rica decoración de la puerta de madera unos pasos a la izquierda de la mesa, y el horrible perchero de metal con un abandonado paraguas azul eléctrico que había tenido décadas mejores, pero siempre salvaba la vida a más de uno en las casuales tormentas de verano.
—Cappuccino sin azúcar y canela, nunca chocolate —le dijo con una sonrisa a la señora mayor mientras le entregaba el vaso de cartón blanco y le daba un sonoro beso en la mejilla —. Buenos días, Charlotte, ¿cómo se encuentra hoy?
Los vivos ojos azules enmarcados en rimmel y arrugas se levantaron voraces de la pantalla hasta brillar al ver a la recién llegada, todo sin que sus dedos esqueléticos dejaran de teclear rápidos.
—Oh, querida, muchas gracias. Pues como todos los días, aguantando aquí las embestidas del cambiante humor del gran jefe… —movió los ojos hacia un lado guiándola antes de susurrar con pesadez—. Y a sus invitados, por lo que no, no podrás pasar antes de tiempo. Pero esto es para mí. Muchas gracias por intentarlo.
Con una naturalidad ensayada se giró hacia el lado que la mujer le había indicado. Era un pequeño espacio justo para una mesita y dos sillas al resguardo de la pared y de la puerta, lo justo para dar la intimidad mínima mientras se esperaba el turno. El tiempo había maltratado el mobiliario aquel tanto como había sido posible, pero eran los únicos que podían contar verdaderas historias sobre el museo.
—¿Le apetece un latte, o prefiere un Rioja a pesar de la hora, Mihawk?
Si se sorprendió antes de hablar, lo supo esconder bajo la sonrisa. Era la única persona que podía molestar a Charlotte lo suficiente y cuya prioridad era inamovible, a la secretaria nunca le había caído bien aquel benefactor tan particular del museo. A decir verdad, a ella tampoco le caería bien si no hubiera tenido el placer de tratarlo en el pasado y haber aprendido todos sus secretos tras trabajar unos meses para él.
De todas formas, siempre era un mal presagio verle, malo pero divertido. Nuevas aventuras podrían empezar, aunque antes tendría que regañarlo.
Dejó su café junto con su bolso sobre la mesa de la secretaria antes de acercarse al hombre que se había levantado del asiento. Para su habitual frialdad, la mínima sonrisa que enmarcaba sus ojos fue bienvenida en un cariñoso apretón de manos por parte de ella. Evitó el ala del sombrero que siempre llevaba y besó sus mejillas antes de separarse a una distancia más familiar y cómoda para ambos.
—Mamoiselle, es un placer verla.
—Deja de ser tan formal —retomó su café—, ¿cómo está Zoro?
—Aprendiendo los negocios familiares.
La risa se abrió paso en su boca sin problemas recordando al hijo adoptivo de aquel pirata. Sí. Pirata, qué palabra más bonita y apropiada en ese Londres y en ese museo. Él por su parte, no iba a dar su brazo a torcer de manera sencilla como ella se esperaba.
—Y tú has venido a vender más quincallas francesas.
—No, quincallas no, piezas de fina porcelana de Sèvres pertenecientes a la misma condesa que…
—Misteriosamente han llegado a tus manos —dejó que ella le cortara casi escondiendo la sonrisa cómplice—. Curioso que leyera hace poco la denuncia de ciertos señores que viven por cierta zona de movimientos extraños en su propiedad.
—Parece que ese hijo mío tiene mucho que mejorar.
—Si alguna vez llega a ser la mitad de bueno que tú, hará mucho daño. O al menos tan bueno como Perona, ella sí que sabía jugar con elegancia. Hasta cuando venía al museo, ¿por qué no ha venido ella? ¿Tan grave es?
La voz inconfundible de Charlotte se interpuso en la conversación comunicándole que ya podía pasar al despacho del director.
—A eso me refería, un día necesitaréis a alguien que os salve el culo de algo demasiado peligroso.
—Una dama no debería usar tal lenguaje. —La miró de soslayo—. Ni es algo de lo que deba preocuparme, tengo amigos de sobra.
—Más piratas —susurró sin poder ocultar una sonrisa mientras veía al elegante hombre acercarse a la puerta de su cita.
—Paisanos suyos, querida, y por supuesto, a usted.
Se quedó con la respuesta en la boca escondida tras la sonrisa para despedirle, o mejor dicho decirle hasta luego. Nunca se veía a Dracule Mihawk una sola vez al día, siempre que aparecía era mejor aprovecharlo.
Al escuchar la puerta cerrarse negó molesta con la cabeza y volvió a su tarea primera visto que no podría adelantar la cita. Tomó su bolso y sacó las llaves de su despacho.
—Entonces, vendré más tarde a verle.
—Mejor pásate después de comer a tu hora, no creo que esté de humor después de esto.
Aceptó el trato de Charlotte y salió del edificio principal buscando su escondite. Para ello se dio el lujo de recorrer el vestíbulo desierto y respirar el olor húmedo que aún se podía percibir de buena mañana. En un rato, cuando las puertas se abrieran aquello cambiaría por el inefable olor a sudor y cansancio, quizá matizado con el de perfumes caros y entusiasmo de la primera vez, pero jamás sería aquel que trasmitía la paz que ya nunca volverían a tener.
Su sala de restauración de porcelana se encontraba en uno de los sótanos en un edificio aledaño. Saludó a otros trabajadores y nada más llegar se permitió el segundo lujo que su puesto le ofrecía: poner algo de música.
Dejó sus enseres sobre la mesa, encendió el ordenador, se quitó la gabardina que dejó sobre el sillón y se puso la bata de trabajo. Se recogió el pelo en un moño rápido y miró el calendario de exposiciones. Nada de lo que había corría prisa, pero al menos quería terminar aquel aguamanil antes de que Mihawk saliera de la reunión y fuera a verla, y por supuesto, antes de que ella tuviera que volver al despacho del director.
La noche anterior lo había dejado casi todo terminado, pero debía comprobar que el proceso se había llevado a cabo como debía y el pequeño riesgo de que parte del esmalte se desprendiera ya se había subsanado.
Se recordó que también tenía que anular los planes que tenía esa tarde, Hawkeye tenía prioridad.
Entonces, se sentó delante del objeto y dejó que el tiempo pasara hasta que esa llamada a su puerta se produjo.
—Reconozco esa pieza —fueron sus primeras palabras mientras entraba con paso seguro hasta la mesa de trabajo.
Ella se bajó la mascarilla con la que trabajaba, los guantes se habían quedado en la mesa y le advirtió que ni se atreviera a tocarla.
—Ya no es tuya.
—Y echando la vista atrás me atrevería a decir que la malvendí, pero claro, eso lo sé ahora que la veo en perfecto estado.
—Los halagos no sirven, caballero.
De nuevo la sonrisa no iba más allá de un brillo repentino en sus pupilas, y asintió.
—¿Quieres que vayamos a por un café?
—¿Y soportar a toda la marabunta que hay ahí?
Sonrió cómplice.
—Lo sé, lo sé.
—Y no haces nada por evitarlo.
—Mi especialidad es la cerámica y la tengo toda en vitrinas.
—Díselo a los de egiptología. —asintió con tristeza, al menos ese pesar por los objetos del pasado sí era compartido.
—¿Y bien, Mihawk?
—Ha ido bien.
—Eso lo daba por supuesto, siempre sales ganando.
—No puedo negar que han pagado más de lo que debían, por supuesto, —la carcajada femenina le complació—, mi hijo, sin embargo, tendrá que reflexionar.
—Daría un brazo por escucharte llamarlo así delante de él.
—Nunca— fue su respuesta cómplice—, y la razón de mi visita es otra, ahora que me lo recuerdas.
Enarcó una ceja curiosa, no siempre había una, pero ese hecho siempre es sinónimo de diversión, quizá de la mala, pero nunca iba a decir que no a una aventura que aquel hombre le propusiera. Se alegraba de haber cancelado su agenda del día.
Del interior de su abrigo sacó una tarjeta y se la extendió bocabajo.
—Empieza a las siete, no llegues tarde.
—¿Una fiesta pirata tan temprano? ¿Os estáis haciendo viejos?
—Quizá, pero al menos no faltará el alcohol.
Tomó la tarjeta y la volteó. Conocía la dirección, era un embarcadero del muelle de Greenwich.
—Es un particular —respondió la pregunta no formulada.
—Y la razón…
Antes de decirlo ya sabía que no obtendría respuesta.
—A las siete en punto, la discreción la doy por sentada y no hace falta llevar nada.
Nada de aquello arrojaba más dudas sobre la cita, sino todo lo contrario.
Arrugó el entrecejo, pero no tenía que asentir para que él supiera que iba a ir, es más, no aceptaría un no por repuesta porque todos los condicionantes decían que aquella cita había sido planeada con antelación y ex profeso para que ella acudiera.
Asintió. No había más preguntas, y el hombre se despidió con un leve gesto de la cabeza.
He aquí una cita prevista para un encuentro fruto de una situación relativamente casual. Este es nuestro punto de inicio y el que justifica que todo sucede por alguna razón.
N/A: Las incursiones que he tenido en One Piece han sido extrañas (en tramas y en feed-back) y ésta no iba a ser menos. Espero que os haya gustado, o al menos picado la curiosidad por qué pasará.
Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad.
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
PL.
