¿Me entregarás tu corazón?

Capítulo Cuatro

Touya estaba seguro de que ese día podría considerarse uno de los más largos de su vida, probablemente porque no había dormido desde su llegada a París y los dos días se habían fundido en uno.

Había hecho muchas cosas después de haber dejado a Tomoyo en el trabajo. Se había organizado para trabajar desde Francia. Algunos de sus empleados viajarían más para dejarle más tiempo libre. Tenía que viajar a Londres al cabo de unas semanas, ya que debía acudir forzosamente a una exhibición. Tal vez convenciera a Tomoyo para que lo acompañara.

Una vez solucionado ese tema, había visitado media docena de casas. Estaba seguro de haber encontrado la que deseaba, pero no se decidiría hasta que la hubiera visto Tomoyo. También había devuelto el carruaje de alquiler y había alquilado uno más adecuado para las semanas siguientes.

Más tarde se centró en objetivos más románticos. Reservó una mesa para cenar y buscó una floristería donde hubiera las flores preferidas de Tomoyo. Ella le había dicho que quería romanticismo y que esperaba que supiera exactamente lo que le gustaría. Pues, misión cumplida.

Tomoyo abrió la puerta del piso. Antes de siquiera de saludarlo, vio el ramo de magnolias que tenía en las manos. No eran unas magnolias cualesquiera, sino tuliperas de color violeta con los bordes blancos. A ella le encantaban. Su color preferido era el violeta después de todo.

–Vaya –dijo ella mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja.

–Yo iba a decir lo mismo.

Tomoyo tenía un aspecto magnífico. Llevaba un vestido color ciruela que contrastaba con la blancura de su piel. Casi parecían tiras de tejido rodeándole el cuerpo, al que se ajustaban perfectamente haciendo destacar aún más su voluptuosa figura.

–Estás preciosa.

–Gracias. Eres un encanto. Es increíble que te hayas acordado de cuáles son mis flores preferidas.

–Por supuesto que me acordaba. ¿Qué clase de esposo sería si no lo hiciera? –le tendió el ramo–. Para ti.

–Entra –dijo ella al tiempo que retrocedía para dejarlo pasar.

Touya la siguió al interior del apartamento de un dormitorio que ella llamaba hogar. La luz descendía de un candelabro con aspecto antiguo e iluminaba todos los detalles que ella se había esforzado en colocar. Era un bonito y pequeño piso, muy propio de Tomoyo. El mobiliario era elegante y en él se mezclaban antigüedades con muebles más modernos. Había alfombras, almohadas bordadas y velas diseminadas por todo el espacio.

Siempre había tenido muy en cuenta la estética tanto en la moda como en el mobiliario. Incluso cuando era niña y estaba en casa, ella se distinguía por su estilo. Para Tomoyo, decorar un piso era como arreglarse para salir. A él eso no le preocupaba. Le gustaba lo funcional y no era excesivamente exigente, como le pasaba con la ropa.

La vio entrar en la mini cocina para poner las magnolias en agua, en un florero. Ella tenía razón al decir que no había sitio para que él viviera allí. Era una vivienda agradable, pero con espacio solo para una persona. Y, ciertamente, tendría dificultades para criar a un hijo allí. No había sitio para el cuarto del niño ni un patio donde jugar. Un par de juguetes en el suelo podían constituir un obstáculo traicionero.

–¿Qué te pasa? –preguntó ella mientras iba hacia él con el jarrón–. Pareces disgustado.

–No estoy disgustado. Pensaba en lo pequeña que es tu casa. Me recuerda al lugar donde vivíamos antes de que Sakura naciera.

–Para mí está bien –Tomoyo puso el jarrón en medio de la mesa del comedor–. Es tranquilo y el precio es correcto. De todos modos, no estoy mucho en casa.

–Pues, con independencia de lo que pase entre nosotros, tenemos que buscarte otro lugar. O te mudas a vivir conmigo o conseguimos algo más grande para ti y el bebé –Touya alzó la mano para detener sus protestas–. No empieces. Sabes que necesitarás más espacio cuando nazca el bebé.

Tomoyo se encogió de hombros.

–Antes de que comenzara todo esto, había pensado en alquilar una casa. Pero no tiene sentido preocuparse ahora por ello. Tenemos tiempo de sobra para hacerlo.

–Desde luego. Ahora debemos centrarnos en no perder la reserva del restaurante.

–¿Adónde vamos?

– Al Lapérouse.

Tomoyo sonrió mientras salían a la calle. El Lapérouse era un afamado restaurante que había abierto sus puertas en el 1766, conocido en toda Francia por su excelente menú, exquisitos vinos y sobretodo su ambiente místico y romántico. Llevarla allí era como cumplir unos de sus sueños y más que todo asegurarse un diez en lo que concernía a su primera cita oficina. Salieron a la calle mientras ella se imaginaba la agradable velada, pero se detuvo bruscamente al notar que algo no andaba bien.

–¿Dónde está el carruaje?

–Lo había alquilado solo por dos días. Lo devolví al darme cuenta de que me quedaría más tiempo.

Se acercó al coche de motor aparcado al lado de ella y sonrió mientras meneaba la cabeza.

–Veo que has encontrado un sitio que te alquile un coche. Supongo que estarás contento.

Touya le abrió la puerta para que se montara.

–En realidad, lo he comprado –dijo antes de cerrar la puerta.

Ella negó con la cabeza.

–Eres de otro planeta.

–¿Por qué?

–Porque –dijo ella mientras salían del aparcamiento– compras coches impulsado por un capricho, y seguro que pagas en metálico. Crees que una mansión en la zona más cara de la ciudad es una sugerencia razonable. Me regalas un diamante de compromiso de seis quilates para una boda decidida en dos segundos en Londres. No sé si te das cuenta de que no es normal.

Touya sonrió y no dejó de mirar la carretera.

–Me he esforzado mucho en no ser normal, ¿Preferirías que tuviera un empleo en una fábrica y reuniera con dificultad el dinero necesario para darte de comer como todo el mundo?

–No –respondió ella con aire reflexivo–. Supongo que no sería distinto. Tampoco eras normal cuando no tenías un céntimo. Eras un anormal sin dinero.

Él rio.

–No sé si ofenderme o no.

–No te ofendas. Has seguido formando parte de mi vida a pesar de tu forma de ser. Si tú no eres normal, creo que, a mi manera, yo tampoco lo soy.

Touya estuvo de acuerdo con sus palabras. Había formado parte de la vida de Tomoyo más que ningún otro hombre. Probablemente porque no habían salido, por lo que ella no se lo había probado como si fuera un par de zapatos del que se había deshecho al ver que no le quedaban bien.

En Londres, él supo que estaba poniendo en peligro su amistad. A pesar de su larga relación, añadirle sexo podía hacer que acabara en la basura. Por eso había ido a Francia pensando que se divorciarían y que fingirían que la noche en Londres no había existido. No podía haberse imaginado que seguirían casados.

El comodín era su hijo. Era lo que anclaba a Tomoyo, tal vez lo único que impediría que ella huyera de aquella relación como de todas las anteriores.

Touya había accedido al mes de prueba por el bien de su hijo. Usaría todos sus recursos para que Tomoyo se enamorara de él. Todos menos el corazón, que ya no servía para nada. Se lo habían partido, y no se atrevía a que volvieran a hacerle daño. Si ella se enamoraba, la relación funcionaría.

La batalla con Tomoyo sería difícil. Aunque él lo hiciera todo bien, ella podría hallar defectos. Nadie era perfecto, ni siquiera sus padres. Se preguntó hasta qué punto sería verdad su matrimonio ideal y hasta qué punto fruto de la fantasía de Tomoyo.

Touya redujo la velocidad y aparcó frente al restaurante. Entregó las llaves al aparcacoches y rodeó el vehículo para abrirle la puerta a ella.

El interior del restaurante estaba escasamente iluminado. Los condujeron a una mesa para dos cerca de una ventana. Un camarero tomó nota de lo que deseaban beber (vino para Touya, agua para ella) y se marchó después de haberles dejado el menú.

Touya tuvo que hacer un gran esfuerzo para no acariciarle con el pulgar los carnosos labios pintados de rojo a Tomoyo. Quería volver a besarla y seguir haciéndolo hasta que el brillo desapareciera de ellos y los tuviera hinchados de sus besos.

Así se había despertado ella en la posada la mañana después de la boda. Despeinada y con los labios sonrosados e hinchados. Parecía una mujer realmente enamorada.

Touya se puso tenso al pensar en la posibilidad de volver a hacerle el amor. Era una idea masoquista, que iba a hacer que se sintiera incómodo durante la cena, pero no podía apartarla de la mente. Una vez traspasada la línea en Londres, ya era tarde para volver atrás.

–¿Habías estado aquí antes? –preguntó él para distraerse con la conversación.

Ella negó con la cabeza.

–No, pero siempre he querido entrar a la cocina. El chef es famoso por sus magníficas creaciones. Estoy segura de que todo lo que comamos estará bueno.

–Entonces, ¿ha sido una buena elección?

Ella sonrió.

–Muy buena.

–¿No será demasiada comida para tu estómago?

–Espero que no. En realidad, solamente tengo problemas por la mañana temprano. A media tarde, me muero de hambre. Tengo muchas ganas de probar el pato. Es difícil comerlo bien preparado. ¿Y tú?

–Estoy pensando en tomar un plato de pescado o el cordero.

Los ojos de ella se iluminaron de emoción.

–Toma cordero y me lo dejas probar. Si quieres, puedes probar el pato.

–Me parece bien –dijo él sonriendo.

Pocas cosas emocionaban a Tomoyo tanto como la comida. Aunque le encantaba la moda, su primer amor era la cocina. Mientras vivían bajo el mismo techo ella lo utilizaba de conejillos de indias cuando su madre estaba de viaje y podía escabullirse en ella. Casi siempre estaba buena y era atractiva a la vista. En general, era poco habitual que las dos cosas no se dieran a la vez, y ahí se veía el talento de Tomoyo. Aunque eso no era todo lo que se le daba bien, era buena con la pintura, el piano e incluso el canto. Y a pesar de su experiencia nula, debía decir que sabía bien como dar a un hombre justo lo que deseaba en la cama.

Esa noche, era el talento de Touya el que debía entrar en acción. Tenía éxito como joyero porque sabía exactamente lo que buscaba el cliente, incluso si este no estaba seguro del todo. Había planeado la noche ideal para Tomoyo. Tardaron un par de horas en terminar de cenar. El postre fue un suflé de chocolate que compartieron. Después, pasearon por el centro de la ciudad agarrados de la mano mirando escaparates y escuchando la música en directo que salía de los bares. La conversación fluía con facilidad, como siempre había sucedido entre ellos, y no se cortó por el hecho de que aquello fuera una cita.

Cuando volvieron al piso de ella, Touya estaba seguro de que la cita había sido un éxito. Tomoyo sonreía y reía. Estaba relajada por primera vez desde que él había llegado a Paris. Estaba siendo una buena noche, pero podía ser mejor.

La acompañó a la puerta y vaciló cuando ella la abrió. Quería entrar, pero no iba a hacerlo. Treinta días no eran muchos, pero eran suficientes para no apresurarse.

–Ha sido una cena estupenda –dijo ella volviéndose a mirarlo–. Me lo he pasado muy bien.

–Yo también –Touya se le acercó y le puso la mano en la cintura.

Tomoyo no se apartó ni se puso tensa, sino que lo miró con una sonrisa incitante. Él aceptó la invitación, se inclinó, le tomó el rostro entre las manos y la besó en los labios. Ella sintió que se derretía y apretó sus amplias curvas contra el fuerte pecho masculino y soltó un leve gemido. Ese sonido despertó en él recuerdos de la noche de bodas.

Su cuerpo se tensó instantáneamente y el deseo de acariciarla le produjo un cosquilleo en las palmas de las manos. Volvió a ponérselas en la cintura y la acarició por encima de la tela del vestido. Ella le agarró las manos y las volvió a colocar en su cintura. Tenía los ojos cerrados y jadeaba. Él entendió: ya era suficiente por aquella noche. Retiró las manos y depositó un último beso de despedida en sus labios.

–Quiero llevarte a un sitio mañana por la mañana.

–Supongo que no vas a decirme adónde.

Él sonrió.

–Entonces, no sería divertido.

Ella suspiró al tiempo que negaba con la cabeza, pero él vio cómo le brillaban los ojos. Cuando tenían ese brillo, como había sucedido en Londres, sabía que estaba intrigada, y esa era la clave para que ella aceptara cualquier idea que proviniese de él, por descabellada que fuera.