¿Me entregarás tu corazón?
Capítulo Cinco
-Parece que estás en un funeral y no en una fiesta ¿Hasta cuándo mirarás al Vizconde Li como si desearas fusilarlo?Touya deslizó la mirada fugazmente hacía la joven que sonreía como mil soles a su lado, para luego volverla hacía el tipo de cabello castaño que no dejaba de contonearse en medio de la pista junto a su hermanita.
En cuanto lo vio pararse frente a su puerta aquel verano supo que aquel mocoso sería un tremendo problema. Lo que nunca se imaginó fue que su madre le daría su bendición tan pronto planteara la idea de casarse con Sakura y que en solo unos meses terminaría convirtiéndose en su insoportable cuñado.
-Dejaré de mirarlo así en cuanto deje en paz las manos de mi hermana. ¿Acaso nadie aquí se da cuenta de que Sakura aun es una niña?
-Vamos Touya, en este país las mujeres se casan antes de los dieciocho. Además Shaoran es un buen chico. En serio ama a Sakura. Si no, hubiera desistido de cortejarla en cuanto conoció a su celoso hermano mayor. Ellos también tienen derecho a ser felices.
El trigueño bufó mientras entrecruzaba los brazos. Era un fastidio, pero hasta él sabía que la amatista tenía toda la razón.
-Bueno, por lo menos ahora tu madre te dejará en paz un tiempo. Con Sakura siendo Vizcondesa, el estatus de nuestra familia aumentará y ella podrá codearse con las altas esferas una vez más.
-No estaría tan segura.- Susurró con tristeza mientras rizaba un mechón de su pelo con uno de sus dedos -. Mamá es exigente y orgullosa. Seguro que ahora no se conformará con que me case con un buen hombre. Su nuevo objetivo será atrapar a un conde o tal vez un príncipe. No aceptará que alguien que no nació en cuna de oro supere a la hija a la que se ha dedicado a formar.
-No te amargues por eso.- La tomó de los hombros y la animó a mirar en dirección a su hermana quien en ese momento era rodeada por un montón de doncellas y señoras que miraban con curiosidad su elegante atavío-. Todos están encantados con tus diseños, en cuanto Sakura sea Vizcondesa y revele que su prima es quien la ha estado vistiendo todo este tiempo, no necesitarás un esposo, ni mucho menos un príncipe para que tu fama zurque los cielos. Solo sé paciente. Pronto podrás dedicarte a lo que en verdad amas.
-¿Y si mi madre se opone?-. La vio darse la vuelta hacía él y mirarlo llena de angustia. - ¿Qué voy a hacer Touya? Sakura se casará y si te va bien en este viaje de tres meses, tu también te marcharás. Estaré completamente sola contra ella.
-Entonces te llevaré conmigo.- Tomó sus manos conciliadoramente mientras la miraba a los ojos. -Si eso pasa, buscaremos un lugar donde puedas dedicarte a lo que amas sin que las exigencias de tu madre te lo impidan. Solo… ten un poco mas de paciencia, jamás voy a dejarte sola.
-Te lo agradezco Touya. No se que haría sin ti.
La aferró a su pecho tan pronto vio como su rostro se deformaba en lo que obviamente era el preludio de su inevitable llanto y no pudo evitar apretar los puños en evidencia de su propia impotencia. Sabía que había sido difícil para ella, que el que tuviera que estar tan ausente por sus viajes le había dejado vulnerable ante la presión y repudio de su madre.
Quería tanto librarla de todo aquello… pero sabía que por el momento apresurarse no haría más que arruinar irremediablemente las cosas.
-¿Sabes que cosa te animará? Bailar conmigo. Serás la primera a la que le conceda ese honor esta noche, así que deberías sentirte afortunada.
-Por supuesto. Soy muy afortunada.
Sonrió con complicidad mientras retiraba sus brazos de su alrededor y en cambio extendía su mano en su dirección, y tomándola encantada caminaron hasta la pista dónde compartieron más que un par de melodías.
Sabía que aquello solo daría más razones a los cotilla dispersados en ese baile para que continuaran con el rumor de que el mayor de los Amamiya aún permanecía soltero por que en realidad sólo tenía ojos para su aún joven prima. Pero aunque por supuesto que el que dijeran algo tan absurdo le causaba un gran malestar, en ese momento lo único que deseaba era verla sonreír como si al día siguiente no tuviera que enfrentarse a su dura realidad una vez mas. Solo quería… sostenerla suavemente y guiarla hasta el camino que en verdad fuese a hacerla mucho más feliz.
–En serio, ¿adónde vamos?
Touya negó con la cabeza.
–Tomy, no te lo he dicho las tres veces anteriores que me lo has preguntado. ¿Qué te hace pensar que voy a cambiar de opinión de repente?
Ella suspiró y se cruzó de brazos.
–Soy tu esposa, así que voy a darte la lata hasta agotarte para que hagas lo que quiero.
Él se echó a reír mientras reducía la velocidad del coche para desviarse de la calle comercial principal.
–Creí que estábamos saliendo. Se supone que no debieras emplear esos trucos hasta más tarde.
–¿Trucos? –contestó ella fingiéndose ofendida–. ¿Y los que tú usaste anoche? Las flores, el restaurante…
–El beso –añadió él.
Tomoyo no respondió y se puso a mirar por la ventanilla las casas por las que iban pasando. No iba a darle el gusto de saber que su primera cita oficial le había causado una excelente impresión. Lo había pasado mejor con él que en la mitad de las citas que había tenido en toda su vida.
Las casas eran grandes, estaban muy bien cuidadas y no estaban lejos de su trabajo. Entonces, todas las piezas encajaron. Iban a ver una casa. ¿Allí? A pesar de su intento de disuadirlo, parecía que había buscado una en aquella zona tan cara.
Por fin, Touya se detuvo ante una con una gran verja de hierro. Y avanzaron a pie por un estrecho sendero bordeado de árboles y setos, rodearon la fuente de un patio y se detuvieron ante la entrada, a la que conducían unos peldaños de piedra.
Tomoyo miró la casa, mejor dicho, la mansión. No era una vivienda de tres dormitorios. Comprarla costaría varios millones de libras.
–Touya… –dijo en tono de advertencia mientras miraba por la ventanilla.
–Espera a verla por dentro –respondió él levantando las manos–. Es increíble.
No lo dudaba. Estaba segura de que el coste del alquiler le produciría palpitaciones. ¿Era eso en lo que él pensaba cuando le había hablado de un hogar para formar una familia? Ella no podía imaginárselo.
–¿La has alquilado ya? ¿Sin pedirme mi opinión? No es un buen punto de partida. Una mujer tiene que poder decidir dónde quiere vivir.
–Ya lo sé. Aún no la he alquilado, pero estaba tan seguro de que lo haría que me han dejado la llave para que te trajera a verla. Cuando hayamos acabado, una de dos: le devolveré la llave o firmaré el contrato de alquiler.
Ella suspiró resignada mientras lo seguía en dirección a la entrada.
La fachada de ladrillo de la casa, interrumpida por ventanas en forma de arco y altas columnas de marfil, parecía no tener fin. Era un edificio precioso, pero inmenso para una familia de dos y otro en camino. Ella suspiró una vez más al tiempo que negaba con la cabeza. Jamás se hubiera imaginado que pisaría un sitio así de nuevo y mucho menos que viviría en él.
–Entremos a verla.
Touya le tendió la mano para ayudarla a subir los escalones y entraron al vestíbulo de mármol. Ella se quedó asombrada ante el tamaño y el lujo de la vivienda. Había pocos muebles, y las paredes estaban desnudas, pero los detalles eran estupendos. Había molduras, mampostería tallada y techos muy elevados de los que colgaban candelabros de cristal y una escalera de mármol reinaba en la gran estancia conduciendo hacía el segundo piso. Las habitaciones eran enormes y estaban tan vacías que se oía el eco de sus pasos.
–Creo que los dos juntos nunca reuniremos suficientes cosas para llenar una casa tan grande como esta.
–Solo voy a traer los objetos personales de mi piso –dijo él–. Es mucho más moderno que esta casa, por lo que los muebles no encajarían aquí. Tendremos que ir a comprar lo básico para vivir un mes: una cama, un sofá… Después, si decidimos quedarnos con ella, compraremos lo demás. Quiero que la decores a tu gusto.
Tomoyo intentó no poner mala cara. Habían llegado a un acuerdo temporal solo dos días antes, y él ya pensaba en vivir allí eternamente.
Estaban poniendo el carro antes que los bueyes en su intento de construir una relación que se ajustara a su matrimonio y a su hijo. Un mes no era suficiente para enamorarse, pero ella había tenido que fijar una fecha límite para acabar con aquella locura. La relación funcionaría o no, y lo sabrían al cabo de treinta días. Ella no podría soportar la incertidumbre más tiempo. Touya no parecía aceptar que fracasar fuera una posibilidad.
Normalmente no lo era. Daba igual que fuera una subasta de joyas que un juego de cartas con amigos: tenía que ganar. En aquella ocasión, el premio que esperaba obtener era ella.
–No sé, Touya… Este lugar me intimida. Por mucho que me guste la decoración, aquí no sabría por dónde comenzar.
–Lo sé –la tomó de la mano y tiró de ella con suavidad–. Vamos a ver primero el piso de arriba.
Subieron al segundo piso, donde él la guio por un laberinto de dormitorios y cuartos de baño.
–He pensado que esta podría ser la sala de juegos para el bebé. ¿Qué te parece?
Lo que a ella le parecía era que aquella casa era enorme para ellos. Lo era incluso para seis o siete personas, pero no dijo nada.
Touya prosiguió con la visita de la casa enseñándole el dormitorio principal y su cuarto de baño, en el que había una bañera donde se podía nadar. Tomoyo iba detrás de él prestando atención a medias a lo que le decía, estaba muy ansiosa e inquieta ante la situación.
Las cosas parecían complicarse por momentos. Casarse con Touya había sido un error, pero se podía corregir. Haberse quedado embarazada, una sorpresa, pero las mujeres tenían hijos todos los días de los padres menos adecuados. Touya sería un buen padre, a pesar de que no hubiera una relación amorosa entre ellos. Irse a vivir juntos, de forma temporal o permanente, era dar un gran paso para ella. Era como mudarse a otro planeta.
Sabía que su mejor amigo era un estratega. Estudiaba todos los ángulos de un problema antes de tomar una decisión, y rara vez efectuaba un movimiento equivocado en el tablero de la vida. No solo ganaba, sino que lo hacía con inteligencia.
De todos modos, le resultaba difícil creer que Touya hubiera organizado aquello en un solo día. Había comprado un coche y encontrado una casa increíble que sabía que a ella le encantaría. Y estaba segura de que ya habría contratado para traer sus cosas.
¿Qué se esperaba? Lo había desafiado a enamorarla en treinta días. Touya se lo había tomado muy en serio y se iba a enfrentar a ello con la misma determinación y el mismo compromiso que lo habían llevado a ser el mejor comerciante de joyas de oriente medio.
–He dejado esta habitación para el final porque creo que será tu preferida.
Cruzaron lo que ella supuso que sería el comedor y llegaron a un despacho. Allí, el corazón se le detuvo y sus preocupaciones se evaporaron.
Era el sueño de cualquier modista. Armarios de caoba, maniquíes y una moderna máquina de coser de las que sólo había visto en exhibiciones. Era preciosa. Ella se acercó a toda prisa a examinarlo todo.
Abrió los cajones y los armarios. No solo era preciosa, sino que estaba bien diseñada y poseía los últimos adelantos. Tomoyo sabía bien lo importante que era que el espacio estuviera bien organizado para trabajar desplazándose lo menos posible.
Comenzaron a arremolinársele en la cabeza pensamientos de cientos de atuendos confeccionados en la comodidad de su hogar, que se detuvieron cuando ella observó la sonrisa de suficiencia de Touya.
Había caído en la trampa, pensó al tiempo que lanzaba una maldición para sí. Touya sabía perfectamente lo que hacía al llevarla a aquella casa y seducirla con lo último en costura. Sabía mejor que nadie que el camino hacia su corazón pasaba por el ojo de una aguja.
Sin embargo, no estaba dispuesta a perderse en fantasías. Si alquilaban la casa y se mudaban, no debía encariñarse con nada de lo que contuviera, ya que, cuatro semanas después todo podría haber terminado.
Touya confiaba en que pudieran forjar una buena relación, pero iban a tener que esforzarse mucho. Ella preferiría un gran amor en una tienda de campaña que un amor a medias en una mansión.
–¿Qué te parece la casa? –preguntó él.
–Lo has hecho muy bien, Touya –replicó ella sonriéndole educadamente y pasando la mano por las curvas de uno de los maniquíes–. No me creo que hayas conseguido esta casa en un día. Esta habitación es estupenda. Aunque demasiado para alguien que odia las agujas.
Él sonrió y se pasó la mano por el oscuro cabello.
–Sinceramente, no tengo intención de tocar nada de esta habitación. Pero cuando la vi supe que te encantaría. Es para ti, en realidad.
La miró a los ojos con intensidad. Ella percibió la verdad en sus palabras y la profundidad de su significado. Podía haber alquilado una casa más barata, pero había buscado una que a ella le iluminara los ojos y le acelerara el pulso. Lo había conseguido con aquella habitación, y lo sabía.
Miró a su alrededor. Era evidente que su vida había dado un giro surrealista. Estaba segura de que Touya alquilaría la casa y que estarían viviendo allí aquel fin de semana.
Las flores, la cena, los espaciosos armarios…
Había pedido a Touya que la cortejara y lo estaba haciendo muy bien. Se dio cuenta de que su determinación flaqueaba, y eso que solo era el segundo día. ¿Qué pasaría en los veintiocho siguientes?
La mera idea la asustó.
–No te había dicho nada porque es un arreglo temporal.
Touya puso los ojos en blanco mientras su mejor amigo lo criticaba. No debiera haber acudido a su encuentro cuando recibió su carta esa mañana.
–Trasladarte a Francia no parece algo temporal.
–No he dicho que me vaya a trasladar, sino que me quedaré aquí por un tiempo –se defendió Touya–. Y no voy a trasladar la empresa. Te lo he contado para que alguien sepa dónde estoy.
Había decidido mandar una carta para que al menos una persona supiera dónde localizarlo en caso de emergencia. Pero se estaba arrepintiendo de haberlo hecho. Su amigo no aceptaría los hechos si no se los justificaba.
–¿Qué pasa para que lo dejes todo y te vayas corriendo a Francia? Un momento… –Yukito titubeó–. Tomoyo vive aquí, ¿verdad?
–Sí –le confirmó Touya mientras sentía que la ansiedad se le agarraba al estómago. La conversación se estaba desarrollando más deprisa de lo que quería.
–¿Está bien?
–Muy bien, pero me necesita durante cierto tiempo.
Se produjo un largo silencio.
–¿Qué te necesita? Corta el rollo, hombre. ¿Qué pasa? Le diré a todo el mundo que te has mudado a Francia si no me cuentas por qué. La vida se te convertirá en un infierno.
Touya suspiró. A simple vista Yukito podía parecer el tipo más amable del planeta pero él que había tenido la desdicha de ser su mejor amigo sabía bien qué en realidad podía comportarse como todo un demonio si lo hacían enojar. Tal y como cierta personita que le cortaría la cabeza si sabía que había dormido con su mejor amiga y la había dejado embarazada. Mejor que lo supiera Yukito y no Sakura.
–De acuerdo, pero ni una palabra a nadie. Lo digo en serio.
–Desde luego.
–Voy a quedarme en Francia unas cuantas semanas, porque Tomoyo y yo nos liamos en el aniversario de Sakura y vamos a intentar hacerlo funcionar.
–¿Tomoyo y tú? –preguntó Yukito en un tono de ligera incredulidad–. ¡Por fin! Creí que nunca…
–Nos hemos casado –le interrumpió su amigo–. Y está embarazada.
–¡Caramba!
–Te repito que nadie debe saberlo, Yuki. –era la primera norma de Tomoyo y la más importante.
–De acuerdo. Tu secreto está a salvo conmigo, pero cuando Sakurita se entere te matará.
Touya se puso de pie y negó con la cabeza. La conversación no se había desarrollado como le hubiera gustado, pero se sentía bien por haberse liberado de aquel peso. Al menos había una persona en quien podía confiar a medias para hablar del tema. Si todo iba bien, cuando el resto de la familia se enterara sería una buena noticia.
De cualquier modo no tenía tiempo de seguir pensando. Tiempo era lo que le faltaba.
En los siguientes días hubo tanto que hacer que Tomoyo se mareaba solo de pensarlo.
Touya firmó el contrato de alquiler y las personas que contrató recogieron todo lo necesario de los dos pisos además de que contrataron a Diana, un ama de llaves a tiempo parcial.
Después fueron a comer. Luego se dedicaron a mirar muebles para elegir los pocos que necesitaban, como una gran cama y un escritorio para que Touya pudiera trabajar.
Era una suerte que Touya tuviera dinero y tiempo suficiente para hacerlo todo, ya que Tomoyo había pasado todo el jueves preparando un vestido con una cola de tres metros. El viernes por la tarde, el atavío estaba listo. El sábado por la tarde tomaría los últimos detalles para cerrar las costuras.
Tomoyo se recostó en su asiento para contemplar la tarea de aquel día y llegó a la triste conclusión de que pronto tendría que dejar de hacer vestidos. Tardaba horas en hacerlos. Había días que debía quedarse en el taller hasta las dos de la mañana. En más de un ocasión se había quedado a dormir en la mecedora que no había tenido más remedio que comprar para esos casos.
Esos días se iban a terminar. Tendrían que contratar a alguien que la ayudara al final del embarazo, cuando no pudiera estar de pie catorce horas seguidas, y que la sustituyera cuando estuviera de baja por maternidad.
Agarró papel y escribió una nota para hablar de aquello con Rika. Una vez hecho eso, agarró la aguja una vez más para dar los últimos detalles al vestido.
–¡Qué cola tan larga!
Tomoyo levantó la vista y vio a Touya en el umbral de la puerta del taller. La sorprendió que no llevara traje, le recordó al chico que había conocido en su niñez.
-No quiero sonar descortés pero ¿A qué has venido, Touya? Tengo que acabar esto. Y cuando lo haga, me quedarán varias horas de trabajo para mañana.
–Por supuesto, sigue trabajando. He venido porque hoy no te había visto.
Tomoyo sonrió.
–Cuando vivamos en la misma casa, eso dejará de ser un problema.
–Por cierto, tengo que comunicarte que tu dirección ha cambiado –se metió la mano en el bolsillo y sacó un llavero–. Estas son las de tu piso.
–Vaya, qué prisa se han dado los de la mudanza. ¿Ya han vaciado mi apartamento?
–Sí. Incluso he mandado a Diana que fuera a limpiar, una vez vacío.
Tomoyo asintió y siguió decorando el vestido. Como habían hablado al finalizar el mes se quedaría con Touya o él le conseguiría una nueva vivienda lo bastante grande para el bebé y para ella.
Tenía razón: su apartamento era demasiado pequeño. Lo más fácil era sacarlo todo de una vez en vez de tener que volver más adelante a por el resto.
–Diana ha ido también a comprar lo que le pusiste en la lista y ha llenado la despensa de comida. También ha comprado todo lo necesario para limpiar la casa.
–Me parece muy bien. Espero poder ver cómo ha quedado la casa antes de caer rendida en la cama esta noche –tenía una larga lista de cosas que hacer antes de poder marcharse.
–¿No tienes a nadie que te ayude hoy?
–Es viernes por la tarde, todas están ocupadas –dijo ella mientras tomaba un enorme trozo de encaje que debía poner en los bordes del vestido. -Me ayudarían si pudieran, pero todas tenemos cosas que hacer.
Siguió con su trabajo sin reparar demasiado en él. Esperaba que Touya se fuera, pero él seguía de pie a unos metros de ella. Aunque normalmente no le importaba su compañía, en ese momento la distraía. Si lo veía sonreír o aspiraba el olor de su colonia, corría el riesgo de pincharse un dedo. Después de añadir la ultima puntada, se volvió hacia él.
–Touya, cariño, no tienes que seguir ahí mirándome. Seguro que tienes cosas más importantes que hacer.
Touya negó con la cabeza.
–No, no tengo nada que hacer. Estoy aquí para ayudarte. No soy sastre, pero tengo dos manos. Dime qué tengo que hacer.
Era lo más sexy que Tomoyo había oído en su vida. Se contuvo para no echarle los brazos al cuello y dejar que la poseyera contra la puerta del taller. El viernes era un día de trabajo, no de diversión. Respiró hondo y pensó por dónde empezarían.
–Si insistes –le indicó un enorme cofre al otro lado del taller– toma las piedras dentro y agrúpalas por tamaño y color. Y cuando termines te enseñaré como colocarlas en todo el escote.
El se encogió de hombros aunque sabía que aquella tarea le tomaría toda la noche y ella solo se limitó a sonreír y seguir con su trabajo. Si iba a ser una distracción sexy, al menos que fuera útil.
