¿Me entregarás tu corazón?

Capítulo Seis

–No quiero volver a ver una aguja en mi vida –Touya abrió la puerta de su nueva casa y la sostuvo para que Tomoyo entrara.

–Gracias por tu ayuda –ella consultó su reloj–. Son las ocho y ya estoy en casa. Creo que he batido el récord de los viernes.

Él la siguió hasta la cocina, donde Tomoyo dejó el bolso y se quitó el abrigo. Después hizo lo propio con los zapatos y lanzó un suspiro de alivio.

–Tus cosas están en el dormitorio principal –dijo él.

Touya había cedido a Tomoyo la mejor habitación, con la esperanza de llegar a compartirla con ella. Tomoyo lo siguió, con los zapatos en la mano. La nueva cama dominaba la habitación, antes vacía. Estaba cubierta por una colcha bordada en tonos verdes y dorados. Después entraron en el cuarto de baño, donde una puerta conducía al vestidor.

–Tu ropa está aquí –le explicó él–. Todo lo que había en tus armarios lo tienes en este. Los zapatos están en estos estantes.

Ella dejó en un hueco las zapatillas y asintió.

–Gracias por ocuparte de todo. Creo que voy a darme un baño. Me ayudará a relajarme después de este largo día. Eso sí, no será muy caliente.

Touya recordó que su hermana había dicho algo así cuando supo que estaba embarazada de su segundo sobrino.

–Sí, parece que los baños calientes no son buenos, tendrás que preguntar al medico.

-Voy a tener una larga lista de preguntas cuando venga por primera vez.

–¿Cuándo tienes cita?

–El martes por la tarde.

–¿Puedo acompañarte? –preguntó él, titubeando. Se debatía entre el deseo de implicarse en el proceso y el de no hacerlo para ahorrarse los detalles menos apetecibles.

Tomoyo asintió.

–No creo que la primera sea muy interesante, pero claro que puedes venir y hacer preguntas. Los dos somos novatos.

–Estupendo, gracias –dio unos pasos hacia la puerta–. Te dejo que te bañes.

Touya salió del dormitorio y volvió a la cocina. Se sentó en su despacho temporal, que había instalado en un pequeño espacio adyacente a la misma y tomó un montón de papeles. Estaba agotado. No entendía cómo Tomoyo podía trabajar tanto semana tras semana. Comenzó a leer y rellenar formularios pero ni siquiera así logró concentrarse. Oía correr el agua del cuarto de baño. Le pareció que la bañera tardaba en llenarse una eternidad, pero, al final cuando al fin se llenó, tuvo que regresar la vista al inicio para leer los documentos otra vez pues estaba más interesado en imaginarse a Tomoyo quitándose la ropa, tirándola al suelo, recogiéndose el cabello para que no se le mojara, introduciéndose en el agua templada centímetro a centímetro y frotándose la piel con una pastilla de fragante jabón hasta que hiciera espuma.

Un cosquilleo le recorrió la columna vertebral y se le tensaron los músculos anticipando algo que no iba a conseguir.

Tragó saliva y cerró los ojos con fuerza, pero no fue suficiente para bloquearle la imaginación. Nada podía quitarle de la cabeza la imagen de la piel mojada de Tomoyo y de sus mejillas sofocadas.

Desde la noche en que habían salido juntos, tenía muy presente su deseo por ella. Habían pasado semanas desde la noche de bodas y, aunque nunca olvidaría la experiencia, sus manos ya no sentían la piel de ella ni su lengua recordaba el gusto de la suya. El beso en su departamento le había refrescado la memoria, haciendo que le resultara más difícil centrarse en cualquier otra cosa. Ni siquiera le habían ayudado las muchas horas de trabajo en el taller, ya que ella estaba a su lado.

Cuando Tomoyo llevaba un cuarto de hora bañándose, Touya se levantó de un salto y se dirigió a la escalera. Tal vez le ayudara alejarse un poco.

Estaba a mitad de la escalera cuando oyó la voz de ella.

–¡Touya! –gritó–. ¡Ayúdame!

A él se le puso el corazón en la boca. Dio media vuelta y bajó la escalera corriendo. Entró en la habitación temiendo que ella se hubiera resbalado y se hubiera hecho daño. Tomoyo seguía en el cuarto de baño. Entró, miró a su alrededor y no detectó problema alguno: ni sangre ni ningún hueso roto. Tomoyo estaba en la bañera y lo miraba con los ojos muy abiertos mientras se protegía la desnudez con las manos.

–¿Qué pasa? –preguntó él sin aliento–. ¿Estás bien?

Tomoyo se mordió el labio inferior.

–Lo siento. No pretendía asustarte. No pasa nada, al menos nada grave. Estoy bien.

Touya respiró aliviado y sintió que la tensión desaparecía de sus músculos para ser sustituida por otra de carácter distinto al observar el cuerpo desnudo de Tomoyo dentro del agua.

Touya tenía una memoria excelente y pudo añadir lo que faltaba sin equivocarse. Mechones de cabello húmedo se adherían al cuello de Tomoyo, que tenía las mejillas sonrosadas y sintió la tentación de retirarlos solo para dejarlo a merced de sus besos mientras la amaba en aquella masa de agua tibia.

–¿Qué necesitas?-Preguntó intentando disimular el grueso trago que atravesó su garganta con solo pensarlo, notando para su fortuna que ella no había percibido la tensión en todo su cuerpo.

–No hay toallas –dijo ella haciendo una mueca–. Estoy tonta y no he agarrado una antes de entrar en la bañera. No quería salir y mojarlo todo. ¿Sabes dónde están?

Las toallas. Sí, podía ayudarla.

–Claro –se volvió y abrió una estrecha puerta que ocultaba el armario de las sábanas y las toallas. Sacó una amarilla, que procedía del apartamento de ella, y se la dio–. Aquí tienes.

–Gracias. Siento haberte asustado.

–No pasa nada. Llámame si necesitas algo más –dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

–¿Touya?

Él se detuvo y se volvió.

–¿Sí?

Tomoyo se había puesto de pie en la bañera y se había envuelto rápidamente en la toalla.

–¿Quieres que leamos algo juntos esta noche? He pensado que podíamos acostarnos en la cama grande y revivir viejos tiempos.

La invitación le sorprendió un poco, pero aún lo hizo más la expresión tímida del rostro de ella al preguntárselo. Era como si volviera a ser una adolescente que le preguntaba si quería sentarse a comer con ella. Era su mejor amiga. Por supuesto que le gustaría pasarse un rato disfrutando un buen libro. No se lo había propuesto él porque las cosas habían cambiado.

A lo largo de los años habían compartido la cama varias veces, pero estar tumbados uno al lado del otro parecía más complicado en aquellos momentos. Había sentimientos entre ellos que antes no habían surgido.

Lo último que deseaba era perder la mutua amistad, que él valoraba tanto, porque hubiera cambiado su relación física. Tal vez cuando volvieran a decidir cruzar ese puente de nuevo, ya no les parecería que era para tanto, pero, de momento, estaban en el limbo.

–Es una idea estupenda. ¿Has acabado de bañarte?

–Sí, no me gusta estar sentada sin hacer nada.

–Muy bien. Mientras te vistes, voy a ver qué encuentro en la cocina para tomar mientras leemos.

Una sonrisa le iluminó el rostro a Tomoyo, lo cual lo distrajo de mirar la minúscula toalla que le envolvía las curvas. La sonrisa de ella era contagiosa, por lo que él la imitó.

Salió del cuarto de baño para que ella se vistiera y comenzó la búsqueda en la cocina. Por suerte, Diana había colocado las cosas de modo razonable. En la despensa, Touya encontró unas galletas y algo de leche.

Unos minutos después, volvió a la habitación con un tazón lleno de ellas y un par de vasos.

Tomoyo ya se había vestido, afortunadamente, y estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas. Seguía llevando el pelo recogido en lo alto de la cabeza, y llevaba puesto un pijama de algodón azul claro bastante modesto, pero aun así no había forma de ocultar sus generosas curvas.

Touya rodeó la cama, se sentó y dejó lo que llevaba en el espacio entre ellos. Tomoyo tomó el libro y después apiló las almohadas para apoyar la espalda. Aceptó el vaso de leche que le dio Touya y la dejó entre sus piernas.

–¡Oooh! –exclamó mirando el bol de galletas–. ¡Trozos de almendras! Me encantan.

Touya rio. A veces en serio se preguntaba si algo en ella había cambiado en los últimos años.

Tomó el libro que ella le ofrecía y tal y como solía hacerlo cuando ella y Sakura aun eran niñas comenzó a hacer de narrador. Se rieron e hicieron chistes de las cosas absurdas que había en la lectura y se tomaron el aperitivo. Era como en los viejos tiempos, pensó él, aliviado. No tenía mucho tiempo para salir con mujeres, pero, cuando lo hacía, eso era lo que echaba de menos. Le gustaba que las cosas fueran ligeras y divertidas, pero, por el motivo que fuera, las mujeres siempre estaban muy serias, como si él fuera un trofeo que debían conseguir para casarse. Esas mujeres no se atrevían a que se las viera sin maquillaje ni a decir y hacer tonterías en su presencia. De todos modos, Touya pensó que daba igual lo que echara de menos en ellas, ya que no iba a enamorarse de ninguna. Si deseaba amistad y compatibilidad de caracteres, recurría a Tomoyo.

Vio que ella se había quedado dormida a su lado con los labios entreabiertos. Debía de estar agotada. Sintió un dolor en el pecho al mirarla. Las otras pobres mujeres estaban condenadas desde antes del principio. No las había necesitado para nada, salvo para tener sexo con ellas, porque ya tenía a Tomoyo en su vida. Su ex prometida, Kaho, lo sabía. Aunque él la había amado, le había pedido que se casara con él y que comenzaran una vida juntos, ella siempre se había sentido como la segunda opción. Y tal vez lo había sido.

Parecía que Tomoyo iba a ser la mujer de su vida. Por suerte, era una mujer con la que él sabía que podía tenerlo todo. Eran amigos. Había compatibilidad sexual entre ellos. No había dejado de desearla desde que había comenzado a pensar en ella de esa forma.

En cuanto al amor, ella debía estar abierta a la posibilidad de amarlo. Quedaban veintiséis días. Si para entonces lo amaba, sería estupendo. Seguirían casados y criarían juntos a su hijo. Y él se contentaría con eso y sería feliz. No necesitaba amor. Al final, solo complicaba las cosas.

Colocó el libro sobre la mesita a su lado e intentó levantarse sin despertarla. No lo consiguió.

–Quédate –murmuró ella sin abrir los ojos–. Esta casa es demasiado grande y no quiero estar sola aquí abajo. Por favor.

Él suspiró, dejó el bol en el suelo, apagó la luz y regresó a la cama.

Tomoyo bostezó, se acurrucó junto a él y volvió a quedarse dormida.

Touya deseó tener la misma suerte. Con el olor de la perfumada piel de ella, tan próxima, y el calor de su cuerpo apretado contra el suyo, era imposible que se durmiera.

Cerró los ojos y la atrajo hacia sí. Si no podía dormir, al menos estaría contento con ella en sus brazos.

Iba a ser una noche muy, muy larga.


Tomoyo se despertó en mitad de la noche sintiendo un calor desconocido en la espalda y con un brazo sobre ella. Tardó unos segundos en recordar dónde se hallaba y quién la tocaba.

Era Touya. Le había pedido que se quedara con ella. Giró la cabeza hacia él. Roncaba suavemente cerca de su oreja. Se apartó con mucha suavidad de él, que masculló algo entre sueños y se dio la vuelta, quedándose boca arriba, lo cual fue suficiente para liberarla.

Tomoyo se sentó en la cama y lo miró. El pobre seguía vestido.

Se apoyó en un codo y siguió mirándolo. Tenía el rostro completamente relajado. No había tensión en la mandíbula ni arrugas en torno a los ojos. Solo paz.

Quiso acariciarle la mejilla y sentir sus labios. Pero no lo hizo.

Como si la hubiera oído, Touya abrió los ojos y la miró. No había somnolencia ni confusión en su mirada, sino un intenso deseo que ella recibió como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Sin dudarlo, le acarició la mejilla. Y fue como si una cerilla se hubiera lanzado a un bosque seco. El calor se le extendió por todo el cuerpo como un fuego incontrolable.

–¿Tomoyo? –dijo él con la voz ronca de sueño.

–Sí –respondió ella a la pregunta que no le había hecho.

Él le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia sí hasta que sus bocas se unieron. Ni sus manos ni su boca se comportaban con delicadeza, pero a ella no le importó. Le gustó el roce de la barba incipiente en las mejillas y que sus dedos le presionaran la cabeza.

Ella quería estar más cerca de él, volver a acariciarlo. Touya tenía razón. Una vez traspasada la línea, carecía de sentido continuar reprimiéndose.

Deslizó la mano tímidamente por los duros músculos de su estómago y apenas le había rozado cuando él rodó sobre sí mismo dejándola tumbada de espaldas, con él entre las piernas. La agarró de las muñecas y se las colocó por encima de la cabeza, todo ello sin dejar de besarla.

Cuando por fin se separó de su boca fue para besarle la garganta. Sujetándole con una mano las muñecas, con la otra le levantó la parte superior del pijama, se la sacó por la cabeza y la dejó hecha un revoltijo en sus muñecas mientras le provocaba oleadas de placer por la manera en cómo su boca iba descendiendo a través de su cuerpo.

–Suéltame las manos –susurró ella.

–No.

–Por favor –rogó ella–. Quiero acariciarte.

–Ya lo sé –respondió él con una sonrisa pícara–. Pero si lo haces, todo se acabará.

Su boca volvió a los labios de ella y eso fue el final de la conversación. Él deslizó su mano a través de sus piernas y sus dedos hallaron rápidamente su húmedo centro que comenzó a acariciar con fuerza. Ella se retorció debajo de él, levantando las rodillas y lanzando las caderas hacia delante y sus gritos resonaron en la habitación.

–¡Touya! –él no dejó de acariciarla.

Comenzaba a llegar al final, pero, cuanto más desesperada estaba, más se demoraba él, dejándola a las puertas.

Al final, él le soltó las manos, pero solo para sentarse sobre las rodillas y quitarse la camisa mientras ella lo contemplaba. La habitación estaba únicamente iluminada por la luz de la luna que entraba por una ventana, lo cual hizo que a Tomoyo le diera menos vergüenza estar tumbada y desnuda frente a él. Eso y la mirada de Touya, que parecía que estuviera en un museo contemplando una obra de arte, una obra que deseaba devorar.

Sin apartar la vista de ella, se acabó de desnudar y se situó encima de sus caderas. Tomoyo ahogó un grito y su cuerpo se tensó alrededor de aquella repentina invasión en su interior. Él la llenó por completo mientras ella se mordía los labios y le apretaba los hombros.

–Tomoyo –gimió él en su oreja al tiempo que se retiraba y volvía a llenarla una vez más–, no imaginaba… –un temblor le recorrió todo el cuerpo y comenzó a moverse deprisa.

Ella dejó de pensar racionalmente, pues solo quedaba en ella el deseo y el impulso físico. Enlazó las piernas en la cintura masculina y trató de absorber cada oleada de placer que la invadía. Tal y como intentaba hacer cuando estaba a solas en su cuarto. A medida que iba conociéndose y experimentando, las sensaciones iban en aumento y las fantasías que la acompañaban convirtieron aquellas secciones en algo delirante que no podía dejar de repetir cada que tenía la oportunidad, aunque reconocía que aquello no tenía nada que ver con todo lo que sintió cuando estuvieron a solas en Londres y él con delicadeza pero decisión la poseyó de la misma manera salvaje y frenética con que la estaba amando en ese momento.

–Sí Touya. –fue lo único que pudo decir. Era un ruego, una desesperada exigencia y un consentimiento entusiasta a la vez.

Entonces sucedió. Una intensa oleada de placer la recorrió de arriba abajo y la arrastró con ella. Gritó, pegó sus caderas a él, se le aferró al tiempo que era consciente de las dulces palabras que le susurraba al oído.

Su clímax apenas comenzaba a apagarse cuando sintió que Touya se tensaba en sus brazos. La embistió con más fuerza aún antes de lanzar un rugido.

Tomoyo lo abrazó hasta que hubo acabado. Esperaba que se apartara inmediatamente de ella, pero no lo hizo. Se quedó en su interior mientras estudiaba las curvas de su rostro.

–¿Qué pasa? –preguntó ella, al cabo de unos segundos de escrutinio. Se apartó mechones de pelo del rostro–. Debo de estar hecha un adefesio.

Él la miró a los ojos y sonrió con suavidad.

–Claro que no. Estás perfecta. Eres la cosa más sexy que se ha despertado a mi lado. Nunca imaginé que estar contigo sería así. De haberlo sabido…

Touya no terminó la frase. La tenue pero tibia luz del sol que entraba a través de las cortinas le hizo cosquillas en los ojos y al abrirlos una mezcla de terror e inquietud la llenó entera al ver a Touya vestido y profundamente dormido a su lado totalmente ajeno a sus imaginaciones.

Lo había soñado. Todo eso, todo lo que acababa de sentir y vivir había sido sólo el resultado de su sórdida imaginación.


Menos mal que era sábado. Para algunos, el sábado era un día para relajarse. Para Tomoyo era un día caótico por la celebración de las bodas, pero ese día lo agradeció.

Tendría que concentrarse en el trabajo, por lo que no dispondría de tiempo para ponerse a analizar lo que Touya y ella habían hecho la noche anterior o mejor dicho lo que había imaginado que hacían.

Se había dejado llevar por el momento. El estado intermedio entre el sueño y la vigilia le había entorpecido el cerebro. Al final soñar que dormías con quien técnicamente era tu marido no era para tanto. La realidad parecía más complicada cuando tu esposo era también tu mejor amigo y, de repente, ibais a formar una familia.

Y lo peor era que sabía que era su culpa. Sería más fácil si solo dejaba de luchar contra él y saciara sus anhelos, si solo se dejaba llevar.

Al fin y al cabo el reto de los treinta días no era una batalla, sino un ensayo. Y Touya estaba desempeñando bien su papel. Había hecho todo lo que le había pedido y algo más. Cada uno de sus actos parecía producto de la reflexión. Era amable, se preocupaba por ella y por lo que era lo mejor para el bebé.

Por una vez en la vida, tal vez le conviniera relajarse y dejar que las cosas siguieran su curso. Podía producirse algo maravilloso si lo hacía. Esa idea le resultaba difícil de llevar a cabo, pero reflexionaría sobre ella o tendría que buscar una buena explicación a porque su lado de la cama amaneció totalmente empapado de sudor.

Cuando hubo salido de la ducha y se hubo secado, tuvo que dejar de pensar y prepararse para ir a trabajar. Tardó algo más de lo habitual porque se estaba adaptando a la nueva casa y aún no sabía dónde estaban las cosas. De todos modos, como vivía más cerca del trabajo, llegaría antes de las ocho.

Cuando se había levantado, Touya seguía durmiendo. Cuando hubo acabado en el cuarto de baño, cruzó rápidamente el dormitorio para no molestarlo y fue a la cocina. Quería salir antes de que él se diera cuenta. Sí, era una cobarde al tratar de evitar una conversación incómoda.

Al llegar a la cocina se dio cuenta de que sus precauciones habían sido inútiles. Touya estaba sentado con una taza de café en la mano. Llevaba la misma ropa con la que había dormido y tenía el cabello de punta en algunas zonas.

A pesar de todo, su aspecto era encantador. Tomoyo tuvo ganas de acercársele por detrás, abrazarlo, besarlo en la mejilla y revolverle el cabello. Pero le pareció demasiado íntimo, para su delicado estado emocional.

Supo que no podría evitar hablar con él antes de marcharse. Respiró hondo y entró en la cocina.

–Buenos días –dijo con toda la alegría de que fue capaz sin resultar sospechosa. Abrió la puerta de la despensa y buscó algo fácil y rápido de preparar para desayunar. Hacerlo no era una prioridad en aquel momento, pero cuando las náuseas le desaparecieran, estaría muerta de hambre.

–Buenos días –respondió Touya, con voz soñolienta. Alzó la vista de los papeles que leía–. Te he preparado el desayuno. Espero que no te importe, he pensado que tendrías prisa.

Tomoyo se volvió y observó que le había acercado el vaso.

–Gracias –dijo ella, sin sentirse agradecida en absoluto–. ¿Qué es?

–Un batido para el embarazo. Papá solía hacérselo a mamá cuando estaba encinta de Sakura.

Tomoyo observó el vaso con recelo. Tal vez supiera mejor de lo que parecía. Y aunque no fuera así, Touya la miraba con una expresión tan satisfecha y esperanzada que tendría que bebérselo.

Se llevó el vaso a la nariz para olerlo. Olía sobre todo a plátano. Se lo llevó a los labios y descubrió que sabía a lo mismo. Le dio un gran trago.

–Está muy bueno. Puedes prepararme uno todos los días.

–Por supuesto –apuntó él con una sonrisa–. Cuidar de nuestro hijo implica cuidar de ti. Estoy encantado de hacerlo.

Tomoyo sintió una leve punzada en un rincón de la cabeza. Eran celos, pero no tenía sentido. ¿De quién estaba celosa? ¿Del bebé? Era ridículo. Debiera alegrarse de que Touya quisiera tener un hijo sano y de que ella estuviera sana y contenta. Pensó que padecía un exceso de sensibilidad y lo atribuyó a las hormonas.

–Y después de lo que experimenté ayer en tu trabajo–prosiguió él– necesitas alimentarte bien. ¿Son todos los días así?

Ella dio otro trago y dejó el vaso en la encimera.

–Solo los jueves, viernes y sábados. Los sábados son los peores. No sé a qué hora volveré esta noche. Probablemente, no antes de la una o las dos de la madrugada, así que no me esperes despierto. ¿Qué vas a hacer hoy?

Touya dejó los papeles.

–Voy a la subasta de las pertenencias de un famoso conde. Murió el año pasado, los abogados ya tienen todos los documentos en orden y los herederos quieren que se subasten. Va a ser una subasta muy buena. Espero conseguir algunas piezas.

Ella frunció el ceño.

–¡Por eso has venido a Francia! –lo acusó.

Touya estuvo a punto de defenderse, pero cambió de idea.

–Vine a Francia –dijo eligiendo las palabras con cuidado– a verte y a preparar el divorcio que, finalmente, no vamos a obtener. Vine a la primera oportunidad y pude sacar tiempo porque, en efecto, había planeado venir para acudir a esa subasta, así que podía hacer ambas cosas en un solo viaje. Te habrás dado cuenta de que llegué cinco días antes de la subasta para poder dedicarte tiempo. No pensaba pasármelos alquilando una casa y mudándome a ella.

–Es verdad –dijo ella mientras llevaba el vaso, casi vacío, al fregadero. Dio un último trago y lo enjuagó–. ¿Tendremos que organizar una subasta en Francia la semana en que vaya a nacer el niño para estar segura de que estarás en la ciudad?

–Muy graciosa –dijo él sin reírse.

–No bromeo del todo –Tomoyo volvió a la encimera y puso las manos en ella–. He tardado más de un mes en conseguir que vinieras. Si la subasta no hubiera sido esta semana, probablemente habrías tardado más. Sé que has tenido que organizarte para cumplir el plazo de treinta días, y te lo agradezco. Pero ¿qué vamos a hacer después? Si seguimos juntos, ¿tendré que pasarme la mayor parte del tiempo sola en esta casa enorme mientras tú te dedicas a recorrer el mundo en busca de piedras preciosas?

–Podrías venir conmigo.

Tomoyo lanzó un bufido.

–Yo también trabajo, por si no te has dado cuenta.

–¿No tienes vacaciones?

–No se trata de eso. Soy la socia con más acciones de la sastrería. Si no estoy allí para hacer mi trabajo, las demás tendrán que cubrirme. La baja por maternidad va a causar un enorme impacto en el negocio. Viajar contigo me resulta imposible.

Touya frunció el ceño. Tomoyo sabía que no estaba acostumbrado a que le rechazaran sus grandes ideas, pero debía entender que su empresa no era simplemente un trabajo que estuviera dispuesta a dejar de lado cuando hallara a un hombre rico que la mantuviera. Era su profesión, su pasión. Un marido rico solo le complicaba las cosas.

–¿Y si pudiera organizar el viaje para salir el domingo por la noche y volver el jueves o el viernes?

–Iría muy justa de tiempo. Tendría que ser por algo verdaderamente importante y a un sitio que me gustara.

–¿Y qué te parece Londres? –preguntó optimista.

¡Caramba! Sabía elegir el lugar adecuado. Tomoyo siempre había querido volver a Londres.

–Sí, me gustaría ir a Londres, pero no me refería a eso, Touya. Dentro de unos meses, no podré viajar a ningún sitio. Después, tendré un bebé. Más que un boleto para un gran barco, lo que necesito es que estés aquí.

Miró la hora en su reloj y respiró profundo. Aquella conversación ya no podía extenderse mucho más.

–Piénsalo. Hablaremos después. Tengo que ir a trabajar. Buena suerte con la subasta.

Touya asintió con aire pensativo y la despidió agitando la mano. Tomoyo agarró el bolso y salió. A veces, Touya la exasperaba, pero, a fin de cuentas, la conocía mejor que nadie. Claro que eso era algo que él podía utilizar contra ella para salirse con la suya.

Proponerle un viaje a Londres era una crueldad porque sabía lo mucho que deseaba ir. Pero si ella accedía a acompañarlo una vez le daría motivos para que se lo volviera a pedir una vez más. Y otra. Y, cuando el bebé hubiera nacido, tendrían que buscar a una persona que la sustituyera.

Aunque estuviera dispuesta al compromiso por el bien de la relación, su trabajo era su sueño, y no estaba dispuesta a renunciar a él.