¿Me entregarás tu corazón?

Capítulo Siete

–Te dije que no me esperases levantado.

Tomoyo entró en la casa hacía las dos y media de la mañana, con expresión de fatiga.

Touya, sentado en el sofá, frunció el ceño y se levantó. No había sido su intención quedarse levantado, pero se había puesto a trabajar y cuanto más tarde se hacía, más preocupado estaba por ella.

Sabía que su trabajo era importante para Tomoyo, pero trabajaba demasiado. Había contemplado la misma expresión de agotamiento en el rostro de su madre cuando volvía a casa después de un turno doble en la fábrica. A veces, estaba demasiado cansada para dormir. Touya le preparaba un té y se ponían a hablar hasta que ella se relajaba lo suficiente para acostarse.

–Debieras haberme llamado para que fuera a recogerte –le reprochó él con suavidad–. Estás tan cansada que podías haber tenido un accidente.

Ella se encogió de hombros y dejó el bolso en un taburete de la cocina.

–No es un trayecto muy largo. Estoy bien.

Touya la ayudó a quitarse la chaqueta.

–Creí que los sábados por la noche tenías ayuda.

–Así es. -se sentó en otro taburete–. Pero últimamente no tengo mucha energía. Al cabo de dos horas, tengo que sentarme a descansar y eso me hace perder mucho tiempo.

–Estás embarazada, Tomy.

–¿Y qué? El bebé tiene el tamaño de un arándano, como mucho. No debiera causarme trastornos tan pronto.

–Las cosas no son así. Sakura en sus embarazos se quejaba sobre todo del cansancio. Empieza antes de lo que crees.

–Tengo que comprarme un libro de bebés: Guía de la procreación para idiotas o Qué esperar cuando toma posesión de tu cuerpo un pequeño alienígena.

–Creo que podremos conseguir alguno –apuntó él sonriendo.

–¿Quieres una manzanilla?

Tomoyo suspiró, negó con la cabeza, pero se detuvo y lo miró con ojos esperanzados.

–¿Hay algo para prepararme un chocolate caliente?

–No lo sé, pero voy a mirar.

Touya buscó en la despensa, sin mucho éxito. Había pasado mucho tiempo desde que preparaba chocolate a la taza a Sakura. Cuando sus padres trabajaban, era él quien estaba en casa y cuidaba de ella y el chocolate caliente era una de las meriendas preferidas.

–Aquí esta. Ten cuidado porque quema.

–Gracias. Tiene un aspecto buenísimo.

–Para ti, solo lo mejor –respondió él con una sonrisa mientras le guiñaba el ojo y le sacaba una risita.

Touya apoyó las manos en la encimera y la observó mientras se lo bebía con expresión de felicidad. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que le gustaba hacerla feliz. Siempre le mandaba bonitos regalos por su cumpleaños o por Navidad. Le divertía porque sabía que ella no era para nada vanidosa por lo que nunca se compraría nada igual, y por supuesto las joyas eran lo suyo.

Pero últimamente, incluso antes del aniversario de Sakura, había comenzado a sentir que la relación era distinta. Con los horarios tan apretados que tenían, rara vez se veían en persona. Cuando llegó a Londres, se dio cuenta de cuánto había echado de menos verla. Ni siquiera hubiera querido estar en la fiesta. Se hubiera contentado con estar con ella hablando durante horas en la posada en que se había quedado. Y seguía sintiendo la misma emoción cada vez que ella entraba en la habitación. Hacer pequeñas cosas como prepararle el desayuno o ayudarle a poner pedrería a un vestido le proporcionaba mayor satisfacción que regalarle una joya.

Tomoyo lo consideraba una forma de halago o una muestra de que se ocupaba de ella, pero él no lo veía así. Quería hacer cosas por ella porque la quería. Era su Tomoyo. Claro que deseaba hacer lo que pudiera para facilitarle la vida. Si un chocolate a la taza la hacía feliz, se lo preparaba. Si un cuarto de costura en casa la hacían sonreír, hubiera alquilado la casa al doble de precio. Si casarse con ella la hacía sentirse mejor por el hecho de no ser la única soltera de la fiesta… parecía que también lo habría hecho.

Era una de las personas más importante de su vida. No había esperado que también se convirtiera en su esposa. Pero ya que lo era y que el tiempo pasaba deprisa, le resultaba difícil imaginarse la vida sin ella. No quería volver a verla solo de vez en cuando. Se verían más a menudo a causa del bebé, pero eso no le bastaba. La quería con él todos los días.

–Estaba muy bueno –dijo Tomoyo dando el último sorbo de chocolate–. Se te da mejor la cocina de lo que dices. Estoy que me caigo, y más después de ese chocolate caliente.

Touya le echó el brazo por los hombros y la condujo al dormitorio al verla bostezar. Lo mejor era acostarla antes de que se cayera literalmente al suelo.

Recorrieron el pasillo hasta llegar al dormitorio principal. Allí, Touya la sentó en la cama y se arrodilló ante ella para quitarle el calzado.

–Gracias. Estoy tan cansada que no siento los pies.

Él se sentó sobre los talones y alzó la cabeza para decir algo. Su mirada se detuvo en sus grandes senos confinados en aquel vestido. Tragó saliva y se esforzó en mirarla a los ojos para evitar la tentación.

-Touya.

–¿Sí?

Ella había fruncido el ceño, pensativa.

–¿Y si pasa el mes y no nos hemos enamorado?

Buena pregunta. Él no se la había planteado. Tener la actitud de un ganador lo había llevado lejos en la vida. Había aceptado el desafío sin dudar ni por un momento que saldría victorioso. Pero era la primera vez que no podía controlar todos los factores. Con independencia de lo que hiciera, cabía la posibilidad de que Tomoyo no se enamorara de él. ¿Y entonces?

Era una conversación demasiado profunda para las tres de la mañana.

–¿Acaso no estás ya loca por mí después de nuestra apasionada noche de bodas?

-Muy buen intento pero no creo que un único encuentro hace un par de meses sea suficiente para atar a una mujer.

-Pues en ese caso deberíamos intentarlo esta noche otra vez, para refrescarte la memoria.

Tomoyo lo miró azorada al escucharlo decir aquello con voz grave y al verlo ponerse de pie y comenzar a quitarse los botones de la camisa tragó en seco intentando desaparecer aquel nudo que de repente se había formado en su garganta. Tal vez se había quedado dormida una vez más, tal vez aquello era solo producto de su imaginación. Si se concentraba y dejaba de pensar en ello aquel sueño desaparecería. Solo debía cerrar los ojos y concentrarse.

Intentó desesperadamente llevar a cabo su táctica mientras sentía como se movía la cama mientras él apoyaba sus manos a cada lado de ella y se acercaba a su rostro. Sintió su aliento en su cuello y como este subía a su oreja provocándole un escalofrío. Cerró los ojos con más fuerza intentando despertar.

-Esto no está pasando, esto no está pasando.- Se repetía una y otra vez pero era inútil, podía sentir sus labios tan cerca de los suyos que casi la quemaban, y sus manos viajan a su espalda con una lentitud exasperante, sentía que enloquecía, si aquello no era un sueño, si aquello si era real. No creía tener las fuerzas suficientes para resistirse.

Abrió los ojos de golpe al escuchar a Touya echarse a reír.

-Lo siento Tomoyo. Por mucho que me guste la idea, no me apetece que te quedes dormida en medio de algo interesante, así que en tus condiciones no haré ningún movimiento real en esa dirección.

Se levantó y la besó en la frente mientras ella se ruborizaba violentamente al saberse engañada por él.

–Aunque… –murmuró antes de darle la espalda–. Si aún mañana por la noche quieres consumar el matrimonio, te prometo que la noche de bodas no será nada en su comparación.

La cara de Tomoyo volvió a teñirse de rojo pero esta vez en vez de enmudecer y quedarse petrificada tomó una de las almohadas y lo golpeó con ella mientras le exigía que se marchara. Touya podía ser un encanto en la mayoría de las ocasiones pero cuando encontraba una manera de fastidiar a alguien… de seguro no dudaría en usar aquella arma sin ningún tipo de pudor.

-Ahora, lo que tienes que hacer es quitarte toda esa ropa y meterte en la cama. Mañana hablaremos acerca de tus crecientes deseos por mi. - Explicó Touya mientras volvía la almohada a la inmensa cama y la tomaba de los hombros para hacer que se recostara sobre ella. Ella hizo un mohín sin saber cómo combatir con sus deseos de fastidiarla, pero la blanda almohada pronto ahuyentó las preocupaciones de su mente.

–Buenas noches, Touya. Que no se te ocurra tocarme mientras duermo. –dijo cerrando los ojos.

–Lo intentaré pero no te prometo nada. –respondió él mientras la veía quedarse dormida y ella sonreía segura de que Touya jamás se atrevería a faltarle al respeto y mucho menos estando inconsciente. Lo de aquella noche en Londres solo había sido el efecto del alcohol y la adrenalina. Si él hubiera estado totalmente cuerdo estaba segura de que en ese momento no estarían casados y mucho menos tendrían un hijo.

Él se quedó observando la respiración pausada de su pecho y la leve sonrisa de sus labios. Era lo más precioso que había tenido en la vida. Y pronto tendrían un hijo que tal vez tuviera sus mejillas sonrosadas y su cabello azabache.

Aquel pensamiento le hizo recorrerla con la mirada. Tal vez estuviera borracho aquella noche en que la hizo suya pero recordaba cada mínimo espacio de su hermoso cuerpo. Jamás imaginó que la niña que vio crecer se convertiría en tan deseable mujer. Por eso le era tan difícil contenerse, si el tema hubiera surgido la noche anterior, seguro que no se lo había pensado dos veces para repetir aquella experiencia que lo seguía a todos lados. Pero en ese momento, al ver la indecisión en su mirada y el temblor de sus labios mientras se acercaba a ella, la pregunta que le había hecho antes le había hecho reflexionar en lo que sucedería si no seguían juntos.

-No. Eso no es ni siquiera una posibilidad.- Murmuró para sus adentros mientras agitaba su cabeza en negación y la arropaba con el edredón.

Fracasar era imposible. Era ambicioso, y eso le había impulsado a triunfar en todo lo que se proponía. Y esa pasión también se la despertaba Tomoyo.

Al cabo de los treinta días, habría conseguido que ella se enamorara. Tal vez él no lo estuviera de ella, pero no importaba.

No estaba empeñado en encontrar el amor perfecto. Solo deseaba formar una familia feliz, y no estaba dispuesto a que se le escaparan Tomoyo y su hijo.


–Puedo caminar –Tomoyo frunció el ceño al mirar el vehículo aparcado frente a ella–. Hasta tu sabes que llevarme en coche desde esta distancia es ridículo.

–No sé de qué hablas –respondió él mientras abría la puerta del copiloto para ella. ¿Por qué preferiría ella ir a pie en lugar de en aquel nuevo y lujoso vehículo? Montar en él era como viajar en una nube algo ruidosa.

Ella se cruzó de brazos.

–¿Cómo puedo convencerte de que el embarazo no es una discapacidad? Soy totalmente capaz de ir caminando al trabajo.

–Si hubiera creído que el embarazo lo era, tus acrobacias de anoche en la cama me habrían convencido de lo contrario.

Tomoyo sonrió. Si creía que la alteraría insinuando que si había pasado algo entre ellos durante la madrugada no la convencería. Touya suspiró resignado.

–¿Como puedo convencerte de que no es un delito dejar que te ayuden? –se quedó mirándola con expectación hasta que ella comprendiendo que si no lo hacía no dejaría de darle lata se subió al coche–. ¿Lo ves? No pasa nada.

Ella no le contestó. Cuando arrancaron, ella se volvió a mirarlo.

–A veces me haces perder los estribos.

Él sonrió.

–Y tú a mí también, cariño. Me has puesto un plazo para robarte el corazón, pero haces todo lo posible para impedírmelo.

Los pensamientos de Touya derivaron hacia la pregunta que ella le había hecho la madrugada del sábado. Tomoyo no había vuelto a abordar el tema, pero él no había sido capaz de dejar de pensar en él.

Si no lo amaba cuando acabara el plazo, no sería porque él no lo hubiera intentado. Pero ¿sobreviviría la amistad? Él había insistido en que todo saldría bien y había descartado cualquier clase de preocupación porque no tenía intención de perder. Sin embargo, ¿podrían seguir siendo amigos con un hijo? ¿Podrían volver a la situación anterior, sabiendo lo que sabían el uno del otro?

–¿Cómo voy a cortejarte si no me dejas hacer nada por ti?

–Debemos de tener conceptos diferentes de lo que es cortejar. No me parece muy romántico llevar en coche a una mujer a todas partes contra su voluntad y tratarla como si fuera una frágil flor.

–Ese es tu problema. Creo que no sabes qué es el amor.

–¿Cómo? –lo miró con los ojos como platos–. El amor es a lo que me dedico.

–A lo que te dedicas es a la ropa. El amor es un ideal obsesivo para ti, pero, en realidad, no lo entiendes. Crees que el amor y el romanticismo son grandes gestos: regalos caros, palabras hermosas y declaraciones de devoción eterna a la luz de la luna.

–¿Qué hay de malo en todo ello?

Touya suspiró.

–Nada. Solo que ninguno de ellos dura: las flores mueren y las palabras se olvidan. Dentro de cincuenta años, cuando estemos sentados viendo jugar a nuestros nietos, no será eso lo que recuerdes de nuestra vida en común. Recordarás los pequeños detalles, las cosas que ahora no quieres agradecerme porque no se ajustan a tu ideal.

–Te agradezco todo lo que haces, pero me siento inútil cuando me llevas en coche o acarreas las cosas.

–Eso es problema tuyo, no mío. Yo solo soy amable. Y puedo serlo aún más, si lo deseas. ¿Quieres que te compre un coche? Sería un gran gesto romántico.

–No vas a comprarme un coche. De ninguna manera. Me da igual el dinero que tengas. Es una propuesta ridícula.

Él negó con la cabeza.

–¿Lo ves? No puedo ganarte.

Ella rio.

–Estás casado con una mujer con ideas diferentes a las tuya, Touya. Más vale que te vayas haciendo a la idea.

Eso era cierto, pero Touya deseaba que ella no pusiera en tela de juicio cada cosa que hacía. Parecía que ser amable le causaba problemas, aunque, realmente, no le importaba. No lo hacía a propósito, pero le producía una leve excitación que Tomoyo se enfadara con él. Se le encendían las mejillas y sus ojos azules brillaban.

Era una mujer hermosa y apasionada, y estar en la misma casa acrecentaba sus deseos de poseerla una vez más, pero no había querido presionar demasiado sobre el aspecto físico de la relación.

Se habían unido de forma repentina la primera noche en Londres, y él se dio cuenta de que a ella le había causado aprensión, así que a pesar de lo difícil que le resultaba decidió que aquello no se repetiría a menos que ella no le proporcionara abundantes pruebas de que estaba de acuerdo. Así, si las cosas no salían bien al menos ella no lo recordaría como el tipo que se había aprovechado de ella solo por estar embarazada. No entendía demasiado de mujeres pero sabía que cualquier paso en falso lo convertiría en el malo de la película.

Hablando de mujeres, el escaparate de la sastrería estaba lleno de ellas aquella mañana. Parecía que algún hombre rico había llegado a la ciudad y todas las mujeres de la zona deseaban tener un vestido elegante y pomposo que atrajera su atención, tal y como en los viejos tiempos.

-El médico irá a casa hoy al atardecer así que si deseas estar presente intenta hacer un hueco en tu horario. Tal vez tengas que mirar hacía otro lado cuando aparezcan partes femeninas, pero creo que los padres pueden estar presentes durante la consulta.

–¿Partes femeninas?

–Sé que las conoces, pero aquí se trata de otra cosa. Si al verlas te sientes incómodo, imagínate lo incómoda que me sentiré yo que tengo que mostrarlas y dejar que las sometan a varias… cosas.

¿Cosas? Touya tragó saliva. Había muchos aspectos en el asunto de tener un hijo que no se había parado a considerar. La miró al escucharla reír. Así que aquello era una venganza.

-Nos vemos más tarde en casa. Asegúrate de portarte bien mientras no estoy.

-Lo intentaré.


Llamó a la puerta con suavidad y al recibir el visto bueno entró a la habitación.

Tomoyo estaba tumbada boca arriba cubierta por un camisón, y al verlo dudar en si seguir avanzando o no en su dirección tiró de la mano de él para que se sentara en el taburete a su lado.

Hasta ese momento, el bebé había sido un concepto vago para él, un reto al que hacer frente. Había aceptado su existencia y planeado cómo se ocuparía de él cuando llegara, pero seguía siendo una idea. De pronto, al escuchar al medico felicitarlo porque todo iba bien con su hijo y ver a Tomoyo sonreír con las mejillas sonrosadas y los ojos llorosos tuvo que contenerse para no reaccionar del mismo modo. La agarró de la mano con fuerza mientras el médico daba algunas instrucciones al respecto y acordaba la próxima cita.

-Seguro que los abuelos estarán muy contentos con la noticia, en solo siete meses más tendrán un saludable nieto.

La admiración había dejado paso a una leve tristeza en el rostro de Tomoyo. Touya lo notó porque la conocía bien. No era de extrañar que las palabras del médico la hubieran alterado. Ni la familia ni los amigos podrían celebrar muchos de los hechos significativos iniciales del desarrollo del bebé. La emoción, los abrazos, el mobiliario de su habitación… Nada de eso sería posible, al menos de momento. Llegado un cierto punto, darían la feliz noticia a su madre, pero ¿no se vería empañada al decirles que no se iban a casar y que no estaban enamorados?

–Muy bien, hemos terminado –anunció el médico. Ayudó a Tomoyo a incorporarse–. Puede vestirse. Después, cuando estemos en la sala puede hacerme las preguntas que desee.

Dieron las gracias al médico y Touya esperó fuera mientras ella se vestía. La reunión con el médico fue muy corta. Se les olvidaron las preguntas en su presencia, pero él se echó a reír y dijo que era normal. Por eso entregaban a los padres toda la información que aclararía sus dudas cuando las recordaran al llegar a casa.

Al volver de despedir al medico, Touya observó que Tomoyo hojeaba el enorme montón de papeles con expresión de pánico.

–Hay mucho que leer.

–Lo haremos esta noche. ¿Y si vamos a la librería y compramos alguno de esos libros de bebés que querías? Después podemos comprar comida para llevar, ponerlo todo en la cama y mirarlo juntos. ¿Qué te parece?

–Bien –dijo ella sonriendo. A pesar de que estuviera preocupada, la idea de enfrentarse a ello juntos pareció tranquilizarla–. Gracias. Tenemos muchas cosas en que pensar.

–Desde luego, pero nos apañaremos. Los seres humanos llevan siglos teniendo hijos, generalmente sin libros ni ayudas. Todo saldrá bien.

Touya intentó pensar en algo que la distrajera, y el peso de la caja que llevaba en el bolsillo le recordó que tenía un regalo para ella desde hacía dos días, pero no había hallado el momento adecuado para dárselo.

–Tengo una sorpresa para ti.

Ella apartó los papeles y lo miró con recelo. No le gustaban las sorpresas, ni agradables ni desagradables.

–¿Me va a gustar?

–Eso creo. El otro día, en la subasta, te compré una cosa.

Tomoyo frunció la nariz.

–Ya tengo suficientes joyas, Touya. Sé que es tu trabajo, pero ya no sé qué hacer con todas las que me has regalado.

–No es una joya –le entregó una caja estrecha y alargada que se sacó del bolsillo de la chaqueta.

–Pues lo parece –dijo ella al tiempo que la agarraba.

Touya la observó abrirla. En su interior había una delicada cuchara de plata, con el mango largo y fino, acabado en forma de luna en cuarto creciente, con un pequeño diamante que hacía las veces de ojo.

–¿Qué te parece?

Tomoyo la miró con el ceño fruncido y sin decir nada. La levantó y le dio la vuelta, examinándola con atención.

–Es un regalo que el conde le hizo a su esposa cuando tuvo su primer hijo. Pensé que te gustaría. Me has dicho que no compraríamos muebles ni nada similar hasta que hubiera transcurrido el primer trimestre de embarazo. Pero esto es algo pequeño. Espero que no te importe.

–No, no me importa. Es preciosa –la recorrió con el dedo y la volvió a meter en la caja–. Gracias.

Él notó que titubeaba, algo que solía hacer mucho últimamente. Parecía cuestionar a posteriori todo lo que él hacía por ella y el bebé.

–¿Qué pasa?

Ella respondió con una sonrisa.

–Que a estas alturas nunca pensé que fuera a tener un hijo que naciera en cuna de oro, o, en este caso, con una cuchara de plata en la mano. Creo que… en realidad había perdido cualquier esperanza de encontrar a alguien que me quisiera por lo que soy.

-Tomy… ya hemos hablado de esto. Eres maravillosa, cualquier hombre sería afortunado de que fueras su compañera.

-Eres muy amable Touya pero seamos realistas. No soy el tipo de esposa que se considera ideal en nuestra sociedad, ni siquiera estoy segura de cuanto tiempo me queda hasta que deje de poder tener bebés y asegurar descendencia a mi marido, eso sin mencionar que puedo ser bastante difícil en una relación, y eso, querido, lo sabes tú mejor que nadie. Por eso una parte de mí ha comenzado a preguntarse si, alguna vez, yo… –ella bajó la vista–. ¿De verdad crees que puedes enamorarte de mí en un mes?

Touya no quería mentirle, pero supo que tenía que hacerlo. Si le decía que no tenía intención de enamorarse de ella, ni de nadie, todo acabaría en ese mismo momento. Si quería seguir adelante por el bien de su hijo, tendría que seguirle el juego y guardarse el secreto. No podía permitir que sus dudas influyeran en ella.

De todos modos, su miedo lo dejó perplejo. ¿Cómo podía una mujer tan inteligente, tan hermosa y con tanto talento dudar de que un hombre pudiera amarla? Al menos, un hombre capaz de amar.

–¿Me tomas el pelo? Eres increíble en muchos aspectos. Tu costura es lo mejor del continente; tienes fuerza de voluntad y entereza; te preocupan tanto los demás que no sé cómo no te parten el corazón cada día; y cada vez que estoy contigo, vuelves a sorprenderme.

Tomoyo lo escuchó con los ojos llenos de lágrimas. Él no soportaba verla llorar. La atrajo hacía sí y la estrechó entre sus brazos. Ella le apoyó la cabeza en el hombro y él le besó el cabello.

–No pretendía hacerte llorar, pero debes saber lo importante que eres. Constituyes el listón con el que comparo a cada mujer con la que salgo, y ninguna ha estado a tu altura. Eres lo mejor que me ha pasado. Debes pensar como una ganadora y eliminar todas esas dudas. Lo que tienes que preguntarte es cómo no voy a enamorarme de ti.

Cuando hubo acabado de hablar, ella se incorporó y le escrutó el rostro como si intentara determinar que tan sinceras eran sus palabras. Sus ojos azules brillaban de alivio y alegría, y al perderse en ellos... Fue muy tarde para decir algo.

Tal vez se debía a la emoción que aún sentía por el hijo que tendría o tal vez aquel deseo que lo recorría de pies a cabeza y que lo empujaba a hacer cualquier cosa por eliminar su tristeza, pero antes de darse cuenta la estaba besando de manera apasionada. Tal vez demasiado considerando los límites que quería respetar.

Todo lo que había dicho era absolutamente cierto y sus manos aun cosquilleaban debido al deseo aun no saciado de ella, pero no quería presionar. No debía presionarla. Seguía siendo el villano que le arrebató su inocencia y sus posibilidades de hallar un buen marido, no quería convertirse en aquel que se aprovechaba de su tristeza para conseguir lo que en verdad deseaba de ella.

-No te detengas. – La escuchó murmurar contra sus labios al sentirlo retirar las manos de su alrededor. Sus ojos azules brillaban de anhelo y sus labios entre abiertos lo invitaban a continuar llenándola de besos. Quería contenerse, idear algún comentario mordaz que alejara la atención del hecho de que estaban a solas, en la cama y con el permiso legal de hacer lo que quisieran uno con el otro, pero mientras mas la miraba mientras mas su mano tímidamente acariciaba su mejilla… menos quedaba de su resistencia.

-Detenme si cambias de opinión.- Murmuró como último recurso aunque sabía que aún si ella se lo pedía lo más probable es que no se detendría. Aquellos dos meses y medio acumulados de deseo por ella finalmente explotarían y no había dios en el cielo o en la tierra que le hiciera contenerse en ese instante.