¿Me entregarás tu corazón?
Capítulo nueve
-¡Vamos niñas! Han de darse prisa si desean que lleguemos a tiempo a su debut en sociedad. La puntualidad es una virtud digna de reyes.Touya entornó los ojos mientras escuchaba uno de los ya conocidos sermones de su tía y doblaba con fastidio las mangas de su camisa preguntándose porque rayos tenía que usar esas ropas tan formales si ni siquiera estaba de acuerdo con aquel fastidioso evento.
Aun no entendía porque Sonomi tenía tanta prisa en ir a un lugar donde todos los presentes los mirarían con desdén por ser simples gentry. Personalmente prefería mil veces quedarse encerrado en aquellas cuatro paredes que ir a una falsa ceremonia llena de personas estiradas con aires de superioridad, así que si las chicas pensaban lo mismo y se habían escondido en algún lugar de la mansión con tal de no ser sometidas a tal tortura, no las culpaba por ello. Después de todo ¿Quién rayos podía querer asistir a una estresante ceremonia cuyo único objetivo era evaluarlas como posible producto en el mercado matrimonial?
-¡Oh, están preciosas!
Sus ojos se rodaron en dirección a las inmensas escaleras de mármol al escuchar a su madre exclamar aquello con tanta emoción y no pudo menos que quedar tan deslumbrado como todos los presentes al contemplarlas al fin.
Ambas en un vestido de un blanco tan puro como sus propias almas, bajaban las escaleras tomadas de la mano como si se trataran de un par de querubines a punto de emprender vuelo.
No pudo evitar que su vista se quedara fija en la amatista quien llevaba una corona de inmaculadas plumas en su cabeza mientras sus profundos ojos azules ligeramente sombreados enmarcados por su leve sonrisa y los mechones azabaches de su fleco, le daban un aspecto tan lozano y encantador que seguro hasta la reina tendría que reconocer su indudable y natural belleza. Había estado fuera mucho tiempo si, pero apenas se daba cuenta de la hermosa y exquisita mujer en la que se había convertido.
-Es curioso. El estilo del vestido de Sakura no se parece en nada a los que hace Madame Vouille. - Observó Sonomi mientras giraba alrededor de la castaña una vez ambas se hallaron de pie en el recibidor, haciendo que esta contuviera la respiración mientras veía hacía Tomoyo, preocupada de que al fin se hubiera descubierto su secreto.
Era cierto. Aquel vestido no se parecía a los de la sastre de la familia porque de hecho no había sido confeccionado por ella. Tomoyo se había pasado los últimos meses usando sus horas de sueño para confeccionar lo que sería su primer vestido de fiesta en talla real.
Sakura había estado emocionadísima con la idea de ser su modelo de pruebas pero si había algo de lo que estaba segura era de que su madre no estaría nada feliz de que estuviera intentando convertirse en una vulgar sastre.
-De hecho, no se ve como sus diseños porque efectivamente no es un diseño suyo. -Interrumpió Touya-. Lo he traído de mi último viaje a Francia y fue confeccionado por una talentosísima sastre de la zona.
-¿Ah si?
La señora de ojos azules sostuvo la mirada del trigueño mientras este hacía lo mismo con ella. Era obvio que ambos no se agradaban en lo absoluto, por ello, el que le mintiera tan descaradamente sobre un tema que ella conocía tan bien como era la moda de su época era una invitación segura a que esa noche se convirtiera en un conflicto armado de colosales dimensiones.
Tomoyo estuvo a punto de dar un paso al frente para desmentir aquello y confesar su secreto, cuando después de soltar un bufido y desplegar su abanico de mano para ocultar su mueca de frustración, vio a su madre darles la espalda mientras caminaba en dirección a la puerta.
-Ya veo. Al menos no tienes mal gusto en ese aspecto, lastima que tu insolencia no le haga justicia.- Con solo oír su inconforme comentario, no sólo la castaña se permitió respirar al fin sino que la nívea no fue capaz de ocultar su sonrisa.
Fue una verdadera lucha mantener la compostura hasta que los Kinomoto empezaron a caminar a la salida tras de su madre en vez de comenzar a saltar de un lado a otro llena de alegría y alivio. No podía creerlo. ¿En serio aquello estaba pasando?
Se había sentido tan insegura con respecto a su diseño, había pensado tantas veces en desistir de su sueño y solo resignarse a ser lo que su madre quería, pero ahora… ahora al fin sentía que su meta estaba al alcance de sus manos y que ella, a pesar de todo, solo debía seguir extendiéndose hasta que al fin consiguiera alcanzarla.
-Aun no puedo creer que no criticara nada de mi diseño.
-Eso es porque es increíble. Madame lo que sea se sentiría celosa al ver que una principiante es capaz de hacer diseños más grandiosos que los suyos.
-Pero el mérito no es sólo mío, Touya. Las telas que me trajiste de tu viaje a la India fueron magníficas. No puedo esperar para usar las demás. Te juro que te pagaré cada centavo que has gastado en ello.
-¿Bromeas? El simple hecho de silenciar a tu madre por una vez en la vida es suficiente pago. Tienes mucho talento y me siento honrado de alentarlo.
Sentir la mano del trigueño sobre su cabeza mientras sonreía con complicidad era un verdadero aliento para su corazón. Touya había sido un inmenso apoyo para ella en cuanto a seguir sus sueños y aunque últimamente no podían estar juntos tan a menudo como antes, cada vez que le veía sonreírle de esa manera se daba cuenta de que no había ningún lugar donde deseara más estar.
Él pensaba lo mismo. Aunque últimamente había visitado cientos de países y lugares diferentes, nada le llenaba de más satisfacción que ver esa inmensa sonrisa en sus rosáceos y tiernos labios.
-Tu corbata está algo desacomodada déjame… -Por alguna razón el corazón del trigueño comenzó a latir a prisa tan pronto ella se puso de puntillas para alcanzar su cuello. Sus dedos eran tan suaves que cada roce con su piel mientras intentaba anudar su pajarilla le provocaba escalofríos. Cuando levantó la vista y vio la cercanía de sus labios y el embeleso de sus ojos, ella sintió lo mismo.
¿Siempre ella había sido tan hermosa? ¿Siempre él tan atractivo? ¿Siempre… siempre había sentido aquellas ganas locas por acercar sus rostros y solo…?
-¡Dense prisa o seremos los últimos en llegar!- Tan pronto escuchó la voz de Sonomi, Tomoyo dio un respingo rompiendo no sólo la cercanía entre ellos sino su tren de pensamiento.
Estaba segura de estar sonrojada, lo sabía porque en esos momentos su cara ardía como nunca. Seguro él pensaría que era una tonta, seguro no querría acercársele pensando en que ella …
-Deberíamos salir ya. No sea que tu madre se ponga como loca.
Al levantar la vista hacía él y ver su brazo extendido mientras mantenía la mirada al frente y sus mejillas ardían, se dio cuenta de que tal vez estaba totalmente equivocada. Tal vez todo aquel circo de buscar esposo era inútil y su príncipe azul siempre había estado allí junto a ella.
Tomó su brazo con esa idea y avanzó hasta la puerta mientras una boba sonrisa se dibujaba en sus labios. Quizás justo allí iniciaba su cuento de hadas, tal vez al fin había encontrado su verdadero amor.
-Cuantos recuerdos.
Los ojos de Tomoyo miraban con fascinación el mobiliario de aquella inmensa mansión que se había mantenido intacto con los años.
Habían ciertas modificaciones aquí y allá a la par con los cambios que había sufrido la moda y el buen gusto en los últimos veinte años pero en líneas generales seguía siendo la misma. Una enorme casa donde dos familias totalmente diferentes entre sí se vieron obligadas a convivir juntas y que por supuesto la había visto crecer.
-Perdona que aún no hayan limpiado como se debe, envié una carta la semana pasada para anunciarles nuestra llegada pero parece que se extravío en el correo. En seguida me pondré en contacto con la servidumbre para que hagan lo suyo.
-Descuida, solo necesitamos una habitación y la cocina y de eso podemos encargarnos nosotros. No vale la pena causar tantas molestias cuando sólo estaremos aquí dos días.
-Supongo que tienes razón.
El hecho de que ella mencionara una habitación en vez de dos de algún modo lo tranquilizaba.
Si algún conocido sabía que estaban compartiendo alcoba, el chisme correría como la pólvora y entonces tanto su madre como la de ella se enterarían de lo ocurrido. Si eso ya no le causaba tanta animadversión como al principio quería decir que las cosas iban mejor de lo que esperaba. Definitivamente había sido una buena elección traerla a Londres.
-Recuerdo que te quedabas en este asiento mientras nos visitaban nuestros pretendientes.- Señaló ella mientras pasaba su mano por uno de los sillones. -Nunca hubo alguno que regresara, espantaste a cada uno de ellos.
-No a todos. El que mi hermana esté a punto de ser la mujer más prolifera de Europa es prueba de eso.
Tomoyo sonrió mientras pensaba en ello. Su prima y mejor amiga ya iba por su tercer retoño y a juzgar por cómo ella y su esposo aun se miraban no dudaría que pronto fueran por un cuarto. Ellos, aunque jóvenes, también contaban con un amor digno de cuentos de hadas. Definitivamente si no fuese Shaoran, no podía pensar en nadie mejor para ella, por mucho que Touya se negara a reconocer tal cosa.
-Por cierto. Hay algo más que quería mostrarte.
Anunció él mientras la halaba de la mano y la guiaba hacía una enorme sabana que cubría un extenso objeto. Ambos sabían de que se trataba, después de todo, Tomoyo pasó largas horas frente a él cuando era una niña aún.
-Lo reparaste.
-Así es. Conocí un hábil mecánico en uno de mis viajes y le pedí que lo hiciera. Se que tu madre te presionaba mucho para que aprendieras a tocar, pero también se que en verdad te hacía feliz poder hacerlo.
La amatista sonrió al recordar a Touya sentado en el banquillo solo escuchándola tocar y la forma tan afable en que alborotaba su cabello en felicitación cada vez que conseguía hacerlo de manera perfecta. Él siempre amó la música que ella hacía y ella por supuesto amaba aquellos íntimos momentos que pasaban solo disfrutando de la compañía mutua. Eran de esos momentos entrañables que amaba y extrañaba de aquel lugar y que la hacía dudar si su vida había sido tan mala como a veces solía pensar.
-¿Qué haces Touya? – Preguntó mientras reía ante las cosquillas que le provocó sentirlo tomarla de la cintura y treparla en el piano, colocándose entre sus piernas mientras su mano se posaba en su mejilla y la besaba.
Mentiría si no reconocía que a medida que pasaban los años más de una vez deseó que algo así pasara entre ellos. Una declaración de amor, un beso, una promesa.
Una y otra vez descargaba en el piano el anhelo por algo que sabía no debía pasar y ahora que estaba pasando, su razón la abandonaba una y otra vez hasta el punto de dejarla a merced de sus deseos. Era… como si todos los años que llevaba reprimiéndose y poniendo a raya sus anhelos se hubieran desbordado y ahora estuviera nadando en la lujuria.
-¿Qué te parece si elegimos la habitación en la que nos quedaremos y dejamos las cosas? Me encanta la idea de hacerlo aquí a plena luz del día pero no quiero arruinar la pintura del piano.
-Me parece bien. Guíeme usted señor de la casa.
Recibió un último y fugaz beso de su parte antes de separarse de ella y dejó que la ayudara a bajar de la cubierta. Aquella estancia jamás le había parecido tan llena de luz y color, y el sonido de sus pasos contra el piso de madera nunca le había parecido tan melodioso. Amaba todo esa compenetración, toda esa atracción incontenible. Había sido una tonta por el simple hecho de haber contemplado la posibilidad de no ir con él a Londres, no vivir aquel momento lleno de melancolía definitivamente habría sido todo un desperdicio.
-Bueno creo que podríamos compartir mi antiguo cuarto está vez.
-¿Que te parece mejor la alcoba principal?- Interrumpió ella, segura de que definitivamente no quería tener que toparse con amargos recuerdos. - Es mucho más amplia y tiene una vista exquisita del amanecer.
-No se si estaría cómodo durmiendo en esa cama. No después de que muriera papá.
La mirada de él se llenó de tristeza al mirar la en ese momento vacía alcoba y ella no pudo evitar sentirse culpable por el simple hecho de haberlo planteado.
Allí, en aquel espacio, su padre había dado su último suspiro. Había sido un día sumamente gris en aquella casa y también el único día que vio a Touya llorar.
El señor Fujitaka era una luz en aquella casa. No importaba lo tosca y desafiante que fuera su madre, él siempre la trataba con amabilidad y que decir de la manera en cómo trataba a su esposa e hijos. Ella había tenido la dicha de que la tratara con el mismo cariño que si fuera parte de su progenie y por ello, reconocía haber llorado mucho más de lo que hizo por su corrupto padre cuando desapareció dejándolas llenas de deudas.
No estaba segura de si vivía o no pero lo que si sabía es que no quería tener un matrimonio similar al que tuvieron él y su madre. Si iba a casarse, deseaba un amor tan puro y duradero como el que tenían los Kinomoto que seguía vivo aun después de la muerte de uno de los dos o al menos como el de Sakura y Shaoran que parecía ser cada día más fuerte.
-Esta casa esta llena de recuerdos felices y amargos. Supongo que es natural después de haber vivido aquí la mitad de nuestra vida.
-Si, es cierto. Por eso… - Murmuró él mientras la abrazaba por la cintura y colocaba su frente contra la de ella. - deberíamos enfocarnos solo en los buenos y crear algunos nuevos ¿no crees?
Tomoyo sonrió como ahora constantemente hacía y colocando sus brazos alrededor de su cuello dejó que el marcara el compás del deseo mientras la llevaba a su antiguo cuarto. Tenía razón, no valía de nada ahogarse en la pena o privarse de cosas buenas solo por sus dudas y temores. Aquella era su oportunidad de crear su propia historia y esta vez, pasara lo que pasara, quería esforzarse por aprovecharla.
-Había olvidado lo bien que se sentía comer al aire libre. Hasta podría tomar una siesta aquí tumbado en la hierba.
Después de grabar recuerdos acá y allá con el frenesí que los caracterizaba, habían decidido que lo mejor era tomar el almuerzo al aire libre en aquella pradera que por años fue su lugar favorito. Había sido una buena decisión, pues se habían pasado toda la tarde conversando de mil cosas y reviviendo memorias que creían olvidadas y que a mayor o menor grado habían marcado su vida en común.
Aunque su último comentario la había hecho pensar.
-¿No lo haces a los lugares a los que vas?- Indagó la amatista mientras lo miraba curiosa y se deleitaba en la manera en que la brisa agitaba su rebelde pelo achocolatado.
Touya había estado al menos una vez en cada uno de los continentes existentes, y si bien el paisaje en Londres era agradable y muy hermoso, estaba segura de que en los lugares a donde iba habían sitios mucho más deslumbrantes.
-No tengo tiempo para eso. Siempre estoy a punto de cerrar un jugoso trato comercial así que apenas me queda tiempo para algo más. Este mes han sido, por así decirlo, mis primeras vacaciones en estos diez años.
-No se si sea algo de lo que estar orgulloso.
-Lo es si piensas que podré jubilarme siendo lo suficientemente joven para disfrutar de lo que he trabajado. Entonces, podré viajar por el mundo tal y como ha sido mi sueño desde niño.
Tomoyo se quedó en silencio ante el futuro que él planteaba. Era cierto que allí mismo en aquella pradera habían hablado hacía casi veinte años acerca de lo que deseaban hacer cuando fueran adultos, pero una parte de ella se sentía decepcionada de que ni siquiera porque ahora tendrían un hijo él hubiera cambiado de parecer.
Claro está, la emocionaba tanto como a cualquiera la posibilidad de recorrer el mundo y visitar muchos lugares, pero sabía que con un niño pequeño y una sastrería en constante crecimiento… eso de viajar todas las semanas no parecía ser una posibilidad.
-Mira la hora que es. Necesito hacer los últimos arreglos antes de la subasta. ¿Crees que estarás bien aquí sola hasta que regrese?
-Por supuesto. Ten buen viaje.- Murmuró disimulando sus verdaderos sentimientos mientras lo sentía depositar un fugaz beso en su frente y alejarse. Y aún después de verlo partir, se quedó solo allí, mirando el horizonte mientras terminaba de degustar los aperitivos que quedaban en los platos.
En ese momento parecían lejanos los instantes que pasó viviendo sola en un lugar desconocido mientras intentaba hacerse un buen nombre. Ahora era una de las sastres más conocidas de esa parte del planeta y aun así, al ver a Touya marcharse en aquel carruaje se sentía extrañamente vacía.
Sin quererlo meditó un poco mas en aquello. Siempre había tenido una severa animadversión a las despedidas, pero cuando se trataba de Touya esa sensación aumentaba desde ese desafortunado día .
-¡Señor Fujitaka!
El amable hombre tuvo que hacer un esfuerzo para no caerse debido a la manera tan eufórica en que la normalmente calmada chica le había abrazado.
-Hola querida Tomoyo. Que gusto verte. Has crecido mucho en estos últimos seis meses.- Lo vio mirar con disimulo a su alrededor buscando algo que sentía faltaba en aquella imagen. - ¿Dónde está mi querida Nadeshiko?
-La tía Nadeshiko está en casa de Sakura, ha estado muy contenta con la buena nueva de su embarazo y según parece ha olvidado que regresaban en el día de hoy.
-Lo entiendo bien, Nadeshiko siempre a deseado tener nietos, aunque claro está, yo los he deseado más que ella.
Tomoyo sonrió con cariño ante la imagen tan tierna que llegó a su mente al imaginarse al hermoso bebé que seguro nacería y entonces cayó en cuenta en que si bien todos estaban felices con la noticia, había alguien que seguro estaría echando chispas desde que se enteró de que su hermana había quedado embarazada tan pronto entrar al matrimonio.
-¿Y Touya? No me diga que ha decidido venir un día después de usted.
-No, hemos venido juntos. Es solo…
-¡Tomy!
Al escuchar su voz, dejó al señor frente a ella con la palabra en la boca y corrió en su dirección sonriendo al sentirlo girarla como hacía desde niña cuando regresaba de algún viaje y lo abrazaba con euforia.
No pudiendo ocultar su alegría al ver que no sólo estaba mucho más guapo sino que llevaba puesto el primer traje de hombre que se animó a confeccionar.
- ¿Así que por fin decidiste volver de tu largo viaje? No sabes lo difícil que ha sido lidiar con mi madre sin ti para molestarla. Estuve a nada de tomar un barco e ir a buscarte.
-Lo siento. Es solo que… estuve algo ocupado. Digamos que ocurrieron un par de felices coincidencias.
La manera tan extraña de su sonreír mientras miraba al carruaje le hicieron sentir algo confundida, pero pensando que solo estaba teniendo un grato recuerdo lo tomó del brazo y lo sacudió un poco dispuesta a sacarlo de sus cavilaciones.
-Como sea. Te perdonaré en cuanto me enseñes esa gran sorpresa que dijiste que traías. ¿Qué será está vez? ¿Te has comprado un elefante en la India? O mejor aún me has traído las telas que tanto quería desde Egipto.
-Ni una ni la otra aunque lo del elefante es una idea estupenda.- Contestó sin borrar su inusual sonrisa mientras señalaba que su sorpresa estaba algo más viva.
Nunca olvidaría el momento en que oyó ese nombre salir de sus labios y vio a aquella mujer bajar del carruaje. Su piel color melocotón era fascinante y su cabello rojizo totalmente lacio le daba un aspecto digno de la realeza misma. Era hermosa, realmente hermosa, aquellos avellanas brillaban como un par de zafiros y su sonrisa era tanto o más deslumbrante que su silueta. Tanto que solo verla e imaginar lo que estaba pasando le provocó una inmensa opresión en el pecho.
-Ella Tomy, es Kaho Mitsuki. Es mi prometida. Nos casaremos en mes y medio.
-¿Tomy?- Solo al sentirlo agitarla por los hombros pudo recuperar el sentido. Prometida. Mes y medio. Todo estaba pasando tan aterradoramente rápido que sentía que se desmayaría.
Le había parecido raro que tardara tanto en regresar y el misterio con el que últimamente estaban impregnadas cada una de sus cartas debió darle un adelanto de la hecatombe que se avecinaba.
Al final, los cuatro habían ido a casa de Sakura para felicitarla por la buena nueva. Pero ella simplemente no era capaz de pensar en otra cosa. ¿Qué era lo que había pasado para que él tomara una decisión tan apresurada? ¿Por qué… por qué le dolía tanto el pecho cada vez que lo veía sonreírle totalmente ajeno a su existencia?
Pero aquello no fue lo peor.
Aun recordaba la mirada aterrada de Touya sobre ella mientras su camisa yacía hecha un lio debido a aquello que había estado haciendo cuando entró sin previo aviso a su habitación.
Era la primera vez que lo veía tan avergonzado y abrumado, y no era para menos, el que lo hubiera visto con su prometida medio desnudo y en una situación sumamente comprometedora era sin duda lo más aberrante que jamás hubiera contemplado. No tenía mucho conocimiento de esas cosas pero estaba segura de que…
-Lo que acabas de ver es…
-Ya lo sé. Sakura me habló de ello… parece que las personas casadas tienen ese tipo de contacto con el objetivo de tener hijos. Lo que no entiendo es porque tu y ella…
-Es difícil de explicar… -Touya alborotó su cabello desesperadamente mientras por primera vez en la vida evitaba su mirada.- Verás cuando al fin ocurre, cuando se traspasa esa delgada línea, es difícil no volver a repetirlo. Es como… como si una fuerza mucho más poderosa que tú te empujara hacía la persona que amas.
-¿La persona que amas?
-Tomoyo...
-Descuida, lamento haberte hecho pasar por algo tan engorroso. Guardaré el secreto así que no te preocupes, ahora… deberías volver con ella.
Él se alejó de ella algo dubitativo y al entender que de nada valía darle mas vueltas al tema se marchó a través de la puerta dejándola allí sola.
Ella caminó hasta la cama y se dejó caer en ella. Sus manos temblaban y tenía unas ganas increíbles de ponerse a llorar, no entendía lo que ocurría pero necesitaba de manera desesperada un desahogo para aquella angustia o sentía que moriría de dolor.
Intentó guardar distancias con él, intentó disimular su sus sentimientos ante esa situación. Apenas tenía ganas de salir o hacer nada y por supuesto la mayoría de los ocupantes de la casa pensaban que estaba enferma. Si no fuera por los vestidos que una que otra debutante le había solicitado encarecidamente que le confeccionara y que la habían mantenido ocupada seguro hubiera enloquecido.
Los días pasaban ridículamente rápido y a sólo dos semanas de la esperada boda, sentía que cada vez menos de su alma quedaba habitando su cuerpo.
-Tienes mucho sin salir en sociedad. Las personas comienzan a esparcir rumores al respecto. Tendremos que organizar una fiesta para aclararlo.
Cerró los ojos de golpe ante la intensidad de la luz que comenzó a entrar al tiempo que su madre abría las ventanas.
Ese día no tenía ningún vestido que hacer y por supuesto tampoco tenía ninguna motivación para salir de la cama. Estaba visiblemente más delgada y sus ojos eran bordeados por profundas líneas oscuras que añadían varios años a su rostro y aun ante tanta miseria, estaba segura de que lo que su madre planteaba no haría más que hacerla sentir más desafortunada.
-No estoy segura de que esté en condiciones de estar en una fiesta, mamá.
-Escucha Tomoyo, he estado siendo consecuente contigo y tus… pasatiempos, pero ya estás a punto de cumplir tus veinte y aun nadie digno a pedido tu mano. Estoy comenzando a preocuparme por tu bienestar a futuro.
Tomoyo abrió la boca para decir algo, pero mejor decidió quedarse callada. Su madre enloquecería si sabía que en realidad si había recibido cientos de propuestas en los últimos meses pero las había rechazado todas y cada una segura de que aquellos jóvenes no eran los adecuados para ella.
Aunque a decir verdad con Touya y su prometida andorreando por doquier llenando cada espacio con su felicidad vivir en aquella casa se había convertido en un infierno. Tal vez, sólo tal vez, estar en una fiesta rodeada de gente nueva e interesante no fuera tan mala idea después de todo.
-Puedes organizarla si deseas, yo asistiré aunque, si no me siento bien voy a retirarme temprano.
-Como quieras. Solo me hace falta una hora.
-¿Una hora? Para que necesitas…
No tuvo tiempo de preguntar.
Su madre había estado actuando muy extraña últimamente. Hacía mucho que no discutían por el asunto del matrimonio así que o ya había tirado la toalla o traía algo entre manos. Esperaba desesperadamente que fuera la primera pues no estaba de humor para ninguna sorpresa más. Pero como siempre, el cielo simplemente la odiaba.
-Veo que no se ha animado a bailar ni siquiera una pieza señorita Daudoji.- Levantó la mirada al escuchar aquella voz conocida y se obligó a sonreír al ver al elegante señor de ojos azules sentarse a su lado.
Eriol Hiragizawa había sido el abogado de su familia desde mucho antes de que ella naciera y siendo como era de la edad del señor Fujitaka podía decir que casi lo veía como un padre. De hecho, desde que había quedado viudo y sin descendencia lo veía más a menudo visitando a su madre. Hasta había llegado a considerar la posibilidad de que como iban las cosas se convirtiera en su padre de verdad.
-Buenas noches Sir Hiragizawa. ¿Cómo están los negocios?
-Bastante bien. Hoy día se necesitan más los abogados de lo que la gente cree. No me alegro de las desgracias ajenas, pero debo reconocer que los problemas de los demás son lo que me dan de comer.
-Yo no diría que solo le dan de comer. Con todas sus propiedades bien podría ser el hombre mas acaudalado de toda Londres.
Él sonrió con modestia mientras se encogía de hombros.
-De cualquier forma no estoy aquí para hablar de finanzas o vocación, la he visto sola y he pensado en bailar una pieza a su lado si no es mucha molestia, aunque un sí me haría muy feliz.
-Por supuesto. Ya me estoy entumeciendo de estar sentada.
A decir verdad sólo aceptó aquello porque le parecía grosero rechazarlo. Él siempre fue amable, y obviamente quería acercarse a ella. Cualquiera querría llevarse bien con la hija de la mujer que planeaba desposar así que al menos debería colaborar con su sincero interés.
-He escuchado que ahora se dedica a la confección de hermosos vestidos. Me parece fascinante que una joven de su nivel disfrute con ese tipo de tareas manuales.
-Lo disfruto mucho Sir Hiragizawa. Y para serle sincera deseo dedicarme a ello en un futuro no muy lejano.
-Ya veo. Me parece bien que las jóvenes de hoy tengan altas aspiraciones, aunque debo reconocer que lo que plantea me inquieta un poco. ¿Acaso no está en sus planes tener hijos?
-Si, lo están de hecho.
-¿Y como piensa equilibrar sus quehaceres con ser madre y esposa que es por supuesto, una labor de tiempo completo?
-Bueno, eso es algo que pensaré cuando encuentre un prospecto. Seguro lo conversaremos y llegaremos a algún tipo de acuerdo.
Él caballero comenzó a reír para su confusión y aunque lo escuchó disculparse por su reacción, no pudo evitar quedarse muda al escuchar su tenebrosa explicación al respecto.
-Se que es una joven muy modesta pero no es necesario que andemos con rodeos. Si vamos a casarnos en solo unos meses es necesario que hablemos de esas cosas desde ahora.
-Perdone, ¿ha dicho casarnos?
-Así es. ¿Su madre no le habló apropiadamente de mi propuesta?
Su mirada buscó desesperadamente a su madre y al encontrarla, por un momento olvidó la etiqueta, los modales y el hecho de que en aquella fiesta estaban las mayores esferas de la sociedad.
Toda la frustración que sentía, todo el dolor que había estado aguantando en silencio solo estalló y cuando vino a darse cuenta no sólo había insultado a su madre frente a todos si no que había jurado que prefería morir antes de casarse con una persona a quien fuera incapaz de amar.
Las miradas de todos estaban sobre ella. Conocía esas miradas. Eran de condena, de repudio. Se había acabado, estaba acabada. A partir de entonces sería la vergüenza de aquella sociedad. La desafortunada joven que tenía ante sí un brillante futuro y lo había echado todo por la borda por seguir un sueño ridículo.
Salió corriendo hacía el jardín lateral, tropezando entre la hierba húmeda que al final la obligó a dejar atrás uno de sus zapatos.
Estaba tan cansada. Cansada de fingir, de soportar, de callar. Odiaba a su madre, odiaba a esa mujer que le había robado a Touya, odiaba su suerte. Si tan solo… si tan solo pudiera huir muy lejos dónde nadie le conociera.
-Tomy ¿Estás bien?
Escuchar su voz a sus espaldas derritió su alma y como si se tratara de una niña de cinco años lloró con fuerza mientras él la abrazaba. Sentía tanta impotencia, tanto dolor. Su mundo, su pequeño mundo se estaba derrumbando y no tenía las fuerzas para sostenerlo. Necesitaba que él lo sostuviera por ella, que él siguiera abrazándola hasta que las partes rotas de su alma volvieran a unirse.
Sintió sus dedos deslizándose por su cuello con delicadeza y entonces al verlo sonreírle se dio cuenta de que una diminuta y alargada piedra pendía de su cuello. Una pequeña amatista. Alguna vez le había dicho a Touya lo impresionada que estaba con su color y según parecía en uno de sus viajes se había acordado de ello y se lo había traído. Era en serio hermosa.
-Feliz cumpleaños Tomy. Espero no lo hayas olvidado con tanto jaleo. Hoy cumples veinte y espero que a partir de esa muestra de valentía tuya de hoy seas capaz de seguir tomando las riendas de tu destino y conseguir todo aquello que desees tener.
Sostuvo con fuerza la pequeña gema y comenzó a llorar en silencio mientras él volvía a abrazarla. Su camisa se sentía húmeda y su pelo gotereaba. Apenas se daba cuenta de que llovía.
De hecho, ni siquiera era consciente de lo mucho que temblaba. Solo él era capaz de regresarla a la realidad… sólo él le hacía sentir que la vida realmente valía la pena.
Tomó su mano haciendo que él la mirara confundido mientras la veía acercarse a su rostro y aunque sus ojos mostraban gran sorpresa no sintió que hiciera ningún esfuerzo por retirarse. Podía sentir su aliento mezclándose con el suyo mientras el besar sus labios dejaba poco a poco de ser sólo una tentativa, él apenas respiraba, apenas se movía. No le importaba si su boca había besado a alguien mas, si él nunca la había visto de esa manera hasta ese momento, lo deseaba, él era lo que más deseaba en el mundo y si debía renunciar a su virtud para estar a la altura de sus deseos, pues así lo haría.
Lo amaba, lo amaba demasiado y por primera vez una parte de ella sentía que había posibilidades de que no fuera la única. Pero su burbuja explotó.
Tan pronto se percató de su presencia, tan pronto vio los ojos carmesíes de su prometida mirándolo con decepción, soltó su mano y se fue tras ella dejándola en la inmensidad de la oscuridad, en la intensidad de la lluvia, dejándola como realmente estaba, completamente sola.
Aquella noche fue el fin de su relación con Kaho y un par de días después tuvo que despedirse de él. Ni siquiera era capaz de mirarla a los ojos, jamás volvieron a hablar del significado de esa noche. Él solo se alejó y ella se quedó allí con un montón de sueños rotos y una maleta llena de gemas preciosas.
-¿Segura que estarás bien sin mi aquí? Tu madre…
-Descuida estaré bien.- No, no lo estoy. - No creo que se atreva a prometerme a alguien más después de la humillación de la otra noche. -No quiero que te vayas. – A partir de ahora seguiré mis sueños. -Lo único que quiero es que te quedes aquí conmigo.
-Bueno, en ese caso me voy más tranquilo. Cuando estés lista busca un lugar donde puedas poner tu propia sastrería. Conozco a alguien en Francia que puede conseguirte un buen local, habrá que adecuarlo un poco pero seguro que logras apañártela. Se que serás grande.
En ese momento, mientras lo veía darle la espalda y subirse a aquel navío, deseaba confesarle que su sueño no estaría completo sin él ahí dándole ánimos pero no dijo nada al darse cuenta de que no tenía caso. Si en verdad le preocupara como se sintiera no hubiera hecho las maletas, si en verdad quisiera quedarse no se estaría marchando.
Agitó la mano en señal de despedida a la vez que contenía las lágrimas que amenazaban con ahogarla y se prometía ser fuerte y cerrar su corazón a ese sentimiento. Pasó mucho tiempo antes de que supiera otra cosa de él, y cuando al fin lograron verse su mirada estaba muy lejos de ella.
-Tomy… -Se incorporó de inmediato al escuchar su voz en el pasillo y consiguió limpiar las lágrimas de sus ojos antes de que él hubiera ingresado a la habitación. Había anochecido antes de darse cuenta y si no fuera porque la luna tenía un intenso brillo esa noche estaría completamente a oscuras en aquella inmensa y solitaria habitación.
-He estado llamándote por toda la casa. Me he percatado de que estabas aquí porque has dejado la puerta abierta.- Lo escuchó explicar mientras se sentaba en el borde de la cama.- Perdona por dejarte sola tanto tiempo, he traído algo para que comamos y he conseguido un nuevo libro que leer juntos.
-Ahora no tengo hambre y la verdad estoy muy cansada para leer, así que si no te importa me gustaría dormir un rato.
-Entiendo… pues entonces volvamos a la habitación y...
-Estaba pensando en que no sería bueno que durmamos juntos está noche. No sabemos si tu madre y la mía regresan de repente y sería complicado darles una explicación de esto.
Él pareció confundido al principio, pero solo se limitó a asentir y besar su frente antes de dejarla sola. Le prometió que daría un enorme paseo antes de la subasta del día siguiente e incluso aseguró que le compraría cualquiera de las cosas que allí se exhibieran si de hecho alguna llamaba su atención.
Un simple "Te quiero", el que hubiera intentado un poco mas convencerla hubiera sido suficiente para sanar sus heridas, para calmar sus dudas. Pero nada de eso salió de su boca, solo se alejó, se alejó como siempre dejándola allí sola con su agonía, con su repentino y desolador descubrimiento.
No tenía caso. Era obvio que el corazón de él no estaba con ella, aunque el de ella siempre había estado con él.
