¿Me entregarás tu corazón?
Capítulo Diez
–Creo que voy a marearme.Touya se acercó a Tomoyo. Estaban en la calle, frente a la casa de subastas. Tenía buen color, pues sus mejillas estaban sonrosadas por el aire fresco londinense de principios de octubre.
–¿Vuelves a tener náuseas? Ahí hay una maceta.
Tomoyo sonrió y lo tomó de la mano.
–Perdona, no lo decía en sentido literal. La idea de todos esos diamantes y millones de libras cambiando de manos me pone enferma.
–Ah –dijo él riéndose al tiempo que lo invadía una gran sensación de alivio. Parecía que Tomoyo se encontraba mejor por las mañanas, sobre todo desde que habían llegado a Londres, así que lo había sorprendido su repentina afirmación. Una exhibición de aquel calibre podía intimidar a un novato. Algunas de las mejores joyas y antigüedades del mundo pasaban por las puertas de Sotheby's, además de las exorbitantes cantidades de dinero que las acompañaban.
–Pensé que tal vez la merienda te había sentado mal. Hemos comido tanto que no me he sentido bien durante la mitad de la subasta.
–No, la comida era exquisita. La de ayer también fue fantástica, creo que aumentaré de peso en estos días.
Touya sonrió imaginándose cuándo su embarazo ya se hiciera notar y a Tomoyo le creciera el vientre. Seguro también se vería hermosa.
Miró el restaurante que se exhibía frente a ellos y sonrió divertido. Ese día habían merendado allí antes de ir a la subasta y habían recordado lo civilizados que era todo el mundo allí. Pensar que después de haber viajado por todo el mundo el modo de vida en el que se había criado le parecería tan ridículo. Las cosas se disfrutaban más cuando eran relajadas y espontáneas no estiradas y llenas de protocolos.
–Ahora volvamos a la casa. Ya está empezando a anochecer.
Tomoyo negó con la cabeza y tiró de él.
–Yo elijo el destino ahora así que sólo limítate a seguirme.
Él se echó a reír y la siguió. Con el aspecto que tenía aquel día, la seguiría adonde fuera. Llevaba un vestido verde esmeralda que le llegaba hasta más abajo de las rodillas. El brillante color contrastaba con su piel blanca y su cabello azabache. Todo ello, unido al embarazo, la hacía parecer radiante. Se había puesto unos pendientes de perlas que él le había mandado el año anterior por Navidad. Al ver lo bien que le sentaba el color, Touya se arrepintió de no haber pujado por una gargantilla de perlas que se había subastado esa tarde.
–¿Adónde vamos? –preguntó él cuando ya se habían alejado varias manzanas en dirección opuesta a la mansión.
–Me vas a llevar al Crystal Palace.
–¿Ah, sí?
El gigantesco museo en cristal no entraba en los planes de Touya, pero no le importaba ir. Nunca lo había visitado. En sus anteriores viajes a Londres se había centrado en las subastas y en ver a su madre y hermana jugar con sus sobrinos.
Touya alzó la mano para parar un carruaje. Cuando llegaran allí, se estaría poniendo el sol, el cielo se volvería naranja y las luces de la ciudad comenzarían a encenderse. Sería algo muy romántico, de no ser por las hordas de turistas que los acompañarían.
Aunque eso podía solucionarlo. ¿No quería Tomoyo grandes gestos románticos?
Cuando llegaron a la atestada plaza y a la larga cola, solo bastó hablar con uno de los guardias y ofrecerle un "regalo" para ser los primeros en entrar al lugar.
Tomoyo lo miró, sorprendida y él le sonrió con autosuficiencia.
–¿Sobornaste al guardia? –preguntó ella con una ancha sonrisa.
-Sólo recompensé su arduo trabajo. Es lo que se hace con los buenos hombres.
Tomoyo negó con la cabeza mientras él tomaba su mano.
La noche anterior se había preocupado por su reacción tan repentina cuando regresó a la mansión, pero ahora comenzaba a pensar que no tenía de que preocuparse. Él que ella fuese la que insistiera en visitar juntos un lugar así de romántico y atestado de personas definitivamente auguraba un excelente termino para su viaje a Londres.
Miró a su alrededor sabiendo que Tomoyo lo reprendería si seguía mirándola a ella tan embelesado y quedó anonadado con lo que veían sus ojos. El lugar era enorme y en él se podía contemplar todo tipo de monumentos endémicos que representaban distintas partes del mundo. Era como dar la vuelta al mismo en unos minutos. Definitivamente una experiencia emocionante para alguien como la mayoría que solo podía soñar con visitar otros lugares.
Caminaron de la mano entre las personas que ya estaban dentro mirando las esculturas. El sol se estaba poniendo y el cielo naranja y rojo iluminaba el techo de cristal sobre sus cabezas y Touya estaba seguro de que, esa noche, le había tocado el premio gordo. No solo era el momento perfecto, sino que lo acompañaba una hermosa mujer.
Al principio, ella se había mostrado reacia a emprender aquel viaje, sobre todo porque él le quería dar una sorpresa y no la había consultado, pero, al final, se había animado. Él ya había estado en Londres tantas veces que no se emocionaba cuando veía alguno de los lugares famosos. Con Tomoyo, veía la ciudad con otros ojos.
Tenía ganas de llevarla dondequiera que fuera y, si no podía hacerlo, prefería quedarse en casa y mandar a uno de sus empleados.
Tomoyo estaba de espaldas a él, contemplando el panorama. Llevaba el pelo recogido, por lo que el largo cuello le quedaba al descubierto. Touya sintió deseos de besárselo, de oír su grito ahogado de sorpresa y el gemido posterior, pero sabía que ella era demasiado discreta y aquel país en extremo conservador, cualquier paso en falso se convertía en algo de que hablar en las numerosas fiestas de la gente de clase alta. Eso era lo que lo sacaba de sus casillas de allí y lo que lo había motivado a recorrer el mundo en primer lugar. Aunque ahora que veía a Tomoyo se daba cuenta de que aquella decisión no fue del todo acertada.
La siguió hasta terminar en la gran fuente y una vez allí la abrazó por la cintura, apoyó la barbilla en su hombro y aspiró su aroma. Los guardias acababan de dar el anuncio de que pronto se cerrarían las puertas y todos obedientemente habían comenzado a salir del recinto dejándolos a solas por unos instantes.
–Es precioso –susurró ella.
–Tú eres preciosa –replicó él mientras besaba la piel de su hombro.
Ella se recostó en él suspirando de felicidad mientras el agua no dejaba de correr. La vista era espectacular, pero cuanto más tiempo estuvieran pegados el uno al otro, menos le interesaría a Touya.
Le apartó un mechón de cabello del cuello y la besó. Tomoyo ahogó un grito y ladeó la cabeza para darle más espacio. Él se desplazó por su garganta provocándola con los dientes, los labios y la lengua.
Ella se quedó inmóvil, y solo sus leves jadeos daban muestra de su creciente excitación. Su deseo de ella era difícil de ocultar. En el momento que la acarició, la sangre le bajó a las extremidades y lo invadió el deseo de poseer a su esposa.
Su esposa. Era gracioso que solo en unas semanas ya la considerara así. Le gustaba dormirse con ella en los brazos y despertarse viendo su rostro malhumorado. Necesitaba que se enamorara de él. No soportaría perder todo aquello una semana después.
Tomoyo dio media vuelta en sus brazos mientras el sol comenzaba a ocultarse. Lo abrazó por el cuello y enlazó los dedos en su nuca. De verdad que estaba preciosa ese día. Y aquel era un momento terriblemente romántico. Sin embargo, no podía dejar de pensar en las preocupaciones que llevaban persiguiéndolo una semana.
Tenían que superarlas.
–Tomoyo –dijo con la voz temblorosa de adrenalina y deseo.–¿Me querrás?
Ella esbozó una seductora sonrisa.
–Por supuesto.
Él negó con la cabeza. Tomoyo había respondido muy deprisa, por lo que pensó que lo había malinterpretado.
Ella le había entregado su cuerpo, pero no era suficiente. Quería más. Quería derrumbar sus barreras y destruir sus ideas erróneas sobre el amor.
–¿Me entregarás tu corazón?- Ella lo miró con los ojos como platos y la boca abierta, pero aun así continuó con su explicación– .Quiero que esto funcione, Tomoyo. Quiero que te enamores de mí para que tengamos una familia y todas las cosas maravillosas con las que has soñado. Pero tienes que dejar de resistirte. ¿Vas a permitirte enamorarte de mí?
Se produjo un largo y doloroso silencio mientras ella quitaba sus brazos de su cuello y se alejaba un paso, pero, cuando ella habló, él deseó que aquel silencio no se hubiera roto.
–Me pides que te dé algo sin contrapartida.
Esa vez fue Touya el que la miró confundido.
–¿A qué te refieres?
–Desde que empezó esto, te has asignado la misión de hacer que me enamore de ti. Y lo estás consiguiendo, aunque no lo notes. Pero tienes razón, me resisto porque tengo la impresión de que tú no te permites enamorarte de mí. Sé que lo pasaste mal con Kaho. Que rompiera el compromiso una semana antes de la boda fue cruel, sobre todo si ella llevaba tiempo teniendo dudas sobre vosotros. Te hizo daño. Nunca has querido hablar de ello, pero lo sé por cómo cambiaste: te dedicaste a trabajar a tiempo completo y abandonaste todo lo que conocías.
A él no le gustaba hablar de lo sucedido con Kaho, ni siquiera con Tomoyo. Hablar de ello suponía enfrentarse al mayor fracaso de su vida. Prefería fingir que no había ocurrido.
–Tengo que dirigir un negocio.
–Yo también. No es una excusa. Simplemente, te estás escondiendo. Perdiste a Kaho, pero yo he estado a punto de perderte. Te has sumergido en el trabajo y viajas tanto que los capitanes ya se saben tu nombre. Pero vas a tener que cortarte las alas si quieres que esto funcione. Creo que ambos tratamos desesperadamente de protegernos el corazón y tenemos miedo de no tener éxito y de perder todo lo que tenemos. Me permitiré enamorarme de ti, Touya, pero tú debes hacer lo mismo.
Touya tragó saliva. Era verdad lo que decía, pero no sabía cómo enfrentarse a ello. No se había entregado por completo a Tomoyo y no estaba seguro de poder hacerlo del mismo modo que en el pasado. Era una perspectiva intimidante, a pesar de lo mucho que él deseara que tuvieran una vida en común. Pero no tendrían la posibilidad si él no cedía. O, al menos…
–Tienes razón –dijo obligándose a sonreír–. De ahora en adelante, nada de contenerse. Me permitiré amarte y tú te permitirás amarme.
Una sonrisa radiante iluminó el rostro femenino. Antes de que él pudiera reaccionar, ella lo besó en los labios. Él cerró los ojos y se perdió en el contacto físico que había sido su consuelo las semanas anteriores.
La boca de ella era suave y acogedora. La lengua de él se abrió camino dentro de su boca, pidiéndole más, y ella lo complació apretando sus senos contra el pecho masculino y allí, sintiendo su cercanía no pudo entender por qué no había intentado aquello antes.
Tomoyo era perfecta para él en muchos aspectos. Sabía cómo acariciarlo y cómo manejar sus cambios de humor. No le daba miedo llamarlo mentiroso. Y, ninguna otra mujer le había atraído como ella. Desde que puso los ojos en ella por primera vez, supo que sería suya, como amiga o como amante. Cuando decidieron ser amigos, aparcó la atracción y guardó las distancias. ¿Por qué seguía conteniéndose, entonces? En el momento en que cediera a su enorme deseo de ella, todo se vendría abajo.
Ese pensamiento lo hizo separarse. Aquel era el beso que, supuestamente, marcaría el cambio a mejor de la relación. Los dos iban a ceder, y él tenía que convencerla de que decía la verdad, pero… aun seguía dudando.
En el momento en que sus labios se separaron, se encendieron las luces de la calle.
Tomoyo lo miró. La luz y las sombras resaltaban sus delicados rasgos. Sus sonrientes labios habían perdido el color rosa que tenían al llegar a aquel lugar por la intensidad de sus besos.
–Volvamos a la mansión –dijo ella jadeando levemente.
–¿No quieres ir a cenar antes?
–No. Llévame a la casa ahora mismo o te arriesgarás a que te haga algo escandaloso en este espacio público.
A pesar de lo tentador que le resultaba aquello, Touya vio que se acercaba uno de los guardias por lo que no tendrían tiempo de iniciar nada interesante, o al menos no de terminarlo, antes de que los detuviera.
Se apresuraron a tomar un carruaje para ir a la mansión. A Tomoyo le estuvo latiendo el corazón de forma desbocada todo el trayecto, y cuando se detuvieron frente al lugar sintió una opresión en el pecho.
No era hacer el amor con Touya lo que le producía ansiedad. Sentía tal deseo de él que no parecía poder saciarlo. Lo que le preocupaba era la conversación que habían mantenido frente a la fuente.
Ella le había dicho que le parecía que tenía miedo de entregarse completamente, pero era algo más que miedo. Aunque a él le inquietara perder la amistad o volver a hacerle daño, había algo más. Él nunca había ido detrás de ella en todos aquellos años.
Sin embargo, en el momento en que había un bebé a la vista, Touya estaba dispuesto a entrar en escena y reclamarla.
Había que plantearse, por tanto, la pregunta que ella no quería hacerse: ¿estaba Touya con ella únicamente por el bebé?
¿De verdad quería que se enamoraran o solo deseaba que ella lo quisiera lo suficiente como para seguir con la relación por el bien de su hijo? Tomoyo pensó que, de no ser por el niño, ella probablemente no hubiera consentido que la relación llegara tan lejos. Hubiera hallado alguna razón por la que no funcionaría. Pero sentía algo por Touya: algo que iba más allá de la amistad, más allá del cariño, y no se limitaba al simple enamoramiento.
El único problema era que no estaba segura del todo de llegar a tener el amor de Touya. Seguiría con ella por el niño. Lo conocía lo suficiente para saberlo. ¿Y la fantasía del gran amor con el que siempre había soñado? Le seguía pareciendo inalcanzable.
No podría conseguirlo si solo uno de los dos se había enamorado. Le parecía que estaba allí por obligación, a pesar de que él le había dicho que no iba a contenerse.
Tomoyo se estremeció ante la idea. Nunca había querido que alguien estuviera con ella porque creyera que debía hacerlo. Touya se sentía atraído por ella; de eso no había duda. Pero ¿podría haber algo más?
Los pensamientos le pesaban mientras se aproximaban a la habitación. Solo al cruzar la puerta alejó las dudas de su cabeza al tiempo que le quitaba a Touya el abrigo.
Como casi cada noche desde que vivían juntos, quería olvidarse de las preocupaciones en brazos de su esposo.
Ella se quitó la chaqueta y el vestido. Touya la abrazó y la besó hasta dejarla casi sin aliento.
–Nunca he deseado a una mujer tanto como te deseo a ti esta noche –dijo con voz ronca.
La ansiedad de Tomoyo se disipó al oír su voz y aquellas palabras le parecieron suficiente para sostener su pequeño castillo de arena. Él fue a decir algo más, pero ella le puso el dedo en los labios.
Ya habían hablado bastante ese día. Ya habían experimentado suficientes emociones y angustia. Lo único que ella deseaba en aquel momento era olvidarse de todo haciendo el amor. Él quería que se dejara llevar, y esa noche lo iba a hacer.
Fue allí, mientras se entregaba a Touya, cuando se abrió de verdad a él. Como si hubiera girado la llave en una vieja cerradura oxidada, se abrió a las emociones que había mantenido a raya durante tanto tiempo.
-Te amo… te amo tanto Touya. – Murmuró para sus adentros y al sentirlo tomar su cuello y besar su boca simplemente el peso que había llevado tantos años sobre los hombros solo se derrumbó.
Fue un momento asombroso. La calidez de su amor la calentó de dentro hacía afuera y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero, además del sentimiento, tuvo una revelación: no solo amaba a Touya, sino que lo había amado siempre. Ningún otro estaba a la altura de sus exigencias porque ninguno era Touya. Era su media naranja, la parte de ella que llevaba toda la vida buscando y que no había encontrado porque se había negado a mirar en el lugar más evidente.
–Tomoyo… –gimió él al tiempo que alcanzaba el punto de no retorno. Cuando llegó al clímax, su cuerpo experimentó una sacudida debido a la intensidad. Se le tensaron todos los músculos y gritó jadeando, buscando aire.
Incapaz de seguir erguida más tiempo, Tomoyo se desplomó sobre él. Ocultó el rostro en su cuello mientras los cuerpos de ambos temblaban. Ella le puso la mano en el corazón y sintió que sus latidos se espaciaban al mismo tiempo que recuperaban la respiración.
Había entregado el corazón a Touya. Ya era muy tarde para seguirse resistiendo a lo que sentía. No tenía fuerzas. Los treinta días terminarían poco después de volver a Francia, pero ya sabía cuál sería su respuesta: quería seguir con él y formar una familia.
–El viaje a Londres fue estupendo –dijo Tomoyo a sus socias.
Se hallaban sentadas descansando en el taller. Le parecía que hacía siglos que había dejado de trabajar, aunque solo había transcurrido una semana. Como le había pedido Rika, no fue a trabajar el fin de semana después de volver. Rika estaba en lo cierto con respecto al desfase horario. El viernes, Tomoyo se quedaba dormida cada vez que estaba sin hacer nada.
–Retiro todo lo malo que dije de Touya –añadió.
–Te lo dije –observó Nakuru–. ¿Qué fue lo mejor del viaje?
–Me lo pones difícil. La comida fue magnífica, así como visitar los lugares históricos y los monumentos.
–¿Se te han pasado las náuseas? –preguntó Chiharu.
–Sí – No había vuelto a tener desde que llegaron a Londres. También tenía más energía, lo cual le había venido muy bien durante el viaje–. Estaba muy contenta de poder comer. Allí, todo es diferente, pero parecido.
–¿Y el amor? –preguntó Chiharu con una sonrisa traviesa. Tomoyo notó que no estaba interesada ni en la comida ni en los monumentos–. Tienes aspecto de que te han querido bien.
–¡Chiharu! –protestó Tomoyo, sin poder evitar sonreír.
Las cosas habían cambiado entre Touya y ella en Londres. Cuando acordaron derribar las barreras, la conexión física y emocional se había fortalecido. Aunque todavía quedaba mucho por hacer, habían progresado de forma significativa.
–¿Estás enamorada? –preguntó Nakuru–. A Touya solo le queda hasta el miércoles para conseguirlo, pero, a juzgar por el hecho de que no dejas de sonreír, creo que ya lo ha logrado.
–Yo también lo creo –reconoció Tomoyo.
Las tres mujeres gritaron de emoción al unísono y aunque Akiho no reaccionó de la misma manera ni estaba empapada de todos los detalles su gentil sonrisa dejaba en evidencia que también estaba contenta por la situación.
–¿Se lo has dicho?
Tomoyo frunció la nariz.
–No, voy a esperar a que pasen los treinta días para hacerlo oficial. Además, nunca se lo he dicho a un hombre. Estoy un poco nerviosa.
–Que te lo diga primero él –propuso Rika, sin dejar de mirar su libreta.
No era mala idea. Tomoyo seguía recelando de los sentimientos de Touya. Externamente no le había dado motivo alguno para dudar de ellos, pero no podía evitarlo.
–¡He traído regalos! –anunció–. Esperad.
Fue a su despacho y volvió con tres bolsas. En cada una había una caja con la bandera inglesa que contenía galletas de mantequilla y té que había comprado en una pintoresca tienda.
Todas estaban admirando los regalos cuando tocaron la puerta delantera de la sastrería y una señora de mediana edad entró como alma que lleva el diablo. Era extraño, se trataba de su madre. Después de que ella decidiera mudarse a Francia y renunciar a la vida de sociedad ellas no estaban muy unidas, así que si el que le escribiera siempre le daba mala espina, imagínate el que fuera a visitarla.
-¿Mamá cuando has…?
–¿Te has casado? –le gritó Sonomi–. Y me entero de boca de Nadeshiko. ¡Y, además, estás embarazada! ¿Qué es esto? Ya sé que no nos llevamos muy bien, pero podrías haber tenido la delicadeza de comunicármelo antes de que la chusma lo supiera.
Tomoyo se quedó tan aturdida por la acusación de su madre que, al principio, no supo qué responder. Tardó unos segundos en asimilar lo que le había dicho.
¿La señora Nadeshiko? ¿Cómo demonios había llegado esa información a ella si…?
Tomoyo se quedó sin palabras. La furia de su madre no era nada comparada con la cólera que le corría por las venas. Touya se lo había contado a su familia. Y su madre había cometido el error de decírselo a la persona menos discreta del planeta.
Las cosas habían ido muy bien y el viaje a Londres había sido estupendo. Ella, por fin, había eliminado sus últimas reservas y se había enamorado de su mejor amigo. No había motivo alguno para que Touya se lo hubiera contado a su familia a sus espaldas.
¿Por qué lo habría hecho? ¿Temía que, cuando acabara el mes de prueba, ella se marchara? Touya era de esos hombres que tenía que ganar al precio que fuera. ¿Había sido ese su plan B? ¿Una forma de obligarla a hacer lo que él quería? ¿Creía que la podía coaccionar para que siguiera con él si su familia y sus amigos sabían que estaban casados y esperaban un hijo?
–¡Tomoyo! –gritó su madre al no obtener respuesta–. ¿Qué demonios sucede? ¿Es verdad?
Tomoyo agarró el bolso, se levantó y salió a través de la puerta. Estaba segura de que su madre intentaría seguirla exigiendo respuestas, pero no estaba dispuesta a hablar con nadie. Solo Touya iba a saber lo que pensaba.
El corto trayecto en carruaje hasta la casa sirvió para que se enfadara aún más, sobre todo al rodear la fuente frente a su enorme hogar.
Bajó del carruaje y miró el enorme edificio. Y cayó en la cuenta de que era una metáfora de su relación con Touya. Todo se había hecho conforme a los deseos de él desde el momento en que había llegado a Francia. No se habían divorciado porque él no había querido; estaban saliendo porque él había insistido; se desplazaban en el coche de él; se habían mudado a la casa que él había elegido; habían viajado cuando a él le convenía, a pesar de que ella tenía que trabajar.
Touya sabía tentarla para que accediera a lo que él deseaba. Pero esa vez había ido demasiado lejos.
Subió los escalones y cruzó el salón con furia hasta llegar al espacio que hacía las veces de despacho de Touya, quien firmaba tranquilamente unos papeles pensando probablemente en rubíes y diamantes, no en lo que había hecho.
Ella habló con la voz temblándole de una furia que apenas logró contener.
–Creía que habíamos llegado a un acuerdo.
Touya alzó la vista confundido.
–¿Qué pasa Tomy? ¿Por qué estas…?
Ella levantó la mano para que se callara.
–Empezamos esto con una serie de importantes normas. Una era pasar por un periodo de un mes de prueba y, en caso de que fuera necesario, separarnos como amigos. Otra, que viviríamos juntos en esta casa durante ese tiempo. Pero la más importante era que nadie sabría que nos habíamos casado y que estaba embarazada hasta que estuviéramos listos para contarlo. ¡Nadie, Touya! ¿Cómo has podido hacerlo?
La expresión de Touya se endureció mientras trataba de encajar las piezas.
–¿A qué te refieres?
–¡Mamá! –gritó ella–. ¡Ni más ni menos!
–¿Tu madre? –él frunció el ceño, confuso–. Ni he visto a tu madre en años.
–Pues ¿sabes quién si la ve a menudo? Tu madre, que acaba de anunciar a la persona mas tradicional del mundo que estamos casados y vamos a tener un hijo sin consultarle.
Touya se puso blanco como la cera.
–¿Mamá se lo dijo a Sonomi? ¡Oh, no! –gimió Touya al tiempo que se tapaba la cara con las manos. Era él quien tenía náuseas en ese momento. Lo sabía. Sabía que no debería haberle dicho ni una palabra a Yukito. Seguro pensó que haría alguna estupidez y se lo dijo a su madre para que interviniera si las cosas se complicaban.
–Tomoyo, no sabía que esto sucedería. Se lo conté a Yuki, solo a él. Y fue hace casi un mes, justo después de comprar la casa. Viajó hasta aquí solo para preguntarme por qué me había mudado tan repentinamente. Se lo dije pidiéndole que guardara el secreto. Si mi madre se ha enterado, es culpa de Yukito.
–No, Touya –lo corrigió ella con dureza–. Es culpa tuya. Fuiste tú quien reveló nuestro secreto cuando sabías que no debías hacerlo. No entiendo por qué lo hiciste.
–¡Ya te he dicho por qué! –se levantó y dio un puñetazo en la mesa de roble para dar más énfasis a su respuesta–. Quería que alguien de la familia supiera dónde estaba, porque, a diferencia de lo que te pasa a ti, a mí me cae bien mi familia. Elegí a Yukito porque pensé que era el que tenía menos probabilidades de ser indiscreto, pero me equivoqué y te aseguro que vamos a tener una larga conversación sobre cómo guardar un secreto.
Tomoyo negó con la cabeza y puso los brazos en jarras. Cerró los ojos y no respondió inmediatamente.
–Ha sido un accidente –prosiguió él–. Siento que se haya descubierto, pero, de todos modos, solo faltaban unos días para que lo hubiéramos contado. Por supuesto que no quería que mi familia se enterara así, pero ya no se puede hacer nada. Cuanto antes dejemos de pelearnos, antes podremos empezar a mandar cartas a todo el mundo para reducir los daños.
–¿Y qué les vamos a decir Touya?
Touya abrió la boca, pero la volvió a cerrar.
–¿Cómo que qué les vamos a decir? –preguntó por fin.
–¿Qué les vamos a decir? Los treinta días no han acabado. No nos hemos declarado amor incondicional. No me has pedido que me case contigo. Di la verdad, Touya. Se lo contaste a tu familia porque tenías miedo de no salirte con la tuya.
–¿Crees que lo hice a propósito? ¿Para qué? ¿Para chantajearte para que siguieras conmigo?
–Siempre te sales con la tuya, sea lo que sea lo que busques. El tiempo se acabará el miércoles. Enamorarse tan deprisa es prácticamente imposible. ¿Te ponía nervioso pensar que tal vez no ganases esta vez? No hay nada como hacerse una póliza de seguros para asegurarse de conseguir lo que uno quiere.
Touya se rio con amargura y negó con la cabeza.
En cierto modo, aquella situación la había provocado él. ¿Por qué? ¿Porque no quería que su hijo se criara saltando de una casa a otra como una pelota de ping pong? ¿Porque estaba dispuesto a sacrificar sus propias necesidades para hacer lo mejor para todos?
¿Eso lo convertía en el malo de la película? El gran manipulador, el que movía todas las cuerdas y la engatusaba para mudarse a una hermosa casa y realizar caros viajes. ¡Qué canalla!
Estaba cansado, cansado de fingir, de callar, de tratarla con guantes de seda.
–¿Y qué te hace pensar que algo de todo eso es lo que yo deseo?
Tomoyo fue a responderle, pero el duro tono de sus palabras la silenció. Él observó que se sonrojaba y que se le llenaban los ojos de lágrimas. Sabía que había hablado con dureza, pero no había podido evitarlo.
–Crees que soy como tu padre y que intento manipularlas para conseguir lo que quiero y luego tirar todo por la borda. Pues, mira, esto tampoco es lo que yo hubiera elegido. Vine aquí a divorciarme, y, en lugar de ello, resulta que tengo una familia y una vida a miles de kilómetros de donde se encuentran mi hogar y mi trabajo. He tratado de sacarle el mayor partido posible a una mala situación, pero me lo has puesto muy difícil, Tomoyo. ¿Quieres saber la verdad? Pues ahí va una dosis de sinceridad: eres una cobarde.
–¿Cobarde? –ella retrocedió como si la hubiera abofeteado.
–Sí. Vas diciendo a la gente que crees en el amor y que deseas encontrarlo desesperadamente, pero buscas cualquier excusa para evitar una relación que tenga posibilidades. Te vales de la coartada de buscar un amor mítico y perfecto para rechazar a todo aquel que intente amarte.
–No sabes nada de mis relaciones –dijo Tomoyo entre lágrimas.
–Lo sé todo sobre ti. Recuerda que soy tu mejor amigo, no el último tipo al que te has probado como si fuera un par de zapatos y has rechazado diciendo que no te valen. Te conozco mejor de lo que te conoces a ti misma. Creí que había algo bueno entre nosotros y que en pocos días daríamos una buena noticia a nuestros padres. Pero eres tan cobarde que te aferras a la mínima excusa para destruir la relación y, encima, echarme la culpa.
-¡Y que me dices de ti Touya! ¿Crees que la manera en la que actúas es muy valiente? Te fuiste de Londres a recorrer el mundo sólo porque no eras capaz de compartir el mismo suelo con la mujer que te había rechazado. Te olvidaste de que tenías una madre y hermana que necesitaban de ti. Te olvidaste de que yo te necesitaba. ¿Tienes idea de lo difícil que fue lidiar con las exigencias de mamá, ver como todos me miraban con desdén por haber rechazado a todos los hombres que querían casarse conmigo para tratarme como un mero adorno? Tu me animaste a seguir mis sueños, a no conformarme con ser lo que el mundo esperaba de mi y justo cuando me dispuse a serlo, cuando más necesitaba que sostuvieras mi mano y me ayudaras a avanzar, desapareciste. Tu si que eres un cobarde, tú… tu si que has acabado con el amor que sentía por ti hasta hacer que no quedara nada. Y ahora solo este niño es la única razón de que estés aquí, este niño es… –Tomoyo se detuvo con los ojos llenos de miedo, pero no lo miró. Ahogó un grito y se dobló sobre sí misma al tiempo que se agarraba el vientre–. ¡Oh, no!
Touya rodeó la mesa y corrió a su lado.
–¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
–Algo va mal. Creo que –lanzó un gemido–. Llévame al cuarto de baño, por favor.
Touya lo hizo y se quedó esperando pacientemente al otro lado de la puerta. Cuando oyó sus desgarradores gemidos, se dio cuenta de lo que sucedía.
-¡Diana!- Gritó con voz temblorosa.
-¿Qué ocurre señor Kinomoto?
-Llama al medico por favor. Necesitamos que venga de inmediato.
Cuando Tomoyo salió unos segundos después, estaba blanca como la cera y tenía la piel cubierta de una fina capa de sudor. Touya vio que le temblaban las manos al agarrarse al marco de la puerta. No estaba en condiciones de andar.
Él la tomó en brazos, y la recostó en la cama que no tardó en teñirse de carmín. Tenía tantas ganas de salir en el coche a buscar al doctor pero no era capaz de moverse y dejarla sola.
El corazón le golpeaba en el pecho mientras pasaban los segundos. Aquello no podía estar sucediendo de verdad. Tomoyo había dicho que el bebé era lo que los mantenía unidos y, hasta cierto punto, tenía razón. El niño no era la causa, pero sí la viga de acero que los reforzaba, de modo que ni los vientos más fuertes pudieran derribarlos. Era lo que le hacía esperar que pudieran tener éxito, lo que hacía que ella siguiera con él a pesar de sus reservas. Y estaba seguro de que lo estaban perdiendo. ¿Qué les pasaría? ¿Se les escaparía de las manos la relación sin el niño para servirles de ancla? ¿La pérdida los uniría más o los separaría?
Touya no lo sabía. Mientras esperaban, de vez en cuando miraba a Tomoyo. Estaba doblada sobre si misma con los ojos cerrados. Se mordía el labio inferior para contener las lágrimas de dolor y miedo mientras temblaba. Le partía el corazón verla así. Sobre todo porque sabía que era culpa suya.
Lo había arruinado todo. Había sido un bocazas y había traicionado la confianza de ella. Y se había servido de sus propias palabras duras y dolorosas como excusa para atacarla y decirle cosas horribles. Y ella iba a perder al bebé.
Con las piernas temblando, se dejó caer en el borde de la cama a la vez que sostenía su mano y deseó poder volver atrás, retroceder en el tiempo para evitar que aquello hubiera sucedido.
