¿Me entregarás tu corazón?

Capítulo Once

Nada de lo que usted hizo fue la causa. Entre un diez y un quince por ciento de los embarazos fracasan en el primer trimestre.

–Pero usted dijo que el bebé estaba bien en la primera cita. –dijo Touya al doctor, aunque sabía que no iba a servir para nada. Tomoyo seguía tumbada en la cama en silencio.

–En esta fase, se producen muchos cambios en dos o tres semanas. Y, por lo que parece, el bebé dejó de crecer a las siete semanas y el cuerpo de su esposa ha tardado el resto del tiempo en expulsarlo. La señora Kinomoto ha dicho que las náuseas habían cesado de repente y que tenía más energía. Cuando se está embarazada de tan pocas semanas, eso indica una alta probabilidad de que el bebé haya dejado de desarrollarse.

–¿Así que no ha sido a causa de algo que haya sucedido hoy…? –Touya se calló. No quería preguntar directamente al médico si la alteración emocional que había sufrido su esposa por su culpa le había hecho perder al bebé, a pesar de que era la pregunta que lo llevaba atormentando toda la tarde.

–No, no. La naturaleza ha seguido su curso. Pero el lado positivo es que no hay motivo para que ustedes no lo vuelvan a intentar. Tómense un tiempo para recuperarse. Usted, señora Kinomoto, dele unos meses de descanso a su cuerpo y vuelva a intentarlo. El hecho de que haya abortado esta vez no implica que vaya a hacerlo de nuevo. No tiene ningún factor de riesgo, así que yo no me preocuparía.

–Gracias, doctor –dijo ella, por fin. Era la primera vez que hablaba desde que había saludado al doctor y le había dicho cómo se sentía.

–Bueno, como todo parece estar bien, me marcho. Aquí hay una lista de instrucciones de lo que debe hacer y tomar durante los próximos días. Si no tienen más preguntas, tengo que dejarlos.

Como ninguno de los dos dijo nada, el médico le estrechó la mano a Touya y salió de la habitación.

Este se dejó caer en la silla que había al lado de la cama sin saber qué hacer. Se sentía impotente, y lo odiaba. Ella lo había acusado de controlar siempre todo, de salirse con la suya, y tenía razón. No le gustaba no poder solucionar las cosas, y aquella era una que no podía resolver.

Con cuánta rapidez había cambiado todo. Unas semanas antes, ninguno de los dos había pensado en tener un hijo, mucho menos juntos. Y el niño había desaparecido. Le parecía que le habían arrancado una parte de sí que nunca recuperaría.

Ni siquiera sabía qué decirle a Tomoyo. Era su mejor amiga, y a él nunca le habían faltado las palabras cuando estaba con ella.

Sin embargo, en aquel momento, no estaba seguro de dónde se encontraban. Estaba seguro de que ella no querría intentar volver a quedarse embarazada. Las últimas palabras que se habían dicho antes del aborto habían sido cortantes y dolorosas. Ni siquiera estaba seguro de que, al salir de la habitación, siguiera teniendo a una amiga, mucho menos una esposa.

–Touya… –dijo ella, por fin.

–¿Sí? –se levantó de un salto y se situó al lado de la cama.

Tomoyo tenía mejor color, lo cual no era decir mucho. Círculos grises le rodeaban los ojos. Estaba sana, pero no estaba bien.

–¿Necesitas algo?

–No.

–¿Cómo te encuentras?

–Mejor que antes –respondió ella esforzándose en sonreír–. Quiero que te vayas a casa, Touya.

–Pero estoy en casa.

–No me entiendes. Quiero que vuelvas a Japón.

Aunque él había previsto esa posibilidad, no se esperaba la dolorosa sensación que le oprimió el pecho al oír sus palabras. Era un dolor insoportable, peor que nada de lo que hubiera experimentado, ni siquiera cuando había roto con Kaho una semana antes de la boda.

–Tomoyo…

Ella levantó la mano para que no siguiera hablando.

–Por favor, Touya. Eras y sigues siendo mi mejor amigo. Nunca debimos haber sido nada más. Cometimos un error y lo aumentamos al intentar mantener una relación distinta por el bien del bebé. Siento que todo esto haya sucedido y haberte hecho pasar por ello, pero se ha acabado. Las cosas han salido como debían. Sin niño, no hay razón para que sigamos juntos.

Touya intentó tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, pero siguió obstinadamente allí mientras él trataba de respirar.

–Si no te importa –prosiguió ella al ver que él no decía nada–me quedaré en la casa unos días hasta que consiga dónde vivir.

–No debemos tomar decisiones apresuradas. Tómate unos días y veras que…

Tomoyo suspiró y le palmeó la mano.

–Los dos sabemos que no necesitamos unos días. Estábamos rompiendo esta mañana, antes de que las cosas se torcieran. Ahora no tendremos que enfrentarnos a las interminables complicaciones de la custodia ni a la violenta situación de tener que vernos ante otras personas. Puedes seguir viajando por el mundo sin tener que preocuparte del bebé ni de mí, y yo puedo volver a mi pequeño piso para seguir buscando el amor. Así debe ser.

Touya sintió que el pesar se transformaba en ira. Ella estaba enfadada con él esa mañana, era verdad. Pero, de haber acabado la pelea, él se hubiera encargado de que solo hubiera sido eso: una pelea. Las parejas se peleaban de vez en cuando, lo cual no acababa con la relación.

Tomoyo estaba usando la excusa de su madre, al igual que la del aborto, para alejarlo. Cada vez que se sentía cercana a alguien, le entraba pánico.

–No se trata solo del niño, Tomoyo. Mírame a los ojos y dime que no sientes nada por mí. Dime que no estás enamorada de mí y saldré por esa puerta.

Ella lo miró fijamente a los ojos.

–No estoy enamorada de ti, Touya.

Mentía. Él sabía que mentía. Sus dedos frotaban la manta ansiosamente, del mismo modo que jugueteaba con sus mechones de pelo cuando intentaba ocultar sus sentimientos

Suspiró. No quería seguir discutiendo. Aunque ella lo amara, no quería estar con él por los motivos que fuera. Nada había cambiado con los años.

Lo último que deseaba Touya era imponer su presencia a una persona que no quería estar con él. No era la primera vez que una mujer opinaba que no estaba a la altura. Si Tomoyo deseaba que se fuera, se iría. Tenía trabajo en Japón, una vida y un piso. Si no había motivo alguno para seguir en Francia, no deseaba continuar allí ni un minuto más.

–Muy bien –dijo con un suspiro de resignación–. Si eso es lo que quieres… Le diré al agente arrendario que la casa estará libre dentro de una semana.

–Yo llamaré a Nakuru para que venga a quedarse conmigo esta noche.

Touya la miró. ¿Ni siquiera quería que durmieran bajo el mismo techo esa noche?

–Muy bien. Si no deseas nada, no voy a molestarte ni un minuto más.

–Touya… –Tomoyo comenzó a hablar con un tono mimoso que él no estaba de humor para oír.

–No, está bien. Quieres que me vaya, así que me voy.

Le apretó la mano, pero fue incapaz de mirarla a los ojos. No quería ver la existencia de un conflicto en ellos porque eso le daría esperanza y, conociendo como conocía a Tomoyo, sabía que no había ninguna.

–Cuando estés lista, enviaré a mi abogado para que firmes los papeles del divorcio y se los mande al mío. Que te mejores.

Dicho lo cual, Touya salió al pasillo cerrando la puerta. Se apoyó en la pared y echó la cabeza hacía atrás. Sentía una opresión tal en el pecho que apenas podía respirar. Sus manos querían atraer a Tomoyo hacía sí y estrecharla en sus brazos. Pero no lo haría. Por primera vez en su vida, perdería, ya que ella así lo quería.

Y en ese momento se dio cuenta de que lo hacía porque la amaba lo suficiente como para concederle lo que deseaba, aunque acabara con él.


Tomoyo ya pensaba que la casa era grande cuando estaban los dos. Touya se había llevado sus cosas, algo de ropa y el montón de papeles de aquel maletín que llevaba a todos lados antes de que Nakuru llegara para estar con ella. Ella supuso que del resto se encargarían los hombres que Touya prometió contratar.

La casa no había estado llena antes, ni mucho menos, pero la ausencia de Touya la hacía parecer aún más vacía. Al estar sola, era como haberse quedado encerrada en un museo de noche. Iba pasando de habitación en habitación en medio de un extraño silencio y de sombras desconocidas.

La primera noche que había pasado allí no había estado sola. Tal y como pidió Nakuru había ido a la casa y sus amigas también habían acudido a su encuentro. Estaban en la cama. Había macarrones de colores y te. Leyeron una estúpida comedia romántica y se burlaron toda la noche del amor y de las relaciones y como todas en la habitación habían pasado las mil y una en busca del mismo.

Esa noche era la primera en que estaba sola. Nakuru se había ofrecido a estar allí hasta que se mudara a otro lado, pero Tomoyo le había dicho que prefería estar sola para aclarar sus ideas. En realidad, estaba acostumbrada. Siempre había vivido sola desde que decidió hacerse camino en Francia. Y no sabía por qué haber vivido con Touya solo unas semanas hacía que le pareciera que él siempre había estado ahí.

Touya había vuelto a Japón. Le había enviado una carta para decírselo. Aparte de eso, afortunadamente, la había dejado en paz. Cuando ella le había dicho que se fuera, no estaba segura de que fuera a hacerlo. Había visto en sus ojos que se resistía y que cerraba los puños con fuerza. Touya había intentado negarse y, por un momento, ella esperó que lo hiciera.

Le había mentido al decirle que no lo amaba, pero no iba a reconocerlo si él no la correspondía. Si ella le importara realmente y él no hubiera estado dispuesto a seguir solo por el bebé, se hubiera negado a marcharse. Le hubiera dicho que la amaba y que no iba a irse.

Pero se había marchado, lo que había confirmado sus peores temores, además de haberle partido el corazón.

Se había quedado tumbada en la cama sollozando en silencio. Había cesado al oír que llegaba Nakuru. Desde entonces, Tomoyo intentaba no derrumbarse, pero le resultaba difícil.

En un solo día, había perdido al hombre al que amaba, a su mejor amigo y a su hijo. A pesar de las promesas que Touya y ella se habían hecho, Rika tenía razón al creer que su amistad no sobreviviría a aquello, y eso era lo que más le dolía a Tomoyo.

Jamás se había sentido tan sola.

Tomoyo estaba en la cocina intentando prepararse un chocolate a la taza como el que le había hecho Touya cuando oyó toques en la entrada. Fue a abrir pensando que se trataba de Nakuru haciendo su milésimo intento por convencerla pero al ver la imagen de aquella señora de cabello gris salpicado de mechones blancos que esperaba impaciente que la dejara entrar tragó saliva y abrió la puerta.

Nadeshiko Kinomoto, la madre de Touya, se hallaba en el umbral.

La mujer acababa de cumplir cincuenta y tres años, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Tomoyo, aunque su parentesco fuera relativamente lejano era clavada a ella. Tenían el mismo ondulado cabello, sus ojos lo veían todo y poseía un irónico sentido del humor. Era inteligente y su sonrisa sempiterna le daba un aire lleno de calma que tranquilizaba a cualquiera.

Cuando Nadeshiko vio a Tomoyo, abrió los brazos y esperó. En cuestión de segundos, la entereza de la nívea desapareció y se lanzó a ellos llorando.

–Vamos, vamos –la tranquilizó Nadeshiko mientras le acariciaba el cabello y las lágrimas le empapaban el vestido. Cuando Tomoyo se hubo calmado, ella le dio unas palmaditas en la espalda–. Vamos a la cocina. Creo que un momento como este requiere una bebida caliente o algo dulce –miró las diversas puertas–. ¿Dónde está la cocina? Esto es enorme.

Tomoyo sonrió por primera vez y tomó a la señora de la mano para conducirla por el laberinto de vestíbulos y habitaciones hasta la cocina. Los ojos de Nadeshiko se iluminaron al verla, lo cual le recordó a Tomoyo que a ella le había sucedido lo mismo el primer día.

–Es preciosa, ¿verdad?

Nadeshiko asintió.

–Es estupenda –comenzó a abrir cajones y a inspeccionarlo todo–. Si el resto de la casa es así, me mudo.

–Está disponible, si la quieres alquilar –dijo Tomoyo con tristeza–. Sus actuales ocupantes la dejarán libre este fin de semana.

Nadeshiko vio la cacerola con el chocolate.

–Siéntate. Voy a acabar de preparar ese chocolate y, mientras, me cuentas lo que pasa.

Tomoyo se sentó en un taburete y observó a su tía lejana cocinar, como hacía cuando era niña. Había sido Nadeshiko quien le había transmitido su amor por la cocina y le había enseñado a no rendirse aun cuando lo que preparaba no quedaba como esperaba. Durante su infancia, Tomoyo estaba deseando que su institutriz la dejara en paz pues las demás horas del día se la pasaba con ella y Sakura, hasta que el señor Kinomoto y Touya llegaban de la Joyería.

Nadeshiko encendió de nuevo el fuego de la cocina y removió el chocolate. Sirviéndole una taza tan pronto estuvo listo. Definitivamente sabía igual al que Touya le había preparado.

–A ver cariño, ¿qué es eso de que te has casado con mi hijo y han estado viviendo juntos durante el último mes?

Tomoyo respiró hondo y comenzó por el principio. Acabó el relato con una triste conclusión.

–Y ahora se ha marchado. Y cuando yo me vaya de esta casa, será como si nada de todo eso hubiera ocurrido.

La señora tomó un sorbo de una taza de humeante chocolate y la miró con compasión.

–Lo dudo. Tal como están las cosas, nada será como era antes.

Tomoyo asintió concluyendo en que aunque no quisiera aceptarlo la señora Kinomoto tenía razón.

-¿Qué vas a hacer ahora mi niña? ¿Volver a tu rutina de antes?

–Sí –contestó ella–. Es posible que, más adelante haga algunos cambios en mi horario pero nada demasiado grande.

–¿Y Touya y tú?

Tomoyo se encogió de hombros y tomó otro sorbo de la taza.

–Espero que podamos seguir siendo amigos. Es evidente que no vamos a seguir unidos sentimentalmente. Supe desde el principio que no era el amor de mi vida, pero esperaba equivocarme.

–¿El amor de tu vida? –repitió su tía frunciendo el ceño–. ¿Qué tontería es esa?

–El gran amor, como el que había entre el señor Kinomoto y usted. Ese que mueve montañas y que te asegura que capearás todo los temporales con él a tu lado. El que hace que te sientas feliz al despertarte con esa persona todos los días. Debiera haber sabido que no iba a conseguirlo en un mes. ¿Cuánto tiempo estuvisteis saliendo el señor Kinomoto y usted antes de casaros?

Nadeshiko reflexionó más de lo que su sobrina esperaba. Frunció los labios mientras pensaba hasta que, al final, puso las manos sobre la encimera.

–Tres semanas.

Tomoyo se irguió bruscamente en el taburete.

–¡¿Cómo?!

–No vayas a ir diciéndolo por ahí. No lo sabe nadie más que tu madre y el abuelo que en paz descanse. Verás, Fujitaka y yo nos conocimos cuando él trabajaba como su catador de joyas. Él amaba la historia y los objetos antiguos. Me parecía guapísimo, pero era muy tímida y no me atrevía a hablar con él. Un día me preguntó si quería bailar con él en una fiesta que mi abuelo había organizado. Después me pidió que lo acompañara a dar un paseo. –añadió con una sonrisa pícara–. Y, a las dos semanas siguientes, nos escapamos juntos y nos casamos. Solo tenía diecisiete años entonces.

Esa no era la historia que a Tomoyo le habían contado. Sabía que el abuelo había roto comunicación con ellos por muchos años, pero jamás se imaginó que la razón fuera que hubieran hecho una locura de ese calibre.

–Pero el señor Fujitaka y usted tenían un amor perfecto, el gran idilio con el que siempre he soñado. ¿Cómo pudiste saber que era el hombre adecuado para ti, tu media naranja, en solo una semana?

Nadeshiko suspiró y se sentó en otro taburete al lado de ella.

–No existe el amor perfecto, Tomoyo, como tampoco existe la persona perfecta. Fujitaka y yo tuvimos que esforzarnos mucho para que la relación saliera adelante, tal vez más que otras parejas por habernos casado tan deprisa. Había veces en que me entraban ganas de darle con una sartén en la cabeza. Hubo veces, estoy segura, en que él deseó que hubiéramos salido más tiempo antes de proponerme matrimonio. Pero tomamos una decisión y tratamos de sacarle el mayor partido posible.

A Tomoyo, sus palabras le pesaban como plomo en el estómago.

–Al final, casarme con Fujitaka ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Obré por instinto, por pasión, pero acerté. Si hubiera reflexionado en exceso sobre ello, es probable que no nos hubiéramos casado. Hemos tenido altibajos, como todas las parejas, pero no lamento ni un solo minuto de los que hemos pasado juntos.

De pronto, Tomoyo recordó las palabras de Touya: «Tal vez acabemos siendo incompatibles. Si es así, lo dejamos y podrás seguir buscando a tu príncipe azul».

El príncipe azul… Mágico. Una fantasía. Se había pasado los diez últimos años de su vida persiguiendo un mito, y era la última en darse cuenta.

-¡Me siento terrible! ¡No se imaginará los hombres que he apartado porque no eran perfectos!

-Cariño, es posible que, de todos modos, ninguno fuera adecuado para ti.- Murmuró mientras acariciaba su mano conciliadoramente.- Pero no estoy tan segura sobre Touya. Me parece que te quiere más de lo que tú o él son capaces de asimilar.

–¿Por qué lo dices?

–Por la forma en que lo describes, por lo mucho que ha hecho por ti cuando no querías que lo hiciera. Sé que eso puede desesperar a alguien como tú, pero tienes que entender por qué lo hace. Mudarse aquí de un día para otro, alquilar esta casa, hacer todo lo que está en su mano para hacerte feliz… No son los actos de un hombre que se siente obligado por su futuro hijo, sino los de alguien tan enamorado de una mujer que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de verla sonreír.

Tomoyo negó con la cabeza. Deseaba que Nadeshiko estuviera en lo cierto, pero no podía ser verdad.

–No está enamorado de mí, señora Kinomoto. Se ha marchado, y no lo hubiera hecho si me quisiera.

–Creía que te gustaban los cuentos de hadas con grandes gestos románticos. En esas historias, el protagonista sacrifica lo más preciado de su vida por la persona amada. Si crees que Touya se ha marchado porque no te quiere, aun eres una niña. Se ha marchado y ha renunciado a ti porque era lo que tú deseabas, por que creía que era lo mejor para ti.

Tomoyo sintió el sordo dolor de los remordimientos. ¿Era posible que hubiera alejado de sí al hombre que la amaba, al hombre a quien amaba?


Atravesó a toda prisa el camino que daba hacia la entrada de la mansión, tirando de la mano de su prometida para evitar que siguiera corriendo bajo la lluvia.

Sus ojos avellanas evitaban su mirada y a juzgar por la manera en la que apretaba sus puños y temblaba, era obvio que aquella vez no sólo estaba molesta, sino profundamente dolida por su conducta.

-Kaho escucha. Lo que acabas de ver no es...

-¿No ibas a besar a tu prima?

Touya guardó silencio ante su pregunta sin saber que responder. En realidad lo que había visto si era lo que parecía, pero aquello tenía una lógica explicación, aún cuando esta no estaba clara en su mente.

-Te juro que lo que estuvo a punto de pasar no significa nada Kaho, solo… ella estaba muy triste, quería animarla y no sabía como conseguirlo, por eso yo solo…

-¿En serio aun no te das cuenta? ¿Tanto miedo tienes de que ella se aleje, que ni siquiera sabes porque haces las cosas?

Más que sus palabras, lo que le hizo sentir un nudo en la garganta fue el dolor que había en su mirada. No era la primera vez que lo miraba así, que discutían por el mismo asunto. Desde el día en que Tomoyo los había sorprendido juntos y se había dado cuenta de lo íntima que era su relación, inconscientemente él había intentado evitar situaciones en las que ellos estuvieran demasiado cerca uno del otro, en especial si se encontraban en su presencia.

Su excusa era que no quería que los miembros de la casa pensaran mal de ella por no haber conservado su castidad hasta el día de su matrimonio, pero lo que en verdad había en su rostro era un profundo pesar por haber decepcionado a alguien cuya opinión era más importante para él que cualquier otra cosa en el mundo, el arrepentimiento de alguien que se sentía avergonzado de estar caminando hacía un matrimonio cimentado sobre la única base de haber cedido a la pasión desenfrenada.

-¿De que hablas Kaho? No estoy entendiendo nada. Si te calmas y lo piensas verás que yo…

-La amas. Tú … la has amado todo este tiempo. Solo estás conmigo porque hemos llegado muy lejos para retroceder, pero en realidad, siempre has estado enamorado de ella.

-Eso es absurdo.- El agujero en su pecho sin duda crecía con solo la insinuación de tal posibilidad. -La que tiene la alianza en su dedo eres tú no ella. ¿Por qué me comprometería con una mujer si realmente amo a otra?

-Porque tienes miedo de lo que pasaría si intentabas acercártele de esa manera. Por que temes… que decir lo que en verdad tienes en el corazón no sólo te haga perder a la mujer que amas sino también a tu mejor amiga.

Como si su alma se hubiera fragmentado en pedazos y ahora quedara un cuerpo vacío en su lugar, la mano de él soltó la de ella y se quedó solo allí pensando en todo y en nada al mismo tiempo mientras ella lo miraba con los ojos llenos de lágrimas.

-Touya … eres un hombre muy noble. En serio agradezco que hayas intentado cuidar de mi y que estuvieras dispuesto a seguir con esto a pesar de lo mucho que te lastimaba, pero a estas alturas, no puedo conformarme con quedarme en casa esperándote sabiendo que tu corazón está en otro lugar, así que…

Se quitó el anillo, lo puso en su mano y salió corriendo debajo de la lluvia sin decir nada más. Nadie en su casa jamás supo porque había terminado con su prometida y a decir verdad durante años fue algo en lo que había evitado pensar.

Aquella realidad era algo demasiado aterrador para él, demasiado peligrosa para siquiera considerarla. Él era una persona que siempre debía ganar, que siempre conseguía aquello que se proponía, si Tomoyo era lo único fuera de su alcance… entonces prefería tener solo su amistad que perderla por completo por querer adquirir algo más. Aquello era suficiente, debía ser suficiente… o al menos eso era lo que deseaba pensar.

Vaciló unos segundos antes de girar el pomo y abrir la puerta principal de la casa que había compartido con Tomoyo. Vio que había luz en la cocina, pero el resto de la casa estaba a oscuras.

–¡Tomoyo! ¡Hola! –gritó con la esperanza de no asustarla pero nadie respondió.

Recorrió el pasillo hasta la cocina. Tomoyo estaba frente a la encimera y lo miró al entrar.

–Hola.

–Hola.

Ella tenía mejor color que el día en que abandonó la casa, y no parecía tan cansada. Tenía un aspecto informal, con el pelo recogido en una cola de caballo y un vestido muy sencillo. Estaba rígida y agarraba una botella de vino. En la otra mano blandía el sacacorchos.

–¿Quieres una copa de vino? –le ofreció–. Iba a abrirla.

–Sí, gracias. Déjame… –se interrumpió. Iba a decirle que le dejara abrirla, pero esa táctica no era la adecuada con Tomoyo–. Voy a por las copas.

Fue al armario a por dos copas. Cuando volvió, ella ya había abierto la botella. Él las sostuvo para que sirviera el vino.

–¿Nos sentamos fuera? –propuso ella–. Hoy ha hecho calor. Sería una pena marcharse de aquí sin haber utilizado el patio al menos una vez.

–Muy bien.

Touya la siguió y salieron al patio, donde no había vuelto a poner los pies desde que había visto la casa el primer día, una extensión de césped que hubiera sido perfecta para poner un columpio y un jardín.

Ese pensamiento le causó dolor. Desde que se había marchado de la casa había hecho lo mismo que después de su ruptura con Kaho: sumergirse en el trabajo para no pensar en todo lo que había perdido.

Había agarrado sus papeles, una maleta llena de ropa y había tomado el primer barco a Japón. Pero ese día, al levantarse, había echado de menos la calidez del cuerpo de ella.

Quería besarla. Entonces se dio cuenta de que tal y como ella había afirmado era mas cobarde que ella.

Volvió a tomar un barco de vuelta y fue directamente a la casa para decirle a Tomoyo cómo se sentía. E iba a hacerlo.

Tomoyo se sentó en uno de los bancos de piedra. Touya lo hizo a su lado.

–Qué bien –dijo ella–. A pesar de todo lo que me he quejado, voy a echar de menos esta casa. Me va a resultar difícil volver a mi pequeño piso.

Touya asintió, pero lo que intentaba decirle dificultaba que se centrara en la conversación.

–¿Cómo estás?

–Bien. Todavía tengo dolores, pero sobreviviré –bromeó ella con una leve sonrisa–. ¿Y tú?

Touya suspiró. Era una pregunta problemática.

–Estoy… un poco atontado, un poco abrumado. Triste. Pero, sobre todo, me siento culpable.

–No debieras sentirte culpable, Touya. Nadie ha tenido la culpa.

–Lo sé, pero hay otras muchas cosas de las que soy responsable. Le hablé a Yukito de nosotros y no debí haberlo hecho por mucho que él jure que no fue quien se lo contó a mi madre. Además te dije cosas hirientes y me alejé de ti cuando todo mi ser me gritaba que me quedara.

Notó que Tomoyo se ponía rígida. Ella dio un sorbo de vino antes de responder.

–Fui yo la que te dijo que te marcharas –afirmó en un tono de voz que no denotaba emoción alguna.

–En efecto, pero ¿he hecho alguna vez lo que me dices?

Tomoyo lazó un suave bufido.

–Casi nunca.

–Exactamente. He elegido el peor de los momentos posibles para comenzar a hacer las cosas a tu manera.

–Oye, ahora… –empezó a decir ella en tono duro, pero él la interrumpió.

–No he vuelto para discutir, Tomoyo.

Ella lo miró con sus grandes ojos azules.

–Entonces, ¿para qué has vuelto?

–He vuelto para decirte que voy a romper nuestro acuerdo.

Ella frunció el ceño, confusa.

–¿A qué te refieres?

–Cuando todo esto empezó, acordamos que, cuando pasaran los treinta días, nos casaríamos si los dos estábamos enamorados, y que, si uno seguía queriendo el divorcio, nos separaríamos como amigos.

Tomoyo tragó saliva y miró la copa que tenía en el regazo.

–¿Has venido a decirme que hemos dejado de ser amigos?

–No, he venido a decirte que el divorcio ya no es una opción.

Tomoyo soltó una risita nerviosa.

–Creo que eso ya me lo dijiste hace un par de semanas. Y mira a lo que nos ha llevado.

–Aquello fue totalmente distinto. Te lo dije porque íbamos a tener un hijo y me pareció que era lo correcto. Ahora no vamos a divorciarnos porque estoy enamorado de ti. Y tú lo estás de mí, aunque no quieras reconocerlo. Es decir ¿Quién no se enamoraría de este tipazo?

A Tomoyo se le desencajó la mandíbula al tiempo que reprimía un grito.

–¿Que qué?

–Te amo –repitió él–. Y no voy a dejarte escapar. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras intentas destruir lo que hemos logrado juntos. Lo hice, y te dejé mentirte y mentirme, pero no voy a seguir haciéndolo.

Touya dejó la copa en el suelo y se volvió hacia ella tomándola de la mano.

–Te amo, Tomoyo. Te he amado mucho antes de que fuéramos a tener un hijo, antes incluso de nuestra noche salvaje en Londres. Me he dado cuenta de que te quiero desde que nos conocimos, desde cuando me saludabas tímidamente sin levantar la mirada; desde el día en que lloraste en mi hombro porque tu madre quería obligarte a ser alguien que no querías. Eras lo más hermoso, dulce y adorable que había conocido y eso… me abrumó tanto que quise mentirme a mi mismo y negar mis sentimientos.

–¿Cómo puedes haber estado enamorado de mí todos estos años? Nunca me has dicho nada ni te has comportado como si sintieras algo especial por mí.

–Porque no me había dado cuenta. Durante estos años, sabía que te quería como a una amiga y no contemplaba ninguna otra posibilidad. Pero el sentimiento estaba ahí, bullendo bajo la superficie, cada vez que salía con una mujer y no encajábamos; cada vez que veía tu nombre en el remitente de alguna carta y el corazón me daba un vuelco. Kaho lo sabía, pero ha sido la posibilidad de perderte para siempre lo que me ha hecho darme cuenta.

Touya hincó una rodilla en tierra y la miró.

–Lo eres todo para mí, Tomoyo. Quiero que te cases conmigo.

–Ya estamos casados, Touya.

–Lo sé –respondió él con una sonrisa pícara–. Pero mi esposa me dijo una vez que, si la amaba y quería seguir casado con ella, tendría que volver a declararme como era debido para que tuviéramos una gran boda romántica con familiares y amigos.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó la misma caja de terciopelo negro que le había ofrecido la noche en Londres. La abrió. Dentro había el mismo diamante de ocho quilates que habían utilizado en la primera boda. Ella se lo había devuelto cuando se mudaron a la casa. Por aquel entonces, o no creía que consiguieran que la relación saliera adelante o pensaba que él no desearía que ella se quedara con una joya tan cara. Se había equivocado en ambas cosas.

–Te lo devolví –Tomoyo frunció el ceño–. Ese no iba a ser mi anillo, ya que lo ibas a vender en Alemania.

–Fuera o no esa mi intención al comprarlo, los hechos son los hechos. Este es el anillo de mi esposa, así que te pertenece. Aunque fuera a comprarte otro, no conseguiría superar este. Este es el diamante más perfecto que ha pasado por mis manos.

Touya sintió que, de pronto, los nervios se le agarraban al estómago. Ya se había declarado a Tomoyo otra vez. Ya estaban casados, como había señalado ella.

Pero esa vez era distinto. Ahora era verdad. La amaba y quería pasar lo que le quedaba de vida con ella. Se tragó la ansiedad y la miro a los ojos.

–Tomoyo, ¿quieres casarte conmigo?

Tomoyo no supo qué decir. Estaba perpleja. Al oír la voz de Touya en el vestíbulo, había experimentado unos segundos de júbilo, seguidos de pánico y recelo. La conversación con Nadeshiko le había dado mucho que pensar. Ella esperaba que pudieran seguir siendo amigos. No se atrevía a soñar en nada más.

–No sé qué decir –apuntó perpleja.

Él frunció el ceño.

–Pues te voy a dar una pista. La palabra clave es sí, seguida de te amo, Touya. Intentémoslo de nuevo. Tomoyo, ¿quieres casarte conmigo? Te toca.

Tomoyo sonrió. Touya tenía razón. Quería hacerlo. Lo único que debía hacer era decirlo.

–Sí, Touya, quiero casarme contigo.

Él sonrió esperanzado.

–¿Y?

–Te quiero. Mucho.

Touya le puso el anillo y la besó en los nudillos antes de abrazarla con ternura. Tomoyo sintió que se derretía en la seguridad de sus brazos, a los que pensó que no volvería. Alzó la cabeza para besarlo y apretó la boca contra sus suaves labios. Cuando entraron en contacto, una oleada de excitación la recorrió de arriba abajo. La emoción de un nuevo amor, la felicidad de vivir, por fin, el momento con el que siempre había soñado.

La proposición de Touya era lo que siempre había deseado y más, porque era Touya, el hombre que la conocía mejor que nadie, que la hacía reír y sonreír.

Llevaba toda la vida fantaseando con la perfección, pero no había nada más perfecto que aquello.

Se aferró a su cuello y apoyó la cabeza en su hombro mientras aspiraba el olor de su piel. Lanzó un suspiro de alivio cuando él la abrazó, agradecida por no haberlo perdido debido a sus estúpidos miedos.

–¿Sabías que hoy es miércoles? –preguntó él–. Él último día del plazo.

Tomoyo le sonrió. Tenía razón.

–Diría que lo hemos conseguido. Parece mentira, pero han pasado muchas cosas en este mes.

–Desde luego. En los últimos días, he descubierto que no quiero que esto siga siendo un secreto. Tenemos que contactar a nuestras familias. Y, después, comenzaremos a planear la gran boda con la que siempre has soñado.

–He reflexionado mucho desde que te fuiste. Esa idea ha dejado de atraerme. Mis planes de una gran boda se centraban en todo salvo en comenzar una nueva vida con el hombre al que amara. Valoraba más las flores y la tarta que al novio. Supongo que era porque planeaba la boda cuando aún no estaba enamorada. Ahora que lo estoy, creo que ya no la necesito. Ya estamos casados y nos amamos. Creo que es lo único que necesitamos.

Touya enarcó una ceja.

–Eso lo dices ahora, y está muy bien, pero sé que más tarde te arrepentirás. Un día, dentro de diez años, nos pelearemos por algo y me echarás en cara que nos casamos en Londres, tú vestida de negro, y que no tuviste tu boda de ensueño. Y será culpa mía. Te pondrás como una loca cuando nuestra hija se case e intentarás revivir el sueño que perdiste. De ningún modo. Tendremos esa boda. Insisto.

–Muy bien. Tal vez hallemos un término medio. Una boda no tan grande como la que planeaba, pero vestida de blanco, con nuestros familiares y amigos para compartir el momento con nosotros.

Touya sonrió y la atrajo hacia sí.

–Me parece una boda perfecta. Organízala como quieras. Solo dime cuándo debo presentarme y qué debo ponerme.

–Es tan fácil para los hombres…

Touya soltó una risa.

–Es porque nos interesa más la luna de miel.

Esa vez fue Tomoyo la que rio.

–Touya –dijo mientras le acariciaba el oscuro cabello– te pido disculpas por mi comportamiento. Me aterrorizaba haberme enamorado de ti y no saber si me correspondías. Me resultaba increíble que estuvieras aquí porque me amaras, así que me convencí de que era por el bebé.

–Es culpa mía. Yo también estaba asustado, así que me centré en el bebé porque, con independencia de lo que sintiéramos el uno por el otro, el niño sería parte de mi vida. Sentía por ti algo que no había sentido por ninguna otra mujer, pero creí que, si no te revelaba mis sentimientos, me dolería menos cuando me echaras de tu lado.

Tomoyo se estremeció.

–Y te eché de mi lado. Hice realidad el temor que sentías.

–Pero no me dolió menos por el hecho de no haberte revelado el secreto. Probablemente me doliera más. Tendría que habértelo dicho antes de marcharme, sin importarme tu reacción. Si te hubiera dicho que te amaba y que no iba a dejar que me apartaras de tu lado, ¿hubieras pedido que me fuera a Japón?

–Da igual. No podemos cambiar el pasado y creo que esto ha salido como debía. Estar separados nos ha ayudado a darnos cuenta de lo mucho que nos queríamos y de que deseábamos estar juntos. A veces, una separación es necesaria.

–Sé que me hizo darme cuenta de que odiaba el piso de Japón. Puedo trabajar desde aquí igual que lo hago desde allí. No quiero abandonar esta casa. Sé que es muy grande, pero…

–La iremos llenando –observó ella con una sonrisa.

Tardarían un tiempo, pero la llenarían de niños, risas y vida.

–Si quieres hacerlo, lo haremos.

Tomoyo rio.

–Parece un desafío.

Touya sonrió y la besó.

–Me muero de ganas.