"Eustass Kid. Mírate. ¿Así es cómo conquistarás al mundo? Me prometiste una corona."

Kid levantó la cabeza lo más que las cadenas le permitieron. Sus muñecas escocían de la presión y su respiración se limitaba a apenas un hilo de aire.

"He oído a su capitán decir que te mantendrán vivo por ahora. Serás su esclavo hasta que decidan deshacerse de ti."

—Qué bien, justo como te gusta verme, ¿eh?—Kid se rió—. Es hora de que me abandones, sabandija. Ve a buscar a tu siguiente maestro de una vez y no me atormentes más.

Los guardias se giraron al escuchar la voz del pelirrojo. ¿Planeaba algo o comenzaba a delirar tras la humillación? Uno de ellos golpeó las barras a modo de alerta. Kid chasqueó los labios.

"Aun si me pudiese ir, me quedaría aquí. Te prometí que solo te serviría a ti hasta que desapareciese de este mundo."

Las mejillas de Kid notaron una calidez familiar, que continuó por su cuerpo hasta rodearlo por completo.

"Yo también estoy agotada. Déjame morir contigo."


Las islas del archipiélago de Atua fueron el hogar de las tribus más antiguas del South Blue. Sus habitantes habían sido grandes devotos a sus dioses, realizando grandes y lujosas celebraciones.Y sin embargo, nunca les sonrió la fortuna suficiente para sobrevivir los asaltos de piratas y bandidos.

Porque allí donde se encontraron los devotos, están sus ofrendas a los dioses. Los templos que dejaron atrás habían sido saqueados múltiples veces de riquezas y suministros, y sus mujeres y hombres asesinados o convertidos en esclavos para los saqueadores. Atua perdió su esplendor y gloria que antaño había tenido, perdiéndose en polvo y ruinas.

Aun así, algo aún quedaba sin tocar en aquel archipiélago. Una única isla en el centro de todo, jamás habitada, en la que se mantenía un templo. Aquella isla no había tenido nunca ni oro ni piedras preciosas, pese al gran significado que tenía para los devotos en sus escrituras.

—Debe haber alguna razón por la que esa isla no la toca nadie—concluyó Killer—, eran religiosos no imbéciles.

Kid llegó a la conclusión de que Killer le estaba tomando el pelo. Atua llevaba siglos siendo saqueada y millones de personas habrían pisado aquella isla ya. Pero no tenía nada que perder. Después de todo era una idea lo suficientemente descabellada como para funcionar.

En los mapas, la isla aparecía bajo el nombre de Pagota. Las mitología de Atua describía Pagota como un lugar donde los chamanes acudían a limpiar su cuerpo y alma para las ceremonias, y fortalecer sus poderes. Para ellos era el punto de conexión del cielo, tierra e infierno.

Kid frunció el ceño mientras analizaba la torre. Hasta donde alcanzaba ver, el edificio era tres veces su altura como mucho, y apenas podrían entrar más de tres personas en ella. Decidió entrar solo a la torre. No valía la pena bajar a ningún otro tripulante para ello, y estaba decidido a no hacer pensar a Killer que le asustaba entrar.

El interior no era mucho más intimidante. Una escalera de caracol llevaba hasta la parte de arriba del edificio. Kid miró hacia el exterior y Killer se encogió de hombros. Entre insultos y maldiciones, subió las escaleras.

En la parte superior de aquella torre solo había un pequeño altar de piedra. Maldijo el momento en el que hizo caso a Killer, mientras pasaba la mano sobre el altar, en busca de algún tipo de botón que accionase algún tipo de mecanismo y, de repente, un haz de luz le cegó. El suelo comenzó a temblar y Kid observó cómo todo desaparecía, desde la torre decrépita hasta la voz de Killer llamándole para que bajara.

Y entonces, solo quedó él con el vacío. Flotando sobre la nada.

—Menuda idea, Killer.

"¿Cómo puedes decirle eso a tu amigo? Me ha conseguido compañía por fin."

Kid miró a su alrededor en busca del origen de la voz. Bajó la mirada e intentó retroceder al ver a una muchacha acercándose a él. Por su aspecto, podría deducir que no tendría más o menos su edad. Era bajita, de cabello blanco y ojos azules, casi violetas; pero su inusual aspecto no fue lo que llamó la atención del joven. La forma de su cuerpo era inestable y parecía disolverse en polvo y reconstruirse constantemente.

—¿Qué eres?

"¿No lo has supuesto ya? Dios, Diablo…" La muchacha comenzó a revolotear. Se movía por el aire como pez en el agua. "Ya no sé cómo me llamáis ahora, pero otros antes de ti me han llamado muchas cosas."

Los brazos de la joven le rodearon el cuello al pirata. Acercó su rostro al del pelirrojo y Kid intentó apartarse, sobresaltado.

"¿Qué has venido a buscar a Pagota? ¿Mi poder?"

—¿Qué podría sacar de una mocosa como tú?

Ofendida, la chica extendió su brazo y Kid notó una presión asfixiante sobre su pecho.

"Muchos han venido a arrastrarse ante mí para obtener mi bendición. He servido a hombres y mujeres que utilizaban mi poder para controlar Atua. Tu insolencia no me intimida lo mínimo."

La muchacha bajó el brazo y Kid recuperó el aliento. Una mirada asesina fue lo suficiente para sacarle una sonrisa burlona a la joven.

—Supongo que tú le dabas sus poderes a los chamanes.

El espíritu sonrió mientras jugaba con el cabello de Kid.

"Les daba una parte de mi poder, y ellos me daban un tesoro con el que conseguía forma física. ¿Harás tú lo mismo?" La joven se apartó de Kid. "Quiero volver a ver el cielo y quiero por fin ver lo que hay fuera de esta isla."

—Ayúdame a conquistar el mundo y te sacaré de aquí. ¿Trato hecho?

Kid señaló uno de sus brazaletes y la muchacha asintió. Se volvió a acercar al pelirrojo y puso sus manos en sus mejillas, acercandolo a un beso.

"El contrato está sellado, solo falta que me pongas un nombre."

—Mana. A partir de ahora serás Mana, y servirás a Eustass Kid.