Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 27

Contrario a lo que se ha dicho en la cultura humana arcaica, el Infierno no está situado en el centro del planeta, cuatro mil millas debajo de la superficie de la tierra. Ni está en otro planeta aparte. Más bien, es una dimensión de la Terra, completamente inaccesible para la psicología de un ser humano; sin importar qué tan avanzada se pueda hacer su tecnología.

El Infierno existe solo en una capa; su emperador sabe lo que más temes, y el dominio que tiene sobre ti es absoluto. Muy pocos humanos han sido arrancados de su abismo; el guardián no cederá fácilmente ninguna de sus almas. Las mantiene cerca, como codiciadas gemas. Solo que los designios que tiene para ellas no son tan puros.

Bella será una excepción muy rara, porque me niego a irme sin ella.

Los ángeles pueden, y lo han hecho, llevarse espíritus de humanos en una travesía hacia el Cielo y el Infierno con la misión de advertirles a sus hermanos y hermanas, y aunque tales narrativas se han vuelto populares en novelas, permanecen en los corazones y mentes de los cínicos más que nada como historias de ficción.

Como los humanos, los demonios terrenales pueden ser enviados al Infierno sin la posibilidad de redención, como lo he demostrado en numerosas ocasiones, y aunque las almas de los humanos muchas veces se encuentran abandonadas en las entrañas de la creación, los seres humanos vivientes que respiran son la excepción; ellos no pueden entrar.

Esta regla también habría aplicado para mí, pero con el poder de la lanza, ahora puedo trascender mi forma física y cruzar los planos hacia el reino de Hades. O más bien, estaría cruzando la capa que yace entre la tierra y el inframundo.

Convertirse en luz siempre ha estado dentro de los parámetros del poder de la lanza, sin embargo, yo no era consciente de eso hasta este mismo momento. Entre más tiempo empuño la Lanza del Destino, más de sus poderes me son revelados. De haber sabido que podría eclipsar mi forma física, habría podido alcanzar a Bella al instante y prevenir que todo esto pasara. Es como si la Misma mano de Dios insistiera en castigarme.

La lanza no tiene poder sobre La Estrella de la Mañana ni sobre su dominio, y si fuera lo suficientemente estúpido como para entrar al Infierno mismo él fácilmente podría impedirme que saliera. No tengo intención de darle esa oportunidad, pero debo encontrarme con él.

Hay varios portales a lo largo del planeta que llevan a otras dimensiones, pero solo hay uno hacia el Infierno. Y de forma muy poética, la entrada se encuentra debajo del Valle de la Muerte.

Después de partir de Gales, llego al árido valle al este de California casi de inmediato, y una vez ahí es solo cuestión de encontrar el la escotilla; algo que instintivamente sé que está dentro de la elevación más baja debajo de la cuenca de Badwater.

Sin detenerme, me dejo caer en picada en el cuerpo de agua altamente salino, y casi de inmediato, me encuentro avanzando a través de un túnel de una condensada luz blanca.

En la siguiente respiración, y regresando a mi forma física, me encuentro parado en lo que parecen ser las llanuras de sal de la cuenca del Valle de la Muerte, con las Montañas de Panamint ante mí; solo que ya no estoy más en California. Ya no estoy más en lo que se conoce como la Tierra.

Mientras que este plano está brillantemente iluminado con luz de sol, no hay un sol visible, ni hay calidez. Y aunque a todos los efectos las leyes de gravedad parecen aplicar también aquí, no hay vida, no hay oxígeno, o sonido; parece ser una ilusión, o tal vez una aspiradora. Una aspiradora que causa un penetrante zumbido en mis oídos humanos.

Miro a mi alrededor repetidamente, intentando centrar mi concentración y deshacer mis sentidos de la creciente incoherencia con la que este espacio estéril y vacío me está afectando. Es entonces cuando lo veo.

Desde una distancia una solitaria figura se va acercando. Una figura rojo sangre que parece casi fundirse con el degradado de un espejismo a la base de las montañas – algo que sé que no puede existir. Una figura que avanza firmemente hacia mí, y mientras cierra la distancia entre nosotros, el zumbido en mis oídos se hace más fuerte y más intenso.

Es la figura de un hombre, un ángel, que existió en un tiempo antes de mi creación, pero es una cara que conozco bien por las mentes de los miembros de la Hueste que lo conocieron; que lucharon contra él.

El primer ángel en ser exiliado del Paraíso. Un ángel sin alas.

Cuando está dentro del rango donde puedo discernir claramente su rostro, sonríe; me atrapa inmediatamente con la guardia baja. Aunque es alto e inadvertidamente apuesto, con cabello tan rubio que casi parece blanco, y unos ojos azul cielo sorprendentemente intensos –muy parecidos al matiz de los míos– este ser parece ser benigno en cada sentido de la palabra. Sin embargo, por muy inofensivo que pueda parecer, entiendo inherentemente que es una fachada, y algo en mis sentidos no se deja engañar por él; se agudizan inmediatamente, manteniéndome alerta.

—Dashiel —me saluda, agrandando esa misma sonrisa. Su voz es tan suave como el whiskey mientras que el mero acto de hablar parece alterar la continuidad del paisaje. Parpadea como la estática en una antigua televisión análoga, se tiñe de gris, de un blanco vacío.

Y al hacerlo, el zumbido en mis oídos cesa.

Flaqueo por puro impulso, casi retrocedo un paso por instinto, pero la actitud del demonio no cambia. Permanece completamente tranquilo mientras mueve una silla de un juego de dos sillas que están ante él y que no había notado antes.

Toma asiento –en la silla de metal que se parece a las que se encuentran en la cafetería de un hospital– cruza una pierna sobre su rodilla y me mira expectante. Su ropa está planchada e impecable; un traje del color de las cerezas excesivamente maduras.

—Por favor —me ofrece, señalando al asiento opuesto y una vez más dirigiéndome esa inquietante sonrisa—. No muerdo.

Lo analizo por uno o dos segundos más, y otra vez a mis alrededores, antes de sentarme cautelosamente frente a él. Dejo mis alas extendidas; aunque no estoy seguro de poder alzarme al vuelo en este reino si quisiera hacerlo.

En la mano derecha sigo aferrándome a la lanza, la dejo apoyada sobre mi muslo inconscientemente. Y aunque la criatura no la ve directamente, es evidente que la está siguiendo de cerca. Es la única indicación de que no está tan tranquilo como quiere parecer.

—Entonces, ¿cómo debería dirigirme a ti? —comienzo abruptamente con un tono de sarcasmo en mi voz—. ¿Belcebú? ¿Demogorgon? ¿Cuerno pequeño? ¿Hijo de Perdición? —alzo las cejas, mofándome más de él, pero ni él ni yo estamos bajo la ilusión de que mi reacción es algo más que una fachada para mi creciente aprehensión.

Me observa por un breve momento, su expresión se vuelve astuta, cuando para mi sorpresa se ríe y agita su mano con desprecio.

—No respondo ante tales nombres.

Entonces, antes de poder responder, u orientarme, su mirada se aparta de la mía y se agacha. Lo veo, sintiendo mi frente arrugarse profundamente mientras rebusca algo en los bolsillos de sus pantalones con ambas manos; saca un cigarrillo y de la otra mano un encendedor de metal.

—¿Un cigarro? —me ofrece, extendiendo el cigarro que acaba de sacar, y antes de poder negar la cabeza en respuesta, lo pone entre sus labios y lo enciende—. ¿Deberíamos comenzar? —me pregunta después de darle una pesada calada al tabaco y soltar una nube de humo en mi dirección.

—¿Comenzar qué? —lo reto—. Tienes dos opciones: regresa el alma de Bella a su cuerpo, o destriparé a cada bestia de este planeta y detendré completamente tu plan de batalla; o todavía mejor —añado con ironía, inclinándome hacia enfrente en mi silla—, los enviaré de regreso al Cielo como hice con uno de tus generales, y dejaré que nuestro padre lidie con ellos.

Durante un breve momento su expresión se ensombrece, y en ella veo de qué están hechas las pesadillas, pero antes de que él permita que ésta contradiga por completo su tranquilo semblante, se desvanece.

—Qué inteligente, Dashiel. Qué inteligente —reconoce, asiente una vez más y otra vez le da una calada a su cigarrillo—. Isabella se está instalando bien —añade despreocupadamente antes de mostrarme una proyección mental de ella.

Una proyección de ella que inmediatamente hace que se hiele la sangre que corre por mis venas, antes de tener que rugir en el vacío con la total agonía que esa sola imagen me causa. Era la imagen de Bella siendo profanada –violenta y brutalmente profanada hasta que la sangre sale de entre sus piernas– por mí. Por una personificación física de mí.

Dejando caer la cabeza y cerrando los ojos con fuerza, tomo una violenta inhalación, intento controlarme mientras resisto la absoluta urgencia de atacar al ángel que necesitó del todo el ejército de Dios para ser vencido.

—No es su cuerpo —afirmo, no estoy seguro si es para beneficio del demonio o para beneficio mío.

—Es lo que ella deseaba —explica simplemente como si fuera completamente arbitrario.

—¡Libérala! —exijo, luchando por mantener la compostura, alzo la cabeza de golpe y clavo mi mirada en la suya—. Libérala ahora, o te prometo, bestia repugnante, que no te quedará ni un solo aliado en la Tierra después de que terminé con ella.

—Si liberas a mi hermano, la liberaré —negocia de forma casual, dándole otra larga calada a su cigarrillo.

—¡No hay trato! La liberarás sin excepción. ¿Crees que no estoy consciente de tu planeada ofensiva? ¿Qué tan bien crees que se llevará a cabo sin tener un ejército? —le comento, pero viene desde la presencia de una creciente desesperación.

La bestia no cederá voluntariamente a Bella.

Hace una pausa, me mira con cautela; se inclina hacia enfrente y apoya los codos en sus rodillas sin apartar su vista de la mía.

—Pero la cuestión es, ¿valoras más a tu humana de lo que yo valoro mi ofensiva? —pregunta con total indiferencia, como si no tuviera ninguna importancia para él.

Está, como dirían los humanos, jodiéndome, pero me niego a involucrarme con él y permitirle burlarme con su socarronería.

—Has revelado tu mano, hermano —digo—, y he estado cerca de tus secuaces el tiempo suficiente para leer cada detalle de tu plan en sus mentes. Escúchame con mucha atención, no haré ningún trato contigo. Si no liberas a Isabella, ¡enviaré a Azazel de regreso con su creador!

Recibo silencio mientras la bestia sigue escudriñándome; de forma más escrupulosa esta vez. Varias emociones parecen pasar a través de su expresión, desde irritación hasta diversión, antes de que una especie de gratificación sea ganadora y se ría.

—¿Sabes lo mucho que disfruto de torturar a los humanos que me son enviados? —comenta casualmente y con total desprecio por mi declaración—. Me refiero a torturarlos físicamente. Les arranco la piel de los huesos —sonríe con perversión antes de medio esconderlo detrás de su mano al poner el cigarrillo entre sus labios; dándole otra profunda calada hacia sus pulmones—. Pero… —añade, haciendo una pausa para exhalar pesadamente—, incluso el miserable cuerpo humano se hace eventualmente inmune al dolor físico. —Se encoge de hombros, se lleva dos dedos a la sien con el cigarrillo colgando flojamente entre ellos, y la golpetea varias veces—. Después de eso, todo está aquí arriba.

—Libérala, bestia… ahora, ¡o juro que quemaré hasta el último de tus soldados! —reitero mi amenaza mientras él elabora en su significado, poniendo imagen tras imagen en mi mente de Bella participando en todo tipo de obscenos actos sexuales con el humano en la visión de Daniel; el humano que tiene un asombroso parecido a mí—. ¡D-Detente! —tartamudeo, cerrando los ojos con fuerza en un inútil intento de apagarlo, pero la bestia solo continua, embelleciéndolo, revelándome los actos carnales más viles y repulsivos que incluso la parte más profunda de mi inconsciente motivada por mi testosterona nunca antes ha imaginado.

—¿Qué sucede, Dashiel? —se burla a través de una evidente risa—. ¿No disfrutas ver al esposo de Isabella dándole placer oral? Metiendo su enorme polla por su ano.

—Dije que te DETENGAS, ¡ASQUEROSA BESTIA! —rujo, me paro de un salto y lo apunto con la lanza, listo para encajársela en el pecho.

En respuesta, el demonio retrocede violentamente como por impulso, casi pierde el equilibrio mientras me sisea como un vampiro cliché en una película de horror a blanco y negro.

—¡Mantén esa cosa lejos de mí! —me advierte conforme su compostura se desmorona ante mis ojos. Me fulmina con la mirada, sus ojos azules se ven duros y llenos de malicia cuando se mueven de la lanza hacia mí y de nuevo de regreso en repetidas ocasiones.

Me mantengo firme, mirándolo, contemplando su reacción. Él sigue manteniendo una cautelosa distancia entre nosotros mientras su pecho se agita furiosamente.

Le teme a la lanza, pero no estoy seguro de hasta qué punto.

—Si no liberas a Bella, traeré fuego y azufre sobre tu legión, bestia —repito otra vez mi advertencia, mi voz suena baja; mis ojos están endurecidos en los suyos—. Tú mismo sabes que no tengo nada que perder.

—Eso es cierto —concede, instantáneamente regresa a esa postura inquietantemente inmutable—. Te diré lo que haré —añade, tomando asiento una vez más frente a mí y sonriendo graciosamente; me causa escalofríos desde la sangre hasta los huesos—. Le daré un descanso a Isabella. La liberaré para ti ahora, y una vez que liberes a mi hermano, la condonaré por completo.

—¡No hay trato! —lo rechazo sin vacilar—. Si insistes en mantenerla, perderás toda oportunidad para tu preciosa venganza. Por la sangre del Mesías, ¡me aseguraré de eso!

La bestia palidece visiblemente, su expresión se vuelve dura y hostil.

No menciones ese nombre ante mí —me amenaza en un mordaz susurro.

—¿Cuál nombre? ¿Yeshua Ha Machiach? —lo provoco, repitiéndolo en hebreo, y alzando la lanza para darle énfasis.

En un segundo la bestia se me echa encima, sus labios retroceden sobre sus dientes cuando se mueve a una sombra de distancia de mí.

—No pongas a prueba mi paciencia, Dashiel —me advierte lentamente.

—No pongas a prueba la mía —repito sin emoción—. Estoy maldecido a entrar a tu pozo sin importar qué haga, pero si yo caigo, voy a arrastrar a cada miembro de los caídos conmigo.

Se endereza, ladea la cabeza una fracción como analizando mis palabras, antes de golpear ligeramente mi mejilla con su palma.

—Y yo no tendría el poder de detenerte. Aunque, cuánto podríamos divertirnos todos después de…

—Es mi última oferta. Dómala o déjala —respondo, apartando al demonio de mí de un empujón.

Sonríe de nuevo, como si mis acciones surgieran del afecto.

—Te la mejoraré —alude, metiendo la mano a su bolsillo y sacando otro cigarrillo—. Si liberas a mi hermano y prometes no lastimar a otro miembro de mi familia —se detiene momentáneamente para encender su cigarrillo—, no solo liberaré a tu humana, sino que también te liberaré a ti.

Me congelo de inmediato, deteniéndome de golpe.

—¿Q-Qué…? —me tropiezo con la palabra, mi voz prácticamente falla, pero es entonces cuando lo entiendo. El deseo de este demonio por exigir la venganza sobre mi padre nos supera a Bella y a mí, y para que pueda llevarse a cabo de forma exitosa, necesita que Azazel lidere su ejército de demonios.

Azazel en posesión de la lanza.

—¿Y bien? ¿Qué dices? —alza una ceja, su sonrisa ahora crece al máximo.

—Libera a Bella ahora, sin cláusula; sin importar si mantengo tu acuerdo o no. Solo entonces liberaré a Azazel, y no pondré ni un solo dedo sobre tus bestias —le digo mi contraoferta, contengo el aliento mientras espero su última respuesta.

Sonríe ingeniosamente en evidente vindicación, mientras que sus ojos brillan siniestramente en advertencia.

—Como desees. —Agita la mano con desdén—. Ella es libre, pero si rompes mi contrato, Dashiel —se pone de pie en un instante, se acerca a centímetros de mi cara mientras inhala deliberadamente el aroma de mi respiración hacia sus pulmones—, haré que mi misión personal sea hacerte sufrir durante cada segundo de la eternidad.