Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 28

En el instante en que dejo el estrato y regreso a la dimensión de la Tierra, siento el alma de Bella; su alma impoluta, y aunque el alivio inmediato que siento es tan abrumador que casi caigo de rodillas, rápidamente se convierte en alarma.

Ella está gritando.

Bella está gritando con horror y al parecer sin ningún control, sus voces audibles y mentales son casi por completo incoherentes.

OH, DIOS, ¡AYÚDAME! —llora histéricamente una y otra vez mientras sus pensamientos proyectan sin cesar los horrores a los que se vio sometida en el Infierno; de su joven cuerpo siendo profanado repetida y salvajemente por el demonio que le hicieron creer que era yo.

—Por supuesto que esa repugnante bestia se aseguraría de que ella mantuviera sus recuerdos —murmuro amargamente por lo bajo al mismo tiempo que me lanzo al cielo y giro de regreso hacia la casa de mis padres en la parte noreste del país.

Siendo luz, llego en pocos segundos, casi retrocedo físicamente por el sonido de los continuos gritos de Bella antes de retraer mis alas y entrar de golpe por la entrada si puerta.

La encuentro agazapada tensamente en una esquina de la sala donde el polvo y fragmentos de yeso llenan el piso y contaminan el aire. Ella permanece medio desnuda, se estremece violentamente con los brazos rodeándole la cabeza, se protege de mis padres que permanecen cerca de ella. Tienen las manos alzadas con aprehensión, sus voces suenan suaves y tranquilizadoras, como si ella fuera un potro asustado.

—¡Edward! —exclama mi madre con un evidente alivio cuando me acerco para pararme a su lado.

—Hijo, ella regresó a la vida así sin más —explica mi padre, el asombro y emoción es palpable en su voz—, pero parece estar en un estado de shock.

No les respondo a ninguno de los dos; en lugar de eso, me acerco cautelosamente a Bella, permanezco consciente de no realizar ningún movimiento repentino antes de arrodillarme frente a ella.

—Bella, cariño —le hablo con gentileza, estiro tentativamente la mano y poso mis dedos con gentileza en el dorso de su mano.

Ella se encoge de inmediato, prácticamente se convulsiona contra la pared de la esquina mientras sus gritos se vuelven más ensordecedores.

¡NO ME TOQUES! OH, DIOS, ¡AYÚDAME! ¡POR FAVOR AYÚDAME!

—Oye. Oye —hablo suavemente, intentando apelar a ella—. Bella, mírame.

Solo sacude la cabeza bruscamente de un lado a otro, sigue temblando con violencia, mientras que su corazón golpetea a un ritmo alarmante contra sus costillas.

¡Isabella! —digo con más firmeza esta vez—. Mírame. —Tomo su mano, la libero de donde se está rodeando con ella, pero se resiste, inhala bruscamente con miedo genuino.

—Edward, puedo sedarla si sirve de algo —me ofrece mi padre de forma seria a mi lado.

—No, solo necesita que la ayude a salir de esto —insisto, y sin soltar la mano de Bella, la aprieto para darle seguridad—. Bella, estás a salvo. No era real, y… no era yo. No era yo, nena.

Durante el momento más largo del mundo, ella no responde; solo sigue acobardándose lejos de mí, es entonces cuando jadea repentinamente como si estuviera recordando algo importante. Pero su mente está tan fragmentada que no estoy seguro de qué es.

—¿D-Dash-iel? —tartamudea mi nombre, ladea temerosa la cabeza para alzar la vista hacia mí. Sus ojos están bien abiertos y afligidos con terror, y cuando se encuentran con los míos, brevemente, el dolor y el horror dentro de ellos incrementa.

—Estoy aquí. Soy yo —le aseguro, suelto su mano y acuno gentilmente un costado de su cara con mi palma, ladeándola para encontrarme por completo con su mirada—. ¿Crees que yo podría hacerte jamás algo así?

Sacude la cabeza en respuesta, pero incluso al hacerlo, sus ojos se mueven por la habitación, como si no pudiera confiar por completo en sus alrededores.

—¿No fue real? —me pregunta con voz temblorosa.

—No fue real —reitero, a pesar de que fue muy real, pero en esta dimensión no fue más real que una pesadilla.

—¿No e-eras tú? —tartamudea cuando un estremecimiento ondula a través de su pequeña figura. Sus enormes y angustiados ojos se pegan a mi cara, y hace una pausa, parece estar escudriñando cada una de mis facciones.

Por supuesto que no era yo —le prometo y casi por impulso me inclino hacia enfrente y planto mis labios sobre su frente. Se sobresalta y se pone rígida de inmediato, pero solo por un momento antes de rendirse lentamente—. No era yo —repito en un susurro sobre su frente sudorosa, pero no menos cálida, mientras que el alivio más que cualquier otra cosa inunda mis sentidos.

—Haz que se vaya, Edward. Por favor —me ruega en voz baja y tímida, enterrando su cara manchada de lágrimas sobre mi pecho desnudo—. Por favor…

La jalo más hacia mí, apoyo mi nariz y labios sobre su cabeza, e inhalo el dulce aroma que tiene ella. Luego, alzando la lanza, pongo la punta momentáneamente en el centro de su frente.

—Ya no está —murmuro.

El aire de sus pulmones se expele inmediatamente de ella y se acurruca más en mí, tomando varias respiraciones profundas para calmarse. Luego, sin advertencia, de repente se aparta para verme a los ojos.

—¡Edward! —exclama, su voz suena aguda y sorprendida, y casi rota con emoción—. ¡Estás aquí!

—Aquí estoy —respondo, inseguro de si debiera reírme o empezar a sollozar cuando de repente me rodea los hombros torpemente con sus brazos y presiona sus delicados labios sobre los míos.

Me besa repetidamente, riéndose al hacerlo, y se necesita cada fibra de mi autocontrol para no sucumbir por completo ante ella. Aun así, no es fácil, y la aparto muy deliberadamente.

—¡Dios mío! —Rompe en llanto—. H-he estado tan preocupada. ¿Qué sucedió?

—Todo está bien —le aseguro, pasando mis dedos por su mejilla y a través de su cabello—. Ya no tienes que preocuparte.

Solo sigue mirándome con evidente confusión durante varios segundos más.

—Entonces… ¿ya podemos casarnos? —me pregunta con incertidumbre.

Titubeo, me siento inseguro de cómo responder cuando mis ojos se apartan de los suyos para fijarse en la lanza.

—Por supuesto que podemos —murmuro antes de encontrarme una vez más mirando las profundidades de sus ojos cafés.

Un ligero ceño había comenzado a formarse en su frente, pero cuando su mirada se encuentra con la mía, éste desaparece, es reemplazado con una enorme sonrisa que reconforta por completo su cara.

¿Por qué tiene que ser tan hermosa? Me encuentro preguntándome. Incluso usando su amuleto, sigo sintiéndome profundamente atraído a ella.

—¿Cómo te sientes, cariño? —le pregunta mi madre, sacándome inmediatamente de mis errantes pensamientos.

Los ojos de Bella se mueven detrás de mí, su expresión parece reflejar la confusión que siento proveniente de mi madre.

—Me siento bien. N-No estoy segura de qué pasó. Estaba comiendo y luego empecé a ahogarme… —su voz se va apagando, y su frente se arruga más con consternación mientras recuerda los eventos que llevaron a su muerte.

Sacudo la cabeza y pongo mi mano en la mejilla de Bella, regresando su atención a mí.

—No pienses en eso.

Me mira por un momento, cubre mi mano con la suya. La emoción empieza a saturar su expresión; una emoción que puedo leer en sus pensamientos.

—Los ángeles no te mataron —susurra.

Sonrío a pesar de todo.

—Les habría gustado hacerlo.

Una inmediata chispa de dolor se refleja en sus ojos, y aunque sonríe en respuesta, sé que no encuentra nada de diversión en ello.

—¿De verdad ya terminó? —pregunta con la esperanza más sincera de todas que hace que mi corazón se apriete silenciosamente.

—Ya terminó; solo déjame revisarte por un momento —murmuro, bajo mi mano hacia su mentó y ladeo su cabeza de un lado a otro mientras inspecciono su cuello. A diferencia del mío, no está marcado; está completamente libre de manchas.

Suelto mi aliento en un silencioso alivio antes de ponerme de pie y cargarla en mis brazos.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta, alzando una ceja dudosa.

—Hay una cosa más que tengo que hacer, pero justo ahora quiero que descanses. —Pone los ojos en blanco y abre la boca para protestar, pero la interrumpo—: Y mi padre quiere revisarte.

—Eso es correcto —confirma mi padre, siguiéndome a las escaleras, hacia donde me dirijo para acostar a Bella en mi cama.

Con sus recuerdos del Infierno borrados y todas las preocupaciones sobre su futuro detrás de ella, Bella vuelve a ser una vez más la chica impulsiva y despreocupada de veinte años que era cuando la encontré. Permite a regañadientes que mi padre la examine, lo cual incluye sacarle sangre y volverle a poner las almohadillas del desfibrilador en el pecho para revisar su electrocardiograma.

Aun así, sus pensamientos no son tan benignos, y aunque mi padre cuida mucho no entrar en contacto con sus pechos más de lo que es absolutamente necesario, él enciende imaginaciones en la mente de Bella que me hacen salir inmediatamente de la habitación.

Me doy una ducha, una fría; aunque incluso estando en otra habitación la mente de Bella no está lejos de la mía. Estoy seguro de que ella está consciente de mi habilidad para filtrarme en sus pensamientos y está proyectando deliberadamente ciertas imágenes para mí.

Es frustrante y completamente enloquecedor, y más todavía porque estoy completamente inclinado en participar en cada una de sus fantasías con ella. Lo que es infinitamente peor es que estoy permitiendo que esto derribe mi propia razón.

Tener sexo con Bella sería poner su vida en un peligro muy real, y sigue siendo una de las cláusulas de mi existencia.

Sin embargo, mientras tenga la lanza en mi posesión…

Sacudiéndome esos pensamientos de la mente, cierro la ducha y me rodeo el cuerpo con una toalla, secándome rápidamente.

Me topo a mi padre en el pasillo con la toalla todavía envuelta flojamente en mi cintura.

—No intentaré adivinar cómo sucedió nada de esto, hijo, pero desde un enfoque clínico, ella está en perfecta salud —me informa, sacudiendo la cabeza con un asombro silencioso.

Le sonrío, encuentro momentáneamente divertido que un hombre tan estoico sienta semejante asombro, antes de apartar la mirada y pasarme la palma por la parte trasera del cuello.

—Ella está bien ahora —le aseguro, y asiento una vez para mí; mis ojos se fijan en la lanza en mi mano derecha.

—¿Qué es esa arma que llevas contigo? —cuestiona mi padre.

Alzando la cabeza, una vez más encuentro sus ojos mientras mi expresión se nubla con confusión. Sigo olvidando que no hace mucho mis padres eran firmes ateos.

—¿Conoces la historia de la crucifixión?

—Un poco.

Levanto la lanza, alzo las cejas para darle énfasis, y sonrío sutilmente cuando la comprensión desciende sobre él y respinga.

—Santo cielo… —murmura, sacude la cabeza con estupor y casi se ríe, antes de ponerse serio otra vez casi de inmediato—. Ni una sola vez te quejaste de que nunca fuimos a la iglesia cuando eras niño, Edward. Ni siquiera intentaste convencernos de lo contrario.

—Yo no necesitaba convencerme, y sabía que mamá y tú lo entenderían por su cuenta. Especialmente después de irme —respondo.

—¿Por qué te fuiste? —junta las cejas al evocar los dolorosos recuerdos de tener que enterrar un ataúd vacío.

Con una culpa repentina, exhalo pesadamente, sigo consciente del dolor muy real por el que pasaron él y mi madre.

—Lo siento, papá. No tenía opción. Cuando crecieran mis alas, los demonios se harían conscientes de mi identidad. No podía ponerlos a mamá y a ti en esa clase de riesgo.

—Regresaste con demonios a cuestas. —Mi padre alza una ceja contradictoria.

—Ellos eran una especie de —sonrío ligeramente para mí— demonios poco ortodoxos. —Aunque no serán demonios por mucho tiempo más. Todavía tengo que resucitar a toda una legión de ellos—. Además, una vez que Miguel me entregó su espada, empezaron a huir de mí al verme.

—¿Miguel…?

Formando una sonrisa inmediata, bufo.

—Ve a leer sobre el tema, papá. —Y poniendo una mano cariñosa en su hombro, paso junto a él y regreso a mi habitación.

Bella está sentada con las piernas cruzadas sobre mi cama sin alzar. Una de mis camisetas cuelga de sus delgados hombros y en cuanto me ve, todavía mojado y con una toalla en mis caderas sujetada con una sola mano, alza una ceja de forma deliberada.

Solo le sonrío irónicamente en respuesta antes de desaparecer detrás de la puerta de mi armario y meter rápidamente mis piernas en unos jeans limpios. No me molesto en ponerme camiseta; demasiado pronto volveré a alzarme en vuelo.

—Bien, tú —digo con un suspiro, golpeteando su mentón con mi dedo después de sentarme a su lado en mi cama—. Mantén esto en ti —le señalo el amuleto—, y no hagas nada arriesgado hasta que regrese.

Su expresión cae, se vuelve tan temerosa como llena de decepción.

—¿A dónde vas?

—Ya te lo dije —le recuerdo, poniendo mi palma en la curva de su cuello—. Tengo que encargarme de algo y luego seré todo tuyo.

Asiente, se muerde el labio inferior mientras sus pensamientos empiezan a vagar. Los bloqueo en esta ocasión; no puedo permitirme dejarme llevar por ella.

—Bien —murmura eventualmente.

—Te lo prometo, Bella —juro, ladeo la cabeza para captar su mirada y paso mi pulgar gentilmente sobre la piel suave como bebé que tiene debajo del oído.

Sonríe ligeramente, asiente una segunda vez mientras sube la mano para agarrar mis dedos.

—Te creo.

—Bien —repito su comentario previo antes de sonreír; la sonrisa es sin razón, y simplemente porque ella me sonríe en grande—. ¿Qué?

—¿De verdad nos vamos a casar? —pregunta escéptica; no lo cree del todo.

—¿Te estás arrepintiendo? —le comento ligeramente.

Bufa suavemente.

—No, pero estoy recordando todos esos sermones que me dijiste en el convento sobre lo peligroso que sería para mí —me imita— si alguna vez intimamos.

Tomo una respiración para ceder, la libero en un tarareo, y elaboro más.

Sería peligroso, Bella, pero… —Y antes de poder terminar, mis pensamientos empiezan a concebir ciertas posibilidades como si actuaran por cuenta propia.

Me detengo de inmediato, sacudo la cabeza para sacármelo de la mente y siento mi cara oscurecerse debido a mis perversos deseos.

—¿Qué? —me presiona, ladeando un poco la cabeza.

—Nada —murmuro incapaz de encontrar su mirada porque de ninguna manera puedo decirle que estaba contemplando la idea de volverla infértil.

—Edward… —sigue sondeando antes de detenerse—. ¿Qué es esto? —cuestiona, su expresión brilla con curiosidad al pasar sus dedos sobre las marcas gemelas en la base de mi cuello—. Pensé que no te quedaban cicatrices. Parece que te mordió un vampiro.

—Algo así —admito con una sonrisa, cubriendo inconscientemente con mi palma la evidencia del contrato que hice con la bestia. Con la otra mano, dejo caer la lanza sobre mi cama y tomo la mano de Bella—. No quiero que te preocupes por nada, ¿de acuerdo? —alzo las cejas para darle más énfasis, solo para escuchar formulándose en su mente las preguntas con las que quiere seguir molestándome.

Necesito distraerla, y sin nada a mi disposición, la beso.

La beso larga y profundamente, y con más intensidad de la que alguna vez me he permitido experimentar. Pero que Dios me ayude, lo saboreo tan intensamente que de forma rápida amenaza mi auto control. Mis sentidos se agudizan y se expanden de formas en que nunca he sentido, recordándome otra vez el muy real e innato impulso del cuerpo humano que se me prohíbe utilizar por completo.

Mi piel empieza a arder mientras que ese deseo primal despertado empuja de forma casi dolorosa en mi entrepierna, agrandando mi anatomía mientras me impulsa a ir más profundo y más allá.

Varias veces intento recuperar la compostura y espabilarme, pero Bella me jala de regreso, abriendo su boca para mí y esclavizándome como si estuviera completamente bajo su encanto. Temo que mi razón se ve conquistada y mi cuerpo ha asumido el mando.

Mis manos actúan como si fueran independientes de mi cerebro, la jalan más hacia mí antes de moverse para explorar su firme y suave cuerpo femenino. Es tan suave, tan frágil y flexible, y sin embargo cada impulso dentro de mí anhela por tomar el control; por empujarla a su límite.

Y es entonces cuando todo termina abruptamente. Cuando mi mente se rinde completamente ante el propósito más fundamental de mi cuerpo, sin ninguna advertencia o racionalidad, conjura una proyección que la bestia misma me mostró. Una proyección del demonio replicando mi imagen para profanarla.

Por impulso, me aparto de golpe de ella, mi respiración se agita en mis pulmones tanto por la absoluta repulsión que siento como por la continua respuesta física de mi cuerpo.

Inconscientemente agarro la lanza, la rodeo con fuerza en mi puño y la presiono en mi frente mientras intento recuperar mi serenidad. Me confunde haberme permitido perder tanto el control. Mi primer instinto siempre ha sido proteger a Bella, y esa misma consciencia siempre ha permanecido al frente de mi razonamiento. Pero esta vez estuvo completamente ausente.

—L-Lo siento, Bella, yo… —musito, sacudo la cabeza con confusión y me niego a encontrar su mirada.

—Edward, está… —se detiene y pone su palma en mi mejilla, animándome a verla—. Está bien —enfatiza—. No estoy segura de qué te ha hecho cambiar hasta este punto, pero está bien. De verdad que sí.

Encuentro su enorme y ligeramente aturdida mirada con reticencia y resoplo suavemente por la ironía.

—Yo tampoco estoy seguro —confieso mi confusión.

Sonríe y rápidamente crece, se vuelve más provocativa y más o menos ella misma.

—No besas como si fueras un virgen de diez mil años.

Casi me ahogo.

—Solo he sido humano por cuatro mil —replico en una rara exhibición de orgullo humano—. De hecho, apenas tengo tres años con edad adulta.

Bella alza las cejas y me analiza durante varios momentos en lo que parece ser diversión, y porque no estoy seguro de poder seguir confiando en mis instintos, me filtro en su mente. Está contemplando qué clase de evento me ha obligado a "entrar en contacto con mi lado humano" a esta magnitud, pero al mismo tiempo, lo aprecia mucho.

—Es muy desconcertante poder leer tu mente —musito en voz alta al mismo tiempo que los ojos de Bella se agrandan inmediatamente con desconcierto.

¿Qué? ¿Ya puedes leer mi mente? —declara con incredulidad y sonrojándose, de repente parece irritada—. Me dijiste que no podías, ¿me mentiste?

Abro la boca para explicar cuando, bufando impetuosamente, aparta mordazmente su mirada de mí; su expresión ahora expresa enojo.

—Es por la lanza —divulgo rápidamente, alzándola para darle énfasis.

—¿Qué es? —pregunta torpemente con ojos cautelosos, y sé qué está pasando por su mente sin necesidad de leerla; cree que he roto su confianza.

Entre todo el caos de las últimas veinticuatro horas, no se me ocurrió explicarle los poderes que me ha otorgado la lanza, y después de cuatro mil años de estar ciego ante ella, la habilidad de verla y escuchar sus pensamientos ahora fue simplemente demasiado tentadora.

—Es… Déjame demostrarte —digo, y tomando gentilmente su mano en la mía, la giro antes de perforar solo un poco el centro de su palma con la punta de la lanza.

Inhala bruscamente mientras que su boca se abre con total asombro y su expresión rápidamente se inunda de emoción. Un momento después, pone ambas manos sobre su corazón y rompe en llanto.

—Dios mío —susurra, girando su asombrada mirada hacia mí solo brevemente antes de mirar detrás y alrededor de mi habitación; sacude la cabeza lentamente de un lado a otro—. Puedo ver a tu ángel guardián, Edward. Te está esperando.

Y a través de sus ojos yo también lo veo; aunque he estado consciente de su presencia desde el momento en que se le regresó el alma. Él está parado en su cuerpo de luz, mide al menos dos metros y medio, y nos mira en silencio, observándonos a los dos. Solo que él no está aquí por mí; está aquí para Bella.