Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 29

Al atardecer me pongo en marcha otra vez hacia Israel.

Ni Bella ni mis padres saben nada sobre mi última aventura, y lo prefiero así. He intentado mantenerme fuera de la cabeza de Bella por respeto a su privacidad, por otro lado, mis padres son un asunto diferente. Me he acostumbrado tanto a estar consciente de sus subconscientes que sus pensamientos son tan familiares como los míos. No me causa confort. Ambos están sumergidos en el reciente dolor de haber enterrado mi recuerdo, con la euforia por mi regreso, y finalmente esos persistentes susurros que les indican que me volverán a perder; que mi eventual muerte es inevitable.

No tengo palabras de sabiduría ni garantías para ellos porque tienen razón. Es inevitable, y eso destroza la misma esencia de mi alma.

Después de posar brevemente mis labios sobre los de Bella, me salgo por la puerta corrediza de la cocina tan casual como si solo me dirigiera al garaje a trabajar.

Me siento agitado e inquieto; algo que no tiene nada que ver con lo que yace ante mí. No me siento del todo bien, y mi cuerpo de piel se siente casi extraño a mí – lo cual es irónico considerando que así es exactamente como debería sentirse. En lugar de eso, se siente ligero y casi punzante mientras sigo el curso del constante magnetismo de la excitación.

Aunque soy mitad ángel, sigo siendo humano; un humano joven en la cúspide de mi sexualidad. He pasado más años en este estado de lo que alguna vez se pretendió para la humanidad.

Como ángel guardián que toma forma humana, estamos equipados para sobrellevar cualquier tentación de la carne. O al menos, estamos diseñados para eso. Pero siendo un ángel nacido de carne, me veo igualmente gobernado por mis sentidos angelicales como por mi corporalidad.

Cada hormona, cada impulso, y cada instinto siempre me ha llevado hacia el camino de la procreación. A sucumbir ante la base misma de la humanidad; el propósito más fundamental de mi cuerpo y la única cosa en la que me han prohibido participar. Estoy íntimamente familiarizado con los impulsos e inclinaciones que muchas veces sobrepasan toda lógica antes de verme obligado a frenarlos, y durante siglos he estado luchando contra ellos. Durante toda mi existencia, mi forma humana ha estado en constante batalla con mi mitad angelical, pero mi mente, mi razonamiento muy angelical, siempre ha sido más fuerte. Y eventualmente desarrollé inmunidad y disciplina suficiente para reprimir mis incesantes urgencias y desviar mis pensamientos.

Pero luego sentí la suavidad de la carne de Bella, probé sus labios, mi mano acunó uno de sus pechos, y como una droga todo lo que mis sentidos podían concebir era más.

Durante ese encuentro ella me esclavizó por completo, y ahora estoy completamente indefenso; un vasallo ante la testosterona corriendo por mis venas. Es como si una vez encendido, los miles de años de deseo que he obligado dormitar regresaran de golpe a mí. Me siento absolutamente asediado por ello, y la tentación de rendirme es casi abrumadora.

Si es que sus orígenes vienen a raíz del inmenso alivio que siento por tener a Bella otra vez con vida, o si se debe a otra faceta del poder de la lanza, no lo sé con certeza. Después de todo, mi libido no es lo único que se ha elevado. Cada uno de mis siete sentidos está considerablemente reforzado, y el poder infinito que tengo en mi posesión bien podría estar teniendo un inusual efecto físico secundario.

Todo esto unido me confunde la mente hasta el punto en que estoy inseguro de si mis pensamientos son siquiera míos.

Solo sé una cosa; necesito respuestas.

Avanzo a través del patio trasero de mis padres, me escondo detrás del cuarto de la piscina, y antes de expulsar mis alas y alzarme en vuelo, llamo a Daniel.

Llega momentos después en una brillante iluminación de luz que se atenúa rápidamente. No lleva las alas, a pesar de estar vestido con la túnica de los Guardianes.

—Hermano —me saluda simplemente.

—Daniel —le correspondo el saludo.

Hay un corto silencio en el que el ángel me observa detalladamente antes de romperlo:

—Llevas la marca. —Su voz suena grave.

—Estoy bajo el contrato de la bestia —explico con un ceño fruncido—. ¿Cómo está Sarah?

Sus ojos se agradan durante un segundo antes de que todo su rostro se relaje en una sonrisa.

—Está bien. ¿Me llamaste por eso?

—No. —Sonrío incómodo para mí, rompiendo brevemente el contacto con su mirada—. Quiero que me respondas algo.

—¿Por qué? Tienes las respuestas del universo en tu mano derecha —señala, sus ojos se mueven hacia la lanza que tengo en mi agarre.

—Supongo que quiero escucharlo de una… fuente más pura —murmuro.

—Hermano, no hay nada más puro que eso que tienes en tu posesión —responde, analizándome con atención.

—¡¿Podrías dejar de jugar con mi mente?! —espeto, me frustro y hago que los ojos del ángel se agranden con en respuesta inmediata.

—Estás lleno de dudas, Dashiel. No es propio de ti —comenta.

—¡B'Shem Yeshua [En el nombre de Jesús]! —exclamo.

—Adelante —concede, asintiendo una vez.

—¿Podré consumar cualquier tipo de matrimonio que realice con Bella? —le planteo.

—Hermano, mientras lleves la lanza hay un poco que no puedas hacer. Sin embargo, después de eso… —Rompe el contacto con mi mirada y la aparta de mí mientras sus pensamientos se mueven más allá del período que cubre el convenio con la lanza.

—Sé qué es lo que sucederá después —reconozco en voz baja, negándome a considerar cualquier pensamiento que vaya más allá de los siguientes tres días; apoyando las manos en mis caderas dejo caer la cabeza y expelo mi aliento a través de la nariz—. Mira —comienzo, todavía evitando su mirada—, no actúo bajo ninguna ilusión. Comprendo qué sucederá si rompo el contrato de la bestia, y si no lo hago, Miguel me matará en el instante en que regrese. No tenemos futuro juntos, Bella y yo, pero solo… quiero llevarme una parte de ella conmigo.

Asiente lentamente, su expresión se vuelve serena. Puede empatizar conmigo, pero no tengo tolerancia para ello. No ahora.

Lo fulmino indignado con la mirada, permito que mi enojo salga a la superficie durante un segundo antes de volver a controlarlo. Esto deja al ángel en un estado de consternación mientras me ve con atención; sus pensamientos se ven sobrepasados con confusión mientras intenta comprender este cambio en mi comportamiento. Su distracción solo sirve para irritarme más, y cualquier idea de penetrar su clarividencia se ve apagada. La verdad, me falta el valor. No estoy seguro de tener la fuerza para soportarlo.

En aparente conclusión, el ángel sonríe y sacude la cabeza con el movimiento más mínimo de todos.

—Hermano, puedo decir esto con absoluta certeza, mientras empuñes la lanza las condiciones de tu destierro están suspendidas. Tendrás permitido casarte con ella y también consumarlo, pero no lo retrases.

Asiento. Sabía eso, pero en medio de tanta preocupación estoy batallando en confiar en mi propia percepción.

—No pretendo hacerlo —murmuro, una vez más mis ojos caen hacia la lanza en mi puño.

—Dashiel —añade Daniel después de una corta pausa, y esta vez su tono es urgente. Alzo la vista hacia él—. Miguel está reuniendo un ejercito para venir contra ti. Está completamente preparado para morir con tal de impedir que liberes a Azazel.

Resoplo.

—Déjalo hacer su mejor intento, pero no lo mataré.

—No lo vas a liberar, ¿cierto? —me pregunta Daniel con cierto nivel de incertidumbre que resulta extraño para un miembro de la Orden Angelical.

—Tú eres el que tiene la clarividencia —le recuerdo, mis labios esbozan una media sonrisa.

—Ésta no deja de cambiar —confiesa.

—Eso debe ser un asco —bromeo ligeramente, usando una de las frases de Bella, y provocando que el ángel alce rápidamente una ceja con diversión.

Abre la boca para responder, pero parece que duda de sí ya que bufa ligeramente una carcajada a medias.

—Si no lo supiera bien…

Deja la frase sin concluir, pero por la dirección de sus pensamientos sé que está considerando la posibilidad de que la lanza esté afectando mis facultades.

—Si tan solo fuera eso —murmuro por lo bajo; aunque los sentidos del ángel son tan agudos como los míos y me escucha.

—¿Qué te acongoja, hermano? —pregunta directamente.

—¿Te refieres a qué otra cosa aparte del hecho de que estoy a punto de ser condenado a un lugar a donde personalmente he enviado a cientos de demonios vengativos, y donde la Luz de la Mañana en persona ha prometido torturarme psicológicamente durante toda la eternidad? —Mi voz se alza con impaciencia al ver que el ser que está ante mí puede ser tan insensato.

No responde; sus intensos ojos dorados se fijan en los míos mientras me examina de cerca, una expresión muy humana le arruga el ceño.

—Ve con Dios, Dashiel —habla suavemente, se encuentra con mi mirada de frente por un periodo de tiempo antes de irse en una explosión de luz.

—Bestia —gruño, extiendo mis alas y me alzo al cielo.

Viajo una milla hacia la atmosfera y estoy a punto de trascender hacia la luz cuando los ubico; la manada de Ramuell. Permanecen en las afueras de la ciudad, su lealtad y obediencia sigue intacta mientras continúan patrullando el perímetro.

Desviándome, desciendo otra vez y caigo ante ellos. Tienen a varios miembros nuevos entre sus filas, incluyendo a uno de los demonios de Abaddon; un demonio femenino llamado Lilith.

Rápidamente se extendió el rumor entre las bestias sobrevivientes del aquelarre de Abaddon que tengo en mi posesión la lanza y que estoy resucitando a los caídos.

La analizo por un momento; esta hembra de los maldecidos con un sorprendente cabello rojo y ojos tan oscuros que parecen ser solo pupila. No muy seguido encuentras a una hembra entre los demonios. Fomentar la sublevación no suele ser parte de la naturaleza de un ángel femenino, pero esta es una excepción. Ella no vivió su expulsión de la misma forma que Ramuell o Daniel. Ella cayó con Abaddon y ha sido un miembro de su división durante miles de años; hace mucho que le dio la espalda a todo arrepentimiento o remordimiento. Y aunque no es cruel ni sadista, ha llevado a muchos hombres tontos a la perdición a lo largo de los años, y sin descanso.

—¿Comprendes que probablemente Él te enviará de nuevo aquí abajo? —señalo, aunque no sin simpatía.

—Tengo que intentarlo —responde cuando sus ojos se apartan de los míos y caen a sus pies. Sabe que puedo leer sus pensamientos y eso es lo que la avergüenza; no puede engañarme.

Me encojo de hombros, casi siento lástima por la infeliz, antes de alejarme de su mirada para enfocarme en Jacob, que reconoce mi presencia con una sonrisa casi infantil.

—Hermano —me recibe.

—Jacob —respondo, esbozando una sonrisa impulsiva y girando mis ojos hacia el último de los demonios desconocidos.

Zepar es su nombre, una bestia parecida a un espectro que estaba tan abrumado de angustia por su expulsión que se enterró a sí mismo en el piso, obligándose a entrar en hibernación. Lilith lo desenterró recientemente al descubrir mi poder.

Está pálido de forma sepulcral y apesta a tierra; sus ojos están divididos con un laberinto de venas rotas que evitan diligentemente mi mirada. Está tan atormentado y derrotado como podría sentirse un demonio.

—Hermano —lo saludo con cierto grado de compasión.

—Hermano —repite en respuesta, su voz es monótona sin emociones.

Solo sigo analizándolo por unos segundos más, noto que la pobre alma se aleja sutilmente de mí.

—Mírame, hermano —le indico, y lo hace sin dilatación—. Levántate.

La duración de la metamorfosis de un demonio de ángel caído a miembro reinstalado de la Hueste depende en cómo y dónde son físicamente perforados por la lanza, pero con su poder fluyendo por mis venas, puedo restaurar a un demonio de forma inmediata, o alargar el proceso durante horas sin tener siquiera que poner la lanza sobre su carne.

No torturo a esta pobre criatura ni un segundo más que los miles de años por los que ya ha sufrido, y en un remolino de ceniza ardiente y un brillante fuego celestial, el ángel resucitado se para ante mí en una postura de asombro absoluto.

—¡Hermano! —musita y su voz, aunque apenas está presente con sonido alguno, está empapada de conmoción.

Pongo mi mano sobre su hombro en un gesto de solidaridad antes de girarme hacia Ramuell.

—Ramuell —lo saludo, extiendo mi mano y él la agarra con la suya sin pensarlo—. Gracias, hermano. Me alegra que nuestros caminos se hayan cruzado.

Sonríe momentáneamente, asiente una vez.

—Igual que yo, Dashiel.

—Ya no soy Dashiel —disputo en voz baja, y antes de que él pueda abrir la boca para responder, lo resucito.

Con el mismo método usado en el demonio antes de él, en un solo latido, Ramuell es restaurado una vez más como Ángel del Señor.

Me giro hacia sus cinco compañeros; Arakiel, Tamiel, Asbeel, Bezaliel y Jacob, cierro los ojos durante una fracción de segundo mientras invoco silenciosamente la habilidad para restaurarlos colectivamente.

—Son libres, hermanos —afirmo mientras se deshacen de las cadenas de su condena en una tempestad de ceniza ardiente y radiación.

Durante los siguientes segundos hay un furor de emoción mientras cada ángel recién resucitado me abraza a mí y entre ellos, solo para terminado siendo ahogados por la indignada exclamación de la demonio.

—¡¿Qué hay de mí? —declara con las manos en la cadera, sus ojos llenos de resentimiento.

—Para ti tengo un trabajo —respondo, girándome hacia ella—. Quiero que consigas a un sacerdote para mañana. Solo entonces te resucitaré. ¿Entendido?

Me mira por un momento, sopesa la seriedad de mi solicitud mientras sus ojos se entrecierran, esta vez ofendidos.

—¿Qué soy? ¿Tu perra?

Alzándole una ceja, desenvaino la espada de Miguel y la apunto entre sus pequeños ojos negros en un solo movimiento.

—¿Quieres serlo? —le advierto, ella se lanza hacia atrás, su expresión se suaviza de inmediato con alarma.

Su mirada se mueve nerviosa entre la espada y mis ojos mientras vuelve a cerrar con mucha cautela la distancia entre nosotros.

—¿Cómo esperas que consiga un sacerdote? No puedo acercarme a una iglesia —me recuerda, cediendo, aunque su expresión permanece hosca.

Bufo con exasperación, saco la lanza esta vez, y justo cuando me muevo para ponerla en su frente, retrocede físicamente.

—¡¿En serio?! —exclamo con impaciencia.

—¿Costumbre? —me comenta mansamente como algún tipo de justificación.

Adonai Elohim [Santo Señor] —murmuro, pegándole con la palma en la frente y empujándola ligeramente hacia atrás—. Listo, ya puedes. ¡Ahora muévete!

Miro un momento a la fierecilla irse, gruñendo para sí, y justo entonces llega Gabriel mirándome abiertamente enfadado.

Solo bufo para él con evidente sarcasmo, asintiendo hacia los seis jóvenes ángeles.

—Gracias, Dashiel —dice Ramuell, sus ojos ahora dorados están nadando en sentimiento—. Te veré pronto, hermano mío.

Sonriendo, asiento una vez y agacho la cabeza. No contaría con ello, responde mi mente antes de que un pesado suspiro proceda esa declaración.

Luego, alejándome del arcángel y sus encargos, una vez más me alzo en vuelo.

Viajando a la velocidad de la luz, llego al Mediterráneo casi de inmediato. Reasumo mi forma física justo antes de mi descenso, extiendo las alas para caer silenciosamente en la cima del Monte Timná.

Es entonces cuando me veo confrontado por Miguel con su ejército de ángeles detrás de él, todos vestidos con toda la armadura de batalla.

—Esto termina aquí, Dashiel —declara, alzando su ardiente espada blanca antes de dirigirla a mí.

Siento la urgencia de poner los ojos en blanco. Mi hermano es puro egoísmo y espectáculo. En lugar de eso, le doy la espalda y alzo la mano, tiro varias rocas y pedruscos que dan a la entrada escondida de la prisión del ángel desgraciado.

En el siguiente instante, Miguel avanza hacia mí, se acerca a varios pasos de distancia y sigue apuntando su espada a mi pecho.

—¿Crees que esto te salvará? —cuestiona—. Tu poder termina en tres días, ¡en ese momento yo mismo te enviaré con la bestia!

Inhalo deliberadamente y sacudo la cabeza.

San Miguel Arcángel, Defensor de la Gloria Divina —me burló de él—. Pomposo, arrogante y jodidamente irritante. Ahora cae.

No es necesario decir que jamás me atrevería a lastimar a ni un solo miembro de la Hueste; Miguel en especial. No por su jerarquía o importancia, sino porque no sería sancionado. Sin embargo, ¿exiliarlo para experimentar el castigo rápido e injusto que miles de sus hermanos se vieron forzados a vivir? Era demasiado perfecto para dejarlo pasar.

En cuestión de segundos, la sagrada luz de Dios se ve extinguida de los ojos de Miguel, su carne se vuelve permeable, y sus enormes alas de plumas blancas se vuelven polvo antes de salir de sus omóplatos en forma de las extremidades de una delgada membraba tan características de los caídos.

Con un ruidoso golpe, su espada cae a sus pies y se extingue – como miembro de los condenados, no podrá empuñarla. Se aleja tropezándose de mí, sus humanos ojos cafés se agrandan cómicamente con horror.

—¿Qué has hecho? —exclama, y hay más que solo un grado de desesperación en su tono; antes de poder responderle, de repente se agarra la cabeza con ambas manos y empieza a gemir ruidosamente a causa del dolor.

—¡No puedes estar en tierra santa, hermano! —le recuerdo, sonriendo ante su predicamento, antes de darle la espalda para encarar a su regimiento.

Forman un tumulto de shock y ultraje mientras se miran rápidamente los unos a los otros, se llenan de alarma e indecisión ahora que los he dejado sin líder.

—Caigan —decreto con apatía y todos descienden colectivamente a la legión de la oscuridad.