Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.
Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!
Los Caídos
Capítulo 30
Miguel permanece ante mí, retorciéndose y sacudiéndose de dolor. Aunque lucha contra eso, a pesar de que cada instinto dentro de su recién adquirido cuerpo desamparado lo empuja para escapar. Lucha contra la misma oscuridad a la que está temporalmente condenado.
Si hay una cosa que no se puede decir sobre mi hermano, es que es sumiso.
¿En cuanto a su ejército? Huyeron colectivamente a las fronteras de la tierra santa casi de inmediato.
Durante una pausa o dos lo veo, sonrío sutilmente para mí y sacudo la cabeza antes de arrodillarme ante él.
—¿Te molesta si tomo esto prestado por un rato? —pregunto retóricamente, agarrando por el mango la espada que se vio obligado a abandonar y sosteniéndola ante él para darle énfasis.
—¡¿Tienes idea de lo que has hecho?! —musita entre dientes apretados, mientras que unas venas oscurecidas y sobrenaturales se abultan de forma alarmante en su cuello y frente.
—Puedes esperarme aquí o en Egipto. Tú decide —respondo tranquilamente, irguiéndome a toda mi altura y girándome para dejarme caer a través de la entrada oculta hacia la cámara que es la prisión de la bestia y que se encuentra en el centro de la montaña. Una entrada por la que solo un ángel puede pasar; incluso un híbrido como yo.
Rafael me está esperando en la caverna volcánica que hay abajo, tiene los brazos cruzados fuertemente sobre su pulido peto de cobre y su expresión llena de furia.
Suspiro para mí con una exasperación levemente encubierta.
—Tú otra vez… —murmuro.
—No hagas esto, Dashiel —me advierte sombríamente.
—¿O qué? ¿Me arrancarás las alas otra vez? —lo reto.
—Si tengo que hacerlo —responde.
Alzo los brazos, una mano agarra la Espada de Luz de Miguel y la otra la lanza, antes de dejarlos caer otra vez a mis costados.
—Pues aquí estoy.
Viene hacia mí, pero antes de poder alcanzarme, lo agarro de las alas obligándolo a tirarse de pecho.
—Cristo, ¿por qué esto me parece familiar? —me burlo de la bestia que lucha inútilmente debajo de mí.
—¡¿Te atreves a blasfemar en nombre del hijo?! —exclama con furia, sigue luchando contra una fuerza que sabe que no puede derrotar, pero sin importar eso lucha.
—Santo cielo, Rafa. En serio necesitas relajarte —me mofo—. ¿Todos ustedes bestias son así? ¿Así era yo? Sinceramente espero que no.
El ángel se tensa debajo de la rodilla que lo mantiene en su lugar antes de girarse para encontrar mi mirada, tiene la expresión desorientada.
—¿Qué sucede contigo?
Me encojo de hombros, hago una pausa para contemplar su pregunta.
—Me voy a casar mañana. Podrían ser los nervios. —Guiño, evidentemente solo logro confundirlo más. Igual que Daniel, cree que me estoy volviendo loco. Que la lanza me está dejando irracional y mentalmente deficiente—. Todavía no —respondo de todas formas, mi sonrisa se hace más grande.
Sus ojos dorados se posan en los míos mientras intenta penetrar mis pensamientos, pero lo mantengo firmemente fuera.
—Ahora, ¿cómo quieres hacerlo? ¿Quieres caer como Miguel?
Su mirada se agranda con más shock.
—¿Exiliaste a nuestro hermano?
—Sí, pero solo por un rato. Ese tipo necesita un poco de religión en su vida. —Me rio de mi propio chiste.
—Has perdido toda la razón, Dashiel —dice, aunque hay un elemento de incredulidad en el timbre de su voz.
—¡No he sido Dashiel en más de cuatro mil años! —lo corrijo. Después de dejar a la bestia en la forma de un ángel encerrado en carne humana, le arranco sus alas ahora grises de la espalda, aventándolas a un lado mientras él ruge de agonía dentro de la caverna.
»El karma es una mierda, ¿no? —murmuro, riéndome ligeramente para mí mientras la voz de Bella hace eco a través de mis recuerdos. Es algo que ella muchas veces ha proclamado, pero al no haber explorado nunca las enseñanzas del hinduismo o el budismo, nunca entendí por completo su significado.
Hasta ahora.
Qué arrogante fui, pero ella estaría orgullosa de mí.
…
Hay cientos de túneles deteriorados por la lava que se extienden en varias altitudes dentro de la caverna, pero a diferencia de la primera vez que me encontré en esta posición, instintivamente sé cuál es el que lleva a Azazel.
Puedo sentir las vibraciones de la bestia igual que puedo sentir a cada miembro de la hueste o los caídos, pero mientras tenga en mi posesión la lanza, mis sentidos están tan agudizados que puedo detectar la posición exacta de cualquier bestia, ángel o humano en cualquier lugar del planeta.
Con el sonido de los gritos de Rafael detrás de mí, salto los veinticinco pies dentro de la abertura de un pozo que da hacia el norte. Se extiende por al menos cien pies. Paso por diferentes barreras selladas metafísicamente –que ningún simple humano podría penetrar– cuando el piso del pasaje cae debajo de mí, haciéndome caer varios cientos de metros más debajo de la base de la montaña.
Cuando el túnel se reanuda ahora está iluminado desde cada ángulo por una fiera tonalidad de las piedras volcánicas activas que fluyen a su alrededor. El calor es tan opresivo que no sería posible para ningún humano llegar tan cerca. La delgada corteza del piso está tan caliente que quema las plantas de mis pies, amenazando con prender fuego a los dobladillos de mis jeans.
Sigo este pasaje durante más de mil pies hasta llegar a su final cuando corta a través de un río fundido hacia la oscuridad usurpadora que hay más allá. Durante todo el tiempo con cada paso la gravedad de la bestia encerrada crece en intensidad y volumen mientras que el aire se enfría y huele a rancio.
Es entonces cuando me encuentro en la entrada de una celda cerrada por unas rejas de hierro fundido de doce pies de altura. Rejas de hierro fundido que serían consideradas góticas en arquitectura con esas puntas en forma de flecha. Al menos, se parecen a las de la arquitectura humana, pero en realidad están forjadas de un mineral que no se encuentra en la Tierra. Un mineral lo suficientemente fuerte para mantener confinado incluso al más fuerte de los ángeles. Ese mismo mineral rodea las paredes y el piso del compartimiento, insonorizándolo por completo y dejando a la bestia en absoluto metal y un audible silencio.
Adelante, en la oscurecida cámara que hay más allá, de no más de veinte pies de diámetro, un par de vividos ojos áuricos siguen los míos. Es muy fácil acceder a la mente del demonio encerrado y no se extiende más allá que el lapso de su expulsión. No sabe nada de la historia humana, o de la liga de ángeles que fueron expulsados después de él. Incluido yo.
—¿Quién eres? —exige con voz rota y rústica como si no hubiera hablado en siglos.
No sabe nada del idioma inglés, y habla en un antiguo dialecto hebreo; respondo de la misma forma.
—Mi nombre es Edward.
Se acerca a la barrera, doblando sus dedos cenizos en las barras de las rejas. Sus ojos se fijan agudamente en los míos, se entrecierran con sospecha mientras inspeccionan detenidamente cada centímetro de mi ser. Además, eso me da un momento para analizarlo más, y aunque es obvio que sus alas son blancas, noto que todavía lleva el uniforme de su rango; la túnica de los arcángeles. Él posee, por supuesto, la sublimidad de todos los ángeles; sin embargo, hay cierta malicia detectable en sus ojos.
—¿Qué clase de nombre es Edward? —pregunta con una mueca de desprecio, y sin darme oportunidad de responder, añade rápidamente—: ¿Qué clase de criatura eres? ¿Un humano con alas?
—Podría decirse —respondo casualmente—. Una vez fui un guardián. Caí poco después que tú.
Aunque a mí me exiliaron por el irracional amor que sentía por una humana y mis consecuentes acciones, la bestia frente a mí no puede decir tal alegación. Sus motivos hacia los humanos nunca fueron tan puros. Él los llevaba deliberadamente por el mal camino, enseñándoles hechicería y el arte de la guerra y la tortura, mientras que profanaba a cualquier humano inconsciente, mujer u hombre, en el que pusiera su mirada. No lo hacía por vanidad o resentimiento como su hermano en Hades, sino por un sentido de rebelión. No veía valor ni importancia en humanos más que para obtener su propia gratificación, y jugaba con ellos como un niño sadista que prende fuego a los insectos con una lupa.
Si no tuviera ya la certeza, la historia de la bestia solo me ayuda a validar la razón por la que no existe absolutamente ninguna posibilidad en la que podría exponer alguna vez a Bella a un mundo donde él vague libre por ahí.
—¿Por qué eres humanos? —sus ojos se entrecierran mientras su mirada sigue analizándome de arriba abajo.
—¿Por qué eres tan vil? —respondo con el mismo enfoque.
Se ríe.
—Porque elijo serlo. Ahora, ¿qué quieres conmigo?
—La Luz de la Mañana te quiere libre. Estoy aquí bajo su mandamiento. —Ladeo la cabeza, revelando la marca del contrato de la bestia en mi piel; dos cicatrices pequeñas que parecen una mordida de serpiente.
Ante mis palabras, los ojos del arcángel se iluminan antes de atenuarse de inmediato con una sospecha continua.
—¿Estás aquí para liberarme? —su pregunta es cínica.
—Eso depende de cómo clasifiques la palabra libre. Liberarte de esta celda, sí —aludo deliberadamente.
—¿A dónde pretendes enviarme? —Y mientras que su postura es amenazadora, parece estar resignado.
—¿Adivina? —Alzo una ceja, y estiro la mano para liberar la reja de sus bisagras. Se desprende fácilmente con el agudo sonido chirriante de metal retorciéndose.
Justo cuando intenta escapar hacia la libertad, lo agarro de la garganta, y antes de que pueda dar un paso más, arrastro a la bestia que lucha de regreso a los profundos confines de su celda.
—¿A dónde crees que vas? —me burlo de él, estrellándolo contra la pared reforzada de la caverna.
—¿Por qué eres tan fuerte? —pregunta, sus ojos se agrandan con un evidente toque de sorpresa.
—Estoy ungido con la sangre del Mesías —explico de forma simple los efectos de la lanza mientras que la bestia palidece abiertamente.
—¿El Mesías ha nacido?
—Ha nacido, ha sido crucificado y resucitado hace más de dos milenios —respondo, sintiendo placer por su consecuente decepción.
—¿Crucificado? —repite, incapaz de comprender el término, pero cree que se perdió una oportunidad perfecta para matar a su padre en carne y hueso.
Solo bufo ante lo iluso que es esta criatura, captando deliberadamente su mirada.
—Querías estar entre la legión de la bestia, ¿no? Solo que fuiste demasiado cobarde para luchar contra Miguel en la guerra; temías encontrarte en al otro lado de esta misma espada.
Alzo la espada de mi hermano para enfatizarlo, soltando las llamas blancas de su cuchilla y haciendo retroceder violentamente a la bestia para alejarse más de mí.
—Hermano, por favor —me implora, sus ojos ahora grandes y llenos de miedo están fijos en la espada—. Apiádate de mí. He estado encerrado por una eternidad.
Bufo con amargura; la bestia no tiene idea de lo que es una eternidad. Luego, aflojando mi palma de alrededor de su garganta, la pongo sobre su frente.
—Cae.
Esto parece sorprenderlo hasta que muy pronto se da cuenta de la excomunión que está infectando su cuerpo angelical y que rápidamente lo condena.
Cuando se completa la transición física de su caída, el demonio enfurecido, gruñendo como un jabalí, abre la boca para escupir una avalancha de obscenidades. Lo silencio de inmediato, pongo la punta de la espada entre sus ojos y ésta quema su piel ahora corrupta.
—Quiero que transmitas un mensaje por mí —le digo en un tranquilo susurro.
En respuesta a eso el demonio me escupe, pero lo evado fácilmente con un movimiento de cabeza antes de jalarlo bruscamente por su largo cabello rubio. La fuerza le rompe limpiamente el cuello, y a causa del shock el cuerpo del demonio se languidece en mi agarre.
Agarrándolo una vez más de la garganta, lo arrastro tan cerca de mí que su putrefacto aliento me inunda.
—Dile de mi parte a ese pedazo de mierda que ha cometido un error fatal. Mi más profundo deseo nunca ha sido estar con Bella. La única cosa que quería era que ella fuera libre; que viviera, así que engañé a la bestia y cayó. Dile que yo gané. No tenía intención de liberarte al mundo donde está ella; ni siquiera por un solo segundo lo consideré.
Antes de que el demonio pueda darles voz a las obscenidades formándose en su mente, le agarro el cabello, le jalo la cabeza hacia atrás una vez más y entierro la espada de Miguel en la hendidura entre su clavícula y hacia su corazón.
El deceso de un ex arcángel es un espectáculo impresionante. Durante varios largos segundos, una luz blanca sale brillando de su piel antes de que en una explosión colectiva su cuerpo arda con el fuego azul del sulfuro alto en oxígeno; dejando su figura demoniaca como poco más que una ardiente ceniza.
Luego, con una indiferencia completamente inmutable, le doy la espalda al montón de restos de Azazel, y salto a través del pasaje hacia la caverna de arriba.
Sin mirar a Rafal que sigue gritando, lo restauro a su anterior totalidad, y me lanzo a la entrada en la cima de la montaña.
Miguel no se ha movido de la posición de su caída mientras sigue luchando contra el incesante dolor que la esencia de Dios le causa a su oscurecida alma.
Me arrodillo a su lado, obligándolo a mirarme a los ojos.
—Te restauraré, Miguel, pero con una condición —le ofrezco, su sufrimiento ya no me causa placer.
—Maldito… seas —musita, resollando bruscamente.
Respondo como si él me hubiera contestado adecuadamente.
—Con la condición de que me ayudes a enviar hasta la última bestia de este planeta de regreso al pozo.
A pesar de la tortura que lo está abrumando, él pausa de inmediato, una sonrisa casi astuta tira de las comisuras de su boca.
Lo interpreto como una afirmación, y lo resucito antes de que tenga que soportar otro segundo.
Poniéndose de pie, Miguel se para cerniéndose sobre mí, alcanzando una altura escultural de dos metros en su forma humana mientras me frunce el ceño con resentimiento e indignación.
—Oh, relájate —añado irónicamente, entregándole su espada.
Me la arrebata de la mano, su ceño fruncido solo crece, hasta que se ve forzado a ceder.
—Te ayudaré si restauras a mi ejército.
Sonrío a escondidas para mí. Sabe que tengo toda la intención de restaurarlos, pero su orgullo le insiste en que tiene algo con que negociar.
—Bien —le sigo la corriente, y cerrando los ojos regreso a la existencia a los miles de miembros de la Hueste—. Listo.
—Después de ti —se aventura Miguel, esta vez lucha para evitar que una sonrisita cruce libremente sobre su cara.
Después de todo, acabo de prometerle su deseo más ferviente.
Riéndome entre dientes, me impulso hacia el horizonte israelí convirtiéndome en luz mientras guio a Miguel, y luego a su ejército adjunto de ángeles en una cruzada global contra los demonios.
Desde miles de pies en el aire, reduzco legión tras legión de demonios a cenizas, enviando a sus espectros al infierno que hay abajo. En cada aquelarre, le dejo los más infames y despreciables a Miguel. Viendo a través de sus ojos, miro el miedo en las caras de las bestias cuando avanza sobre ellos con su Espada de Luz moviéndose. Sin piedad y con total precisión los destroza mientras sus alas blanquísimas se cubren de ceniza.
Lo que más disfruta es asesinar a los demonios de la primera esfera; sus barreras invisibles no tienen efecto contra un ángel de rango más alto en la Orden. Es verdaderamente un guerrero remarcable, algo de lo que está consciente, y las bestias le temen con buena razón. Su despiadada tranquilidad es absoluta y aterradora.
Sin embargo, por cada cincuenta bestias que Miguel aniquila, una es resucitada de regreso en la Hueste. Es fácil detectarlos, incluso a las bestias de la misma clase que Lilith. Presto atención para asegurarme de que, en su fervor, Miguel no los ejecute inintencionada, o intencionadamente. Después de todo, mi hermano no ve ninguna discrepancia en los demonios. Para él todos son iguales en su deshonra.
En cada país, en cada continente, eliminamos a los demonios hasta que una omnipotente erupción de sulfuro contamina el aire y oscurece el cielo nocturno; algo que me veo obligado a limpiar antes de continuar. Y sí que continuamos.
Mientras que Miguel se ve impulsado por el ánimo de la batalla, para mí todo se trata de Isabella. Mientras esté dentro de mi poder, estoy decidió a eliminar todas y cada una de las amenazas del mundo donde ella todavía existe; el mundo donde existirá sin mí. Su bienestar es todo lo que siempre ha importado para mí, y soportaré una eternidad en el Infierno sabiendo que la salvé; sabiendo que le he dado un futuro.
Un futuro en el que nunca estuve destinado a estar.
