Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 31

Al llegar la medianoche cada una de las bestias que camina sobre esta tierra queda erradicada. Los demonios aniquilados por Miguel y su ejército suman los millones, mientras que yo devuelvo a miles de bestias poco ortodoxas a la Hueste; al mismo tiempo que remuevo toda evidencia de la existencia de los demonios.

Nos reunimos por última vez en el mismo punto donde comenzamos: en la cima del Monte Timná en el Desierto del Néguev en Israel.

Miguel está muy manchado de la cabeza a los pies, desde la punta de sus alas a sus pies con sandalias, de ceniza y tierra. Aunque eso no logra opacar el espíritu en sus ojos. Están completamente animados a causa de la batalla, y lo único que puedo hacer es reírme. En respuesta, él también se ríe; sin embargo, su estridente risa es tan extraña en una criatura que normalmente es tan sereno y estoico que resulta casi inquietante.

Extiende su mano y agarra la mía antes de que pueda alzarla apropiadamente.

—Ve con Dios, hermano —habla con cierta camaradería en su tono y eso nos detiene a ambos—. Dashiel —añade, su voz se suaviza mientras sus ojos dorados se apartan conscientemente de los míos—. No cabe duda de que nuestro padre no puede ignorar esto. Te recompensará. Hablaré con él.

Niego con la cabeza antes de que él pueda terminar.

—No te molestes, Mike. De todas formas, no lo hice por él. Todo fue por ella. Me niego a dejarla vivir en un mundo donde ellos habiten.

En una extraña muestra de sentimiento, suelta mi mano y pone la suya pesadamente sobre mi hombro desnudo.

—Fue mi honor el haber peleado a tu lado —reconoce.

—El honor fue todo mío —murmuro, me llevo la mano a la cintura de mi pantalón y desengancho la Espada de la Justicia, regresándosela—. Gracias por confiarme esto, pero ya no la necesito.

La acepta con un asentimiento, su expresión se vuelve sombría, pero en el siguiente instante trasciende a la luz y se va.

—Hasta siempre, hermano —murmuro, sintiendo un cúmulo de emociones crecer en mi pecho. Luego, sin pensarlo más, me impulso hacia el cielo nocturno y giro en dirección a casa.

Bella está profundamente dormida en mi cama cuando regreso; aunque sus sueños no son tan pacíficos como aparenta. Aunque está casi completamente quieta, su mente está gritando. Bajo la superficie, la oscuridad en forma de memorias que ya no puede recordar caza su subconsciente al convertirse en pesadillas.

No puedo soportarlo, y estirándome paso el dorso de mis dedos sobre su mejilla, despertándola gentilmente.

Se sobresalta, inhala bruscamente mientras sus ojos me buscan a ciegas en la oscuridad.

—¿Edward? —murmura adormilada después de sentarse con torpeza y tallarse los ojos con fuerza—. ¿Ya regresaste para quedarte?

—Ya regresé para quedarme —repito sus palabras, una sonrisa tierna tira impulsivamente de mis labios.

Sonriendo adormilada en respuesta, agarra mi mano y me jala hacia ella.

—Ven a dormir conmigo. Tuve un sueño horrible.

—Bien, déjame limpiarme —respondo, presiono mis labios ligeramente en su frente y ella asiente conforme.

Después de quince minutos en la ducha para limpiarme la tierra, la ceniza y otros restos de las bestias que tenía en la piel, me seco rápidamente y me pongo un pantalón de franela.

Cuando regreso a mi habitación, Bella está sentada y ahora bien despierta, había encendido las dos lámparas en mis burós.

—Edward… —empieza con aprehensión, se pasa la palma por la nuca mientras su mirada cae hacia mi edredón.

—¿Qué sucede? —pregunto con gentileza, sentándome junto a ella en la cama.

Sus ojos se encuentran con los míos, están desbordando confusión.

—Esta noche un sacerdote vino a la casa. Dijo que estaba aquí para hablar con nosotros dos sobre… casarnos mañana.

Sin pensarlo conscientemente penetro su mente; le preocupan las razones por las que tengo tanta prisa para casarnos.

Inhalo, exhalando pesadamente, y estiro la mano para tomar la suya. No le diré lo que me sucederá después de regresar la lanza, pero a pesar de eso estoy determinado en ser honesto con ella.

—Cariño, la lanza nos permitirá… tener intimidad. Sin ella, podríamos casarnos, pero nunca podríamos consumarlo. No puedo arriesgarte, y no lo haré.

—Y… ¿no puedes solo quedártela? —pregunta con sus ojos llenos de esperanza.

Sonrío un poco y niego con la cabeza.

—No puedo. Si lo hiciera, eventualmente me mataría. —Es una mentira a medias.

—¿Cuándo tienes que regresarla?

—En dos días y medio —respondo.

Su expresión cae al instante con decepción.

—¿Tan pronto?

Asiento con pesar.

—Sí. Lo siento, Bella.

Niega con la cabeza.

—¿No puedes… no puedes pedirle a tu padre que te haga una vasectomía?

—Sanaría —le recuerdo.

—Entonces me puede ligar las trompas.

—¡No! —exclamo, con tanto fervor que se sobresalta—. Isabella… —deslizo mis dedos cautelosamente debajo de su mentón y alzo su cara hacia la mía—. Bella, no tienes que hacer esto. Puedes casarte con alguien más y tener una familia. —Ella inmediatamente niega con la cabeza y se muestra firme, pero de todas formas le doy la opción—. No tienes que perderte de nada por mí.

—¡No! —insiste. El pánico y la desesperación detrás de su voz le provoca lágrimas, estira las manos y se aferra a mí—. No digas eso, Edward. ¡Ni siquiera lo pienses! No necesito bebés, no los quiero. Solo quiero estar contigo. Es todo lo que siempre he querido.

Me está rompiendo el corazón, y no hay ni una sola cosa que pueda decir para darle seguridad; especialmente sabiendo que será viuda en menos de tres días.

Jalándola con un poco de brusquedad hacia mí, la rodeo con mis brazos y bajo mis labios a su cabeza. El amor absoluto que siento por esta humana nunca ha tenido sentido para mí, pero justo ahora mi corazón duele por ella mientras que una marea de emociones comienza a hincharse en mi garganta y empieza a arder detrás de mis ojos.

—Estoy aquí para el tiempo que me quieras tener. Te lo prometo —le aseguro, mi voz se rompe suavemente antes de aclarármela.

Desearía poder prometerle felicidad, o contarle del amor que sentirá por su esposo e hijos, pero no puedo. Mientras que esté en su vida, soy una sombra que eclipsa su corazón y obscurece el camino de la vida que está destinada a tener.

—No me vas a volver a dejar, ¿cierto? —pregunta temerosa mientras las lágrimas se derraman y caen silenciosamente por sus mejillas.

Niego con la cabeza, pero su mente permanece sin dejarse convencer.

—Escúchame —le ruego, acunando su cara con ambas manos y haciéndola gentilmente hacia atrás para encontrarse con mi mirada—. Prometo quedarme contigo por el resto de mi vida.

Es la única verdad que le he dicho desde que regresé a su vida, pero no la reconforta lo suficiente para que sus pensamientos se tranquilicen.

—B-bien —susurra, asiente para darle énfasis, pero no me cree del todo. Me mira por un momento como buscando una verdad en mis ojos que instintivamente sabe que le estoy ocultando. Pero en ellos veo sus más íntimos miedos. No cree ser merecedora de mi amor. Que ella, una simple humana, podría estar alguna vez a la altura de un ángel de Dios.

—Bella, ¡detente! —la regaño, revelando el que he estado leyendo sus pensamientos—. No pienses eso. ¡Soy yo el que no te merece!

Solo asiente una vez más en una silenciosa confesión, esta vez sus ojos caen sobre sus manos que tiene fuertemente agarradas en el regazo.

—Isabella, fuimos creados para ustedes, los humanos, porque son Su creación más adorada. —Rozo mis dedos sobre su sien y los meto a su cabello—. Y ahora entiendo por qué Él los ama tanto. Te confío a mí, y no hay nada que no haría por ti.

Alza las manos para cubrir las mías que tengo enredadas en su cabello, pero sus ojos se ven suplicantes.

—Entonces prométeme, Edward, que nunca me dejarás.

—Te lo prometo —murmuro mientras mi corazón se aprieta a causa de la contradicción—. ¿Quieres que nos casemos mañana? —pregunto, desviando de prisa su atención, estoy convencido de que ella verá la mentira en mi rostro.

Una sonrisa llena de calidez inmediatamente su rostro, que se tiñe sutilmente.

—Sí.

—Bien —le toco el mentón con cariño—. Entonces es mejor que descanses bien esta noche.

—Solo si te quedas conmigo —insiste, moviéndome más cerca de ella.

—Me quedaré contigo —repito sus palabras con mi voz perdiendo volumen, me estiro junto a ella debajo de las cobijas y la jalo a mi pecho.

Exhala un largo aliento de satisfacción y relaja su peso por completo sobre mí.

—¿Edward? —su pequeña voz quiebra momentáneamente el silencio.

—¿Hmm? —me giro y apoyo mis labios sobre un costado de su cabeza.

—Mañana es mi cumpleaños.

—¿En la mañana?

—Sí.

—Feliz cumpleaños, mi amor.

—¿Qué edad tienes? —pregunta adormilada.

—Ya te dije que edad tengo —le recuerdo.

—No, me refiero a qué edad tiene Edward Cullen.

—Hmm —murmuro, contemplándolo. Es la primera vez que ha preguntado por mi edad humana—. Veintiuno. Ahora duerme.

Exhala adormilada, murmurando en voz suave:

—Te ves mayor —antes de eventualmente quedarse callada. Cierro los ojos después de ella, obligo a mi mente a liberarse y no estar consciente de nada más que de la sensación de su pequeño y cálido cuerpo junto al mío.

Varios minutos más tarde la sigo hacia el sueño.

Antes de que el manto del sueño se levante por completo, ya sé que he dormido de más, pero no es hasta que veo el reloj sobre mi buró que me levanto de un salto en la cama a causa del shock.

Son las seis de la mañana y he dormido por cinco horas consecutivas. ¡Estoy seguro de que nunca he dormido por tanto tiempo en mi vida! Incluso cuando era niño.

Junto a mí Bella gime suavemente y se vuelve a acomodar en mi costado. Su subconsciente todavía la sigue en sus sueños, pero esta vez no hay nada de aprensión en ellos. Esta vez se centran en…

Con casi demasiada prisa agarro la lanza de donde la dejé en mi buró, me levanto de la cama y me dirijo automáticamente a mi armario para vestirme; intento deshacerme a la fuerza de mis pensamientos a causa de la proyección de los sueños de Bella. Ella está soñando con nuestra noche de bodas, y las misteriosas imágenes que su mente ha conjurado son suficientes para desviar mi atención de la inusual longevidad de mi sueño.

Sabiendo que todavía faltan un par de horas más antes de que Bella despierte, bajo las escaleras. Sigo experimentando los incoherentes efectos del sueño incluso mientras la superficie de mi piel se siente como si estuviera cosquilleando por la impresión de los sueños de Bella.

—¡Querido! —mi madre anuncia mi presencia en el marco de la puerta, su tono está ahogado a causa del cariño—. Creí haberte escuchado llegar anoche. —Me lleva hacia la mesa del desayuno donde deposita una taza de café que acaba de servir antes de posar sus labios en mi cabello—. ¿Dormiste bien? —Está tan sorprendida como yo.

—Sí —murmuro al tiempo que mi padre dobla el periódico detrás del cual se esconde y posa sus perceptivos ojos en los míos.

—¿Todo bien, hijo? —Alza una ceja y sigue escudriñándome.

—Estoy bien. Es que no he dormido en… meses —respondo mientras mi mente reproduce rápidamente las últimas semanas. Dormí después de que Rafael me arrancó las alas y me atravesó varias veces con la espada de Miguel, igual que después de mi batalla con Ozketh en Nueva Zelanda. Sin embargo, en esas ocasiones tenía un propósito definitivo. Estaba gravemente herido, en especial después de que Rafael se aprovechó de mí, pero…

Meneo la cabeza, decido que no tengo el tiempo para analizarlo. Probablemente se debe más a un efecto continuo de cargar con la lanza, así que lo aparto de mi mente.

—Entonces —empieza mi madre después de sentarse frente a mí en la mesa y cruzar los brazos sobre la superficie—, ¿habrá una boda hoy?

—Sí —confieso, me llevo la taza a la boca y le doy un trago; casi de inmediato hago una mueca. Nunca me acostumbré al sabor del café y hasta este mismo momento nunca he necesitado sus efectos—. Quiero que lleves de compras a Bella y le consigas un vestido.

Mi madre asiente, un ligero ceño le arruga la frente.

—Parece muy apresurado, cariño. ¿Hay alguna razón particular para eso?

Abro la boca para explicarle, pero la cierro otra vez torpemente. No voy a revelar la razón verdadera; aunque el sonrojo resultante que puedo sentir calentando rápidamente mi cuello y mejillas responde en silencio la pregunta de mi madre.

—Ya veo —responde cuando una sonrisita tira de sus labios—. El padre Michael nos visitó anoche. Regresará a las cuatro de la tarde si todavía requieres de sus servicios.

—Sí los requerimos —murmuro en voz baja, sigo evitando la astuta mirada de mi madre.

—¿Acaso no necesitas también unos anillos, hijo? —me recuerda mi padre, todavía parece estar examinándome. Eso me distrae, y más todavía la razón que hay detrás. Está consciente de que hay algo diferente en mí, pero no puede identificar exactamente qué.

—Sí. Iré por ellos hoy —respondo, evito su mirada al darle otro trago al café. Esta vez casi me ahogo, y alarmada mi madre salta de su asiento para palmear repetidamente mi espalda.

Hay algo mal. Nunca en toda su vida lo he escuchado toser, se lamenta internamente mi madre.

—Estoy bien, mamá —respondo al insistente, arrastro la silla hacia atrás y me pongo de pie—. ¿Puedo llevarme tu carro, papá?

Alza la vista a mí.

—¿No puedes solo… volar?

—¿Al centro comercial? —alzo las cejas y él se ríe, cediendo.

—Las llaves están en el estudio.

—Querido, el centro comercial no estará abierto hasta dentro de un par de horas —señala mi madre.

—Estoy seguro de que puedo persuadir a alguien para que me dejen entrar antes.

Me voy antes de que Bella despierte, meto la lanza al bolsillo frontal de mis jeans antes de deslizarme detrás del volante del Mercedes plateado de mi padre.

Es de mala suerte ver a la novia antes de la boda, y Dios sabe que no soy nada si no supersticioso.

Manejo hacia el centro comercial Westfarms, a varias millas de distancia, y le indico al guardia de seguridad que me deje entrar. Me dirijo de inmediato a Tiffany's; los empleados que hay adentro están montando los exhibidores cuando una joven mujer se gira para verme.

Déjame entrar, le indico mentalmente, y con una sonrisa procede a abrir la puerta, quitándole el seguro.

—Buenos días, señor —me saluda alegremente, abriendo la puerta de cristal para mí. ¡Santo cielo! No sabía que era posible que existiera una cara tan apuesta, piensa mientras su mirada me ve lentamente. Con cierto grado de impaciencia, me aclaro la garganta, moviendo su mirada de inmediato a la mía—. ¿Puedo ayudarlo con algo?

—Necesito un anillo de compromiso y dos anillos de matrimonio.

—Por supuesto. Venga por aquí.

No tengo idea de qué les gusta a las chicas cuando se trata de estos asuntos. Escucho con atención el monologo interno de esta vendedora y elijo un set de novia que ha estado admirando desde que comenzó a trabajar aquí.

—Ciento siete mil dólares —me dice después de cobrarlo con ojos atónitos.

Hago una pausa. Solo me quedan noventa y nueve mil en mi tarjeta de crédito falsa.

—¿Dijiste noventa y cinco mil? —alzo las cejas y le lanzo una sonrisa encantadora.

Su expresión se suaviza y durante varios momentos solo parpadea con expresión vacía, hasta que rápidamente se espabila.

—Noventa y cinco, por supuesto. ¡Qué tonta! —exclama apenada—. ¿Necesita que ajustemos el tamaño?

—Tal vez después —respondo. Giro mi cabeza para encontrarme con la mirada sospechosa y atenta de la gerente de la tienda—. Tú aprobaste este descuento.

—Claro que sí, señor. Felicidades —responde, se ve ligeramente aturdida.

Le guiño un ojo, me vuelvo a voltear hacia la vendedora y le entrego mi tarjeta de crédito. Considerando que me ha acompañado en cada una de las expediciones a las que he ido, no está en las mejores condiciones.

—Me fui de mochilero por Australia —respondo sus reflexiones internas.

—Oh, eso tiene sentido. —Se ríe nerviosa, recordándome otra vez por qué en realidad nunca sentí inclinación por las mujeres de ninguna edad—. ¿Tiene una identificación?

—Ya te mostré mi identificación.

Agranda los ojos y su cara se sonroja profundamente.

—Dios mío, ¡es cierto!

Completa mi compra con manos temblorosas, pone el set de bodas y el anillo a juego para hombre en la característica bolsa de regalo azul turquesa de Tiffany and Co.

—Su prometida es una mujer muy afortunada —añade al entregármela, su sonrisa se muestra un poco desquiciada.

—Yo soy el afortunado.

Dejo la tienda con las divagaciones internas de ambas mujeres a mis espaldas y suspiro para mí con exasperación. De verdad es de extrañar que haya pasado los últimos cuatro mil años desapegado de la raza humana. Evidentemente no soy nada más que una cara bonita para ellas. Sin embargo, no puedo recordar a Bella comentando al respecto, ni lo he captado en su subconsciente.

Deliberadamente dejé dinero suficiente en mi tarjeta para comprarme un esmoquin nuevo, y después de comprar uno en Neiman Marcus, me doy cuenta de que de repente me siento hambriento. Ahora que mi tarjeta fraudulenta está topada, dejo el centro comercial y manejo hacia un Burger King local.

Varios minutos después me encuentro parado dentro del interior fuertemente iluminado, mirando el menú, cuando se me ocurre algo; nunca en mi vida he entrado a uno de estos restaurantes. Bufando para mí, regreso a mis deliberaciones sobre el almuerzo. El cajero, que espera pacientemente mi orden, de repente carraspea con nerviosismo.

—¿Disculpe, señor?

Lo miro, y luego miro detrás de mí hacia el estacionamiento después de ver en sus pensamientos la razón por la que llamó mi atención.

Lilith asecha sospechosamente cerca del carro de mi padre.

Suspiro en voz baja para mí.

—Regreso en un momento —murmuro, salgo del restaurante y confronto a la bestia—. ¿Hay alguna razón en particular por la que asechas cerca de mi carro?

—Y-ya hice lo que pediste… —no pronuncia la implicación.

Gimo en voz alta a causa de la exasperación.

—Bien, de acuerdo, pero no me culpes si no sirve de nada.

La resucito antes de darle la espalda a mitad de su transformación para volver a entrar al restaurante y pedir mi comida. Al hacerlo, me veo en la necesidad de borrar los recuerdos de media docena de empleados de Burger King y varios motoristas.

—¡Dashiel! —grita fervientemente detrás de mí—. ¡Él me perdona, y te perdona a ti también!